domingo, 14 de junio de 2015

CAPITULO 61






Paula le dio una palmada al administrador del Parque. Todos estaban haciendo un gran trabajo, contiendo a la prensa y ocupándose de pequeños alborotos.


― Muchas gracias por todo.


― Un placer, Señorita Chaves. Estamos encantados de que el Sr. Alfonso haya decidido este lugar para su campaña.


― Sí, una gran idea. ― Una idea que era suya, pero se mordió para no decirlo.


El hombre la miró embobado, le dio la mano y la siguió mirando.


― Es un placer señorita Chaves. Lo que guste, señorita.


Paula estiró los labios y los apretó. Esperó a que el hombre se hubiera ido y entonces dejó salir un largo suspiro.


― Es un placer Señorita Chaves, ― canturrearon a sus espaldas. Paula vio a Miguel moviendo las caderas y aleteando los ojos.


Paula agitó la cabeza de un lado a otro, sonriendo.


― Eres un idiota Miguel.


― Y tú una ciega. Ese chico te comía con los ojos.


― No es cierto. ― alegó rápidamente.


Miguel alzó los brazos al cielo pidiendo ayuda divina.


― A veces me pregunto si sabes que eres una mujer… Por Dios, pareces un bimbillo con esa ropa.


Paula miró hacia sus ropas. Aquél día todos habían decidido llevar ropa deportiva y casual para poder mezclarse con la gente. Ella llevaba unos pants azules con rayas blancas a los lados y una blusa blanca con mangas cortas pegada a su cuerpo. Atada a su cintura llevaba una sudadera y escondida en ella llevaba la caja para el audífono que conectaba a todos los agentes, y en el bolso trasero de la chamarra, llevaba la radio que los del parque le habían proporcionado.


 Su cabellera la llevaba como siempre, alzada en una coleta, y no llevaba nada de maquillaje. Ni siquiera se había puesto perfume. El único accesorio que llevaba era el que todos tenían, un botón que decía “Alfonso”. Vio que Miguel también tenía uno.


― Es una simple ropa deportiva, Miguel. Y no me gusta que me digan bimbillo, nena, o muñeca. Ya he escuchado mucho de ello. ― Entonces miró a derredor y frunció el ceño ― ¿Y Nadia? La vi contigo hace unos segundos.


Con un frunce de labios, Miguel contestó.


― Se quedó platicando de los viejos tiempos con Anderson. ― contestó señalando hacia un claro, donde Nadia estaba con el Senador.


A Paula el tono de sarcasmo no se le pasó desapercibido, y pensó que era hora de ponerse en acción. Un empujón no le caería nada mal.


― Es guapo. ― comentó


― Es mucho más viejo que yo. ― debatió Miguel indignado.


Ania se giró y lo miró como si en verdad estuviera interesada.


― ¿Y qué? Eso le da atractivo.


― Ja, atractivo mis… ― al ver la gente cerca, se acercó más a ella y habló con tono mas calmado ―… canas. Es demasiado serio para ella. Conozco a ambos desde hace tiempo, y sé que no harían buena pareja, si es lo que estás pensando.


Paula era mala para dar rodeos a las cosas, así que decidió ir por todo.


― Deberías decirle que la quieres.


― ¿De que hablas?


― No te hagas, se te nota en la cara a miles de lenguas.


― No sé de qué hablas.


Ahora fue el turno de ella de alzar las manos al cielo.


― Vale, pues allá tú, pero yo que tú me pondría las pilas, o te bajan a la chica Miguel. He aprendido que la vida da segundas oportunidades Miguel, y que sólo depende de uno, aprender a ser feliz. ― se contuvo de mirar hacia donde sabía estaba Pedro, pero Miguel podía seguir la dirección de su mirada y ella no quería arriesgarse. Vivir así le estaba cansando, pero las elecciones estaban cerca, y con ello el final de sus problemas, y el inicio de su sufrimiento. Intentó sonreírle a Miguel y tratar de infundirle ánimos. ― El que no arriesga…


― No gana ― terminó Miguel y miró hacia donde Nadia ― Veremos si tienes razón. Gracias Señorita Chaves ― agregó con el mismo tonó meloso y exagerado con el que se había acercado.


Paula le dio un golpe en un brazo y después un beso en la mejilla.


― Ánimo Miguel.


Vio a Miguel caminar hacia Nadia, pero éste se detuvo dos veces, siempre para mirarla por lo que Paula alzaba los pulgares hacia arriba, y él volvía a la marcha. El resto dependía solamente de él.


El sonido de su nombre por la espalda le hizo perder a Miguel de vista y mirar hacia la culpable de gritar su nombre a los cuatro vientos.


― ¡Pau!


Jorge, Marla y el pequeño Samuel caminaban hacia ella. 


Marla cargando a su guapo hijo y Jorge con la pañalera, el portabebé y varias bolsas más. Paula se tuvo que aguantar la risa y mejor fue en su auxilio.


― Me alegra que hayan venido. ― dijo mientras tomaba algunas cosas de Jorge y saludaba a todos con besos en la mejilla.


― ¿En verdad crees que me lo iba a perder? ― Marla cambió a Samuel al otro lado de la cadera y miró a todos lados encantada de ver a tanta celebridades y gente importante ― Incluso hice a Jorge que fuera a comprar ropa adecuada.


Paula sonrió. Miró las ropas que llevaban, deportiva, casual, pero no tan informal, y sonrió al ver que también llevaban su botón de campaña. Jorge era de lo peor comprando así que sólo había una opción.


― Y de seguro, te dijo que el se quedaría con Samuel y que tú fueras a hacer esas cosas de mujeres.


― Se ve que lo conoces.


― Sigo aquí, por si lo han olvidado.


Paula miró a Jorge asombrada de los años que habían pasado. Era la única familia que le quedaba. Miró entonces al bebé y su corazón se oprimió. Pensar en el viejo Samuel aún era doloroso y ahora más que nunca. Larry y ella seguían buscando más pistas, pero por el momento nada.


― Pau, ayúdame con el bebé, en lo que Jorge y yo encontramos donde ponernos.


Marla no le dio opción de contestar y le pasó al bebé. Paula al principio no supo que hacer, pero por instinto se acomodó al bebé entre sus brazos. Jorge y Marla mientras buscaron un lugar en el verde pasto para poder extender su manta y hacer un picnic. Ella los siguió con el bebé en brazos. 


Sammy la miró bostezando y haciendo gorgoritos. Era una bolita de calor e inocencia. Jamás había dado un pensamiento en el hecho de que no podría ser madre, pero al tener a Sammy entre sus brazos, le hizo preguntar si Rafael no le había quitado más de lo que pensaba y por primera vez en su vida, se preguntó que sería ser madre.


― Hola campeón. ― Le hizo cosquillas en la barriguita ― ¿Dando guerra a tus padres? Cuando crezcas seré tu tía favorita, ya lo verás. Te daré los recuerdos más suculentos de tu padre, como aquella vez se graduó de la Academia y terminó…


Unos brazos se acercaron y le taparon la boca.


― Hey, hey, devuélveme a mi hijo, corruptora de menores.


Le dio un beso en la mejilla a Paula y la miró con ojos taciturnos.


― Aún sigo esperando a que me cuentes de que va lo de hace días. Incluso le hablé a Leandro, pero ese me dejó con más preguntas que respuestas.


Pero se ahorró la respuesta al oír una voz detrás de ella.


― ¿Oí mi bello nombre?


Marla se acercó a ellos y abrazó a su esposo de la cintura.


― Sí claro, de bello no tiene nada. Bien podrían decir “Lucifer” y sería sinónimo.


― Sí claro, lo que pasa es que estás celosa. ― Volteó hacia Paula pero no la saludó. Paula esperó a que nadie se diera cuenta de su distanciamiento. Se acercó al bebé. ― Chico, tú y yo seremos grandes amigos. Te contaré la vez en que tú padre se graduó de la Academia y… ― Leandro se calló al sentir un gran golpe en las costillas. Miró a Jorge y luego al bebé ― Vale, pero algún día te lo diré. Bueno gente, nos vemos, voy a dar una vuelta.


Se despidió rápidamente y se fue. Paula pensó que ya estaba harta de aquello y disculpándose, se fue detrás de Leandro.


― Leandro, espera. ― gritó y cuando lo alcanzó le tomó de una mano, acomodando de manera maestra a Sammy ― Leandro, escúchame. ¿Seguimos enojados?


Leandro se dio la vuelta y miró a Paula con el bebé. Cómo viejo amigo, sabía lo que Paula había pasado durante su juventud y parte de su infancia. Sabía que merecía un poco de felicidad, pero también sabía que nada bueno podía salir de esa relación. Pero ella era una mujer hecha y derecha, y el no era su niñera. Sonrió y agitó su cabeza.


― No puedo estarlo contigo, ya lo sabes.


― Lo siento, todo esto. ― susurró Paula.


― Te has enfrentado a mi furia y no diste marcha atrás, eso sólo puede ser una cosa ― hizo una pausa melodramática, alzó una mano y le acarició la mejilla ― Sólo quiero que te seas feliz nena, pero tienes que tener cuidado.


― Gracias Lean. ― contestó sonriéndole verdaderamente como no lo había hecho en días ― Y odio que me digas nena.


Leandro le sacó la lengua y empezó a caminar.


― Lo sé, pero con Sammy en brazos no puedes patearme el trasero.


― Ahora. ― gritó cuando vio que se había alejado lo suficiente.


Regresó con sus amigos haciéndole cariñitos a Sammy. Jorge y Marla ya habían desempacado sus cosas y estaban acomodándolas en la manta de cuadros rojos.


― Lo siento, Leandro y yo teníamos asuntos pendientes.


Marla se levantó y se quitó las arrugas de su falda.


― Ese hombre lo que le falta es mujer. Una buena chica con los pies en la tierra y será hombre nuevo. Lástima que Maite no haya venido, si lo digo yo que…


― Paula, aún no me has presentado a tus amigos.


Dándose la vuelta, miró a Pedro y se deleitó por unos segundos de su beldad. Vestía unos pantalones color caqui y una camisa suéter beige que le quedaba justa que marcaba su ancho y musculoso pecho. Sonrió y se hizo a un lado para darle paso a los Torres.


― Alfonso, te presento a Jorge Torres.


Jorge sonrió y le tendió la mano.


― Un placer.


― El placer es todo mío.


Después, acomodándose a Sammy, señaló a la madre.



― Y ella es Marla, la esposa de Jorge.


Marla no dijo nada, solo se lo quedó mirando fijamente, embobada.


― Ajá…


Jorge fue al rescate de su esposa y la tomó de la cintura.


― Ven aquí mujer, vas a hacer el tonto.


Todos sonrieron y Paula entonces alzó al bebé.


― Y este es el pequeño Samuel .


― Un placer.


Pedro tomó la pequeña mano con dos dedos y la sacudió. 


Samuel se molestó y arrugó la frente, deseando dormir más. 


Lo primero que había molestado de manera sobrehumana a Pedro había sido mirar hacia Paula y ver que Leandro le estaba acariciando la mejilla. Casi gruñe frente al grupo de personas con quienes estaba en ese momento. Lo segundo que había sorprendido a Pedro había sido ver a Paula con un bebé en brazos. Aquella figura, cambiaba todo lo conocido en ella. Parecía tan feliz.


“No puedo tener hijos, Pedro”.


Había apretado con fuerza los puños al acercarse. Rafael Hunder tenía tantas cosas por las cuáles responder, pero no podía sacar nada a la luz. Si lo hacía, Paula sería la primera víctima. Cualquier otro habría usado aquella información como un arma para destruir a su contrincante, pero Pedro no deseaba ni quería utilizarla.


El bebé hizo muecas haciendo sonreír a ambos, y por unos instantes, compartieron una mirada fugaz, y Pedro vio en ella solo una fracción de segundo el dolor de una pérdida. 


Deseo estar a solas con ella, y borrar aquella mirada.


― Puedo decir, Sr. Alfonso, que su política hacia inmigrantes me parece sensacional. ― habló Jorge atrayendo la atención de ambos.


― Pedro por favor. Sr. Alfonso me hace sentir viejo. ― pidió el candidato.


Empezaron a hablar de política, cosa que Paula y a Marla le aburría, pero gracias al cielo, su radio sonó. Pidió a Marla que se la pasase y se la colocara en la oreja.


― Chaves… Ok, voy para allá. ― Miró a Marla y luego a los hombres. ― Vamos Marla, dejemos a estos chicos solos un rato.


No esperaron respuesta, y no la tuvieron, porque los hombres ya estaban enfrascados en la conversación. Paula y Marla caminaron hacia donde estaban un grupo de niños y agentes de seguridad tanto suyos como del parque.


― ¿Qué ha pasado? ― preguntó Marla preocupada.


― N.A.A.E.


― ¿Naae?


― Sí, Niños Aburridos Al Extremo. ― llegaron hacia el grupo y vio a las cabecillas del complot en medio ― Sara, ¿Qué pasa?


Sara la miró sorprendida, abría y cerraba los ojos confundida.


― Te ves rara con un bebé en brazos.


Paula sonrió y decidió darle el bebé a Marla. Entonces se inclinó hasta quedar a su altura.


― No te acostumbres. Ahora qué pasa para que molesten a los de seguridad.


Sara puso sus ojitos de borrego a medio morir, brillando y mirándola.


― Queremos jugar.


Oyó varias risillas y vio caras de molestia de parte de algunos adultos, pero a ella no le importó.


― ¿Jugar? ¿Jugar a qué?


Clarisse apareció tomando bocanadas de aire y soplándose como loca. Matt venía detrás de ella.


― Paula, ¿Qué rayos pasa?


― ¿También te hablaron? Resulta que los chicos están “aburridos”.


Clarisse fulminó con la mirada a todos los chicos. Parecía una tía de portada de revista para caballero, pero cuando se enojaba, Godzilla se quedaba atrás.


― ¡Pequeñas alborotadoras! Esto es para emergencias no para llamar a las mamás y decir: “Quiero jugar. Juguemos”.


― Estamos aburridas.


― Sí.


Oyó a Clarisse seguir regañando a las niñas y niños, pero ella había quedado atrapada en la parte de “llamar a las mamás”. Había sentido algo cálido en su interior al oír eso. 


Entonces recapacitó, y sacudió la cabeza. Se interpuso entre Clarisse y las niñas.


― Bien, sé que podemos hacer. Primero iremos por tu padre.


Al regresar a donde Pedro, lo observó hablando entretenidamente de béisbol con Jorge. Era increíble lo que hace el deporte con dos extraños: los convierte en los mejores amigos del mundo. Uno decía que Mark McGwire era una leyenda viva, logrando 70 home runs en una sola temporada. Pedro defendía a un tal Reggie Jackson que había ganado cuatro series mundiales. Y ella sólo pudo pensar ¿Y a mí que rayos me importa? Se acercó y le dio golpecitos en la espalda a ambos.


― Vamos niños, vamos, sepárense, o nos dejaremos comer hamburguesa y comerán brócoli.


Los tres sonrieron de la pequeña broma.


― ¿Qué pasa? ― preguntó Pedro al ver a Sara.


Su hija le dio una sonrisa angelical y lo tomó de la mano.


― Que vamos a jugar.


Y así, de manera inesperada iniciaron una serie de juegos encabezados por Paula. El primero consistió en saltar dentro de sacos. Paula hizo que buscaran sacos y costales y les dio a cada participante uno, en categoría adulto y niño. Cuando tocó el turno de los niños, Sara hizo una demostración fascinante de su sobrecarga de adrenalina. Su padre, abuela, amigos y familia le gritaban para que siguiera. Se cayó una vez, y Pedro estuvo a punto de salir corriendo por ella, pero Paula le tomó de la mano y le indicó con la cabeza que esperara. Sara entonces se levantó y como si nada, volvió al juego, saltando y sonriendo. La pequeña ganó, y cuando salió del saco de tela, lo primero que hizo fue salir corriendo a su padre, que la levantó orgullosamente. 


Aquella, había sido una escena digna de ver.


Después hicieron un mini juego de béisbol en que no había reglas. Las mujeres hicieron trampa, los hombres fueron dominados por las hormonas, los niños por el chocolate y la comida, y todos pasaron un gran momento.


Al día siguiente, cuando los medios y la prensa hablaban de la forma tan poco usual del candidato Alfonso para recaudar fondos y realizar comidas, terminaban con la foto de Pedro cargando a Sara.


La comida había sido un éxito.




CAPITULO 60





La prensa y los medios se batían en un duelo de cámaras y micrófonos para tener acceso a la gente que llegaba.


― ¡Senador Anderson!… ¡Senador! ― Un hombre ya entrado en años, se volteó hacia la periodista ― ¿Qué opina de esta nueva forma de recaudar fondos, Senador?


― Que debió de ocurrírseme hace mucho tiempo. ― contestó sonriendo y haciendo que todos sonrieran. Saludó a la prensa y los demás y entró al Parque Griffith.


Contra todo pronóstico, y a pesar de que la prensa había estado detrás de los Alfonso, luego de su paseo en Rodeo, parecían haberlo olvidado todo con tal de ser partícipes de la comida de campaña del candidato Pedro Alfonso.


Cuando Paula le había platicado su idea, Pedro se había reído, pero luego lo había pensado mejor. Algo nuevo, innovador, y que desde luego iba con su política de no derrochar, aunque por el estado de cuentas que le había llegado de las compras de Rodeo, no estaba al cien por cien con la política, pero ver a Sara corriendo de una lado a otro con otras niñas lo hizo inmensamente feliz. Miró a su hija a lo lejos, ese día vestía un pantalón capri azul marino y una blusa blanca inmaculada que dejaba descubierto sus pequeños brazos delgados. Su cabello lo llevaba en una coleta baja y llevaba unos zapatitos que parecían encantarle.


 Desde la salida con Paula, había cambiado sus vestidos vaporosos por ropa adecuada para una niña de su edad. De un día a otro su hija había crecido.


No, se corrigió. Él no la había visto crecer. Ese era el cambio. Pero ahora no se perdía ningún momento. La pijamada había sido mejor de lo que había esperado, pero Jaime si que había sufrido, llevando helado y galletas a las niñas. Después más helado y comida. Después pastillas para el dolor de estómago. Mariana y Paula habían saboreado verlo yendo de un lado a otro, fuera de su elemento de tranquilidad.


Con las elecciones tan cerca, la tensión a veces lo abordaba por horas, pero no tanto como otras veces. Tenía a Sara, por primera vez en su vida, y la disfrutaba cada momento. Tenía a su madre, que lo mandaba a dormir como si tuviera cinco años y fuera un niño, cuando veía que pasaba todo el día en la oficina o no pegaba un ojo. Y por sobre todo, tenía a Paula, a escondidas (odiaba esa parte), pero la tenía. Reían, se abrazaban, hacían el amor, y platicaban de todo lo que podían platicar. Entre esas pláticas, ella le había relatado su idea de su comida.


― ¿Y por qué no rentas un parque? Hay muchísimos en Los Ángeles. Pueden asar carnes y hacer hamburguesas al carbón, que son cien veces más llenadora que esa comida de pollito que te dan siempre. Además, puedes socializar mejor con tus patrocinadores, y si es dado, con el pueblo mismo. La seguridad claro, será un poco extrema, pero valdría la pena. Además, así verían al gran padre y hombre de familia que eres.


Lo había pensando toda la noche, y al día siguiente le había dado su idea a Viviana, y después a Carlos, y habían aceptado. El había sugerido que escogieran el Parque Griffith, considerado una de los 100 monumentos más importantes de California. Además, tenía un aprecio especial a ese parque. Era donde Paula y él iban a correr la mayoría de las veces, y disfrutaban de su tranquilidad y soledad juntos, pero eso sí que no se lo dijo a ninguno de los dos asesores de campaña.


Era un parque enorme ubicado en el vecindario de Los Feliz.
 Tenía una extensión de 17 kilómetros cuadrados. A pesar de los incendios que había atravesado, habían logrado reconstruirlo y embellecerlo. Carlos por su parte, había accedido alabando el buen gusto de Pedro en la elección, aunque Carlos, siempre práctico, pensó en las atracciones que tenía el parque y que ahorrarían dinero si se iban a otro parque. El parque Griffith contaba con el zoológico de Los Ángeles, el Teatro Griego, el Observatorio Griffith y el planetario, el Museo del Oeste de América podían ver el anuncio de Hollywood desde lo alto del parque, la Fuente Memorial “William Mulholland”, y demasiadas cosas. Paula había dado en el clavo, pero aquello había quedado entre ellos dos. Si Carlos se enteraba, seguro no le haría tanta risa.


Vio a Octavio y a Mauricio a lo lejos. Leandro también estaba allí, junto con otros hombres y mujeres que iban “disfrazados” de ciudadanos corrientes. Todos ellos elegidos y recomendados por amigos de Paula y Leandro, y todos trabajando en conjunto con la seguridad del parque mismo.


― Alfonso.


Pedro se giró hacia el hombre maduro que lo hablaba. El Senador Anderson era un gran activista de obras de caridad, y era conocido por su actitud conservadora y buen juicio. 


Jamás se le había involucrado en un escándalo, y había sido un gran amigo del padre de Pedro, hasta su muerte. El hombre ya lucía su pelo plateado y las arrugas surcaban su rostro, pero tenía una vitalidad intrínseca de su alma. 


Pedro le tendió la mano y el hombre se la estrechó con fuerza. Justo como Pedro había esperado.


― Senador Anderson.


― Muchacho, déjame decirte que haz hecho una excelente elección. ― dijo alzando la mano derecha que llevaba una cerveza y señaló alrededor donde la gente reía, gritaba, y se pasaba un gran momento.


― Gracias Senador.


― Eres el chico del momento, no se te olvide. Además, mis nietas se lo están pasando muy bien. La tuya es un encanto


Pedro miro hacia las niñas, todas se habían reunido jugando, platicando. Vio a la hija de Clarisse y Matt Montgomery al lado de Sara, y a otro par de niñas yendo de una lado a otro, y a Leandro con un ojo de águila sobre ellas. Se preguntó donde estaría Paula, hacía casi media hora que no la veía por ningún lado. Volvió su atención al Senador.


― Tiene su genio, créame ― tal y como lo había demostrado al tener un altercado con la Sra. Perkins, quien ese día le había preparado un vestido blanco con azul y listones para la comida, que incluso Pedro se había sentido horrorizado al verlo. Sara siempre había sido tranquila, y quieta, pero ese día se había revelado, corriendo en su busca, y rogarle que le dejara usar la ropa que había comprado con Paula y la abuela. Pedro había mantenido una plática seria con la Sra. Perkins, y aunque se había dado cuenta de que no le había hecho gracia su orden, la había acatado. Es día llevaba pensando que quizás, era tiempo de jubilar a la Sra. Perkins…


― ¡¿Quien no lo tiene?! ― habló con ironía el hombre, después le pasó un brazo por los hombros ― Pero créeme Alfonso, cuando llegue a la adolescencia, entonces verás el verdadero genio de las mujeres.


Pedro sonrió y empezaron a hablar de la campaña. 


Caminaron de un lado a otro, saludando a gente importante, accionistas, empresarios, todos, con había asistido con su familia, y todos vestían sus ropas más informales y cómodas, aunque eso sí, de marca. También encontraban a gente que se había animado a unirse a su comida, ciudadanos normales que estaban encantados de poder codearse con la “realeza”.


― Pedro, Anderson.


Miguel se acercó a ellos con Nadia a su lado. Ese día, al menos no vestía su ropa de incógnita, y vestía una falda otoñal y una blusa con estampado floral en color café, con zapatos planos. Miguel, por su parte, llevaba un pantalón gris y una camisa polo azul.


― Clauser, tiempo sin verte. ― dijo y lo saludó con un fuere abrazo varonil.


― No se me olvida que me ganaste el último hoyo, Anderson. Tienes que darme la revancha.


El senador se volvió hacia Nadia sonriente, le tomó la mano y le depositó un beso caballeresco.


― Nadia, tan hermosa como siempre.


La aludida soltó una risa y sus mejillas se sonrojaron.


― Eres un donjuán Edward, pero te lo paso.


Pedro notó que Miguel puso cara de haber comido algo descompuesto. Pero perdió la atención de la conversación cuando sintió la mirada intensa de alguien sobre sí. Volteó para mirar a Paula a varios metros de distancia, hablando con un agente de seguridad. Le sonrió y ella le devolvió el gesto. Luego volvió hacia el hombre con el que hablaba y él regresó con su conversación.







CAPITULO 59





Cruzaron la verja de la residencia una hora más tarde de lo habitual. No habían llegado a estacionarse cuando Pedro salió de la nada y la detuvo en el coche.


Augusto se disculpó y se fue huyendo a la cocina.


― Larry me habló, dijo que estaba preocupado por ti. Te marqué y no contestaste.


Paula llevaba los papeles en la mano y se aferraba a ellos como un salvavidas. En otro momento Paula lo habría despachado y se habría largado a su habitación y enfrentarse a eso ella sola. Pero ahora, no podía hacerlo.


― Vamos a tu despacho. Hablaré con Larry en altavoz y tú puedes escuchar.


Entraron en la oficina y cerraron las puertas. Paula le explicó a Larry lo que tenían los papeles. Pedro le había tomado la mano un momento y le había dado un fuerte apretón, signo de su apoyo. Hablaron por varios minutos, evaluando la situación. Larry le contestó acerca de los avances que tenía con las fotos del accidente de su madre, pero Paula ahora tenía una muerte más que cargar. Samuel había sido el padre que jamás había tenido. La había amado por sobre todas las cosas, sin pedir nada a cambio. Solo le había dado. Su prematura muerte cinco años atrás les había caído de sorpresa a todos. Ahora algunas piezas parecían acomodarse, pero no de la manera que Paula hubiera querido. Casi al finalizar la llamada, cuando Larry le había sugerido que una vez que tuvieran pruebas para abrir la investigación de nuevo, dejarían las cosas en manos de las autoridades.


Paula había saltado contra el escritorio.


― Juro por Dios, que si esta muerte no fue natural, no habrá cielo, mar, o tierra que me detenga en cobrar venganza.


Y lo peor era, que ella tenía un solo nombre para el artífice de todo aquello.


Su padre.


Pero la cuestión era comprobarlo.



* * * * * * *


―…Y es por ello, ¡que California es para los californianos!
La gente se soltó a gritar. Rafael alzó las manos, saboreando la dulce y próxima victoria. Saludó a la gente que estaba cerca, y sentía los apretones de la pobre gente ilusa, que deseaba un mejor futuro. Pobres tontos, pensó Rafael.


Siguió saludando, mientras pensaba en la gran metida de pata que había hecho dos días atrás, con Paula y las mujeres. Se había dejado llevar por sus impulsos, y no había pensado. Había dado la orden y sus amigos la habían seguido. Pero no había contado con la astucia de Paula, la ineptitud de los hombres contratados, ni la reacción de la prensa. En vez de causar una mala impresión, ahora todo mundo estaba pendiente de Alfonso y eso había hecho que su popularidad hubiera subido dos puntos más cerca de él. 


Para colmo de males, la cuestión con Randall le había salido por la culata. Había querido desprestigiar a Paula, y su carta se había quemado. La Dra. Robin Gilmore, respetada terapeuta y psicóloga la había defendido a capa y espada, dejándolo a él en ridículo.


Ensanchó más la sonrisa, harto de aquello. Deseaba poder llegar a su casa, tomar un vaso de whiskey y quizás llamar a una de las chicas de Guillermo. Estaba de humor para una visita privada.


Vio por el rabillo a John acercarse, y le dio la espalda al público, hablándole al oído. Oyó lo que dijo y sus movimientos de saludos se detuvieron unos segundos, pero volvió a retomar con fuerza el saludo y se carcajeó, como si John hubiera dicho una broma.


― Y ahora mis queridos californianos, espero contar con su voto en las próximas elecciones. Gracias a todos por venir.


Siguió saludando pero salió rápidamente por detrás de la tarima. Caminó con fuerza sintiendo a sus guardaespaldas y a John detrás de él. Esperó hasta que estuvieran en la sala de juntas del hotel donde estaba dando su conferencia.


― ¿Quién te informó? ― preguntó Rafael caminando de un lado a otro.


― El señor D.


― ¡Maldito Larry! ¡Porque no dejó las cosas en paz!


― Y eso no es todo.


― ¿Es que hay más? ― gritó Rafael, pero John se quedó quieto, sin temer.


― Su hija ha ido a ver al hijo de Samuel Torres. Creemos que ha encontrado lo que buscaba.


― ¡Joder! Estoy rodeado de ineptos.


Se sentó en el sillón de la sala, pasándose la mano por su tersa cabellera. Entonces una voz, muy en su interior le habló.


“Concéntrate. Serénate. No cometas el mismo error dos veces”.


Lo sucedido en Rodeo no se podía repetir. Respiró con calma, calmando el rugido de la sangre en sus oídos. Las cosas aún no estaban perdidas, pero al paso en que Paula iba con su supuesta investigación, encontraría las cosas más rápido de lo que cantara un gallo. Tenía que deshacerse de ella. Pronto. Pero si lo iba a hacer sería con calma y paciencia.


Muerto el mal, acaban los problemas.


La parte derecha de sus labios se curvaron hacia arriba, y la tensión abandonó su cuerpo. Empezó a reír y luego a carcajearse. John lo observaba con una expresión insondable. Rafael se dio un golpe en la pierna y se levantó.


― Bien, tengo un plan.