miércoles, 17 de junio de 2015

CAPITULO 72





Llegó al colegio en tiempo record, a pesar de ir en taxi. 


Prácticamente había obligado al conductor pasarse un alto, quien por la histeria en su voz, había accedido. Las palabras de Pedro seguían sonando en su cabeza. Cuando vio los colores azules y rojos provenientes de las luces de las patrullas al doblar la esquina, se le congeló el corazón. Le pagó al conductor y bajó corriendo hacia el colegio. Un uniformado la detuvo al verla correr hacia la entrada.


― Disculpe, señora, no puede pasar.


Tragándose las ganas de empujar al tipo, buscó entre su chaqueta su identificación y se la mostró.


― Paula Chaves. Seguridad Privada. Me están esperando.


La dejó pasar con resistencia, pero a Paula poco le importaba. Corrió hacia la sala y se quedó de piedra al ver a los agentes hablando con Pedro. Mariana y Nadia estaban llorando, cada una consolada por Jaime y Miguel respectivamente. Vio a la Directora Carmichael, y o otros profesores y más gente, pero su cerebro no podía procesar más de lo que ya tenía. Había policías y detectives ataviados en ropa informal rodeando a Pedro, pero éste pareció sentir su presencia, levantando la cabeza y mirándola sin decir nada.


Caminó tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Sabía que se veía fatal, con el pelo enredado por el viento de las olas, y la arena pegada a sus pantalones, pero a Paula no le importaba nada de aquello. Se abrió paso a pesar de que un hombre gordo de aspecto desaliñado y que mordía un palillo con los dientes no la quería dejar pasar. Tomó a Pedro del brazo.


― Pedro, ¿estás seguro? Quizás está en los patios traseros, o en…


Él agitó la cabeza negativamente, provocando escalofríos en su espalda.


― Hemos buscado por toda la escuela. En cuanto vimos que no estaba, avisé a todo mundo.


― ¿Cuánto tiempo calculan que ha pasado desde…? ― Pero la frase se cortó ahí.


Pedro entendió porqué no siguió. Porque se negaba a aceptar los hechos. Tal y como él. Vio a su madre llorar más lágrimas pero no sabía que hacer, no sabía.


― El concurso terminó hace una hora. Sin embargo, algunas personas salieron antes de que terminara.


Paula apretó la mandíbula, impotente.


― O sea que no tienen nada.


Uno de los hombres con traje de poca calaña se interpuso entre ellos, seriamente molesto de que hubiera sido ignorado.


― Disculpe señora, pero aquí las preguntas las hago yo.


El hombre, que no pasaba de los cincuenta, le dio una mirada, retándola a pasar por su poder. Paula estaba hasta el gorro de aquello.


― ¿Quién es usted?


Pedro la tomó del brazo, como advirtiéndole de su tono de voz.


― Es el detective Greg Sheffield, de la Policía de los Ángeles. Es quien lleva este caso.


El hombre con una gran panza que estaba segura no era producto sólo de las donuts de las cafeterías y si de una buena cerveza alemana, tomó el pedazo de madera de su boca, y la miró.


― ¿Y usted es?


― Es la guardaespaldas de la familia, Paula. ― contestó Pedro quitándole la oportunidad de Paula de contestar. Greg los miró a ambos, yendo de un lado a otro y volvió a meter el palillo a la boca.


― Según tenía entendido, había sido despedida.


Paula deseó darle una buena patada. ¿Si sabía quien era, por qué tanto alboroto? Odiaba las preguntas sin sentido. Sin embargo, de nueva cuenta, Pedro le quitó la palabra de la boca.


― Fue recontratada hace unas horas.


― Señorita Chaves, según testigos, usted estuvo presente en la obra.


Con el ceño fruncido y los puños apretados, Paula lo miró sin creer lo que estaba preguntando.


― Así es. Yo vine a la presentación ― al ver la mirada de Mariana y Nadia, agregó rápidamente ― Pero estuve en el escenario, no en los asientos de frente.


― ¿Y… tiene algo que contar?


Aquél cabrón lo estaba sacando de quicio. Sintió la vena de la frente temblar, y su paciencia rallar al máximo. Si lo decía, si tan siquiera lo planteaba, le iba a dar una…


― ¿Qué quiere decir? ― preguntó, con voz controlada, aunque el tono de furia estaba tirando de ella. Sintió la mano de Pedro aforrándose a su brazo, sin soltarla.


― Al parecer, algunos testigos dicen que la señorita Alfonso y usted discutieron antes de que ella desapareciera. Usted se fue, y ella desapareció, lo que nos deja con la pregunta, ¿Dónde ha estado las última hora?


La paciencia se agotó.


― ¡¿Qué está tratando de decir?!


― ¡Oh por Dios!


Pedro reaccionó rápidamente. Se lo había visto venir. Desde que había llegado el detective, había declarado su tácita necesidad de tener a un sospechoso, y lo había encontrado. Aferró con ambas manos los brazos de Paula por detrás, mientras que otros policías se acercaban a ellos.


― Maldito cabrón, patearé tu enorme trasero con tanta fuerza…


― ¡Paula! ¡Detente! ― exigió Pedro.


― ¿Cómo se atreve siquiera a declarar algo como eso? ¡Jamás le haría daño a Sara!


Los gritos de Paula llegaban hasta el final del pasillo, y ni siquiera le molestó estar armando un escándalo frente a Nadia, Miguel y los demás, no cuando aquél manatí de policía la quería incriminar. Pedro la fue alejando, hasta llevarla al otro lado de la pared. La respiración de Paula era agitada, y estaba al borde de la histeria.


― ¡Tranquilízate, Paula! ¡Le estás dando justo lo que quiere!


Ella así lo hizo, y al pedirle a Pedro que la soltara por segunda vez, se sintió más calmada, pero no se molestó en mirar al otro hombre.


― Tenemos que hablar, Paula.


La directora Carmichael, quien había observado todo como una testigo silenciosa, se acercó a ellos, y llamó a Pedro.


― Les ofrezco mi oficina, es lo mínimo que puedo hacer.


El despacho de la directora quedaba dos pasillos más adelante. Al mirar a Nadia y a los demás, sintió las mejillas teñirse de rojo, y no se acercó a ellos. Siguieron a la directora en silencio, hasta su oficina, y una vez dentro, se fue hacia una de las ventanas, para abrirla y dejar que el aire circulara por la habitación. No podía creer que aquello estaba pasando.


― ¿De que discutieron Sara y tú?


Paula se quedó sin vida unos segundos, para después girarse lentamente y mirarlo como si nunca lo hubiera conocido, como a un extraño.


― ¿No puedo creer que me estés preguntando esto?


― Paula, por Dios.


Pedro caminó hacia ella, cazándola, ya que Paula le esquivaba como si fuera una enfermedad.


― De todas las personas, tú, precisamente…


La alcanzó.


― Cállate, y escúchame. No estoy diciendo nada de eso… Pero sé que sólo algo en verdad importante pudo haber pasado entre ustedes


Paula agachó la mirada, recordando las últimas palabras de Sara.


“… No recuerdo a mamá, y tú has sido la primera persona que se ha preocupado por mí. ¡Por mí! No te quiero perder, no puedo perder a una madre por segunda vez… ¡Te odio!... ¡Desearía que jamás hubieras llegado a la casa!”


Pedro sintió el temblor recorrer el cuerpo de ella.


― Paula… ― su tono de voz era bajo, rogando en vez de exigir.


Ella no lo miró.


― Sara y yo hablamos de las cosas que han pasado. Ella me pidió algo y yo no pude dárselo.


Aguardó a que ella dijera algo más, pero al obtener nada más, esperó unos segundos. Quería abrazarla, pero ella se tensaba ante su contacto. Oía sus respiraciones, como si aguantara las ganas de llorar


― Paula, si alguien sabe lo mucho que quieres a Sara, ese soy yo. Tú fuiste la que la sacó de aquella crisálida, y la ayudaste a volar con sus propias alas. ― la tomó de la barbilla y le obligó a mirarlo. Sus ojos brillaba ― La encontraremos. Sé que lo haremos.


― Si algo le llega a pasar… ― su voz se rompió y un sollozo se le salió directo de la garganta. Con ambas manos se tapó la boca, mientras cerraba los ojos y las lágrimas escurrían por sus mejillas ― ¡Lo siento tanto! ¡Lo siento tanto!


Cediendo a sus impulsos, Pedro la envolvió contra su pecho, observándola caer, pero reteniéndola contra sí.


Estuvieron unos minutos así, abrazados sin decir nada. 


Paula agradeció infinitamente el abrazo, pero pensó con acidez que aquél no era el momento para ponerse histérica, y se recompuso en un santiamén. Sara la necesitaba en sus mejores sentidos. Le susurró gracias a Pedro mientras se deshacía de su abrazo, se limpiaba las lágrimas. Trató de salir, peor Pedro le impidió el paso tomándola del brazo no con fuerza pero si con determinación, quemándola con su mirada de whiskey.


― Paula, tenemos que hablar.


Pensó en negarse, pensó soltarse con fuerza, pensó en muchas cosas, pero al final, el corazón ganó.


― Lo sé, pero ahora no, Pedro.


Él la soltó, a pesar de que sus instintos naturales le decían lo contrario. Salieron de la oficina, y regresaron con los demás.


 Nadia y Miguel seguían ahí, pero Jaime y Mariana se había ya marchado a la casa. Pedro la llevó hasta el detective y habló con voz clara y firme.


― Detective Sheffield, le voy a pedir que a la señorita Chaves la deje fuera de esto. Todos aquí ― hizo un ademán para abarcar a su madre y a Miguel ― sabemos cuan unidas están Sara y ella, así que por favor, evíteme la molestia de detenerla. Quizás la próxima dejaré que cumpla sus… promesas.


Paula escondió la sorpresa al ver el apoyo que le daba Pedro. Ella había pensando que se habría sentido escandalizado por su comportamiento de camionera, pero ahí estaba él, apoyándola.


Increíble.


Sheffield no contestó nada, se limitó simplemente a asentir, molesto por la forma en la que su autoridad estaba siendo saboteada frente a sus subordinados.


― Se ha limpiado la escuela de arriba a abajo, de salón en salón, y en cada rincón. Sara Alfonso no está aquí.


Paula apretó los labios, y observó la tensión en la mandíbula de Pedro, y también en esa vena de su frente que palpitaba cuando estaba escondiendo todas sus emociones. Oyó el gemido de dolor de Nadia, que sollozaba al confirmar lo que ya sabían. Su mano se extendió hacia la de Pedro y se aferró a ella. Sus miradas de encontraron, en silencio, y la respuesta de Pedro fue un apretón. Se necesitaban en esos momentos. Su mirada vaciló entre el policía y Pedro.


― Creo que tendríamos que ir a la mansión. En caso de que haya sido…― Dios, como costaba decirlo ― secuestrada, tendrán que pedir un rescate. ¿No han llamado a la casa?


Pedro negó.


― Hablé justo después de que nos dimos cuenta de que ella no estaba. Leandro me dijo que ella no había llegado. Y hasta el momento no ha comunicado nada.


― Mariana y Jaime se fueron por eso, pero no han avisado de nada. ― agregó Miguel, abrazando con fuerza a Nadia, parecía que sólo ese gesto es lo que la mantenía de pie.


Greg miró a la familia y sintió empatía por ellos. Tenía dos hijos y uno en camino, y por todos los cielos, jamás desearía sentir lo que esa familia estaba pasando.


― Mi sugerencia es que se retiren a su casa. Aquí no hay nada que hacer. Es escena de un crimen. Si ella ha sido raptada, se contactarán con ustedes.


La boca de Pedro tembló ya lista para dejar claro su punto, pero Paula se interpuso entre él y el agente, colocándole una mano y obligándolo a mirarla.


― Pedro, es lo mejor. Tiene razón. Aquí no podemos hacer nada. Vámonos a casa.


― Una patrulla irá con ustedes y en cuanto nos dejen pasa, pincharemos los teléfonos.


Todos caminaron en conjunto hacia la salida, cuando la marea de flashes impactó contra el rostro de cada uno de ellos. Entre el detective Greg y Paula volvieron a meter a la gente, huyendo de la prensa y los medios.


― ¿Donde está Augusto? ― preguntó Paula a Pedro sin voltearlo a ver.


Ambos miraron el mundo de gente, atiborrada en la entrada y salida del colegio. Desde el periódico más insignificante hasta los grandes astros y no faltaba uno que otro curioso que estaba ahí, queriendo averiguar lo que sucedía.


― Sumido en esa muchedumbre. ― contestó señalando hacia el océano de personas.


Miguel sacó las llaves de su auto, un Mercedes del año, y se las tendió a ambos.


― Nos iremos en mi auto. Saldremos por la puerta lateral.


Pedro extendió el brazo para tomar las llaves pero Paula se las arrebató. En su lugar le colocó su móvil en sus manos.


― Yo conduzco. Tú avísale a Augusto que nos vamos, pero que se quede unos minutos más, para que podamos irnos sin problema.


― Pero…


― Yo manejo, y punto.


Se le derritió el corazón al ver su mueca de molestia, pero al final hizo lo que le pidió. La policía le ayudó a ubicar el auto de Miguel y llevárselos a la salida suroeste del colegio, donde gracias al cielo no había ni un alma y daba a un callejón. 


Manejó sin más a la casa, todos en silencio, a veces sólo interrumpido por los sollozos de Nadia. En la casa se empezaban a formar levantamientos de prensa, pero al ver que Paula no bromeaba al pasarles el auto encima se tuvieron que hacer a un lado. Leandro les dejó entrar y no se sorprendió al verlo esperándolos en la entrada.


― ¡Paula!


― Lean.


Miguel ayudó a Nadia a bajar y la introdujo en la casa. Paula la observó entrar, pero no podía hacer nada por ella.


― ¿Ya saben algo de ella?


― No, nada. ¿No han hablado?


― Silencio total por aquí. Bueno, hasta hace sólo unos diez minutos. La prensa se ha enterado. El teléfono suena cada diez segundos.


Pedro se puso tenso instantáneamente y entró a la casa hecho una furia. Paula entendió al momento. Las líneas tenían que estar libres por si aquellos malditos se dignaban a hablar.


― Era de esperarse. Había demasiada gente en esa función. Hazme un favor y comunícate con Octavio y Mauricio en donde estén, y si están libres, diles que los quiero aquí en el menor tiempo posible. Que lo tomaré como un favor personal. ― Una vez que Pedro entró en la casa se acercó a Leandro ― ¿Has averiguado quien es el soplón?


― Nada. Nadie se ha delatado, nadie ha hecho nada sospechoso.


Paula asintió y ambos entraron en la casa, caminando directo hacia el despacho y justo antes de entrar a la oficina donde Pedro, el teléfono empezó a sonar. Se quedaron mirando, todos con el corazón en la mano. El timbre sonó una vez más, y al ver que Pedro no se iba a mover de su lugar, Paula corrió a ponerlo en altavoz.


― Casa de los Alfonso. ― dijo con voz trémula.


― Con Pedro Alfonso por favor. ― contestó una voz femenina, del tipo casi robótico ― Una llamada del Senador Hunder.


Leandro, Pedro y Paula se miraron desconcertados. Pedro se acercó, saliendo de su ensimismamiento hacia el teléfono. Se oyó el pitido de la llamada entrando y la voz de Rafael al otro lado.


― ¿Pedro?


― Senador.


― Pedro, me enteré de lo sucedido con tu hija. Quiero expresarte mi más sincera preocupación. Estoy contigo. Cualquier cosa, lo que sea que necesites, sólo dime.


― Gracias Senador.


― Sé que somos rivales, pero en estos tiempos de desasosiego, nos tenemos que unir.


Se despidieron educadamente, pero sin afecto. Pedro no confiaba en ese hombre, y por la mirada de Paula, sabía que ella tampoco. La policía llegó al poco rato, y empezaron a entrar agentes por todos lados, con Sheffield delante de todos ellos, guiándolos. Los teléfonos fueron intervenidos, los nervios estaban a flor de piel en toda la casa, pero no había noticias de Sara.


Carlos y todo el equipo de Pedro llegaron abatidos y preocupados Paula solo vio a Carlos andar de un lado a otro, todos, seguido de las tres mujeres ayudando a la policía a acomodar. Regresó de acompañar a Leandro de su guarida, y en uno de las salas de la casa, sin querer escuchó a Andres y a Ramiro platicando.


― ¿Le vas a proponer matrimonio a Daniela?


― Bueno, estoy viejo, ― era Ramiro quien hablaba ahora ― y creo que ella es una buena mujer. Me escucha, sobre mis quejas del trabajo, y bueno, en aquél viaje en corto que hicimos a San Francisco cuando fui a dejarle los papeles a Carlos, en serio, cambió por completo.


Paula se quedó pasmada. Se acercó a ellos sin mirar a otro lado.


― ¿Fuiste con Daniela a San Francisoco?


― No me gusta que escuchen conversaciones a ajenas. ― contesto el hombre con tono verdaderamente molesto.


Paula aguantó las ganas de darle un buen golpe.


― Y a mi me revienta que me mientan, pero hey, ¿adivina que? Gano yo. Así que te vuelvo a preguntar, ¿fuiste con Daniela a San Francisco?


― Sí. Pero no veo que tiene de especial


― ¿Por qué no me dijiste nada?


Ahí olía a rata, pensó Paula.


― Ella insistió en que lo guardáramos en secreto. No se sentía aún cómoda manteniendo una relación con un compañero de trabajo.


― ¿Y entonces por qué rayos…?


― ¡Están marcando! ― gritó un uniformado.


Paula se olvidó de la mentira de Ramiro y corrió a la oficina justo cuando Pedro contestaba el teléfono.


― Tenemos a Sara Alfonso ― Paula tomó nota, pero no había mucho que sacarle a la voz. Estaba distorsionada por una de esas máquinas, que parecía mas al voz de Darth Vader que la de un humano normal. ― Queremos cinco millones de dólares, en diamantes.. Hablaremos con usted mañana a esta misma hora para acordar el lugar de entrega.


― ¿Como se que la tienen?


― Una prueba de vida. ― peguntó la voz con ironía ― Aquí la tiene señor Alfonso.


Se oyó un traqueteó del otro lado y entonces llegaron los chillidos.


― ¡Papá! ¡Soy Sara! ¡Ayúdame! ¡Tengo miedo!


― ¿Sara? ¿Cariño? ― El control que Pedro había mantenido durante la conversación se había esfumado en un santiamén.


― ¡¡Papiiiiiiiiiiii!! ¡Es …él!


Se oyó un golpe en seco, más lágrimas y sollozos. Se gritos se fueron perdiendo, como si le hubieran alejado del teléfono. Pedro explotó.


― ¡Maditos desgraciados! Le tocan un cabello a mi hija y son…


― Sin amenazas Señor Alfonso. Tiene un día para recolectar la cantidad. Si no… ― y la llamada se cortó, dejando flotando la amenaza en el aire.


Paula miró esperanzada a la policía, pero con un gesto negativo su ánimo se desvaneció. No habían podido localizar la llamada. Tenía que usar todos sus recursos. Pero antes…


― Pedro.


Se acercó a él, lentamente. No sabía que hacer, no sabía como actuar, Quería abrazarlo, quería darle confort, pero y si la rechazaba, o si le decía algo. Odiaba estar fuera de su elemento. Llegó hasta él y se inclinó para tocarle el hombro.


― Pedro


Su mirada, al alzar la cabeza, era perdida, llena de dolor e incertidumbre.


― Te juro que si algo le pasa a Sara, no se que… yo no…


― No le va a pasar nada. Tienes… tenemos ― se corrigió ― que pensar que todo va a salir bien. ¿Puedes reunir el dinero?


― Sí, empezaré a hacer llamadas.


Paula lo dejó solo, haciendo llamadas y más llamadas, avisándole que iría a ver a Leandro y avisarle de lo que había pasado. Antes de salir de la casa, se encontró a Coco, llorando. La levantó y abrazó y salió al exterior.


Sacó su teléfono y marcó el número del móvil de Alex, quien le contestó al primer timbre.


― Paula, Leandro me habló hace una hora, estaba esperando tu llamada. Lo siento de verdad


― Alex, necesito que ayudes a la policía. Son buenos, pero si tú estás aquí, me sentiría más segura.


― Estaré en la casa Alfonso en media hora.


― ¿Sabes algo? ¿Has oído de Díaz? ¿Algo de alguien?


― Nada, nada de nada.


― Alex, sé que esto va en contra de las reglas, que rompes con toda norma al investigar expedientes, pero…


― ¿Que necesitas, Pau?


― Necesito que me busques todo lo que puedas de Daniela Curtis.


― ¿Quién es?


― Trabaja para Alfonso, pero hay algo que no encaja, no sé…


― Estoy en la computadora. Deja que ingrese mí… ― Cariño, es raro.


― ¿Qué pasa? Los archivos se cruzan. Tengo a una Daniela Curtis en Los Ángeles… Estoy checando su seguro, todo bien… jamás ha sido detenida… ciudadana modelo… pero ― Paula estaba empezando a desesperarse cuando el pero de Alex la despertó ― quince años atrás, marca un registro de cambio de apellido. Lowell. Daniela Lowell


El corazón de Paula empezó a palpitar, la sangre empezó a fluir por todas sus venas. ¡Lo sabías!


Entonces lo sintió.


Aquella sensación de ser observada, como las otras veces.


 La misma que te avisaba que algo anda mal.


― Alex, gracias por todo. La llave del Bentley está donde te acabo de decir, y cuando esto termine iremos a ver “Thunder Cats” solo las niñas y nosotras.


― ¿De qué coño estas hablando?


― Cuelga. ― susurró una voz femenina en su espalda, y sintió la punta del cañón de un pistola chocar contra su espalda.


Paula se dio la vuelta lentamente para encararse contra Daniela, que la miraba sin aquella expresión de dulzura sino más bien fría, malévola, calculadora.


― Te tengo que dejar Alex. Coco anda muy hiperactiva.


Oyó los reclamos de Alex pero no les prestó atención. 


Esperó por Dios, que su amiga hubiera prestado atención. 


Daniela le apuntaba con una Magnum de nueve milímetros, con mano firme. No sabía si era buena tiradora, pero a esa distancia, no quería averiguarlo.


― Hola Paula. Tengo una llamada para ti.


Marcó un número de discado rápido y se lo extendió.Paula lo tomó entre sus manos. No se sorprendió de escuchar la voz de sus pesadillas del otro lado del teléfono.


― Tú quieres algo que yo tengo, querida.


― ¿Qué quieres? ― preguntó, directo al grano.


― Algo fácil. Tú, a cambio de ella.







3 comentarios:

  1. Ay por favor no nos podes dejar así!! Estoy más que ansiosa por leer lo que sigue

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  2. Ayyyyyyyyyyyyyy, x favorrrrrrrrrrrr, mañana termina y tienen que suceder muchas cosas todavía. Qué intriga!!!!

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  3. Qué???? Ay! que angustiantes estos capítulos! Una tras otra! Y Mañana termina???? cuanta ansiedad!!!!

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