viernes, 5 de junio de 2015

CAPITULO 32




― Augusto, cuando lleguemos a la dirección que te dí, por favor, entra a la tienda y compra lo que sea, pero tárdate diez minutos.


Augusto asintió, sin preguntar, mientras que Paula se ajustaba sus gafas oscuras. Augusto se estacionó en un lugar apartado, siguiendo las indicaciones de Paula y bajó al mercado. Ahora tenía que esperar a Alex.


Había platicado con Leandro y con Pedro sobre ello. Tenían que encontrar a los atacantes de Sara, pero dado que Pedro estaba en elecciones y plena campaña electoral y no quería que Sara estuviera involucrada, habían accedido a que ella se contactaría con viejos amigos, y haría todo lo más discreto posible. Después se habían separado.


Desde el fatídico día en que había dejado de escuchar las palabras de Leandro y había besado a Pedro, se habían tratado tan formalmente, mucho más que los primeros días de trabajo.


Pero, rayos, el hombre había rebasado todas las expectativas de un beso. No era virgen, pero había encontrado placer en una caricia, en un simple beso, que en todas las noches de sexo que había compartido con sus antiguos amantes.


Había enfocado su mirada con la de él, sólo unos segundos, y después se habían encontrado en el camino, porque Pedro también iba sobre de ella. Había empezado suave, dulce, tocando sus labios, tanteando terreno. Paula había podido sentir la suavidad de sus labios, y la delicadeza de sus gestos la habían derretido. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que había sentido la sal de sus propias lágrimas en sus labios y en los de Pedro. Y eso fue sólo la primera parte.


Después de la exploración, fue la misma Paula la que había ido por más. Había profundizado el beso, exigiendo más, y Pedro había respondido con fervor a su demanda. Sólo podía recordar que ella ya tenía sus manos agarrando fuertemente el cuello de su camisa polo, y él, deslizando su mano sobre su cuello para meter sus dedos en su cabello. 


Eso la había puesto en alarma, pero se había sentido tan necesitada de contacto, que lo había dejado pasar.


Ambos habían jugado con sus labios, con sus lenguas, con sus alientos. Se habían olvidado de todo, de donde estaban, de quienes estaban alrededor, de quienes eran. Aquella noche, cuando se habían besado, habían sido sólo un hombre y una mujer. Víctimas de la carne y de la pasión.


Si Pedro diera un beso a cambio de un voto a cada mujer del estado de California, definitivamente sería el nuevo senador del estado, pensó con sarcasmo.


Ninguno de los se había movido, sólo sus rostros buscando un nuevo ángulo para profundizar sus besos, mientras sus narices se rozaban, pero sabían inconcientemente que con un solo movimiento el fuego de la magia se acabaría, y en ese momento habían estado a punto de prender fuego al mismísimo sillón donde habían estado sentados.


Que ironía de las vida, que Coco fuera la que rompiera el encanto. Se había subido al regazo de Paula y había maullado exigiendo atención, estirándose y clavándole las garras dulcemente en las piernas de Pedro, atravesando la fina tela de sus pantalones.


Un clic de la puerta siendo abierta y cerrada la volvió a la realidad.


― Vaya guardaespaldas resultaste ser. Ahora mismo serías mujer muerta.


Paula sonrió pero no se movió sino que siguió mirando hacia delante, desde el espejo retrovisor.


― Di lo que quieras, pero escóndete.


Observo a su amiga acostarse en el asiento trasero sin mucho entusiasmo.


― ¿Sabes? Si así es como cobras los favores, jamás volveré a dejarte que me salves la vida.


Paula se aguantó la risa. Así era su querida amiga Alex. Malhablada, un chicazo, que prefería la inteligencia antes que la belleza, y que su mejor amigo era una Magnum calibre 22 que nunca soltaba. Se habían llevado de maravilla cuando Paula había intentado trabajar en el FBI, pero lo había dejado porque estar detrás de un escritorio, no era lo suyo.


― Es un placer volver a verte Alex. No te preocupes, la próxima vez dejaré que te peguen ese balazo.


― Eres una maldita. ― gruñó Alex, y se movió hasta encontrar un lugar cómodo en el asiento trasero. Si estuviera sentada sobre el suave sofá, estaba segura de que sería comodísimo, pero acostada en el piso, doblada, el elegante carro era una molestia ― Me hiciste ir de lugar en lugar y ahora me metes en la parte trasera del auto como si fuera un costal de papas.


― Ya te lo expliqué. Esto es…


― Es por seguridad, blah, blah, blah… y porque si alguien se entera que la guardaespaldas de los Marshall se reunió con la mejor agente del FBI, podrían empezar a sospechar. Lo capté en tus mensajes Paula.


Paula aguantó la risa, tapándose con una mano. Una familia estaba metiendo las compras en la cajuela de su auto y miraban a Paula intrigados hablando sola.


― Si claro, sobre todo por lo de la mejor agente. Que yo sepa, William sigue en Nueva York.


Alex sabía que era broma y siguió el juego.


― Oh, te voy a dar una buena en cuanto me pueda parar. ― Y se acordó de cómo cobrarse el chistecito ― Por cierto, te mandan saludos.


― Vaya, gracias.


― Seth y Will, te mandan a decir “Preciosa, eres la ley dando entrevistas”. ― no eran esas las palabras exactas, pero hey, ella no sabría.


― ¿Lo vieron? ― Paula se giró súbitamente mirando hacía abajo.


― Oye, que estoy escondida. ― La regañó Alex y esperó a que Paula volviera a su papel ― Y sí, lo vimos. Sabías que en Google encuentras de todo. Y más cuando te mandan un mensaje a tu celular diciendo: “Tienen que ver lo que hizo Paula ahora”.


― Oh mierda. ― Paula sintió la venita de la frente saltar ― ¿Quien les aviso? ¿Quien fue el maldito que me traicionó de esa manera?


― Pues si me vas a pagar por decírtelo, quizás pueda hablar…


Entonces Augusto apareció con una bolsa de Chetoos y una botella de coca cola en la otra. Se ubicó en su asiento y miró a Paula con el ceño fruncido porque la había visto hablando sola.


― Augusto, tenemos compañía ― hizo un gesto hacia el asiento trasero ―- Augusto, Alessandra “dolor de cabeza” McAllister, o Alex, para abreviar. Alex, el dulce chofer, Augusto.


Augusto medio se giró y vio a una mujer acostada en el piso del auto. Ella hizo un gesto con la mano.


― Mucho gusto. Ahora, si no es mucha molestia, mi espalda les agradecería poder largarnos.


Paula sonrió y se fueron de regreso a la Mansión.


Tardaron menos de media hora en regresar, y sin necesidad de hablar, Leandro les abrió la puerta rápidamente. Augusto, por indicaciones de Paula se fue hasta el garaje y no estacionó en la parte delantera de la casa, donde solía hacerlo. Paula bajó y le abrió cortésmente la puerta a Alex, que ya estaba sentada y masajeándose la espalda.


― ¡Mi dios! Uno piensa que con el ejercicio que hago, aguantaría cualquier cosa, pero esto…


Salió del auto y se estiró lo más que pudo, oyendo el sonido de sus huesos acomodarse.


― Vaya, veo que sigues igual. ― dijo Paula.


Alex seguía con ejercicios y sonrió.


― Lo mismo digo.


Augusto salió del auto y se quedó embobado viendo a la mujer que había venido atrás. Desde ese ángulo era totalmente diferente. A pesar de sus ropas, Alessandra era una mujer con un aura que atraía miradas, no sólo por su belleza rara, sino por su carácter. Llevaba unos pantalones de pinza negros y una camisa de botones completamente blanca sin fajar, y encima un saco negro, a juego con lo demás. Era rubia, con su pelo mal cortado en picos hasta los hombros, pero brillante bajo la luz del sol. Quien había dicho que las rubias eran tontas, no la conocían, tenía un IQ que sobrepasaba la mayoría de la gente, pero no era presumida. 


Contrario a Paula, media alrededor de un metro setenta y poco, pero tenía unos buenos puños y una puntería de cien. Ah, y claro, un golpe en la ingle que casi había dejado sin herencia a un tío que le había tocado el trasero sin su permiso. De ojos grises claros, tenía una nariz recta y unos labios delgados y refinados. Pero esa mirada, seria, que te paralizaba, cuando Alex te analizaba sentías como hielo recorrer tu cuerpo. Se volteó hacia Augusto, quien seguía mirando a Alex.


―Augusto, hazle saber al Sr. Alfonso que la visita ya está aquí. Y no le digas a nadie de esto, ¿entendido? ― Sabia que podía confiar en Augusto , así que después miró a Alex ― Vente, vamos por acá


La llevó a su casita en la piscina. No quería que Daniela ni Magdalena ni aquellos que no sabían de la visita de Alex se enterasen. Sabía que sólo Carlos y Viviana serían los únicos que se enterarían de ello, pero que no estarían en la reunión, al menos eso esperaba. Entro y cerró la puerta con cuidado de que nadie las viera, y se fue a la cocina por un refresco para Alex.


― Vaya, ― exclamó Alex admirando el lugar ― Esto de trabajar por tu cuenta deja bien. Joder, esto parece el Cesar Palace, ¿vives aquí sola?


― Aja, entre ratos viene Leandro, y después regresa a trabajar.


Alex detuvo la inspección de la casa y la miró sorprendida.


― Espera, ¿quieres decir que Leandro esta trabajando aquí?


― Aja.


― ¿De seguridad privada?


No era técnicamente ese su trabajo, pero sabía que Leandro era un orgulloso, así que mejor dejar por la paz las explicaciones.


― Bueno sí, algo así.


― No me lo puedo creer, ¿Cómo rayos lo convenciste?


El rostro de Pedro vino a su cabeza, y después una visión de aquel beso compartido. ¡Dios! ¿Jamás lo olvidaría?


― Pues ha decir verdad, fue Alfonso el que lo convenció. ― le tendió la lata a Alex y la ésta la tomó.


― Wuauu… pues tiene que decirme como lo convenció. Así lo podría convencer de que acepte mi oferta de trabajo. El buró lo necesita.


― ¡Ja! Ya quisiera ver a Leandro haciendo de secretaria.


― Pues te puedes quedar esperando nena.


Paula saludó con la lata a Leandro y Pedro como si nada, mientras que Alex fue a saludar a saludar.


― ¡Leandro!


― Alex.


― ¡Ven acá idiota! ― se dieron un caluroso abrazo ― Gracias por el mensaje secreto.


Paula dejó la lata con fuerza en la mesa, mirando a Alex.


― ¿Fue él? ― después miró a Leandro con ganas de asesinarlo ― ¿Fuiste tú?


Pedro no sabía de qué iba todo el asunto, pero podía ver que entre ellos se llevaban bien, y a pesar de la cara de enfado de Paula, sabía que no lo estaba de verdad.


― Oh vamos Pau, compórtate. Después me pateas mis pelotas si quieres ― Se acercó a Pedro llevando a Alex ― Alfonso, te presento a la agente del FBI, Alex McAllister


Se dieron un fuerte apretón de manos.


― Mucho gusto. ― contestó Pedro e hizo un gesto hacia los muebles ― Por favor.


Alex, Paula y Leandro siguieron a Pedro y se sentaron. Alex fue la primea en hablar.


― Bueno, dado que sólo vine por un par de horas, quiero un informe de todo. Qué pasó, cuándo pasó… Todo.


Pedro empezó con el relato. Todo lo que Augusto le había platicado, incluso habían ido por el mismo Augusto para saber más. Entre ambos fueron formando la historia, los detalles. La calle en la que los habían intentado abordar, de dónde venían, sus rutas. Alex iba tomando nota mental de todo lo que le iban contando. Si algo podía saber con seguridad, es que la niña era solo un arma contra el padre. 


Con las elecciones cerca, podían chantajearlo y exigirle su renuncia o algo más.


Cada dos o tres minutos Paula interrumpía, agregando cosas que ella había investigado. Cuando le preguntaron a Augusto si recordaba el rostro de alguno de los atacantes algo, el negó contestando.


― Honestamente señorita, estaba más ocupado tratando de no estrellarme con algún auto.


Pedro le confió a Alex que había sido Miguel quien había tratado con las autoridades, después de que siguieran a Augusto hasta la casa, por exceso de velocidad, y algunos hubieran reportado el incidente. Alex tomó nota de aquello, pensando en ponerse en contacto con los oficiales.


Al cabo de una hora y más, Alex asintió conforme con lo había obtenido. No era mucho, pero podía partir de ahí.


― Vale, nos pondremos en ello. Y pueden asegurarse de que mantendremos esto en secreto. ― Miró a su viaje amiga para confirmárselo ― Seremos discretos Paula.


Pedro se levantó estrechando manos con Alex.


― Muchas gracias. Significa mucho para mí. ¿Quisiera quedarse a comer?


― Gracias, pero tengo que regresar a la oficina. Tengo trabajo que hacer.


Leandro y Pedro salieron dejando a Paula con Alex y Augusto. Este último fue a alistar el auto para llevar a Alex devuelta al centro de la ciudad.


― Me enteré de lo que pasó con Christopher. Lo atrapaste.


― Sí, lo hice. ― contestó, pero Paula no detectó alegría ni nada en sus palabras.


― ¿Pero?


― Pero eso no ha hecho que los fantasmas se vayan.


Paula entendía perfectamente las palabras. Sin más que decir, salieron de la casa.


― Vamos, te dejaremos en el centro.


― Sí, pero deja que antes estire mi espalda. El piso del auto no es muy cómodo que digamos.





CAPITULO 31





Carlos y Viviana entraron como torbellinos a la habitación detrás de Pedro, uno atónito y el otro perturbado.


― ¿Qué quieres decir con que tienes una reunión con el FBI? ― preguntó Viviana una vez que Pedro se sentó detrás de su escritorio.


― Como lo oyeron. Vendrán esta tarde.


― ¿Y por qué nos estas avisando hasta ahora? ― inquirió Carlos.


No le gustaba trabajar con esas sorpresas, y desde que Paula Chaves había entrado en la vida de su protegido eran sorpresas tras sorpresas.


― Porque así no me pondrían obstáculos en fijar una fecha. 
― Pedro los conocía muy bien y sabía que le habrían puesto largas y excusas.


― Esto es obra de esa mujer, ¿verdad? ― aunque Carlos ya sabía la respuesta. Podía decir más cosas pero por la mirada de Pedro se calló.


― Deja a Paula fuera de este asunto.


― ¿Entonces porque maldita sea, metes al FBI aquí? ― Carloss alzó la voz y empezó dar vueltas por la habitación ― Te das cuenta de que si la prensa se entera, tus puntos bajaran. Y aunque no estás mal, no eres tan podidamente popular como Susan Boyle en YouTube.


― Carlos, siéntate antes de que te de un ataque.


― Joder Pedro, porque no dijiste nada.


Pedro estaba cansado. Total y absolutamente cansado. 


Llevaba una semana de ajetreo, de informes, y de una agonía sexual que no había sentido en años. Encima la plática que había tenido con Robin le había bajado la moral por completo. No sólo no era un buen hombre, sino que su idea de que había sido un buen padre, quizás no excelente, se había evaporado después de la plática que había tenido con Robin.


Encima, tenía a Paula Chaves metida en la cabeza, a ella y a esos tiernos y suaves labios que lo habían embrujado.


― Véanlo así. Mi hija casi fue secuestrada. Y digo casi, sino hubiera sido por la pericia de Augusto. Quiero saber quien es el responsable de esto. Pero se hará discretamente. Les estoy avisando por cortesía, pero no les estoy pidiendo su permiso. Antes que nada soy padre, y Sara es todo cuanto me importa. Ella es lo primero.


“Sería más importante si se lo dijeras”, le había dicho calmadamente la doctora Gilmore cuando Pedro le había gritado esas palabras el día de su visita. Pero, aún después de la plática no había hablado con Sara.


― Pedro, no quisimos decir…


― Déjalo Viviana. ― Le cortó Pedro. No quería pasar por la etapa de disculpas.


― ¿Quién va a venir? ― quiso saber Carlos.


― Es un contacto de Paula cuando trabajó para el FBI. Paula pasará por ella justo después de que dejar a Sara en el colegio.


― ¿Ella?


― Sólo sé que es una agente.


Carlos se levantó y alzó las manos al cielo. Esa casa estaba parando a locos.


― Genial, primero una Anna Loginova, y ahora una Gracie Hart. Lo que nos faltaba.


A pesar del sarcasmo, la broma había tenido gracia. No conocía a la amiga de Paula, pero una imagen del personaje de “Miss Simpatía” bien podría servirle. Viviana se acercó a él, y le tocó suavemente el brazo.


― Dime que no vas a cancelar la gira. ― Carlos pensó en todos los planes que tenían, visitas por todo California, concertados con semanas de anterioridad.


― No, no lo cancelaré.


― Está bien, entonces después de la cena de caridad de mañana, hacemos maletas y partimos dentro de dos días. Y hay que visitar el sitio de meeting. Los auxiliares quieren congraciarse contigo.


― Lo haré Carlos, lo haré.


― Viviana y yo nos vamos a hablar con Ramiro y los demás. Tenemos que ver quienes se quedan y quienes van, y arreglar asuntos de última hora.


Viviana miró a Carlos enojada. Algo le pasaba a Pedro y no quería dejarlo, Salieron de la misma manera en la que entraron, y Pedro agradeció tener unos momentos de soledad.


Se quedó mirando la puerta, quieto, sin querer hacer nada.


Robin Gilmore le había dado una reprimenda como nunca.


 Había ido a visitarla dos días después de que Paula hablase con él, y a veces se quería golpear a sí mismo un buen puñetazo por no haberlo hecho por iniciativa propia.


Cuando Paula le había dicho que a Sara le pasaba algo, le había preocupado. Pero cuando Robin le había dicho que ese algo era él, había sentido un golpe en el pecho, muy cerca del corazón.


Podía recordar cada palabra que Robin le había dicho aquél día. “Tu hija siente que tú no la quieres Pedro” le había enunciado, y Pedro había estado a punto de gritar a los cuatro vientos que aquello era una estupidez, cuando Robin le había dicho algo que jamás olvidaría.


― Sara llora cada vez que me visita, ¿lo sabías? Y no es porque hablemos del miedo que tenía ese día que vio que estaban a punto de raptarla, o de la persecución que tuvieron después. ― le había tomado de una mano para darle un poco de consuelo, pero en realidad le estaba preparando para lo peor ― Tu hija, Pedro, llora porque piensa que su padre, no la ama lo suficiente, y que si algo hubiera pasado tú no habrías hecho nada. La habrías dejado morir.


Robín se lo había dicho claramente.


Él era el problema.


¿Cómo Sara podía siquiera pensar eso? ¿Cómo podría…?
“Porque jamás se lo has dicho”, le dijo una vocecilla interior. Sí Julieta estuviera con él...


“Pero no lo está. Y es hora de que lo aceptes”, le volvió a decir la voz.


Se había pasado todas las noches desde aquella plática, después de que todo mundo se iba, y se quedaba por fin solo, pensando en su habitación en las palabras de la psicóloga. Él amaba a Sara, claro que la amaba. La amaba porque era una parte de sí mismo, porque era parte de Julieta, y porque era ella, con su sonrisa tímida, infantil, con esos ojos azules que en un tiempo lo habían mirado con amor y total adoración.


¿En que momento su hija había empezado a pensar de esa manera?


Y después estaba Paula, quien llevaba menos de quince días en su vida, y con la cuál Sara se había encariñado más que con él, su propio padre, con el que llevaba viviendo ocho años. Sus ocho escasos años de vida. ¿Cómo una mujer que había salido de la nada tenía un lazo tan estrecho con su hija, mientras que él no podía acercarse sin que se encogiera de miedo?


Jamás había tocado a Sara, nunca en toda su vida, y por ello no entendía porque ese miedo cada vez que lo veía. Había pensado que él hecho de que fuera mujer la había acercado a Sara, pero entonces pensó en Viviana, quien había intentado acercarse a ella, y no había logrado nada. Y él hecho de ver a escondidas a ambas riendo y hablando como viejas amigas, le hacía rabiar, no contra ellas sino contra sí mismo, porque no sabía como acercarse a ellas.


No solo a Sara, sino también a Paula.


Y después del beso que habían compartido…


― ¡Pedro! ¿Aún no las leído los papeles que te dejé?


Viviana se acercó después entró Ramiro y Daniela detrás de ella. Suspiró resignado, después de todo, tenía toda una noche para pensar en lo demás.






CAPITULO 30





Paula llegó a la Mansión Alfonso después de las once de la noche. Había hablado con Leandro antes y le había informado de su pequeño cambio de planes. Se había ido a una tienda de café, y había sacado el folder que llevaba consigo. Se había llevado dos horas para leer todo lo que contenía, y cuando pensaba en todo, era todo. Fotos, archivos, cintas, recortes. Ni siquiera tocó la taza de café que la joven le había llevado. Sólo había buscado un lugar donde pudiera leer tranquilamente.


Se estacionó en la entrada, y apretó el botón del intercomunicador.


― ¿Sí? ― habló una voz robotizada de Leandro. Paula sabía que la estaba viendo desde la cámara de seguridad.


― Lean, soy Paula. Abre.


― Código de activación por favor.


En otro momento, Paula le habría seguido la broma, pero en ese momento, tenía otras cosas en mente.


― Lean, abre ya.


― ¿Estás bien? ― Ese sí era Leandro, serio y profesional.


Si bien Leandro era un viejo amigo, no se sentía con ánimos para charlar con él.


― Sí, es que tuve una pequeña discusión con May. ― Odiaba mentir, pero en ese momento era mentir, o contar la verdad. Y la verdad dolía mucho ― Mañana la contento.


― Que esté aquí no quiere decir que pueda ir a pasear con tus amigas, jovencita.


― Sí papi, lo siento. Prometo irme a la cama temprano. ― Acercó su cara a la cámara y al megáfono ― Ahora, abre la jodida puerta, antes de que termines con otro golpe en cierta parte que sé que te dolerá mucho.


Oyó el ruido de la reja al empezar a abrirse y entró. Fue directamente al garaje y metió el auto. No se molestó en ponerlo bien, sólo quería encerrarse en su cama y dormir. Pero se detuvo al ver una silueta sentada en las tumbonas cerca de la piscina.


― Paula.


Era Pedro. Se levantó de la silla y se acercó a ella. Paula frunció el ceño, extrañada de verlo esperando por ella.


― ¿Sucede algo?


― No, nada, sólo quería saber como te fue con Larry.



Alzó los ojos al cielo y fue a abrir la puerta de su casita, con Pedro pisándole los talones.


― ¿Te habló, no es así? ― entraron a la casa, y Paula prendió las luces de la estancia.


― Se preocupó por ti. Y yo igual.


Eso la detuvo. Se giró para mirarlo. Jorge se preocupaba por ella, porque era como su pequeña hermana. Jen también, porque era como su hija. Maite era su mejor amiga, pero era tan extraño que otras personas se preocupasen por ella. Se dejó caer en el sillón, cansada. Recargó sus codos contra sus piernas, abatida.


― Jamás había visto fotos del accidente. ― confesó Paula calmada Cerró los ojos y las imágenes volaban a su cerebro. Era como si pudiera oler la carne quemada ― Todos estos años, y jamás vi una foto. Y ahora, todas de un solo golpe. Fue… ― Sintió su barbilla temblar, y la respiración pesada, como si tuviera los pulmones aplastados ― Fue demasiado-
Pedro no sabía que hacer. Ver a una mujer que te podía derribar con diez técnicas diferentes al suelo, llorar, era algo fuera de su elemento. Incluso pensó que Paula no era conciente de la primera lágrima que se deslizaba en sus mejillas.


― Paula…


Pero ella parecía estar en un trance, con la mirada perdida en ningún punto. Se sentó a un lado de ella, pero Paula si quiera se movió.


― Estuve tratando de recordar ese día, pero no puedo. 
Pensé que lo tenía grabado al pie de la letra en mi cabeza, pero ahora que necesito saber… no tengo nada. Ningún recuerdo claro, solo pequeñas fracciones.


― No te esfuerces, vendrán a su tiempo.


― ¡¡¿Es qué no lo entiendes?!! ― Entonces Paula lo miró a la cara. Se veía tan… no había palabras para definirla, pensó Pedro. A pesar de sus ojos rojos, y de las líneas brillantes que las lágrimas habían dejado en su viaje, se veía hermosa. Y se veía triste. Desolada.


― Paula, cálmate. ― Sin saber como, se vio abrazándola, rodeándola con sus brazos.


Paula empezó a negar, y se colocó una mano en el vientre.


― Siento algo en las entrañas que me dice que estoy olvidando algo importante. Recuerdo a mamá diciendo que iba a hablar con mi padre, después la recuerdo escuchando en la puerta, le hablé pero ella me hizo señas para que me callase, la siguiente es de una pelea y después a alguien diciéndome que ella está muerta. ― aprensando los labios con fuerza miró a Pedro ― Que…


Pero lo que iba a decir se le fue en ese momento. Estaba a unos milímetros del rostro de Pedro, de sus labios, volvió a mirar sus ojos marrones, que también iban de su boca a sus ojos.


― Paula…


“No te involucres”


“No te involucres”


“No te involucres”


A la mierda Leandro, pensó Paula, y cuando por fin había tomado la decisión, Pedro Alfonso la estaba besando.