miércoles, 3 de junio de 2015
CAPITULO 26
Y ahora con el helado que tenía en la mano y se estaba derritiendo, se estaba sintiendo una tonta. No tenía porque hacer lo que estaba haciendo, pero por alguna extraña razón sentía que era lo adecuado. Pero el calor que estaba haciendo, no ayudaba de mucho. Empezó a saborear el suyo, y a la segunda lamida vio a Sara, al fin saliendo de la escuela y le gritó.
Vio que Sara se quedaba parada, sin avanzar hacia ella.
Pensó si no había sido una locura, pero ya no había vuelta atrás. Caminó a paso decido hacia la pequeña y le extendió el barquillo.
― Lamento mucho no haberte acompañado en la mañana.
Sara extendió su mano lentamente para tomar el barquillo.
Ella no era conciente de las miradas de asombro al ver a una empleada darle algo tan personal para quien trabaja. Y ninguna podía sentir las miradas de celos y de envidia de algunos jóvenes de tener tan bello momento.
― ¡Vamos, cómetelo! Se te va a derretir.
Sara reaccionó al fin, le dio una tímida sonrisa y empezó a saborear el helado. Paula la imitó , le quitó su mochila de la espalda, y caminaron hacia el auto. La ayudo a subir y después se dirigieron a la casa. Durante el camino todos estaban en un cómodo silencio, disfrutando.
― Te tengo una sorpresa.
Sara la miró y estuvo a punto de dejar caer el helado.
Gracias al cielo no pasó eso, no quería que la Sra. Perkins le dijera algo.
― ¿Una sorpresa? ¿A mí?
Paula se acabó su helado y se chupó un poco que había caído en el dorso de la mano.
― Bueno, no es técnicamente todo para ti, pero espero que te guste. Cuando lleguemos a la Mansión lo verás.
Sara asintió, sintiendo una ebullición en su interior incapaz de definir. Un cosquilleo que iba de su estómago a sus extremidades.
― ¿Podrías poner música por favor?
Paula la miró desde el espejo y sonrió. Miró a Augusto y este alzó los hombros, como dándole a entender que cualquier estación estaba bien.
Después Avril Lavigne empezó a sonar. Fue sorprendente ver que Sara se sabía tola letra de “Complicated”, y gracioso ver su meneo de cabeza, tipo rockera. Paula le hizo a señas a Augusto para que disimulara, y ambos disfrutaron el show de Sara.
Llegaron a la Mansión y Paula casi se echó a llorar al ver que las cámaras ya estaban instaladas, ahora lo único que le faltaba era alguien que estuviera pendiente de ellas. Suspiró pensando en Leandro, ojala no se la pusiera tan difícil.
Augusto apagó el motor y bajaron del auto.
― Vamos Sara, Augusto llevará tu mochila a la casa grande ― caminado hacia la casa de la piscina bordeando el patio.
― Pero…
Sara miró la casa y después a Paula.
― ¿Qué sucede? ― preguntó Paula.
― Me tengo que cambiar primero. La señora Perkins me estará esperando además.
Paula lo pensó un par de segundos, y tenía razón. La señora Perkins no se veía nada agradable, y no quería más problemas para Sara. Asintió y le dio un par de minutos para alcanzarla en su casita, pero que no tardara mucho, porque tenía que salir.
Sara fue corriendo velozmente hacia su habitación, ni siquiera saludó a Jaime quien estaba en la puerta. Había pasado de él, y subió las escaleras con igual velocidad sonriendo. Jaime no pudo evitar soltar una cálida sonrisa. Al fin veía a Sara comportarse como lo que era, una niña feliz.
Después tosió y acomodó su rostro impasible, esperando que nadie hubiera visto ese episodio.
Paula esperó un par de minutos más, y al cabo de veinte minutos se dio por vencida y caminó a la casa grande. Entró por la puerta de la cocina, y saludó a Mary, y le preguntó por Sara pero esta le dijo que no la había visto. Se encontró a Jaime y le preguntó por Sara, y este le dijo que la había visto hacía minutos, que lo más seguro es que estuviera en su habitación Sintiendo un nudo en la boca del estómago, Paula caminó hacia las escaleras y en el segundo piso, fue hacia la habitación de Sara, cuya puerta estaba entreabierta y podía oír a Sara.
―… aunque sea un minuto, no voy a tardar mucho.
― No Sara, tu tarea primero. Después tienes que repasar tus clases de piano.
― ¡Por favor!
Paula se quedó en la puerta, recordando cuantas veces había dicho ella por favor, y cuantas veces había llorado, después de la muerte de su madre. Apretó con fuerza el pomo de la puerta y entró con fuerza.
― Sara, vine…
Sara se limpió rápidamente las lágrimas que bañaban su tez de porcelana, pero Paula las vio.
― ¿Qué está pasando aquí?
La señora Perkins, quien estaba en un rincón de la habitación, acomodando el uniforme de Sara, se acercó a ella y la miró con furia.
― Sara no puede salir. Tiene muchos deberes que hacer.
Paula no le importó un comino lo que dijo, y se acercó a Sara, poniéndose de cuclillas para verla. Sara huyó de su mirada pero Paula gentilmente la obligó a mirarla.
― ¿Estás bien?
Sara asintió e hipó, tratando de callar sus sollozos. No quería que Paula la viera así.
― Haré mi tarea, sólo quería ver el regalo y después regresaría. ― contestó Sara con voz casi inaudible.
Paula asintió, le dio una palmadita en sus manitas y se levantó. Le dio la mano.
― Vamos.
Sara miró la mano, después a Paula y después a la señora Perkins, pero esta se acercó a ellas antes.
― Lo siento mucho, Señorita Chaves, pero Sara…
Paula la miró sin ganas y pensó que esa mujer ya le estaba gastando la paciencia.
― Sé que Sara tiene mucha tarea, pero también sé que es muy inteligente y la puede hacer en cualquier momento. No me la voy a llevar por un día, sólo unos minutos, si tiene algo de que quejarse, se puede quejar con el Señor Alfonso. ― Después volvió a extenderle la mano a Sara ― ¿Vienes?
Sara la tomó rápidamente y Paula salió con Sara de ahí.
Ninguna de las dos vio a Jaime, que escondido, había escuchado todo. Se alegraba de que alguien por fin pusiera en su lugar a esa mujer.
Paula y Sara salieron de la casa sin decir una palabra, y caminaron hasta la casa de la primera. Cuando estaban a punto de llevar a la casa de la piscina, Paula se detuvo y se colocó enfrente de Sara. La tomó de su cintura y le habló.
― Sara.
Sara no quería mirarla, pero el tono de su voz, tan comprensivo, era como un canto de sirenas que la obligaba a alzar la mirada.
― ¿Alguna vez la señora Perkins te ha pegado?
La niña negó rápidamente.
― No, nunca. ― contestó horrorizada y después se sintió mal por toda la escena que había hecho.
― Entonces, estabas llorando porque…. ― dejó la oración sin terminar esperando su respuesta. Vio que Sara se ponía ligeramente sonrojada.
― Quería venir, pero la nana dijo que tenía que hacer tarea. Pero yo tenía muchas ganas, y cuanto más le pedía permiso, más se… ― Calló y después inhaló profundamente ― Ella jamás me ha pegado.
Paula analizó las palabras de Sara. Si bien podría mentir, la expresión en su rostro le decía que no lo había hecho. Era una niña demasiado inocente para esas cosas. Paula asintió unos segundos después.
― Bien, pero si pasa algo como hoy, quiero que me digas. Y ahora limpiemos esa linda carita ― dijo a la vez que con sus manos, enjuagaba el rostro de Sara ― antes de que veas mi sorpresa.
Después Paula entendería que a veces el amor a primera vista si existía. Sara había visto a Coco y había gritado de alegría y había corrido hacia la gata. Después de rascadas en la panza y lamidas Paula vio con satisfacción que Sara estaba sonriendo de nueva cuenta. Pensó en el cuadro que había encontrado al entrar a su habitación, y en contárselo a Pedro, pero habían hecho un acuerdo silencioso el día que había aceptado ese trabajo. Pero cada día le estaba costando más y más mantenerlo.
― Desde ahora, cada vez que puedas y quieras, puedes venir a jugar con Coco, aunque el juego será rascarle la panza y no hacer nada.
Coco exigió atención en ese momento, estirándose su cuerpo y acercándose más a la mano de Sara, que había detenido la cepillada con su mano. Ambas rieron sin poder evitarlo.
Paula la dejó sola unos segundos para hacer una llamada, mientras Sara vio en la mesa extendido el periódico.
Normalmente no lo leía, pero había una foto de Paula y eso pudo llamar la atención. Tomó a Coco entre sus brazos, caminó a la mesa y extendió el papel.
“Paula Hunder termina el silencio. Por Larry King”
“Es muy raro que como editor en jefe haga reportajes, dado que una vez que alcanzas altos cargos, las obligaciones cambian. Pero cuando tienes la oportunidad de regresar al campo de acción, jamás la desaprovechas.
Siguiendo la carrera del candidato Pedro Alfonso, Familia Alfonso nos enteramos de que contrató un nuevo personal de seguridad. Se han de preguntar ¿Qué tiene de especial esto, ya que muchos personajes contratan guardaespaldas?
Paula Chaves, una de las mejores guardaespaldas del país, ha sido contratada esta semana por la Familia Alfonso. Lo fascinante de Chaves, no es sólo que sea una mujer peleando en un campo de trabajo difícil en su género, sino que es también hija de una de las familias más aristócratas de Los Ángeles. Chaves se cambió el apellido, que originalmente era Hunder. ¿Les suena? Así es, Paula Chaves, antes Paula Hunder es la hija del prolifero senador Rafael Hunder y de su esposa (Q.P.D.), Sofia Hunder. Sin embargo, es un secreto a voces que ambos, padre e hija se han distanciado desde que Chaves dejó la casa.
Con rasgos clásicos, y una esbelta figura, herencia de su madre, bien se podría confundir a Chaves con una modelo, como lo hizo una de sus predecesoras, Anna Loginova, una de las guardaespaldas más famosas y seductoras de toda Rusia. Cuando la vi acercarse lentamente uno puede pasar su pelo castaño cobrizo que brilla con la luz del sol, o esa barbilla estilizada pero firme. Pero lo que más me impresionó es su mirada. Con un aire de seguridad que muy pocas personas tienen, Paula Chaves se presentó.
El Times L. A. tuvo la oportunidad de tener en exclusiva una entrevista y averiguar que hay detrás de esta misteriosa mujer. Puedo decirles de primera mano que la señorita tiene una de esas miradas congeladoras, pero para los que conocen a este viejo hombre, saben que nada le espanta. Eso sí, jamás intenten meterse con ella. Se de muy buena fuente que tiene un buen gancho al hígado y una patada voladora de calibre….”
El reportaje seguía y seguía en más de dos hojas del periódico. Se maravilló de las fotos. Supuso que la mujer castaña era la madre de Paula, y estaban en el césped jugando con un gato blanco. Era igual a Coco. Entonces Coco era hija de la mascota de su madre. Sara entendía perfectamente lo que era no querer separarse de algo de un padre que había muerto. Ella tenía escondida una bufanda de su madre. A pesar de no recordarla, algunas veces podía oler un perfume sutil desprenderse de esa prenda.
La otra foto la dejó encantada. Era una de ella y de Paula, antes de entrar a su casa. En la foto no aparecía pero sabía que Jaime estaba parado en la puerta, mirándolas de hito a hito. Paula se veía muy bonita en la foto, con su pelo resplandeciendo y sus ojos cerrados por las risas. Incluso ella reconoció que no se veía mal, vestida con su uniforme del colegio.
Esa mañana, había entrado a la cocina a desayunar, esperando encontrar a Paula con Mariana, y sentirse reconfortada por su presencia. Pero entonces Augusto le había avisado que ella no los acompañaría a la escuela por una emergencia. Sara se había quedado con una expresión insondable. Ni siquiera había disfrutado su licuado de chocolate que Augusto y Carolina habían pedido y le habían dado a ella, ahorrándole el jugo de verduras de Mariana.
Tampoco había esperado que fuera a recogerla, pero cuando la vio con su ropa de siempre y ese helado en su mano, casi se había echado a llorar. Ella, que jamás recibía una disculpa, y que había sido defrauda demasiadas veces, se había visto reconfortada por una mujer que aunque apenas conocía, sentía como si fueran grandes amigas.
― Veo que has visto el reportaje. ― Sara miró a Paula entrando en la casa ― ¿No está mal, eh? Al menos salimos decentes.
Sara sonrió y señaló la foto donde estaban ambas
― Te ves muy bonita.
― Ey, que no te engañe el artículo. Recuerda que tengo un gancho al hígado de miedo ― Sara hizo como que temblaba, provocando una carcajada por parte de Paula. ― Vamos, tú tienes que ir a hacer tu tarea y yo tengo a una persona que visitar.
Sara asintió, le dio un último abrazo a Coco y salieron de la casa.
CAPITULO 25
Paula contaba los segundos que Sara tardaba en llegar.
Tenía tantas cosas que hacer ese día, empezando con Sara, visitando a Leandro, y terminando con Pedro. Se sentía todavía incómoda tuteándolo, pero tenía razón, había visto su lado femenino, que desde luego no todos veían, así que tenía que aceptarlo, pero aún así se sentía incómoda.
Mary había corrido para acariciar a la pequeña Coco, mientras que Jaime la había reviso de pies a cabeza, ambas peludas, y le había pedido que no fuera a arañar los carísimos muebles que tenía en su casa. Paula había sonreído y se había ido a su casita, para ducharse y cambiarse, se había dado cuenta de que no había tomado el delicioso café que May le había ofrecido. Se había dado de golpes contra la pared literalmente.
Mientras, Coco había revisado detalladamente la casa, entrando al cuarto, después a la cocina, a la sala, por todos lados, y había encontrado su lugar en el pequeño balcón de la ventaba de la sala, acojinado y con la luz de sol. La pequeña reina había encontrado su trono. Después le había dado los cinco dólares a Augusto por el favor que le había hecho en la mañana con Sara.
Dejando a su pequeña acomodada en la casa, había ido a la cocina esperando no encontrar a Mariana y poder contrabandear una taza de café, pero Mary la había encontrado a medio camino y la había obligado a comer bien. Tuvo que tomar su licuado de chocolate cuando ella lloraba por su taza de café, porque Mariana pensaba que lo amaba, además de y fruta y tostadas. Para colmo de males, la habían hecho compartir desayuno con Pedro en el comedor principal. A solas.
Una palabra: incómodo.
Se puso peor cuando le dieron el periódico a Pedro y ella vio en primera plana su nombre, bueno, su ex nombre, y su foto en la primera plana. Escupió la comida y el agua que había entado engullendo, y a pesar de sus quejas, le arrebató el periódico a Pedro.
― ¿Pero qué…?
Paula no había esperado y se había puesto a leer la noticia con Pedro a su lado. Ese viejo se las pagaría, había pensado Paula. Después el tonto de Pedro se le ocurrió comentar acerca de su amigo.
― Vaya, Larry si que trabajó rápido esta vez.
Ella casi lo ahorca con la servilleta de tela. Para cuando terminó la noticia, no lo podía creer. El tío tenía magia en los dedos a la hora de escribir. Mientras que ella había esperado alguna insinuación de su bando, Larry había dejado claro que ella estaba en ahí por su trabajo.
Entonces había reparado en las fotos de la segunda hoja del periódico. Cuatro fotos, tres de ellas impactantes, cada una la había dejado sin palabras. La primera, que era igual a la de la portada, era de ella en un ángulo de tres cuartos, justo en la terraza, pero no se acordaba de haber estado en esa posición. Se mostraba pensativa y seria.
La segunda era una foto de archivo de ella con su madre, en la entrevista que Larry y ella habían hablado. Pero esa foto no era la que habían publicado. Ahí estaba una Paula de nueve años con su madre jugando con su gata Beau. Más real, más viva. De aquel momento sí que se acordaba. Coco era igual a Beau pero más pequeña. Junto a esa foto estaba una de su padre, aparte, pero esa no le dio sentimiento alguno.
Fue la última la que la dejó sin habla. Vio a una Paula diferente. Incluso cuando se veía al espejo no notaba esos cambios, pero esa foto había captado algo que ella ni siquiera había visto.
Ambos se habían quedado en silencio admirando las imágenes en silencio, incapaces de saber que decir.
Gracias al cielo su pelotón de trabajo llegó y ella pudo excusarse rápidamente. Las cámaras de seguridad habían llegado junto con los técnicos, y habían empezado a colocarlas. Contrataron a una compañía de seguridad con la que Paula tenía buenos tratos y había trabajado anteriormente. También habían llegado los trabajadores para las bardas y para cuando Paula salió de la mansión hacía la escuela por Sara, se habían sentido completamente satisfecha.
CAPITULO 24
― Señor, creo que tiene que leer esto.
― Ahora no, John.
― Debo insistir, señor. Tiene que leerlo.
Rafael miró a su secretario, quien le extendía el periódico de esa mañana. Ya había desayunado, pensó, y había leído su periódico favorito, así que no entendía el porque de las insistencias de ello. Tampoco lo gustó el tono de sus palabras, “tiene que” en vez del “debería de”, pero después de muchos años a su servicio, sabía que John no le haría perder el tiempo en cosas que no llamaran su atención. Rafael tomó el papel matizado y se quedó sin habla por un par de segundos. El letras grandes y de color negro estaba escrito: en la primera plana del Times L. A.: “Paula Hunder termina el silencio”.
Fue directamente a la página que indicada el artículo y lo leyó rápidamente. Al terminar de leerlo, sus manos aferraban con furia el papel, no pudo resistirlo, y lo rompió en dos y lo aventó a los pies de John que no se había movido de su lugar.
― ¡¿Cuándo pasó esto?! ¡¿Por qué nadie se enteró?!
Gritaba pero no le importó, no podía esconder su rabia.
Aquella insolente había abierto la boca. ¿Qué más habría contado?
John seguía calmado. Acostumbrado a los cambios de humor de su jefe, se mantenía impertérrito. Para Rafael Hunder todo tenía que salir de una sola manera: su manera.
Sirviéndole durante casi treinta y cinco años, sabía de lo que era capaz su jefe.
Tosió para aclarar su voz.
― Según mis fuentes, la entrevista se llevó a cabo ayer en casa de los Alfonso. King no quería perder tiempo, él mismo redactó e imprimió el artículo. No dejó que nadie más lo tocara, por eso no sabíamos nada.
Rafael aún no podía procesar semejante información. .
Durante años y años su hija se había mantenido al margen de todo. ¿Por qué rayos se estaba involucrando ahora? ¿Y más aún, con Alfonso?
― ¿Cuánto tiempo lleva trabajando ella con Alfonso?
― He investigado sobre ello, al parecer sólo unos días, Es muy reciente. ― Hizo una pausa y después soltó la noticia principal ― Está viviendo en la Mansión.
Rafael golpeó con fuerza la dura madera.
― ¡Maldita desgraciada!
Se levantó y se fue hacia la ventana. Había despertado de un buen humor, había pensado en disfrutar de su día, pero ahora ni el verde pasto artificial que se veía a lo lejos del Bel-Air Country Club le calmaba. Con fuerza, deslizó una mano sobre su cabello oscuro rociado de canas. Más de veinte años peleando con Paula, nunca le había dado problemas en su carrera política, pero de la nada había declarado abiertamente sus intenciones.
“… le preguntamos que opinaba acerca de los misterios que envolvían la muerte de su madre, Paula contestó: Por mi parte, ella jamás tuvo una aventura con nadie… Me encargaré de limpiar el nombre de mi madre.”
Eso quería decir problemas. Para él.
Jamás había pensando que sería un obstáculo. Una senaduría en su record, y ahora iba por la segunda. Un par de años más y su meta estaría al alcance. La gente que lo había apoyado no le gustaría saber que tenía piedras en el camino, así fuera su propia hija. Sabía que por su aspecto, de cuerpo trabajado, pelo medio canoso, arrugas en los ojos, y una mirada estudiada de años, de un hombre tierno y caritativo, la gente lo tenía en un pedestal. Contaba con esa imagen para esas elecciones, pero si Paula abría la boca, todo se iría a la mierda. Y eso no le gustaría para nada a sus patrocinadores, en especial al Tío Benny, su mayor activista.
― Esto cambia todo. Con ella del lado de Alfonso, las cosas pueden ponerse turbias de nuestro lado.
― Pero ella ha declarado que no le interesa la vida política.
Sí, Rafael había leído esa parte también, pero no lo creía ni por un segundo. Quizás a Paula no, pero ella sería el arma que ellos tendrían bajo la manga contra él.
― En el artículo la citan diciendo que ella sólo hará su trabajo, que es proteger a la hija de Alfonso y a él. ― siguió diciendo John al ver que Rafael no contestaba.
― ¡Esto a de ser obra de Miguel! ― Alzó la mano, pero se detuvo a milímetros del vidrio. Tenía que calmarse ― Ese maldito hijo de perra sabe muy bien como jugar sus cartas.
― ¿Quiere que hagamos algo?
Rafael pensó que su ayudante era después de todo eficiente. Podría dar la orden ahora mismo y sus problemas desaparecían, pero lo dudaba. Se giró y volvió hacia John para quitarle el periódico de las manos que había recogido del suelo. En la foto no se veía tan mal, y le recordó a Sofia, pero sólo en la superficie. Paula era todo lo opuesto a su madre. Sólo había visto una vez un vistazo de carácter en su esposa. Una única vez.
― No, tenemos que mantenernos quietos. Dos intentos en estas semanas sería mucha coincidencia.
John hizo una pequeña reverencia y asintió.
― Lo que ordene señor.
Se empezó a retirar, pero Rafael pensó en que él también tenía sus cartas bajo la manga. Ese día le habían declarado la guerra.
― Busca al Dr. Timothy Randall. Necesito tener fuerza de respaldo. Empieza la cacería.
CAPITULO 23
Cuando Paula vio a Maite entendió el porqué de su enfado.
Paula le llevaba por lo menos veinte centímetros de diferencia a su amiga de estatura, pero lo que le faltaba de estatura lo compensaba en espíritu. Morena, de delineadas curvas, su cabello cobrizo siempre perfecto, ahora estaba alborotado sin cuidado. Tenía los ojos irritados, hinchados y llorosos.
Las venitas se notaban a leguas de distancia, como si se las hubiera delineado. Su nariz estaba irritada también, roja como una cereza, y su piel estaba teñida de granitos y barritos.
― ¡Oh May!
May no sabía si llorar o reír. Pero un estornudo le evitó la molestia de decidirse. La garganta le ardía de los esfuerzos que hacia para que el estornudo saliera. Y la miel que había comido no le quitaba las molestias.
― Tu hija me ha hecho una de las suyas.
― ¿Su hija?
Una voz masculina habló a un lado de Paula y Maite, por instinto sacó la cabeza de su departamento para ver quien era el dueño de esa dulce melodía. Después se arrepintió.
Era nada más y nada menos que Pedro Alfonso… y Dios, se veía mejor que en la televisión. Esos ojos marrones claros, contrastando con sus cejas oscuras, y un cuerpo por el que muchas mujeres pagarían por ver desnudo. Entonces recordó su estado y chilló. En voz alta. Después cerró la puerta de su apartamento.
Paula miró el pedazo de madera sin creérselo. Primero le había colgado y ahora le cerraba las puertas en la nariz.
Tocó con fuerza la puerta y le habló.
― ¡Paula! ¿Por qué no me dijiste que estaba el Sr. Alfonso aquí? ― gritó Maite desde el otro lado de la puerta ― ¡Y yo con estas fachas!
― ¡Oh por Dios Maite! Abre la puerta.
― ¡Vete por tu hija y después te cuento que pasó!
Paula le pidió la llave de su apartamento ya que la suya la había dejado, pero ni aún así Maite abrió la puerta. La deslizó debajo de ella, entonces Paula, viendo que su mejor amiga no abriría la puerta nuevamente, se encaminó a la puerta de su departamento.
― ¿Una hija? ― volvió a preguntar Pedro como si no pudiera creérselo. En ningún informe había salido algo de un hijo de Chaves. A menos que lo tuviera tan bien escondido, pero no tenía sentido.
Paula se aguantó la risa.
― Sí, mi hija. Ahora la conocerá.
Abrió la puerta y un maullido la recibió. Coco saltó hacia ella y se metió entre sus brazos. Era una hermosa gata persa pequeñita. Su pelaje era blanco y espeso y su cola parecía un felpudo para lavar copas, ligeramente redonda al final.
Adoraba que le pasaran la mano por su pelaje largo y sedoso. Debido a su pelaje parecía más bien una gata cachetona, con su nariz corta, sus orejas pequeñas y sus ojos grandes y muy abiertos. Contraría a la raza persa, Coco era pequeñita comparado con los demás gatos. Por eso se había quedado con ella. Nadie había puesto esperanzas en ella para sobrevivir excepto ella. Y ahí estaba su pequeña.
― ¿Cómo esta mi pequeña? ― La respuesta fue un maullido delicado ― ¿Qué le habrás hecho a Maite para que te repudie tanto?
Coco no contestó sino que se metió entre sus brazos exigiendo caricias.
― ¿Esa es tu hija? ― preguntó Pedro a su costado.
Paula extendió a Coco con orgullo hacia Pedro y le tendió la corta pero gruesa patita.
― Esta es. Sr. Alfonso le presento a Coco Chaves.
Le dio la mano de manera automática. Pedro no sabía porque estaba más asombrado. Si por tener que saludar a un gato o por ver esa nueva faceta de Paula. Con ese gato su instinto maternal estaba a flor de piel. No le hablaba tan infantil como había visto a algunas madres hacerlo con sus hijos, pero la relación con el gato era especial.
― Mucho gusto Coco, soy Pedro Alfonso, candidato a Senador. Si votas por mí, haré que todos los gatos del Estado tengan su propia caja de arena personalizada.
Paula echó la cabeza hacia atrás y dejó salir una carcajada.
La broma había dejado el susto un rato.
― No entiendo. ¿Tu amiga es alérgica a los gatos y la dejaste cuidando a Coco?
― Bueno, lo que pasa es que la dejo con otro amigo, pero ahora tiene casa llena y no le quería dar más molestias.
― ¿Y porque no un asilo de animales?
― No me gustan. La primera y última vez que lo hice Coco me huía, se puso arisca y no dejaba que la tocase. ― Vio que Pedro la miraba con… con algo. Y se avergonzó de relevar su faceta de niñera ― No es que sea como esa gente que le celebra cumpleaños a sus animales, o que tienen su propia agua, algo como…
― ¿La Elle Woods de los gatos?
Paula sonrió y asintió.
― Exacto. No llego a tanto.
Pero siguió acariciando con cariño a Coco que deshizo en sus manos maullando. Entonces reparó en su apartamento.
Un par de plantas por aquí, mesas, su hermoso sofá cama frente al televisor, y la mesa de la computadora pegada al gran ventanal que daba al callejón. La cocina era enorme pero solo tenía el refrigerador, la estufa y el horno de microondas. No había cajas ni cajones. Y su cuarto estaba divido por una cortina de cuentas que Maite le había dado para conservar su intimidad. El baño tenía su propia pared de división que consistía en azulejos transparentes.
No, no era para nada como lo que tenía en la casa de la piscina, pero a estas alturas del partido, que él la había visto jugando con Coco, no podía caer más bajo. Entonces recordó que tenía que hablar con Maite.
Cuando Coco se dio cuenta de que iba a dejarla en el piso, se aferró a su ropa, pero Paula se desasió de ella.
― Le voy a pedir un favor.
― ¿Eh?
― Tengo que hablar con mi amiga… ¿Se podría quedar aquí cuidando a Coco un par de minutos?
― ¿Por qué no vamos todos?
― Porque si llevo a Coco, Maite no abrirá la puerta. Y porque si va usted, Maite tampoco abrirá la puerta.
― Lo de Coco lo entiendo, pero ¿y yo?
“Es alérgica a los hombres guapos”, pensó Paula pero ni loca decía eso. Alzó las manos y las enlazó.
― Sólo espere aquí.
Salió corriendo, cerrando la puerta detrás de ella sin esperar respuesta. Se sacudió cuanto pudo la ropa. Coco no soltaba tanto pelo, pero no quería arriesgarse. Tocó tres veces y oyó como Maite se ponía detrás de la puerta.
― Estoy sola, sólo por si lo quieres saber.
Maite abrió la puerta hasta lo que la cadenita la dejó, y miró a los lados. Paula quien tenía una mano apoyada en la pared y otra en su cadera, se quedó sin palabras al ver la cara de su amiga envuelta en una mascada de colores chillones y con cubre bocas azul combinado. May quitó la cadena y sacó la cabeza, y miró para ambos lados y al ver que estaba sola, abrió la puerta y jaló a Paula y la metió a su departamento.
― ¿Por qué no me dijiste que venías con Pedro Alfonso?
― Te dije que estaba trabajando.
― Pero cuidando a una niña. No a él.
Paula rodó sus ojos al cielo.
― ¿Qué pasó con Coco?
Entonces Maite se puso colorada. Tomó de la mano a Paula y se dio cuenta de tenía unos guantes amarillo intenso.
― Sabes que la adoro, y cuando estoy controlada con medicamentos, la abrazo y todo, pero Coco decidió que tu chamarra era el mejor lugar para descansar.
― ¿Chamarra?
Se había ido dos días antes, y había dejado ropas tiradas por doquier, con la promesa de que regresaría a limpiar pronto.
― La blanca. Resulta que tomé prestada tu chamarra blanca de terciopelo que a mi me queda como una gabardina en punto y no lo vi. Estaba en media exposición de galería y empecé con los ataques de estornudos ― Estornudó para recalcar su afirmación anterior. Paula se empezó a reír. Su pobre amiga tenía una suerte que le llovía piedras a veces ― No es gracioso.
― Oh, créeme, lo es.
May la ignoró.
― Bueno, ahora dime, ¿todo eso es natural? ¿No tiene alguna cirugía por ahí?
Paula frunció el entrecejo. ¿De qué hablaba esa pequeña cosa?
― ¿Quién? ¿J. Lo? Por lo que me han dicho, parece que unas cuantas.
Recibió una palmada en el brazo de parte de su amiga, y a pesar de estar enferma, seguía teniendo la mano pesada. Se talló el golpe.
― ¡No te hagas! ¡Pues tu jefe! Ningún hombre puede tener todo eso natural.
― ¡Por dios, Maite!
Pensó en Clarisse y en Marla. ¿Dónde estaba la dignidad de la mujer en estos días?
“Tú también piensas en el hombre detrás del candidato”, le susurró una voz.Paula negó rápidamente y Maite lo tomó como la respuesta a su pregunta.
― ¿No qué? ¿No es natural? ¿O no tiene cirugía?
― ¡Maite Susana…!
― Sí cariño ya me sé mi nombre completo, gracias. ― May la tomó de un brazo y la llevó a la cocina donde le tenía preparado una caliente taza de café. Una humeante taza de café. Miró con la ceja alzada a May cuando está le tendió la humeante taza. ― Y ahora contéstame. Ese hombre tiene un imán suxalnético.
Paula tenía la taza a medio camino y la paró.
― ¿Sexuaqué?
― Sexualnético. Ya sabes, como los imanes magnéticos, pero en el caso de este hombre, es un imán sexual
Paula dejó la taza en la mesa y salió echa una ventisca.
― ¡No sé! Y no me interesa. ― Mentirosa le gritó la conciencia pero la acalló.
― Algunas veces me pregunto si no te habrán hecho un transplante de cerebro y te colocaron el de un chico en el cuerpo de una mujer.
Paula la miró de soslayo y entrecerró los ojos.
― Si, yo igual te quiero cariño. Bueno, dado que esto no funcionó, me llevaré a Coco al asilo del Centro.
May cambió su postura y mostró su arrepentimiento.
― Lo siento.
Paula la abrazó y justo después Maite empezó a estornudar.
Se separaron velozmente y Paula caminó a la puerta.
― Cuando tengas tiempo libre, me hablas. Quiero detalles de ese hombre, desde que talla de calzado usa, hasta…
Un par de golpes leves en la puerta detuvo la lista de su amiga.
― Paula…
Maite se puso una mano el corazón mientras que con la otra se sostenía contra la pared.
― ¡Oh dios, esa voz! ― gimió por lo bajo May.
Pau la ignoró y fue a abrir la puerta.
― ¿Sucede algo?
Encontró a Coco metidita entre los brazos de Pedro, perfectamente acomodada entre los bíceps del hombre, chupando su dedo.
― Sí, tu gata me está comiendo la mano. ¿Dónde está el alimento?
Paula fusiló con la mirada a su amiga y le gritó. May se acercó a ella.
― No pude regresar al apartamento. Y mi medicina de alergia se me acabó. Además, nada de “Maite”, ahora ningún hombre me mirará bien, y es por culpa de tu hija, o sea tú culpa.
― Para mi, usted es una bella persona.
Ambas mujeres quedaron con la boca abierta. Pero fue Maite quien reaccionó primero.
― ¿Qué?
Pedro seguía acariciando a Coco y sonrió.
― No importa el aspecto que tenga. Por su amiga, trató de cuidar a su gato, a pesar de saber que era alérgica. Eso la hace hermosa. Además, con ese look puede crear toda una nueva tendencia.
Paula no veía esa radiante sonrisa de su amiga, pero sabía que estaba embobadamente feliz.
― ¿Sabe qué? Tiene mi voto.
Paula pensó que era suficiente.
― ¡Por dios! ¡Nos vamos!
Empujó a Pedro pero Maite no la dejaba pasar.
― Un gusto conocerlo. Regresen pronto. Pero ahora sí avisan.
Paula regresó a su apartamento por la jaula de transporte de Coco, su comida y algunas cosas que podría llevar. Al final el coche de Pedro estaba lleno de cosas de Coco. A pesar de las protestas de Pedro,Paula subió a la parte del conductor y le dejó a Pedro el asiento de copiloto. Sin Augusto, ella era la que conducía. Punto final. Pero en vez de regresar por Valley, se empezó a dirigir a Pasadena.
― ¿Y ahora a donde vamos? ― preguntó Pedro, quien llevaba a Coco en el regazo. La muy traicionera estaba de lo más feliz recibiendo atenciones, mientras le rascaran la panza, así fuera un extraterrestre, Coco sería feliz.
― Por hoy, la dejaré con un amigo. Después la tendré que llevar con un cuidador.
― ¿Esta muy encariñada a ella, no es cierto?
Paula miró al regazo de Pedro. Coco tenía los ojos cerrados, casi como dormitando. Era floja, perezosa, pero no podía desprenderse de ella.
― Demasiado. Coco representa una parte de mi vida que me trae lindos recuerdos.
― ¿Por qué no la llevas a casa?
― ¿¿EH?? ― casi se estampa contra el auto delante de ella. Pedro alzó a Coco y la miró, esta sacó la lengua, exigiendo más caricias.
― Es la mejor opción. No te gustan los asilos, y tu amiga no la puede cuidar. Allá tienes una casa sólo para ti, y cuando estés fuera, siempre se pueden encargar Carol o Jaime de ella.
― ¿No le molesta?
―- Para nada. ― La luz roja del semáforo los detuvo y Pedro carraspeó ― Y dado que sé que tienes una hija, aunque no de la misma especie, creo que hemos llegado al momento de que me llames Pedro, por lo menos…. Paula.
Paula miró primero esos ojos, después entendió sus palabras. De pronto empezaba a hacer mucho calor en el auto.
― Esto es muy raro, ― emitió un profundo suspiro y asintió, dándole una suave sonrisa ― Pero gracias Pedro. Por Coco.
Y entonces, la luz se puso verde.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)