sábado, 30 de mayo de 2015

CAPITULO 10





El ruido de golpes en la puerta hizo a Pedro tomar un respiro entre los papeles.


― Adelante.


Pedro se estaba frotando los ojos de cansancio. Mucho papeleo, llamadas, preguntas por aquí y por allá, cosas por todos lados. Sabía en lo que se metía cuando había aceptado la candidatura, pero algunas veces, deseaba tirar todas las cosas por la borda.


― Buenas tardes, Sr. Alfonso.


Pedro los abrió de golpe, para descubrir a Paula frente a él, apoyada en la pared, con los brazos entrelazados. Su pelo lo llevaba amarrado, sin dejar un solo mechón fuera de lugar, cosa que Pedro le frustraba. Un cabello tan bonito, escondiendo su belleza.


― Señorita Chaves. Han regresado. ¿Qué tal el día?


― Por mi parte, ninguna queja. La escuela sigue igual.


― ¿Usted estudió ahí?


― Estoy segura de que lo sabe de sobra.


Pedro sonrió. Claro que lo sabía. Eso y muchas cosas más.


― Sólo quería sonar amable. ¿Y que puede concluir de este día?


― Es sólo un día, señor, pero le puedo decir, que dentro de la escuela, Sara no corre riesgo alguno. La seguridad sigue siendo estricta y de la mejor calidad.


― ¿Y fuera?


― Pondré con Augusto varias rutas alternativas de la casa a la escuela. Siempre sigue el mismo camino y eso no me gusta para nada.


― Una excelente idea.


Paula cambio de postura y caminó hacia él.


― Lo que me recuerda, que quería tener un par de palabras con usted.


― Usted dirá.


― Pues verá…


El “knoc knoc” de la puerta detuvo a Paula y se hizo a un lado para que Viviana Kaplan entrase a la habitación.


― Pepe, tenemos… ― y se interrumpió para contemplar a Paula de la cabeza a los pies. Colocó los archivos sobre su pecho ― ¡Oh! ¿Así que usted es el nuevo guardaespaldas?


Pedro se paró del asiento y se acercó a Viviana.


― Viviana, te presento a Paula Chaves. Paula, está es Viviana Kaplan, parte de mi equipo de campaña.


Ambas mujeres se quedaron mirando una a la otra, midiéndose pero por educación se dieron las manos.


― Mucho gusto ― dijeron ambas, aunque ninguna lo decía de corazón.


― Bien, Viviana, ¿Qué sucede? ― preguntó Pedro a Viviana y olvidándose de Paula.


Viviana caminó hasta él, y le tendió un par de carteles.


― Oh, tenemos que escoger el slogan. ― Después abrió su agenda y empezó a hablar ― Y hablaron de las oficinas de Relaciones, que quieren una cita contigo. Después tenemos a Donald, que quiere platicar contigo sobre varios proyectos. Y no, no podemos cancelar. Es uno de nuestros mayores patrocinadores, así que tienes que aceptar. ― Golpeaba la agenda con un lapicero que había sacado de la nada ― Posteriormente hay que reorganizar las conferencias de la próxima semana, ya que han salido más puntos para visitar.


Paula solo pudo sentir palpitar su cabeza al oír todo eso. 


Pobre hombre, ¿Cuándo dormiría?


― Disculpe, ― Viviana miró altivamente a Paula, y no le gustó para nada la interrupción de esta, pero Paula hizo caso omiso ― Sé que es muy importante todo lo que tienen que hacer, pero en verdad me gustaría ― insistió y enfatizó la palabra con más gracia de la que quería ― poder platicar con usted, señor


― La verdad, esto es urgente Pepe. ― insistió Viviana.


― Señorita Chaves… ― el teléfono sonó en ese momento y Pedro fue a contestar ― ¿Diga? … ¡Claro que sí! Aquí espero ― Tapó el auricular y miró a Paula ― Lo siento, me tendrá que disculpar, quizás más tarde podamos resolver ese tema que tanto le urge.


― Pero es…


― Por favor señorita Chaves, creo que Pedro ya se lo dejó claro.


A ella no le gustó para nada el tonó que la mujer usó.


― Por supuesto, ― Arrastró las palabras con sus dientes ― Con permiso, y salió de la habitación echando fuego.


No había dado muchos pasos cuando chocó contra él director de campaña de Pedro.


― Vaya, así que usted es la nueva guardaespaldas. Soy Carlos Jefferson.


Carlos extendió su mano y Paula la tuvo que estrechar.


― Paula Chaves.


Ella observó como el hombre reaccionaba al oír su nombre. 


Paula maldijo interiormente. Había esperado que Pedro les hubiese explicado a todos. Con Viviana, al parecer no sabía quien era ella, pero este hombre, por el cambio de actitud pudo saber dos cosas. Una, que sabía quien era ella, y dos, que no se alegraba para nada.


― ¿Acaso es…? ― el hombre empezó a preguntar pero no terminó la pregunta. Sólo la dejó al aire.


― La misma. ―Paula ya sabía que quería decir.


Ella tenía ánimos de esconder su pasado o su relación con su padre, pero la manera en la que ese hombre lo dijo le dieron unas reverendas ganas de estamparle la rodilla en la entrepierna.


― Vaya.


Se produjo un silencio incómodo unos segundos, mirándose uno al otro, cuando Miguel los interrumpió.


― ¡Paula!


Paula suspiró agradecida de que la “conversación” con Carlos se hubiese interrumpido, y miró con ojos alegres a Miguel.


― Que tal, Sr. Clauser. Un placer volver a verle.


― Paula, ¿pero que pasó? ― Se colocó a un lado de Paula y le pasó las manos por los hombros. El abuelito se tomaba mucha confianza, pensó Paula. ― Quedamos en que nos íbamos a tutear. Por lo que sé, tú estás pidiendo lo mismo con el personal de la casa, así que ¿por qué nosotros no?


― Touché, Miguel. ― dijo sonriendo.


― ¿Qué tal el día?


Paula miró a Carlos y este siguió su mirada. Paula ahogó su bufido ante lo cómico del momento.


― Apenas es el primero.


― Bueno, ese es el espíritu. ― Miró a Carlos y después a Paula y captó al segundo las palabras de Paula, así que la soltó y fue hacia él ― Carlos, creo que tenías algo importante que hablar con Pedro.


― Sí, así lo creo, ― contestó en voz baja sin quitar la mirada de Paula, y siguió caminando hacia el despacho, y desapareció.


Miguel se rascó la cabeza y dio una pequeña risilla.


― Parece ser que las cosas se pondrán movidas por acá.


― Eso parece. ¿Es que acaso el Sr. Alfonso no dijo que me había contratado a mí como la guardaespaldas?


― Sí, bueno, en la casa sí, pero por lo visto…


Paula gimió en signo de protesta, y se dio la vuelta, dejando a Miguel con la palabra en la boca. Ya después se disculparía con él. Pero esto no le estaba gustando para nada. Entró a la cocina y Mariana la recibió con una gran sonrisa.


―Paula, la comida se servirá inmediatamente.


― Oh. Gracias Mary.


Paula fue hacia el comedor, y Sara estaba entrando por otra puerta que daba al comedor. Venía vestida con una vestido sencillo, aunque formal, y su cabello alzado en una coleta, y unos zapatos de charol lustrados. ¿Quién rayos come vestido así?


― Mmm… Sara, ¿vamos a ir a algún lugar esta tarde?


― No que yo sepa. La visita con la psicóloga es mañana.


¿Psicóloga? Parece ser que en esta casa, nadie le informaba a ella de nada. Inhaló y contó mentalmente. Eso pasaba por aceptar un trabajo precipitadamente. Tenía mucho que platicar con Pedro. Volvió a mirar a Sara y ese vestido tan elegante.


― Entonces, ¿Por qué estas vestida así?


― ¿Así como?


― Pues no sé ―Paula se tocó la cabeza y después señaló su vestido ― Como si fueras a salir de paseo.


― ¿De paseo? ― La niña soltó una risilla y la escondió detrás de sus manos ― No, esta es mi ropa normal.


No sabían quien era la más sorprendida. Paula tenía los ojos abiertos de par en par.


― ¿Esa es la ropa que utilizas dentro de la casa?


― Sí.


― ¿Qué ha pasado con los pantalones, y las blusas, y esas cosas que llevan las niñas de ahora? ― O al menos eso creía.


― Jamás he utilizado un pantalón ― susurró la niña, como apenándose de ello.


Paulaa se quedó horrorizada ante aquella confesión. Eso era el colmo. ¿Cómo rayos tenían a esta pequeña atada a esa vestimenta todo el día? Después vio que la niña se había encerrado, sus gestos revelaban que si bien no le había molestado, si le había incomodado sus palabras.


― Te ves linda Sara, no hay nada malo en ello. Es sólo que estoy sorprendida. Eso es todo.


― Está bien.


― ¿Y puedo preguntar por qué nunca te has probado un pantalón?


Sara bajó aun mas la cabeza y colocó sus manos en su regazo jugando con ellas, como si estuviera debatiendo entre contestar o no su pregunta. Al final lo hizo.


― Según la Sra. Perkins, una dama no usa ese tipo de ropa.


Paula miró sus pantalones de mezclilla y entendió porque Sara no quería decirle nada. La pequeña había tenido miedo de ofenderla. Esa señora Perkins parecía un grano en el trasero, al estar metiéndole esas ideas a la pequeña. Tal vez un par de palabras con el Sr. Alfonso podrían…


“Yo no me meteré en su vida, así que espero lo mismo de usted.”


Las palabras resonaron en su cabeza, recordando como se había despedido el día anterior de Pedro. Habían hecho ese acuerdo, de manera implícita y sobreentendida. 


Además, ella llevaba menos de un día en esa casa. No podía cambiar todo lo que pasaba ahí a su gusto, por mucho que quisiera. Esa no era su casa, y ellos no eran su familia.


― Buen provecho.


Mary ya había dispuesto la cena, y estaba sirviendo junto con otra de las chicas que trabajaban en la casa. Paula se sentía rara con toda una mesa servida elegantemente, una cubertería de plata y porcelana. ¿Comer así todos los días? Incluso Paula tenía sus límites. Además, se sentía una intrusa en esa mesa. Ella era una empleada más en esa casa, no una invitada de honor. Debería de estar comiendo con los demás, en la cocina, o donde quiera que comiesen.


― ¿Tu padre y los demás no comen? ― le preguntó Paula a Mary, pero Sara fue la contestó.


― No, papá siempre está ocupado.


Paula no supo que contestar. Se limitó a empezar con la sopa. Ella había perdido la cuenta de las incontables veces que había comido sola, después de la muerte de su madre.


 Y aún cuando ella estaba viva, también había pasado tardes sola en el enorme comedor sin nadie con quien platicar. Pero su madre siempre la había hecho sentir querida y amada. En cuanto a Rafael, era otra cosa.


La comida transcurrió en un silencio suave, sin tensión. Paula hacía preguntas de vez en cuando a Sara y ella contestaba. No era como si se estuvieran convirtiendo en grandes amigas de la noche a la mañana, pero era un buen comienzo.


Terminaron de comer, y el servicio levantó los platos.


― ¿Y ahora que va a hacer? ― preguntó Sara.


― Tengo que hablar con Augusto, y con tu padre ― “Aunque él me lo está poniendo difícil”, pensó Paula para sí ― Mañana tendremos una nueva ruta.


― ¿Sólo irá conmigo esta semana?


Paula había registrado el edificio del Trinity College. Era seguro, no tenía por qué ir la semana siguiente, pero no pudo decirle no a la pequeña.


― Sólo si tu padre no tiene ningún evento en las mañanas, creo que te puedo acompañar.


Sara sonrió, y era una sonrisa tan genuina, que su rostro brillaba de felicidad. Paula por su parte, sintió una extraña calidez dentro de su cuerpo. Se estaba encariñando demasiado. Se paró de golpe de la mesa.


― Creo que tienes que hacer tus deberes de la escuela. Yo iré primero a hablar con tu padre y después con Augusto. Nos vemos, Sara.


― Hasta luego, Paula.





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