jueves, 18 de junio de 2015

EPILOGO






― ¡Senador Alfonso! ¡Senador! ¿Es cierto que el partido quiere que se postule como Gobernador en las próximas elecciones?


― Bueno Apple, creo aún es muy pronto para ello


Pedro sonrió. Desde que habían trasladado a la rubia periodista, de la central de San Francisco a la de Los Ángeles, y para sumarle, bajo la tutela de Larry-molestoso-cuéntame-todo-King, no se había despegado de su espalda en todos esos años. Y el que supiera de las aspiraciones de ser gobernador le indicaba lo buena rastreadora que era aquella mujer. Pero no podía asegurar nada, así que se limitó a seguir sonriendo y mostrar un rostro insondable.


― Señores, apenas han pasado cinco años desde mi mandato como Senador.


― ¡Y vaya cinco años, Senador! ― contestó otro reportero, que se encontraba al lado de Apple ― De acuerdo con el “People”, usted es el hombre del año, además, tiene una larga lista de premios humanitarios, sociales, de seguridad entre otros más.


― ¿Su esposa tiene algo que decir? ― inquirió otro reportero.


Parados en la entrada del Parque Griffith,Pedro se giró hacia su esposa, la cual tenía agarrada de la cintura, observándolo atentamente. Adoraba que alguien dijera la palabra “esposa” y ella estuviera presente; algunas veces lo repetía tantas veces al día que a Paula le desesperaba y acaba propinándole un buen golpe y callándolo a besos; esa era la parte que más le encantaba.


El compromiso y la boda había sido más que aceptada por la comunidad, arrancando suspiros de amor entre las mujeres, al decir que era el final que deseaban para la película de Whitney Houston. A Paula, sin embargo le había costado un poco de tiempo, y paciencia adaptarse. Jaime, su madre, Miguel, Carlos y todo el mundo la había ayudado a ello. La mirada de Paula brilló y Pedro alzó la ceja, tentándola. A esas alturas parecían leerse la mente, como si fueran una sola.


― Creo que ella les puede responder. ― le contestó sin separar la mirada de ella.


― ¿Señora Alfonso? ― preguntó de nuevo el reportero, pero ahora mirándola a ella.


Paula Alfonso Chaves sonrió gustosamente y miró al reportero


― Bueno Bob, ― dijo tuteando al reportero ― sólo puedo responder que pase lo que pase, su familia siempre lo apoyará. ― hizo una pausa y volvió la mirada a su esposo ― Hasta el final.


Los reporteros abordaron con otras preguntas a Paula, mientras que Pedro la estudiaba abiertamente. La primera vez que habían hecho esas comidas en el parque, había deseado que Paula estuviera a su lado; la segunda vez que hicieron el evento, ella lo estuvo, pero con un ataque de pánico que rara vez veía en ella. Le tomaba el pelo por aquella vez, y claro se ganaba todo el amor de su esposa lanzado en un puñetazo en el hombro. Ahora, cuatro años después, era una profesional en esa área, parecía haber controlado sus ataques y sonreía a las cámaras como si nada.


― Señora Alfonso, ¿Si su esposo se lanza como Gobernador, cómo hará ahora para lidiar entre su trabajo y la campaña de su marido?


― Una de las cosas que aprendí en el manual de ser esposa, era delegar responsabilidades. No puedo estar en todos lados, Por eso, querido, tengo al mejor socio del mundo.


Paula pensó en Leandro, desterrado en algún lugar de Washington, cuidando a la hija del Gobernador Estévez. Juntos, habían abierto un centro de seguridad privada, al cual, le iba más que bien. Claro, había causado sensación que la esposa del nuevo senador fuera una de los dueños.


 Algunas veces cooperaban con la policía en secuestros y rescates y tenían un gran personal capacitado, y más que nada una gran familia. Jorge era el gerente junto con Leandro, y ambos se encargan de todo.


― ¿Y la familia? ― preguntó Apple. ― Con cuatro niños supongo que ha de ser un poco exhausto.


Paula y Pedro sonrieron, compartiendo su secreto. Ambos vestían ropas deportivas, pero Paula llevaba una blusa holgada para que no marcara su vientre que empezaba a mostrar su estado.


Sólo los más cercanos a la familia, y los trabajadores de la casa, sabían de aquella noticia, y se consumían de felicidad. 


Había sido un milagro, había dicho ella. Y él le creía.


Aunque su milagro le costaba toda la paciencia del mundo, ya que todos la trataban como si fuera de porcelana, cosa que desde luego, la independiente señora Alfonso odiaba, así que se refugiaba en su casa de la piscina, su propio espacio, donde sabía, realizaba ejercicios de yoga. Jaime, de todos los que sabían era el que no la dejaba sola a sol y sombra. Ni siquiera la dejaba levantar su plato. Él la adoraba, y ella a él, pero ninguno de los dos se lo confesaría al otro, La noche en que Paula se lo había confesado, luego de haber pasado el primer trimestre del embarazo, casi se cayó desmayado, por el impacto de la noticia. Ella lo había sospechado desde semanas, pero no había querido dar falsas esperanzas a nadie, luego de que su cuerpo siempre le había traicionado. Esa misma noche, habían hecho el amor con tanta dulzura y suavidad, que casi había sentido el mismísimo cielo dentro del cuerpo del otro.


Paula sintió la mano de Pedro apretarla con cariño, como si supiera lo por lo que su mente pasaba. Tomo un suspiro y se encogió de hombros.


― Creo que puedo hablar por todas las mujeres que trabajan en este estado y en este país. Las mujeres de hoy, nos damos tiempo para trabajar y la familia. Algunas incluso merecen mi respeto, porque hacen acrobacias. ¿Por qué yo tendría que ser diferentes de ellas? Además, mis hijos tienen a toda una familia que los adora, y los cuida, y desgraciadamente los miman, más de lo que me gustase.


― ¿Senador? ― preguntó, ahora dirigiéndose hacia Pedro.


― Creo que mi esposa ha dicho todo. La familia primero. ― le dio un cálido beso en la frente a su esposa y después se dirigió a la prensa ― Y con esto chicos nos despedimos por ahora, coman unas buenas hamburguesas, y los aros de cebolla son la especialidad del día. El ex-senador Anderson tenía a un chef escondido.


Pedro tomó a Paula de la mano y se alejaron de los medios, sonriendo y saludando a las gentes que encontraba en el camino. Al fin encontraron un respiro entre la gente y Pedro la abrazó. Quería gritar a los cuatro vientos su felicidad, pero su esposa lo mataría, o mínimo lo atontaría con la pistola, y con su puntería, no quería tentar al destino.


― Tus comidas se han vuelto famosas, Senador Alfonso. ― le susurró Paula al oído.


― Gracias a ti, Señora Alfonso.


Le dio un beso inicial, que sabía iría por más. No podía tener las manos quietas de ella, no podía…


― Por Dios, dense un respiro, provocan envidia en los pobres. ― Maite se acercó a ellos, con su ropa habitual, de falda larga y top ajustado, enseñando el ombligo. Su cabello ahora estaba corto, algo menos que a la altura de los hombros. Saludó a Pedro en la mejilla y le dio una palmada en el hombro ― Por cierto, Miguel te busca para presentarte a no se que empresario que está encantado con no se qué cosa y quiere no se qué de ti. Y de paso le dices a Miguel que Nadia lo anda buscando para no se qué.


― Tan precisa como siempre, May


― Blah blah blah. Dame ese contrato de renovar las pinturas del Centro de Arte Contemporáneo y entonces si hablaremos.


Todos sonrieron, aunque May sabía que Pedro acabaría cediendo. Todos lo hacían, y no era precisamente por su encanto.


― Las dejo. ― le dio un beso en la mejilla a Paula y le susurró a May ― Cuídala.


― Cuídala. ¿Que soy? ¿Una niña de tres años? ― inquirió entre susurros al ver a Pedro marcharse.


Maite sonrió y tomó a su amiga de su brazo, para caminar un poco.


― Eres la cosa más valiosa para él. Junto con los peques, claro, que por cierto… ― Buscó con la mirada y entonces su boca se cerró, soltó a Paula y miró al otro lado. ― Oh, creo que Clarisse me está haciendo señas de que vaya con ella.


Paula buscó a Clarisse con la mirada, pero no vio a nadie.


 Mientras, May ya estaba volando al otro lado del parque.


― Espera,May, que te…


― Parece feliz, Señora Alfonso.


Paula se olvidó de su amiga y se dio la vuelta para ver a la persona que menos esperaba.


― ¿No se supone que estarías en Washington cuidando…?


La cabellera oscura de Leandro se sacudió.


― Lo siento, pero tenía una cita concertada con anterioridad. Estas comidas no me las pierdo por nada del mundo. Además, no te puedes enojar conmigo. Te oí decir que tu socio es una monería.


― Tenía que dejar al negocio con buenos ojos. No puedo decirles que tengo al peor socio del mundo, y que además, es un cabeza hueca bueno para nada. ― dijo sonriendo y le dio un abrazo fuerte ― No puedo creer que te haya echado de menos, mentecato.


― Lo que pasa es que las hormonas te tienen así, mamita. ―- contestó Leandro, hablando bajo, para que nadie se oyese.


― Calla. ― susurró Paula y miró a todos lados. ― Aún no quiero a la prensa sobre mi, preguntando como se llamará, si será senador, a que escuela irá. Por Dios, no ha nacido y ya esperan que tenga su vida planeada.


― La maternidad te sienta bien.


― Hago mi mejor esfuerzo.


Ambos sonrieron y compartieron un momento de recuerdos pasados, cuando el grito proveniente de la zona de juegos los volvió a la realidad.


― ¡¡¡¡MAMÁ!!!!


A una velocidad instantánea, Paula miró hacia los juegos y suspiró.


― Hablando de maternidad. ― susurró Paula a Leandro y ambos corrieron hacia los juegos que habían cerca.


Observó la escena mientras caminaba, sonriendo y sintiendo una grata calidez formándose en su pecho, y asentándose en su corazón. Cada vez que veía a todos los niños reunidos no podía evitar sentir un nudo en la garganta, y las lágrimas acumularse en sus ojos. Sara, ahora una hermosa adolescente lidiaba junto con su hijo mayor, Javier y la hija de Clarisse, Janet, a toda una manada de niños. El hijo de Jorge, Samuel  , y los gemelos, Manuel e Isabel, ambos de cinco años, estaba privados en llanto., mientras que la pobre de Sara trataba de calmarlos.


En su primera visita al primer orfanato que había asistido a dar una conferencia como la ya, esposa de Pedro, tan solo tres años atrás, se había enamorado de aquellos dos pilluelos. Habían pasado todo el día con ella, y al final, al llegar a casa, le había pedido la primera cosa a Pedro en años, y había solicitado la adopción de los niños. Aquella noche, Paula y Pedro forjaron un nuevo lazo, el de la paternidad. Paula jamás se había sentido tan frustrada por no ser madre como el primer año de su matrimonio, esperando que un milagro ocurriera y estuviera embarazada, pero cada vez que su cuerpo seguía los dictámenes de la naturaleza, la tristeza le embargaba. Hasta el día en que conoció a los gemelos. Los habían abandonado en la puerta del orfanato casi recién nacidos, y habían tenido miedo por ellos. Pero habían salido adelante, y Paula sabía mejor que nadie, lo que era luchar contra todo, para vivir. Admiró su pelo oscuro y su piel bronceada, pero eran sus ojos, de un color tan parecido a los de Pedro, los que la habían intrigado con solo verlos una vez.


Desvió la mirada hacia Javier. En una de las actividades de Paula, habían círculos de ayuda para jóvenes con problemas, rebeldes, y que la vida, desgraciadamente les había tratado mal.Paula había visto en Javier la misma coraza que ella había creado cuando niña y adulta, y su pasado había sido casi el mismo, o quizás peor. Robin, quien brindaba su tiempo para esas causas, había sido una parte fundamental de su recuperación, pero como Robin le había dicho, ella y su familia, habían sido todo lo demás. Con su piel tostada y sus pecas y ojos de color grisáceos, sin duda, Javier destacaba en la familia, y ahora, con la misma edad que cuando conoció a Sara, cuidaba a los suyos con su vida misma.


Pero para ella y Pedro, no había favoritismos ni distinciones, ni habría jamás. Cada uno era de ambos, en carne y en corazón, y lucharían por ellos sin importar qué.


Acarició su vientre, rozándolo suavemente. Quizás era un mito, quizás era cierto, o quizás era un milagro, pero había leído que las parejas que no podían tener hijos y adoptaban, al cabo de los años, terminaban teniendo el suyo propio. 


Paula no lo había comenzado a creer, hasta el día en que había visto el botón azul en la prueba, la cual guardaban en la caja fuerte Pedro y ella. Llegó hasta ellos y aguantó la risa al ver la escena, casi cotidiana cuando todos estaban juntos.


― ¿Que pasa aquí?


Sara suspiró. Durante su primera pubertad, como ella le llamaba, había estirado diez centímetros y ahora, pasaba del metro cincuenta y cinco. Por su complexión delgada, sus pómulos resultantes, junto a su rubia cabellera y sus ojos azules, era la clara promesa de una hermosa mujer. Su dulce niña había crecido frente a sus ojos.


― Los gemelos quieren subir al mismo columpio, y Samuel quiere jugar con ellos. Uno lloró, el otro lloró y el otro los siguió.


― Cuando los tres están juntos, sin duda, parecen efecto dominó. ― contestó Javier cargando a Isabel, cantándole.


 Adoraba al hermano mayor.


― ¿Que les parece algo mejor?


Los niños repararon en Leandro, que se había mantenido silencioso.


― ¡Tío Leandro! ― gritaron todos y se fueron encima de él. 


Abrazó a cuantos pudo, alzándolos al aire y obteniendo besos a cambio.


Con una mano en la cadera, Paula lo miró con reproche.


― Malcrías demasiado a mis hijos.


― Yo soy el bueno de la película, ¿verdad niños?


Oyó un grito coral de “sí” y agitó la cabeza. Marla y Jorge llegaron en ese momento y admiraron la escena. Después, las madres desaparecieron del radar de los niños, para luego irse a jugar escondidas con su tía Leandro y el tío Jorge. Marla abrazó a Paula y se fueron a sentar a una de las mesas campestres. Paula no podía evitar mirar a todos lados, lo que causó una risita en Marla.


― Calma,Pau. Jorge y Leandro esta con los niños jugando.


― Lo sé. Además, Octavio y Juan Pablo los están vigilando.


Paula había contratado a Juan Pablo porque sabía que después de lo de Rafael nadie volvería a entablar relaciones con él. Las viejas amistades se habían recuperado, y Juan había resultado ser un excelente niñero-guardaespaldas.


― Eres aún peor que Pedro. ― sentenció Marla.


Paula sabía que Marla tenían razón, pero no podía evitarlo.


 Eran su todo, y si algo le pasaba a alguno de ellos, sería cien veces peor para ella. No se imaginaba una vida sin cada uno de sus hijos y su esposo. Cinco años atrás se habría reído de esa pintura: ella como madre abnegada, y no de uno, sino de próximamente cinco niños, una respetada mujer de sociedad, esposa de un famoso político, y tantas cosas más. Nadia le había enseñado a no ver cada espacio como una parte, sino como un todo. A base de práctica, había aprendido a controlar su gran bocota, mientras que su marido había aprendido a decir demasiadas malas palabras para su gusto, y para colmo, las soltaba cuando sus hijos estaban cerca. Sara, la mayor del rebaño, era su ayuda oficial. Quería a todos sus hermanos por igual, y en la casa no había temas tabú. Todos sabían quienes eran, Eran integrantes de la Familia Alfonso.


― Sólo me gusta que estén protegidos. Eso es todo.


― Sí claro, ahora lo último que falta es que me digas que Sara e Izzy tendrán cinturones de castidad hasta que cumplan cincuenta años.


― ¿Pero como crees eso de mí? ― inquirió indignada. Hizo un barrido general del lugar y se detuvo al ver a Sara de platicando con un adolescente-me-veo-mayor-de-quince-años para después ver a su esposo dirigiéndose a jugar con los niños, pero observando a Sara con aquella mirada sobre protectora. El pobre chico no tenía oportunidad. Sonrió y miró a su amiga con un aire complaciente ― Pedro se encargó de eso antes que yo.


Ambas soltaron una risa que duró unos segundos. Marla le tendió un vaso de limonada que Paula lo tomó gustosamente.


― En una escala del uno al diez, ¿Cuánto le das a tu marido?


Como si Pedro hubiera oído su nombre, giró la mirada para encontrarse con la suya, y darle aquella sonrisa que la volvía loca, que le hacía flaquear las piernas y que le paralizaba el corazón por unos segundos. Demasiado cursi, pero era la verdad. Contestó sin dudarlo, y sin apartar la mirada de él.


― Infinito más uno.


― Eso es ser imparcial.


Paula sonrió. No pudo evitarlo. Como si fuera un deja vú, recordó aquella tarde frente a la ventana del cuarto de Marla y Jorge, donde ella le había hecho esa misma observación a Marla, y recordaba muy bien la respuesta. Pero no era sólo que la recordaba. La sabía al pie de la letra. Abrazó a su amiga con felicidad.


― No, eso es estar enamorada.


Oyó su nombre gritar por todos lados para que se acercara a jugar. Oyó el “Paula”, el “Chaves”, pero nada la hizo más feliz que oír “Cariño” de Pedro y el “Mamá” de los pequeños. 


Dejó el vaso en la tabla de madera y corrió hacia su gran familia y abrazó a todos. Mientras sonreía y sentía los besos de su marido e hijos peleando por su atención, no pudo evitar recordar las palabras de Nadia que alguna vez le dijo tiempo atrás.


A cada persona en este mundo, le corresponde por ley de vida un momento de felicidad. La cuestión era saber aprovecharlo.


Paula abrazó a su esposo y lo besó, absorbiendo su amor.


Aquél era su momento.


Y lo aprovecharía.


Para siempre.








CAPITULO 75





Un mes después...


― May, joder, cierra la boca al masticar.


Pero su amiga no le hizo el menor caso y siguió aplastando las frituras contra sus muelas. A pesar de todo, adoraba que le hiciera compañía aunque fuera de manera ruidosa y mirándola con ganas de asesinarla. Había pasado un mes desde que había abandonado el hospital. Se había trasladado a su casa inmediatamente, aunque estuvo a punto de regresar al hospital por el cuello roto, luego de esquivar a las cámaras y reporteros que la siguieron por toda una cuadra afuera de su casa cuando la vieron llegar.


Con la ayuda de Larry y el apoyo de Miguel había salido adelante con los medios. La detención de Rafael, el asesinato de su madre y de su protector, el secuestro de Sara, las relaciones de Rafael con los carteles de droga y prostitución… todo eso y más: la prensa no se había dejado ningún cabo suelto.


Pero su… Rafael había tenido razón en una cosa: jamás pisaría una prisión. Luego de la captura, había ofrecido entregar a una gran lista de su buró de ayudantes, entre ellos el tan afamado Guillermo Díaz, al que Alex y su primo William querían atrapar. Cuando Protección a Testigos lo había metido en su programa, Paula había gritado enfurecida en cuanto se había enterado provocando una fuerte pelea con su amiga Alessandra. Sin embargo, una semana después, había aparecido muerto, degollado y torturado en una casa donde lo habían mantenido supuestamente escondido.


Paula no había llorado una lágrima.


La prensa había vuelto sobre ella, pero Paula no había comentado sobre ello. Con respecto a Rafael y sus fechorías, ella ya no tenía nada que decir. Había hecho una visita a las tumbas de su madre y de Samuel, había vuelto a rezar, después de años, y había llorado por sus verdaderos muertos. El culpable había pagado, y no por su mano. No había jalado el gatillo contra Rafael, sólo por ellos, y por sus vivos, pero no por eso, podía evitar sentir algo de tranquilidad al saber que Rafael jamás volvería a ser una amenaza.


Miró a Maite sentada en el otro extremo del sillón, librando una Segunda Guerra Mundial en su boca, batallando contra los Cheetos y masticándolos hasta pulverizarlos, haciendo un ruido detestable, pero aquella era la manera en que su mejor amiga canalizaba su furia contra ella luego de que le contara como habían acabado las cosas con Pedro.


Treinta días después, y aún no la perdonaba.


Con Pedro como ahora Senador de California, tenían una agenda muy apretada, de la que se enteraba, ya que todas las noches salía en la televisión, en la radio, en los periódicos… y en su mente. En el día de las elecciones, la victoria de Pedro fue sobresaliente. A pesar de antes del suceso de Sara tenía más puntos que Rafael, cuando salió toda la verdad detrás del Senador Hunder, la victoria fue definitiva.


¿Por qué nadie podía entender que ella había obrado bien?


 Veía las noticias y se alegraba mucho por Pedro y Sara, quienes se veían felices y seguían sus vidas adelante. Ella estaba haciendo lo mismo.


“Sí claro”, susurró su conciencia.


May le cambió de canal a la televisión y vio a Nadia en el canal de las noticias. La noche anterior se había celebrado una cena para las mujeres líderes, que ella encabezaba. La última vez que había hablado con ella, dos noches atrás, había acabado regañada y moralmente desecha.


― A veces eres más tonta de lo que pensé. ― le había dicho y había entrado a su casa sin más.


Había aparecido con su ropa de camuflaje exorbitante, unos lentes oscuros enormes y una mascada alrededor de su cabello. Desde luego la frase la había dejado sin palabras.


― Pedro no come, Sara esta triste todo el tiempo incluso Jaime ha perdido su vitalidad.


Oír que Jaime la extrañaba la había dejado sorprendida, y lo peor es que, de una manera masoquista, también extrañaba al mayordomo de nariz alzada. Nadia había hablado, susurrado y gritado acerca de su tonta decisión. Había tratado de defenderse bajo la tonta excusa que se repetía día a día.


― ¡Lo intenté, lo intenté de verás! Pero aquella no es mi vida. Mira a tu alrededor, y ve lo que hay. ― Su departamento no había estado en sus mejores días, pero aún así, recalcaba la diferencia entre sus mundos ― Esto no es la residencia Alfonso.


La pregunta que le había hecho después, sin embargo, la había dejado desarmada.


― Soy discreta, pero no tonta Paula. Lo supe desde el primer día en que los vi juntos. Al principio tenía mis dudas, pero el día de la entrevista en San Francisco era más claro que el agua que ambos mantenían una relación, y que había algo entre los dos. Soy su madre Paula, hay cosas que no pasan desapercibidas. Lo amas, ¿verdad?


Había dejado caer las manos y había guardado silencio, después se había acercado a la ventana de su departamento. La palabra hogar había desaparecido luego de que Samuel muriera. Adoraba a Jenn y a Jorge, pero Samuel era quien le había hecho sentir segura por primera vez en su vida. Después había aprendido a cuidarse ella sola, hasta que había llegado a la Mansión Alfonso y había conocido a Pedro. La sensación de seguridad había regresado, y al paso de los días, había dejado de pensar en aquella casa como un lugar, una residencia, un sitio donde trabajaba y descansada. Había empezado a considerarla su hogar.


― Sí, lo amo, Nadia. Y por que lo amo, no puedo vivir obligarlo a cargar conmigo.


Había oído el suspiro de la madre de Pedro, y la oyó acercarse a ella, obligándola a darse la vuelta, tomándola de las manos. Paula alzó las manos y las observó, como si sintiera el tacto de Nadia en esos momentos.


― Él también te ama, mi niña.


La voz maternal de Nadia había aflorado las lágrimas, había luchado con ellas, pero había perdido.


― Lo sé.


― ¿Entonces por qué estás aquí cuando ambos están destinados a estar juntos?


― No funcionaría, Nadia. ― le había susurrado entre lágrimas.


Las siguientes palabras sin embargo le habían hecho dudar si había tomado la decisión correcta.


― Si alguien sabe de mundos distintos soy yo, Pau. Una sirvienta, inmigrante, pobre, se enamora del hombre guapo y rico. Quien haya dicho el “vivieron felices por siempre y para siempre” no pudo estar más equivocado. Fue muy duro adaptarme a la vida de mi esposo. ¿Pero sabes que? Lo amaba demasiado para dejarlo ir. Sopesé mis opciones, y vivir sin él, no era una de ellas. Además, él jamás me presionó para hacer lo contrario. El me amaba a mí por lo que era, no por lo que quisiera pretender ser. Ambos sacrificamos muchas cosas, tuvimos nuestros momentos de dicha y de tristeza, pero al final tuve veintinueve años de dicha con el padre de Pedro, Pauña. Y a pesar de que no está conmigo ahora, siempre lo amaré. Y no me arrepiento de lo mal que lo pasé al comienzo, y sé que el jamás lo hizo. El amor es un gran escudo. Cuando se tiene el amor correcto, puedes ofrecerlo todo, incluso la vida. Pero creo que eso ya lo sabes. A cada persona en este mundo, le corresponde por ley de vida un momento de felicidad, no lo olvides. La cuestión es, saber aprovecharlo.


Se había marchado sin más, dejándola sola. Las últimas palabras de Nadia seguían repitiéndose en su cabeza. 


Amaba a Pedro, pero las pesadillas las acechaban.


Nadia había puesto en una balanza sus opciones…


“Lo amaba demasiado para dejarlo ir”


Se levantó como si hubiera sido impulsada por un resorte y fue por su cazadora y sus llaves.


― Vengo en un rato. ― le dijo a May, quien la miraba como si se hubiera vuelto loca.


― ¿A dónde vas?


― A ver si tengo cura.


Salió antes de darle otra explicación a May y se dirigió al único lugar que le podía proveer una cura contra todo sus males. Una cuadra antes de llegar, se detuvo en un bar y fue por un buen trago, necesitaba todo el valor del mundo para dar ese paso. Llegó al pintoresco edificio, saludó al guardia y subió al consultorio como lo había hecho otras veces. El salón de espera seguía igual. Vio a alguien esperando, y cambió de idea. Se dio la vuelta, pero justo cuando iba saliendo hacia el ascensor, la puerta se abrió y oyó su nombre por detrás. Se giró muy lentamente y se preguntó si no había cometido un error al haber ido.


Robin la miraba con sus ojos brillando de felicidad, siempre tan radiante y sonriente que Paula se preguntó si no tendría costurada la sonrisa. Entonces dejó salir un suspiro y se acercó. Robin se despidió de su paciente, una adolescente terriblemente flaca, la cual Paula no tardó en averiguar su mal. Las observó marcharse y pero sintió la mirada de Robin sobre ella, y tuvo que voltearla a ver. Correr ya no era una opción. Tenía una linda cicatriz en el costado que afirmaba que cobarde no era.


― Bienvenida. ― exclamó Robin, resplandeciendo felicidad por todos sus poros. Bueno, en otras cosas era una cobarde, pensó con ironía.


― Yo no sé… quizás fue mala idea.


Robin se hizo a un lado, y abrió la puerta.


― ¿Quieres un café?


― Yo… ― entonces recordó lo que había meditado sentada en el sillón esa tarde. Dejó salir un suspiro y asintió ― Vale.



Entró en la habitación como lo había hecho otras veces, vio a Robin, como lo había hecho otras veces, entonces, ¿Por qué estaba a punto de tener un ataque de pánico en esos momentos?


― Tienes una hermosa vista desde aquí.


― Lo sé, me encanta. Relaja a mis pacientes y a mí misma.


Miró la oficina nerviosa, recorriendo con la mirada a su derredor y se detuvo en un pequeño helecho en el que no había reparado las otras veces. Se acercó y observó entonces la planta verdosa, y acarició con sus dedos una hoja.


― No tengo una planta. Nunca me han gustado, y sólo tengo… o tenía a Coco ― se corrigió al recordar a su pequeña gata ahora con Sara ― por cuestiones sentimentales, pero creo que jamás me habría comprado una mascota si de mi hubiera dependido. Los lazos emocionales no son lo mío. ― se dio la vuelta y miró a Robin, quien la observaba atentamente ― Me es difícil confiar y dejar que la gente se me acerque. Mi pasado es una mierda, mi presente es un caos, y mi futuro, vaya, no tengo ni la más jodida idea.


― ¿Y?


― Necesito ayuda. ― susurró Paula.


Robin se levantó de su asiento.


― Lo sé querida. ¿Qué te parece un abrazo para comenzar?


Una vieja Paula habría dicho que no. Una vieja Paula habría corrido antes esas muestras de afecto. Una vieja Paula jamás se habría arriesgado a amar. Pero ella estaba ahí, y ella amaba con locura, así que respondió.


― Creo que sería sensacional.


Las lágrimas fluyeron de sus ojos, pero Robin la sostuvo. Se calmó y entonces empezó a hablar, como no lo hizo la otra vez. Soltó todo cuando tenía atorado en su garganta, y entornes, sólo porque sabía que podía confiar en ella, no como doctora, sino como persona, le habló de su relación con Pedro. Quería deshacerse de sus fantasmas, quizás entonces, podía ofrecerle algo mejor a Pedro, que una mujer llena de problemas, con un pasado tan turbio como una taza de café colombiano. Habían pasado casi dos horas, cuando tomó el pañuelo de papel de la caja que Robin le tendió, y se limpió las lágrimas. Odiaba llorar pero odiaba más tener testigos. Entonces vio que Robin sonreía de una manera, rara, misteriosa, como si estuviera complacida.


― ¿Por qué sonríes como si tuvieras un gran festín?


― Porque al fin has dado el primer paso a tu recuperación.


― ¿Eh? ¿Estoy curada en una sola sesión?


― Ni de lejos. ― contestó entre risas la gran Dra. Robin Gilmore ― Pero has dado el primer paso hacia ello. La vez pasada solo habías hablado de tu pasado, siempre del pasado. Por primera estás enfrentándote a tu presente. Has dejado de pelear con el pasado, con tu padre, con tu madre. Has venido porque quieres un futuro, uno para ti, y para los que te aman. Eso es el primer paso. Dejar a un lado el pasado, y seguir.


Paula sonrió.


― No entendí nada, pero gracias, creo. ― Se levantó de su asiento y abrazó a Robin en un acto espontáneo ― Gracias Robin.


― Mi puerta siempre estará abierta, Paula. Aunque la próxima vez has una cita.


Paula sonrió y salió del consultorio. Lo había hecho. Y había salido viva del intento. Hablar si que le había servido. Ahora sentía una cierta calma que no había sentido mucho tiempo. 


Se despidió del guardia, y salió del edificio con los ojos cerrados, disfrutando la suave brisa que avisaba que el invierno estaba próximo. Aspiró con fuerza y abrió los ojos.


Pedro estaba enfrente de ella, observándola en silencio. Iba vestido de ropa informal, con un polo verde oscuro y un pantalón gris. Nada de trajes, y sin embargo, se veía glorioso. Verlo a tan solo unos metros de ella, le hizo un nudo en el estómago.


― ¿Qué haces aquí?


― Maite me habló hace unas horas, preocupada por su mejor amiga que había salido de la casa sin saber a donde, Tenía miedo de que te fueras a tirar del Library Tower.


― ¿Me fuiste a buscar ahí? ― preguntó mientras sus labios se curvaban hacia arriba.


Pedro sacudió la cabeza.


― No, en cuanto dijo que fuiste por una cura, supe donde estarías.


Paula se maravilló que Pedro la hubiera entendido.


― Esto parece un tipo de dejá vú. ― soltó Paula, tratando de quitar la tensión que había en el ambiente. ― Pedro


― Paula…


Ambos sonrieron, y se siguieron mirando. Paula miró hacia piso de Robin, y la pudo ver en la ventana de su oficina, observándolos, y sonriéndoles. Miró a Pedro nuevamente, y sintió que una gran carga era quitada de su espalda. Ahí estaba su futuro. Recordó las frases dichas, y caminó hacia él, hasta quedar frente a frente.


― No puedo vivir sin ti. ― dijo, mirándolo a los ojos, asombrada de que ella lo hubiera dicho en voz alta.


Pedro sonrió provocando que una mirada de ofendida en Paula.


― Esto parece tan curioso. Era yo el que iba a rogarte, y que estaba pensando en secuestrarte hasta hacerte entrar en razón y que dijeras precisamente eso, y mira con lo que me encuentro.


Ambos se miraban sin dar otro paso, sin hacer otro movimiento. La poca gente que pasaba los observaba, pero ahora, él no era el senador, y ella no era su guardaespaldas. 


En esos momentos eran un hombre y una mujer, amándose con sus miradas. Pedro le acarició su mejilla y el cuerpo de Paula respondió a su caricia. Lo había extrañado tanto.


― Decidí darte tiempo, pero no estar contigo me estaba consumiendo.


― ¿Qué puedo decir? Soy muy impulsiva.


Pedro sonrió y la soltó para meter su mano dentro de su pantalón.


― Una vez me dijiste que bien podías casarte conmigo bajo cierta condición.


Oía la palabra matrimonio la dejó sin aire. Pedro sacó una cajita de su pantalón, y se la tendió. Paula la estuvo mirando unos segundos, estudiándola y lo primero que pensó fue que era demasiado grande para ser un anillo. Aún así, la tomó con recelo, frunciendo el ceño; la abrió con temor, de no saber que tendría dentro, y cuando lo hizo, se quedó de piedra al ver el logotipo.


― ¿De qué va esto?


Pedro tomó con una sonrisa triunfadora el pequeño objeto con unas alas plateadas en el centro del cuero negro y una gran “B” en medio de unas alas recubiertas de plata.


― Digamos que nuestras vidas son todo, menos comunes. Aunque Sara insistió en que comprara el anillo, creo que esto es más apropiado. ― Tomó las llaves entre sus manos y entre la argolla estaba un hermoso anillo de un solo diamante, sencillo y justo a la medida. Pero Paula estaba sin palabras, no solo por el anillo, sino porque sabía condenadamente bien, que quería decir esa letra y esa llave. Sintió el anillo deslizarse en su dedo anular, junto con el resto de las llaves. Ania se sintió tonta y al mismo tiempo, dentro de un sueño del que no quería despertar jamás ― Claro, nos tuvimos que deshacer del BMW, demasiado lujo y mis votantes pensarán que me gasto el dinero de sus impuestos en ello. ― Terminó de colocar el anillo y la miró. 
― Aquél día en el hospital te dije que yo aún no había dado mis últimas palabras. Y creo recordar que una vez me dijiste que por este auto harías muchas cosas, incluso…


― Pedro, cállate.


Sus bocas se encontraron a medio camino, ansiosas de lo que se les había negado por demasiado tiempo. Pedro la abrazó mientras que ella colocaba una mano sobre su corazón, donde sabía que ya estaba, y descansaba la otra mano sobre su hombro. Y las llaves de un hermoso y lujoso Bentley BY 8.16 Hunaudieres colgando de su dedo anular.