lunes, 15 de junio de 2015

CAPITULO 64




Paula oyó su nombre de la boca de Sara en la puerta de la casa. Se estaba terminando de arreglar, pero más que nada, estaba buscando el valor necesario para salir de su habitación.


Para alguien como ella, con un trabajo como el suyo, se podría esperar que no tuviera miedo a nada, o a pocas cosas, pero salir de la seguridad de esas cuatro paredes con el vestido –un maldito vestido, por Dios – y plantarse frente a la crema de Los Ángeles le daba un jodido miedo mortal que llenaba sus pulmones y no la dejaba respirar. Había pedido llevar un abrigo, pero Nadia, al ver el vestido, había dado un rotundo no. “Un escote como ese se debe lucir”, le había dicho. Además, el mismo clima californiano conspiraba contra ella. Treinta gloriosos grados y sin ápice de nubes tormentosas o lluvias cercanas.


Se miró en el espejo unos momentos, estudiándose.


El vestido era el menor de los problemas.


Con la vista perdida, pensó con desolación, que aquél sería el último día en casa de los Alfonso.


En sólo dos días había logrado despejar y recoger sus pertenencias lentamente sin que nadie se diera cuenta. Bajó la cabeza, avergonzada de su propio reflejo.


― ¡Paula!


Sara volvió a gritar, esperando por ella, pero Paula no quería salir. Si daba un paso fuera de esa habitación, sería en inicio del final. Esa noche Rafael ganaría, para bien o para mal. 


Pero sería sólo esa batalla.Paula buscaría por todos los medios hundirlo y demostrar su relación entre las muertes de Samuel, su madre con aquél hombre.


No era su padre, y jamás lo había sido.


Sólo tenía una cosa pendiente y era averiguar quien era el traidor en la casa. Aquél día en la comida, sólo estaban siete personas presentes, y podía descartar perfectamente a cuatro. Los Alfonso y Miguel. A Miguel lo había descartado sin dudarlo. Su instinto le decía que no era él y si su instinto decía eso, es que no era él. Pero Carlos, Viviana y Ramiro estaban en su lista. Los tres tenían acceso a la agenda de Pedro –prácticamente ellos se la creaban- y a información confidencial. Paula sospechaba de los tres y a la vez de ninguno, y eso la tenía en un vilo.


A pesar de la hostilidad inicial de Carlos, Paula se había dado cuenta de que se desvivía por Pedro y su campaña. 


Era el hombre detrás del hombre. Ramiro no era muy sociable y casi siempre estaba callado y observando a los demás. Su llegada repentina a San Francisco le había hecho dudar, y no sabía que pensar de ese misterioso hombre guardado en las sombras. Viviana,  la última persona en la lista, sí que tenía muchas cosas que decir que podía ser ella. 


En primera porque no le gustaba, y en segunda, porque no le terminaba de gustar. Desde aquella cena en la que había la visto besando a Pedro había pasado a convertirse en una de sus personas menos favoritas. Y dejando a un lado sus celos enfermizos, en la comida le había sorprendido su repentino apoyo para que asistiera a la cena baile.


― ¡Paula! ¡Se van a ir sin ti!


El aullido infantil de Sara la hizo sonreír. Volvió a mirarse en el espejo y inhaló pidiendo fuerzas para seguir adelante.


Cuando dio el primer paso trastabilló con las zapatillas y la cola del vestido. Logró apoyarse contra la cama y evitar caer. Maldijo por enésima vez las zapatillas que Nadia y Sara habían elegido para ella. Eran unas hermosas zapatillas de tacón alto con sólo una tira delantera debajo de las falanges de los dedos de sus pies, cuyo perfecto pedicure francés mostraban. A los lados, tenía dos tiras que se entrecruzaban formando un rombo central. Y aquella era toda la ciencia de esas costosas zapatillas. Eran hermosas, pero desde luego nada serviles. Y encima habían costado una fortuna, que claro, ella había exigido pagar. Pensó en todas las mujeres del mundo atadas a esos instrumentos de tortura y les dio un pésame mental.


Se irguió, acomodándose los mechones de su cabello en su lugar y tomando un segundo aire, salió de la habitación rumbo a la salita. Sara estaba viendo la tele en el sofá, acostada en el sillón de dos piezas en el que ella cabía y Coco a su lado, exigiendo mimos que Sara le daba gustosamente. Hizo un carraspeo para llamar la atención de su dictadora amiga, y forzó una sonrisa al ver que Sara la miraba.


― ¿Y qué dices? ― preguntó dudosa. Una cosa era ver el traje colgado y otra era verlo en ella.


Sara se sentó lentamente en el sillón, boquiabierta. Hizo una gran O con sus labios.


― Te ves espectacular.


Paula sintió sus mejillas sonrojarse y un calor subir por su cuello hasta la coronilla.


― Gracias.


― Les quitas el trabajo seguro a todas las modelos del estado. Sonríe. ― Y antes de poder reaccionar, sintió el flash de la cámara contra su cara.


― ¡Sara!


― Lo siento, pero esto ― alzó la cámara ― tiene que ser guardado como un acontecimiento. Mi abuela me pidió que te tomara la foto, yo sólo cumplí órdenes.


Con la puerta abierta, una sombra apareció en el umbral, y se quedó mirándola fijamente.


― Vaya, pero miren lo que tenemos aquí, después de todo si había una chica debajo de esas ropas.


Paula le dio una sonrisa a Leandro que se acercaba lentamente a ella.


― Gracias por el ánimo.


― Te ves hermosa.


― ¿Verdad que sí? ― agregó Sara, acercándose a ellos.


― Claro. ― contestó con sarcasmo Paula, aún sin poder creerse el cuento de Cenicienta.


― Veamos… ― Leandro miró a Sara y se quedó quieto, se acuclilló ante ella y le tomó la barbilla para mirarle la mejilla derecha ― ¿Y a ti que te pasó aquí, señorita?


― Oh dios, Sara, se te va a amoratar. ― gimió Paula y la acercó a la luz para verle la mejilla.


Ese día durante los entrenamientos, Sara se había resbalado con la colchoneta y se había golpeado la parte derecha del rostro. Lo que más le había sorprendido a Paula era que Sara hubiera actuado como si nada, sin chillar o quejarse. Se había reído de su torpeza y había pedido seguir con el entrenamiento.Paula le explicó a Leandro el accidente y cabeceó frotándole la cabeza a Sara. Ella les dio una gran sonrisa y agregó:
― Lo bueno es que mañana no hay colegio. Así no veré a la Sra. Perkins y no le irá con el chisme a papá. Ya veremos que le digo.


Los adultos se miraron y sonrieron.


― Bueno señoritas, las dejo. Nos vemos cuando regreses, nena. ― Se despidió con un beso en la mejilla y se marchó a su centro de mando.


Sara le dijo a Paula que ellas también se tenían que ir, y ella asintió. Al cerrar la puerta, Paula miró hacia la gran casa y tomó a Sara de la mano.


― Sara, prométeme que jamás olvidarás lo que has aprendido estos meses. ― aquello era fundamental para Paula. Le tocó el ceño arrugado de la pequeña y le pidió que se lo prometiera una vez más.


― Claro que no. ― Hizo una reverencia ― Recuerdo tus preceptos Paula San: “La única verdad es la que está en tu corazón, y no hay más miedo que el temor que uno se crea”. ― Paula no pudo evitarlo y la abrazó con fuerza. Cómo la echaría de menos. Sara le devolvió el abrazo y cambio el agarre de manos y ahora ella la tiró hacia la casa ― Vamos… ¡te están esperando!


A pesar del cuchicheo de Sara, Paula no oía nada. Cada paso era incierto, y no era por los tacones. Doblaron hacia la entrada principal, y pudo ver la limusina Cadillac que los Alfonso rentaban para esas ocasiones especiales ya estacionado y en la entrada de la casa, a Pedro parado caminando de un lado a otro. Cuando oyó los pasos acercarse se detuvo y ambos se miraron fijamente.


Sabía lo que veía. El vestido llegaba hasta el piso en la parte trasera, con una ligera caída de cola y por delante era unos cinco centímetros más corto donde se podían apreciar las zapatillas doradas. La fajilla doblada alrededor de su cadera le marcaba una cintura y le daba más curvas a su cuerpo ejercitado. Sus hombros estaban al descubierto y tal y como le había dicho a Pedro, no se le veían sus pechos, con el cuello ojal que iba de un hombro a otro y sólo unos pequeños aretes engarzados de oro blanco en sus orejas como accesorio.


Aquél día era un princesa.


― ¿Verdad que se ve guaperríma, papá?


Entonce Pedro miró a su hija por primera vez, saliendo de su ensimismamiento. Se había quedado embobado viendo a Paula que se había olvidado de todo lo demás. Se acercó a su hija y posó una mano ancha sobre sus delgados hombros. Sara escondió la mejilla golpeada al lado de su padre, y agradeció la poca luz que había en el porche.


― Sí cariño, se ve guaperríma. Si eso significa que está demasiado hermosa.


Sara cabeceó y sonrió, mirando a ambos adultos que se observaban mutuamente. Quizás esa noche ocurriera un milagro y su mayor deseo se volvería realidad. Había que poner el plan en acción.


― Bueno, iré a ver a la abuela, y avisarle que ya se van.


Entró en la casa corriendo pero se quedó detrás de una de las ventanas, curioseando para darle unos segundos más.


Vio a su padre caminar hacia Paula y acariciarle la mejilla. 


Vaya, las cosas iban mejor de lo esperado. Ahora si iba por su abuela.


Mientras, Paula y Pedro eran ajenos a lo demás.


― Te ver hermosa. ― Le susurró Pedro acariciándole la mejilla y con el pulgar sus labios. Era muy arriesgado, por si alguien los veía, pero no pudo resistirse. Verla con ese vestido, que moldeaba su cuerpo, lo hizo ponerse al cien, y deseó poder cancelar esa cena, irse a la casa de la piscina y quitarle esa prenda lentamente. Ver el dulce sonrojo en las mejillas de Paula, agradeciéndole, pudo más con él. ― A pesar de ser muy conservador, te hace ver una femme fatale.


Ella también lo observó detenidamente. Al igual que en todas las cenas anteriores y comidas, llevaba un traje de saco. Aunque ahora iba de traje negro completamente. Desde camisa hasta saco, incluso los gemelos eran negros. Se preguntó si después de aquella noche, podría alguna vez olvidarlo, pero al sentir su caricia y ver la mirada penetrante supo la respuesta. Entonces recordó las últimas palabras de Pedro e hizo una mueca. Aún no había visto todo el vestido.


― Bueno, sobre lo conservador…


― ¡Paula! Oh cielos, te ves divina, ― voltearon para ver a Nadia, Mary y Jaime que salían junto con Sara. Nadia llevaba un vestido negro sencillo, de corte largo y escote disimulado. Llevaba unos aretes de diamantes –eso Paula si lo podía asegurar- y su cabello alzado en un elaborado peinado. Se veía hermosa. Paula estaba segura de que Miguel sentiría temblar la tierra esa noche. Se acercó a ella, evaluándola con cada paso ― Sara me lo dijo, pero verlo con mis propios ojos es… ¿Qué opinas? ― preguntó mirando hacia Pedro.


― Hermoso.


― ¿Sólo eso? ― gritó y miró a sus viejos amigos, como si reprobase la respuesta ― Niña, dale una demostración a este de mi hijo.


Paula ladeó su cabeza de un lado a otro y sonrió, mientras daba una vuelta lentamente. Estando de espaldas, supo el momento en que Pedro se quedó sin palabras. Incluso había dejado de respirar. Le daría las gracias a Clarisse por el vestido después. Volvió a su posición inicial con una sonrisa más grande. Nadia asentía gustosamente al igual que Sara. 


Cuando miró a Pedro pidiendo su opinión el pobre sólo pudo soltar retazos de palabras.


― Mi… yo… tú… ese…. Dios.


Nadia le dio unas cachetadas suaves en la mejilla a su hijo.


― Exactamente eso, hijo mío. Eso era lo que esperaba. Paula dejará a todos sin palabras hoy en la cena.


― Te ves radiante Paula ― dijo Mariana. Jaime se limitó a asentir con su nariz respingona alzada. Nadia asintió y exclamó:
― Tenemos que irnos ya. Nos vemos mi pequeña princesa.


Se inclinó para darle un beso a Sara en la mejilla, y sin saber cómo, Paula se encontró haciendo lo mismo, y le limpió el carmín que había quedado en la mejilla sana. Se acercó a su padre y lo abrazó fuertemente para ir con Mariana y Jaime. Augusto, salido de la nada, ya estaba en el auto, con la puerta de pasajeros abierta. Pedro llevaba su madre del brazo y Paula, como parte de sus hábitos había dado dos pasos hacia el asiento del copiloto cuando vio que tanto madre como hijo y el chofer se quedaron quietos mirándola atónitos.


― Lo siento ― se disculpó ― La costumbre.


Pedro le cedió el paso y Paula entró en el auto. Para su consternación Nadia se había sentado en el otro extremo de la limosina, y había colocado estratégicamente su bolsa y su abrigo a su lado para que no se sentase nadie ahí. Eso le dejó a Paula la única opción de sentarse de frente a ella, y cuando Pedro entró, se sentó a su lado. Sintió el calor de su cuerpo quemar el suyo y sus hormonas responder a la fragancia perspicaz de su colonia y su cuerpo.


El trayecto hasta la famosa Casa de la Moneda lo hicieron entre plática amenas y silencies cómodos. Entre ratos Paula sentía las manos de Pedro rozarla de manera “accidental” sus dedos y muslos. Con cada roce su piel se elevaba de temperatura y sentía quemar la zona donde la acariciaba disimuladamente. Sus roces accidentales dejaron de parecerlo cuando con el dedo meñique le acariciaba su mano mientras que Nadia parecía mirar el paisaje. Cuando llegaron, treinta y cinco minutos después, había algunos autos esperando bajar en la alfombra roja.


Llegó el turno del auto detenerse y Augusto salió rápidamente para ayudar a descender. Era raro para Paula estar de ese lado del auto y verlo desde otro punto de vista.


Augusto abrió la puerta y Pedro fue el primero en salir, ella se quiso adelantar pero Nadia le hizo con una señas que no.


― Tú eres la sorpresa cariño. Tienes que hacer tu entrada.


Dicho eso, salió tomando la mano de su hijo.






CAPITULO 63





Sara fue la primera en verla. Llamó a la mansión para avisar que no regresaría hasta que Sara saliera de la escuela, así tuvo tiempo de pensar y ordenar sus ideas. Llegó antes de la salida y esperó dentro. Cuando Sara la vio corrió hacia ella, pero al llegar hasta ella, fue desacelerando el paso.


― Paula, ¿te encuentras bien?


Con una sonrisa fingida, asintió.


― Sí, Sara. Sólo esperaremos a Augusto. Dame tu mochila, seguro ha de pesar.


Sara se la dio, pero sus movimientos eran lentos, sin perder de vista a Paula.


― ¿Estás segura de que estás bien? Pareces un poco enferma.


― Será algo que desayuné.


― No comiste nada en la casa.


Paula deseó que un rayo la partiera en dos. No estaba acostumbrada a mentir y ese día ya llevaba varias mentiras.


― Tuve que quedarme en el centro y ahí comí algo.


Sara la tomó de la mano libre y se la apretó con fuerza. 


Después se estiró todo lo que sus manos podían y acarició su mejilla, como si Paula fuera una niña perdida.


― Cuando lleguemos a casa, le diré a Mariana que te preparé un té.


A Paula le costó demasiado no sollozar por los gestos gentiles de Sara. Miró hacia donde el estacionamiento y vio aliviada que Augusto ya estaba ahí.


― Vamos.


Augusto no dijo nada pero Paula vio su mirada interrogadora.


Hicieron el camino entre canciones y silencios pero Paula andaba en otro mundo. Al llegar a la mansión dejó a Sara en la casa y se fue a su propia morada y sentada en su cama, miró hacia ningún lado en particular. No había salida. No podía dejar que esas fotos se hicieran públicas. Acabaría con la carrera de Pedro. Afectaría a Sara, a Nadia, a Miguel…


Leandro tenía tanta razón. Nunca debió de involucrarse. Y ahora su corazón estaba pagando las consecuencias. 


Recordar las palabras de Rafael le hizo sentir nauseas y salió corriendo hacía el baño. Se dejó caer sobre la baldosa y devolvió lo poco que tenía en el estómago. Se levantó y se lavó los dientes. Alguien tocó pero no pudo moverse, se quedó recargada en el lavabo. No se sorprendió de encontrar a Pedro en la puerta del baño.


― Sara me dijo que te veías un poco enferma.


Con los ojos cerrados, Paula escuchó su voz y sintió entibiarse cada fibra de su congelado cuerpo. Abrió los ojos, y fue absorbiendo cada detalle que podía. Su cabello espeso y rebelde, sus ojos dorados, sus labios anchos. Sonrió y cuando trató de dar un paso, Pedro estuvo a su lado, tomándola de la cintura y llevándola hacia la cama.


― Sara exagera. ― dijo Paula ― Sólo comí algo en la calle que me hizo sentir mal.


― ¿Dónde estuviste toda la mañana? ― preguntó Pedro sentándose a su lado y acariciándole una mecha de cabello que se había quedado fuera.


Paula se hizo a un lado, alejándose de la caricia.


― ¿Es esto un interrogatorio?


Con una ceja arqueada, bajó la mano.


― Es una simple pregunta, no sé porque te pones así.


― Lo siento. ― Paula se gritó que estuviera tranquila. ― Estoy en mis días y creo que la menopausia me está comiendo las neuronas.


Pedro sonrió de la broma sin gracia y se inclinó para besarle la línea del cuello. Paula agradeció no verle los ojos, porque ahí iba otra mentira.


― Estuve con Jorge. Tenía que platicarle de Samuel y bueno, la visita se alargó.


Sintió dos botones abrirse de su blusa y varios besos acercándose más y más a sus pechos y por unos segundos se olvidó de todo lo que le molestaba.


― Me agradó tu amigo. Es un hombre con los pies en la tierra.


― Jorge dice lo mismo de ti. Parece que fue amor a primera vista… ¡Ay!


Pedro le había dado un mordisco en la parte superior del seno.


― Graciosa. ― después empezó a depositar una lluvia de besos sobre la zona donde había mordido ― ¿Estás segura de que estás bien? Porque tienes cara de no estarlo.


― Sólo dame unos segundos ― No quería que aquello terminara pero sabía que el tiempo no dejaba de pasar. Le colocó una mano sobre su cabellera. ― Cálmate Pedro, Iré con Mariana a ver que tiene de comer. Algo de ella seguro que me cae bien.


Pedro se levantó y la ayudó a pararse. Paula se abotonó la blusa, se acomodó el cabello y salieron de la casa. Casi chocan contra Nadia, que iba a tocar la puerta.


― ¡Paula, iba a tu casa, a ver como te sentías! ― se colocó al lado de Paula y le tocó la frente ― Sarita me dijo que parecías enferma.


Sintiéndose incómoda de tanta atención, le dio una risa nerviosa.


― No es nada, algo de la calle me sintió tan mal ― al parecer mentir se estaba convirtiendo en su segundo oficio.


― Nada de eso, ven, tienes que comer algo decente. ― la tomó de la mano y la arrastró hacia la casa. Miró a Pedro pidiendo ayuda, pero él sólo le dio una sonrisa.


Traidor.


Entraron a la casa por la puerta principal. Del otro lado del pasillo, Jaime venía trajeado y con nariz alzada como siempre. Se plantó ante ellas y miró a Paula.


― Señorita Chaves, debe evitar comer en la calle, no es bueno.


Paula se quedó sin palabras. Jaime preocupándose de ella. 


Aquello era demasiado. Sintió sus ojos brillar.


― Oh Jaime…


― Sí adquiere parásitos tendremos que purgar a todos en la casa.


Oyó una risa ahogada detrás de ella, y alguien cuchicheando. Paula no se molestó en voltear suspiró y le dio un beso rápido en la mejilla.


― Gracias Jaime.


― Paula, ¿te sientes mejor?


Volteando hacia la infantil voz, Paula asintió.


― Sí, y gracias por delatarme con todos.


― De nada. ― contestó Sara caminando feliz. Se había quitado el uniforme de la escuela y ahora llevaba un pantalón de mezclilla y una blusa fucsia y una diadema del mismo color. Se movía con gracia y delicadeza, y a la vez, con soltura y sin importancia. De pronto apareció la Sra. Perkins y Paula sintió su mirada glacial sobre ella. Pero la ignoró. Tenía ya suficiente problemas como para agregar uno más. Nadia la tomó nuevamente de las manos.


― Vamos a sentarnos, la comida va a ser servida en cinco minutos.


― Tengo un hambre voraz. ― oyó a Sara decir.


Se sentaron en el comedor y ese día, Carlos, Viviana y Ramiro también se quedaron a comer además del siempre amigable y hambriento Miguel. Y fue el único que no le hizo la retahíla de preguntas sólo le guiñó un ojo y su atención pasó a Nadia. Mariana apareció con el plato del día, que pareció despertar el apetito de Paula, pero cuando llegó hasta ella, se detuvo y le puso otro plato distinto.


―… y para la enferma, un delicioso caldo de pollo.


Aguantando hacer una mueca, miró hacia el plato de Sara a su lado.


― En realidad creo que mi estómago puede soportar algo de eso.


― No, nada de eso. Si en la noche te sigues sintiendo mejor, te daré un plato enorme de ello.


Con un suspiró de resignación, empezó a comer. Si existía el karma, estaba pagando por lo que iba a hacer y las mentiras que había dicho. La conversación fluyó sin problemas, hablando de sus días, la escuela, el trabajo, las elecciones.


― Vale, tenemos solo unas semanas antes de las elecciones. ― dijo Carlos mirando a Pedro― Los días se están yendo como las hojas de los árboles. A pesar de que pasamos hoy en las encuestas a Rafael tenemos que seguir así, y subir más. Cada día es decisivo.


― Pasado mañana tenemos la fiesta de Columbus Day en la Casa de la Moneda. Creemos que ese día podrías asistir y seguir con la campaña ― Viviana revolvió su ensalada, la única cosa de la que parecía sostenerse esa mujer.


Ramiro intervino.


― Creemos que deberías de llevar a algún acompañante. Tu madre está bien, pero deberías de considerar a alguna mujer, tal vez…


― Paula debería de ir.


― ¡¿Que?!


Siete pares de ojos enfocaron su atención en Nadia. Carlos y Paula tenían igualmente caras pálidas. El resto estaba sorprendido y en shock. Nadia seguía como si nada, estiró una mano para tomar un trozo de pan para la sopa, y lo partió desasidamente en dos.


― Se merece un día de alegría, ha hecho mucho por nosotros. ― Mordió un pedazo de pan y después de comérselo, miró directamente a Paula ― Estoy segura de que ella sabe a que me refiero.


Paula se había quedado muda. Al parecer todos.


― En realidad, pensaba en alguien como Viviana. ― intervino Carlos mirando a la rubia y a Ramiro y haciéndoles señas para que le ayudasen ― Ella sabe que hacer y como interactuar con la gente.


― Creo que Carlos tiene razón, Nadia. ― intervino Ramiro y miró hacia Paula ― Todos saben quién es ella y aparecer en escena, sería algo contraproducente para nuestros planes.


La mujer se giró hacia ambos hombres y le dio una mirada que les hizo perder el color de la piel.


― ¡Oh por Dios, hablan como si Paula fuera a saltar sobre alguien! Son unos pretenciosos… y…


― Calma querida ― dijo únicamente Miguel dando ligeras palmaditas en la mano de Nadia.


Carlos pareció avergonzado y miró a Paula, quién seguía aún callada. Se veía más pálida que cuando había llegado.


― No pretendíamos insultar a nadie.


― Yo creo que sería una buena idea. ― inquirió Viviana para sorpresa de todos. Al ver las miradas incrédulas de los hombres presentes agregó ― Piénselo mejor, sería una baza de la que nos podemos agarrar. La prensa estará sobre ambos, y tendremos la atención de todos sobre ellos. Si podemos usar eso, en estos días, podría ser mejor para nuestros puntos. Si vemos que no funciona, pues lo dejamos, pero si los puntos crecen, ¿Por qué no seguir?


Nadia miraba con el ceño fruncido a Viviana. No podía creer lo que oía.


― Yo no hablaba de eso, pero ¿qué te parece Paula?


Paula miró automáticamente hacia Pedro pero luego desvió la mirada hacia Nadia. Agradeció a Mariana mentalmente por no haberle servido la comida suculenta, después de todo, no habría sido capaz de procesarla.


Trato de esbozar una sonrisa.


― No sé que decir.


― Sí, Paula, así te puedes poner ese fabuloso vestido que te regaló la señora Montgomery el día que compraste los trajes. ― dijo Sara.


― No me acordaba de él.


Y era la verdad. Desde que Clarisse le había dado el vestido, lo había metido en su bonita caja, y lo había dejado olvidado en el closet.


― Querida, iremos a un salón, y te pondremos hermosa.


― ¡Lo tienen que ver! ¡Es fabuloso! ― Sara miró a su padre y luego a Miguel ― Si hubiese habido un solo hombre en la tienda en ese momento habría perdido la razón con verla. Lástima que Augusto estaba en el auto, el podría haber dado su opinión. ― agregó Sara pensativa, como si dijera en voz alta sus pensamientos.


― ¿En serio? ― preguntó Pedro mirando a su hija sumamente intrigado.


― Aja. Aunque sus zapatos no combinaban. ― se volteó hacia Nadia ― Abuela, tienen que comprarle unos zapatos lindos que combinen con dorado.


― Oh si, lo haremos. Es más, iremos las tres al salón y nos la pasaremos súper, princesa.


Algunos empezaron a hablar sobre si Paula debía ir o no, mientras que otros ya hacían planes para la inminente cena.


Pedro participaba en la conversación con Carlos y los demás, pero no apartaba un ojo de Paula. Había dejado de comer y se veía enferma.


― Paula, ¿te encuentras bien?


Sus miradas cruzaron y vio algo que no supo definir. La vio agitar la cabeza y levantarse.


― Creo que después de todo, aún no me he recuperado. Si me disculpan, iré a descansar un rato.


Nadia, que estaba a su lado, la tomó ambas manos entre las suyas.


― Oh cielo, si sientes que te estamos presionando…


― No, no, para nada. ― agregó rápidamente Paula ― En realidad me encantaría ir. Gracias por pensar en mí. ― premió a Nadia, y la mujer sonrió victoriosa.


― Perfecto, después vemos los detalles.


Paula salió del comedor y se fue por la puerta principal.


Sentía que se ahogaba de sensaciones en el comedor. 


Ahora no había marcha atrás. Se sintió sucia y asqueada.


Pero entonces recordó las fotos.


Y cerró los ojos.


Empezó a caminar alrededor de la casa, solo porque sí. 


Necesitaba el aire azotar contra su cabello, su piel, para recordarle que estaba viva. Alzó la vista y se encontró con la cámara de vigilancia. Entonces decidió ir a visitar a Leandro.


Lo encontró en su posición favorita, observando las cámaras con vista de aburrimiento. Sabía que aquél trabajo era poco para alguien como él, pero ahora mismo agradecía su paciencia. Emitió un profundo suspiro y aquello atrajo la atención de Leandro.


― ¿Cómo estas? Me enteré por Mariana que estabas enferma.


Deseó poder contarle lo que le aquejaba. Tener un aliado, pero sabía que si lo hacía, y Rafael se enteraba, nada de su sacrificio habría valido la pena.


― Sólo algo que me cayó mal, nada más.


Leandro la observó detenidamente y ahora, lentamente la observó con escrutinio, Alzó ambas cejas asombrado y pasmado.


― ¿No estas embarazada, verdad?


Paula chilló su nombre y le fue a dar un buen golpe en el hombro derecho y se quedó mirándolo con furia.


― Oye, que yo sepa, puede ser una posibilidad ― alegó, tallándose donde había recibido el impacto.


― Créeme Leandro, no lo estoy.


― Bueno, pero si estás, por favor, que se parezca al padre, el mundo no está preparado para una mini tú.


― Yo igual te quiero.


Había pesar en sus palabras. La tristeza de algo que jamás conocería. Nadie sabía de su esterilidad y eso debería de seguir así.


― Bueno, pero si sabes con tu sorpresa de nueve meses, no te sorprendas.


Paula curvó su labio superior en un intento de sonreír, pero fracasó. Miró el piso y jugó con su chaqueta.


― Lean, ¿te puedo pedir algo?


― ¿Eh?


Cuando Paula alzó la mirada, y vio la mirada de shock de Leandro supo que él había logrado ver una parte de la lucha interna que se desarrollaba dentro de sí. Alzó las manos, quitándole importancia, como si hablara de cosas insubstanciales.


― Son cosas mías. Ando en mis días. Sólo que si renuncio, o me voy o lo que sea que pase, prométeme que te quedarás con los Alfonso hasta que veas que todo esta bien.


― A ver, aquí nos detenemos, ¿Qué está pasando?


― Esto no va a durar Lean. –- al ver la cara de su viejo amigo de que no entendía absolutamente nada especificó ― Lo mío con Alfonso, yo lo sé, pero él no. No estoy hecha para esto. Y si me voy, me sentiría aliviada de que tú sigues aquí, hasta que encuentres un remplazo de confianza. ― Y no era una mentira. Al menos no del todo.


Se hizo un silencio eterno. Entonces Leandro se alzó y acercó su rostro al de ella, quedando a solos milímetros.


― ¿Segura que no estas embarazada? ― Paula le dio un pisotón muy fuerte con la bota y restregó el zapato sobre el pie de Leandro, después de sentarse, gritar y mimarse su pie, Leandro le sacó la lengua. ― Bueno, es que esas cosas que me dices… pero vale, lo prometo.


― Gracias Lean.


Salió antes de golpearlo, o terminar diciéndole la verdad. Las dos eran opciones tentadoras. Fue directamente a la casa de la piscina, quizás una siesta le sentaría mejor, pero al llegar a la puerta de su casa, supo que haría un cambio de planes. 


Pedro la estaba esperando en una de las tumbonas de la alberca.


― Me dejaste preocupado.


Paula lo miró y después miró automáticamente hacia la casa grande.


― No deberías estar aquí.


― Les dije que vendría a verte, como una de mis subordinadas, me preocupo por ti. Eso no le extraña a nadie. Incluso cuando Augusto se enferma, me gusta ver como va.


― Estoy bien. Sólo necesitaba un poco de aire.


― Paula, sobre lo de asistir a la cena, si no quieres ir, puedes decírmelo.


Ahí estaba la vía de escape que necesitaba. De la que podría salir con vida y con el corazón integro, pero había hecho un pacto con Rafael. Pensó en las fotos, y en las otras de las que habló. No podía dejar que Pedro pagara por aquello.


― En realidad, no sé que pensar de esa cena.


Pedro tomó la manija y abrió la puerta dándole primero el paso a ella como todo caballero y cerrándola detrás de ella. 


La obligó a sentarse en el sillón y a alzar los pies sobre la
mesa de centro. Paula tuvo un pequeño pensamiento hacia Jaime, que de seguro daría un grito en el cielo al verla en aquella postura.


Para mantener las apariencias, Pedro se sentó en el otro sillón frente a ella.


― Al menos puedes sacar ese vestido que hará perder la razón a cualquier hombre. ― agregó entre broma y curiosidad.


― Eso lo dijo Sara, no yo.


― ¿Lo puedo ver?


Paula se trago una carcajada al ver los ojos de Pedro. Cómo lo iba a extrañar.


― No, hasta el día de la cena.


― Al menos dime que es decente, y que no tiene un escote en que se ven tus… tus… ― sus manos viajaban hacia su pecho, pero se quedaba atorado con la palabra en la boca, pero por la línea de visión, Paula entendió de que iba.


― Pechos, Pedro, se llaman pechos.


Dejando caer las manos en sus piernas, la miró sarcásticamente.


― Sí, lo sé, pero excepto que sea cuando los dos estemos desnudos, y haciendo cosas interesantes, no me siento a gusto hablando de tu anatomía.


― Siéntete tranquilo Pedro, no se me ven los pechos. ― Aunque recordó el vestido y la única vez que se lo había puesto, y ciertamente, no se le veían los pechos pero si otra cosa, pero se guardaría esa información para sí misma.


Una, porque no quería salir de compras con Nadia. Dios, aquella vez en Rodeo había sido suficiente, y segunda, porque ese día quería impresionar a Pedro, y que la recordara hermosa y radiante.


― Bien ― contestó satisfecho Pedro y sonrió ― Así no tendré que domar a ningún hombre que quiera ponerte las manos encima


Ella sonrió, bebiendo de su presencia. Quería aventarse sobre él y comerlo a besos y hacerle el amor hasta que ninguno de los dos recordara su nombre.


“Te amo, Pedro Alfonso”, pensó Paula, “como quizás nunca he amado a nadie”.


Pero sería tan egoísta decirle esas palabras cuando dentro de dos días, ella lo abandonaría.


Pedro se fue a los pocos minutos dejando a Paula sola con sus pensamientos. Como no tenían nada planeado, se quitó la chaqueta y se echó sobre la cama sin más. El sonido de su celular la levantó y cuando alzó la mirada por la ventana se dio cuenta de que había anochecido y ella ni enterada. 


Jamás se tomaba largas siestas, ni perdía la noción del tiempo. Saltó hacia donde había dejado la chamarra y contestó el teléfono.


― Chaves


― Felicidades querida, Parece ser que estás avanzando más rápido de lo que esperaba.


Y la llamada se cortó.


Se quedó paralizada con el celular en el oído. Rafael sabía que iba a ir a la cena. ¿Pero cómo pudo…?


Entonces su sospecha se confirmó.


Después de todo, sí había un topo dentro de la casa Alfonso, y ese mismo, había hablado con Rafael.