Sara alzó y dejó caer su mano por tercera vez. Había salido de su habitación, y bajado las escaleras muy decidida pero al llegar al despacho de su padre y ver la enorme puerta, se había acobardado en el último segundo. Su padre había vuelto a ser el de antes, reservado y distante. Incluso una noche lo había oído discutiendo con su abuela y Miguel.
Coco se frotó contra sus tobillos, exigiendo su atención. Sara sonrió y se inclinó para acariciarle la panza, pensando en Paula. Entonces miró la puerta, estiró la mano y apoyó la palma de su mano sobre ella. Las cosas habían salido peor de lo que había esperado. Ella había esperado que quizás, sólo quizás, su padre y Paula se hicieran novios. Había visto la mirada de su padre cuando él observaba a Paula, pensando que nadie lo observaba a él, y era como en la película de Pretty Woman, la mirada risueña, los suspiros profundos, las risas escondidas. Quizás había malinterpretado las señales.
O quizás…
O quizás era como en la película, y los adultos habían tenido su pelea.
Las relaciones amorosas era todo un misterio para ella.
― Quédate aquí, Coco. ― susurró a la gata y se paró.
Se acomodó la blusa que llevaba, de mangas amarillas y con colores azules y rosa, tenía una gran “Barbie Girl” en la parte delantera, y entonces tocó con fuerza. Oyó a su padre contestar y se adentro en la habitación. Asomó la cabeza primero, y lo observó por unos segundos, encerrado en unos papeles que tenía delante.
Al no percatarse de ningún ruido, Pedro alzó la cabeza y vio a Sara. Ella sonrió y su padre le hizo señas de que se acercara. Lo hizo hasta llegar al escritorio.
― Hola cariño, ¿qué sucede?
Sara lo miró con detenimiento. Tenía ojeras como Frankenstein en las películas, y aunque vestía un traje su aspecto daba a entender que faltaba algo. Se veía apagado, como si hubieran quitado las luces a su alrededor. Frunció los labios y miró hacia los papeles que tenía entre las manos.
― ¿Estás muy ocupado?
Con un golpe, su padre cerró la carpeta y le extendió los brazos.
― No, claro que no. Ven y acércate.
Y así lo hizo. Se sentó en sus rodillas, como hacía mucho tiempo no lo hacía. Se sentía incluso extraña. Quería abrazarlo, darle algún confort pero antes tenía que quitarse ese peso de encima. Aún podía recordar las palabras de su padre durante la discusión con Paula. No había entendido toda la conversación, porque estaba entre temerosa de la reacción de ambos y molesta con la Señora Perkins a la que no le dirigía la palabra más que lo estrictamente necesario.
― Papi…
― ¿Sí?
― Prométeme que me vas a escuchar y no me vas a interrumpir. ― Vio las cejas enarcadas y las arrugas que se formaron la frente. Iba a decir algo, pero ella insistió ― Prométemelo.
― Bueno, pero si esto lleva castigo, no creas que no te salvaras.
Sara sonrió. Jamás la había castigado, por nada. Tomó una buena calada de aire y se lanzó.
― Lo que vengo a decir es acerca de Paula. ― al ver que iba a romper su promesa, le dio una mirada que ya había ensayado frente al espejo. Pedro no dijo nada y ella asintió ― Creo que ella tiene razón. Acerca de lo de la seguridad. En primera, yo fui la que insistió en esas clases, papá. ― No le iba a decir que había sido con Leandro con el que había empezado. Ya era suficiente con que Paula no estuviera en la casa. ― Yo fui la que lo pidió, y ella me dijo que te lo contara. Pero fui yo la que decidió no hacerlo. Yo, no ella. ― Vio la pregunta en sus ojos y agregó ― No quería decírtelo por esto. Por lo que dijiste en la casita. Sé que antes me escondía detrás de ti, pero no quiero seguir así. Yo pienso que es genial lo que hace. Todos deberían saber defenderse, pero solo usarlo cuando estén en peligro. Si algo como lo sucedido hace meses vuelve a pasar, quiero estar preparada.
― Sara, jamás te pasará algo.
Había roto la promesa, pero se lo pasó por alto.
― Pero tú no lo sabes, papá. No podemos prometer a los demás que siempre estarás ahí para salvarlos, pero si podemos prometer a nosotros mismos que lo haremos. Cuando estamos solos, sólo contamos con nosotros mismos y nada más.
― Sara, tú no estás sola. ― insistió Pedro.
― ¿Pero que pasaría si un día me encuentro así? Quiero ser el súper héroe, no la damisela en peligro.
Pedro asintió y envolvió entre sus brazos a su hija. Sara le devolvió el abrazo. No sabía si lo que había hecho servía de algo, pero esperaba que sí.
* * * * *
Rafael miró el tablero y después a su contrincante. Tenía un peón jugando entre los dedos, mientras analizaba el campo. John entró en la estancia y le dejó unos papeles en la sala.
Rafael dejó el peón en la mesa y tomó la copa en su lugar.
Señaló con la cabeza hacia el minibar.
― Toma un trago John, tenemos que celebrar.
Siegel asintió y miró al señor D.
― Encantado señor.
― Siéntate John, descansa un rato.
Observó a su ayudante sentarse en una silla entre él y el otro jugador. Miró el tablero de ajedrez. Dio su movimiento y esperó el siguiente. Miró entonces a su mayor confidente.
― ¿Sabes John? El ajedrez es un juego sorprendente. La agudeza que uno debe tener en este juego es increíble, tienes que viajar entre presente, pasado y futuro. ― Vio a su oponente pensar y dudar y sonrió, después volvió hacia su punto inicial ― Pensar en que si una pieza se mueve tienes que pensar e todas las probabilidades que hay. En las jugadas que tu contrincante hará después de esa movida, las formas que tienes para salvarte, todo.
Rafael pensó en las fotos que le había dado a Paula. Era una pena, le habrían servido de mucho, pero no necesitaba más atención sobre Alfonso. Cuando la jugada fue hecha, Rafael lo analizó todo. Y no sólo estaba pensando en el juego. Sus labios se curvaron, unos segundos y esa fue todo el indicio que Guillermo necesitó para saber que había perdido. Tomó al rey y lo colocó en la casilla correspondiente.
― Y entonces, cuando menos lo esperas, en un momento de distracción, te encontraras que has ganado, y te has desecho de los problemas. De todos los problemas. ― Alzó la mirad y oyó maldiciones ― Jaque mate mi querido amigo.
Guillermo Díaz, o el Señor D, como era conocido por ellos dos, dejó de injuriar y soltó una carcajada estruendosa. Alzó la copa que tenía y brindó con ambos para después llevársela a los labios.
― ¿Lo ves John? Lo que necesitas es distracción y entonces, has ganado. Adiós problemas.
Y su problema se llamaba Paula.
Ahora, sólo faltaba la distracción.
* * * * * *
Maite contestó al tercer timbrazo, mientras se secaba el cabello mojado con una toalla.
― ¿Diga?
Se oyeron movimientos del otro lado de la línea.
― Hola cariño, ¿Cómo esta nuestra chica?
May se dejó caer en el enorme sillón verde limón que había en la sala comedor antes de contestarle a Marla. Recargó su cabeza contra el respaldo y dejó caer la cabeza mirando el techo. Había dejado a Paula en sus cosas, después de obligarla a comer. Sólo le había dado una mordida a la pizza –ella no era muy buena cocinera- y eso había sido todo.
― Al menos la hago comer.
― ¿Ha dormido?
― No creo que mucho, Tiene ojeras.
― El otro día hablé y me dio un cortón. Espera…. ― se oyó al pequeño Samuel al otro lado de la línea haciendo gorjeos ― Lo siento, le estoy dando pecho a Samuel. Te decía que le hablé y la llamada no duró ni treinta segundos.
Maite se levantó y se fue hacia el refrigerador a servirse un poco de té helado, colocándose el teléfono en el hueco entre su cuello y el hombro.
― Créeme, si estuvieras aquí, sería igual. Hablo con ella, si es que a eso se le puede llamar hablar, pero es como hablar con la pared. Sólo mueve la cabeza, ni siquiera pude sacarla de su ensimismamiento cuando le dije que iba a rentar un Bentley para ir a pasear todo el fin de semana.
― ¿Ibas a rentar un Bentley?
― ¡Claro que no! Mi salario de pintora fracasada no da para tanto. ― volvió al sofá y se dejó caer ― La cuestión es que no pude hacerla reaccionar ni con eso. ¿Entiendes?
― Vaya, está mal
― Ni que lo digas. Encima dejó a Coco con los Alfonso.
Aquello sí que dejó a Marla más que sorprendida. La dejó preocupada.
― ¿Olvidó a Coco?
― Si, bueno una larga historia que se resumen en que prefiere dejar a la gata con la niña, que quitársela.
― ¿Va a dejar a Coco con ellos?
― ¿Al fin lo has entendido?
Claro que lo entendían. Todos los cercanos a Paula sabían que pasaba. Paula se estaba cerrando a todo.
― Tenemos que hacer algo.
Maite tomó un gran sorbo de su bebida y se pasó el vaso contra su frente.
― ¿La pregunta es que?
Maite miró a su mejor amiga, no sabía que hacer con ella.
Llevaba una semana como loca. No había mejor manera de definirla. Estaba tan concentrada en lo que fuera que estaba haciendo que la mantenía al margen. Oía llamadas y con la única persona con la que mantenía contacto era con un tal Larry no se qué. Pero de ahí en fuera, Paula se había mantenido al margen de la prensa y los medios, y de todos los que trataban de localizarla. Incluso de Jorge y Marla. De ella había huido dos días, hasta que se dio cuenta de que no tenía nada en la nevera y con tal de no salir a comprar, había acudido a ella como su salvación.
Al día siguiente de la llegada de Pau, había salido a su galería y se había quedado de piedra al ver los titulares de los periódicos, con fotos de su amiga en primera plana; en verdad que los medios eran una gran fuente de información cuando se lo proponían. Al parecer la cena acaecida la noche anterior del reportaje había sido un fiasco total por parte de ella. Tenían fotos de ella en la entrada de la fiesta, y la verdad es que hasta a ella le había costado reconocer a su amiga con tremendo vestido. Pero lo que decía la nota había minimizado el entusiasmo inicial. Paula había sido una vergüenza en la cena, y el colmo de la noche había sido verla volar por los aires. Incluso Maite se había contagiado de vergüenza ajena. La nota del Sunday Angeles terminaba con:
“Paula Chaves, luego de su espantosa actuación en la cena en la Casa de la Moneda fue trasladada a la Mansión Alfonso. Fuentes afirman que hubo una discusión, terminando con el despido de la guardaespaldas. ¿Serán problemas del corazón? ¿O los reportes pasados estaban en lo correcto y Chaves tiene un desorden psicólogico?"
Había escondido el periódico en la basura. Aquello eran patrañas y más patrañas. Pero había algo que no le cuadraba. En todos sus años conociendo a Paula, jamás la había visto cometer una actuación tan mala como aquella. Ni siquiera cuando sus clientes le caían de la patada como fue el caso de un viejo rabo verde magnate de los petróleos que había cuidado por dos semanas en Washington. El tipo le había tocado el trasero a Paula –ella se lo había contado- y Paula casi lo había matado con la mirada y con la visita de Lou, su Beretta, en la frente. Así pues, en el papel dicen que se había mostrado coqueta y lasciva. Ja,Paula era todo desde bocazas, malhablada, era la antitesis de todo lo que los periódicos hablaban de ella. La adoraba, era su mejor amiga, y por ello sabía como era.
A pesar de sus insistencias en querer saber que había pasado, Paula se había mostrado renuente a hablar sobre lo sucedido en la cena. Había poblado su mesa del comedor con papeles y más papeles. Al cuarto día había salido y la prensa había saltado sobre ella. Lo único que había obtenido había sido un “Sin comentarios” y unos gruñidos pero gracias al cielo, sólo eso,
― ¡Mierda!.
May la miró incrédula. Fingía mirar el televisor, donde estaba viendo por tercera vez su película de “Magnolias de Acero”, porque no pasaba de la parte en la boda esponjosa de Julia Roberts con el ojiazul tan guapo –en eso sí se había fijado-, pero en realidad observaba a Paula. Y agradeció al cielo. Al menos había hablado. Sólo le sacaba monosílabos y movimientos de cabeza. Y era mucho. Otras veces se enfrascaba tanto en lo que estaba haciendo que se olvidaba de todo
― ¿Qué sucede?
Paula la miró pero no la vio, era como si traspasara su cuerpo con visión de rayos X.
― Deje a Coco en la casa Alfonso.
Maite sonrió. De eso ya lo había sospechado. No había visto a la gata en días, así que se había imaginado que la había dejado allá. Lo que le sorprendió fue que Paula lo hubiera olvidado. Ella, que amaba a esa gata más que a nada en el mundo, se había olvidado de su hija.
― Vale, le diremos a tu amigo guardaespaldas que se ponga en contacto contigo.
No conocía personalmente al amigo de Paula, pero bueno, no creía que se fuera anegar en traerle a endemoniada gata.
Adoraba a Coco de lejos, pero su alergia no le permitía tenerla cerca. Se acercó a Paula que se había dejado caer en una de las sillas de madera al lado del comedor. Su ceño estaba fruncido, tenía bolsas debajo de los ojos, y ojeras acompañándolos. Se veía un poco pálida y cabizbaja, y había momentos en que la atrapaba con la mirada perdida y melancólica, escondida entre las cortinas de la ventana. En los primeros días, había estado detrás de ella como una madre. Estaba bajando de peso de forma acelerada, pero no de forma saludable. Se abstraía tanto que se saltaba comidas, y lo poco que comía era sólo para mantenerse de pie.
Se hincó frente a ella y le colocó las manos sus rodillas.
― Pues llámanos a Leandro ahora mismo.
― Pero no puedo. ― le contestó Paula.
Maite sentía que estaba con una niña pequeña que no sabía hablar y te pedía algo que quería pero tú no sabías que era, así que le dabas todas las opciones hasta que acertabas y la niña gritaba agitando las manos.
― ¿Y por qué no? ― exclamó cansada de ir de un lado a otro.
― Sara ama a Coco. Sería cruel quitársela.
Vaya, aquella era la primera vez que hablaba de los Alfonso.
La televisión y el estéreo estaban siempre apagados.
Maite sospechaba que era porque no quería saber nada de ellos, pero un día la había encontrado hablando con alguien y preguntando por todos los residentes de la Mansión Alfonso.
Paula se levantó del asiento y fue hacia la cocina. Maite se sentó en el asiento libre y la miró con detenimiento. Vació casi un litro de leche en la licuadora mezclándola con un polvo de color arenoso. ¿Iba a hacerse café en una licuadora?
Abrió la boca acercó para detenerla pero ya había apretado el botón de encendido. El ruido del motor de la máquina llenó la habitación y luego fue disminuyendo. Se levanto del asiento y caminó hacia la cocina mientras que Paula se servía la mixtura en un vaso de aluminio grande. Entonces se percató que lo café no era café.
― ¿Desde cuando tomas malteadas de chocolate?
― ¿Eh?
Paula ya tenía el vaso en la boca y estaba bebiendo como si fuera agua. May frunció el ceño, y volvió a repetir la pregunta, y Paula esta vez miró el vaso y se quedó sorprendida. Paula era de las personas que sin café no funcionaba y ahora que lo recordaba, desde que había regresado no la había visto tomando café en ningún momento.
― ¿Esto?... ― Paula vio el vaso y sus ojos se marchitaron, como flores cortadas al tercer día. Dejó el vaso en la encimera y la miró. ― Desde hoy, ya no más
Y regresó a su mesa.
Paula aspiró una vez, después dos. Pedro le tendió la mano, pero ella no quería salir del auto, quería correr a la casa y esconderse. O ir detrás de Rafael y destrozarlo en pedazos.
No quería herir a Pedro, no podía, no…
― ¿Paula?
Pedro se asomó y Paula recordó las fotos. No quería, pero tenía que hacerlo. Ya había arruinado suficientes vidas.
Tomó la mano de Pedro y salió del auto. Augusto le dio una reverencia y un guiño y desapareció con el auto.
Situándose entre ambas mujeres, los tres caminaron sobre al alfombra y como siempre, tenían que hacer una pose ante las cámaras. Paula sintió los flashes de las cámaras contra su cara y alzó instintivamente la mano para taparse el rostro con el bolso. Daba sonrisas cordiales pero nerviosas pidiendo a todos los cielos que entraran ya al lugar, pero Pedro no avanzaba. Los reporteros gritaban exigiendo saber su identidad.
― Señor Alfonso, ¿Quién es su nueva amiga? ¿Hay una modelo en la ciudad?
Paula alzó los ojos. Vaya, un buen vestido, un buen maquillaje, zapatos, peinado y la gente no te reconocía. Genial.
Pedro la miró y ella le devolvió la mirada.
― Mi nueva amiga es muy conocida entre ustedes. ― se agachó para susurrarle al oído ― Baja la cartera. No seas miedosa. Estás espectacular.
Contra sus instintos de supervivencia, bajó la mano y sonrió.
Dio un “Hola chicos” y si antes habían estado impetuosos queriendo saber su identidad ahora quedaron aturdidos al saberla. Pero el asombro les duró poco y rápidamente se abalanzaron sobre ellos.
― ¡Srta. Chaves! ¡Paula! ¡Srta. Chaves! ― Los medios la llamaban, Algunos queriendo hacer preguntas y otros tomando simplemente fotos.
En un momento Pedro la dejó sola y ella tuvo que quedarse y posar. Bueno, sí ya estaba en papel, bien podría valer la pena. Sonrió y se dejó llevar. Incluso dio una vuelta para enseñar su vestido y dejó que algunos tomaran fotos.
― Paula, ¿es que acaso su presencia aquí quiere decir…?
― Nada. ― interrumpió Paula y sonrió ― Estoy trabajando, pero también soy invitada a la cena, eso es todo.
Otro reportero se coló y metió su micrófono. Dijo su nombre y su cadena.
― ¿Mantiene usted una relación con el Sr. Alfonso?
― Es un gran hombre y creo en él. ― vio que se había salido por la tangente, así que agregó rápidamente ― Además, viene con su madre de chaperon. Creo que eso responde a su pregunta.
Oyó unas risas y más risas y Pedro entendió la indirecta y fue hacia ella. Se despidieron y entraron a la Casa de la Moneda. Nadia no paraba de sonreír, satisfecha, mirando hacia la muchedumbre que habían dejado detrás.
― Oh por Dios niña, los tienes comiendo de tu mano.
Con una sonrisa rígida, Paula asintió y pensó en lo que tendría que hacer.
Caminado con cuidado por los tacones, entraron en un gran salón, donde la gente ya estaba conglomerada hablando, bailando, comiendo y haciendo miles de cosas más. Se oían risas por unos lados y charlas varoniles por otro. Estuvieron un rato en la entrada, y Paula pudo sentir las miradas enfocarse sobre de ella. Era como esa pesadilla recurrente que tienes al salir a la calle y salir desnuda, o en su caso, con zapatos disparejos –cosa que sí le había pasado en la vida real, y en pleno Berverly Hills- y que todo mundo te mirara y te devorara. Si, pues esa expresión se acercaba mucho a su realidad.
Oyó un silbido lobuno y sonrió al ver a Miguel con traje igual al de Pedro, y una copa de champagne en la mano, caminando hacia ellos.
― Por Dios, Pau, te ves fabulosa.
Paula le dio una mejilla y recibió un beso en ella.
― Gracias Miguel.
Oyó un carraspeo a su lado, y observó el ceño fruncido de Nadia.
― Me voy a poner celosa, Miguel.
“Miguel”. Uy, eso sonaba a celos, pensó Paula. Miguel soltó a Paula y tomó de ambas manos a Nadia besándoselas con dulzura. Aquella pareja de tórtolos caería más pronto de lo que se imaginaban.
― Cariño, ella se ve fabulosa, pero tú, me dejas sin palabras. ― La tomó de un brazo y miró a Pedro ― Vamos a nuestra mesa.
Discretamente llevó su mirada a todos lados, buscando a Rafael. Sí estaba ahí, Dios, vomitaría en plena mesa. O tomaría a Lou; una pierna herida no le haría mal a nadie.
Pero después de un rápido escrutinio y no sintiendo esa sensación de ser observada exhaló aliviada
Las mesas estabas distribuidas por los alrededores del salón dejando el centro libre para la pista de baile. Manteles blancos y sillas forradas, candelabros y velas, flores y luces, las mesas parecían tableros de reyes. Distribuidos en mesas redondas de ocho, le presentaron a sus otros integrantes que eran el Senador Anderson, al que había visto en la comida de Pedro, así como a su hijo Greg y su esposa Petra, y el hermano de ésta, Ray. Paula sonrió pero trató de hablar lo mínimo posible. Quedaron distribuidos de modo de que Pedro quedó a su lado y del otro lado, Nadia junto a Miguel. El lado libre de Paula lo ocupó el cuñado de Greg y después los Anderson.
El brindis pasó sin que Paula oyese una sola palabra.
Seguía mecánicamente los gestos de Nadia y Pedro. Incluso había sentido la mirada de Pedro varías veces sobre ella, pero había huido haciéndole ver que no lo había visto.
Empezó a sonar una melodía suave y rápidamente abrió el pequeño bolso que llevaba, excusándose con los presentes, y extrajo su celular para contestar. Era un mensaje. Lo abrió y lo leyó.
“Show Time, cariño. Haz tu parte”.
Y el cuento de cenicienta se acabó. Ella tenía un trabajo que hacer. Sintió el estómago revolverse y estuvo a punto de vomitar. Cerró los ojos y aspiró con fuerza. ¡Maldito Rafael!
¿Por qué le hacía eso?
― ¿Qué sucede? ¿Algo mal, Paula?
La voz profunda de Pedro la regresó de su sed de venganza. Lo miró pensando en lo que tenía que hacer esa noche y se sintió más enferma. Pero sacó fuerzas sobrehumanas y le dio una sonrisa falsa.
― Nada, es May. Me desea suerte.
Tomó la primera copa de champagne y luego otra seguida.
Necesitaba valor esa noche.
La gente empezó a levantarse de sus mesas y dirigirse a la pista, para bailar. Pedro había pedido ser el primero pero para su desconcierto, Paula se había rehusado y había aceptado la invitación en cambio de Ray. El muchacho –porque no pasaba de veintitantos años- era bien parecido y trató de hacerse el importante frente a Paula, y aunque ella le sonreía seductoramente no le escuchaba en lo absoluto.
Cuando terminó la canción, no tuvo tiempo de respirar porque otro hombre se acercó y la invitó a bailar.
Y así, el espectáculo comenzó. Bailó y rió a carcajadas fuertes con todos los hombres que la sostenían en sus brazos. Hacía la tonta, y lo odiaba, pero odiaba más al hombre que estaba detrás de todo aquello. Después del primero del que sí se acordó su nombre, perdió la cuenta y los nombres de los otros. Algunos incluso quisieron pasarse de la raya, pero Paula se lo había impedido aplastándoles los pies de manera muy accidentada. Uno incluso había acabado con un golpe en la nariz, al encontrarlo mirando su busto. Ella había bajado la mirada inocentemente hacía ese punto y después había alzado la cabeza rápidamente, golpeándolo de manera muy artística.
Cuando unas manos fuertes la tomaron del codo, vio primero una tormenta de desierto en ella. Pedro estaba furioso, como jamás lo había visto. Paula no se dejó intimidar y se abrazó a él como una lapa, sin pasar desapercibido el calor que sus manos emanaban contra su piel desnuda. La música de fondo cambió y el saxofón y el piano empezaron a sonar, deleitándolos. Paula descubrió la melodía de “I will always love you”, y pensó que sí aquello no era ironía. Tanto la película como la letra de la canción eran un cruel juego del desgraciado destino. Quizás Kevin Costner después de todo fue feliz lejos de Whitney, ¿verdad? ¿Si no, porque rayos ponían eso en el final de la película?
― Hasta que me concedes el privilegio de bailar contigo.
El estomago de Paula se tensó, pero su rostro no mostró ninguna emoción de remordimiento, en cambio, alzó los hombros.
― ¿Qué puedo decir? Soy muy popular.
Los brazos de Pedro se tensaron y la mirada que le dio le erizó los pelos de la nuca, pero se quedó quieta.
― La Paula que yo conozco odiaría ser el centro de atención. Tú pareces disfrutarlo. ― declaró en tono acusador.
― La Paula que tú conoces es la misma con la que estas bailando, nada ha cambiado.
― Me dijiste que era un vestido conservador. ― Pedro se quiso dar contra algo. Pero no estaba pensando con claridad. Había perdido la cuenta de cuantos hombres habían tocado su cuerpo, y se habían deleitado con la suavidad de su piel. Joder, casi había saltado sobre el último que le había mirado descaradamente el cuerpo.
Pero lo que más le sorprendía era la actitud de Paula. ¿Qué le pasaba?
― No, te dije que no se me vería cierta parte de mi anatomía que tú preguntaste.
― Pero se te ve otra parte de tu anatomía, que está haciendo que todos los hombre de este lugar volteen a verte y me estoy pensando con cual empezar primero.
― Oh vamos Alfonso, no seas arcaico.
― ¿Qué te sucede, Paula?
Por una fracción de segundo vio algo en su mirada. ¿Dolor quizás? Pero lo que fuera que había visto había desaparecido tan rápido como había llegado. En cambio vio una mirada fría y carente de emociones.
― Sucede que odio que me controles. No soy de tu propiedad. Jamás lo he sido y es hora de que lo vayas procesando.
No dijeron más. Pedro la miró sin verla. Aquello lo había dejado de piedra. ¿Acaso Paula no lo...? No podía ser. Ella lo quería. Quizás no lo había dicho, pero lo sabía. Entonces porque todo aquel teatro.
La música terminó pero sólo si dieron cuenta cuando los aplausos llenaron el salón. Paula lo miró y después bajó la cabeza huyendo de la intensidad de su mirada.
― Quiero regresar a la mesa.
Pedro la tomó y la llevó, ambos en silencio. Sólo estaban Nadia y Miguel en la mesa, quienes la estudiaban con sumo interés, pero no le hizo caso. Tomó una copa y se tomó la mitad de golpe.
― ¡Pedro!
Todos voltearon hacia el hombre que habló. Paula lo reconoció rápidamente como S. Lancaster, un magnate de las industrias de software. El próximo Bill Gates, si sólo cuidara su bragueta con más cuidado. Estaba metido en medio de escándalos cada dos o tres veces por mes.
Aunque tenía que reconocer, era guapo. Alto, de cuerpo fuerte y musculoso, con la piel morena, herencia de su ascendencia mediterránea. Pero no era Pedro.
― ¡Stefan!
Se intercambiaron abrazos, pero el hombre no desvió la atención de Paula. Entonces miró a Pedro y le sonrió con mirada picarona.
― Vaya, veo que no has perdido el tiempo. ― Y señaló hacia Paula. Aquel comentario se le hizo morbo y asqueroso pero no perdió la sonrisa. Vio que la vena de la frente de Pedro comenzaba a tiritar.
― Calma Stefan. ― Su voz era grave, mirándola a ella primero ― Paula, te presento a Stefan Lancaster, el dueño de SoftPC. Stefan, te presento a la Señorita Paula Chaves…
El hombre no esperó más, se inclinó ante Paula y tomó su mano para depositar un beso baboso. Paula resistió las ganas de apartar la mano.
― Encantado, nena.
―… Mi guardaespaldas, Stefan. ― concluyó Pedro las presentaciones.
El hombre abrió los ojos y se echó a reír.
― ¡Oh cielos! Señorita, si tiene una agencia con puros agentes como usted, por favor, hágame su cliente de por vida.
Soltando una risilla exagerada, entre tímida y coqueta Paula asintió.
― Encantada, Señor Lancaster.
― Si alguna vez se aburre de él, yo estaré de lo más encantado en contratarla. Estoy seguro de que sus servicios me complacerán mucho.
Fue un comentario con doble sentido. Era obvio lo que aquel bruto pensaba, y si hubieran estado en otra situación le habría dado la golpiza de su vida, y quizás habría conocido a Lou en persona. Pero aquella no era la situación. En cambio se encontró inclinándose unos centímetros más hasta quedar a rostro a rostro con Stefan.
― Es una propuesta tentadora. Quizás lo piense.
El hombre le acarició la mano con sus pulgares y se levantó del piso.
― Un placer. Caballeros, damas, nos vemos luego. ― dijo eso último mirando sólo a Paula.
Se volvió a hacer un silencio. Sintió la mirada de los demás, mientras ella miraba a Stefan desaparecer. Se excusó para ir al tocador y caminó sin rumbo. Entonces se dio cuenta que no sabía donde estaba el baño y se paró para preguntarle a uno de los meseros. Dio con el aseo y se encerró en una de las piezas. Bajó la tapa del váter y se sentó inhalando con fuerza. Se le escapó un sollozo pero lo atrapó con fuerza.
Respiró agitadamente, odiándose por lo que estaba haciendo. Salió del excusado más calmada pero se negó a verse en el espejo.
Sólo unos momentos más y todo habrá terminado. Salió del tocador más calmada cuando un pequeño de unos seis o siete años la alcanzó, le jaló el vestido. Paula se agachó y le sonrió, el pequeño le dio una hoja y salió corriendo. Paula se quedó extrañada y abrió la nota.
“Mantén los ojos abiertos. El peligro está a la vuelta de la esquina. ”.
Se levantó enojada, arrugando el pedazo de papel. Maldito Rafael, es que no iba a acabar nunca con la tortura. Regresó a la mesa apresuradamente, mirando a todos lados. Llegó a la mesa donde los Anderson ya habían regresado y se sentó calmadamente, pero no intentó iniciar una conversación.
Sintió la mirada de Pedro sobre ella, pero la ignoró yendo en vez por su otra mitad de la copa de alcohol. A pesar de que tomaba en contadas ocasiones, tenía mucha tolerancia al alcohol, además, necesitaba entretenerse en algo. Los minutos pasaron pero no sintió nada.
Nadia y Pedro se levantaron para saludar a otros personas.
Ella había rechazado la invitación, quedándose en la mesa, pero se había levantado detrás de ellos, siguiéndolos discretamente. Tenía una mala espina.
Entonces los ruidos estruendosos le llegaron de todas partes. Eran niños jugando con globos, explotándolos con palillos y alfileres. El ruido viajaba de todas partes, y entonces Paula vio al camero. Estaba en la orilla del salón, mirando hacia Pedro. Entonces la miró a ella y sintió la sangre helarse. Vio una pistola salir de su saco y apuntar.
Paula no pensó, no dijo nada.
Una explosión de globos, risas de niños, pero ella sólo oía el rugir de su sangre en sus tímpanos. Corrió como una despavorida hacia Pedro.
― Pedro, ¡cuidado!
Y saltó varios metros, llevándose a Pedro hacia el piso. Se levantó y lo revisó. No vio sangre por ningún lado, pero tenía que asegurarse. Sentía las lágrimas llenar sus ojos pero no dejó salir ninguna.
― Oh dios… ¿estás bien?
Volvió la mirada a pesar de la muchedumbre que los rodeaba, pero no vio al mesero por ningún lado. Entonces lo entendió. Era una trampa. Un maldito juego de Rafael para hacerla quedar mal. Y ella lo había logrado. Pedro la tomó con fuerza de la mano.
― Sí, pero creo que tu no. Nos vemos.
Se levantó y se sacudió. Le habló a la gente diciendo que estaba bien, que su querida guardaespaldas se había alarmado por los ruidos. Alguien tan eficiente como ella no se encontraba todos los días, había dicho, pero a Paula no se le había pasado el sarcasmo de la frase. La gente se empezó a dispersar y Nadia y Miguel aparecieron haciéndose paso entre los chismosos que aún quedaban, ambos con caras igualmente pálidas. Pedro no había soltado a Paula en ningún momento, pero no le había dedicado ninguna mirada de soslayo.
― Nos vamos madre. Creo que a Paula se le subieron las copas.
Paula sintió los colores subírsele por el cuello. De todo lo que había pasado esa noche, el comentario de que estuviera borracha y fuera de sus capacidades era el que más le había dolido. Miguel asintió y le tendió un manojo de llaves a Pedro.
― Yo llevaré a Nadia. Toma mis llaves y llévate a Paula.
Salieron del salón, tranquilamente. Una calma que ninguno de los dos tenía, pero que tenían que aparentar. Pedro salió y le dio la llave al del ballet parking y esperó. Paula lo miró y trató de decir algo, pero Pedro alzó la mano.
― No digas una palabra, por favor. Ni una palabra hasta que estemos en casa.
Con total redención, Paula aceptó. El auto de Miguel estuvo frente a ellos y se embarcaron hacia la mansión. El aire era tan tenso que se podía cortar una hoja en él. Paula pensó en el mesero, y luego en Rafael. Pero si decía algo, ¿de que serviría? No podía contar lo del mesero sin contar todo lo demás, y aquello sólo sería peor, porque de una u otra manera Rafael se enteraría. Llegaron a la casa veinte minutos después, con Pedro manejando como alma que llevaba el diablo. Leandro los dejó pasar sin rechistar y se estacionaron fuera de la casa. Paula bajó sin esperar la ayuda de Pedro y se fue directamente a la casa de la piscina. Agradeció que Pedro no fuera detrás de ella y le cediera unos segundos.
Al doblar lo vio apoyado contra el volante del auto, y sintió su corazón romperse en mil pedazos, como si un meteorito se hubiera estrellado contra él. Llegó a la casa y abrió la puerta, prendió las luces y esperó.
Tres minutos después Pedro entró por la puerta, con la camisa desabrochada de los botones superiores y sin pajarita.
― ¿Qué pasó allá en la cena?
Paula estaba sentada en el sillón de frente a la entrada. Había pensando en ese discurso miles de veces y ahora sólo tenía que soltarlo.
― No puedo fingir ser algo que no soy
Pedro la miró como si la viera por primera vez. Trató de hablar pero se calló, pasándose la mano por la mata de cabello.
― Jamás te lo he pedido, ¿o es que acaso alguna vez te he dicho: “Paula, cambia”?
Dios, aquello era tan difícil, pensó Paula con dolor.
― Tú no, pero tu modo de vida, me obliga a ello. ― contestó firmemente.
― Entonces tú ― subrayó Pedro señalándola ― eres la que te obligas a ello, porque yo me he enamorado por la mujer que eres, no por la que podrías ser.
Abrió los ojos desmesuradamente. Oh cielos, no, no ahora, no en ese día.
― Así es, te amo Paula Chaves. ― Pero su tono era duro y tenso. Nada de dulces palabras.
Deseando poder corresponderle, se mordió la lengua literalmente, y ahogó los gritos internos de su alma. Se levantó y se fue hacia su habitación pero Pedro la interceptó.
Paula trató de pasar, pero Pedro se lo impidió.
― No tiene broma. No puedo seguir con esto.
― Obviamente nos la pasamos muy bien juntos. Sara te ha tomado mucho cariño, podríamos ver a donde no lleva esto.
Sus ojos avellana se fijaron en él. Habría dado todo por decir que sí, pero ya había hecho un pacto. No podía hacer otro.
― No puedes hablar en serio.
― Claro que hablo en serio.
― Mira, te lo dije desde el primer día, Pedro. Era solo el presente. No puedo seguir, no puedo
― ¿De que tiene miedo?
― ¿Miedo? ― Aquello si que la había tomado por sorpresa.
Pedro se acercó más y la fue acorralando.
― Paula, no soy tu padre.
Oír a Rafael en medio de la conversación fue un golpe demasiado duro. Y saber que Pedro pensaba que lo comparaba con él pudo con ella.
― Eso lo sé mejor que nadie.
― Lo siento.
― Pues yo no. Esto no puede ser así. ¡Yo no encajaría jamás en esta vida! ¡Me he pasado más de diez años huyendo de ella! ¡No es lo mío!
― Paula… ― Pedro trató de acercarse a ella, pero Paula se hizo a un lado.
― ¡No, no lo entiendes! Eres un gran tipo, y serás un gran senador, quizás incluso un gobernador o presidente de los Estados Unidos. Pero necesitas a una mujer adecuada para ello, y yo no lo soy.
Estaba histérica. Gritaba y gesticulaba. Pero se calmó cuando vio a Pedro, Deseó tomarlo entre sus brazos y abrazarlo. Pero él tenía un futuro más grande. Aunque no con ella. La observó con desolación.
― ¿Así que todo este tiempo has estado esperando a decirme eso?
― ¡Nunca nos hicimos promesas, Pedro!
― ¡Por dios Paula, atrévete! No te dejes encerrar por tus demonios.
Paula se estaba cansando. Tenía que largarse de ahí ya.
― ¿Me estas retando? Bien, pues en ese caso, ¡te reto a que lo dejes! ― Ambos se miraban desafiadoramente. ― ¡Por mí! Si en verdad crees que podemos ir algún lado, pospón tu candidatura, ofrécesela a alguien más, apóyalo pero quédate al margen.
Cuando terminó de hablar su respiración era agitada. Tuvo una leve luz de esperanza pero se apagó cuando Pedro desvió la mirada. Se odió por pedir aquello.
Se odió por hacerle daño. Se odió por todo.
― Ninguno de los dos cederá, ¿verdad? ― susurró Paula.
Le dio la espalda para ocultar la primera lágrima que se había escapado. Respiró pidiendo fuerzas para aguantar sólo un poco más.
― Es increíble. ― La voz de Pedro le llegaba detrás pero parecía venir desde otro mundo ― Ninguno de los dos quiere arriesgar nada, pero queremos ganar todo. No queremos ceder, a pesar de que somos el uno para el otro.
― Creo que esto ha terminado. ― anunció Paula.
― Sí, así parece.
Se quedaron donde estaban. No se miraron, siguieron dándose la espalda pero el ruido de pisadas y voces los hizo caminar hacia la puerta. Paula prendió la luz fuera de la casa y vio a la Señora Perkins acercarse jaloneando a Sara en pijama. La mujer vestía una bata blanca de poliéster que sonaba con cada movimiento que hacía. Miró con coraje a la señora al ver como trataba a Sara pero ella la miraba con un odio sin igual.
― Señor Alfonso, esa mujer… por dios, mire lo que le ha hecho a Sara.
Entonces vio que la mejilla de la niña se estaba poniendo amoratada. Pedro lo vio también y corrió hasta ella.
― ¿Pero que te paso en la cara, cariño?
― No fue su culpa, papá. ― gritó casi en sollozos ― Paula y yo estábamos entrenando, y me resbalé. No le hagas caso a la Señora Perkins.
― ¿Entrenando? ¿Entrenando cómo? ― Sara miró a Paula disculpándose y ella cabeceó tratando de calmarla. ― Paula, ¿Qué le has hecho a Sara?
Vio que Sara iba a intervenir pero le hizo señas de que no lo hiciera. Suspiró y miro a Pedro.
― Hemos estado entrenando por semanas, sólo algunas técnicas de defensa personal. Hoy Sara resbaló contra la colchoneta.
― ¿Semanas? ¿Me lo han estado ocultando por semanas? ¿Es que estas loca?
Antes de contestar vio la mirada de la Sra. Perkins, satisfecha por lo que estaba pasando. Volvió su atención a Pedro.
― ¿Disculpa?
― Es una niña, no debería de estar haciendo ejercicios extremos. ¿Se resbaló? ¿Que hubiera pasado si se hubiera torcido el cuello?
― Estas exagerando Pedro. Sí, es una niña, pero es más fuerte de lo que parece. Además, las mujeres dejamos de ser el sexo débil hace muchísimos años
― Me da igual lo que tú hagas, pero con mi hija no. Tiene un moretón del tamaño de Texas en la cara.
― Tiene un golpe del tamaño de un meñique que se curara en un par de días. ― corrigió Paula.
― Su madre lo arriesgo todo, con tal de no herirla.
Sus pulmones se quedaron sin aire. Su cuerpo colapsó y se quedó vacía. De todas, todas las cosas que podía esperar esa noche, aquello jamás había pasado por su cabeza.
Aquello dejó claro lo que Pedro Alfonso pensaba de ella.
― Bien, pero piensa esto, y ruego a Dios porque jamás pase, pero ¿y si llegaran a secuestrar a Sara? ¿Y si estuviera en problemas? ¿Y si alguien se metiera con ella? Si siguiera tus consejos, sería carne de cañón para quien le quiera hacer daño.
Pedro le dio una última mirada antes de salir de su casa.
― Estás despedida. ― dijo de espaldas a ella.
― Te ahorro el cheque de compensación. Renuncio.
Con la última palabra, Pedro tomó a Sara de la mano y se la llevó de casa. La señora Perkins los siguió de cerca no sin antes darle una sonrisa burlona.
Cinco minutos después, todos en la casa se habían enterado de lo ocurrido. Augusto había ido a la casa por órdenes del Señor Alfonso para llevarla a esas altas horas a su departamento pero Paula se negó, y en cambio pidió que llamara a un taxi. No se molestó en cambiarse, sino que se quedó con el vestido y en lo que llegaba el transporte, terminó de meter sus efectos personales en una minibolsa.
Entonces la puerta empezó a sonar, con golpes estruendosos provenientes del exterior.
Era Leandro.
― ¡Paula, abre la jodida puerta!
― ¡Ahora no Leandro! ― gritó Paula.
― ¡Ábrela o la tiro!
Porque sabía que su amigo era capaz de hacerlo, fue hacia él y le abrió.
― ¡¿Qué quieres?!
― ¿De qué va todo eso? ¿Qué rayos pasó en esa cena?
― Leandro, me tengo que ir. Después te lo explico.
Leandro miró hacia donde sus maletas y luego hacia ella. No entendía nada. La tomó de los hombros con nervio.
― Paula, arriesgaste todo por ese hombre, todo. El no puede dejarte ir así como así.
― Leandro, te lo juro, luego platicamos. Me tengo que ir.
― ¿Cuál es la maldita prisa?
― ¡Es que tenías razón! Eso es lo que pasa Lean, que tenías toda la razón. Somos de dos mundos distintos, sólo estaba viviendo una fantasía, un sueño que me lo creí como una tonta. Pero hoy me di cuenta de que no es cierto, es sólo un juego, y esto se acaba antes de que cualquier otra cosa pase.
La observó con escrutinio. La conocía desde hacía muchos años, quizás no la veía tan seguido, pero la conocía y sabía que no le decía todo. Aún así, la dejó ir. Todos se tenían que calmar y el tenía cosas que averiguar.
El taxi llegó al poco tiempo, y Paula subió con la ayuda de Leandro las bolsas. Dio un último vistazo hacia la casa, y miró directamente hacia la habitación de Pedro.
“Todo esto lo hice por ti”.
Cerró los ojos y se metió dentro del auto. Cuando llegó a su viejo departamento, sintió la soledad embargarla como nunca. En la oscuridad sintió el olor a encerrado y olvidado llenar la habitación. Dio un paso pero se detuvo al sentir aplastar algo debajo de la lujosa zapatilla. Dejó caer la bolsa, se inclinó para tomarlo y cerró la puerta tras de sí, caminando hacia el único sofá cama que tenía. Se dejó caer en el asiento, se quitó las zapatillas y subió los pies en la orilla del mueble, colocando su cabeza entre sus rodillas. La luz que se infiltraba por la gran ventana era suficiente para ver el sobre que había recogido. Oyó a Maite tocar la puerta, pero no dijo nada ni hizo ningún movimiento. May habló hasta que se cansó y luego se fue. Paula se pasó una mano por su rostro aguantando las ganas de llorar, y recordó la plática que había tenido con Rafael en el restaurante.
― Tienes que abandonar a Alfonso, pero no es tan fácil cariño. ― había alzado las fotos y las había abanicado frente a sí ― Aquí veo algo más que sólo una aventura. Y si es así, quiero que le rompas el corazón a Alfonso. Pasado mañana, hay una cena en el centro. Vendrás acompañándolo a la Cena de la Moneda. ¿Cómo? No sé, y no me interesa. Pero irás, y lo dejarás en vergüenza. Estaré vigilando todos tus movimientos. ― había visto su cara de rabia y se había echado a reír en su cara ― Es como un juego de ajedrez. Hay que saber aprender a jugar todas las piezas. Esa noche, abandonarás a Alfonso. Te tienes que ir de la casa esa misma noche. A cambio te daré estas lindas fotos.
Paula se había quedado consternada al escuchar a Rafael.
Pero había accedido. Sabía lo misero y rastrero que su propio padre podía ser, y no podía arriesgarse a nada.
Además de las fotos, le había pedido una hoja que ella redactaría legalmente en la que renunciaba a usar esas fotos. Rafael había aceptado a regañadientes y con esa última palabra Paula había abandonado el restaurante.
Nadia y Viviana sin querer le habían ofrecido en bandeja de plata la entrada a la cena, y lo demás había corrido por su cuenta. Y no había querido hacer nada que el topo pudiera avisar a Rafael y publicar las fotos. Le pediría a Leandro que se mantuviera alerta.
Había llegado a la casa de los Alfonso para protegerlos, pero había fallado y en el camino, había perdido su corazón.
Abrió el sobre y sacó varias fotos, montones y montones de ellas, junto con los negativos y una nota. La abrió y se quedó desolada.
“Jaque mate”
Paula arrugó la nota, y la hizo pedazos, cada vez más pequeños hasta que ya no pudo romperlos más. Entonces se percató de su rostro húmedo.
¿En qué momento había empezado a llorar?
No le importó buscar la respuesta, en cambio empezó a sollozar con fuerza. Dejó caer los trozos de papel en el piso y se deslizó en el sofá, permitiéndose al fin llorar por su corazón herido.