viernes, 29 de mayo de 2015

CAPITULO 9




Caos


En una sola palabra podía definir esa casa.


Todo era un caos. Gente yendo de un lado para otro, paseándose por la sala a la cocina, de la cocina al a la oficina, de todos lados a todos lados. Por lo visto, aún no sabía a donde se había metido.


― ¿Quiénes son todas estas personas?


La pregunta, que más bien, era para sí misma, la había dicho en voz alta. Todos estaban encerrados en un gran salón, con las puertas abiertas, y Paula podía observarlos a todos.


― Son los ayudantes de papá. ― habló Sara ― Ahí están Ramiro y Miguel ― Sara señalo al abuelito, que estaba junto a un hombre de color, alto y fornido, de aspecto duro hablando sobre papeles, y después señaló a otro pequeño grupo ― Ese de allá es Andres con Magdalena, y Daniela. Y después están Carlos y Viviana.


Paula observó primero al hombre. Por lo que sabía, era el líder de la campaña de Pedro, y aparecía en todos los periódicos a cada momento. Su asesor, y vocero de campaña. Si había una forma de describirlo, bien podía ser como el típico hombre de Washington. Corte perfecto, traje ala medida, un cuerpo bien trabajado, en la plenitud de sus casi cuarentas.


Desvió su atención ahora hacia la mujer. Clarisse tenía toda la razón. Se veía como una futura esposa de congresista.


Era alta, incluso unos centímetros más que ella, con un cuerpo curvilíneo bien cuidado, de tez blanca, con su cabellera de un tono rubio plateado. Su nariz era perfilada y sus pómulos altos, era probable que causara envidia de las mujeres. Aunque no podía distinguir el color de ojos, estaba casi segura de que serían azules. Llevaba una falda recta negra y una blusa sin mangas blanca, acompañada de unos zapatos de tacón de aguja y un collar de perlas adornando su cuello de cisne. En conjunto, esa mujer gritaba por todos lados perfección. Pensó en su vestimenta. El patito feo había llegado.


― Bienvenidas ― Alfred-Jaime estaba frente a ellas. Tenía una ceja alzada, contemplando a Paula con la mochila de Sara ― Espero que su día haya sido fructífero. Sara, Mar la está esperando para servirle la comida.


― Gracias Jaime. ― Después miró a Paula y después de pensar varios segundos preguntó ― Señorita Chaves, ¿comería conmigo?


Paula no estaba acostumbrada a llevar un horario de comida, pero estaba casi segura de que la pequeña comía sola en ese gran comedor de roble que había en la casa. Le tendió la mochila a Sara.


― Con dos condiciones, primero, que me permitas primero hablar con tu padre sobre un par de cosas, y segundo, que me llames Paula, ¿vale?


― Esta bien… Paula.


Jaime se mantuvo al margen de la situación, sin decir nada y acompañó a la pequeña escaleras arriba. Entonces Paula reaccionó.


― Espere, Jaime.


― ¿Sí, señorita? ― enfatizó el “señorita”, para remarcar que aún no pensaba tutearla. Paula quiso reír de la actitud de Jaime pero decidió no hacerlo.


― El Sr. Alfonso, ¿Dónde está?


― Está en el despacho hablando por teléfono. Pidió que no se le molestara a menos que fuera una emergencia.


― Pues esto lo es. Gracias Alfred.


Le dio una despedida casi militar y se fue hacia el despacho de Paula. De espaldas a ellos, pudo escuchar a Jaime preguntar.


― ¿Alfred?







CAPITULO 8




Paula salió del auto sin dejar que Augusto abriera su puerta, y observó el edificio. El colegio Trinity era una construcción de tres pisos en la parte principal, una obra de arte que juntaba los estilos barroco y gótico. Fue uno de los primeros edificios construidos en todo California y había empezado como un convento de agustinos, después había sido un campamento de guerra, y después había permanecido abandonado muchos años, hasta que la familia Carmichael lo compró y fundó el colegio Trinity. Cinco generaciones de Carmichael habían mantenido ese edificio y habían educado a toda la prole de hijos selectos de la sociedad.


Por lo que Paula podía recordar, a ella le había dado miedo ese lugar. Fijo su vista en los pilares de la entrada. Entre las gárgolas con unas caras nada encantadoras, y los querubines que tenían una mirada que te dejaba estremeciendo, Paula contempló que el lugar seguía igual. 


Para su desgracia.


Tomó la mochila de Sara y esperó a que Augusto le abriese la puerta. Sara salió del auto y se acomodó su uniforme quitando las leves arrugas que había producido el viaje. Paula levantó levemente el lado de derecho de sus labios. Era una pequeña damita. Se volvió a Augusto.


― Ven por nosotras a la hora de costumbre. Me quedaré con ella por hoy.


Paula quería dedicar ese día a revisar el colegio. Además, tenía curiosidad por verlo por dentro, aunque si la fachada seguía intacta, lo más seguro es que por dentro no hubiera cambiado nada. Augusto asintió y cerró la puerta de Sara.


― Entendido. Que tenga un buen día, Paula.


Paula sonrió. Otro más que la tuteaba.


― Igualmente Augusto.


El chófer se subió al auto y siguió su curso. Paula observó el camino que había, lleno de mucha vegetación, entre ellos los helechos colgantes enormes. Ni siquiera eso había cambiado, pensó entre suspiros. Los mismos helechos verdes y mohosos, por el mismo camino de piedra. Al llegar a la puerta de seguridad, Paula mostró su identificación, y le dieron un pase. Para quienes tenían este tipo de trabajo debían de llevar siempre consigo su credencial que los acreditaba como agentes privados de seguridad, y el permiso para portar armas. Lo mostró y llenó una hoja de registro. Un hombre de color enorme, que tenía más pinta de seguridad de un bar que, le extendió una credencial que decía “Visitante”. Paula la tomó pero el hombre no la soltó.


― ¿Paula Chaves?


Los ojos de Paula quedaron sumidos a dos finas líneas.


― Sí, esa soy yo.


― ¿Es la nueva guardaespaldas de Los Alfonso?


Bueno, eso era más que obvio pensó Paula. Estaba con Sara Alfonso, por tanto, trabajaba para los Alfonso, pero no quiso sonar descortés.


― Así es.


El guardia la miró y soltó una leve sonrisilla.


― He oído muchas cosas de usted. Veremos si están en lo cierto. Bienvenida a Trinity Collage.


Paula volvió a asentir. Si él supiera… volteó para mirar a Sara. Se había mantenido al margen, esperando a Paula pegada a la pared quieta, sin platicar con nadie de las niñas que pasaban a su lado. Un sentimiento de nostalgia la embargó al verla allí mientras que todos pasaban de ella, pero Sara no se molestó en decir nada. Entraron al colegio y empezaron a avanzar por el pasillo en silencio.


Paula observó el gran jardín común a través de los arcos del pasillo, centrado entre las paredes del colegio. Había bancas y árboles plantados para brindar sombra. Varias jovencitas estaban platicando y volvieron sus miradas a ella. Si, bueno, su vestimenta sería la sensación ese día. Volvió a centrarse en su alrededor. El colegio consistía en tres naves, separadas con grandes pilares de ladrillo. Incluso contaba con una torre. Tenían una tonta leyenda, que decía que la torre había sido una cárcel y que mucha gente había muerto en la Torre, como la conocían, y que sus fantasmas aún residían ahí. Siguieron caminado y doblaron para subir unas escaleras.


Sara observó que Paula se encaminó hacia los salones de segundo año como si conociera la ruta y se paró en el pasillo de ellos.


― ¿Cuál es tu salón? ― preguntó Paula.


― ¿Cómo sabe que en este pasillo está el mío?


Paula la miró como si no entendiera la pregunta.


― Eres alumna de segundo. Estos ― señaló a los salones que habían en el pasillo ― son los salines de primer y segundo bloque.


Trató de no sonar condescendiente, pero no pudo evitarlo. Sara la miró y entonces llegó a la conclusión de la respuesta. Sus ojos brillaron, y sonrió.


― Usted estudió aquí.


Paula sonrió.


― Así es, hace mucho tiempo.


― ¿Es usted muy conocida aquí?


Paula guardó una sonrisa pícara, y miró el pasillo por donde había corrido, y sacado canas verdes a la directora Carmichael.


― Bueno, depende de a quien le preguntes. ― colocó una mano pensativa sobre su mentón ― Muchos de ellos dirán cosas nada placenteras sobre mí. Sólo espero que halles otros que digan cosas mejores. ― Entonces recordó que tras la muerte de su madre, todo había cambiado, pero decidió olvidar esos amargos recuerdos.


― Todos nos están mirando.


Paula miró a su alrededor y vio que todos los alumnos con los que se cruzaban los miraban fija y detenidamente, susurrando sobre ellas.


― ¿No te gusta que nos miren? ― le preguntó a Sara.


― No.


― Si quieres les puedo apuntar con mi arma, para que no lo hagan ― susurró Paula y Sara la miró espantada y haciendo que Paula se carcajease fuertemente atrayendo aún más miradas. ― Ey, calma, es una broma. ― Sara suspiró y caminó en silencio hasta que se detuvo en una gran puerta de cedro. Antes de que entrara, Paula la detuvo y se puso a su altura, en cuclillas ― Sara, sólo por hoy estaré contigo, Dependiendo de la seguridad del lugar, evaluaré si hace falta que siga viniendo o no. También tengo que estar presente en los eventos de tu padre. Y compaginar ambos trabajos será muy difícil para mí.


― Lo entiendo.


Paula notó el tono bajo de voz de Sara, pero no quiso seguir hablando sobre ello.


― ¿Este es tu salón?


― Sí.


Paula, que de niños no sabe nada, pensó en cual sería la mejor forma para despedirse de Sara. ¿Un beso en la mejilla? ¿Un saludo de manos? ¿Darse la vuelta? Dios, el trato social era peor de lo que pensó.


Optó por poner una mano sobre su hombro y apretárselo suavemente.


― Nos vemos pequeña. Te veo a la salida.


Sara asintió y entró a su salón. Paula se masajeó la cabeza.


 Vaya día. Tenía muchas cosas que hacer. Regresó por el camino que había pasado y en vez de caminar hacia la entrada, se encaminó en dirección a la terraza del colegio. No vio a nadie conocido en el camino, y se preguntó si todavía estaban sus antiguos maestros.


Ya estaba de nueva cuenta en la primera planta cuando oyó un par de tacones venir detrás de ella. Sin darse la vuelta, Paula se podía imaginar a la dueña de esos zapatos: cabello alzado totalmente, amarrado en un pulcro moño, sin un solo mechón fuera de su lugar, las gafas de montadura gruesa, el traje totalmente negro, con aquella enorme cadena en forma de cruz.


― No puede andar merodeando por los pasillos. ― dijo la voz detrás de ella, de tono agudo y con una nota de desaprobación.


Antes de girar Paula sonrió, recordando viejos momento en los que había escuchado esas palabras. Se dio la vuelta para mirar a la mujer.


― Directora Carmichael.


Su descripción mental no falló en nada. Salvo que los años habían caído sobre ella. Su pelo ahora tenía una lluvia de canas y tenía leves arrugas alrededor de sus ojos. Sin ningún rastro de maquillaje, la directora daba miedo. Al menos, lo había dado hace años.


― ¿La conozco? ― preguntó la mujer.


― Veo que no se acuerda de mí. ― Extendió su mano ― Soy Paula C…


Pero la directora la interrumpió mirándola de arriba abajo sin devolver el gesto.


― Paula Hunder. Vaya, como han pasado los años. Sigues escapando por los pasillos como siempre.


― Ya no soy una niña, Directora.


― Pero esta sigue siendo mi escuela. Y ya sé porque estas aquí. El Sr. Alfonso nos habló hoy en la mañana para informaos de tu llegada a la escuela. Es por eso por lo que te dejamos pasar. De lo contrario, no habrías pasado de esa puerta.


― Muchas gracias ― “creo”, completó mentalmente Paula. Y después reflexionó: la directoria Carmichael seguía dando miedo después de todo.


― ¿La puedo ayudar en algo más?


― No, sólo daré una ronda por el lugar ― al ver la mirada de advertencia de la directora agregó rápidamente ― Sin molestar a los profesores y a alumnos por supuesto. Y después iré a la cafetería y esperaré a Sara.


El ruido de unos tacones contra la fría piedra caliza hizo que Paula miraba detrás de la Directora, donde una rubia despampanante caminaba hacia ellas.


― Buenos días directora Carmichael. Lamento molestarla, pero venía a… ― Se detuvo y miró a Paula de pies a la cabeza ― ¿Paula?


Paula miró a la mujer, preguntándose cómo sabía su nombre. Su forma de vestir declaraba que ambas no circulaban por los mismos lugares. Era más baja que ella, tenía su cabello perfectamente peinado, como si hubiera asistido a un salón de belleza ese día. Llevaba un traje de falda y saco, de color verde pistache acompañado de unas zapatillas cerradas colore crema. Todo en ella gritaba glamour. Estaba a punto de preguntarle si la conocía, pero el lunar en su mentón en la parte derecha le dio la pista que necesitaba.


― ¿Clarisse? ― preguntó Paula sin poder creerlo. Y ella que se había estado quejando de no ver una cara conocida. La rubia asistió, y corrió a abrazar a Paula quedándose de piedra ― ¡Oh dios mío!


― ¡Paula! ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Más de diez años? No te he visto en siglos. ― exclamó Clarisse.


― Lo mismo digo para ti.


Clarisse sostuvo a Paula.


― Bueno, nosotros si hemos sabido de ti. Eres altamente conocida en las altas esferas de la sociedad. ¡Guardaespaldas! ― Gritó y la abrazó nuevamente ― Eso es grandioso. Pues yo estoy casada, y mis dos hijos vienen a este colegio. Y… ― Clarisse se detuvo en su discurso y ambas miraron a la Directora Carmichael que las miraba en tono reprobatorio ― Discúlpenos Directoria Carmichael, es la emoción del momento. Sólo venía a darle esto. ― Extendió un sobre que la directora tomó ― Mi esposo se lo envía con un afectuoso saludo.


― Muchas gracias Sra. Montgomery. Bueno, las dejo para que se pongan al corriente. Con su permiso. ― Se iba a ir, pero se detuvo en el último momento ― Y no hagan tanto ruido. Las clases han comenzado.


― Vamos a la cafetería.


Caminaron de manera autómata hacia la cafetería. Como en los viejos tiempos.


― ¿Montgomery? ― exclamó sorprendida Paula― ¿Eres Montgomery? ¿No me digas que…?


Clarisse alzó la mano mostrando su alianza de oro y un anillo de diamantes.


― Sí, Matt y yo nos casamos. Justo después de la universidad. Ahora tenemos dos hijos. Janet tiene ocho años, y Jonathan seis.


― Vaya, tu sueño hecho realidad.


Recordar cuando eran unas niñas ilusas que creían en cuentos de hadas y el “felices para siempre” hizo a Paula sentir un malestar. Al menos su vieja amiga había logrado conseguir su objetivo.


― Sí. Cuando salimos del colegio sólo supe que te habías ido de tu casa. Te perdí la pista y ahora resulta que eres un guardaespaldas.


Paula encogió los hombros, y respondió como si no tuviera importancia.


― Me libré de las garras de mi padre.


― ¿Y ahora cuéntame de tu trabajo? ¡Un guardaespaldas!
Clarisse repetía la palabra una y otra vez como si no lo creyese, haciendo sentir incómoda a Paula.


― Lo haces sonar como si fuera a salvar al mundo.


― Es que es increíble. Es como tener mi versión femenina de Kevin Costner frente a mí. ¿Y quien es tu Whitney Huston?


― Dios, no has cambiado en años Clarisse.


Durante los años del colegio, Clarisse había sido su única amiga. Era una niña rica. Sus padres eran ganaderos y exportadores de petróleo, y tenían mucho dinero, pero eran lo que los ricos conservadores llamaban “nuevos ricos”, y que no se atenían a las reglas sociales. Pero amaban a Clarisse con todo su corazón. Jamás faltaban a lo festivales, siempre la iban a dejar o recoger. Eran todo lo que Paula soñó en tener alguna vez. Y todo lo que nunca tuvo.


― Vamos, dime ― la voz de Clarisse la trajo de vuelta a la realidad.


Paula pensó en si debía decirlo. Pero si de algo se había dado cuenta es que el mundo era pequeño. Se iba a enterar de todas maneras.


― Paula Chaves.


Clarisse alzó las cejas y abrió los ojos como platos.


― Vaya, eso sí que mejora. La versión femenina de Whitney. Aunque más bien podría ser un Kevin con lo guapo que es.


Paula alzó una mano.


― Detente. Es un cliente. No puedo dejar que hables así de él.


Llegaron a la cafetería y se sentaron en una mesa retirada. Clarisse seguía hablando y hablando. Aquella era Clarisse.


― Bueno, lo he visto en una que otra cena benéfica y es muy atractivo.


― La verdad, no me he dado cuenta.


― Pues todas en los círculos sí que lo hemos hecho. Incluso sé que hay varías mujeres detrás de él. Su consejera de campaña, Viviana Kaplan dicen que va detrás de él. Y no la culpo. ― El teléfono de Clarisse empezó a timbrar y le hizo una señal a Paula ― Espera. ¿Hola? Hola amor… Sí, ya se lo di... No te preocupes. Te daré grandes noticias en la noche. Nunca lo adivinarás… ― contestó mirando a Paula a los ojos ― Nos vemos en la noche. Chao. ― colgó y se paró ― Bueno cielo, me tengo que ir. Pero espero poder ponernos al corriente. Estoy feliz de verte de nuevo. Mira, ten mi tarjeta. Puedes localizarme ahí.


Paula leyó la tarjeta. “Boutique Gemma” y los datos de… Clarisse. La miró sorprendida


― ¿Una tienda de modas?


Le dio un beso a Paula en la mejilla y puso una sonrisa ladina.


― Matt me consiente mucho.


Ambas quedaron mirándose fijamente. Clarisse la tenía tomada de las manos y Paula se sintió reducida a la pequeña niña que había sido años atrás.



― Me alegro tanto de verte Clarisse.


― Y yo más, Paula. Y ojala no nos volvamos a perder. Ahora si te seguiré el rastro, ¿oíste?


Paula se sonrojó violentamente. Había reproche en las palabras de su amiga.


― Clarisse…


Pero Clarisse tenía la voz cantante de la conversación.


― Me enojé mucho cuando desapareciste, pero mi madre me dijo que tenías tus razones. Éramos unas niñas, y no lo entendí. Entonces crecí y lo comprendí. Y cuando volvieron noticias tuyas, me hice a un lado. Pero ahora que nos hemos reencontrado, es una señal. Además, ya se donde vives.


Le dio un guiño y le dio un fugaz beso en mejilla, y se dio la vuelta. Paula la observó desaparecer. Si, ella había cortado lazos con Clarisse. Luego de irse de casa de su padre, había creado toda una nueva vida, y olvidado la vieja, aun con sus buenos recuerdos. Samuel le había dicho que no tenía que ser tan cabezota, pero ella había dejado todo para convertirse en Paula Chaves. Suspiró pensando en las cosas que le estaban pasando ese día. Después miró a su alrededor. Tenía varias horas en las que esperaría a Sara, y un trabajo que hacer. Se levantó de su asiento. Darle una vuelta al viejo colegio no le haría mal a nadie.


Vagó por las zonas aledañas. Los muros del colegio eran enormes, además, tenían un sistema de alarma en cada una. Cámaras de seguridad en cada punto clave. Saludó a la cámara en una ocasión, y la cámara la siguió durante todo el trayecto. Había un cableado de alta potencia en los muros, además de censores en zonas prohibidas para los estudiantes. Había varios guardias más algunos trabajadores de seguridad que de seguro acompañarían a estudiantes. 


Hijos de senadores, congresistas, embajadores, personajes famosos, todos reunidos en ese colegio. No era de extrañar que tomaran medidas de seguridad drásticas.


Paula pasó el resto del día verificando las instalaciones del instituto. Como agente de seguridad, observó que las cámaras de seguridad estaban rodeaban todo el colegio, no sólo las zonas de estudiantes sino estacionamientos, comedores, zonas de recreo, hasta el mínimo detalle. Cada cámara tenía una red individual y todas conectaban al salón de seguridad. En conjunto, tenían la mejor red de seguridad. Dentro de la escuela, Sara estaba más segura que el Fuerte Knox.


El problema era fuera.


La ruta que tomaba Augusto tendría que cambiar, y de eso hablaría con él mas tarde. Al menos tendría que tener cinco rutas distintas y dos más de escape, de la casa a la escuela. 


La rutina no era buena después de lo que había pasado con Sara. Al menos Pedro se había tomado en serio su papel y no había informado a los medios. Eso habría sido la comidilla de todos. Algo muy raro, ya que si hubiese sido otra persona, habría tomado esa noticia y la habría exprimido para sacarle beneficio. Sí, alguien como su padre lo habría hecho desde luego.


Volvió a caminar por el pasillo. Como antigua alumna recordó algunos viejos detalles que había olvidado por completo, e incluso había sonreído varias veces recordando caídas, golpes, travesuras hechas. Ese colegio había su hogar desde los siete a los diecisiete años. Había pasado diez años en ese lugar, y había encontrado gratificante todo de él. Cuando su madre había muerto, el Trinity College se había convertido en un lugar de descanso, donde podía huir de todo lo que le rodeaba… y de quienes le rodeaba. Quizás por eso se sentía tan conectada con Sara.Paula sabía mejor que nadie lo que era crecer sin una madre. Y más aún, sabía lo que era crecer con un padre con Rafael Hunder. Mientras que Sara tenía al señor Pedro Alfonso como padre. No podía decir que no era como el suyo, pues aún no lo conocía del todo. Y sin embargo, algo muy dentro le decía que era totalmente opuesto.


Miró su reloj. Faltaban pocos minutos para las dos de la tarde. Había desperdiciado media mañana en esa escuela. 


Agradecía al cielo poder irse. Tenía cosas pendientes que hacer. Como tener un par de palabras con Paula. Maldijo en sus adentros. El muy ingrato la había dejado con la palabra en la boca, pero ya lo iba a oír. Además, estaba cabreada porque no había tomado su taza de café. Había probado la de la cafetería y había dejado la taza entera. Eso que le había dado, desde luego, no era café.


Caminó hacia la entrada principal, y vio como los chicos iban saliendo. Casi se pudo ver a si misma, con ese uniforme fúnebre salir por la gran puerta, abrazando sus libros y con su mochila enorme colgando de su espalda, y afuera, su madre esperándola con una gran sonrisa, tomando su maleta y ayudarla a entrar en el auto. Era la rutina que había hecho hasta el día de su muerte.


“Mamá”, susurró mentalmente Paula el pensar en ella. La extrañaba más de lo que alguien podría imaginar.


― Lista.


Paula volvió a la realidad y miró a Sara, que ya estaba enfrente de ella. Le sonrió de manera natural. Pensar que Sara estaba pasando por lo mismo que ella.


No, se corrigió. Sara tenía a su padre. Así que no era lo mismo que ella. Aunque…


― Vamos, de seguro Augusto nos ha de estar esperando.


Sara asintió tímidamente y Paula sin querer le tomó su mochila haciendo que Sara se volteara a mirarla sorprendida. Paula también lo estaba, no sabía porque lo había hecho. Sólo, lo había hecho.


― ¿Te ayudo?


Sara asintió y se terminó de sacar la mochila para dársela a Paula.


― Gracias.


― De nada. ¿Y que tal tu día?


Sara se pilló una vez más. Nadie le preguntaba por cosas tan triviales. Ni siquiera Mar, a quien ella consideraba la más cercana.


― ¿Sucede algo? ― preguntó Paula al ver la cara de consternación de Sara.


― No, nada. Me fue bien, lo de siempre. Tarea, clases, cosas así. ― Sara se habría quedado en silencio en algún otro momento, o con otra persona, pero Paula se había portado tan amable con ella ― ¿Y su día que tal?


Paula fue ahora la sorprendida, al ver que Sara estaba intentado seguir con la conversación.


― Pues fue gracioso. La directora Carmichael sigue igual a como la recuerdo. Y me encontré a una vieja amiga, que ahora tiene sus hijos estudiando aquí. Ella es Clarissa Lo… no, espera, de casada tiene que ser Clarissa Montgomery, y sus hijos se llaman Janet y Jonathan.


― ¿Es amiga de la Presidenta de la Sociedad de Padres? ― gritó incrédula Sara.


― ¿Clarisse es Presidenta de la Sociedad de Padres del Colegio? ― Paula tampoco podía creer lo que oía.


Ninguna de las dos se había dado cuenta de que Augusto estaba ya ante ellas.


― Buenas tardes. Señorita Alfonso, Señorita Chaves.


Abrió la puerta a Sara, y al recordar lo que había pasado en la mañana, no lo hizo con Paula. Ambas entraron al auto, y continuaron con la plática.


― ¿Usted conoce a la Señora Montgomery? ― Sara se acercó al hueco que había entre los asientos delanteros y se asomó.


― El cinturón, Señorita Alfonso. ― pidió Augusto.


Sara hizo lo que se le pidió y volvió al lugar.


― ¿Conoce a la Señora Montgomery?


― Sí, fue una antigua compañera mía del colegio. Y a su esposo también. Y su hija, por cierto, sino más recuerdo, tiene tú misma edad, así que, ¿estudia contigo?


― Sí, Janet va en mi salón.


― ¿Son amigas?


― Janet es muy… ― Sara se quedó sin palabras para describir a Janet Montgomery.


Paula sonrió al ver la cara de duda de Sara al describir a la hija de Clarisse.


― Sí es hija de su madre, ya me imagino como es.


Incluso en el camino de ida a la escuela, Paula notó por el espejo retrovisor, la inseguridad de Sara al viajar en el carro. Se había arrinconado en medio del asiento, y aunque seguían platicando, Sara miraba para todos lados del auto. 


Todavía no se sentía segura.


Llegaron a la casa, y Paula pudo observar varios autos estacionados fuera de la casa. Debía de ser la comitiva de Pedro. Bien por él. Augusto ayudó a Sara a bajar del auto, y ella espero a PaulaPaula seguía llevando la mochila de Sara y se despidieron de Augusto, para entrar en la mansión.


Paula no estaba preparada para lo que venía a continuación.








CAPITULO 7





Paula iba caminado hacia su habitación para lavarse los dientes. Había terminado de desayunar y había perdido la batalla sobre lavar los platos. Mar había insistido en no dejarla, y esa mujer tenía una vena de voluntad increíble. Al final, había terminado por obedecer. Lo único que extrañaba era su taza de café. Si bien la malteada de chocolate estuvo rica, nada comparado con una exquisita taza de café: Colombiano, Express, Capuchino, Moka… Paula respiró resignada. Los sacrificios que hacía.


Sara había terminado su desayuno en silencio y se había excusado, para lavarse los dientes. Paula sólo la vio marchar, esperando recibir una sonrisa o algo, pero la niña se retiró con la cabeza inclinada y nunca la levantó.


Y Alfred-Jaime sólo había estado con su periódico y una rica y suculenta taza de café. Cuando se la había visto, había sentido deseos de .llorar por ella. Y el mayordomo había visto su cara de dolor, y el muy bastardo había levantado una ceja y había degustado su taza enfrente de ella, sonriendo burlonamente. ¡Ese Alfred de pacotilla!


Entró a la que de ahora en adelante sería su habitación y fue directamente a su maleta, para sacar su cepillo de dientes. Entró en el baño y quedó asombrada. Ese baño hasta jacuzzi tenía. Y una regadera aparte. Si así estaban todas las habitaciones, a Paula no le extrañaría que tuviera tanta gente por ahí. Empezó a lavarse los dientes, y miraba mientras su reflejo en el espejo.


¿Habría hecho bien en aceptar ese trabajo? Estaba mezclándose mucho. Con Sara, con las personas que vivían ahí, y con el candidato aún más.


―Paula, ¿en que te has metido? ― exclamó al espejo cuando terminó de lavarse.


Cuando Pedro había entrado en la cocina, se veía tan condenadamente guapo. El sudor que corría por su cuello para esconderse dentro de su camisa…


― ¡Paula, despierta! ― se gritó a sí misma mientras se daba una cachetada, y por lo visto, tenía la mano pesada, porque le dolió.


Se acomodó su chamarra de mezclilla favorita, la cual el mayordomo había visto de muy mal ver y suspiró. Cuando estaba trabajando siempre andaba de traje. Era la norma. Pero eso era para sus trabajos de una sola noche. Y porque eran noches de galas. Y bueno, el Presidente… porque era EL Presidente. Pero ahí, ella se iba a quedar a vivir por meses. Y esa era su duda. Su pantalón de mezclilla y sus botas negras causarían sensación en esa casa. Y más si ahí tenían la oficina del candidato. Tendría que preguntarle a Miguel o Pedro sobre eso.


Lo que recordó…


Salió rápidamente de su habitación y caminó hacia la salita de estar. En el trayecto chocó contra alguien. Se puso en alerta avivadamente, para después ver que era Pedro con quien había chocado. Vestía formalmente, un pantalón sastre en conjunto con una camisa azul cielo, y… ¡una corbata! ¿Quién se pone corbata antes de las ocho del día?


Tenía a Paula tomada de los brazos.


― Vaya, buenos días nuevamente. ― Le dijo con una sonrisa blanquecina Pedro.


― Buen día. Quisiera poder hablar unas palabras con usted.


Pedro soltó a Paula y miró detrás de ella, hacia la cocina.


― Claro, pero ahora voy por el desayuno ― y empezó a caminar hacia allá.


Paula abrió los ojos, y corrió detrás de él.


― Oiga, espere. ― le gritó Paula sujetándolo de la camisa.


― Además tiene que irse con Sara, y eso debe de ser ― Pedro alzó su mano izquierda y miró su Rolex para después sonreírle ―… En cinco minutos.


― Oiga, pero es que esto es serio…


Pero Pedro no oía nada. Ya había vuelto a tomar su camino.


― Nos vemos al rato. ― le dijo alzando la mano y agitándola en son de despedida.


Paula no se podía creer eso.


― Pero…


― Hasta luego, Paula. ― Y dio la vuelta y entró a la cocina.


― Pero… ― ¿Quién se creía ese hombre? Paula tendría un buen par de palabras con él ― ¡Mier…!


― Estoy lista.


Paula se calló a tiempo pues Sara estaba a sus espaldas con su mochila. Exhaló un suspiro de alivio mentalmente por no haber soltado tal taco frente, bueno, de espaldas, a la pequeña.


― Vamos ― Paula empezó a caminar con ella a su lado. Al ver la mochila gigantesca que llevaba Sara, sin pensarlo siquiera preguntó ― ¿Te ayudo con la mochila?


Sara se detuvo y la miró fijamente.


― ¿Mi mochila?


― Bueno, se ve que está pesada para una niña. Sólo te ayudo hasta el carro. No es la gran cosa.


Sara miró a la nueva mujer inmutablemente por fuera, pero estaba consternada por dentro. Nadie se había atrevido jamás a preguntarle eso siquiera. Y bueno, su padre no contaba, ya que él raras veces la llevaba al colegio. Pero esa mujer lo había hecho. El gesto a Sara la conmovió profundamente. Asintió.


Paula sonrió y le tomó la mochila y Sara sacó sus brazos.


― Dios, ¿Qué llevas aquí? ¿Ladrillos? ― Exageró Paula, haciendo sonreír a Sara ― ¿Cómo le has hecho todo este tiempo?


Sara se encogió los hombros y siguió caminado. Llegaron a la puerta, y salieron para ver que un Sedán negro los estaba esperando en la entrada de la casa. El chofer ya estaba parado esperando. Era un hombre alto, pasando el metro setenta, y su tez de piel tenía un tono parecido al chocolate. 


Cuando estuvieron de frente, Paula contempló sus ojos color avellanas. Era guapo, y joven. Le calculaba que acababa de pasar de los treinta años


― Hola, soy Augusto, el chofer. ― dijo el hombre tendiéndole la mano.


― Mucho gusto. Soy Paula Chaves. ― dijo estrechándole la mano.


― Encantada señorita Chaves.


― Por favor, llámeme Paula.


― Sólo si me llama Augusto ― Paula miró detenidamente al conductor. Por lo visto, se creía un galán. Paula quiso reírse, pero se aguantó. Miró a Sara y después la mochila de Sara que Paula llevaba en la mano, pero no dijo nada. ― Buenos días señorita Alfonso. Permítame ― Abrió la puerta trasera y Sara subió. La dejó abierta esperando algo. Paula frunció el ceño y después entendió.


― Voy adelante. ― afirmó Paula.


― Como diga. ― Augusto cerró la puerta y caminó hacia la puerta del copiloto. Paula y el chocaron al tratar de abrir la puerta al mismo tiempo. Augusto sonrió y Paula soltó la manija. Augusto abrió la puerta ― Permítame


― Mmm... Gracias.


Paula subió al coche cargando la mochila, y Augusti esperó para cerrar la puerta. Paula se sentía rara con esos gestos. Desde luego en ninguno de sus trabajos hacía eso.


Augusto prendió el motor del auto, y salieron de la gran mansión. Tomaron Wilshire Boulevard y Paula se percató de que Augusto siquiera miraba los semáforos. Era como si se supiera la ruta de memoria.


― ¿Siempre sigue la misma ruta?


Tomaron una curva y Augusto miró a Paula.


― ¿Eh? Si.


― ¿Siempre se viene por esta calle?


― Si. ― Augusto no entendía las preguntas de Paula.


― Esta tarde cambiaremos eso.


― ¿Perdón?


― Sí, lo disculpo. Ahora siga.


A Augusto no le hizo mucha gracia el juego de palabras que Paula había creado, pero no volvió a decir nada, y manejó en silencio.


Pasaron la UCLA, y viajaron rumbo a Santa Bárbara. Paula había recorrido esos mismos caminos hacia mucho tiempo.


― Hemos llegado. ― anunció Augusto.


Paula miró su antiguo colegio. El Colegio Trinity no había cambiado mucho exteriormente. Esperaron a que les dieran el pase de entrada y Paula contempló mientras el gran edificio. En unos minutos vería si no había cambiado nada por dentro.