martes, 9 de junio de 2015

CAPITULO 44





A las doce y media en punto llegaron los medios, y se instalaron en un pequeño salón en el hotel para empezar a tomar lugar en la conferencia. Pedro estaba serio, e inmutable esperando a que Miguel y Carlos le dieran bandera blanca al show. Paula estaba en la parte de atrás, observando todo con vista halcón. Nadia estaba con Viviana y Ramiro platicando alegremente.


Paula había checado la entrada de Ramiro en el hotel y había sido hasta casi media noche, así que cualquier duda tonta que hubiera tenido de él había sido borrada. Octavio y Mauricio ya estaban en sus puestos, esperando las órdenes de la gran jefa. Los reporteros y camarógrafos mientras esperaban estaban comiendo y bebiendo gratis en el buffet que estaba preparado para ellos.


A la una en punto la entrevista empezó y los medios tomaron lugar, y las preguntas comenzaron. Desde que le parecía California hasta su opinión acerca de la Guerra. Desde la Creación del Muro Racista, como algunos conocían al muro fronterizo entre México y Estados Unidos hasta su vida privada. Eran las dos y cuarto cuando tocaron el tema y fue ahí donde Paula se tensó.


― Sr. Alfonso, ¿alguna futura Sra. Alfonso? ― pregunto un reportero joven y rubio, del Canal Veinticinco.


Paula no dijo nada. No se movió. No respiró. No hizo nada. 


Porque tenía la sensación de que con un pequeño movimiento, alguien la señalaría y diría “ella se acostó con Alfonso anoche”. O algo como “tuvieron un sexo salvaje en su suite”. Mantuvo su expresión impenetrable esperando que nadie hubiera visto nada. Observó que Vivianq ponerme entre pálida y roja, y Paula sintió un placer oculto al verla sonrojarse pero no hizo ningún movimiento.


― Por el momento, lamento informarle que no.


― Creo que todas las mujeres del estado no lo lamentan. Algunas incluso quizás tengan suerte. ― comentó otro reportero provocando risas en la sala.


Otro reportero, una mujer en sus treintas, rubia y alta alzó la mano y Pedro le cedió el turno.


― Revista Who. La cena del senador Hunder para recaudar fondos para su campaña fue apenas dos días atrás. Y fue un verdadero éxito. ¿Qué tiene planeado hacer para poder superarlo?


― Creo que lo dejaremos en sorpresa. ― Paula aguantó la risa. No tenían ni idea, pero Pedro era bueno disfrazando sus sentimientos ― Bueno chicos, les agradezco que hayan venido, y nos vemos en la próxima visita.


Los aplausos llenaron la sala, y Pedro empezó a caminar. 


La misma reportera rubia volvió a alzar la mano, se acercó y alzó la voz.


― ¡¿Podríamos tener unas palabras con la Señorita Chaves?!


Paula y Pedro intercambiaron una mirada rápida. Paula sintió primero un ataque de pánico como cuando había pasado con Larry pero después cambió, a un estado de letargo, pensativa. Varios reporteros asintieron y empezaron a hablar a la vez. Carlos tomó el micrófono antes que Pedro.


― Esta es una conferencia de campaña para el Señor Alfonso. Los asuntos la señorita Chaves no entran en esta entrevista.


― Pero ella está aquí, y nosotros también ― argumentó otro reportero ― La entrevista con el Sr. Alfonso ya terminó así que podemos empezar otra.


Pedro miró a Paula quien se mantenía al margen. Pedro entrecerró los ojos haciendo la pregunta en silencio. Cuando vio que Paula asintió lentamente se tensó. 


Se acercó a ella.


― Paula, hablemos en privado.


Carlos se quedó atónito frente al micrófono al verlos marcharse. Volvió hacia la multitud


― Por favor, permítannos unos segundos.


Pedro llevó a Paula a una habitación detrás de la tarima y cerró la puertas y le puso seguro por si alguien intentaba seguirlos.


― No tienes que hacerlo.


Paula sabía que algo así vendría


― Ambos sabemos que esto jamás parará. Puede ser que quizás ayude a mantener a las fieras lejos o por lo menos, calmadas.


Él posó sus manos en sus hombros con fuerza.


― No me gusta.


Paula ladeó la cabeza, incrédula de lo que acaba de oír.


― Es mi vida, Alfonso.


― Vale, déjame recapitular. Sé que es tu vida, pero no me gusta que estés expuesta.


El que él se preocupara por ella, la hacía sentir incómoda. 


Porque contrario al sentimiento fraternal que la unía con Jorge y Leandro, y su preocupación por ella, con Pedro era distinto. Muy distinto. Y no le estaba gustando eso.


― Antes de que llegaras tú, me supe cuidar muy bien sola, durante muchos años.


Al ver que era una batalla pérdida, Pedro la dejó en paz.


― Sólo no dejes que te hagan explotar. A mi me encanta, pero mantengamos esa llama entre nosotros.


No pudo evitarlo, y sonrió.


Salieron de la habitación y fueron al escenario donde los seguían esperando. Ahora fue el turno de Pedro de quedar atrás y el de Paula de caminar hacia el micrófono. Nadia miraba a ambos, observándolos atentamente, se acercó a su hijo e hizo señas de que quería saber que pasa ahí.






CAPITULO 43







Ambas mujeres se quedaron mirando, ambas sorprendidas, pero una mortalmente asustada. La madre de Pedro sonrió y se alejó del dúo de hombres caminando hacia Paula.


Calculándole unos cincuenta y pocos años, Nadia vestía un traje sencillo de dos piezas color verde jade y llevaba una mascada atada a su cuello en estampado de verdes, no era tan alta como había esperado, pasaría incluso del metro sesenta, un poco casi de la estatura de May. Llevaba unos zapatos cerrados de tacón bajo y un maquillaje discreto. 
Tenía algunas canas en su cabellera castaña oscura el cual estaba sin teñir. A Paula le sorprendió que una mujer de su posición llevara tan altiva y elegantemente sus canas como Nadia. No tenía un físico conservado pero tampoco estaba gorda, más bien moldeada. A primera vista no tenía un parecido con Pedro pero conforme se acercaba vio con deleite que sus ojos eran del mismo tono acaramelado que el de Pedro. Eso y su color de tez, ni morena ni blanca eran el parecido de ella con su hijo. Cuando estuvo unos pasos ante ella le dio una sonrisa de anuncio. Vaya, otro parecido con el hijo.


― Vaya, pero si eres tú.


Paula no supo que contestar, se quedó callada. Miguel las miró a ambas intrigado viajando la mirada de un lado a otro y terminando en Paula.


― ¿Ya se conocían?


― Anoche en el gimnasio, fui a nadar un poco. ― Paula recordó el incidente y deseó desaparecer. Casi liquida a la madre de Pedro, pero ella parecía reírse del asunto, agitó su mano y le dio una sonrisa deslumbrante a Miguel ― Creo que lo de la pistola es algo normal en esta chica cuando conoce a alguien.


Ahora sí Paula deseó que la tierra se la tragara, que se abriera un hueco en donde estaba parada y la desapareciera de la vista de todo el mundo. Porque por como la miraron Pedro y Miguel en ese momento o lo hacía la tierra o lo hacían ellos. Sus ojos se abrieron de par en par y la miraron con asombro, y dolencia. Incluso sintió la mirada en su espalda de Carlos y Viviana, y se sintió peor al tener testigos de la tensión de anoche.


― ¿Le apuntaste con una pistola? ― gritaron Pedro y Miguel en unísono haciendo que Paula cerrara los ojos como una niña regañada.


Nadia soltó una risita al ver la reacción de Paula y de los dos hombres, se giró y alzo las manos para darles unas palmaditas a ambos hombres que estaban un poco pálidos y sorprendidos.


― Calma, calma. Eso me pasa por meterme donde no me llaman. ― Después se acercó a Paula y le dio la misma palmadita animándola a abrir los ojos, y cuando ella lo hizo, le pasó la mano por la espalda como si fueran viejas amigas ― La pobre le estaba dando una tunda al saco de boxeo. ¿Se arreglaron las cosas con tu novio?


Paula oyó a Carlos toser lo que sea que estuviera comiendo y ni siquiera se ánimo a mirar a Pedro o alguien. Siguió mirando a los ojos a Nadia, buscando una manera de disculparse.


― Ayer estaba muy alterada por muchas cosas. Pero de novios nada. ― Se arriesgó y le dio un vistazo a Pedro quien estaba serio e impasible y siguió hablando ― Lo siento mucho en verdad, es sólo que tenía los nervios un poco alterados, y… bueno, no es excusa, pero estaba agotada. Pero no es nada, absolutamente nada que ver con novios. ― entonces reparó en que había usado un plural y lo corrigió ― O novio.


Nadia hizo un gesto de desilusión y la abrazó aun más fuerte.


― Es una lástima, una mujer con un fuego como tú… los hombres de ahora no saben lo que se pierden. ― miró al otro lado de la mesa donde Carlos y Viviana estaban observando en silencio la escena ― ¿Qué te parece Carlos? Es soltero, y guapo.


Le costó todo, pero todo su autocontrol el no echarse a reír en su cara. Sin embargo Viviana no pudo evitarlo y escondió su risilla detrás de la servilleta. Miguel la ahogó con un carraspeo mientras que a Pedro no le cayó en gracia el comentario. Paula miró a Nadia controlando su reacción.


― Muchas gracias pero prefiero seguir soltera.


― Lo mismo digo. ― susurró fuertemente Carlos provocando más risas, incluidas las de Pedro. Paula lo fulminó con la mirada pero se aguantó en contestar.


Nadia soltó a Paula y miró al otro lado de la mesa.


― Oh Viviana, perdón por no haberte saludado ― Caminó hasta su lugar y se inclinó para darle un beso en ambas mejillas ― ¿Cómo estás?


― Muy bien, un poco atareada ― tomó de las manos a Nadia y la volvió a abrazar ― Un placer volver a verte Nadia.


Carlos se levantó de su asiento y se acercó a las mujeres para darle una verdadera bienvenida a la mujer. Desde mucho antes de que Pedro saltara a la candidatura, Carlos y Nadia eran viejos conocidos. Le dio un beso en la mejilla.


― Nadia, tan guapa como siempre.


Miguel caminó hasta ellos y le arrebató a Nadia de los brazos.


― Atrás muchacho, yo la vi primero.


Nadia soltó unas carcajadas y se tocó su vientre no plano.


― Par de tontos, déjenme sentar. Tengo un hambre voraz. ― dijo mirando a Paula.


Ella le devolvió la sonrisa pero el hambre insaciable con el que había despertado se le había evaporado en ese momento.


Pedro se quedó en su lugar de siempre, y Miguel ocupó su lado derecho como siempre. Nadia se sentó en el lado izquierdo y a petición suya Paula se sentó a su lado, y al lado de ella, Viviana, mientras que Carlos se sentó al lado de Miguel. La conversación empezó a florar entre todos. Viviana con Carlos, Carlos con Miguel, Miguel con Nadia, Nadia con Paula y Paula con ella misma. Se sentía letalmente nerviosa.


Era como si en cualquier momento alguien la fuera a señalar y le dijera que se había acostado con Pedro Alfonso


¡PEDRO ALFONSO! Paula dejó salir un suspiro. Cuando metía la pata, la metía hasta el fondo. Eso era lo que pasaba cuando se rompían las reglas, pensó Paula. Y encima, tenía la llamada de Alex. Aunque esperaba un informe detallado del tal Díaz, con la poca información que Alex le había compartido la tenía nerviosa. Deseaba regresar a Los Ángeles lo más pronto posible.


― ¿Siempre comes tan poquito?


Paula salió de su ensimismamiento y vio que todos la observaban, al parecer Nadia había repetido la pregunta.


― ¿Qué? ― miró entonces su planto entero. Los huevos y el beicon seguían intactos ― Oh, no, es solo que hoy no tengo hambre.


― Estas mujeres de hoy. Comen como pajaritos. ― habló corriendo la mirada de Paula a Viviana y soltó una risa fuerte ― Cariño, a los hombres le gusta un poco de carne para agarrar. ¿Me entiendes?


Unas fugaces escenas de la noche anterior aparecieron en la mente de Paula.Pedro encima de ella, debajo, a su lado, ambos gimiendo, y gritando de placer. Sintió que el color se le subía al rostro y se enfadó por ser tan fácil de turbar. Ni siquiera se molestó en mirar a Alfonso, ya que sabía que si lo hacía se delataría.


― Oh, no, yo como bien. Es decir, casi me como una vaca entera ― Oyó la risa de Miguel y vio que estaba diciendo puras barbaridades. Tomó un respiro y habló mas calmada ― No es decir que tengo un apetito saludable.


Quizás los demás no se habían dado cuenta del pequeño rubor que había cubierto las mejillas de Paula pero a él no le había pasado por alto. Y por el último comentario con un sentido altamente sexual que su madre había dicho y el causante de ese rubor, Pedro podía imaginarse lo que Paula había recordado. Pedro deseó que su madre siguiera interrogando a Paula, pero sintió más penas por la última y decidió ir en su rescate. Tenía la impresión de que si no lo hacía, el pagaría los trastes rotos. Posó una mano sobre la de su madre para llamarle la atención.


― Mamá, déjala en paz. Cuando lleguemos a la casa, le puedes preguntar a Mariana por ella y te dirá que Paula tiene un excelente apetito.


Paula cruzó la mirada con la de Pedro y aunque él lo había dicho en el puro sentido literal, por el cruce de sus miradas ambos hicieron la interpretación. Paula fue la primera es desviar la mirada para ir por su vaso de agua. Su madre, siguiendo en su mundo sonrió y asintió.


― Vaya, me alegro. Aunque por lo que vi ayer, haces mucho deporte, me alegro.


Paula se llenó la boca de frutas con tal de no contestar y sólo agitó su cabeza asintiendo afirmativamente. Nadia aceptó su respuesta y siguió hablando.


― Ojala yo pudiera hacer algo. Pero aquellos días de juventud se quedaron tan lejanos.


― Aun eres una adolescente Nadia. ― contestó el viejo de Miguel y ambos sonrieron. Paula dejó de atiborrarse de comida y observó a Miguel y luego a Nadia.


Aquí había algo que a ella se le estaba pasando, pensó Paula. Ojos cerrados, risitas discretas, tonos de voz agudos, voz calmada y dulce. Hay no, lo que le faltaba…


― Viejo pillo, tu solo buscas la forma de alabarme. ¿Y por que estabas tan enojada anoche? ― Paula buscó algo que decir mientras que Nadia seguía ― Usualmente mi instinto nunca me falla y pensé que era por un hombre. Casi siempre lo es. Vaya, debo estar perdiendo el toque.


Pedro tomó un poco de su café y sonrió a su madre.


― En realidad fui yo el culpable. ― Paula se quedó de piedra al ver que se echaba la culpa y salía en su defensa ― Paula dice negro y yo digo blanco y no hay modo de ponernos de acuerdo. Creo que era mi cara la que veía en ese saco.


Pedro no dudada en que eso fuera cierto.


― Vaya… ― Nadia adoptó una pose pensativa y asintió feliz ― entonces si es por culpa de un hombre.


Paula miró a Pedro con cara de pocos amigos y sonrió exageradamente.


― Si, su hijo tiene un don para sacarme de mis casillas. ― harta del tema, decidió cambiar el rumbo de la plática ― ¿Y que tal su viaje en México?


― Oh cielos. Que linda por preguntar. ― Nadia era muy gesticulosa, observó Nadia. Y siempre tenía que tener contacto con otra persona, comprendió al sentir su apretón en la mano ― Fue maravilloso. Visité a todos mis parientes. Tantos niños nuevos y sobrinos. Me dolió mucho saber que un primo muy querido había fallecido hacia unos meses.


El cambio de conversación no fue tan bien, apuntó Paula y otra vez deseó que la tierra se la tragase. En vez de eso, suavemente apretó su mano y coincidentemente Pedro hizo lo mismo.


― Mis condolencias.


Los demás también ofrecieron sus pesares y entonces Pedro le dijo unas palabras en español y como Paula solo sabía muy pocas palabras no entendió casi nada. Pero vio la mirada cariñosa que madre e hijo intercambiaron y se sintió fuera de lugar. Con una suave caricia en la mejilla de su hijo y un beso en la mano de la madre, Nadia y Pedro terminaron de platicar.


― Lo siento ― se disculpó Nadia con todos tratando de ocultar las lágrimas que rebeldemente querían brotar ― Desgraciadamente no podemos contralar todo en la vida y este es uno de los ejemplos. El curso de la misma no está regido, hay que tejerlo.


― Interesante filosofía. ― opinó Viviana, interviniendo por primera vez en la plática, mientras que Carlos se mantenía al margen leyendo unas hojas en la mesa.


― Me sirve mucho. ― El aura de alegría volvió a rodear a Nadia. Súbitamente se volvió hacia Pedro, tanto que Paula pensó que se rompería el cuello. ― ¿Cuéntame cómo está mi pequeña princesa?


La última palabra la dijo en español, pero Paula logró entenderla. Princesa. Se refería a Sara. Paula y Pedro se miraron y en sus miradas bastó para que Paula captara el mensaje: Nada de hablar del intento de secuestro de Sara con Nadia. Aquella mirada férrea la pasó por toda la mesa y todos asintieron. Paula volvió a pensar en Sara y sintió nostalgia por estar tan lejos y más aún, con alguien libre tratando de hacerle daño. El que Leandro estuviera con ella calimbaba un poco pero no lo suficiente hasta atrapar a quien quiera estuviera detrás de ello.


Pedro se escondió detrás de la servilleta de tela y se limpió unas migajas invisibles para después sonreírle a su madre.


― Sara está bien, te extraña.


― Como yo a ella, pero las clases no me permitieron llevarla al viaje.


Pedro asintió, y Paula casi esperaba que Nadia siguiera con las preguntas, hasta que Carlos se levantó de la mesa.


― Bueno, muy buena la plática pero ahora a trabajar. Nadia, en dos horas viene algunas revistas y periódicos a hacer una entrevista a Pedro, y tu presencia será fundamental a falta de una señora de la casa.


― Por dios Carlos, descansa un poco. ― Se quejó Nadia.


― Descansaré hasta que él ― y señaló a Pedro con fiero orgullo ― haya ganado, no antes. Además, Ramiro viene hoy a traerme unos papeles de Los Ángeles y quiero dejar las cosas bien.


― Pero Ramiro ya está aquí. ― interrumpió Nadia, atrayendo la atención de todos sobre ella.


― ¿Qué? ― preguntó


― Claro, lo vi anoche en el hotel cuando llegué. ― Nadia contestaba como si nada pasara.


Paula observó a Carlos rascarse la cabeza tratando de recordar.


― Vaya, quizás me equivoqué con la hora. Entonces pediré a recepción que me comuniquen con él.


Viviana se levantó rápidamente de su asiento también.


― Yo también me retiro. Tengo algunas cosas que tratar con Carlos antes de que vengan los medios.


Ambos se disculparon y salieron del salón. Nadia y Miguel se quedaron terminando de desayunar mientras que Paula se quedó pensando en ese raro cambio de planes de Ramiro. 


Quizás no fuera nada, pero hablaría con Ramiro.


Cuando terminaron de desayunar, Paula se excusó y se fue a su habitación para lavarse y cambiarse, mientras que Miguel y Pedro se quedaron en la sala hablando y tomando café. Nadia también se había retirado a su cuarto para cambiarse para la entrevista.


De espaldas a la puerta, Paula pensó en los giros que habían dado de la noche a la mañana. La noche con Pedro, la llegada de Nadia, la llamada de Alex, las teorías de Leandro y la misteriosa sensación de que alguien la vigilaba. 


Nada estaba yendo como debería de ir. Quizás regresando a casa las cosas volviera si no a la normalidad, al menos un poco de ella.


Era como Dorothy en el país de Oz, deseando regresar a casa.


― Parece que ya no estamos en Kansas, Toto. ― susurró Paula a sí misma.


Salió arreglada con su ropa de trabajo, aunque batallando con la camisa preparándose para las veinte preguntas de Nadia, pero sólo se encontró a Pedro en la salita tomando café.


― ¿Y Miguel?


Pedro dejó a un lado la taza de café para levantarse y caminar hacia ella.


― Se ha ido a cambiar para la entrevista y a platicar con Carlos.


Pedro siguió caminando hacia ella y Paula dio un paso atrás. 


Estaban solos. Y la mirada de Pedro estaba cargada de magnetismo sexual, o como diría May, sexualnético.


― Así que problemas con el novio, ¿eh? Y estoy cien por cien seguro de que al que apaleabas ayer en la noche era yo.


Con cada paso que daba, Paula retrocedía otro, hasta quedar pegada a la pared.


― Quieto ahí Casanova, que estamos trabajando. ― le lanzó una mirada amenazadora cuando vio que alzaba una mano para tomarla de la cintura.


Pedro no se dejó amedrentar y le acarició la curva del cuello.


― Anoche estábamos trabajando también.


― ¡Mi dios! ― gimió Paula y le tapo la boca a Pedro
Recordar lo sucedido la noche anterior, le provocaba una marea de sentimientos encontrados. Entonces vio su gesto y bajó la mano rápidamente ― Esto está mal. De seguro en otra vida hice un mal muy grande para que todo esto me esté pasando a mí.


― Vamos, no exageres. Además, mi madre no es ninguna bruja. Te encantará ― Al ver la mirada de Paula tuvo que agregar ― Pero nadie se enterará de esto.


― Eso espero porque si no, esto se acaba… aquí y ahora.


A pesar de la firmeza con la que había empezado, terminó temblando al ver la mirada de hielo de Pedro. Incluso sintió un escalofríos viajar por todo su cuerpo.


― No. ― La voz de Pedro era una línea delgada de tensión. Se aclaró la garganta y alzó la mano para acariciar la mejilla de Paula ― No podemos. Ambos lo deseamos.


La intimidad disfrazada en aquel gesto, una caricia escondida en el roce de su mano hacia que Paula se sintiera extraña. Era más de lo que estaba dispuesto a admitir en esta ocasión. Hizo la mejilla a un lado y se volvió a alejar.


― Mantén tus manos en tus pantalones vaquero, que ya tengo suficientes problemas.


― Aguafiestas. ― Paula le sacó la lengua y se fue hacia la sala. Pedro suspiró ― Pero tienes razón. Cuéntame sobre lo que te dijo Alex.


Paula le contó todo lo que sabía. Pedro, nervioso pidió hablar a casa, y aunque Paula ya había hablado anteriormente Pedro quería hablar con Sara. Paula argumentó que era sábado y quizás estaría descansado.


 Aún así, marcaron a la mansión y al segundo timbre Jaime contestó. Luego de algunos saludos y comentarios, Jaime le pasó a Sara.


Paula sonrió al ver la cara de alivio de Pedro al oír la voz de Sara. Pedro cerró los ojos, miró a Paula y sonrió. No solo por saber que Sara estaba bien, sino por su tono de alegría con el que lo había recibido. Hacía mucho tiempo que no gritaba su nombre con tanto entusiasmo.


― ¿Cómo están las cosas por allá? ¿Todo bien?


― Sí… ― Sara hizo una pausa, recordando a Leandro, tirándola al piso durante los entrenamientos. O huyendo de la Sra. Perkins para ir a sus entrenamientos. ― Todo bien.


Pedro frunció el ceño.


― ¿Estás segura? Te oigo un poco nerviosa. Sara, si sucede algo…


― Papá, estoy bien. Es por el concurso, estoy ensayando mucho, y es mi primer concurso. Tú sabes.


Pedro sintió una gran llamarada de orgullo.


― Pequeña, lo harás bien, ganes o no, lo harás bien. Todos estaremos ahí para apoyarte, ya lo verás.


― ¿En serio?


― Claro que sí. Además, te llevo una sorpresa que sé que te va a encantar. ― Y pensó en su madre. Sara y Nadia tenían una relación más allá de lo familiar.


― ¿No serán esas bolas de nieve verdad?


― Pensé que te gustaban. ― Aunque en realidad había sido idea de Viviana comprarle esas cosas para colección. Ella tenía muchos muñecos de porcelana que había comprado en mucho tiempo.


― Son lindas, pero yo…


Sara no siguió y Pedro agradeció que su hija no hiriera sus sentimientos. Volvió a sonreír con ganas sin poder evitarlo.


― Nos vemos Sara. Te quiero.


― Te quiero también papá. ― contestó su hija y colgó.


Se quedó unos segundos absorbiendo las palabras de su hija, dispersándola por todo su cuerpo. Añoraba tenerla en sus brazos pero eso podría esperar hasta regresar a casa. 


Se dio la vuelta y con sus piernas cruzadas, Paula estaba sentada en el sillón grande riendo sin parar.


― Debes de dejar de comportarte como un padre paranoico.


― ¿De qué hablas? ― contestó indignado.


― De Sara. Pobre, cuando empiece a ir a la universidad y salga con chicos…


Paula dejó la frase volando en el aire y sonrió al ver la cara amargada que puso Pedro. Él llego hasta el mueble y se sentó a su lado.


― He pensado en algo como encerrarla en un convento o tener un tutor en clases hasta su master.


Paula soltó una carcajada.


― Eres un idiota algunas veces. ― lo miró y dejó de sonreír ― Y esas veces también puedes ser encantador.


― ¿Eso amerita un beso?


Con un suspiro alzó los ojos cansada, y vio la mueca de Pedro. Lo tomó de la corbata y lo jalo hacia ella.


― Ven aquí Casanova.


Lo besó con furor, alegre por Sara y él, y porque su relación estaba avanzado. Le mordió el labio inferior y después de unos gloriosos segundos se separó de él a pesar de las protestas de su cuerpo.


― Buenos días América ― gimió Pedro y se levantó del sillón ― que yo voy por una ducha fría.


Paula sonrió y lo observó marcharse. Cuando estaba llegando a la puerta le gritó.


― Es mi encanto.


Oyó un resoplido cuando la puerta se cerró.





CAPITULO 42




Cuando Pedro despertó lo primero que sintió fue la ausencia de Paula. Se había despertado varias veces a lo largo de la noche, después del primer encuentro, y cuando había querido ir lento y saborear su cuerpo, ella lo había pedido rápido. Sonrió al recordar la plática nada romántica que habían tenido.


― ¿Hacemos un trato? ― había preguntado ella besándolo y tentándolo a ir por más, pero él había querido tomarse su tiempo.


― Soy todo oídos


― Dado que ambos estamos un poco encendidos… lo hacemos a mi modo primero, y el segundo round es todo tuyo.


Pedro se había echado a reír. La pequeña granuja sabía hacer negocios.


― ¿Qué te parece esto? ¿Primero a mi modo y después al tuyo?


― No, por dios…


― ¿Entonces qué te parece esto? Inventemos un nuevo modo. Ni tuyo ni mío.


― Puede funcionar. Veamos


Y habían encontrado un ritmo placentero para ambos. Y claro, habían cumplido su trato también. A la manera de ella y a la manera de él. Cuando habían terminado, ambos habían estado agitados y cansados, sudados y completamente saciados. Sin embargo, cuando había estado a punto de dormirse Paula lo había corrido de su habitación, bajo la excusa de que al día siguiente, o mejor dicho dentro de un par de horas, no quería correr peligro en que alguien los encontrara ahí o saliendo de su habitación. Pedro se había quejado pero Paula no lo había escuchado, se había puesto la camisa de él y le había pedido gentilmente que se marchara. Eso del día después era muy cierto pensó Pedro


Ahora entendía a las mujeres que ansiaban un abrazo, un beso de buenos días Vaya hombre estaba hecho.


Se dio la vuelta en la cama, y colocó un brazo sobre su cabeza. La noche anterior con Paula había sido totalmente diferente a todo lo que había experimentado. No era un hombre muy dado a estar con una mujer y luego con otra y desde la muerte de Julieta no se había sentido sexualmente atraído por ninguna mujer. Incluso con Julieta había sido cuidadoso, tan frágil, tan inocente. Pero con Paula, siendo un hombre de casi cuarenta años, había experimentado una nueva faceta. Sólo había un pequeño problema con todo. 


Paula no veía futuro en eso. Increíble, pero él sí lo hacía, sólo había que convencerla a ella. Deseaba tanto poder despertar y ver su expresión al despertar, admirar sus gestos y ser la primera persona que viera ese día. Poder despertarla con besos y quizás…


Al parecer su amigo también se había despertado. Sacudió la cabeza y se levantó de la cama, totalmente renovado, casi rejuvenecido. Aunque la ducha fría no le atraía en lo más mínimo, aquél día tenía mucho que hacer.


Oyó unos pasos afuera y automáticamente pensó en salir. 


Quizás era Paula y podía… pero a medio camino se detuvo. 


¿Y si no era ella? Claro, el gran candidato Alfonso, paseándose desnudo por la suite del hotel. Ya empezaba a ver los inconvenientes de esa relación o lo que fuera que fuese. Se fue a la ducha y antes de entrar oyó un móvil sonar.


Paula fue a atender el móvil rápidamente. Estaba en la mochila que estaba en la entrada y lo rebuscó entre la ropa y sudadera. Cuando lo encontró vio el número y se quedó extrañada. Rápidamente contestó.


― ¿Alex?


A miles de kilómetros Alessandra se recargó contra el buró de la oficina de su primo William, en Washington, DC.


― ¿Te suena el nombre de Guillermo Díaz?


Paula rebuscó el nombre en su memoria, pero no encontró nada.


― No, para nada. ¿Por qué?


― Hice mis averiguaciones, y al parecer Díaz hizo una contratación de cuatro hombres. ― Alex miró los papeles que tenía en la mano, un informe que William le había prestado el día anterior ― El mismo día que el intento de secuestro de la hija de Alfonso, en la misma zona y por la descripción del chófer, el mismo modus operandi.


― ¿Crees que es él?


― Puede ser, pero esto no te va a gustar.


― ¿Qué pasa?


Alex pasó a la siguiente hoja, una hoja muy larga con el curriculum delictivo de Díaz.


― Guillermo Díaz esta en la lista de los más buscado de la CIA y el FBI y todas las listas que te puedas pensar. Este hombre hace de todo: drogas, armas, asesinato, pornografía, pedofilia. ― Alex dejó las hojas y fue a la ventana de la oficina ― Paula, este hombre es malo, con letras mayúsculas.


― ¿Qué relación puede haber entre ese hombre y Alfonso?


―- No lo sé, pero será mejor que lo averigües, porque esto nena, no pinta nada bien.


― Vale, lo haré. Manda todo lo que tengas de ese tipo a la Mansión Alfonso y mantenme informada.


Paula colgó pensando en las palabras de Alex. Tenía la impresión de que algo se le estaba pasando. Volvió a repasar el nombre pero no le sonaba de nada. Al recordar la lista de “cualidades” del hombre sintió un escalofríos y súbitamente pensó en Sara. Marcó a la Mansión pero nadie le contestó. Eso la puso nerviosa, así que marcó al móvil de Leandro, pero no contestó. Paula estaba poniéndose cada vez más alterada hasta que a la tercera llamada Leandro contestó.


― ¿Por qué tardaste tanto en contestar el teléfono? ― rugió Paula contra el teléfono.


― Hola para ti también cariño. ― contestó con sarcasmo Leandro ― Y por si no lo sabías, tengo necesidades en las que me gusta tener mi intimidad y un celular hace que no me concentre.


Paula se alejó del teléfono e inhaló profundamente pidiendo paciencia.


― Eres un cerdo, Lean.


― Tú preguntaste.


Dejando la pelea en paz, Paula fue directo al grano.


― Leandro, acabo de hablar con Alex.


Le contó todo lo que Alex le había dicho y sus propias teorías. Leandro, al otro lado de la línea, la escucha atentamente, y cuando ella terminó él agregó que en Los Ángeles las cosas estaban muy tranquilas y no había visto ni él ni Augusto ni nadie, nada sospechoso.


― Aquí las cosas también están tranquilas. ― hizo una pausa al recordar el día anterior en el gimnasio y decidió contárselo a Lean ― Pero no sé, desde ayer siento como que alguien me vigila, no a Alfonso, sino a mí.


Se hizo un silencio nada cómodo.


― ¿Tu padre? ― preguntó por fin Leandro.


Paula también había pensado en esa posibilidad, pero no estaba segura al cien por ciento


― No lo creo. O no lo sé. ― agregó confundida. La primera y única vez que Rafael había tratado de hacer regresar a Paula. La había mantenido vigilada por agentes de mala calaña y uno de ellos había sido herido en el acto, pero hasta ese día, Paula no sentía remordimiento alguno. ― Desde aquella vez no había tratado de vigilarme.


― Pero ahora tu cambiaste las reglas con la investigación de tu madre.


― Tienes razón. O quizás me estoy volviendo loca. ― dijo con ironía tratando de quitar tensión al tema.


― Eso sería muy probable. ― contestó Leandro siguiéndole la corriente, aunque Paula sabía que lo que le había contado no se le pasaría por alto.


― Vete al…


― Allá nos veremos hermosa. ― interrumpió Leandro y ambos sonrieron ― ¿Algo más?


― Sólo cuida a Sara, ¿Vale?


― Te estás encariñando mucho, Paula.


Aunque no hubo reproche la misma forma en la que le dijo la última frase, le hizo entender a Paula que Leandro le estaba regañando. Si supiera cuanto se había involucrado le daría una tunda de su vida. El sermón de los sermones sería dado por Leandro O’Brien ese día. Por suerte, sólo había dos personas que sabían eso y ninguno, diría nada.


― Tú sólo hazlo. Nos vemos en un par de días Lean.


Se despidieron y Paula colgó un poco más calmada al saber que Sara estaba bien. Se dio la vuelta y se encontró con Pedro en la puerta de su habitación recién bañado y mirándola directamente. Paula sintió un nudo en la boca del estómago pero lo achacó a su hambre. Eso tenía que ser. 


Se acercó a él y alzó su celular.


― ¿Escuchaste?


― Sólo una parte. ― hablaba lentamente. Traducción, estaba enojado. Genial ― ¿Has sentido que te están vigilando y no me dijiste nada?


Paula alzó los ojos al cielo.


― Fue solo ayer y fue solo una sensación. No encontré a nadie.


― Paula…


Ella alzó la mano y la posó con fuerza sobre sus labios para callarlo. Aquel gesto inocente, era tan íntimo, pero no se dio cuenta.


― Se cuidarme la espalda, Alfonso, así que tranquilo. ― Y antes de siguiera con las preguntas ella habló primero ― Por cierto, ¿te suena el nombre de Guillermo Días?


― En mi vida conocí a alguien con ese nombre, ¿Por qué?


― Alex habló, tenía una pista por lo de Sara.


― Es rápida. ― comentó Pedro alzando una ceja realmente sorprendido y deseoso de saber que tenía.


― Es buena. ― defendió Paula.


Mientras que Pedro iba vestido con un traje formal al que solo le faltaba el saco, Paula iba con sus sagradas ropas de siempre, informales pero cien por cien cómodas. Unos pantalones de mezclilla negros y una blusa blanca deportiva, una chamarra de mezclilla y sus queridas botas cómodas. 


Su cabello volvía a estar agarrado en una alta cola de caballo. Pedro no pudo evitarlo y acarició su cabello.


― Me gusta más suelto. Tu cabello es tan hermoso.


Un poco incómoda por el gesto. Paula retrocedió discretamente.


― Atrás vaquero. Alguien puede vernos. Y a mí me gusta así. Gracias. ¿Desayunamos? Tengo un hambre voraz. Anoche quedé famélica. ― Al mirar de nuevo a Pedro se aguantó la risa al ver sus ojos brillar. Típico de los hombres ― Ya puedes borrar esa estúpida sonrisa de tu rostro Casanova. Anoche fui al gimnasio y apaleé a un saco de arena, hice pesas y nade un poco.


― ¿Y sólo eso?


― No me harás decirlo Alfonso. ― al ver la proximidad de Pedro se sintió invadida así que dijo lo primero que se le vino a la mente ― Además, lo dije en serio ayer. Nada de promesas ni ataduras. Sólo el presente. Nadie puede saber de esto. No sólo afectaría tu carrera sino la mía. Si vamos a seguir con esto, habrá que ser discretos.


― Estas pensando en el futuro, pensé que solo teníamos el ahora.


― Me gusta tener todo planeado.


Pedro entrecerró sus ojos pero no contestó nada. En vez de eso, cambió de tema.


― Entonces mi madre y tú van a encajar perfectamente. ― al ver los ojos desorbitados de Paula, agregó ― Mi madre llegó ayer. Está hospedada aquí, y nos va a acompañar en los siguientes días.


Paula se quedó quieta. Lo que le faltaba. ¿Podrían empeorar las cosas? Acaba de acostarse con Alfonso y aparecía la madre en acción. ¿Por qué no se había tomado más días?, pensó Paula.


― No sabía que vendría. ― fue lo único que pudo contestar.


― Ni yo, somos dos. ― contestó Pedro alzando los hombros y yendo al comedor.


La comida había llegado media hora antes y Paula la había recibido, encargando desayuno para un batallón, o sea ella, y un par de platillos para los demás. Pedro se sentó en la silla principal y se colocó la servilleta. Paula agradeció el no tener que esperar a nadie, porque en verdad se estaba muriendo de hambre. Además ese día podía tomar su rica taza de café que humeaba en la mesa.


― Pero así es ella. Un alma indomable. Le encanta viajar, y acaba de regresar de su visita a México.


― Sobre eso, no es necesario que la conozca. Alguien más…


― ¿Le tienes miedo?


Había oído hablar de Nadia Alfonso, y había leído un poco de ella, pero conocerla era otra cosa. Además, no quería involucrarse más con la familia.


― Eso de las madres no se me da bien.


Tocaron el timbre, Paula se empezó a parar pero le dolían algunos músculos. Pedro la detuvo y se levantó él para abrir. Aun así Paula se levantó del comedor y fue con él. Carlos y Viviana entraron. Paula se alejó de Pedro unos pasos, y eso molestó a Pedro pero no dijo nada.


Carlos atrapado en su mundo entró y dio los buenos días sin darse cuenta de nada. Saludó a Pedro y empezó con su letanía.


― Tenemos mucho que hacer. Empezando por desayunar y luego por repasar tu discurso de la tarde.


Pedro asintió y le informo de la llegada de su madre.


― ¿Nadia? ¿Aquí? Dios, eso es genial así no aparecerás solo y con tu madre aquí podemos dar más realce a las visitas de los barrios hispanos.


Carlos siguió haciendo planes mentales y se fue directo al comedor. Viviana se quedó atrás y miraba sonrojada a Pedro.


― Pedro, ¿podemos hablar?


Pedro miró a Paula y aunque ella no dijo nada, no quería que las cosas se malinterpretaran ni con Paula ni con Viviana.


― Viviana, sobre lo de anoche…


Viviana lo tomó de la mano pidiéndole silencio.


― Lo siento tanto en verdad, no sé que me pasó, Espero que eso no cambie nuestra amistad de años.


Pedro lo pensó. Vio la cara y los ojos volteados de Paula y sonrió. Había que llevar la fiesta tranquila.


― Esta bien Viviana.


Viviana asintió y se fue al comedor con Carlos. Paula y Pedro se fueron a la mesa y cuando Paula ya estaba sentada volvieron a llamar y Paula casi grita de frustración. 


Tenía hambre, joder. Casi patea a Pedro al ver que se ría de su frustración, más tarde se las pagaría. Fue Pedro quien fue a abrir la puerta y Paula oyó voces provenientes del salón.
―… y entonces la pequeña bruja me apuntó con la pistola.


Era Miguel, y Paula suspiró aliviada, Al fin un amigo, después oyó una risa femenina y le recordó a alguien.


― Oh Miguel, es todo un personaje. No sabes cuánto deseo conocerla.


Paula se quedó quieta. La voz.


Se giró rápidamente para comprobar que estaba equivocada. Primero vio a Miguel salir detrás del pasillo.


― Paula, le estaba contando a Nadia la primera vez que nos vimos.


Después apareció Pedro abrazando a una mujer menuda.


― Paula, te presento a mi madre, Nadia Ramírez Alfonso.


La sonrisa de Paula quedó congelada. La mujer, ahora ya arreglada y bien vestida era la misma que la noche anterior había conocido en el gimnasio del hotel y había confundido con la mucama. La misma que le había dicho que estaba enamorada. La misma que ahora resultaba ser la madre de Pedro. La madre del hombre con el que se había acostado.


Joder.


Las cosas si se podían complicar después de todo.