domingo, 31 de mayo de 2015
CAPITULO 15
Paula pensó con remordimiento, que con ese tipo de desayuno que estaba teniendo, definitivamente, iría a sus caminatas matutinas con Pedro. Al menos, se sintió feliz al ver que Sara se había mostrado contenta al ver que no tenía que tomar ese jugo anaranjado. Pensó en detenerse en un Starbucks para comprarse su sagrado café, pero su estómago gritaba a los cuatro vientos que no podía admitir nada más. Tal vez más tarde.
Después de la ducha, se había vestido como siempre. Jeans desgastados, una blusa de botones, y su querida chamarra de mezclilla. Había hecho la misma rutina que el día anterior, y había llevado la mochila de Sara. La dejó en el colegio y se despidieron, con la firme promesa en silencio de que volvería a recogerla en la tarde.
Después había ido con Augusto a tiendas conocidas, de seguridad, donde claro, ella ya era una clienta habitual. La habían saludado, preguntándole por lo que buscaba, y dándole los precios que ella necesitaba costear. Cuando le preguntaban para quien trabaja en esa ocasión, y ella dada el nombre de Alfonso, siempre obtenía la misma respuesta: un silbido.
Hizo un presupuesto, que consultaría esa noche en su nueva casa antes de decidir donde comprar. Un día más no afectaría. Augusto estaba tomando el camino a la casa Alfonso, pero entonces Paula le pidió que se desviara un poco. Pedro le había informado que su “entrevista” empezaría a las once. Pero ella quería ir a un lugar antes de regresar a la residencia.
Pasadena era totalmente distinta a la zona residencial de Alfonso. Varios condominios, con sus patios delanteros, una cochera, dos habitaciones y media, un patio propio, para hacer las típicas barbacoas. El sueño americano. Pero ahí vivía Jorge, y necesitaba verlo.
Le tuvo que decir a Augusto que iban a visitar a un amigo, por el trabajo. Y en parte, iba por ello. El sólo le había sonreído y le había golpeado el gorro de chofer y le había pedido que se divirtiera. Tocó el timbre dos veces, y Jorge abrió y al verla, le dio una sonrisa. A sus treinta y cinco años, Jorge estaba en la flor de la vida. Llevaba puesto un pantalón de vestir color crema, y una camisa tipo polo color azul humo. Su tez era morena, rasgos latinos de ambos padres, le daba un aire de playboy bronceado, todo lo opuesto a él. Tenía una pequeña desviación en el tabique de la nariz, lo que arruinaba su perfecto rostro, pero a la vez le daban fuerza. Llevaba su pelo negro cortado en tipo militar, y sus ojos oscuros brillaron de alegría al verla parada en el umbral. Le dio un abrazo y le presentó a Augusto.
― Preciosa, ¿a qué debemos el honor?
― ¿No puedo pasar a saludar a la bella madre y a ese pequeñazo?
― Claro que sí. Pasen. ― Se hizo a un lado y dejó que sus invitados pasaran. ― ¿Qué tal el trabajo?
Paula flexionó sus hombros.
― Con sus altas y sus bajas.
Jorge miró a Augusto.
― Es decir que ha explotado y que han llegado a un acuerdo, ¿cierto?
Augusto hizo lo más sabio y se quedó callado y sólo sonrió.
Paula izó sus ojos al cielo, y le dio un golpe.
― A veces odio que me conozcas tan bien. ¿Dónde esta Marla?
― En la habitación. Anda, que yo atiendo al invitado.
Paula dejó a Augusto con Jorge y se fue a la habitación.
Abriéndola delicadamente, metió primero su cabeza, y no pudo evitar sonreír tiernamente al ver a la esposa de Jorge sentada en una mecedora cerca de la ventana de su habitación, dándole pecho a su hijo. Parecía tener un alo alrededor de ella. Su pelo rubio cortado en capas y sedoso brillaba casi de manera angelical, y su tez blanca parecía sonrosada. Pudo ver que estaba sonriendo, sus ojos cafés enfocados en su hijo, cómo si compartiera un secreto.
― ¡Hey! Hola. ― musitó Paula.
Conocía a Marla desde que había empezado a salir con Jorge. Y se habían hecho amigas de inmediato. Marla era sincera, y directa. Si ella quería decir algo, lo soltaba, sin ataduras. Se acercó y se inclinó para darle un beso en la mejilla. Era del tipo rellenitas, pero tenía unos pómulos de envidia, que cualquier actriz de cine envidiaría.
― Pau, ven y conoce a esta belleza. ― Alzó la mantita azul que cubría la cara del bebé y Paula observó a un bebé precioso. Su piel era sonrosada, y estaba cubierto de pelo, de seguro, pensó Paula, por culpa de su padre. Su piel estaba arrugada y tenía los ojos cerrados, sólo tomando del pecho de su madre. Marla acarició la manita de su bebé ― Te presento a Samuel Avery.
Paula trató de ahogar las lágrimas al oír el nombre del bebé.
― Sé que Samuel se sentiría honrado.
Recordar a Samuel le traía muchos recuerdos. Algunos felices, pero otros no tanto. Nunca había tenido un instinto maternal, pero ahora, con ese bebé, sólo deseaba poder tomarlo entre sus brazos y protegerlo con su vida. Respiró profundamente, encerrando sus emociones. Rozó con suavidad la hermosa carita, un ángel inocente.
― Jorge me dijo que has comenzado un nuevo trabajo. ¿Y con quien has dejado a tu bebe?
Paula se paró y se sentó en la orilla de la cama. Agradecía el cambio de tema. Aunque al recordar a Coco sola, tampoco le hacía mucha gracia.
― May.
― ¿Se lo has dejado a ella? ¡Y ha dicho que sí! ― cómo había hecho un movimiento brusco, el bebé se había movido, emitiendo un sonido de desagrado de haberlo turbado de su dulce tarea. Marla lo arrulló y volvió a susurrar ― Eso es casi como suicido.
Marla y Jorge sabían de aquel percance de May con su pequeña. Ellos eran los que las habían llevado al hospital.
― Bueno, se quedó en mi apartamento, pero May sólo entrara a darle de comer. Y cambiar su caja.
― Ya veo. Me gustaría poder decirte que podrías dejarlo aquí, pero con el bebé, no creo que sea posible.
Paula agradeció el gesto. Esa era Marla.
― Oh, no, no te preocupes. Creo que está bien. Y si May se enferma…
―... Que es lo más probable ― terminó Marla.
― Lo llevaré a un refugio. Aunque me duela.
Sabía que esa debería de haber sido su primera opción, pero no había podido. Coco era un tesoro para ella. No sólo era su mascota, sino un recuerdo de un pasado hermoso.
― Jamás te desprenderás de ese gato, ¿verdad? ― preguntó Marla, como si leyera su expresión.
Sólo tres personas quedaban que podían leer su rostro, y Marla era una de ella.
― No, es todo lo que me queda.
― Está bien. Me gustaría que te quedaras a comer.
― Tengo trabajo.
― Lo sé. ― contestó de mala gana Marla ― Pero en tu primer día libre, vienes acá inmediatamente. ― Acomodó al bebé en su regazo y miró a Paula ― Y bien, ¿es tan guapo en persona como en la tele?
― ¿De que hablas?
― No te hagas. De Pedro Alfonso.
Paula quiso gritar, pero ahogó el grito y susurró con fuerza.
― ¡Por Dios bendito!
Marla sólo sonrió y empezó a adormecer a su bebé, dándole golpecitos suaves en su espalda.
― Eso quiere decir que sí.
Paula trató por todos los medios de esconder su rubor.
Recordar la primera vez que le había dado la mano…
― No he dicho nada. ―- y se paró de la cama súbitamente.
― No fue necesario, Pau. Gracias por confirmarlo. Aunque a mis ojos, Jorge es perfecto. En una escala del uno al diez, Jorge es cien.
― Eso es ser imparcial. ― acusó Paula.
― Eso es estar enamorada. Algún día lo comprenderás.
Paula no contestó a eso. Estuvieron hablando por otro par de minutos, sobre el nuevo miembro y su trabajo. Miró su reloj de pulsera y calculó que tenía el tiempo justo para hablar con Jorge y llegar a la cita que tenía con los de la “entrevista”. El tráfico que se iban a encontrar de Pasadena a Wiltshire iba a estar ajetreado. Se despidió con la promesa de regresar a comer en cuanto tuviera tiempo libre.
Augusto salió, despidiéndose de Jorge cordialmente mientas que Paula enterraba sus manos en su chamarra y se mecía sobre sus talones, mirando a Jorge.
― ¿Qué quieres? ― soltó él, aún de espaldas a ella.
― ¿Como sabes que quiero algo?
― Te conozco desde hace años, y sé perfectamente ― se volvió y la miró ― que por tu mirada quieres algo.
― ¿Qué te parece un trabajo permanente?
Jorge la miró con frustración.
― Oh Pau, no puedo, lo sabes. El bebé, Marla, yo…
Paula lo tomó de la mano y le dio unas palmadas, y se sentaron en los sillones.
― Nada perdía con intentarlo. En ese caso, ¿a quien me recomiendas?
― ¿Específicamente para que?
― Sólo trabajo de vigilancia. Pero me gustaría que también tuviera conocimiento de defensa, manejo de armas. Ha habido ciertas series de hechos que me tienen preocupada.
― ¿Quieres hablar de ello?
― No, no puedo. Así que… ¿Quién es el ganador?
― Tú sabes mejor que yo sobre quien es.
― Pero quiero saber tu opinión. ― insistió Paula.
― Bueno, veamos. ― Jorge se tocó la barbilla pensando en su respuesta ― Collins está de servicio, así que queda descartado. Darcy es bueno, pero no me agrada mucho, así que su tuviera que contratar a alguien, ese sería Leandro.
― Justo como pensé. ― suspiró Paula. Durante el trayecto, se había pasando repasando sus probabilidades y Leandro había sido su opción.
No se le pasó por alto la mirada de ironía de Jorge.
― ¿Entonces para qué me preguntaste?
― Porque tu opinión es muy valiosa para mí.
Jorge la abrazó fraternalmente, y Paula se dejó. Era él único hombre al que le permitía tomar esas libertades.
― Sabes que eres como mi pequeña hermanita, ¿verdad?
― Y tu, ese hermano odioso que siempre desee tener.
La soltó y la miró fijamente.
― Sabes el nombre que le pusimos al bebé, ¿no?
Paula sonrió. Era de felicidad, por el nuevo miembro. Y de tristeza, por recordar al difunto padre de Jorge.
― Tú padre estaría muy orgullo de ti hoy. ― contestó Paula tomándole una mano.
― Lo estaría también de ti. ― Paula sintió el fuerte agarre de su mano sobre la de ella, y la confortó ― Has salido adelante a pesar de tu padre
― Creo que jamás lo habría hecho si Samuel no me hubiera apoyado.
― Eres una superviviente. Hubiera salido adelante.
Paula jadeó. Ella había meditado eso muchos años atrás, y siempre terminaba con la misma respuesta.
― Pero estoy segura que no hubiera sido lo mismo sin la ayuda de tus padres. ¿Cómo está tu madre?
Jorge no pudo evitar soltar un bufido.
― Se niega a vivir con nosotros. Dice que primero se comerá a Bonnie Bonnie -era una de las hermanas de Coco.
Se la había dado como regalo de cumpleaños hacia cuatro años, y desde entonces, no iba a ningún lado sin su tierna gata.
― Dale mis saludos cuando la veas. ― Se paró de un salto y se quitó una hebra imaginaria del pantalón ― Tengo que irme. El deber llama.
Se despidieron y acordaron verse lo más pronto posible.
Paula aceptó y se fue a reunir con Augusto.
Ahora venía la parte dura del día.
Su entrevista.
Llegó a la residencia en menos tiempo de lo esperado.
Augusto dejó el auto en la parte trasera, ya que le dijo que se quedaría limpiándolo y encerándolo. Miró la casa sin mucho entusiasmo, y después de un largo suspiro, entró por la puerta del servicio. Además, si estaba el molestoso de ayer, no quería verle la cara. Saludó a Mary y ella le informó que su casa estaría lista para cuando regresara de buscar a Sara. Paula le agradeció la información y fue en busca del abuelito.
Y una vez más, encontró que todo mundo estaba ahí. De un lado para otro, de aquí para allá, con papeles y listas recorriendo la sala. “Pensándolo bien, esas cámaras las compraré hoy”, pensó Paula. No vio a Pedro por ningún lado. Después pensó en lo que había hecho. Se molestó consigo misma por haber hecho, de manera inconsciente lo había estado buscando. Entonces su mente racionalista se justificó, diciendo que era su trabajo. Entonces lo vio salir detrás de unas las tantas puertas de esa casa enfrascado en unos papeles que tenía en sus manos, y Miguel a su lado. Al verla sonrió y pero fue Miguel quien se acercó a ella para darle un fuerte abrazo.
Ella se sorprendió a si misma, ya que por lo general era muy reacia a los contactos con extraños, y ahí estaba ella, saludando como viejos amigos al abuelo.
― Paula, justo a tiempo. Me gustaría decir lo mismo de los otros. ― la tomó del brazo y la jaló con delicadeza hacia donde estaban los demás ― Aún no llegan. Pero Caroline tiene órdenes de llevarlos al salón café en cuanto lleguen.
― Si, basta de chismorreos ustedes dos. ― reprendió Pedro y se plantó en medio de la muchedumbre y carraspeó para atraer su atención. ― Familia, les presento a Paula Chaves.
Vale, eso si que no se lo esperaba. Para empezar, el hecho de que llamara a todos los presentes, familia. Eso fue una sorpresa. Segundo, esa presentación fue demasiado avasalladora. En la Casa Blanca jamás le hicieron pasar eso.
Conocía a los chicos, por Jorge y Samuel, pero no le habían presentado a la Primera Dama, ni el Presidente la había abrazado así. Sintió sus mejillas calentarse y se odió a si misma por estarse ruborizando. Miguel se las pagaría. Por su parte, Pedro se mantenía al margen del asunto.
Las dos mujeres que había ahí, que según recordaba de la información de Sara, debían de ser Magdalenay Daniela le dieron una cálida sonrisa. Ella trató de devolvérsela sin parecer la hermana perdida del “Guasón”, y observó a las jóvenes. Ambas eran completamente opuestas. Una era morena, que le recordaba un poco a Halle Berry cuando actuó con la película del 007, delgada y escultural, pelo corto, pómulos altos, y nariz perfilada. La otra era por el contrario, tan alta como ella, de cabellera color miel y ojos marrones claros, no tan delgada como la primera pero conservaba sus buenas curvas.
La morena se acercó con seguridad y le tendió la mano.
― Bienvenida a bordo, yo soy Daniels Curtis. Soy la asistente de publicidad.
Paula la estrechó y ahora fue el turno de la otra mujer.
― Me llamo Magdalena Field, soy la asesora de relaciones públicas. ― dijo la castaña con una sonrisa cordial.
Los hombres esperaron su turno. Y ambos eran tan opuestos como las mujeres. Ramiro, que sabía era el hombre de tez morena, era alto, fuerte, musculoso, y sus rasgos eran de un hombre duro. Su cabello era corto, y sus ojos eran de un color gris, mientras que el otro chico era unos centímetros más bajo que ella, y su complexión era delgada, pero su cuerpo estaba en forma. Tenía una sonrisa linda, y sus rasgos era más de… niño bonito, fue lo que pensó. Pero si algo le había enseñado la vida, era que las apariencias engañaban.
― Ramiro Cooper. ― dijo el moreno, le dio la mano, pero la soltó rápidamente.
― Andres Cadwell. Mucho gusto ― su voz tenía un bajo tono bajo, pero la firmeza de la misma y el fuerte apretón la alentó a devolverle el saludo.
― Bueno chicos, ella se quedará con nosotros ― anunció Pedro mientras que Miguel la volvía a atraer a su robusto cuerpo
― Trátenla bien, por que sino, conocerán a la pequeña Lou. ― anunció Miguel haciendo que Paula lo mirara a ver anonada.
Pedro siguió con su discurso.
― Además, les informo que tendremos este lugar más controlado. Con gafetes, cámaras, horarios, y esas cosas que no nos gustan… ― Paula le lanzó una mirada ― Pero que a partir de ahora, haremos. Las cosas van a cambiar un poco por aquí, pero si todos ponemos de nuestra parte, sé que irán bien. ¿Alguna duda? ― Todos negaron, incluida Paula, que no sabía que decir ― Bien, en ese caso, regresemos al trabajo. ―Paula se encaminó a la cocina pero Pedro la tomó del brazo ― Tú, señorita, vienes con nosotros.
Miguel se unió a ella y caminaron en dirección a la terraza. La llevó hacia la parte trasera de la casa, y Paula estuvo a punto de abrir su boca pero se encontraron cara a cara con Carlos.
― Señorita Chaves ― subrayó su apellido y el tono no pasó por alto.
Pedro soltó a Paula y ésta alzó la barbilla y una única ceja, como retándolo.
― Señor Jefferson. ― contesto en el mismo tono,
Ninguno de los presentes se movió.
― Permítame tener unas palabras con usted.
No era una pregunta, no era una solicitud. Era simplemente una demanda. Idiota, pensó.
― Adelante.
― A solas. ― insistió Carlos, mirando a Pedro y a Miguel con cara de pocos amigos. Sabía que se había pasado el día anterior, pero no quería pedir perdón con público, era demasiado embarazoso.
― No hay nada que tenga que hablar a solas con usted, señor. Lo que quiera decir, dígalo.
― No me lo pondrá fácil, ¿cierto? ― Ni ella ni los hombres que la acompañaban dijeron nada. Sólo se quedaron esperando. Carlos prosiguió ― Lamento mucho la forma en la que me comporté ayer. Fui descortés con usted y con su persona. Espero que podamos tratarnos de manera cordial y amigable, durante su estancia aquí.
Esas disculpas no sonaron nada sinceras, pero si iba a trabajar en esa casa debía llevar la fiesta en paz.
― Disculpas aceptadas. Y ahora, si nos disculpa, tenemos otros asuntos que atender ― tomó del brazo del abuelo ― Estos caballeros y yo tenemos algunas cosas que hacer.
― Adelante. ― Carlos se hizo a un lado, para darles espacio.
― Con su permiso. ― Paula y Miguel pasaron de largo, pero Pedro se quedó con Carlos.
― Bienvenida.
― Eso espero. ― contestó Paula sin darse la vuelta y perderse en la solana con Miguel.
Pedro reprimió su impulso de reírse de su viejo amigo, pero conociendo a Carlos, no le haría ninguna gracia. Se acercó y le dio unas palmadas en su espalda ― Date por vencido Carlos, encontraste a la horma de tu zapato.
Carlos seguía mirando por donde la pareja se había perdido.
― Sólo porque sé que es buena la aguanto. ― Miró a Pedro ― Comprobé sus referencias e hice unas llamadas. ― Y al ver que Pedro iba a poner queja siguió rápidamente ― Sólo quería cerciorarme, eso es todo.
― Bueno, Viviana tiene los papeles que me dejaste, ya corregidas. Ahora mismo voy a tomarme unos minutos. Van a venir a hacer la entrevista y quiero estar ahí.
― ¿Alguna razón por la que debas?
Dijo lo primero que se vino a la cabeza.
― Es mi empleada
A Carlos le valió esa excusa y se fue a reunir con el resto del equipo. Cuando llegó a las sillas encontró a Miguel riendo a carcajadas y a Paula haciendo todo intento para no seguirlo.
― Aquí esta pequeña tiene la costumbre de decir siempre la última palabra, ¿verdad? A Carlos no le hizo gracia. ― declaró Miguel entre risas y bocanadas de aire.
Paula no dijo nada, aunque sabía que se había comportado como una chiquilla, pero había situaciones y “situaciones” con mayúscula. Paula sonrió a sí misma.
― Espera… ¿Cómo supiste lo de Lou? ― preguntó dirigiéndose a Miguel.
Paula había guardado su sorpresa cuando había escuchado el discurso de bienvenida. Eran contadas las personas que sabían que su Beretta tenía por nombre Lou. Miguel soltó una risilla y Paula vio una mirada de sabiduría en sus ojos.
― Sé muchas cosas, pequeña, pero no me gusta ser un sabelotodo. El silencio algunas veces es una excelente arma.
Paula sólo asintió. Pasó a contarle a ambos sobre su visita a las tiendas y les entregó una hoja de su presupuesto que tenía en su chamarra, omitiendo claro, el detalle de su visita a casa de Jorge. Quería que comprobaran el presupuesto y que lo aprobara lo más rápido posible. No deseaba entrar a la casa y encontrar con que se podía entrar a la casa así de fácil.
― Hay otra cosa.
― Dinos ― pidió Pedro.
― Dado que estaremos bajo una permanente agitación con la prensa y la comunidad, creo que sería conveniente contratar a personal extra. ― Miguel miró primero a Pedro y después a ella ― No creo que sea conveniente dejar a Sara sola, pero tampoco creo que el Sr. Alfonso deba de ir solo, y no me gusta estar entre la espada y la pared.
Miguel estudió las palabras de Paula. Él lo había pensado casi desde el comienzo, pero Pedro se oponía a ello.
Contratar a Paula había costado mucho, y otra persona, costaría más. Pero la seguridad de él y de Sara era lo más importante. Por eso cuando oyó al mismo Pedro preguntarle si ya tenía a alguien en mente, no pudo salir de su asombro.
― Así es. Su nombre es Leandro O’Brien.
Pedro alzó una ceja al escuchar el nombre.
― ¿Escosés?
― Irlandés ― contestó asintiendo Paula ― Es un hombre responsable. He trabajado con él, y siento que puede ser de mucha ayuda.
― Podemos organizar una entrevista con él hoy. ― no era una petición, se dio cuenta Paula. Era sólo una leve nota de intenciones por parte de Alfonso.
― Creo que sería preferible ir a visitarlo a su casa. Leandro es a veces especial con las etiquetas.
― ¿Que tan especial? ― Miguel no quería lidiar con alguien excéntrico y observó como Paula alzaba los hombros.
Pensó en Leandro por unos segundos. Tenía dos años sin verlo, pero había tenido noticias de él.
― Digamos que mucho. Odio la burocracia y la política. Por eso trabaja siempre para estrellas de Hollywood, actrices o lo que sea.
― ¿Y entonces porqué lo estás recomendado? ― preguntó Pedro.
Paula sonrió gustosamente.
― Conozco a Leandro, es un excelente hombre, ágil como un halcón y tiene una puntería excelente. Además, está medio retirado, así que no pondrá queja en su trabajo que consistirá en vigilancia. Puede ser temporal, y si no le convence podemos tratar con otro. Además, confió en él.
― Vaya, ― exclamó Miguel ― siendo así, me gustaría conocer a ese personaje, ya que tú, señorita, pareces ser una persona que no confía mucho, me gustaría conocer a este tal Leandro.
Paula le debía en cierto modo mucho a Leandro. El la había salvado de cometer la mayor estupidez de su vida: Confiar en un extraño.
― Bueno, y ¿ya llegaron los de la entrevista? ― no pudo evitar una mueca entre fastidio y temor cuando hizo su pregunta… que a Miguel no se le pasó por alto, y se comenzó a reír, dándole golpecitos en la espalda.
― Vamos muchacha, las cosas no van a ser tan difíciles. Ya lo verás.
Paula tenía experiencia en eso. Y sabía perfectamente que iba a ser todo menos fácil. Ella lo había vivido desde muy pequeña. Metió las manos en los bolsillos de la chamarra y se balanceó sobre su propio cuerpo.
― ¿Saben cuáles son los temas prohibidos?
Miguel asintió pero dejó salir un suspiro cansado. Fue Pedro quien le respondió.
― Sí, pero tú mejor que nadie tienes que saber que será lo primero que quieran saber.
― Viviré con ello. ― Lo había logrado desde que se había largado de su casa. Un par de hora más no deberían de causar muchos problemas, ¿verdad? ― ¿Quién viene a hacer la entrevista? ¿Qué periódico?
― Tenemos relaciones con el Times L.A. Así que queremos utilizarlas. Antes de que cualquier cosa pueda ser mostrada.
Una de las mujeres de la limpieza, a la que Paula recordaba como Caroline, se acercó a ellos y les informó que la prensa ya estaba ahí. Paula exhaló con aire de derrota y caminó junto a Miguel hacia la salita de recibimiento, y Pedro delante de ellos.
CAPITULO 14
Su despertador sonó a las cinco y media de la mañana. Se levantó tranquila, aunque un poco ansiosa. Se sentía rara durmiendo en esa gran cama, mullida cuando ella caía en su sofá-cama de tres piezas largo, o su cama que aunque no era tan firme, no se hundía en cada vuelta. Se levantó y fue hacia el baño y tomó la ropa que había buscado la noche anterior, para no desempacar toda su maleta, dado que se iba a mudar a la casa de la piscina. Miró su atuendo: un par de mallas negras oscuras, y un top negro, escondido debajo de una sudadera gris. Sus tenis Nike favoritos ya estaban al pie de su cama. Se cambió y se amarró su cabellera en una cola alta.
Mientras se pasaba la mano por su cabeza cepillando su cabello, para atar los mechones, sintió la cicatriz que tenía en el lado derecho. Así era todos los días, siempre que la tocaba revivía por sólo una fracción de segundo, todo su vida. Volvió a poner los pies a la tierra, y se aseguró de que ninguna hebra de su melena quedara fuera de lugar. Odiaba peinarse, y volver a pasar los dedos por su cabello. Esa tortura era suficiente una vez al día.
Eran las seis menos diez cuando estuvo completamente lista. Miró alrededor, esperando no olvidarse nada. Tocó su Beretta, colocada en la parte trasera de su pantalón, tomó una pequeña varita doblada, y una vez segura de que todo estaba bien, cerró la puerta.
Caminó hacia el gran recibidor circular, y al momento en que ella estaba llegando, Pedro estaba terminado de bajar por las escaleras.
― Buenos días, Sr. Alfonso. ― Paula fue la primera en hablar.
― Es Pedro. ― pidió, llegando por fin hasta donde estaba ella.
― Me siento mejor hablándole de usted.
Pedro no respondió a ello, y fue hacia la cocina, con Paula pisándole los talones. Sirvió vasos de agua, primero uno a ella y después el suyo.
― No podemos irnos sin tomar algo.
Paula agradeció el vaso, y lo tomó y se lo acabó despacio.
― ¿Qué camino tomó ayer?
― Wiltshire Boulevard.
― En ese caso, si le parece bien, podremos ir al McArthur Park.
― Está bien. Ningún problema.
Salieron de la casa, y sin esperarlo, observó como Pedro caminaba hacia la cochera.
― ¿Va a conducir?
El se volteó a mirarla extrañado. Parecía sorprendida.
― Claro, no despertaría a Augusto a menos que fuera algo importante. Yo sé manejar, así que… ― levantó los hombros, como si eso respondiera todo.
― Espere.
Se tiró al piso y abrió la varita que llevaba en la mano. Era un pequeño espejo flexible que le permitía ver las instalaciones de los autos. El día anterior le había enseñado a Augusto como utilizarlo y cerciorarse de que no había nada extraño pegado al auto. Cuando se vio que no había nada fuera de lo normal, se levantó del piso y se sacudió el polvo, después dobló la varita.
― ¿No hay bomba? ― preguntó Pedro sonriendo.
Paula lo miró con cara de pocos amigos.
― No es gracioso.
La sonrisa de Pedro desapareció rápidamente e incluso por un fugaz momento Paula pareció verlo sonrojarse.
― Lo siento.
Paula se colocó rápidamente a un costado del caro Mercedes, y abrió la puerta del copiloto. Observó satisfecha que Pedro no había hecho gesto alguno en ir a abrirle la puerta. Eso le alegro mucho, tontamente, pero le alegro.
Pedro después sacó un control remoto y apretó el botón para abrir la reja de la entrada. El viaje fue hecho en silencio. Ella no sabía de que hablar, y de todos modos, ella no había ido para hacerle compañía. Cuando llegaron al parque, bajaron y fueron hacia la discreta ladera por la que ya había gente corriendo y haciendo ejercicio. El amanecer estaba apunto de empezar.
El cielo estaba cambiando su tono grisáceo por un color azul pálido y rosado. Gracias al cielo estaban en verano. Finales de Junio era una temporada excelente en California. El calor insoportable había desaparecido, y aún faltaba para el frío del invierno. Sólo les llegaba una suave brisa que acariciaba sus rostros, como si fueran hojas de los grandes árboles. El Parque McArthur era pequeño, pero a Paula le agradaba.
Conocía casi todos los parques del estado. May y ella salían algunas veces a caminar, o cuando ella llevaba a Coco.
Pensó en su linda gata, al cuidado de su mejor amiga. Ojala Maite no tuviese problemas con ella.
Hicieron calentamiento en silencio, y entonces, Pedro empezó a trotar. Ella lo siguió, colocándose detrás de él. Estuvieron así durante un par de minutos, cuando entonces el se detuvo abruptamente, y ella, en reflejo, miró alrededor buscando una causa. Se sorprendió verlo voltearse para enfrentarla.
― ¿Sucede algo?
― Odio saber que vengo con usted, y que viene detrás de mí. ¿Por qué no se coloca a mi lado?
Paula estaba anonada. Eso era nuevo. Como simple acto inconsciente se había colocado detrás de él, guardando, puesto que siempre lo hacía. Tomándola por sorpresa, al oír su pregunta, sintió sus mejillas ruborizarse. Y odió eso.
― Es la costumbre. ― Pero no hizo ningún movimiento.
― Bueno, pues a mi me gustaría que conmigo se acostumbrara a correr a mi lado. Lo siento, pero no me siento nada caballeroso corriendo delante de usted. ― Paula alzó una ceja inquisitivamente ― Y no, no es machismo. ― Agregó rápidamente Pedro. ― Es sólo que no me gusta. Por favor.
Vale, contra eso, Paula no podía pelear. Él se lo había pedido por favor.
― Está bien.
Dio un paso adelante y estuvo hombro a hombro con él.
Pedro sonrió, y empezaron a correr. Empezaron trotando alrededor de quince minutos, para después acelerar el paso, y correr en toda la extensión de la palabra. Ambos no dijeron una palabra durante toda la caminata, y sólo corrieron. Era increíble ver el acoplamiento de Paula con él. Sí doblaba hacia un lado, ella lo seguía sin mostrarse turbada o confundida. Pedro se consideraba un buen atleta, y le agradó ver que Paula seguír su ritmo sin quejarse, mientras inhalaba por la nariz y exhalaba por la boca.
Para cuando terminaron el ejercicio, el alba estaba pasando y ya había salido el sol. Pedro le hizo un gesto de que habían acabado, y ella fue reduciendo su velocidad, hasta que los dos se detuvieron.
Caminaron hacia en el auto, Pedro abrió solo la cajuela y sacó dos botellas de agua. Le tendió una a Paula, y ella lo tomó. Después sacó dos toallas y le dio una a su acompañante. Se quedaron recargados contra la acera del auto.
― ¿Verá lo de las cámaras hoy? ― preguntó Pedro tomando un sorbo de agua y limpiándose el sudor.
― Sí. Después de dejar a Sara en el colegio, me gustaría que Augusto me llevase a ello. ― Rápidamente agregó ― Claro, si es que no lo necesita hoy.
Pedro se pasó la toalla por la frente y después se la dejó colgando de los hombros.
― No, no lo necesito, lo que me recuerda que haré que Vivi le de una copia de mi agenda del mes. ― Se limpió unas gotas de agua con el dorso de la mano ― Así sabrá si tenemos algún evento.
Paula sonrió. Al parecer después de todo, si se estaban comunicando.
― Gracias. Por cierto, creo que es necesario contratar a alguien para vigilancia permanente en la casa. Lo estuve pensando anoche, y Augusto tiene suficiente trabajo. Necesita a alguien que se encargue exclusivamente de ello.
Entraron al auto, y Pedro prendió el motor, que rugió con potencia, y emprendieron el regreso a la residencia. Mientras Pedro cambiaba las velocidades del auto, agregó.
― Me gustaría que usted se encargara de ello. Conoce a la gente, y sabrá elegir. Y sobre las reformas de la casa que mencionó, Jaime estará pendiente de ello.
― Está bien.
― El sueldo, los horarios, todo lo que usted considere. Confío en que hará una buena elección. Cualquier cosa, que yo no pueda atender en ese momento, Miguel tiene toda mi aprobación y permiso con respecto al tema del vigilante ― Paula asintió. Se detuvieron en un semáforo, y entonces el se giró hacia ella ― ¿Lista para su reportaje?
Paula se removió incómoda en el asiento. Eso, también había sido culpa de su mala noche.
― Sobre ello…
Pedro enmarcó sus cejas oscuras, y la miró detenidamente.
― ¿Ha cambiado de opinión? ― No había reproche en su voz, sino más bien, una nota de curiosidad.
― No, sólo quería pedirle un favor.
― ¿No fueron suficientes las condiciones de ayer?
― Lo de ayer fueron condiciones, esto es un favor personal.
Pedro no conocía del todo a Paula, pero podía intuir que no era la clase de persona que le gustase pedir favores.
― Adelante.
― Quisiera que no me pregunten nada sobre mi madre. ― Ella no podría soportar hablar sobre ello, y menos, para que miles de personas se deleitaran leyendo eso en una revista o periódico o lo que fuese. Había límites.
La luz del semáforo cambió y Pedro emprendió la marcha nuevamente. Le dio un leve vistazo. Quería preguntar porque ese ensimismamiento, pero no tenía derecho a hacerlo. Por ahora.
― Claro. Aunque es conciente de que harán una mención de ella. ― Quería marcar lo obvio, para que no le tomara por sorpresa o lo acusara de faltar a su palabra.
― Sí, pero me gustaría que me preguntase sobre ella lo menos posible ― Cuando su madre había muerto había comenzado el verdadero infierno. Reporteros, prensa, televisión, todos querían saber si los rumores acerca de Sofia Hunder, antes Chaves, eran ciertos.
Pedro asintió. Sabía el porque de ese recelo, todo mundo sabía los rumores que estaban detrás del accidente automovilístico de la esposa de Rafael Hunder, y podía imaginar lo que Paula pensaba de ello. Además, quien mejor que él, para saber cuando la delgada línea de la privacidad era violada.
― Lo que usted diga.
Al llegar a la residencia, el sol ya estaba alumbrando y podía ver que ya había movimiento en la casa. Seguramente Mariana ya debía de estar en la cocina haciendo el desayuno.
Entraron al garaje y dejaron el auto, y después vino el incómodo silencio.
― Bueno, nos veremos después. ― dijo Paula rápidamente y dispuso a caminar hacia la casa. La puerta más cercana era la de la cocina, y empezó a marchar hacia ella.
― Paula… ― ella se detuvo. Por alguna extraña razón, oír su nombre salir de los labios de él, le producía un temblor que le recorría todo el cuerpo. Se volteó para mirarlo ― ¿Estás segura sobre mudarte a la casa de la piscina?
Paula se lo había pensado, y al menos esa, era la idea más coherente que había tenido en ese par de días.
― Sí.
Pedro llegó hasta ella, y le dio a entender que caminarían juntos.
― Bueno, en ese caso, esta noche ya estará instalada en ella.
― Siento mucho que esté causando molestias.
― Para nada.
Entraron a la cocina, donde efectivamente Mariana estaba ya buscando los ingredientes para su desayuno. Paula, que era muy buena con el lenguaje corporal, observó que Mary se había sorprendido al verlos juntos, pero había ocultado su asombro. Alfr… Jaime, estaba sentado en el mismo lugar de ayer, y sólo dio los buenos días. Pedro se despidió rápidamente, y se marchó hacia su habitación. Ania se quedó y entonces, para su horror, advirtió que Mary tenía ya varias zanahorias en el lavabo listas para hacer un jugo.
Pobre Sara.
― ¿Sabes Mar? Ayer me gustó mucho ese licuado que me diste. ¿Sería posible que me hiciera uno igual?
No era una mentira del todo, en verdad que le había gustado el licuado. Claro, que no llegaba a su café de Starbucks, pero no importaba.
Jaime bajó su periódico y la miró fijamente. Paula no le devolvió la mirada, y sólo sonrió a Mary. Ella le devolvió la sonrisa, aunque un poco turbada.
― Claro. Con mucho gusto. Aunque si lo prefiere puedo hacer un jugo de zanahorias ― señaló las umbelíferas y Paula negó.
Si no podía tomar su café, por Dios, que no iba a tomar esa cosa.
― No, esa malteada está bien. Además, soy alérgica a las zanahorias. ― ¿Pero que estaba haciendo? Se preguntó. Mintiendo, respondió otra voz. ― Bueno, hecha en jugo, y en otras formas. ¿Raro, verdad?
Siguió sonriendo, pero ahora para evitar sentirse una tonta. Mary le dio una sonrisa cálida, y le dio unos golpecitos en el brazo.
― No te preocupes. Vete a cambiar, que cuando regreses tendrás tu desayuno.
Paula asintió, y cuando por fin estuvo fuera de la vista, suspiró aliviada.
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