sábado, 30 de mayo de 2015
CAPITULO 12
Vale, las cosas iban bien con la niña, reflexionó Paula.
Estaba segura de que con el tiempo podría ayudarla a ser un poco más… más… más abierta con la gente. Además, se notaba que era una niña de buenos sentimientos.
Salió de su habitación, después de lavarse los dientes, y se dirigía a la oficina de Pedro, una vez más, rogando no encontrarse con ninguno de esos “ayudantes” con los que contaba, y no por miedo. Dios sabía que Paula Chaves no le tenía miedo a nada. Ni siquiera a la muerte. Pero no quería encontrarse con gente que la sacaba fuera de sí, y su sentido común se evaporaba como agua en el desierto.
Caminó hacia el despacho, y oyó voces familiares.
Maldición, estaban ahí.
Respiró un par de segundos, y tocó la puerta.
― Adelante.
Pedro estaba de pie, hablando por teléfono y consultando a la vez unos papeles con Viviana. Carlos estaba sentado hablando por otro teléfono y Miguel, bueno, el abuelo estaba sentado degustando una copa de algo.
― ¿Sucede algo? ― preguntó Pedro, tapando con una mano el auricular del teléfono.
Todas las miradas recayeron en ella.
― Deseaba poder tener esa plática que hemos estado posponiendo.
― Verá… ― Volvió a colocarse el receptor y se encogió los hombros en disculpa ― Sí, claro… Sí, aja.
Pedro estaba platicando con uno de sus viejos amigos, y mentores, y no podía colgarle, aunque ganas no le faltaban.
Podía intuir lo que se avecina entre Carlos y Paula.
― Creo que tendrás que esperar un poco. ― sugirió Miguel.
― La verdad es que es urgente.
Carlos colgó su llamada, y se paró para acercarse a Paula.
Aunque era un hombre alto, Paula bien le llegaba a la barbilla.
― No lo dudo. ― se cruzó de brazos y la apuntó ― Pero verá, usted es una empleada más en esta casa, así que creo que no puede andar imponiendo su voluntad sobre su jefe.
Paula alzó la mirada, sin dejarse intimidar por aquel hombre.
― No estoy imponiendo mi voluntad. Sólo deseo poder platicar sobre ciertas cosas sobre seguridad con el Sr. Alfonso.
― Carlos ― Miguel había usado un tono para indicar que se estaba pasando con sus comentarios, pero al parecer a éste no le importo en lo más mínimo.
Había usado mucho control para modular su voz y que esta sonara lo más normal posible, como si su comentarios no la afectaran.
― Como podrá ver, está muy ocupado. ― insistió Carlos.
― Así es, pero esto creo que es importante.
― Mire Señorita Hunder, creo que ya se lo expliqué, pero por si no lo entiende, su jefe está…
Esa fue la gota que derramó el vaso.
― Chaves ― interrumpió Paula.
― ¿Que?
― Es Chaves, no Hunder. No desde hace mucho tiempo.
― ¿Puedo preguntar por qué ese alejamiento con su padre?
Paula respiró y apretó sus puños. Bien podría darle un buen puntapié, o una rodillera, romperle la nariz, o quebrarle un dedo. Eso sí calmaría su estado.
― Que yo sepa, me contrataron por mis aptitudes, no por mi árbol familiar.
― Pero es no estaría de más por lo…
Pedro no pudo aguantar más. Se despidió rápidamente del Senador Anderson, y colgó.
― Carlos, ya basta ― pero su intervención había llegado demasiado tarde.
― Creo señor, que regresaré más tarde. ― Contestó Paula y se dio media vuelta para salir de la estancia.
― Paula, espera. ― gritó Pedro, y al pasar frente a Carlos, miró a su amigo y en esos momentos todo signo de amistad se había desvanecido momentáneamente. ― Aclararemos las cosas cuando regrese.
Pedro no había sido lo suficientemente rápido. Buscó a Paula por toda la casa, empezando por tocar en su habitación. Al no recibir respuesta, había entrado sigilosamente, y había encontrado nada. No estaba ahí. Se golpeó la frente fuertemente.
― ¡Ella no es una niña malcriada, Pedro, no vendrá a encerrarse a su habitación!
Se dio la vuelta, y fue al lugar que le restaba, y, le dijo su subconsciente, por el que debería de haber empezado.
Mariana estaba leyendo un libro sobre la encimera, mientras Laura estaba lavando los platos. Ambas interrumpieron lo que estaban haciendo para mirarlo detenidamente.
― ¿Joven Pedro, desea que le sirva de comer algo? ― preguntó Mariana, mientras cerraba su libro y se acercaba a él.
― No. Mary, ¿has visto a la señorita Chaves?
― Oh, Paula salió señor. ― Pedro no se extrañó de que Mary ya tuteara a Paula ― Se llevó a Augusto con ella. Dijo algo de caminos. Fue lo único que le entendí. Aunque estaba de mal humor. Esa chica, con lo poco que come, con razón tiene ese genio.
― ¿Salió con Augusto?
― Sí, se llevaron el auto. Tendrá como unos dos minutos.
Maldición, pensó Pedro. Se había escapado.
― Bueno, gracias Mariana. Cuando regrese dile que quiero platicar con ella, por favor.
― Claro que si joven. ¿No quiere comer algo? No ha probado bocado desde el desayuno.
― Mas tarde quizás.
Se estaba dando la vuelta pero Mariana no lo dejó escapar.
― Se lo diré a su madre.
Pedro se detuvo en seco. A su casi cuarenta años, todavía le tenía respeto, o quizás mejor dicho, miedo, a su madre. Daba gracias al cielo de que estuviera de viaje, en México visitando a su familia, antes de que regresara para entrar de lleno a su campaña. Miró a Mariana pensando en lo que venía.
― Eso es jugar sucio.
― Hay que recurrir a todas las mañas que se pueda. ― Mariana se colocó una mano en la cadera ― Entonces. ¿Un sándwich?
Pedro suspiró. Su estómago le estaba pasando factura en esos momentos, pero tenía tanto que hacer.
― ¿No me dejarás ir, verdad?
― Mi respuesta depende de la suya. ― contestó con una sonrisa tipo “La Gioconda”, llena de misterio ― Así que ¿un sándwich?
― De pollo ― contestó resignado Pedro.
Después de comer el bocadillo, fue a su despacho, para encontrarlo en un siniestro silencio. Viviana estaba centrada en sus papeles mientras que Miguel miraba a Carlos censuradamente. Este último se acercó a Pedro caminado pesadamente.
― Lo siento. No hay justificación para mi comportamiento hace un momento.
Pedro sabía lo mucho que a Carlos le costaba pedir perdón, pero aún así, al recordar el rostro de Paula…
― No es mí a quien le debes pedir disculpas. ― contestó seriamente Pedro.
Miguel se levantó y se acercó a él.
― ¿Hablaste con ella? ― preguntó Miguel.
― No, se fue con Augusto.
Carlos caminaba de un lado a otro, masajeándose la barbilla. Su mente estaba trabajando al cien. Pedro sonrió para sí mismo. Ahí estaba el Carlos que él conocía.
― Bueno, dejando a un lado mi terrible actuación. ¿Sabes lo que hará la prensa cuando se entere?
― ¿De qué? ― Aunque ya se lo había planteado la noche anterior. Pero no quería pensar en ello, porque estaba seguro de cual era la solución que Carlos propondría.
― Pedro― Carlos cantó su nombre con un tono de advertencia.
― Carlos. ― Pedro le respondió con el mismo tono ― Te preocupas excesivamente por las cosas. Cuando yo contraté a Paula, lo hice asumiendo el cargo de que es un buen guardaespaldas. Cualquier relación con su padre queda fuera de lugar.
― Podríamos utilizar para…
Carlos se calló. Algo en la mirada de Pedro no le permitió seguir.
― No. ― el tono de voz de Pedro no era frío, pero tenía un timbre extraño, que no sabían bien como definir ― Y es mi decisión final. Ella se mantendrá al margen de todo. Hará únicamente para lo que se le contrató.
― Bueno, en ese caso, tienes que permitir que Viviana se encargue de publicar algo de ella que nos favorezca a nosotros.
Pedro iba a negar pero Miguel lo interrumpió.
― Hazle caso a Carlos, Pepe. Tiene un buen punto a su favor. Si no lo hacemos, la competencia se adelantará y dirá que estás haciendo trampa, o recurriendo a cosas bajeras. Eso lo sabes de antemano.
Carlos y Miguel tenían razón. Cuando la prensa se enterare de eso, harían comidilla a Paula, y también a él. Pedro estaba entre la espada y la pared. Pero no podía dar una respuesta en ese momento.
― Tengo que hablarlo con ella primero.
― Pero… ― empezó a refutar Carlos, pero Pedro no lo dejó seguir.
― He dicho que tengo que hablarlo con ella, Carlos. Si ella acepta, Viviana se hará cargo. Si no, veremos que podemos hacer, sin molestarla. ¿Viviana?
Miró a Viviana y esta asintió sonriéndole.
― Por mi no hay problema. Esperemos a ver que dice ella.
― En ese caso, regresemos a lo que estábamos.
Miguel estiró sus brazos, aburrido de estar ahí. Le dio una palmada en la espalda a Pedro.
― Bueno, en ese caso, yo voy a la cocina. Mariana de seguro ha de tener algo de comer. ¿Ustedes no quieren nada? ― anunció Miguel.
Carlos y Viviana negaron y Miguel se encogió los hombros, y salió de la habitación.
Estuvieron trabajando alrededor de tres horas más. Después de eso, cada uno se despidió para hacer los trabajos en sus casas. Miguel se había ido más temprano, pues tenía reuniones pendientes. Cuando los tres se fueron, Pedro se quedó esperando a Paula, pero esta no aparecía por ningún lado.
Eran las diez de la noche cuando tocaron a su oficina. Pero no era Paula.
― ¿Y la señorita Chaves? ― preguntó Pedro a Augusto.
― Paula me pidió que le dijera que lo ve en la casa de la piscina. Algo sobre aclarar su trabajo. Por mi parte, me voy a dormir, estoy agotado. Esa mujer es un demonio. Y conduce como tal. He perdido diez años de mi vida hoy. Con su permiso señor.
Pedro quiso reírse de la detallada descripción de Augusto acerca de Paula. Y la verdad es que se veía batido. La corbata la llevaba desatada y el saco lo llevaba en la mano, mientras que su las mangas de su camisa las tenía dobladas y subidas hasta el codo. En una palabra, Augusto estaba fatal.
― Gracias Augusto, vete a descansar.
Pedro caminó hacia el pequeño bungalow que había cerca de la piscina. Esa mujer debía de tener vista de halcón, ya que el no recordaba haberle comentado sobre el lugar, quizás había dado la vuelta por la casa. La encontró parada frente a la alberca. La luz de la piscina iluminaba su perfil.
Estaba parada con las manos enfundadas en su chamarra.
Tenía la cabeza agachada, como si estuviera recordando algo, pues ni siquiera se había dado cuenta de su presencia.
CAPITULO 11
Pedro estaba cansado. A pesar de que faltaban meses para las elecciones, el tiempo avanzaba en un abrir y cerrar de ojos. Tenían muchas cosas que hacer, demasiadas cosas en mente, y encima no podía perder el tiempo pensando en una castaña que le robaba el aliento. Viviana estaba hablando sobre algo, pero había perdido el hilo de la conversación desde hacia mucho.
― Disculpa, Vivi ¿Qué dijiste?
― Pero que te pasa Pepe, andas en la luna.
― Demasiadas cosas en la cabeza.
Viviana no tuvo tiempo de contestar, ya que Carlos apareció en la entrada. Y por su rostro, no parecía estar contento.
― Ella no debería de estar aquí. Es un error.
Al referirse a “ella”, Pedro dedujo rápidamente de quien estaban hablando.
Paula.
― Cálmate Carlos. Tenemos que hablar de ello.
― ¿Y qué pasa si es una espía?
― Creo que ves mucha televisión muchacho ― contestó a sus espaldas Miguel.
― Yo me tomo muy en serio mi trabajo. Demasiado. ― dijo fulminado con la mirada a Miguel, que se pasaba el día contando chistes, y tomando café.
Miguel no se sintió ofendido. Sólo se rió del comentario de Carlos.
― Y nosotros también.
Viviana se sentía perdida.
― ¿Y a que viene todo este jaleo?
Carlos la miró y dibujó en sus labios una media sonrisa de sarcasmo.
― ¿Es que no te ha dicho Pedro quien es la nueva chica de seguridad?
― Nos acabamos de conocer apenas. Pero la verdad, se me hace conocida, pero no la ubico de donde.
― Pues yo te daré una pista. Cambia en Chaves por Hunder.
Viviana abrió los ojos ante la declaración de Carlos. Paula Chaves. Paula Hunder. Se dejó caer pesadamente en el sillón que tenía cerca. Miró entonces a Pedro.
― ¿Pero que rayos has hecho?
Pedro no tenía ganas de discutir con sus amigos. Y menos sobre decisiones que él tomaba sobre su familia.
― Vamos a calmarnos chicos ― Animó Miguel y se fue al pequeño minibar que tenía Pedro y sirvió whiskey para él y Pedro, gin tonic para Viviana y un martini para Carlos.
Cada uno tomó la copa que le ofrecían en silencio, esperando las respuestas por parte de ambos.
Pedro se colocó frente a la ventada, dando la espalda a los demás. Hablar sobre lo sucedido a Sara le dolía en el alma.
― Sara sufrió un atentado la semana pasada.
― ¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde? ― preguntaron en unísono Carlos y Viviana.
Carlos se adelantó y preguntó
― ¿Y por qué no nos dijiste nada?
Sólo Mariana, Jaime y Miguel, junto con su madre, eran las únicas personas que sabían de eso, y ahora tenía a dos testigos más
― Augusto logró evadir a los secuestradores, por lo cual le estoy infinitamente agradecido. Tomé la decisión de no decir nada, ya que los medios harían de esto una comidilla, y peor aún, estarían sobre Sara a cada momento. No quiero eso. ― Se dio la vuelta y dejó el whisky sin tocar sobre el escritorio ― Sara aún no se recupera del impacto, y por eso decidí contratar a un guardaespaldas.
― Bien, con eso no tengo nada en contra. Y lamento mucho lo que le pasó a Sara, ¿pero ella?
― Ella es la mejor en lo que hace Carlos. ― Pedro sacó el expediente que Miguel la había dado anteriormente ― Lo puedes comprobar tú mismo.
Carlos tomó el folder y lo hojeó. No podía negar que Pepe tenía razón, pero eso no le ayudaba mucho.
― Bueno, sus referencias son buenas. No lo puedo negar ― dejó las hojas sobre el escritorio ― Pero es la hija de Hunder, Pedro. Eso es más que suficiente para no haberla contratado.
― Ahí tengo que objetar. La señorita Chaves ha aclaro esos puntos con nosotros. Por su parte, la política no es algo que le agrade. Y la relación con su padre es casi nula. Y además, yo confío en ella
Miguel había Hablado de manera solemne, haciendo que todos se quedaran callados. A Pedro le extrañó la firmeza con la que había dicho la última oración.
― ¿Y que tal si todo es una trampa para meter al enemigo en la casa?
Miguel no aguantó más y se empezó a reír a carcajadas.
― Insisto muchacho, tienes que dejar de ver el Fox Channel. Todas esas películas de espías te están comiendo el cerebro.
― ¿Y tú confías en ella? ― preguntó Viviana a Pedro, quien se había mantenido al margen.
Pedro no dudo de su respuesta. Su sexto sentido lo había llevado hasta donde estaba. Sus entrañas tenían un don para darle respuestas. Y después de ver como Sara había sonreído por primera vez en años, estaba más que seguro de su respuesta.
― Sí.
Carlos y Viviana cruzaron sus miradas, pero no dijeron nada.
Al parecer Pedro estaba más que seguro de su decisión con respecto a Paula Chaves. Sólo esperaba que no se hubiese equivocado.
― Bueno, en ese caso, volvamos al trabajo. ― dijo sin muchos ánimos Carlos ― Tengo aquí una conferencia para dentro de un mes y luego….
CAPITULO 10
El ruido de golpes en la puerta hizo a Pedro tomar un respiro entre los papeles.
― Adelante.
Pedro se estaba frotando los ojos de cansancio. Mucho papeleo, llamadas, preguntas por aquí y por allá, cosas por todos lados. Sabía en lo que se metía cuando había aceptado la candidatura, pero algunas veces, deseaba tirar todas las cosas por la borda.
― Buenas tardes, Sr. Alfonso.
Pedro los abrió de golpe, para descubrir a Paula frente a él, apoyada en la pared, con los brazos entrelazados. Su pelo lo llevaba amarrado, sin dejar un solo mechón fuera de lugar, cosa que Pedro le frustraba. Un cabello tan bonito, escondiendo su belleza.
― Señorita Chaves. Han regresado. ¿Qué tal el día?
― Por mi parte, ninguna queja. La escuela sigue igual.
― ¿Usted estudió ahí?
― Estoy segura de que lo sabe de sobra.
Pedro sonrió. Claro que lo sabía. Eso y muchas cosas más.
― Sólo quería sonar amable. ¿Y que puede concluir de este día?
― Es sólo un día, señor, pero le puedo decir, que dentro de la escuela, Sara no corre riesgo alguno. La seguridad sigue siendo estricta y de la mejor calidad.
― ¿Y fuera?
― Pondré con Augusto varias rutas alternativas de la casa a la escuela. Siempre sigue el mismo camino y eso no me gusta para nada.
― Una excelente idea.
Paula cambio de postura y caminó hacia él.
― Lo que me recuerda, que quería tener un par de palabras con usted.
― Usted dirá.
― Pues verá…
El “knoc knoc” de la puerta detuvo a Paula y se hizo a un lado para que Viviana Kaplan entrase a la habitación.
― Pepe, tenemos… ― y se interrumpió para contemplar a Paula de la cabeza a los pies. Colocó los archivos sobre su pecho ― ¡Oh! ¿Así que usted es el nuevo guardaespaldas?
Pedro se paró del asiento y se acercó a Viviana.
― Viviana, te presento a Paula Chaves. Paula, está es Viviana Kaplan, parte de mi equipo de campaña.
Ambas mujeres se quedaron mirando una a la otra, midiéndose pero por educación se dieron las manos.
― Mucho gusto ― dijeron ambas, aunque ninguna lo decía de corazón.
― Bien, Viviana, ¿Qué sucede? ― preguntó Pedro a Viviana y olvidándose de Paula.
Viviana caminó hasta él, y le tendió un par de carteles.
― Oh, tenemos que escoger el slogan. ― Después abrió su agenda y empezó a hablar ― Y hablaron de las oficinas de Relaciones, que quieren una cita contigo. Después tenemos a Donald, que quiere platicar contigo sobre varios proyectos. Y no, no podemos cancelar. Es uno de nuestros mayores patrocinadores, así que tienes que aceptar. ― Golpeaba la agenda con un lapicero que había sacado de la nada ― Posteriormente hay que reorganizar las conferencias de la próxima semana, ya que han salido más puntos para visitar.
Paula solo pudo sentir palpitar su cabeza al oír todo eso.
Pobre hombre, ¿Cuándo dormiría?
― Disculpe, ― Viviana miró altivamente a Paula, y no le gustó para nada la interrupción de esta, pero Paula hizo caso omiso ― Sé que es muy importante todo lo que tienen que hacer, pero en verdad me gustaría ― insistió y enfatizó la palabra con más gracia de la que quería ― poder platicar con usted, señor
― La verdad, esto es urgente Pepe. ― insistió Viviana.
― Señorita Chaves… ― el teléfono sonó en ese momento y Pedro fue a contestar ― ¿Diga? … ¡Claro que sí! Aquí espero ― Tapó el auricular y miró a Paula ― Lo siento, me tendrá que disculpar, quizás más tarde podamos resolver ese tema que tanto le urge.
― Pero es…
― Por favor señorita Chaves, creo que Pedro ya se lo dejó claro.
A ella no le gustó para nada el tonó que la mujer usó.
― Por supuesto, ― Arrastró las palabras con sus dientes ― Con permiso, y salió de la habitación echando fuego.
No había dado muchos pasos cuando chocó contra él director de campaña de Pedro.
― Vaya, así que usted es la nueva guardaespaldas. Soy Carlos Jefferson.
Carlos extendió su mano y Paula la tuvo que estrechar.
― Paula Chaves.
Ella observó como el hombre reaccionaba al oír su nombre.
Paula maldijo interiormente. Había esperado que Pedro les hubiese explicado a todos. Con Viviana, al parecer no sabía quien era ella, pero este hombre, por el cambio de actitud pudo saber dos cosas. Una, que sabía quien era ella, y dos, que no se alegraba para nada.
― ¿Acaso es…? ― el hombre empezó a preguntar pero no terminó la pregunta. Sólo la dejó al aire.
― La misma. ―Paula ya sabía que quería decir.
Ella tenía ánimos de esconder su pasado o su relación con su padre, pero la manera en la que ese hombre lo dijo le dieron unas reverendas ganas de estamparle la rodilla en la entrepierna.
― Vaya.
Se produjo un silencio incómodo unos segundos, mirándose uno al otro, cuando Miguel los interrumpió.
― ¡Paula!
Paula suspiró agradecida de que la “conversación” con Carlos se hubiese interrumpido, y miró con ojos alegres a Miguel.
― Que tal, Sr. Clauser. Un placer volver a verle.
― Paula, ¿pero que pasó? ― Se colocó a un lado de Paula y le pasó las manos por los hombros. El abuelito se tomaba mucha confianza, pensó Paula. ― Quedamos en que nos íbamos a tutear. Por lo que sé, tú estás pidiendo lo mismo con el personal de la casa, así que ¿por qué nosotros no?
― Touché, Miguel. ― dijo sonriendo.
― ¿Qué tal el día?
Paula miró a Carlos y este siguió su mirada. Paula ahogó su bufido ante lo cómico del momento.
― Apenas es el primero.
― Bueno, ese es el espíritu. ― Miró a Carlos y después a Paula y captó al segundo las palabras de Paula, así que la soltó y fue hacia él ― Carlos, creo que tenías algo importante que hablar con Pedro.
― Sí, así lo creo, ― contestó en voz baja sin quitar la mirada de Paula, y siguió caminando hacia el despacho, y desapareció.
Miguel se rascó la cabeza y dio una pequeña risilla.
― Parece ser que las cosas se pondrán movidas por acá.
― Eso parece. ¿Es que acaso el Sr. Alfonso no dijo que me había contratado a mí como la guardaespaldas?
― Sí, bueno, en la casa sí, pero por lo visto…
Paula gimió en signo de protesta, y se dio la vuelta, dejando a Miguel con la palabra en la boca. Ya después se disculparía con él. Pero esto no le estaba gustando para nada. Entró a la cocina y Mariana la recibió con una gran sonrisa.
―Paula, la comida se servirá inmediatamente.
― Oh. Gracias Mary.
Paula fue hacia el comedor, y Sara estaba entrando por otra puerta que daba al comedor. Venía vestida con una vestido sencillo, aunque formal, y su cabello alzado en una coleta, y unos zapatos de charol lustrados. ¿Quién rayos come vestido así?
― Mmm… Sara, ¿vamos a ir a algún lugar esta tarde?
― No que yo sepa. La visita con la psicóloga es mañana.
¿Psicóloga? Parece ser que en esta casa, nadie le informaba a ella de nada. Inhaló y contó mentalmente. Eso pasaba por aceptar un trabajo precipitadamente. Tenía mucho que platicar con Pedro. Volvió a mirar a Sara y ese vestido tan elegante.
― Entonces, ¿Por qué estas vestida así?
― ¿Así como?
― Pues no sé ―Paula se tocó la cabeza y después señaló su vestido ― Como si fueras a salir de paseo.
― ¿De paseo? ― La niña soltó una risilla y la escondió detrás de sus manos ― No, esta es mi ropa normal.
No sabían quien era la más sorprendida. Paula tenía los ojos abiertos de par en par.
― ¿Esa es la ropa que utilizas dentro de la casa?
― Sí.
― ¿Qué ha pasado con los pantalones, y las blusas, y esas cosas que llevan las niñas de ahora? ― O al menos eso creía.
― Jamás he utilizado un pantalón ― susurró la niña, como apenándose de ello.
Paulaa se quedó horrorizada ante aquella confesión. Eso era el colmo. ¿Cómo rayos tenían a esta pequeña atada a esa vestimenta todo el día? Después vio que la niña se había encerrado, sus gestos revelaban que si bien no le había molestado, si le había incomodado sus palabras.
― Te ves linda Sara, no hay nada malo en ello. Es sólo que estoy sorprendida. Eso es todo.
― Está bien.
― ¿Y puedo preguntar por qué nunca te has probado un pantalón?
Sara bajó aun mas la cabeza y colocó sus manos en su regazo jugando con ellas, como si estuviera debatiendo entre contestar o no su pregunta. Al final lo hizo.
― Según la Sra. Perkins, una dama no usa ese tipo de ropa.
Paula miró sus pantalones de mezclilla y entendió porque Sara no quería decirle nada. La pequeña había tenido miedo de ofenderla. Esa señora Perkins parecía un grano en el trasero, al estar metiéndole esas ideas a la pequeña. Tal vez un par de palabras con el Sr. Alfonso podrían…
“Yo no me meteré en su vida, así que espero lo mismo de usted.”
Las palabras resonaron en su cabeza, recordando como se había despedido el día anterior de Pedro. Habían hecho ese acuerdo, de manera implícita y sobreentendida.
Además, ella llevaba menos de un día en esa casa. No podía cambiar todo lo que pasaba ahí a su gusto, por mucho que quisiera. Esa no era su casa, y ellos no eran su familia.
― Buen provecho.
Mary ya había dispuesto la cena, y estaba sirviendo junto con otra de las chicas que trabajaban en la casa. Paula se sentía rara con toda una mesa servida elegantemente, una cubertería de plata y porcelana. ¿Comer así todos los días? Incluso Paula tenía sus límites. Además, se sentía una intrusa en esa mesa. Ella era una empleada más en esa casa, no una invitada de honor. Debería de estar comiendo con los demás, en la cocina, o donde quiera que comiesen.
― ¿Tu padre y los demás no comen? ― le preguntó Paula a Mary, pero Sara fue la contestó.
― No, papá siempre está ocupado.
Paula no supo que contestar. Se limitó a empezar con la sopa. Ella había perdido la cuenta de las incontables veces que había comido sola, después de la muerte de su madre.
Y aún cuando ella estaba viva, también había pasado tardes sola en el enorme comedor sin nadie con quien platicar. Pero su madre siempre la había hecho sentir querida y amada. En cuanto a Rafael, era otra cosa.
La comida transcurrió en un silencio suave, sin tensión. Paula hacía preguntas de vez en cuando a Sara y ella contestaba. No era como si se estuvieran convirtiendo en grandes amigas de la noche a la mañana, pero era un buen comienzo.
Terminaron de comer, y el servicio levantó los platos.
― ¿Y ahora que va a hacer? ― preguntó Sara.
― Tengo que hablar con Augusto, y con tu padre ― “Aunque él me lo está poniendo difícil”, pensó Paula para sí ― Mañana tendremos una nueva ruta.
― ¿Sólo irá conmigo esta semana?
Paula había registrado el edificio del Trinity College. Era seguro, no tenía por qué ir la semana siguiente, pero no pudo decirle no a la pequeña.
― Sólo si tu padre no tiene ningún evento en las mañanas, creo que te puedo acompañar.
Sara sonrió, y era una sonrisa tan genuina, que su rostro brillaba de felicidad. Paula por su parte, sintió una extraña calidez dentro de su cuerpo. Se estaba encariñando demasiado. Se paró de golpe de la mesa.
― Creo que tienes que hacer tus deberes de la escuela. Yo iré primero a hablar con tu padre y después con Augusto. Nos vemos, Sara.
― Hasta luego, Paula.
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