lunes, 8 de junio de 2015
CAPITULO 41
Dejando a los chicos a cargo de todo, Paula bajó al lobby del hotel con una pequeña mochila en la cual tenía su ropa de entrenamiento y se fue directo a la sala de ejercicios. Se cambió en uno de los cuartos quitándose la ropa formas y cambiándola por unas mallas hasta las rodillas de lycra negra y un top pequeño también negro. Se quitó los zapatos y los cambió por unos cómodos tenis y fue directo al saco de arena. Su favorito.
Ese día tenía muchas cosas que descargar.
― “Yo confío en ella”. Idiota. ― Como un espejismo la cara de Pedro apareció en el saco y le dio un gran gancho al hígado. ― ¿Le niega las llamadas a su hija y aún así confía en ella? ― Dio una patada de media luna al saco y después dos más frontales ― “No Pedro, así tenía que ser”. ― Dijo Paula imitando la voz de arrastrada de Viviana de aquella noche. Podía recordar esas palabras con fuego ― ¿Pero qué estupidez es esa? ¡Por Dios! ¿Dónde quedó el orgullo de mujer? ― Dio un swing y después un crochet al saco ― ¿Y porque todos piensan con la entrepierna?
Siguió golpeando a la bolsa, agradeciendo que fuera una cosa y no alguien. Era como una visión de Grace Hart dándole golpes al saco, pero sin guantes. Después de varios minutos más, abrazó el saco cansada, con su piel sudada y algunas hebras de su pelo ya pegadas a su rostro. A pesar de haber descargado su energía en el costal no sentía alivio alguno.
Oír que Pedro confiaba en esa arpía, y que había comparado su confianza con la de Leandro había sido un golpe, uno directo y limpio. Ella confiaba en Lean con su vida, de la misma manera que en Jorge, y creer que alguien de esa manera implicaba muchas cosas. Él que Pedro confiara en Viviana de esa manera, que el mismo dijera eso…
Un pequeño ruido de pasos le hizo saber que no estaba sola, y en un segundo se giró con rapidez y fue hacia la toalla donde tenía la pistola escondida, pero no encontró nada. Se sentía vigilada pero no veía a nadie por ningún lado. Tomó la toalla y la pistola escondida y la sacó discretamente tomándola entre sus manos y caminando sutilmente. Escrutó la zona pero no vio a nadie. Llegó a un muro y asomó solo un poco pero tampoco vio nada, aunque la sensación no se iba. Trató de comportarse natural y fue hacia el saco por sus cosas, se inclinó para hacer tiempo fingiendo en amarrarse las agujetas de los tenis y entonces escuchó los pasos acercarse, cada vez más cerca, un poco más.
Se levantó de golpe y sacó el arma para encontrarse con una de las mucamas gritando. Paula bajó el arma rápidamente y la escondió detrás de su pantalón.
― Lo siento tanto, en verdad lo siento, pensé que era otra persona.
La mujer respiraba agitadamente, y Paula se acercó lentamente para poder ayudarla pero se detuvo al ver que la mujer había retrocedido unos pasos.
― Soy una agente de seguridad privada. Estoy trabajando ahora.
La mujer pareció calmarse, y Paula se sintió una tonta por su compartimiento. Todo estaba saliendo mal ese día. Fue por sus credenciales rápidamente y se las enseñó. La mujer se calmó visiblemente y Paula sonrió avergonzada.
― Lo siento mucho, estaba tensa y la confundí… Lo siento. ¿No vio a nadie extraño por aquí?
La mujer negó con la cabeza aún sin recuperarse del shock anterior. Paula fue por una botella de agua, la abrió y se la tendió. La mujer tomó un sorbo y después inhaló profundamente.
― Me ha dado un susto de los mil demonios. Sentí mi vida pasar por mis ojos en un segundo. ― Pero su tono era más de comicidad que otra cosa ― Y no, no vi a nadie extraño rondar por aquí. Sólo los de siempre, que son muchos, ¿sabe a lo que me refiero, no es así?
Paula asintió.
― Sí, lo siento mucho.
La mujer alzó la mano, restándole importancia.
― En realidad me acerqué porque la vi un poco… afanada con la pobre bolsa.
― Si, yo… ― se colocó la mano detrás de la cabeza, rascándosela ― Lo siento. Estoy un poco acalorada.
― Su novio metió la pata, ¿eh?
Paula frunció el ceño. ¿Novio?
― No, no… no es eso.
― Pues por como le pega al saco, no quisiera ser la persona de la que se esta acordando. ― Contestó la mucama sonriendo y dándole unas palmadas, parecía haberse recuperado muy bien del shock. ― Paula iba a volver a disculparse pero a mujer no la dejó ― No se preocupe, es mejor el saco que él. Pero no se preocupe, al final las reconciliaciones son las mejores.
― No es acerca de mi novio ni nada de eso. ― insistió Paula.
La mujer se acercó hasta quedar frente a frente con Paula y ahora fue el turno de ella para retroceder. La mujer tenía una mirada que le recordaba a alguien pero no daba con quien. Su ropa era sencilla y sin adornos, y llevaba unas toallas entre sus manos, como si viniera de hacer la limpieza de algún lugar. Se encogió al ver que la mujer alzaba la mano y le pellizcaba la mejilla cual niña de tres años.
― Niña, en tu mirada veo a una mujer celosa. Y si una mujer está celosa, primero tiene que estar enamorada. Enhorabuena, el amor es…
Dio un suspiro profundo y se dio la vuelta. Paula alzó la mano para detenerla pero la mujer seguía caminando como si nada.
― No, no, espere… yo no estoy… enamorada.
Pero la mujer ya se había marchado.
Eran casi las once de la noche cuando Paula regresó a la suite. Después de casi romper el saco y apalearlo hasta el cansancio había ido a nadar un poco y luego se había tomado una larga ducha. Durante la ducha había vuelto a tener la sensación de que alguien la espiaba pero aunque había buscado indicios de que alguien la estuviera vigilando no encontró nada. Quizás estaba volviéndose paranoica, pensó con sarcasmo. Una ducha caliente y su mente despejada le habían hecho comprender que quizás había abordado la situación mal y poco profesional. Una vez más se tendría que morder la lengua y pedir perdón por cabezota.
Se ajustó la camisa de botones al frente que llevaba, e introdujo una mano en el bolso del pantalón para entretenerse en algo.
El elevador se detuvo en la suite y pudo ver por el reflejo que Octavio se enderezó rápidamente pero al verla a ella se desinfló como un globo y bostezó, Paula se sintió un poco culpable de haberse tomado todas esas horas para ella y haber dejado a los chicos trabajando.
― Hola Octavio.
Éste la vio como si fuera su salvación y dejó salir un suspiro de alivio.
― Regresaste. Alfonso nos sacó a todos temprano. El tío está en verdad tiene genio que uy… ― comentó mientras agitaba su mano derecha.
― ¿Dónde está Mauricio? ― preguntó alarmada Paula mientras peleaba con la bolsa que llevaba colgando de su hombro.
― Alfonso lo corrió con elegancia.
― ¿Qué pasó?
― No lo sé. Primero fueron a la suite de la señorita Kaplan y cuando regresaron, Alfonso sacó a Mauricio y pidió un poco de privacidad.
Aunque Viviana no era santo de su devoción, pensó Paula, no se sentía cómoda sabiendo que era la culpable de ese roce entre ellos.
Mentira, susurró una voz.
Otra vez la guerra de sus conciencias. Luego las escucharía.
Miró a Octavio y le dio una palmada en la espalda.
― Dale, vete a descansar, mañana es el último día. Yo tomo el turno y me hago cargo ahora.
― Si hay alguien que puede domar a la fiera, esa eres tú mujer. Yo me largo a remojar mis pies, no tienes idea de la cantidad de pisotones que me dieron hoy.
Paula sonrió y se despidió de él, esperando a que entrara en la habitación al lado de la suite. Después se dio la vuelta y miró la puerta de la habitación. Pensó en las palabras de aquella mujer en el gimnasio…
Agitó la cabeza violentamente desechando sus tontas ideas.
Ella no estaba celosa y desde luego no estaba para nada, enamorada de nadie. Era ella sola y siempre sería así. Introdujo la llave electrónica y tecleó la contraseña de la suite pero cuando la puerta se abrió se quedó parada en el umbral. No había ninguna luz encendida en todo el lugar, y sólo la oscuridad reinaba en la habitación. No sintió ninguna sensación de peligro, pero dejó la mochila en la entrada y sacó a Lou detrás de su pantalón. Cerró la puerta sigilosamente y después avanzó con pasos contados hasta donde se acaba la pared. Vislumbró la habitación de Alfonso pero las puertas estaban cerradas y no había luz saliendo debajo de la puerta. Caminó lentamente, pensando en que nadie podría haber entrado con la seguridad del hotel o sin que Octavio o Mauricio se hubieran dado cuenta. De repente, una luz proveniente de la salita inundó el lugar y por reflejo, Paula apuntó hacia el objetivo.
― Bien, ya has llegado. ― contestó Alfonso y al ver que Paula le apuntaba frunció el ceño y le dijo ― Creo que te contraté para que hagas exactamente lo contrario a lo que haces ahora.
Paula bajó la pistola de jalón y se apoyó contra una columna que había cerca.
― Joder Alfonso, me has dado un susto de muerte.
Tratando de componerse del pequeño susto, dejó el arma en una repisa cercana y empezó a caminar hacia la entrada por su mochila, pero se encontró a Pedro en el camino.
― Vamos a hablar.
Ella no lo miró y dejó salir un suspiro de cansancio.
― Estoy cansada, y tengo sueño. Déjame en paz.
Volvió a tomar su camino pero Pedro tenía otros planes. Tomándola del brazo la detuvo y la jaló contra sí.
― Ahora te esperas.
― ¡Oye, suéltame! ― Paula forcejeaba pero Pedro no la dejaba ir. La fue arrinconando hasta llevarla contra la pared.
― ¿Qué pasa contigo?
― Nada, así que déjame en paz. ― Paula hablaba entre dientes.
― Pues algo te pasa, hasta antes de esa cena nos estábamos llevando bien, y de pronto, algo paso que me perdí y te volviste tan arisca como un gato. Ni siquiera me miras, y siempre andas con esas gafas oscuras. Las odio.
― Pues tú no te quedas atrás. Desde ese día me has tratado como si fuera una paria o algo así. Así que solo me he comportado del mismo modo que tú. Y ahora quiero irme a dormir.
Volvió a intentar zafarse pero Pedro la volvió a llevar contra la pared. Entonces pensó en un buen golpe en el tabique, pero desechó la idea.
― De aquí no te mueves hasta que dejemos las cosas claras. Si es por lo de los cambios de horario y los retrasos que hemos tenido, ya te pedí perdón. Carlos los hizo en última hora. ¿Qué quieres? ¿Qué me arrastre?
Paula ni siquiera se acordaba de aquello. Y era verdad, al principio se había enojado, pero no se había dado cuenta de que Pedro lo había notado. Pero el mismo Pedro le estaba dando una excusa para salir de ahí.
― Sería lindo verte hacerlo, pero no es eso. No me pasa nada.
― Nada, nada, nada… ¿Es que no sabes decir otra cosa?
― Sí, pero créeme, no creo que te guste.
― Vamos a trabajar juntos por los próximos tres meses más hasta las elecciones. Y hasta entonces me gustaría llevar la fiesta en paz.
― Pues ya te dije…
― ¡Maldición Paula! ¡No me mientas!
Paula jamás había visto a Pedro tan enfado como estaba en ese momento. Su rostro estaba a pocos centímetros de ella, podía ver su cabello despeinado como si se hubiera pasado la mano varias veces seguidas.
― Déjame en paz, Pedro ― susurró Paula ― Y si no te agrada mi compañía bien puedes buscar a Viviana. Confías en ella, ¿no es así?
Las manos que antes la habían tenido agarrada como unas garras la soltaron. Pedro dio un paso hacia atrás y agachó la cabeza.
― Lo cierto es… que ya no lo sé. ― Recordó la plática que había tenido con Viviana y la pequeña discusión que había seguido. Lo de Sara había sido una cosa, pero el que Viviana se le arrojara a los brazos había sido un shock ― No sé cuál fue la razón de Viviana de hacer lo que hizo con Sara, pero ya he hablado con ella. Creo que Viviana se estaba formando una idea errónea de las cosas. ― Alzó la mirada y la enfocó con la de Paula ― Paula, el día de la cena de caridad, yo…
Paula alzó la mano, para detenerlo. Pedro lo hizo, por cobardía a confesar que había besado a otra mujer.
― Mira Alfonso, me da igual si besas a un perro, no me interesa. Yo solo estoy aquí para evitar que no te metan un tiro. Eso es todo.
― ¿Nos viste?
― Ahora forma parte de mis pesadillas. ― Aprovechando la distracción, Paula salió de la cárcel humana e hizo una reverencia de la Edad media ― Y con tu permiso, tengo que irme a dormir.
― ¿Estás celosa?
Pedro había hablado mucho antes de entender lo que había dejado salir de su boca, pero cuando vio a Paula quedarse de piedra y darse la vuelta para pelear, sonrió.
― ¿¿¿Qué??? ¡No! ― Al ver que Pedro sonría Paula empezó a agitar las manos ― ¡No, no y no!
Pedro fue avanzando hasta ella y aunque ella era alta, como solo llevaba los zapatos bajos, Pedro le rebasaba un buen tramo, haciéndola alzar la cabeza para enfrentarlo.
― ¿A quien tratas de convencer?
― Déjame en paz, engreído…
Pedro la calló con un beso, posando su boca sobre la de ella, y degustando su sabor tan de ella. La sintió pelear contra él por lo que la soltó pero podía ver su excitación su mirada nublada por deseo. Un reflejo de la que sabía era la suya.
― No puedo tener distracciones. No debo tenerlas. Tengo que estar concentrado en la campaña, en mis discursos, no debería pensar en otra cosa que en eso. Debo comer y respirar solamente eso. Pero contigo… así como ahora, no puedo.
― Oye…― protestó Paula, medio enojada y medio excitada. Había algo más allá de la furia que ambos sentían y era el deseo
― Dime que no lo deseas Paula. ― El la seguía teniendo contra la pared, usando su enorme cuerpo como arma ― Dímelo.
El tono de Pedro exigía respuesta, y Paula podía dársela.
Miró su brazo y las soltó sin contemplaciones ni emociones.
Tenía que escapar de ese remolino de emociones. Si caía en él, no podría salir entera. Pero Pedro no se conformó. Con una mano la tomó de la barbilla y la obligó a mirarlo fijamente.
― A lo ojos.
― No te deseo ― repitió Paula casi robotizada.
Una descarada sonrisa pobló la boca de Pedro.
― Entonces no te molestará que haga un pequeño experimento.
― ¿Pero de que c…?
No le dio tiempo de terminar la frase. Pedro había ido por ella y por sus labios. Había forcejeado un par de segundos y cuando había tratado de emitir un grito Pedro había metido su lengua en su cueva, explorando, buscando por más. Sus manos, que antes habían estado golpeando el pecho de Alfonso, ahora se aferraban a su camisa y cuello para acercarlo a más, necesitando su contacto con ansias.
Fue Pedro una vez más quien rompió la unión y ya ambos respiraban agitadamente. Observó los labios de Paula hinchados y rojos, como fresas, tentándolo a ir por más.
― Ahora trata de mentir mejor la próxima vez. ― Ver a Paula mojarse con su lengua su labios hizo que su cuerpo estallara de deseo indómito. Pero tenía que aclarar un par de cosas ― Besé a Viviana, sí, pero sólo lo hice para comprobar si mi falta de encuentros sexuales me había dañado tanto que cuando nos habíamos dado ese pequeño beso en tu casa, había sido producto de mi sequía.
― ¿Y? ― preguntó Paula deseando con todas sus fuerzas oír la respuesta.
― Y no es producto de mi imaginación. Eres tú. ― Las últimas palabras fueron solo un susurro audible solo para ella. Se inclinó y empezó a dejar caer besos calientes en la curva de su cuello.
― No lo hagas Alfonso. ― La poca razón que le quedaba le gritaba que se alejara, pero los besos de Pedro la derretían en cada huella que dejaba.
Oír su nombre salir de los labios de Pedro la marcó. Se arrepentiría luego de lo que iba a hacer pero no podía negarse. La maldita carne era demasiado débil.
― Tú representas todo lo que yo odio ― Sintió a Pedro detenerse en su lluvia de besos pero ella prosiguió ― y de lo que he huido toda mi vida. Aunque tú no eres mi padre, ni nada que ver con él, quieres el mismo estilo de vida que yo he negado todos estos años. No hay futuro en esto. Solo hay el presente. El ahora.
Pedro alzó la cabeza para poder mirarla. Sus ojos cafés habían tomado un color dorado, como whiskey añejo, el mejor de su clase. Deseaba tanto poder saborearla.
― El ahora sirve. El ahora es lo mejor que tenemos.
Paula apretó los labios ahogando cualquier respuesta que pudiera romper con el encanto. En vez de eso, lo tomó de cabeza y acerco sus labios a los de él. Al principio lento, pero como un incendio, el fuego los fue consumiendo, ardiendo llamas de pasión entre ambos. Paula invirtió la posición y puso a Pedro contra la pared ahora, mientras que el batallaba por sacarle la camisa de los pantalones y cuando por fin logro su objetivo, pudo deslizar su mano caliente ascendiendo por la espalda de Paula. Ésta gemía pidiendo más y Pedro sentía su miembro tan rígido que pedía salir de su prisión, pero el sabor de Paula y poder deleitarse con su cuerpo mitigaban los gritos de su cuerpo.
Dándose contra la pared y cambiando de posición a cada rato, Pedro la empezó a llevar a su habitación. Entonces Paula abrió los ojos y rompió el beso.
― No, a tu habitación no. Vamos a la otra.
Pedro ya estaba listo para protestar pero Paula lo besó ahogando su protesta y ahora fue ella quien lo llevó hasta la habitación de huéspedes que tenía la suite y en donde Paula dormía. Pedro logró al fin desabotonar la camisa que Paula llevaba puesta y la deslizó por sus esbeltos hombros, y casi se infarta cuando ve que no llevaba sujetador. Se quedó admirando su cuerpo y pensó que era sólo el comienzo.
Paula se dio cuenta de su pregunta y sonrojada contestó.
― Fui a entrenar, y tomé una ducha abajo.
Pedro no contestó sino que se inclinó para besarle el hueco en su clavícula y bajó un centímetro para besar su esternón. Sintió los dedos de Paula entre su cabello apretándolo contra ella y no pudo evitar sonreír.
― Joder Pedro, no te rías y deja de torturarme.
La entre queja y súplica de Paula lo hizo carcajearse pero fue primero por un pecho y se deleitó con él, olía a jabón y a lluvia. Nada de perfumes caros o cremas sólo ella. Jugó con el pequeño pezón y odió que todo estuviera oscuro, y a pesar de que sus ojos se habían acostumbrado a la negrura, no era lo mismo que tener la luz de las velas bañando su cuerpo. Deseaba tanto verla, pero ya habría más ocasiones para ello. Además, la oscuridad elevaba los sentidos, el oído estaba al tanto de sus gemidos y de su respiración agitada, y su tacto estaba sensible al roce de su piel satinada. Llegaron a la habitación de Paula pero se quedaron unos segundos contra la puerta, incapaces de separarse, sino pidiendo más.
Fue hacía los botones del pantalón de Paula pero no encontró ninguno. Buscó tanteando por todos lados pero no encontró nada. Joder, lo que le faltaba en esos momentos.
Se separó y la miró en la oscuridad.
― Oh cielos, quítate esa cosa.
Ahora fue el turno de Paula de sonreír y buscó el cierre invisible en la parte trasera y lo bajó. En cuanto lo empezó a bajar sintió las manos de Pedro apurando el paso. Pero ella lo detuvo.
― Ahora te toca a ti, vaquero.
Pedro alzó una ceja pero se quitó rápidamente la camisa y fue hacia ella, y la llevó hasta la cama, donde la acostó y le sacó los pantalones por sus piernas y se preguntó fugazmente desde cuando se había quitado los zapatos, pero al ver la diminuta braguita olvidó toda razón. Se acostó sobre de ella y gimió al sentir su piel rozar contra la suya.
Paula posó una mano sobre su pecho y jugó con el vello de su pecho mientras Pedro la besaba violentamente. Entonces sintió una mano empezar a quitarle el sujetador de cabello y no pudo evitar tensarse. Supo que Pedro también lo notó ya que se detuvo.
― ¿Pasa algo?
Paula tragó con dificultad. Demasiados recuerdos dolorosos, pero en aquél momento no quería pensar en ello. Algunas cicatrices de aquel día eran pequeñas y casi imperceptibles al tacto, mientras que otras como la de su cabellera eran tangibles, pero no quería arruinar ese momento. Sacudió la cabeza negativamente y le contestó que no. Pedro no se oía muy seguro y le volvió a preguntar con ternura. Paula sintió unas tontas ganas de llorar, por su gesto y volvió a negar, y para callarlo lo tomó de la mejilla y se acercó para besarlo.
Sus lenguas danzaron y cuando su cabello quedó liberado, Pedro empezó a jugar con él.
― Dios, he deseado hacer esto desde hace mucho tiempo. ― Su mano empezó a jugar con mechones de su pelo, acariciándola con ternura, como un artista a su obra maestra ― Parece seda.
Ninguno de los dos agregó nada más. Pedro deslizó la otra mano dentro de su ropa interior y jugó con su intimidad arrancándole gemidos y acallándola con su propia boca. Sus dedos se movían atentos a la respuesta del cuerpo de su víctima. Con el cuerpo de Alfonso pegado al suyo, Paula podía sentir su erección contra su pierna, y de una manera casi primitiva se moría por sentirlo dentro suyo. Fue entonces a desabrochar el cinturón de Alfonso pero no pudo, y frunció el ceño. Después de batallar, al fin logró desabrochar el cinturón y fue por los botones y el cierre pero Pedro la detuvo tomando su mano.
― Por dios Alfonso, quítate los pantalones ya o te disparo.
― No tienes la pistola a la mano.
― La iría a buscar sólo por esto.
A pesar de estar oscuro, Paula podía sentir sus labios curvarse contra su piel. Se estaba riendo el desgraciado.
― Creo que sería algo encantador verte solo en ropa interior y apuntándome con una pistola.
― Te diría que tus fetiches los dejaríamos para otro día, pero en estos momentos si no te quitas esos benditos pantalones tu fantasía se hará realidad.
Oyó la risa de Pedro y sin saber porqué ella también acabo riendo. Pedro se quitó los pantalones en un santiamén y Paula casi grita cuando sintió su firme miembro contra su cuerpo. Era justo lo que necesitaba. Y esa noche se sentía atrevida y salvaje, como nunca lo había sido. Posó una mano en su pecho y fue bajando siguiendo el camino de su vello hasta llegar a su miembro y lo tomó entre sus manos.
Oyó a Pedro sisear y luego soltar el aire muy lentamente.
Sonrió y levantó su cabeza hasta rozar su oído.
― La venganza es tan dulce ― dijo en un susurro y después le mordió el lóbulo al mismo tiempo que bombeaba su miembro y besaba la curva de su cuello y su pecho. Pedro gruñó fuertemente y Paula se sintió poderosa, pero aún así lo calló.
― Shuuu… no podemos hacer ruido.
― A. La. Mierda. Todos. ― Paula sonrió. El pobre no era capaz de formar la frase completa, sino que pausaba cada rato. Entonces sintió la mano de Pedro sobre la suya deteniéndola ― Y. Tu. Deja. Eso.
― ¿Seguro? ― preguntó Paula mientras apretaba.
Pedro le alzó la mano hasta arriba de su cabeza y con una orden silenciosa le ordenó que las dejase así. Ella obedeció y sintió a Pedro vagar por su cuerpo, su cuello primero, después sus pechos prestando atención en sus pezones suplicantes, bajando por su abdomen y en su barriga y sintió ambas manos bajándole las braguitas, ella alzó su cuerpo para facilitarle el trabajo y al fin quedaron completamente desnudos. Pedro tomó una pierna en el aire y empezó a besarle y a descender… y a descender. Pedro sonrió pero después se quedó rígido.
― Joder. Protección.
Paula curvó su pecho y se acercó a él, necesitándolo.
― No es necesaria. Yo…
Pero se calló y no siguió. Pedro terminó la frase por ella.
― ¿Tomas precauciones?
― Sí. ― Oyó a Pedro agradecer a todos los santos y bajó pero Paula ya no podía aguantar más. Lo necesita a él. Con desesperación. ― No, necesito… ― Paula también era incapaz de formular una oración coherente ― Quiero esto, ya, rápido.
Pedro ya estaba en su cadera marcando su huella con sus besos y sonrió.
― Entonces pídemelo. ― Vamos Paula, pídemelo.
― Pedro Alfonso, hazme el amor. Ahora. Ya.
Sin poder esperar porque también se le estaban acabando las fuerzas para negarse, Pedro abrió gentilmente el cuerpo de Paula y se fue introduciendo dentro de ella lentamente.
Fue el paraíso. Su cueva estaba húmeda y acogedora. Cada centímetro que se deslizaba dentro era el infierno y el paraíso. Cuando pensaba tomarse las cosas con calma, Paula decidió que no y se encorvó para tomarlo por completo dentro suyo. Los dos se quedaron sin aire solo un segundo, degustando aquella sensación paradisíaca.
― Pedro…
Oír su nombre en los labios de Paula lo catapultó fuera de sí.
Apoyándose en sus codos, comenzó un movimiento de placer para ambos. Las piernas de Paula lo envolvían y cada vez que la penetraba su cuerpo acudía a él pidiendo más.
Era mucho más de lo que alguna vez había pensado. Con una mano fue bajando hasta acariciar su muslo y su trasero, apretándolo para poder penetrarla con fuerza. Sus movimientos fueron acelerándose hasta que sintió que su cuerpo y el de ella se unían y no podían distinguir cual era suyo y cuál de ella. Sentir su cueva mojada recibiéndolo, llorando por él lo volvió loco, y ya casi al final de su autocontrol pudo al fin sentir los músculos internos de Paula tensarse y ahogar un grito y después sus músculos relajarse.
Fue entonces cuando por fin se permitió acabar y llegar a aquel lugar tan añorado. Con gemido contra el cuerpo de Paula y la almohada de la cama, se dejó ir al paraíso con Ella.
CAPITULO 40
Caluroso no era la palabra para definir el clima de San Francisco y aquél día no era el mejor para visitarlo. El cambio climático hacía que las tardes veraniegas de San Francisco estuvieran en otro nivel, el de insoportable. Sentía la blusa blanca de algodón pegarse a sus pechos y el saco negro que combinaba con su pantalón, ardía debajo de los rayos del sol. Casi podía ver las pequeñas nubes de humo salir del traje, nada como estar en Los Ángeles, con su ropa informal, en su informal clima, y con su muy informal chamarra de mezclilla. Paula soltó un suspiro de añoranza y dolor, porque no podía hacer nada de ello. En su lugar estaba en San Francisco, trabajando, con un traje que le hacía picar, y con un sol que la estaba matando pero al estar trabajando no podía dejar que esas cosas ocuparan su mente en ese momento.
Se ajustó un poco, mientras con mirada discretamente barría la zona. Todo estaba tranquilo. Pedro estaba de espaldas a ella, dando un discurso de agradecimientos y bienvenidas, en su sexto día de viaje. Habló con Mauricio por el audio, y después con Octavio, y ambos le dieron bandera blanca, zona segura. Eran dos hombres que Miguel había contratado para ayudar a Paula, siempre y cuando ella fuera la jefa.
Había congeniado con ambos muy bien desde el comienzo del viaje, en San Diego, y los había acompañado durante el trayecto. Antes de salir del hotel, Paula junto con alguno de los dos, inspeccionaba la zona y se ponían en contacto con el equipo de seguridad del hotel.
La primera parada del viaje había sido San Diego. Al estar tan cerca de la frontera de México, junto a Tijuana y Tecate, ciudades fronterizas, los inmigrantes mexicanos abundaban por todos lados. Ahí, Paula pudo ver a Pedro en acción.
Tenía un buen acento español, y si no fuera por sus característicos movimientos, bien podría pasar por azteca. La gente lo adoraba, así de simple. Las masas lo adoraban y lo apasionaban, se morían por tocarlo y por oír sus palabras. Después habían pasado a Sacramento, Paula conocía la zona y habían contratado a un par de hombres para apoyo de seguridad que los acompañaría durante toda la ruta pero siendo ella la jefa del grupo. Al llegar les había recibido un gran meeting con gente por todos lados, queriendo conocer a su guapo candidato. Habían durado dos días, entre visitas a centros recreativos, un hospital y la inauguración de un asilo de ancianos. A orillas del río Sacramento había dado una plática de su campaña y sus propuestas. Lo mismo había pasado en el Valle de San Fernando, San José y Oakland.
Aunque le había dicho a Pedro que jamás lo había comparado con su padre, no podía evitar hacerlo, pero no con el afán de criticarlo, sino porque no podía evitarlo. Eran dos hombres tan distintos. Alzaba a los niños y los veía en verdad, quizás pensando en Sara. Bromeaba y reía pero no con esa cara fingida que solo realzaba las patas de gallo en los ojos de su padre, sino que se reía a carcajadas, abrazaba. En San Diego, Pedro había visitado el puerto, y se había deleitado con la comida de los alrededores. Paula había estado temerosa de que se enfermase o algo, y había tenido que degustar discretamente de la comida con él, y aunque los demás no la veían, Paula había sentido la mirada de Pedro en varias ocasiones.
Desde la cena de caridad en Los Ángeles, no lo había vuelto a hablar más de lo necesario. Verlo besando a Viviana había sido un verdadero golpe. Y ni siquiera sabía por qué. Quizás después de todo sí poseía orgullo femenino y le había molestado. Por lo visto, esa cara de angelito la había engañado y se sentía mal porque ella era buena juzgando a las personas y aunque no era como su padre en unas cosas, en otras, lo estaba dudando. Ella no podía ir de un lado a otro besando a hombres, y verlo aquella noche besando a Viviana la había dejado sin palabras. Sólo había podido esperar ocho minutos, y después había decido subir, pero ningún elevador se había dignado a bajar y había tenido que subir por las escaleras de emergencias. Quizás las cosas tenían que pasar así, para que se diera cuenta de muchas cosas.
Pedro alzó la mano para saludar al gentío. Oyó los aplausos y ovaciones y sonrió amargamente. Escondida entre sus gafas oscuras volvió al hilo de sus pensamientos. Cuando habían llegado a casa aquella noche, había entendido que ella era solo una empleada más, y aquel hombre, merecía una mujer como Viviana, que sabría adaptarse a sus necesidades, y quien sabe, con la publicidad que tenía y el carisma que lo caracterizaba, quizás algún día, incluso ser la esposa del próximo Presiente de los Estados Unidos.
Miró a Viviana, quién estaba a su lado, unos pasos atrás, junto a Carlos. Llevaba un traje de falda y chaqueta en color arena, su pelo estaba peinado en pequeños rizos ondulados, y unos zapatos de tacones gigantes como los del cantante Marilyn Manson. Aquella era la mujer que él necesitaba, no una mujer que trabajaba de guardaespaldas, con un pasado tortuoso y un futuro incierto.
Y pensar en eso la tenía enojada, porque si pensaba en esa posibilidad estaba sopesando le había hecho pensar en la idea. Si contaba los contras, es porque estaba considerando la idea, y no podía creer que lo había hecho. Cuando se habían estacionado, Augusto había bajado rápidamente para abrirle la puerta a Pedro, aunque ella se apostaba medio salario a que había sido por huir lo más pronto posible de la tensión entre ambos. Ella había descendido con calma, casi contando los pasos. Podía recordar la mirada, llena de furia, pero hasta ese día no podía entender el porque de su enojo.
Sólo la había dado una mirada y le había dicho.
― Paula, por favor, te espero en mi despacho en cinco minutos.
Y se había dado la vuelta dejándola sola sin más. Ni siquiera había podido reaccionar. Augusto ya había desaparecido pues no lo había visto por ninguna parte, cinco minutos después había tocado la puerta de Alfonso. Suspiró con fuerza y se concentró en todo, pero sus pensamientos traicioneros le hicieron recordar esa plática. Ambos habían explotado, y desde ese día las cosas habían estado turbulentas entre ellos.
Pedro dio las gracias, se alejó del micrófono y empezó a bajar por la escalinata donde estaba ella.
― Nos vamos chicos.
Mauricio y Octavio confirmaron y fueron a su siguiente puesto.
Salieron de El Embarcadero, el boulevard en forma de media luna que bordeaba la península y subieron a la limusina, Carlos, Pedro y Viviana en la parte de atrás, mientras que Paula iba delante con el chofer. Extrañaba a Augusto, al menos con él podía platicar, pero con los sosos de atrás…
Con un suspiró Paula dejó que el nuevo Augusto que no era Augusto, los llevara ahora a Mission Valley, una zona hispana en su mayoría. El cambio al salir de la zona norte para viajar al suroeste de San Francisco era casi como blanco y negro. En el norte, abundaban las grandes residencias, los lujos, los grandes valles que eran parques personales de cada familia, sonrisas falsas, e hipocresía. Al bajar hacía el sur, en cambio, veía casitas modestas de uno o dos pisos, árboles adornando las orillas de las calles, edificios de cinco o más pisos, albergando a más de veinte familias en cada uno. Entraron en un centro de Ayuda, donde las multitudes rodeaban el lugar por todos los ángulos. Y si así estaba afuera, Paula no quería pensar en como estaba dentro. Miró por el espejo retrovisor y vio el auto de Mauricio y Octavio estacionarse,― Todos a sus puesto.
Los vio salir, y al igual que en el ensayo, se perdieron para tomar su lugar. Entonces ella bajó del auto y fue a abrirle la puerta a Alfonso, quien salió primero seguido de sus otros dos súbditos.
Odió esa indeferencia con la que Pedro pasó de ella, sin mirarla siquiera. Se estaba empezando a hartar. La gente en las vayas de seguridad empujaba para poder saludar a Alfonso, gritaban su nombre y estiraban su mano como si fuera el mismísimo Bono en un concierto con U2.
Pedro subió a una tarima y en el estrado acomodó el micrófono, esperando a que los aplausos cesaran y pudiera empezar a hablar. Saludó entusiasmado a todos, agradecido por su llegada. Había superado las expectativas de Viviana y Carlos y no podía evitar sonreír a las cámaras altamente complacido. Sobre todo por dos razones, la primera que era la zona donde su madre se había criado, pensó Pedro, y la segunda que era un centro de ayuda a mujeres golpeadas Si había algo que Pedro no podía aguantar, era ver a una mujer golpeada, por la mano de quien fuera, y por ningún motivo. Fuera o no senador, Pedro tenía un compromiso con ello.
Alzó las manos pidiendo silencio y pasados unos segundos, el silencio reinó y sólo se oían el flash de las cámaras.
― Hoy es un día muy especial para mí ― miró las hojas que tenía enfrente de sí, y no pudo evitar sonreír ― Tenía un discurso que mi amigo Carlos había escrito detalle a detalle ― y señaló a Carlos quien estaba realmente pasmado. Pedro no dio explicaciones y siguió sonriendo ― Pero al final, he decido improvisar un poco. ― Se apoyó en ambos lados de la madera y miró a todos los que podía ― Una persona me preguntó por qué estábamos dispuestos a pagar tanto dinero por una cena que no llenaría a nadie, y créanme, no sé que tiene de especial cobrar cien dólares por un platillo de omelet si al final es huevo ― oyó algunas risas y continuó ― Pero le dije que si con ello podemos crear un lugar mejor, recaudando fondos para crear centros como estos, o poder comprar máquinas que ayuden a hospitales contra la lucha del cáncer de mama, y que el ser participes de este sueño, de poder evitar que mujeres mueran cada día victimas de alguna enfermedad y puedan ver a sus hijos, hermanos, esposos y familiares crecer, bien valía la pena. Al menos ya tengo un voto más seguro. ― Aguantó el impulso de voltear a ver a Paula, que sabía estaba detrás de él, en el lado derecho ― Gracias a todos por estar aquí, cumpliendo el sueño de muchos californianos. Muchas gracias por apoyar esta meta y es que todos, sin importar color, raza, origen, podamos exigir se nos respeten nuestros derechos.
Los aplausos llenaron el lugar. Se oían gritos, chiflidos, ovaciones. La gente asentía, vitoreaba, pero para Pedro, había algo que le hacía falta. Miró de reojo a Paula, quien estaba estática, escondida detrás de sus gafas oscuras. Con sólo un segundo admirándola podía recordar cada detalle de ella.
Justo al regresar de la cena habían discutido. Aunque había pedido cinco minutos para serenarse, no le habían sido suficientes. Cuando la había visto entrar, había sentido la imperiosa necesidad de tomarla entre sus brazos y besarla, para quitarle esa cara de enfada de su cara, y eso lo había enojado. Porque al besar a Viviana, si es que se le podía llamar beso a aquello, no había sido nada con el que se había dado con Paula, y mucho menos, se comparaba con la necesidad de abrazarla y tomarla. Se estaba obsesionando, de una maldita forma que jamás le había pasado.
Y aquella noche, enfadado consigo mismo, había pagado con ella. Sonrió a la prensa y empezó su caminata para ingresar al centro, con Paula a su lado protegiéndolo y Carlos y Viviana del otro lado.
Aquella noche, Paula había llegado cinco minutos exactos después a su despacho, y se había mantenido seria, impenetrable. Pero su ceño medio fruncido delataba sus sentimientos de enfado. Le había pedido de manera muy formal que se sentara y ella le había contestado:
― Me siento más cómoda de pie.
― Paula, siéntate. ― había insistido, señalando la silla de su despacho, pero ella ni siquiera había seguido la línea de su dedo.
― No me quiero sentar.
Irritado Pedro se había sentado en su silla y le había contestado:
― Haz lo quieras.
Pasaron unos segundos y él sólo la miró sin decir nada. Fue ella la que abrió fuego.
― ¿Para que me has llamado?
Pedro podía recordar su rostro, impasible, siguiendo reglas.
― Deseo saber un par de cosas que pasaron esta noche. ― Paula no movió no se movió ni un ápice. No dio señas de hablar así que había sido Pedro el que había hablado ― Por tu silencio, veo que tendré que ir haciendo preguntas. ¿A que se refería la reportera con tu estado emocional?
Fue fugaz, pero su actitud insondable se perdió y pudo ver a una chica herida, sus ojos parpadeando y recordando algo.
― Sí estás pensando siquiera que no soy capaz de cuidar a Sara y hacer mi trabajo, puedes dejar de hacerlo.
Pedro había tenido que aguantar las ganas de tomarla a besos. Parada en medio de su despacho, se veía tan etérea, y a la vez, tan frágil. ¿Cómo había sido posible?
― No conozco a nadie más en sus cabales como a ti. Pero quiero saber.
Vio la lucha interior que se desarrollaba en Paula, y no pudo evitar sorprenderse al ver que se apoyaba con ambas manos en el respaldo de la silla y contestaba su pregunta.
― Cuando mi madre murió me obligaron a acudir a un psicólogo. Él… ― su voz se había quebrado, y se había tomado unos segundos para responder con furor ― Él declaró ese estado. Pero puede asegurarte que no lo estoy, aquello fue sólo un malentendido.
― ¿Quieres hablar de ello? ― No lo cogió con sorpresa al oír su negativa. Así que había pasado a la segunda cosa que lo había tenido en ascuas. ― ¿Y de ese accidente?
― Sucedió hace años. Al salir de casa de mi padre, él no lo aceptó de muy buena gana, y mandó por mí… dos veces. La segunda fue mejor. Fue un chico que me engatusó y hubo un enfrentamiento. Leandro fue el que me salvó.
Y si algo lo había molestado había sido eso, pensó Pedro mientras entraba en la sala común del refugio y saludaba a las mujeres que allí vivían. Oír que Leandro la había salvado.
― ¿O’Brien?
― Ese mismo. Lean y Samuel, el hombre al que yo en verdad veo como a una figura paterna, hicieron un acuerdo con todos, incluido mi padre, porque tenían forma de inculparlo, así que se quedó olvidado.
― Hoy, al salir del sanitario, cuando los vi, en verdad parecían que se iban a enfrentar. ¿Te hizo daño anteriormente?
― Eso es algo que no te incumbe Alfonso. Pero te puedo decir que puedo hacer mi trabajo con eficiencia. Eso es todo lo que te debe importar.
― ¿Y a Leandro si le puedes platicar?
― ¿Qué tiene que ver Leandro aquí?
Nada, se había respondido a sí mismo, y a la vez todo.
Entraron en la pequeña clínica y sala de urgencias del centro. Haber oído que Leandro la había besado, le hacía preguntar sobre cuando, y después, él mismo con su beso con Viviana, tenía la cabeza hecha un embrollo. Encima, con los rumores que había sacado la reportera aquella noche, uno que otro reportero estaba también encima de Paula. Incluso tendría que contratar un guardaespaldas para su guardaespaldas, ¿irónico, no es así? Se frotó la sien, cansado, y sintió entonces una mano sobre su brazo. Alzó la cabeza y se encontró contra los vidrios oscuros de las lentes de Paula.
― ¿Estás bien?
Pedro asintió, por lo que Paula bajó la mano y se volvió a su lugar. Pedro rezó por poder terminar el día y poder descansar un par de horas más.
Llegaron a la suite del hotel alrededor de las siete de la tarde, entre la visita al centro y la pequeña reunión de prensa tuvieron que retardar las cosas. Pedro con su equipo se fueron a su oficina en cuanto llegaron y Paula le indicó a Mauricio que fuera con ellos y se quedara en la entrada de la oficina, mientras que Octavio se había quedado en la entrada del lobby de la suite, pendiente de cualquier cosa.
Ella ya había tenido suficiente por ese día.
Salió a la pequeña terraza con vista a la ciudad. Se podía ver el Golden Gate y la ciudad, brillando, las pequeñas luces que le recordaban a un árbol de navidad y el aire frío de la brisa del océano refrescaba la terraza, haciendo que su cola de caballo danzara al compás del aire. Sujetó un mechón rebelde detrás de su oreja, y se recargó contra el balcón. Los primeros días de la gira habían sido un infierno, no solo por Alfonso sino por lo sucedido en la cena. Los medios iban incluso por ella y Paula casi había estado a punto de golpear a uno de ellos. Larry y Miguel habían logrado contener a los medios, dando pequeños informes supervisados por ella. Al final se habían hartado dado que no había dado el nombre del psicólogo que la había atendido años atrás y nadie sabía quien había sido, ni sobre aquél accidente.
Cerró los ojos y se dejó ir, absorbiendo la frescura de la noche. A pesar de estar acostumbrada a ese tipo de trabajo, sentía que hacía falta algo. Entonces súbitamente, tomó su teléfono y marcó un número.
― Mansión Alfonso.
Paula jamás pensó que oír la estirada voz de Jaime la haría sentir tan feliz, pero lo hizo.
― Hola Jaime, ¿Cómo están las cosas por allá?
― Las cosas están tranquilas en su ausencia, Señorita Chaves.
Con una carcajada de felicidad casi saliendo de sus labios, Paula tuvo que apretar su boca, y aguantarse las ganas.
― Vaya, y yo que pensé que me ibas a extrañar. ― contestó con aire aflijito.
― Debo agregar que con su gata en la casa, es imposible olvidarla, señorita.
Casi podía imaginar a Jaime, con su nariz respingona alzada y su ceja arqueada.
― Vaya, con que Coco anda haciendo de las suyas. Sólo dale un cariño detrás de la oreja fuerte, y se caerá dormida, es su debilidad.
― Creo que lo reservaré para la señorita Sara.
― Hablando de Sara, ¿Me la puedes pasar? ― Esperó la respuesta de Jaime inmediata, pero no llegó. Miró su teléfono para asegurarse de que todavía estaba llamando y después lo volvió a llamar. ― ¿Jaime?
― Claro, permítame un segundo. ― Su voz denotaba sorpresa y una rápida recuperación de la misma ― Y espero que regresen pronto.
Paula sintió un nudo en la garganta.
― Oh Jaime…
― Esa gata que solo deja pelos regados por los costosos sillones.
Cerrando los ojos, Paula dejó salir un leve suspiro. Le empezaba a caer muy bien el viejo loco.
― Si Jaime, yo también te extraño. Ahora ve por Sara.
Oyó pasos y un ruido de estática, rezó para que la llamada no se fuera a cortar. Por la tardanza Paula supuso que Sara estaría en su cuarto. Por fin oyó a Jaime hablando y se acomodó en una de las sillas de madera.
― ¿Diga?
― Hola Sara, ¿Cómo te va por allá?
― Ah… hola Paula.
Decepción, ese fue el sentimiento que Paula sintió a cientos de kilómetros de distancia. Era un tono inconfundible, como un globo que se estuviera desinflando.
― ¿Qué pasa? ¿Por qué ese entusiasmo? ¿Estás bien?
― ¿Qué? ― Sara sonó como si se hubiera percatado al fin de lo que había hecho y trató de enmendarlo poniendo otro tono de voz ― Sí, claro, estoy bien. No es nada. Las novedades aquí, aummm… aummm… creo que será que me inscribí en el concurso de talento musical.
― ¿En serio? ¡Eso suena genial! Tienes que darme la fecha para que la agendemos y no trabajemos ese día. ¿Y tu padre que te dijo del concurso? ― Y antes de terminar, ya sabía la respuesta. Cerró los ojos sintiendo aquel dolor punzante vago de tristeza, Pero no era ella, era Sara quien ahora pasaba por esto. Y pensar que las cosas se habían arreglado. ― ¿Sara?
― No, él… nada.
― ¿No se lo has dicho?
― Yo…
― Sara, es conmigo con quien estas hablando.
No presionó más, simplemente esperó a que ella fuera la que hablara.
― Es solo que antes de irse, papá me dijo que podía hablarle en cualquier momento y cuando me animé a inscribirme, y avisarle de la fecha del concurso, no me contestó. Le llamé cuatro veces y ninguna atendió.
Con el ceño fruncido casi tan juntas que bien era una uniceja, Paula meditó en las palabras de Sara. Pedro no dejaría ir una oportunidad como esa para acercarse a Sara, ¿entonces que pasaba ahí?
― ¿No contesta tus llamadas?
― Bueno, siempre me contesta Viviana, y me dice que está ocupado.
Viviana.
El mal de todos los males. Agradeció que no estuviera frente a ella, porque era capaz de lanzarla del veinteavo piso donde se hallaba.
― Tranquila pequeña, ya sabes que ahora anda un poco ocupado.
― Si, lo sé, lo entiendo.
Pero Paula sabía que no lo entendía del todo. Era una niña, por Dios. Pensó que era mejor cambiar de tema.
― ¿Y como se porta mi pequeña Coco Channel por allá?
Jaime al parecer no está muy contento con ella. Espero no la estés malcriando.
― ¡Ja! ― Paula no pudo evitar sonreír. Su voz era otra, más feliz y radiante ― El otro día lo vi acariciándola, pero en cuanto oyó pasos se detuvo y se fue.
― Vaya, al menos una de las dos Chaves puede caerle bien a Jaime.
― Y el otro día vio una mariposa y salió detrás de ella y estuve una hora buscándola. Leandro me ayudó a encontrarla. Me agrada Leandro.
― Coco es rara como su dueña, se supone que su raza es de los que están echados sin hacer nada más que dormir, pero Coco es como yo, no puede estar quieta mucho tiempo.
Y me alegro de que Leandro te agrade.
― En realidad, Leandro me está ayudando con unas clases.
― ¿Clases? ― preguntó escéptica ― ¿De qué? No lo veo dando clases de música, o de matemáticas. Para lo único que es bueno es para… ― su tono fue bajando asta desaparecer. Leandro sólo era buena para ciertas cosas, ninguna de ellas, favorables para una niña de buena cuna como ella ― Sara, ¿clases de qué te está dando Leandro?
― De defensa personal. ― Paula se levantó de un golpe del asiento y fue hacia el mirador. La llamó por su nombre pero la pequeña empezó a protestar antes que nada ― Lo necesitaba, Paula. Si pasa otra vez aquello quiero estar preparada. Es sólo para defenderme, no para atacar.
― Lo sé, lo sé, y no me enojé por eso, es sólo que podrías habérmelo pedido a mí.
― Lo siento. ― contestó apenada.
― Habrá que decírselo a tu padre.
― No, por favor, no. ― gimió en un sollozo de suplica ― Aún no. Quiero que esto quede entre los tres.
― Vale, pero cuando regrese, quiero comprobar esos golpes. Bueno pequeña, me tengo que ir, cuando veas a Coco, dale un fuerte abrazo de mi parte. Salúdame a Mary y a Jaime y todos por allá, Nos estamos viendo en un par de días. ― Miró las luces de la ciudad y deseó no dar fin a la llamada ― Adiós Sara. Que descanses. No te quedes despierta hasta muy tarde.
Oyó la risa al otro lado de la línea y también sonrió.
― Adiós Paula.
― Cuídate.
― Tú igual.
Y colgó.
Siguió mirando las luces de la ciudad, con el aire soplando.
Se soltó la coleta y dejó que su cabello se ondeara, mientras cerraba los ojos. Los abrió y supo que tenía que volver a intervenir. Fue a la oficina, y se encontró con Mauricio parada en la puerta.
― ¿Siguen adentro?
― Sólo Alfonso. Los demás se han ido.
Paula asintió y tocó con poca delicadeza la puerta, colocó la oreja en la madera y oyó que le daban permiso de entrar.
― ¿Se te ofrece algo, Paula?
― ¿Porque no has hablado con Sara?
― ¿De qué hablas?
― ¿Por qué no has aceptado ninguna de sus llamadas?
― ¿Llamadas? ― miró a Paula como si estuviera hablando en chino, sin entender nada de lo que decía ― Sara no me ha llamado.
― Pues yo acabo de hablar con ella, hace solo unos segundos, y me dijo que te había llamado no una ― alzó un dedo para hacer énfasis y luego los tres restantes ― sino cuatro veces para avisarte de su concurso de música pero que nunca te pasaron.
― No puede ser… Espera ― Se estiró para tomar el teléfono y marcar ― Con la habitación 854 por favor, de parte de Pedro Alfonso. ― Ambos se miraron esperando a que contestaran la llamada ― Viviana ¿Ha llamado Sara en estos días?
Esperó para oír la respuesta y Paula vio como agitaba su cabeza negativamente. Paula deseó tenerla enfrente, y sacarle la verdad con un par de golpes.
― Miente. ― susurró sin poder evitarlo.
Pedro entrecerró los ojos formando dos rendijas y volvió a preguntarle a Viviana, ahora, con más seriedad. Entonces vio el cambio de expresión en su rostro. La muy desgraciada…
― Después hablamos Vivi. ― Le dijo Pedro al otro lado de la línea y colgó y después miró a Paula sin saber que decir.
― Sí esta es la forma en la que te quieres acercar a Sara…
― Viviana pensó que era lo mejor. De todos modos yo hablaré con Sara esta noche.
― Pues hazlo.
Paula se dio la vuelta para salir de la oficina pero Pedro le pidió que se quedara unos momentos más. Ella esperó entonces.
― Pensé que nos estabanos llevando bien.
― Yo no veo que nos estemos llevando mal.
― Vamos Paula, ¿Qué pasa? No te entiendo.
― Así que ahora quieres hablar, ¿Después de dos semanas de silencio? ¿Pero que te pasa a ti? ― preguntó enfadada.
― ¿Qué te pasa a ti? ¿Por qué estas tan alterada?
― Pues porque sí. Es mi carácter. No soy una rubia tonta que aguanta tus desplantes de temperamento, y siempre está como una lapa pegada a ti.
― ¿Qué tienes contra Viviana?
― Yo no estaba hablando de ella pero si le quedó el saco, allá tú.
― Viviana no lo hizo adrede.
Paula alzó los ojos al cielo. Aquél hombre estaba ciego, y por lo visto un buen cuerpo de bailarina de ballet lo había hipnotizado.
― Sí claro.
― Sé que a veces en fría y demasiado racional e inexpresiva, pero ella sabe cuanto Sara significa para mí. Joder, todos lo saben. Yo confío en ella tanto como tú en Leandro.
― ¿Cómo rayos entró Leandro en esta conversación? ― inquirió Paula subida de tono y acercándose al escritorio.
Pedro se puso de pie y se acercó también a ella.
― Estamos hablando de la confianza, ¿no es así? Yo confío en ella.
― Pues yo confío en Leandro. Punto final. ― Alzó la mano y señaló alrededor ― Y esto no nos está llevando a nada. Regreso en unos minutos.
Sólo el orgullo le impidió que azotara la puerta.
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