viernes, 29 de mayo de 2015
CAPITULO 7
Paula iba caminado hacia su habitación para lavarse los dientes. Había terminado de desayunar y había perdido la batalla sobre lavar los platos. Mar había insistido en no dejarla, y esa mujer tenía una vena de voluntad increíble. Al final, había terminado por obedecer. Lo único que extrañaba era su taza de café. Si bien la malteada de chocolate estuvo rica, nada comparado con una exquisita taza de café: Colombiano, Express, Capuchino, Moka… Paula respiró resignada. Los sacrificios que hacía.
Sara había terminado su desayuno en silencio y se había excusado, para lavarse los dientes. Paula sólo la vio marchar, esperando recibir una sonrisa o algo, pero la niña se retiró con la cabeza inclinada y nunca la levantó.
Y Alfred-Jaime sólo había estado con su periódico y una rica y suculenta taza de café. Cuando se la había visto, había sentido deseos de .llorar por ella. Y el mayordomo había visto su cara de dolor, y el muy bastardo había levantado una ceja y había degustado su taza enfrente de ella, sonriendo burlonamente. ¡Ese Alfred de pacotilla!
Entró a la que de ahora en adelante sería su habitación y fue directamente a su maleta, para sacar su cepillo de dientes. Entró en el baño y quedó asombrada. Ese baño hasta jacuzzi tenía. Y una regadera aparte. Si así estaban todas las habitaciones, a Paula no le extrañaría que tuviera tanta gente por ahí. Empezó a lavarse los dientes, y miraba mientras su reflejo en el espejo.
¿Habría hecho bien en aceptar ese trabajo? Estaba mezclándose mucho. Con Sara, con las personas que vivían ahí, y con el candidato aún más.
―Paula, ¿en que te has metido? ― exclamó al espejo cuando terminó de lavarse.
Cuando Pedro había entrado en la cocina, se veía tan condenadamente guapo. El sudor que corría por su cuello para esconderse dentro de su camisa…
― ¡Paula, despierta! ― se gritó a sí misma mientras se daba una cachetada, y por lo visto, tenía la mano pesada, porque le dolió.
Se acomodó su chamarra de mezclilla favorita, la cual el mayordomo había visto de muy mal ver y suspiró. Cuando estaba trabajando siempre andaba de traje. Era la norma. Pero eso era para sus trabajos de una sola noche. Y porque eran noches de galas. Y bueno, el Presidente… porque era EL Presidente. Pero ahí, ella se iba a quedar a vivir por meses. Y esa era su duda. Su pantalón de mezclilla y sus botas negras causarían sensación en esa casa. Y más si ahí tenían la oficina del candidato. Tendría que preguntarle a Miguel o Pedro sobre eso.
Lo que recordó…
Salió rápidamente de su habitación y caminó hacia la salita de estar. En el trayecto chocó contra alguien. Se puso en alerta avivadamente, para después ver que era Pedro con quien había chocado. Vestía formalmente, un pantalón sastre en conjunto con una camisa azul cielo, y… ¡una corbata! ¿Quién se pone corbata antes de las ocho del día?
Tenía a Paula tomada de los brazos.
― Vaya, buenos días nuevamente. ― Le dijo con una sonrisa blanquecina Pedro.
― Buen día. Quisiera poder hablar unas palabras con usted.
Pedro soltó a Paula y miró detrás de ella, hacia la cocina.
― Claro, pero ahora voy por el desayuno ― y empezó a caminar hacia allá.
Paula abrió los ojos, y corrió detrás de él.
― Oiga, espere. ― le gritó Paula sujetándolo de la camisa.
― Además tiene que irse con Sara, y eso debe de ser ― Pedro alzó su mano izquierda y miró su Rolex para después sonreírle ―… En cinco minutos.
― Oiga, pero es que esto es serio…
Pero Pedro no oía nada. Ya había vuelto a tomar su camino.
― Nos vemos al rato. ― le dijo alzando la mano y agitándola en son de despedida.
Paula no se podía creer eso.
― Pero…
― Hasta luego, Paula. ― Y dio la vuelta y entró a la cocina.
― Pero… ― ¿Quién se creía ese hombre? Paula tendría un buen par de palabras con él ― ¡Mier…!
― Estoy lista.
Paula se calló a tiempo pues Sara estaba a sus espaldas con su mochila. Exhaló un suspiro de alivio mentalmente por no haber soltado tal taco frente, bueno, de espaldas, a la pequeña.
― Vamos ― Paula empezó a caminar con ella a su lado. Al ver la mochila gigantesca que llevaba Sara, sin pensarlo siquiera preguntó ― ¿Te ayudo con la mochila?
Sara se detuvo y la miró fijamente.
― ¿Mi mochila?
― Bueno, se ve que está pesada para una niña. Sólo te ayudo hasta el carro. No es la gran cosa.
Sara miró a la nueva mujer inmutablemente por fuera, pero estaba consternada por dentro. Nadie se había atrevido jamás a preguntarle eso siquiera. Y bueno, su padre no contaba, ya que él raras veces la llevaba al colegio. Pero esa mujer lo había hecho. El gesto a Sara la conmovió profundamente. Asintió.
Paula sonrió y le tomó la mochila y Sara sacó sus brazos.
― Dios, ¿Qué llevas aquí? ¿Ladrillos? ― Exageró Paula, haciendo sonreír a Sara ― ¿Cómo le has hecho todo este tiempo?
Sara se encogió los hombros y siguió caminado. Llegaron a la puerta, y salieron para ver que un Sedán negro los estaba esperando en la entrada de la casa. El chofer ya estaba parado esperando. Era un hombre alto, pasando el metro setenta, y su tez de piel tenía un tono parecido al chocolate.
Cuando estuvieron de frente, Paula contempló sus ojos color avellanas. Era guapo, y joven. Le calculaba que acababa de pasar de los treinta años
― Hola, soy Augusto, el chofer. ― dijo el hombre tendiéndole la mano.
― Mucho gusto. Soy Paula Chaves. ― dijo estrechándole la mano.
― Encantada señorita Chaves.
― Por favor, llámeme Paula.
― Sólo si me llama Augusto ― Paula miró detenidamente al conductor. Por lo visto, se creía un galán. Paula quiso reírse, pero se aguantó. Miró a Sara y después la mochila de Sara que Paula llevaba en la mano, pero no dijo nada. ― Buenos días señorita Alfonso. Permítame ― Abrió la puerta trasera y Sara subió. La dejó abierta esperando algo. Paula frunció el ceño y después entendió.
― Voy adelante. ― afirmó Paula.
― Como diga. ― Augusto cerró la puerta y caminó hacia la puerta del copiloto. Paula y el chocaron al tratar de abrir la puerta al mismo tiempo. Augusto sonrió y Paula soltó la manija. Augusto abrió la puerta ― Permítame
― Mmm... Gracias.
Paula subió al coche cargando la mochila, y Augusti esperó para cerrar la puerta. Paula se sentía rara con esos gestos. Desde luego en ninguno de sus trabajos hacía eso.
Augusto prendió el motor del auto, y salieron de la gran mansión. Tomaron Wilshire Boulevard y Paula se percató de que Augusto siquiera miraba los semáforos. Era como si se supiera la ruta de memoria.
― ¿Siempre sigue la misma ruta?
Tomaron una curva y Augusto miró a Paula.
― ¿Eh? Si.
― ¿Siempre se viene por esta calle?
― Si. ― Augusto no entendía las preguntas de Paula.
― Esta tarde cambiaremos eso.
― ¿Perdón?
― Sí, lo disculpo. Ahora siga.
A Augusto no le hizo mucha gracia el juego de palabras que Paula había creado, pero no volvió a decir nada, y manejó en silencio.
Pasaron la UCLA, y viajaron rumbo a Santa Bárbara. Paula había recorrido esos mismos caminos hacia mucho tiempo.
― Hemos llegado. ― anunció Augusto.
Paula miró su antiguo colegio. El Colegio Trinity no había cambiado mucho exteriormente. Esperaron a que les dieran el pase de entrada y Paula contempló mientras el gran edificio. En unos minutos vería si no había cambiado nada por dentro.
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