jueves, 28 de mayo de 2015

CAPITULO 6







Paula siguió a Alfred hasta la cocina, que a pesar de estar actualizada al último grito de la moda, conservaba el estilo colonial de la casa misma. Un desayunador rectangular estaba situado a media habitación. Grandes ollas y sartenes colgaban en él. Paula suspiró. Ella y la cocina no eran las mejores amigas del mundo. Gracias a Dios, existían los fast food.


De espaldas a ellos, una mujer a la que Paula le calculó no pasaba del metro y medio estaba enfrente de la barra, cortando algo. Tenía su cabello atado en un moño alzado, su pelo, se veía cubierto por ligeras canas, era de complexión menuda. El ruido del filoso cuchillo contra la madera sonaba por toda la estancia. Y también se oyó que estaba susurrando algo.


Alfred dio un paso adelante, y tosió para hacer notar su presencia.


― Buenos días.


La mujer no se dio la vuelta, y por su voz Paula notó que estaba un poco enfadada.


― ¡Sí, buenos días tendrás tú! María no me trajo mis zanahorias. ¿Ahora que le daré a Sarita de desayunar? Porque mi pequeña no se irá sin ningún bocado, ¡no señor! O me dejo de llamar Mariana de la Peña.


Paula notó que a pesar de los años residiendo en el país, la mujer no había perdido el acento de su tierra natal. México, dedujo Paula rápidamente.


― Mar… ― insistió Alfred, quien le lanzaba miradas a Paula y después volvía hacia Mar. Paula quiso reírse de la escena. Por lo visto la dama le causaba varios dolores de cabeza a Alfred. Paula sonrió. Le caía muy bien.


― Lárgate, Jaime. ― Así que el Alfred había resultado un Jaime. Vale, los dos nombres le pegaban, pensó Paula. La mujer siguió cortando frutas espalda a ellos ― Tengo muchas cosas que hacer. Si quieres desayunar, bien podrías venir hasta que esté preparado. Así que agarra tu tra... ― Se dio la vuelta con el cuchillo en la mano, e instintivamente Paula observó como el Alf… Jaime, daba un paso hacia atrás. Paula quiso sonreír. Después de todo, el tío le tenía miedo a alguien. Paula ahora observó a la mujer que se había quedado muda de la impresión. Por muy sorprendente que fuese, le encontró un gran parecido a Sally Field, cuando actuó en “Magnolias de Acero”. May la había llevado en su noche de chicas y ella había tenido que ver a fuerza. Al final, había terminado llorando como una magdalena, y May… bueno,May se había dormido en el sillón. Paula optó por la primera arma que tenía a la mano, y sonrió. Mar le devolvió la sonrisa, sonrojándose ligeramente.


― Oh, vaya. Mil disculpas señorita.


Paula se acercó y le tendió la mano, la cual fue tomada y apretada fuertemente. A Paula le gustó ese apretón. Era una mujer de carácter, y eso se apreciaba.


― Mucho gusto, soy Paula Chaves.


― Mariana de la Peña ― exhaló un suspiró hondo ― Y sí, es en honor a la canción. Mis padres tenían un raro sentido del humor. Pero todos me dicen Mar. Bienvenida Señorita Paula.


― Mucho gusto Mar. Y ya que te voy a tutear, por favor, dígame Paula.


― Bien Paula, mucho gusto. ¿Has desayunado?


― En realidad sólo quería una taza de café. Si me dice donde están las cosas, yo me la preparo y usted sigue con lo que estaba haciendo…


Mar negó agitadamente con su cabeza, mientras la tomaba de la mano, y se la llevaba a la barra.


― ¡Café! ― bufó Mar, como si hubiese dicho “pamplinas”. ― Niña, eso no es desayuno. Con razón estas tan flaca. Ven, siéntate. Desayunaras unas ricas tostadas. Ven.


― Pero no tengo…


Paula se calló súbitamente al ver la cara de Mar. Casi le faltó el tener un bigote rectangular sobre sus labios para dar más miedo.


― Siéntate.


Sí, era una mujer que sabía varias disciplinas de autodefensa y protección, distintos idiomas, pero su madre le había enseñado a ser educada. Y ahí estaba el resultado.


― Ok ― susurró Paula con una leve sonrisa.


El Alfred-Jaime se acercó a Paula y le susurró solo para que ella o escuchase.


― No quiero decir “Se lo dije”, pero se lo dije.


Paula estaba apunto de contestarle cuando se hizo una aparición la persona a la que Paula había esperado.


― Mar, ¿están listos mis...? ― Sara se calló al notar la presencia de Paula.


Había entrado muy animadamente, pero todo su coraje se había esfumado, quedando la niña que Paula conoció un día antes en la sala de su padre. Con ocho años, la niña medía más que el promedio, quizás debido a su padre. Su uniforme una falda azul oscuro con una blusa pulcramente blanca estaba dentro de su falda, y encima un abrigo con el escudo de la escuela. Los zapatos negros estaban lustrados y sus calcetas largas blancas le llegaban a más allá de las rodillas. Su cabello lo llevaba alzado en una coleta de caballo. ¡Dios!, pensó Paula. El uniforme no había cambiado para nada.
Se paró y se acercó a la niña.


― Hola. Me llamo Paula. Trabajaré para tu padre por un tiempo. ― le tendió su mano y a Sara no le quedó más remedio que tomarla, pero apenas si la tocó.


― Sí, él me lo dijo. Soy Sara. ― la voz de Sara era apenas audible, hablaba con la cabeza agachada, o evitando la mirada de Paula.


― Sarita, siéntate. No tengo tu jugo de zanahorias, pero te haré algo rápido.


Paula era una excelente lectora del lenguaje corporal, y Sara era demasiado fácil de leer. Se había alegrado de no tomar ese jugo de zanahorias. Tomó su asiento, y se sentó en silencio. Paula esperó a que alguien empezara la conversación, pero nadie lo hizo. Mar se enfrascó en su quehacer en la cocina, mientras que Jaime se sentó, alcanzó el periódico y lo extendió enfrente de sí. Miró a Sara quien jugaba con un tenedor que tenía enfrente callada. Paula trató de animar la conversación.


― Parece ser que será un lindo día, ¿verdad?


Sara asintió levemente. Paula se quedó esperando más, pero no pasó. Mar se acercó a ellas, y colocó un plató de frutas cortadas enfrente de Sara.


― Toma Sarita, comienza con esto. Te tendré que dar una malteada o algo así, ya que no tenemos tus zanahorias.


¿Zanahorias? ¿A una niña de ocho años? ¡Que horror! Pensó Paula. Gracias a Dios, a ella no le habían hecho eso.


― Mar ― la mujer volteó y Paula le dio una cálida sonrisa. ― ¿Me podrías cambiar ese café por una malteada de chocolate? ― Sara alzó su cabeza y miró a Paula, y está le guiñó ― Como bien lo dijiste, tengo que comer algo. Y el café no es necesario ― Paula se quiso dar un tiro en ese momento. Odiaba las malteadas, y el café era su máquina para empezar el día. Tendría que parar en un Starbucks o algún lugar así. Porque ella tendría su café. ― Y así matas dos pájaros de un tiro, y le das a Sara también.


― Oh, claro Paula. Muy buena idea.


Paula oyó a Alfred-Jaime bufar detrás del periódico. Paula intentó de nuevo sacar plática a Sara


― ¿Lista para el colegio? ― Sara asintió. Paula probó una vez más ― ¿Y te gusta tu colegio? ― Sara asintió. Paula miró a Mar y ella alzó los hombros, en señal de disculpa. Jaime, por su parte, seguía escondido detrás del periódico ― ¿Y quiénes son tus profesores ahora? Déjame adivinar. 
Estás en segundo año, así que… ¿McDill? ― Sara negó. Paula sonrió para sí misma. Aunque sea unilateralmente, pero estaban teniendo una conversación. ― ¿Strauss? No, el da clases a los últimos años. ― Se contestó Paula ― Pero Salvatore sí. ¿Todavía sigue usando esa peluca mal puesta? ― a Sara se le escapó una risilla y Paula sonrió visiblemente. Jaime bajó su periódico y miro a ambas alarmado. Mar por su parte se quedó callada. ― Entonces sí. El pobre piensa que la peluca le queda fantástica, y cuando hace así ― Paula pasó su mano derecha por su cabello simulando al profesor y Sara se empezó a reír fuertemente ― no se da cuenta de que la peluca se le mueve un poco.


― Sí, aún lo hace. Y mi otro profesor es Reinders. ― contestó Sara.


Paula abrió los ojos.


― ¿Aún está de pie ese hombre? Debe de tener miles de años.


Tanto Paula como Sara sintieron la mirada reprobatoria de Mar por estarse riendo de los profesores. Y eso hizo a Sara reírse más fuerte. Al final Mar se les unió.


Entonces todos se callaron al escuchar la puerta trasera abrirse, y ver a Pedro parado en la entrada. Mar carraspeó y volvió a su trabajo. Mientras que Sara se volvió a quedar callada. Paula sintió la tensión rodear la habitación. Pedro se acercó a ellos. Traía puesto un short azul oscuro y un sudadera a juego, la cual venía ligeramente sudada. Su mirada era fría y sus gestos un tanto intimidadores, al menos para los demás, no para Paula.


― Vaya, tenemos el caos de todos los días. Buenos días a todos. ― Se hizo un silencio y después miró a Paula ― Veo que ya está aquí.


― Buenos días. ― contestó Paula.


― Buenos días ― contestaron los demás.


― Sólo pasé porque oí muchas voces. Me voy a cambiar y bajo a desayunar.


Pedro estaba ya caminando hacia la puerta pero Paula se paró rápidamente para seguirlo.


― ¿Podría tener unas palabras con usted?


Jaime salió de la nada y le dio una pequeña toalla que Pedro tomó y empezó a secarse el sudor de su cuello.


― ¿No podría esperar?


― Podría.


― Perfecto. Nos vemos en quince minutos.


Pedro salió de la habitación y Jaime fue detrás de él. Paula suspiró. Tendría que esperar. Mar le colocó un gran vaso de malteada enfrente de ella, seguido de un emparedado y un plato de frutas. Suspiró una vez más. Tendría que acabárselo todo, y ella no era de las que desayunaba. Miró a Sara y vio que ella estaba tomando todo su licuado. Vale, al menos había valido la pena el sacrificio. Su dulce café tendría que esperar.


― Y… ¿Qué tal la escuela? ― empezó a sacar la plática.


― Bien.


― ¿Qué materia te gusta más?


― Todas.


― ¿Y practicas algún deporte?


― No.


Paula se dio por vencida y se dedicó a desayunar. Lo poco que había avanzado se había ido por la coladera.



****



Pedro se encerró en su habitación tan pronto vio la puerta. 


Había oído las risas provenientes de la cocina, y se había sentido hipnotizado por ellas. Antes de entrar vio a Paula hacer un par de gestos con su mano y su cabello, y aunque se veía hermosa, y le dolía admitirlo, su foco de luz se concentró en Sara.


Había estado sonriendo, risas de verdad, sin ocultarse detrás de su servilleta, o fingiéndolas. Era una sonrisa, de las que muy pocas veces el alcanzaba a ver.


Se sentó en la orilla de su cama, y tomó el retrato de su esposa que estaba a un costado de la cama.


― Julieta, ¿Qué he hecho mal?


Se quedó sentado, en medio de la sosiega calma que lo rodeaba, esperando que en algún momento la respuesta a su pregunta llegara.


Solo obtuvo el silencio.






CAPITULO 5





Paula tocó el timbre de la casa a las siete en punto, tal y como lo había dicho. La puntualidad era algo fundamental en su trabajo, y el cumplir un horario, se había vuelto su forma de vida. Sólo llevaba una pequeña maleta y dentro de ella lo indispensable. De cualquier forma, si necesitara algo, bien podría pasar a buscarlo a su apartamento. O pedirle a May que se lo llevase, aunque esto último, lo dudo unos segundos.


La noche anterior, había peleado con May por lo dejar su apartamento. Había regresado a penas recientemente de su último trabajo, la hija de un hombre rico necesitaba una niñera en una cena benéfica. Y aunque la paga había sido buena, definitivamente, el trato con la “señorita” dejaba mucho que desear. Y después, había tomado el trabajo de Jorge (se había enterado de que era el padre de un regordete varón de tres kilos doscientos gramos). Por lo que no habían tenido su noche de chicas, como a May le gustaba llamarla.


En cambio, la dejaba encargada de su piso, y más aún de Coco. Eso era lo único que le dolía, dejar a Coco. Con May siendo alérgica a los gatos, tenía el pequeño detalle de que no podía estar cerca de Coco. Había tenido que recurrir a lo mas bajo, para que May accediera. Aún recordaba cada palabra dicha.


― ¡Maite Susana Angelica Jenkins! Te estoy pidiendo en nombre de nuestra bella amistad que cuides a mi precioso bebé. ― Coco estaba en la cama. La sábana verde contrastaba con el pelaje completamente blanco de su gatito ― Y no sé, si alguna vez hice algo como prestarte dinero cuando lo necesitabas, regar tus focus en tus largas y largas ausencias, tira tu basura, o no sé, ― Paula se puso pensativa un momento, y después como si se hubiese acordado de algo repentino, chasqueó los dedos ― ¡Ah! ¿Qué al salvar tu trasero de una buena paliza? Quizás entonces te lo quieras pensar antes de negarte a cuidar a mi bebé.


May había bajado los ojos al piso, visiblemente avergonzada.


― Vale, pero Coco se queda en tu casa. ― Paula iba a protestar, pero May alzó las manos ― Lo siento, pero hasta ahí llega mi tolerancia. ¿Te acuerdas como quedé la última vez que Coco me brincó en el regazo y se me arrimó? ― Cuando Paula se acordó de eso, quiso reírse, pero el gesto en la cara de May le advirtió que a ella no le haría gracia ― Y ni se te ocurra reírte. Y jamás vuelvas a decir mi nombre así. Sólo mi madre lo usa, y sólo lo usa cuando esta enojada.


Paula quiso reírse. Ser una artista independiente, y no famosa, era una de las tantas decepciones que la madre de May tenía en contra de ella.


― ¿Entonces de que estaba enojada ahora cuando entré?


May la miró y bufó.


― Bueno, siempre esta enojada. Le pasa todo el tiempo.


Ambas rieron. Paula acordó que Coco se quedara en su casa, pero que May la fuera a ver de vez en cuando.


Sabía que tener una mascota con su tipo de trabajo era una crueldad para el pobre animalito. Pero no se había podido desprender de ella. Siempre que lo veía al regresar a casa, ella sabía que en verdad había llegado a casa. Y no solo eso. Coco le traía maravillosos recuerdos de su infancia, y de toda su vida.


La puerta emitió un chirrido, abriéndole el paso, y ella entró en la residencia Alfonso.


Ubicada en una zona residencia exclusiva, la residencia no dejaba atrás a sus vecinos. Era una mansión enorme. 


Aunque claro, distaba mucho de la que su padre tenía en Bel Air. La cual Paula había visto como su prisión por muchos años. Sin embargo, la casa del Candidato Alfonso no tenía ese aire. Muy por el contrario, la casa daba un aire principesco. Siguió avanzada, admirando los enormes pilares que estaban en la entrada. Eran seis grandes columnas formando un medio círculo que llegaban hasta el último piso. La casa, que constaba de tres pisos, estaba pintada de un color melocotón y el techo cubierto de tejas.


Cada habitación tenía ventanales enormes que iban del suelo al techo, de pequeños cuadros y un balcón que daba hacia el exterior. La frondosa vegetación estaba por todos lados. Una casa de ricos, suspiró Paula.


Se había cuestionado miles de veces en toda la noche y parte del trayecto el porque había aceptado ese trabajo. 


Tenía muchas inconvenientes tales como:
a) Estaba emocionalmente vinculada con el caso por su padre (al cuál no veía ni hablaba)
b) Estaba emocionalmente vinculada en el caso por la pequeña niña (Con sólo un vistazo, se había sentido identificada con ella. Joder)
c) Estaba emocionalmente vinculada en el caso por una descarga eléctrica que había sufrido debido a un apretón de manos. (Y daba la casualidad que la sacudida se la había dado su jefe, y cliente)


Sí, la había arruinado por completo. Pero bueno, ella era Paula Chaves. Y sí algo tenía, era que su palabra no era tomada a la ligera. Ella había aceptado y trabajaría ahí.


Llegó a la entrada de la casa, y no tuvo necesidad de tocar la puerta, ya que el mayordomo que le había abierto el día anterior la estaba esperando.


― Hey, buenos días. ― le dijo Paula alegremente. Quería empezar las cosas con el pie derecho.


El mayordomo la miró de arriba abajo, evaluándola.


Paula repasó mentalmente: Lavarse los dientes: hecho. 
Ponerse desodorante: Hecho. Peinarse: Hecho. No salir desnuda: Verdaderamente hecho. Ponerse los zapatos a juego –una vez se había puesto uno de uno, y otro par, y había caminado por Beverley Hills así. Cuando no estaba en servicio era una verdadera pena- Mmm... Titubeó. Miró hacia abajo. Suspiró. Hecho. Vale, entonces el mayordomo no tendría nada que decir.


El mayordomo –que le recordó mucho al mayordomo de Batman, ¿Cómo se llama?... ¡Ah sí! ¡Alfred! – La dejó de apreciar, y la miró seriamente.


― Buen día, Señorita Chaves.


Paula suspiró. Ya que no sabía su nombre, sería Alfred. Bueno, pues aclararía unos puntos con Alfred. Trató de ser un poco amistosa.


― Oiga, voy a vivir bajo el mismo techo que usted, ¿no podría tutearme mientras tanto?


― Lo siento, Señorita Chaves. No me siento cómodo con ello.


― Pero si voy a ser una empleada más. Eso reduce mi rango ― cualquiera que este sea, pensó Paula para sí misma.


― Aún así, prefiero referirme a usted como Señorita Chaves.


― Bueno, vale. Pero tiene mi permiso para tutearme en cualquier momento.


― Entendido.


― Mmm… ¿Y usted no me va decir los mismo?


Alfred la miró de arriba abajo… otra vez.


― Venga conmigo, Señorita Chaves. Le mostraré su habitación.


Fin de la discusión, pensó Paula. Bueno, tendrían tiempo. 


Empezaron a caminar a mano derecha, a través de un pasillo ancho, lleno de cuadros y objetos colgados en la pared. Típica decoración de casa de ricos. ¿A quién habrán contratado? Paula miró a Alfred.


― ¿Y el Sr. Alfonso?


― Salió a correr. ― constató suavemente Alfred.


― ¡¡¿¿QUEEE??!! ― gritó Paula.


Alfred se detuvo y la miró.


― Señorita, podré estar viejo, pero no sordo, así que le ruego no me grite.


Paula se repuso rápidamente.


― Lo siento, pero ¿Cómo que salió a correr?


Alfred siguió caminando.


― Es su rutina diaria. Sale a correr de seis a siete, regresa, descansa, Despide a Sara y empieza con su trabajo. Es así todos los días.


Paula sintió unas ganas tremendas de descargar las balas de su arma en el cerebro de alguien. Del mayordomo, por haberlo dejado salir. O del Sr. Alfonso por haber salido. O quizás el de ella, por no haberle preguntado antes por su rutina. Paula se apresuró a seguir a Alfred.


― Sí, pero eso fue antes de que ― alzó su mano derecha y empezó a enumerar ― a) fuera candidato a senador de los Estados Unidos. b) Que su hija sufriera un intento de secuestro. c) que YO llegara a esta casa.


Alfred la volvió a mirar.


― Adoro como enumera sus prioridades Señorita Chaves. No hay otra que desee que el señor haga caso de sus consejos y cuide de su persona.


― Bien, en eso estamos de acuerdo. ¿A dónde va a correr?


― Pues algunas veces al Hancock Park, otras al Griffith Park, o si no, al Elysian Park. A veces se lleva el carro, y otras, como hoy, sale a correr a pie.


Vaya, al menos no mantenía una rutina específica, pensó Paula.


― Vale, en dado caso, no tiene sentido que salga a buscarlo, cuando es obvio que esta por regresar.


Se detuvieron frente a una puerta.


― Entonces se puede instalar. Su habitación, señorita Chaves.


Alfred se hizo a un lado, dejando pasar primero a Paula. El cuarto parecía más una suite de hotel. Era enorme. Tenía su propia salita dentro de él. La cama era una matrimonial, forrada de una sábanas que parecían de seda.


― Oiga, ¿seguro de que esta es mi habitación?


Alfred no se molestó en contestar. Fue hacia la ventana y abrió las cortinas. La luz baño la habitación.


― Si desea algo, puede pedírselo a cualquiera de las sirvientas. Más adelante la presentaremos con el personal. Me imagino que querrá conocerlos a todos.


Paula asintió. Dejó su maleta caer a un costado de la cama. El ruido que hizo, por lo visto no le hizo mucha gracia a Alfred.


― ¿Ya se despertó la niña? ― preguntó Paula. Según sabía entraba a las ocho a la escuela. Consultó su reloj. Eran las siete con diez.


― ¿La niña? ― Alfred enarcó las cejas ― ¡Oh! Se refiere a la señorita Sara. Sí, así es. La señora Perkins la está alistando.


Seguro se refería a la mujer que había entrado siguiendo a Sara el día anterior.


― ¿A que escuela va?


Paula repasó que no sabía muchas cosas. Tendría que ponerse al tanto sobre muchas. Escuelas, horarios, empleados… Por eso no le gustaba trabajar a plazo fijo. 


Muchas caras, muchos datos. Y encima, involucrarse.


Alfred le dijo el nombre y Paula silbó. Una de las más exclusivas de la cuidad. Parecía que el señor Alfonso no se tomaba las cosas a la ligera. Ese colegio era uno de los más caros del distrito, e iban los hijos de grandes empresarios, senadores, congresistas, y personas de renombre. Paula también sabía que además de ser una de las más caras también era una de los colegios con un gran nivel educativo y el sistema de seguridad era supremo. Nada entraba en esas paredes sin que antes hubiese pasado por cámaras de seguridad y se checaran credenciales. Su directora, si más no recordaba era la Señora Edwina Rosavelt Carmichael. 


¿Cómo lo sabía?


Ese había sido su colegio.


― ¿Algo más?


Paula salió de sus pensamientos. Miró la vasta habitación. Ahí no hacía falta nada. Pero no se podía quedar encerrada esperando a que dieran las ocho y empezara a trabajar. 


Tenía que ir sondeando el terreno. Observar todo. Le sonrió a Alfred.


― ¿Puedo tomar una taza de café?


― ¿Quiere que se la traiga a su habitación?


Paula abrió los ojos y alzó las manos.


― ¿Qué? ¡No! Mire, en serio, le hablaré por usted, ya que no me quiere tutear. Soy una empleada, no la visita. Así que no tenga ese trato conmigo. Si me indica donde esta la cocina, yo puedo hacerme mi propio café.


― ¡Eso quisiera verlo! ― susurró Alfred.


― ¿Y porque sería una sorpresa? ¿Qué? ¿Piensa que soy una tonta que no sabe hacer café? Para que lo sepa soy una graduada de la UCLA, además, tengo varios…


Alfred tuvo la modestia de sonrojarse.


― No me refería a usted, si no a que me gustaría ver si puede tocar algo en la cocina, con Mar en ella.


― ¿Mar? ― Paula sabía algo de español, y definitivamente, Mar era un nombre raro.


― Si me acompaña, se la presentaré.


Paula dejó la maleta, se acomodó la chamarra de mezclilla y siguió a Alfred.







CAPITULO 4





Salió de la oficina y subió corriendo al cuarto de su hija. 


Antes de acercarse, oyó el piano, y las notas iban llegando a sus oídos. “Romeo y Julieta”. Sara tocaba esa canción siempre. Y cuando la tocaba quería decir sólo una cosa. Que estaba triste. Sintió un gran remordimiento. Se acercó al cuarto de estar en el piso, y tocó. No recibió respuesta. Abrió la puerta, y ahí estaba Sara tocando. No vio a la Señora Perkins por ningún lado.


― ¿Sara? ― la llamó quedamente.


Su hija ni siquiera se molestó en mirarlo, o en contestarle. 


Siguió tocando las teclas, una y otra vez. Pedro esperó hasta que Sara terminara de interpretar la melodía. Mientras lo hacía, vio que su pequeña era el vivo retrato de Julieta, su difunta esposa. Rubia, de ojos azules, aunque de un azul muy claro, pero a veces, en su hija, los veía tan profundos… y tan vacíos. Suspiró. Por eso a Sara le gustaba esa melodía, porque le recordaba a su madre. Según la Señora Perkins, desde que Sara había escuchado esa melodía, la había interpretado una y otra vez hasta el cansancio. Y ahí, con su vestido y el lazo que tenía alrededor de la cintura cayendo en su espalda, estaba tocando cada tecla. Un par de minutos después, Sara sólo tocaba las teclas porque sí. 


Pedro se acercó a ella y se sentó en el banquillo a su lado.


― ¿Sara? Cariño, mira, lo siento, pero cuando entraste en la sala, estaba teniendo una reunión muy importante. ¿Sobre que querías hablar?


Sara ni siquiera lo miró, siguió tocando las piezas. Un do, después un re.


― Nada ― dijo en un susurro.


― Vamos Sara, no te enojes conmigo. No lo hice a propósito. ― En lo que se refería a su hija, Pedro no sabía que hacer. Jamás lo había sabido. Incluso su madre, a veces era una extraña para la niña. Respiró profundamente. ― Lo siento, Sara.


― No importa ahora, papá. Estoy… ― la niña negó con la cabeza ― Ya no importa.


― Bueno, cuando quieras decírmelo, háblame. Y ahora te tengo una noticia. La mujer con la que estuve platicando esta tarde vendrá a trabajar con nosotros.


Sara lo miró por primera vez, y dejó el piano en paz.


― ¿Vas a despedir a la Señora Perkins?


― No, claro que no. ― contestó apresuradamente Pedro ante lo absurdo que eso sonaba. A menos que… Las palabras de Paula se le vinieron a la mente. “Ella está relegada a los cuidados de extraños. Quizás tienen años con usted, pero son extraños.” ― Sara, ¿la señora Perkins te trata bien?


La niña volvió a bajar la mirada. Y empezó a tocar de nuevo.


― Sí, papá. Es muy buena. ― Sara prefirió cambiar de tema ― ¿Y entonces que hará ella?


― Será nuestra guardaespaldas personal. Empieza mañana.


― ¿Ella es una guardaespaldas? ― Sara había dejado otra vez el piano, pero no se atrevió a mirar a su padre. La mujer parecía más una modelo, o una actriz, pero desde luego, no una guardaespaldas.


― Sí, así es. ¿Te gusta la idea?


Sara encogió sus pequeños brazos, y siguió tocando el piano. Pedro suspiró contrariado. Hasta ahí había llegado la conversación con su hija. Nunca platicaban demasiado. 


Sólo un par de frases, y hasta la fecha, les había funcionado. 


Sin embargo, tenía las palabras de Paula resonando en su cabeza. “Algunas veces, ella sólo quiere estar con su padre”. 


¿Pero cómo? ¿Qué le podía decir a su hija? ¿Qué lamentaba que su madre no estuviera con ella? ¿Qué la amaba más que a nada en el universo? Suspiró.


No llevaba ni un día ahí, y la mujer ya estaba haciendo que su vida se pusiera patas arriba.


Le dio un beso en su rubia cabellera, y se paró. En ese momento la puerta se abrió y la señora Perkins apareció.


― Oh, Sr. Alfonso, ¿está todo bien? ― preguntó, quedándose parada en la puerta, soportando la manija.


― Muy bien Sra. Perkins. ¿Sabe donde esta Jaime? ― Se acercó a ella, y se paró a su lado, para ver a Sara.


― Creo que lo vi por la cocina hace un rato.


― Perfecto. Creo que Sara le dará la noticia, y si no, Jaime lo hará después. ― Juntos miraron a Sara, quien ahora interpretaba “Nostalgia”. Canciones tristes. ¿Qué quería decir eso? Dejó ese pensamiento y la miró, orgulloso. ― Es maravillosa, ¿verdad?


La señora Perkins asintió. Pedro observó a la que llevaba trabajando con él, años. Justo después de que Julieta enfermera, la señora Perkins había sido contratada. Su cabello canoso lo llevaba perfectamente peinado, sin ninguna hebra suelta. Y su vestido negro, sencillo, estaba inmaculado. Sin ninguna arruga ni nada.


― Ha progresado muchísimo. Es una alumna excelente. Aunque todavía le falta mucho ― contestó la Sra. Perkins.


Pedro se despidió y bajó en busca de Jaime. Lo encontró, efectivamente, en la cocina. Estaba dándole clases a Mariana de cocina. Llevaban así desde que Pedro recordaba. Eso era más o menos, toda su existencia, unos treinta y ocho años. 


Aunque si contaba que ya tenían años en la familia, no, mejor dejaba de contar.


― Está muy salado, Mariana.


― Está perfectamente de sal, Jaime. Lo que pasa es que a tu edad, todo está simple.


Pedro tuvo que aguantar la risa. No era bueno que los empleados vieran que el se divertía a expensas suyas. Aunque ellos llevaban tanto tiempo con él, que no era de extrañarse de nada.


Tosió para hacer notar su presencia. Jaime hizo una leve inclinación. Dado que era mitad inglés, sus modales eran un poco avasalladores. Les había servido a su padre, y ahora a él. Pero Pedro lo consideraba más un amigo que un simple mayordomo.


― ¿Jaime?


― Dígame, señor.


Pedro suspiró. A pesar de rogarle que le hablara de tú, o que le dijera Pedro, Jaime jamás había aceptado. Había pasado de ser el joven Pedro a Señor. Fin del asunto.


― Jaime, ten listo un cuarto de visitas de la planta baja listo para mañana. La joven empieza su trabajo mañana mismo. Su nombre es Paula Chaves, y quiero que le avises a todos los de la casa.


― ¿La señorita de la chamarra de mezclilla? ― preguntó horrorizado Jaime. Pedro quiso reírse.


En algunas cosas, Jaime era un completo snob.


― Esa misma. Será nuestra nueva medida de seguridad personal.


― Vaya título. ¿Está seguro señor?


Dos veces le habían preguntado. Y en las dos, estaba indeciso. Por alguna extraña razón, confiaba en las aptitudes de ella. Su inseguridad erradicaba en el recuerdo que se mantenía en su mente, cuando le había dado la mano.


― No lo sé, Jaime. No lo sé. ― contestó honestamente.


― Tendré la habitación lista. Ojala que no se traiga a sus botas tan seguido. Y espero por el buen Dios, que tenga mejor ropa que ponerse.


― Vamos, Jaime, es buena, al menos eso han dicho.


― Eso espero señor. Su padre, que en paz descanse, tuvo a…


Pedro lo tomó de los hombros, y le fue palmeando la espalda mientras caminaban.


― Sí, ya me sé la historia, Jaime, me la has contado desde que tengo uso de razón.


― ¿Se esta burlando de mí, señor? ― preguntó Jaime, arqueando ambas cejas.


Pedro puso cara de niño bueno. Si, era el señor de la casa, pero aun así, cuando el hombre que tenías enfrente te había visto como Dios te trajo al mundo, y te había criado y sido parte de tu vida… bueno, había que respetar.


― Jamás se me pasaría por la cabeza. Ahora, avísales a todos que la Señorita Paula Chaves empieza a laborar en esta casa mañana a primera hora.


Y, pensó Pedro para sí, que nada malo salga de esto.