jueves, 28 de mayo de 2015

CAPITULO 4





Salió de la oficina y subió corriendo al cuarto de su hija. 


Antes de acercarse, oyó el piano, y las notas iban llegando a sus oídos. “Romeo y Julieta”. Sara tocaba esa canción siempre. Y cuando la tocaba quería decir sólo una cosa. Que estaba triste. Sintió un gran remordimiento. Se acercó al cuarto de estar en el piso, y tocó. No recibió respuesta. Abrió la puerta, y ahí estaba Sara tocando. No vio a la Señora Perkins por ningún lado.


― ¿Sara? ― la llamó quedamente.


Su hija ni siquiera se molestó en mirarlo, o en contestarle. 


Siguió tocando las teclas, una y otra vez. Pedro esperó hasta que Sara terminara de interpretar la melodía. Mientras lo hacía, vio que su pequeña era el vivo retrato de Julieta, su difunta esposa. Rubia, de ojos azules, aunque de un azul muy claro, pero a veces, en su hija, los veía tan profundos… y tan vacíos. Suspiró. Por eso a Sara le gustaba esa melodía, porque le recordaba a su madre. Según la Señora Perkins, desde que Sara había escuchado esa melodía, la había interpretado una y otra vez hasta el cansancio. Y ahí, con su vestido y el lazo que tenía alrededor de la cintura cayendo en su espalda, estaba tocando cada tecla. Un par de minutos después, Sara sólo tocaba las teclas porque sí. 


Pedro se acercó a ella y se sentó en el banquillo a su lado.


― ¿Sara? Cariño, mira, lo siento, pero cuando entraste en la sala, estaba teniendo una reunión muy importante. ¿Sobre que querías hablar?


Sara ni siquiera lo miró, siguió tocando las piezas. Un do, después un re.


― Nada ― dijo en un susurro.


― Vamos Sara, no te enojes conmigo. No lo hice a propósito. ― En lo que se refería a su hija, Pedro no sabía que hacer. Jamás lo había sabido. Incluso su madre, a veces era una extraña para la niña. Respiró profundamente. ― Lo siento, Sara.


― No importa ahora, papá. Estoy… ― la niña negó con la cabeza ― Ya no importa.


― Bueno, cuando quieras decírmelo, háblame. Y ahora te tengo una noticia. La mujer con la que estuve platicando esta tarde vendrá a trabajar con nosotros.


Sara lo miró por primera vez, y dejó el piano en paz.


― ¿Vas a despedir a la Señora Perkins?


― No, claro que no. ― contestó apresuradamente Pedro ante lo absurdo que eso sonaba. A menos que… Las palabras de Paula se le vinieron a la mente. “Ella está relegada a los cuidados de extraños. Quizás tienen años con usted, pero son extraños.” ― Sara, ¿la señora Perkins te trata bien?


La niña volvió a bajar la mirada. Y empezó a tocar de nuevo.


― Sí, papá. Es muy buena. ― Sara prefirió cambiar de tema ― ¿Y entonces que hará ella?


― Será nuestra guardaespaldas personal. Empieza mañana.


― ¿Ella es una guardaespaldas? ― Sara había dejado otra vez el piano, pero no se atrevió a mirar a su padre. La mujer parecía más una modelo, o una actriz, pero desde luego, no una guardaespaldas.


― Sí, así es. ¿Te gusta la idea?


Sara encogió sus pequeños brazos, y siguió tocando el piano. Pedro suspiró contrariado. Hasta ahí había llegado la conversación con su hija. Nunca platicaban demasiado. 


Sólo un par de frases, y hasta la fecha, les había funcionado. 


Sin embargo, tenía las palabras de Paula resonando en su cabeza. “Algunas veces, ella sólo quiere estar con su padre”. 


¿Pero cómo? ¿Qué le podía decir a su hija? ¿Qué lamentaba que su madre no estuviera con ella? ¿Qué la amaba más que a nada en el universo? Suspiró.


No llevaba ni un día ahí, y la mujer ya estaba haciendo que su vida se pusiera patas arriba.


Le dio un beso en su rubia cabellera, y se paró. En ese momento la puerta se abrió y la señora Perkins apareció.


― Oh, Sr. Alfonso, ¿está todo bien? ― preguntó, quedándose parada en la puerta, soportando la manija.


― Muy bien Sra. Perkins. ¿Sabe donde esta Jaime? ― Se acercó a ella, y se paró a su lado, para ver a Sara.


― Creo que lo vi por la cocina hace un rato.


― Perfecto. Creo que Sara le dará la noticia, y si no, Jaime lo hará después. ― Juntos miraron a Sara, quien ahora interpretaba “Nostalgia”. Canciones tristes. ¿Qué quería decir eso? Dejó ese pensamiento y la miró, orgulloso. ― Es maravillosa, ¿verdad?


La señora Perkins asintió. Pedro observó a la que llevaba trabajando con él, años. Justo después de que Julieta enfermera, la señora Perkins había sido contratada. Su cabello canoso lo llevaba perfectamente peinado, sin ninguna hebra suelta. Y su vestido negro, sencillo, estaba inmaculado. Sin ninguna arruga ni nada.


― Ha progresado muchísimo. Es una alumna excelente. Aunque todavía le falta mucho ― contestó la Sra. Perkins.


Pedro se despidió y bajó en busca de Jaime. Lo encontró, efectivamente, en la cocina. Estaba dándole clases a Mariana de cocina. Llevaban así desde que Pedro recordaba. Eso era más o menos, toda su existencia, unos treinta y ocho años. 


Aunque si contaba que ya tenían años en la familia, no, mejor dejaba de contar.


― Está muy salado, Mariana.


― Está perfectamente de sal, Jaime. Lo que pasa es que a tu edad, todo está simple.


Pedro tuvo que aguantar la risa. No era bueno que los empleados vieran que el se divertía a expensas suyas. Aunque ellos llevaban tanto tiempo con él, que no era de extrañarse de nada.


Tosió para hacer notar su presencia. Jaime hizo una leve inclinación. Dado que era mitad inglés, sus modales eran un poco avasalladores. Les había servido a su padre, y ahora a él. Pero Pedro lo consideraba más un amigo que un simple mayordomo.


― ¿Jaime?


― Dígame, señor.


Pedro suspiró. A pesar de rogarle que le hablara de tú, o que le dijera Pedro, Jaime jamás había aceptado. Había pasado de ser el joven Pedro a Señor. Fin del asunto.


― Jaime, ten listo un cuarto de visitas de la planta baja listo para mañana. La joven empieza su trabajo mañana mismo. Su nombre es Paula Chaves, y quiero que le avises a todos los de la casa.


― ¿La señorita de la chamarra de mezclilla? ― preguntó horrorizado Jaime. Pedro quiso reírse.


En algunas cosas, Jaime era un completo snob.


― Esa misma. Será nuestra nueva medida de seguridad personal.


― Vaya título. ¿Está seguro señor?


Dos veces le habían preguntado. Y en las dos, estaba indeciso. Por alguna extraña razón, confiaba en las aptitudes de ella. Su inseguridad erradicaba en el recuerdo que se mantenía en su mente, cuando le había dado la mano.


― No lo sé, Jaime. No lo sé. ― contestó honestamente.


― Tendré la habitación lista. Ojala que no se traiga a sus botas tan seguido. Y espero por el buen Dios, que tenga mejor ropa que ponerse.


― Vamos, Jaime, es buena, al menos eso han dicho.


― Eso espero señor. Su padre, que en paz descanse, tuvo a…


Pedro lo tomó de los hombros, y le fue palmeando la espalda mientras caminaban.


― Sí, ya me sé la historia, Jaime, me la has contado desde que tengo uso de razón.


― ¿Se esta burlando de mí, señor? ― preguntó Jaime, arqueando ambas cejas.


Pedro puso cara de niño bueno. Si, era el señor de la casa, pero aun así, cuando el hombre que tenías enfrente te había visto como Dios te trajo al mundo, y te había criado y sido parte de tu vida… bueno, había que respetar.


― Jamás se me pasaría por la cabeza. Ahora, avísales a todos que la Señorita Paula Chaves empieza a laborar en esta casa mañana a primera hora.


Y, pensó Pedro para sí, que nada malo salga de esto.











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