viernes, 12 de junio de 2015

CAPITULO 55






La tarde había caído. Paula había estado sólo una hora con Robin, y le había sacado más información de la que nadie en años. Se miró en el espejo del elevador, y se limpió las lágrimas. Tenía los ojos rojos y andaba moqueando como niña a la que le habían negado comprar su dulce favorito. 


Sonrió ante la descripción y se limpió con el pañuelo que Robin le había dado antes de salir. Y a pesar de que había hablado tanto con Robin, Paula aún no se había exorcizado de sus peores recuerdos. Pero como Robin le había dicho, aquello llevaría tiempo. Paula por su parte, no quería regresar de nuevo a aquel lugar, pero ya se había hecho la idea. Sin embargo al salir, Robin le había dicho:
― Dile a Pedro que traiga a sus chicos. Declararé contra ese tipo que se dice psicólogo mañana mismo. ― se había acercado a Paula lentamente y la tomó de las manos ― Si alguna vez quieres hablar, te estaré esperando. Pero porque tú lo has decido, no porque es necesario para sacarte de un apuro. ― la despidió con un beso en la mejilla.


Salió del elevador limpiándose las lágrimas, disimulando cuando veía a alguien pasar al lado de ella, pensando en que tenía la oportunidad de no regresar a ese lugar. No volver a hablar. Pero ahora, la caja de Pandora estaba abierta, y los males de su ser querían salir. Salió al exterior y aspiró el aire de la libertad. Entonces abrió los ojos y se quedó absorta. Pedro, recargado contra su Ferrari California, la miraba encantado. Lo primero que pensó Paula es que si quería llamar la atención y gritar “Aquí estoy, dispárenme”, lo había logrado. Pero aquello no era lo más sorprendente. Lo sorprendente era que tenía dos conos de helado en la mano, uno en cada una.


― ¿Qué haces aquí? ― preguntó ella a unos pasos de distancia de él.


Pedro la miró y se sintió mal, pero trató de ocultar sus sentimientos. Sabía que Paula le daría un puntapié si veía compasión en su mirada. Pero sus ojos rojos le molestaban. 


El saber que había estado llorando, y que no había estado ahí para confortarla, le provocaba un dolor inagotable. Así que sonrió, y caminó hacia ella.


― Sara me contó que siempre que salía de la consulta de Robin, tú la llevabas a comer un helado.


Paula sintió su corazón derretirse, un gran nudo en la garganta, pero lo atribuyó a la consulta con Robin. Pedro le extendió uno, y ella tomó automáticamente.


― Gracias. ― saboreó el helado que se estaba deshaciendo ― Pero no me refería a eso.


Pedro alzó los hombros y puso cara de no saber de que hablaba. Paula canturreó su nombre y Pedro suspiró.


― Utilicé la súper excusa de que venía a defenderte de los periodistas. Leandro discutió pero lo convencí. ¿Qué puedo decir? Es mi encanto.


Paula se golpeó la frente con una mano.


― Sí claro, ahora resulta que tú eres el guardaespaldas y yo la damisela en peligro.


― No, lo de guardaespaldas no me va. ¿Qué te parece guardián? ― Paula sonrió y Pedro la miró. Su corazón se paró durante un segundo, preocupado por ella ― ¿Como te fue?


La pequeña sonrisa de Paula se esfumó.


― Prefería no hablar de ello.


Pedro se acercó a ella, y Paula no retrocedió ningún paso. 


En realidad dio un paso hacia él. Lo necesitaba sentir cerca. 


Se inclinó y el rostro de Pedro a pocos centímetros del de ella, Paula cerró los ojos y aspiró su fragancia.


― Cuando quieras hacerlo, puedes contar conmigo.


― Lo sé. ― respondió.


Abrió los ojos y se quedó sin aire. Su mirada estaba tan cerca, y se perdió en ella. La hacían sentir como jamás se había sentido.


No, ahora las cosas tenían sentido.


Lo amaba.


El pensamiento cruzó por su mente como un destello. Y sorprendentemente no le espantó. Si hubiera sido otra Paula, en otro momento, se abría echado a correr, pero ahora, después de la plática con Robin, no podía. Lo amaba con cada fibra de su ser. Por ser él, por querer estar con ella en esos momentos, por traerle un helado. Vaya, hasta le perdonaba que no tuviera un Bentley entre sus lujosos autos. 


Pero jamás se lo diría. Viviría esos días, almacenando recuerdos hasta el día de las elecciones, y después se despediría de su vida tal y como había entrado. Pero antes…


Lo besó, porque ella lo necesitaba.


Y el correspondió porque necesita que ella estuviera bien.


Los helados cayeron en la acera, pero aquello no importó







CAPITULO 54




Pero la calma no duró demasiado. Dos días después de la visita de Paula al dormitorio de Pedro, en primera plana de uno de los periódicos que llegaban a la Mansión Alfonso apareció lo siguiente:


“Psiquiatra de la familia, confirma incapacidad mental de Paula Hunder”


― ¿Te das cuenta de lo que supone esto? ― gritó Carlos y lanzó el periódico al sillón donde antes había estado sentado, y como una fiera enjaulada, empezó a caminar de un lado a otro. ― Nuestros votos se irán a pique. Te tendrán en tela de juicio por haber contratado a una loca para tu seguridad. Pensarán: “Si contrata a esa, quién sabe lo que hará si llegara a ganar”.


― En primera Paula no es ninguna loca, y en segunda, sé como solucionarlo.


― ¿Claro, y como será eso?


Pedro recordó el rostro de Paula al ver el periódico al regresar de correr. Desde que habían entrado en la cocina, Jaime y Mariana habían estado tensos y lanzándose miradas. Cuando Paula preguntó que sucedía, fue Jaime el que le había tendido el pedazo de papel. Vio el rostro de Paula cambiar de su cara sonrojada por el ajetreo de la caminata, a un blanco pálido, y luego a un rojo de rabia. Se había acercado detrás de ella para leer el periódico y se había quedado de piedra. Paula había salido de la casa echa una furia para evitar gritar obscenidades con Mariana y Jaime adentro. La alcanzó poco antes de llegar a su casa.


― Es un maldito hijo de perra… ― las blasfemias de Paula habían seguido y seguido.


Él le había obligado a encararse.


― Tranquilízate.


Ella se había parado en seco y lo había mirado como si estuviera hablando en chino.


― ¡¿Qué me tranquilice?!― había gritado y después había señalado por donde había venido ― ¡¿Es que no haz leído lo que ponen ahí?! Prácticamente me llaman loca.


― Pues ahora no estás actuando razonablemente, Paula.


Ella lo había observó impacientada, Pero se había calmado, su respiración y su mirada habían vuelto a la normalidad. Le había dado aquella mirada que sólo Paula podía dar.


― Te estás ganando una buena patada en el trasero Alfonso.


― Sí, luego me la das y estaré encantado. ― le había contestado ― Pero primero, ¿Quién crees que fue?


Ella había alzado los brazos al cielo


― ¿Quién mas puede ser? El hijo de puta de Rafael. ¡Ah, pero me va a oír el…!


La había tomado de la mano y la había obligado a tranquilizarse de nuevo. Cuando la tuvo donde quería pasó a la siguiente pregunta.


― Bien, ahora,¿Quién es Randall?


Cómo la había tenido agarrada de las manos había sentido la tensión dominar su cuerpo. Había bajado su mirada avergonzada y luego había levantado su rostro con expresión insondable.


― Esta bien, sí. Fue mi psicólogo, luego de lo de mi madre. ― Se soltó y volvió a alterarse ― Pero no estaba tan alterada al grado como lo describe. Ese viejo retorcido, le haré papilla.


― ¿Qué es cierto y que no? ― había preguntado.


Pero ya sabía la respuesta. El silencio de Paula era tan característico de ella. La había mirado y luego se había escondido de él. Pedro se había sentido herido por su rechazo a su ayuda, pero lo había dejado pasar.


― Vale, veo que esto es duro para ti. ― Se había acercado a ella más de lo debido, y con le había acariciado la mejilla, pensando en una solución, que gracias al cielo, se le había ocurrido pronto. ― Le diremos a Robin que te ayude.


Ella se había puesto recelosa al primer segundo de oír su propuesta. Ahora entendía su desconfianza con los doctores.


― No tengo porque responderle.


― Si quieres que todo vuelva a ser como antes, tienes que tener algo que te apoye. Robin es una de las mejores en su campo. Y sé que nos querrá ayudar.


A mala gana, Paula había aceptado la opción de Pedro. Miró a Carlos quien esperaba una respuesta.


― Paula irá a ver a Robin. Ella misma me habló. Quiere ayudar.


― ¿La Dra. Gilmore te habló para brindarte ayuda con Paula?


A él también le había extrañado. Había recibido la llamada de Robin, cuando Paula había salido a dejar a Sara al colegio. Después de unos minutos había hecho una cita para ella aquella misma tarde.


― Sí.


Carlos había reído burlonamente, apoyándose en la espalda de la silla, para después alzar ambas manos al cielo.


― ¡Eso es porque esta chalada! Lo que deberíamos de hacer es correrla. El otro tipo parece ser mejor. ― Pedro entendió que hablaba de Leandro ― Callado, y eficiente. Pero esta mujer solo nos ha traído problemas.


Y el que se avecinaría si la prensa se llagase a enterar de lo suyo con Paula. Aunque técnicamente no había nada malo, ya que ambos eran solteros, jóvenes. Pero la prensa lo pondría de un modo que los haría parecer habitantes de Sodoma.


Lo que menos necesitaba en esos momentos era a Carlos dándole lata. Con su conciencia tenía más que suficiente.


― Carlos, cállate.


Raras veces le hablaba de manera tan fría a su amigo, pero había veces en que lo sacaba de quicio. Esa, era una de ellas. Le agregaba un extra el hecho de que hablara tan mal de Paula. Pero si la defendía, Carlos empezaría a sospechar y su amigo no tenía un pelo de tonto.


Decidió cambiar de tema.


― ¿Te contó Viviana lo de mi idea para mi cena de gala?


Carlos se sentó. No salía de una y estaba en otra. Se dejó caer en uno de los muebles abatido.


― ¿Estás seguro?


Paula le había comentado su idea. Al principio ambos se habían reído, pero después Pedro lo había pensando detenidamente. La idea era más que buena. Innovadora, y fresca. Y todo gracias a Paula, cosa que desde luego, no se lo diría a Carlos.


― Vaya, si no me estás gritando es porque al parecer te llama la atención.


Carlos alzó los hombros, como si no fuera nada del otro mundo.


― He de confesar que no es nada de mi gusto, sin embargo tiene encanto. Podrás convivir con la gente, con mucha, los medios acapararían la zona, y será genial.


― Sí, me alegra que te guste. ― contestó Pedro con un tono evidente de sarcasmo.


― Tenemos que ver el día y el lugar. Pero creo que nos irá bien. ¿Has pensando…?


La puerta de su despacho se abrió sin previo aviso, dando contra la pared. Nadia entró como torbellino a la habitación, y golpeó con ambas manos el escritorio de su hijo.


― ¿Donde esta Paula?


― Buenos días mamá.


― Acabo de ver el periódico luego de que Jaime me lo ocultara. ¿Qué cree que soy? ¿Una anciana que no aguanta estas noticias?


Carlos y Pedro intercambiaron una mirada, pero fue su hijo quien respondió.


― Creo que Jaime no lo hizo con ese afán, mamá.


― Como sea, después de que Mariana lo amenazó me lo dio. La pobre.


― ¿Estas de su lado? ― preguntó Carlos sorprendido. 


Había creído a Nadia con mejor carácter para juzgar a las personas.


― Hay que ver lo que dice ese periódico para ver que es una tontería. ― Su madre se cruzó de brazos ― Para quienes no conocen a Paula, quizás lo puedan pensar de esa manera, pero no. No he conocido a nadie en sus cabales como esa chica.


― Vaya. ― contestaron ambos hombres en unísono.


― ¿Le darás tu apoyo verdad? ― preguntó mirando directamente hacía Pedro.


― Sí, la verdad es que ya hemos pensando en algo. ― le dio una mirada de advertencia a Carlos de que no fuera a abrir su bocota y decirle a su madre lo que pensaba de Paula. Estaba casi seguro que le daría una reprimienda como a un niño de cinco años.


― ¿Dónde está ahora?


Pedro sabía donde estaba y recordó la última vez que Paula había estado haciendo eso. Casi había disparado a su madre.


― Mamá, te recomiendo que la dejes sola unos segundos. ― Ni el se quería acercar a ella. Paula estaba en verdad enfadada, como nunca la había visto. Se había metido en el mini gimnasio de su casa, y había ido por todo. Además, recordando el cómo ella y su madre se habían conocido no le inspiraba mucho ― Está… desestresándose.


― O sea que está dándole una paliza a un pobre saco de boxeo en vez de al idiota que escribió eso. ― Su madre asintió y después agregó ― Sólo porque existe algo llamado ley y luego algo llamado cárcel, evitan que vaya por ese loco yo misma.


Pedro sonrió.


― Ve a desayunar madre, estoy seguro de que Paula hablará después contigo.


Nadia salió y ambos hombres volvieron a su plática. Ambos, también, con muchas cosas en la cabeza, y ninguna de ellas, el trabajo.


Aquel día Paula también tuvo que cancelar sus clases con Sara. Ella tenía una cita a la que desde luego no quería ir, pero después de mucho pensarlo, había accedido. Culpable hasta demostrar lo contrario. Eso era lo que pasaba. Que todos los que no sabían como estaban las cosas, la declararían culpable.


Tenía demasiadas armas contra Rafael pero eso se la llevaría a ella entre las piernas. En su caso, lo hecho, hecho estaba. No había vuelta atrás, y sólo haría que la prensa cayera sobre ella como una jauría de perros queriendo su hueso. Larry también le había brindado su apoyo, Pero eso no evitaba que la parte tranquila de su pasado estuviera siendo invadida. May y Jorge tenían a la prensa detrás de ellos, cosa que a ella le molestaba de manera sobrehumana, pero a ellos parecía no importarle en lo más mínimo. Al contrario, habían llamado al móvil diciendo que contaban con ella para lo que fuera.


Era tarde cuando el taxi la dejó en la oficina de Robin. 


Después de su regreso de San Francisco, Robin le había dado de alta a Sara, y habían dejado de ir. Pero ahora era ella la paciente.


Genial.


Llegó hasta su oficina y tocó la puerta. Robin le abrió a los pocos segundos. Llevaba un traje blanco de chaqueta con unos zapatos de tacón bajo también blancos. Su cabellera la llevaba suelta, y llevaba un collar de perlas alrededor de su cuello. Paula tuvo que admitir que se veía muy bonita.


― Bienvenida Paula. ― dijo Robin y le dejó la entrada libre para que ella entrase.


Paula estaba nerviosa. Se quedó en la mitad de la sala, fuera de su hábitat.


― Gracias Dra. Gilmore. En verdad lamento las molestias. ― dijo alzando las manos.


Entonces la bajó.


Siempre que estaba nerviosa, usaba muchas gesticulaciones. Aborrecía sentirse nerviosa, pero estar en ese lugar le provocaba impulsos de salir corriendo. Y acaba de llegar.


― Llámame Robin, y no te preocupes. ― hizo un gesto para que se sentara. Ella fue a una silla, pero no a la de su escritorio, sino a un lado de la de Paula ― En cuanto vi el periódico, llamé a Pedro para ofrecer mi ayuda.


Sí, Pedro le había dicho aquello, pero había algo que no lo quedaba claro.


― ¿Por qué?


― ¿Por qué que? ― preguntó Robin arqueando una ceja.


― ¿Por qué llamó a Pedro en cuanto leyó el periódico?
Robin curvó una esquina de sus labios.


― Por que te conozco. Quizás no tan a fondo como otras personas, pero te conozco. Lo que dice ese periódico es sólo una sarta de mentiras. He visto como te preocupas por Sara, y la persona que describen en esas líneas no eres tú.


Con un choque de sentimientos, no supo que decir salvo:
― Gracias.


― Sin embargo…


Paula se puso alerta en seguida.


― ¿Qué pasa?


― Hay cosas que necesitamos hablar.


Con un suspiro se resignó, ella odiaba hablar. Y más de su vida.


― ¿La va a ser de psicóloga conmigo en serio?


― ¿Ha eso has venido, no es así? ― le indicó a Paula que se acostara en un sofá cama estilo isabelino. Pidió a Paula que se relajara y que cerrara los ojos, escuchando sólo el sonido de su voz ― Quiero que me hables de tres recuerdos que tengas. Pero cada uno acerca de infancia, juventud, madurez respectivamente. Lo primero que se te venga a la cabeza.


Con los ojos cerrados, Paula habló de los tres recuerdos que Robin pidió. El primero era del día de la muerte de su madre. Detalló lo que había pasado en la mañana, lo felices que estaban, y de la pelea de sus padres. Había estado a punto de hablar de su accidente, pero al final, decidió callarlo. Y no fue lo único que calló. Porque el primer recuerdo que le vino de su juventud, fue cuando había disparado accidentalmente a aquel hombre que le había tratado de hacerle daño. Había hecho una pausa, y decidió contarle a Robin acerca del día en que había llegado con los Torres. Sin embargo, su voz se cortó al final, al recordar a Samuel. Y también el tercer recuerdo, lo cambió, porque lo primero en lo que pensó fue en Pedro y Sara. Ambos se habían convertido en una parte de su vida, algo que no debía de haber pasado, pero que había sucedido. Así que el último recuerdo lo había cambiado por el de un trabajo que había tenido en Nueva York,


― Ahora, respira lentamente Paula, y abre tus ojos.


Ella lo hizo y fue abriéndolos lentamente. Robin estaba descansando todo su cuerpo en uno de los brazos de la silla, con sus piernas cruzadas. La miraba, y Paula sintió un leve cosquilleo recorrer su cuerpo. En su mirada había algo que le hacía sentir incómoda. Desnuda. Frágil.


― Sabes, es algo curioso.


― ¿El qué? ― preguntó Paula arqueando ambas cejas.


― El que la mente humana hace ― vio que Paula no entendía nada y se acomodó mejor en su silla. ― Es un misterio, y muchos psicólogos quieren entender el comportamiento del cerebro humano, saber si sigue algún patrón o es alguna cosa aleatoria. Pero es increíble que cuando uno crece, y quiere recordar cosas del pasado, casi el ochenta por ciento de los recuerdos que encontramos en este viaje atrás, sean los más dolorosos.


Paula se puso a la defensiva. No quería hablar.


― Los que le conté no fueron…


― Puedes intentar mentirme, pero tu rostro no puede. Sé que antes de hablar, recordaste cosas dolorosas. Todavía no nos conocemos, así que no te presionaré para que me cuentes de ello. Y quita ese ceño, te quedarán arrugas ― contestó sonriendo ― No soy adivina, pero cuando estuviste acostada con los ojos cerrados, lo vi. Entonces, serás sincera y me dirás por lo menos si eran recuerdos penosos.


― No todos. ― contestó Paula en un susurro. Se levantó y se sentó en el sillón ― ¿Eso quiere decir que nos gusta sufrir?


Robin negó.


― No. A nadie le gusta. Lo que sucede es que el dolor, es un sentimiento muy fuerte. ― alzó la mano derecha ― La ira, la depresión, la angustia, y toda esa gama de sentimientos, perduran por más tiempo. ― Paula pensó en su último recuerdo, en Sara y en Pedro. Aquello no entraba en esa explicación. Robin curvó los labios y suspiró ― Sí, tenemos recuerdos lindos, pero a veces son pequeños flashes. O verdaderos momentos de felicidad. Paula, sé que es un paso grande, pero me gustaría que me hablaras de tu niñez y de tus padres.


Paula contó los segundos. Empezó hablando lentamente, dejando salir palabra por palabra con dificultad. Habló de su madre, de los pocos y memorables recuerdos que tenía de su padre. Robin no le interrumpió en ningún momento, la dejó hablar. Entonces Paula se vio contándole sobre el verdadero matrimonio de sus padres, lo que la cámara ni la prensa sabía. De cómo Rafael la golpeaba y ella no decía nada, y de cómo ella se había tenido que quedar quieta, sin poder hacer nada.


Cansada de hablar de esos recuerdos, Paula habló de cuando se había marchado de la casa, de los Torres, y de los pocos amigos que tenía. Detuvo la conversación hasta que sintió la garganta secarse. Robin se dio cuenta y se levantó para servirle un vaso con agua. Se lo tendió y volvió a su posición inicial.


― ¿Cómo son tus relaciones sentimentales?


Aquello puso en alerta rápidamente a Paula.


― Oiga, vine a hablar para salvar mi pellejo de lo que dice el periódico, no ha darle una platica de mi vida detallada, Oprah.


― Esquiva, reacia a contestar, ¿Alguna vez te has enamorado?


Su estúpido cerebro hormonal visualizó una imagen. Tan clara, tan nítida, que parecía tan real.


― No. ― contestó sacudiendo la cabeza, tanto para su respuesta, como sacar aquella imagen de su cerebro.


― ¿Segura?


― Oiga Doc, creo que si me hubiera enamorado, sería la primera en saberlo.


Robin dejó salir una pequeña carcajada.


― Créeme, sería las ultima en saberlo. Las mujeres fuertes son las más duras de caer.


― El amor destruye a las personas que aman. ― Y eso había hecho con su madre.Paula lo había visto.


― Interesante definición.


― El amor destruyó a mi madre.


― Lo veo.


― Usted no ve nada. ― gritó Paula enojada de su actitud. ― Ella le perdonaba todo a Rafael, Su salidas, sus infidelidades, sus golpes, sus palabras hirientes. Todo porque lo amaba. ― gimió con ironía.


― Paula, eso no era amor.


― Lo sé, pero aún así, eso la mató. Cuando ella se dio cuenta de todo, fue demasiado tarde. Rafael la manipulaba con eso. Le pedía perdón y todo quedaba olvidado. Utilizaba ese amor para hacer de ella lo que quisiera.


― Recuerdas el matrimonio de tus padres, y la definición de ellos de amor, a pesar de que conociste y conoces matrimonios felices, porque eso te sirve de escudo contra los demás. Sí alguien se quiere acercar demasiado a ti, saltas, huyes, o te escondes. No de manera física, pero si de manera emocional, porque viste lo que el amor le hizo a tu madre.


― ¿Qué tiene que ver todo esto con el reportaje? ― se levantó y caminó por la sala ― ¡Yo sólo quiero que declare que estoy bien! Y punto.


― Porque no estas bien. ― Paula se dio la vuelta como una fiera herida, sin poder creer lo que había oído. Robin no se intimidó ― No estoy hablando de tus capacidades. No he conocido a nadie tan maduro como tú. Pero esa es tu cruz. Tuviste que aprender a crecer más rápido que cualquiera. A defenderte muy joven. A crear este caparazón. Después de la muerte de tu madre, todo cambió. Te volviste arisca, fuiste alejándote de tus amigos ― Paula pensó en Clarisse con amargura. Sí, la había alejado ― Por tus antecedentes, sé que eres poca de confiar en a gente, y en gente que en verdad confías, son tan contadas, como los dedos de mis manos. ― extendió ambas palmas. Le pidió a Paula que se sentara y ella lo hizo ― Además, creas una coraza, para que nadie pueda hacerte daño. Las primeras personas que te tenían que brindar amor, confianza, un hogar fueron las primeras que te traicionaron. Mientras otros recibían palabras dulces y abrazos, tú recibías un constante daño físico y mental.


Paula bajó la cabeza avergonzada y enojada. Su mente pensó en Rafael, en las noches antes y después de la muerte de su madre. Sintió sus labios temblar, pero no iba a derramar ninguna lágrima por él.


― Otros te abandonaron, quizás no por voluntad propia, pero te abandonaron. Y tú aun no superas esa parte.


Ahora pensó en su madre y en Samuel, y sí, no había sido por su voluntad, pero se habían ido. Ahora sabía que su madre había sido asesinada, y encontraría a quien lo hubiera hecho así se llevara al diablo entre las piernas. Después pensó en Samuel, y en su ataque al corazón, tan joven, tan lleno de vida, y la vida misma se lo había llevado. Sus ojos se llenaron de lágrimas y aspiró con fuerza.


― Están muertos. ― susurró Paula.


― ¿Y? ― insistió Robin. Tenía que hacer que Paula sacara todo lo que llevaba encerrado dentro de sí.


― Me duele, porque ninguno de ellos me llevó consigo.


― ¿Querías morir?


Paula la miró, sus ojos peleaban por retener las lágrimas, como presas.


Perdió la batalla.


― No, no quiero morir. Pero quisiera estar con ellos. ― Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas burlándose, trazando caminos plateados. Aspiró por la nariz y se limpió ― Ella debió de llevarme consigo. Él debió de dejar que lo acompañara. Si quizás…


― Y ahí es donde te equivocas. El quizás no existe, Paula. ― posó una mano sobre la de ella, y agradeció que no la rechazara. Necesitaba tanto consuelo, pero se negaba a recibirlo. Tenía mucho que hacer ― Una vez marcados el camino de la vida, no puedes regresar por él. Lo único que se puede hacer es vivir bajo las consecuencias y seguir adelante. Pero quiero que pienses que a pesar de todo esto, existen personas que se preocupan por ti. Algunos distantes, otros demuestran sus afectos, algunos de la manera más inocente, otros con demasiada pasión, pero siempre habrá alguien. Sólo tienes que darle la oportunidad de que ellos puedan entrar a tu corazón, Paula.


Ahora mismo, pensó Paula, un abrazo de Pedro sería el cielo mismo.






CAPITULO 53





Durante el resto del día, Paula estuvo abstraída. No pudo seguir la conversación de Sara al regresar de la escuela y se sintió mal, ya que la pequeña parecía entusiasmada como nunca por la escuela, sus amigas, sus libros, los animales. 


Pero Paula simplemente no podía prestarle atención. 


Simplemente le respondía con “ajá”, “¿En serio?”, “Creo que sí”. Augusto si se había dado cuenta de su falta de atención, pero no dijo nada. Sara, absorta en su mundo de felicidad, gracias al cielo, no.


En el almuerzo, también estuvo distante. Pedro se dio cuenta de ello, y le lanzó miradas interrogativas, pero Paula le dio a entender que después. Incluso Carlos le preguntó si estaba bien, y Paula se sorprendió por su interés en ella.


Después de haberle dado la noticia a Larry, éste le pidió que no dijera nada más. Que platicarían después con calma. En su ataque de adrenalina, Paula había olvidado que Larry tenía una rata en su propia casa.


Terminaron de comer, Paula se levantó para irse con Sara, pero Pedro le llamó, pidiéndole que fuera a su oficina para hablar de la visita de Alex. A pesar de que ella no quería, se vería mal que se negara a hablar con el jefe. En cuanto entró, Pedro cerró la puerta y la tomó de las manos.


― ¿Qué te pasa? ¿Ha ocurrido algo con Alex?


Paula aún estaba absorta con lo que había descubierto.


― Sí, no.


― Decídete, por favor. ― pidió Pedro con mirada escrupulosa


Ella suspiró hondamente, ordenando sus pensamientos.


― No, porque no tiene nada que ver con Sara. No tenemos manera de atrapar al tipo.


Pedro asintió pero sabía que había algo más. Su instinto de tiburón se lo decía.


― ¿Y lo otro?


La observó hacer una mueca con los labios, se soltó del agarre de Pedro, y después contestó


― Tiene que ver con lo de mi madre.


― ¿Qué pasó?


En un impulso se llevó la mano a la cabeza pero la bajó de súbito al ver la mirada de Pedro. Se estaba poniendo nerviosa, atrapada, y no le gustaba.


― Ahora no puedo decírtelo. Tengo que comprobar unas cosas. ― caminó hacia la puerta pero Pedro la tomó de la mano, deteniéndola.


― Paula.


― Lo mejor será que no vengas esta noche. Necesito estar sola.


Esa era una razón. La otra era que se estaba haciendo adicta sus abrazos, y ahora mismo, uno suyo le confortaría demasiado. Pero si dejaba que la abrazase, indicaría una debilidad en ella, que después podría ser manipulada.


― ¿Estás bien?


Ella asintió y se soltó nuevamente.


― Tengo muchas cosas que pensar. Nos vemos Alfonso.


Salió sin esperar respuesta, dejando a Pedro inquieto. Ella caminó hasta su casa, donde Sara la esperaba, cambiada con unas mallas que Leandro le había conseguido para entrenar. Ahora Leandro y Sara eran muy buenos amigos, pero siempre que Paula entraba en la estancia, Lean volvía a ser de hierro. Paula no podía evitar sonreír ante el dulce gesto de Leandro.


Sara le había contado que al principio se había sentido incómoda con las mallas, pero que después le habían encantado. Ahora no las quería soltar, pero si a Sra. Perkins la llegara a ver con ellas daría el grito en el cielo, le avisaría a su padre, y se enteraría de lo que habían estado haciendo a sus espaldas. Nadie quería eso por el momento.


Sara sonrió y bajó a Coco de su regazo, cosa que a la gata consentida le molestó mucho, y se fue a recostar a su balcón favorito.


― Paula, ¿papá sospecha algo?


Paula sonrió al ver el preocupado rostro de Sara, se sentó con ella y le tocó el hombro.


― Nada de nada. Tranquila Sara. ― Su mirada voló a los papeles apresados en las carpetas. Se levantó y fue hasta ellas, para crear un muro entre Sara y aquello. ― Sara, hoy no me siento bien. ¿Te parece si dejamos tu entrenamiento para mañana?


Sara la estudió unos segundos. Paula se veía pálida, y un poco distante. Como si no fuera Paula. Quizás estaba en los días de su mes. La maestra del colegio les había empezado a dar una plática de chicas, había dicho. Janet y ella no habían dejado de sonreír, pero conforme le iba explicando la maestra más y más, ambas habían quedado mudas. Vaya, había cosas en que las mujeres en verdad pasaban mal. Pobre Paula. Se levantó del mueble y le sonrió.


― No te preocupes Paula. Claro que sí, me cambio y me voy… Paula ¿Me puedo llevar a Coco? Para que no te moleste ― Paula asintió y Sara fue por Coco para acunarla en sus brazos. Ya había doblado a la habitación de invitados, donde ella dejaba su ropa de niña formal pero se regresó ― Toma mucho líquido Paula, mi maestra dice que eso alivia. O té de manzanilla.


Sintiéndose como todo un adulto, Sara se dio la vuelta y se fue.


Paula se quedó sin palabras, porque no había entendido nada de lo que Sara le había querido decir. Aunque sí necesitaba tomar algo. Un buen trago quizás haría que sus neuronas se pusieran a trabajar, y la sacara de ese limbo donde andaba. Tomó las hojas y se las llevó a su habitación.


 Oyó a Sara salir de la casa minutos después, y agradeció el silencio del lugar.


Aunque había insectos haciendo ruido, Paula estaba sola. Se sentó en el piso de cuarto y desperdigó las fotos e informes que tenía. Con lo de Alex, ahora quería revisar las cosas con más atención. Si se le había escapado eso, quien sabe cuantas cosas más se le habían pasado. Cogió una hoja y empezó a anotar cosas, algunas sin sentido, pero siguió haciéndolo. Cuando llegó al reporte forense, en que se declaraba la identificación y defunción de Lowell y su madre, lo leyó una, y dos veces, y tres veces. Había algo ahí. El nombre del forense.


Stan R. Elkins.


Anotó el nombre del doctor que había declarado la defunción, le pediría a Larry que investigara más de él. Su nombre le sonaba de algo, pero no daba con quién. Así se pasó la tarde. El sol se escondió y la luna salió pero Paula no se dio cuenta de ello. Fue el ruido de su ventana abriéndose que la sacó de sus pensamientos. Se volteó rápidamente para ver a Pedro colocando ambos pies dentro de su cuarto y cerrando la ventana de la habitación.


― ¿Qué haces aquí? Te dije que hoy no. ― miró hacia el reloj al lado de su cama.


¡Eran casi la una de la mañana!


Pedro no le hizo el más mínimo caso a su queja y caminó hasta ella.


― Necesitas hablar. Y yo estoy aquí para escucharte. ― Se detuvo al ver los papeles tirados, las fotos del accidente regadas… la miró a los ojos. ― ¿Qué te dijo Alex?


Paula hizo un ademán de levantarse. Pedro le tendió la mano y Paula, después de uno segundos la tomó, y ambos se sentaron en la orilla de la cama.


― ¿Recuerdas las fotos del accidente de mi madre? ― empezó Paula ― Alex encontró una de ellas. Con solo verla, me preguntó que si estaba investigando un caso de explosión. Cuando le pregunté el por qué pensaba eso, ella me empezó a explicar cómo se puede identificar los casos de explosiones por bomba o materiales corrosivos. ― Miró hacia Pedro abatida ― ¿Lo entiendes Pedro? ¿Lo entiendes ahora?


Pedro le rozó la mejilla con el dorso de la mano.


― Paula…


Ella hizo a un lado la cara.


― Todo este tiempo, eso ha estado enfrente de mí. Sabía que había algo ahí. ― Se dio un golpe en la frente con la mano ― Dios, quiero darme contra la pared.


Pedro la tomó de la barbilla para mirarla.


― Odiaría que hicieras eso. Adoro tu cabeza tal como está. ― sin mas, la tomó de las manos y la empezó a arrastrar a sus brazos ― Ven acá.


― No estoy de humor para tener sexo.


En cuanto soltó las palabras se mordió la lengua. Aquello había sido demasiado, y Paula lo sabía. Sintió el cuerpo de Pedro tensarse, y la tensión en el ambiente aumentó.


Pedro la soltó y dejó caer sus brazos, se alejó de ella y en ese gesto Paula sintió un enorme vacío. Cerró las manos en un puño para evitar tomarlo y pedirle que no se alejara.


― Lo único que quería era abrazarte. ― Pedro hablaba entre dientes, un gesto que sólo hacía cuando estaba en verdad muy, pero muy enojado. ― En ciertas culturas eso se toma como forma de apoyo, como consuelo. Pero parece que estás tan reacia a todo, que te niegas un momento de debilidad. Veo que esta noche no soy bienvenido.


― Pedro, espera.


Pero Pedro no oyó, salió de la ventana tal y como había entrado, dejando a Paula nuevamente sola. Pero esta vez, esa soledad no tuvo el mismo efecto en Paula. Sentía su pecho encogerse, y un cosquilleo por sus manos y piel. 


Caminó por el cuarto, de una pared a otra, pensando.


Se había pasado.


Lo sabía, lo sabía, pero así era siempre que alguien quería consolarla. Rara vez dejaba que alguien fuera testigo de sus momentos de debilidad, porque como cualquier persona, podía usar esos momentos en su contra.


“Pero Pedro es diferente”


Como siempre, estaba esa vocecilla que atormentaba sus pensamientos. Pero ahora todas las voces decían lo mismo.


― Idiota ― se dijo a sí misma Paula.


Empezó a recoger los papeles del piso y los acomodó en el buró al lado de su cama. Vio su ropa y que no se había cambiado en todo el día, genial. Encima iría olorosa. Fue a darse una ducha rápida y se cambió con una ropa negra, para utilizarlo como camuflaje. Apagó la luz de la habitación y de la lámpara, y salió de la casa. Genial, una vez más, tenía ganas de reír frente a la ironía del asunto. Huyendo de las cámaras como una criminal.


Miró la cámara de seguridad y vio su posición. Esperó hasta que mirara al lado contrario de donde estaba ella y contó seis segundos. Luego salió corriendo. Llegó a la entrada de la cocina, y contra sus principios, truncó la cerradura y entró en la estancia. Cerró la puerta tras de sí y caminó de puntillas hacia la escalera que daba al segundo piso.


Se detuvo y se metió en la oficina de Pedro cuando oyó unas pisadas acercarse. Corrió y aguantó la respiración. Vio por la rendija que había dejado, a Jaime en piyamas con un paraguas gigante mirando por donde ella había estado. No sabía si reírse por su vestimenta o por su súper arma de defensa. Tuvo que taparse la boca para no echarse a reír.


Espero unos minutos, después de que Jaime había regresado a su habitación. Cuando vio que no había moros en la costa, fue hasta las escaleras y se dirigió hasta la habitación de Pedro. Abrió la puerta y se metió rápidamente, después se agachó y recargó las palmas de sus manos sobre las rodillas. La estancia estaba oscura, pero la tenue luz de la lámpara de mesa se prendió y vio a Pedro acostado en su cama, con el pecho descubierto, y lo demás, tapado por una sábana.


― Joder, casi me encuentro a Jaime en el pasillo, ¿es que nunca duerme?


Pedro la miraba sin saber que pensar. Luego decidió contestar.


― A veces tiene mal sueño.


― O quizás es un robot ― Se irguió y agregó  pensativamente ― aunque el mayordomo de Batman nunca descansaba. Casi siempre estaba despierto ayudándolo en la Baticueva.


Pedro salió de debajo de las sábanas y se sentó en la cama.


― ¿Batman? ¿Baticueva? ― Se levantó y se acercó a ella para posar la mano en su frente, midiendo su temperatura ― ¿Te sientes bien?


― No me hagas caso. ― contestó Paula agitando la cabeza. Suspiró y lo miró ― Lo siento.


Pedro bajó la mano y la devolvió la mirada.


― Ya estamos de nuevo con “lo siento”.


Con la mirada llena de indignación e irritación, Paula se echó para atrás.


― Bueno, pues si poca cosa te parece mi disculpa no me debería de haber molestado.


Y se enojó más al ver que Pedro sonreía, estaba a punto de darle un buen golpe cuando Pedro la abrazó y la besó. No fue un beso tierno, sino un beso de amantes, lleno de fuego y de deseo. Era el trabajo de un artista deleitándose con su obra maestra, admirando cada ángulo. Pasados unos minutos, Pedro se separó, y oyó a Paula suspirar.


― ¿Ya estamos mejor?


Ella asintió y parpadeó un par de veces para recomponerse. Pedro la llevó a la cama y se sentaron, entonces Paula le empezó a platicar lo sucedido.


― Estoy confundida, Pedro. Estoy alegre, en verdad, por lo que he descubierto acerca del accidente. Bueno, lo que Alex descubrió. Pero no me está gustando por donde están yendo las cosas. ¿Y si…?


― ¿Y si que?


Era la idea que Paula llevaba dando vueltas todo el día. Su única teoría, y su maldición. Tomó un respiró y compartió sus peores temores.


― ¿Y si Rafael tiene algo que ver?


Pedro la abrazó, pasándole una mano por la espalda, acariciándola.


― Es una grave afirmación.


Ella misma sabía eso. No tenía pruebas de nada, pero su madre no tenía más enemigos que ella misma, y su supuesto amor por su padre.


― No sabes de lo que es capaz Rafael, Pedro.


― ¿Y tú sí?


Claro que sí. Tenía pesadillas de ello. Tenía cicatrices de ello.


― De primera mano.


Pedro esperó a que ella continuara, pero no agregó nada más. Entendió que una vez más, Paula daba por terminada la conversación con respecto a ese tema. Jugó con sus manos, y después con su pelo húmedo, que llevaba suelto.


― Por cierto, me debes esa gran idea de cena.


― Ah, es cierto. ― Paula lo miró, y a la luz de esa simple lámpara, se veía tan hermoso. No guapo, porque por desgracia lo era, sino hermoso. De una manera que le paralizaba el corazón y le hacía temblar. Sonrió con picardía ― Pero te va a salir caro.


― ¿Qué tan caro? ― preguntó Pedro arqueando una ceja.


Paula le respondió con la misma mirada.


― Quítate los pantalones, Casanova.


Vio la mirada en el rostro de Pedro, de sorpresa y excitación. Se preguntó cual de los dos ganaría la batalla.


― ¿Estas segura?


― Bueno, quieres mi súper idea para tu cena de gala, ¿no es así? Entonces empieza. ― le tocó el elástico del pantalón de pijama de seda. Pero antes de ir por más, él tomo su mano y la detuvo.


― Paula, no quiero ver esto como un pago por lo que pasó en tu casa.


― ¿Sexo por compasión?


― Algo así. Hasta hoy te habías negado a venir a mi habitación.


Paula cerró su mano, y miró entonces toda la estancia. A simple vista era un cuarto normal, común y corriente, pero había algo más.


― Tenías que tocar ese tema.


― ¿Qué pasa?


Paula se quiso parar, pero Pedro la tomó con fuerza. Lo miró y miró el lugar.


― Este lugar es de tu esposa y tuyo. Yo… ― Pues si ya estaba ahí, tenía que decirlo. ― Yo me siento como una intrusa. Por eso me negaba a venir a tu habitación.


― ¿Y ahora?


Vio su mirada, sus ojos cafés salpicados con gotas verdes y miel. Ambos estaban vivos, y juntos. Y a la mierda todo lo demás.


― Estoy aquí no.


Pedro asintió.


― Sí, estás aquí.


Por un beso, muchas naciones fueron destruidas. Troya, por ejemplo. Pero a Paula no le importaba oír la voz de la razón cuando los labios de Pedro la devoraban o cuando sus manos se deleitaban con su cuerpo. La recostó en la cama lentamente y se colocó encima de ella, pero sin dejar de caer su cuerpo. Besó sus labios, su nariz, su barbilla. Accedió a la curva de su hombro y después subió para morderle el lóbulo de la oreja. Había descubierto que era una zona muy sensible en su cuerpo, y a Pedro le encanta torturarla ahí. 


Mientras, con sus manos, empezó a subirle la camiseta por el pecho y sólo hasta que Paula sintió la desesperación, se separó del contacto de Pedro y se quitó los pantalones. No llevaba ninguna prenda interior, porque había salido a las carreras de la casa. Se quitó los zapatos del pie, primero uno y luego otro, sin desamarrarlos luego tomó el rostro de Pedro entre sus manos, y lo besó con ansias.


Hubo un momento, sólo un frágil momento en que ambos se miraron, en el que sus mirada dijeron lo que sus labios no podían. Paula sintió un nudo en la garganta, un escalofrío recorrer toda su espalda. Cerró los ojos y fue por más.


Bajó las manos hacía la cinturilla del pantalón de Pedro y lo ayudó a desnudarse, y él le devolvió el favor. Después la llevó hasta el centro de la enorme cama y siguió besándola.



Con extrema ternura, Pedro admiró el cuerpo de Paula
Lo sintió bajar, depositando besos en sus pechos, donde jugo un rato, después en su tripa, y entonces… se detuvo.


― Paula, ¿Qué son estas cicatrices?


Abrió los ojos y se quedó aterrada. Se había olvidado por completo de la luz encendida. Sintió su pulso acelerarse, no quería hablar de ello, quería taparse, esconder esas cosas. 


No quería que nada entorpeciera su momento con Pedro


Por donde estaba Pedro estaba viendo la cicatriz diagonal en el vientre bajo, cerca de su matriz. Había más heridas, más pequeñas e invisibles a simple vista. Agradeció por ello.


Se levantó sobre sus codos y lo miró fijamente.


― Me operaron de pequeña. ― Lo cual no era del todo una mentira. ― Pedro siguió mirando, sus dedos rozaron la rosada línea que entorpecía su cuerpo. Ella no quería que él tocara eso. Le tomó de la mano ― Pedro, te necesito dentro de mí, no haciéndome un examen médico. ― se levantó y se colocó a horcajadas de él, obligándolo a sentarse sobre sus rodillas. Paula se colocó fácilmente sobre su cuerpo, con las manos alrededor de su cuello ― Por favor, por favor…


Sus ruegos parecieron activar algo en Pedro. Sus labios estaba cerca, y en esa posición, Pedro tenía acceso a sus senos cómodamente. Paula enclavó una mano entre sus cuerpos y lo colocó justo en el lugar en donde lo necesitaba. 


Centímetro a centímetro, fue introduciéndose en su cuerpo, haciéndola gemir. Ella le ayudó, colocando sus piernas alrededor de sus caderas, y encorvó su espalda en una implorando atención. Pedro no tardó mucho en entender el mensaje de Paula y bajó sus labios para succionar sus pezones y jugar con ellos Paula se olvidó de todo por unos maravillosos minutos. Del pasado y del presente. De sus cicatrices y de la explosión. Sólo existía Pedro.


Alcanzaron el clímax al mismo tiempo, en un beso devorador, ahogando sus gritos del placer. Se quedaron unos segundos sin decir nada, Paula sencillamente lo abrazó, y él la mantuvo pegada a su cuerpo. Sus respiraciones eran agitadas, y sus cuerpos, pringados de sudor, exigieron un duelo de tranquilidad.


Pedro se dejó caer en la cama, con ella encima. Ella jugó con los vellos de su pecho, y su cerebro empezó a trabajar. 


Después de hacer el amor, hablaban de cosas tontas, o sin sentido. Pero ahora, ambos deseaban saber cosas del otro, pero tenían miedo de preguntar. Fue Pedro quien se atrevió a preguntar primero.


― ¿Qué piensas?


Paula detuvo el juego de sus dedos, y dejó su mano apoyada en su pecho, no hizo ningún movimiento de retirarse para mirarlo. No tenía el valor para hacerlo en ese momento.


― Háblame de ella.


No había necesidad de aclarar sobre a quién se refería Paula. Esperó sentir la incomodad de hablar de su difunta esposa con Paula, como le pasaba con la prensa o alguien más, incluso con su madre, pero no sintió eso con ella. Al contrario, se alegró de poder hablar de ello.


― Julieta era una chica dulce. Creo que siempre la veré como esa dulce jovencita que mis padres me presentaron en aquella comida. ― cerró sus ojos unos segundos y la recordó. Aunque no tenía que esforzarse demasiado. Sara era la viva imagen de ella. Por alguna razón, necesitaba el contacto de Paula, así que le acarició la espalda lentamente ― Sus padres eran grandes amigos de los míos, así que nos conocíamos desde niños. Era como en las películas, un amor infantil que dura a pesar de los años. Crecimos, nos casamos, tuvimos a Sara, y entonces…


Pedro se calló. Era duro recordar esa parte de su vida.


― Ella enfermó. ― terminó Paula por él, obteniendo su afirmación.


― Le diagnosticaron leucemia. Intentamos de todo: quimio, radiación, pastillas, cirugía. Esta última fue nuestra oportunidad, el transplante de médula. Pero Julieta rechazó el donador a los pocos días. Entonces los doctores nos dieron otra opción. Un donante casi cien por cien compatible.


Sí lo que Paula sabía de esa enfermedad era cierto, sólo una persona podía ser la razón.


― Sara.


― No quiso saber de ninguna opción que involucrara poner la vida de Sara en peligro. Cuando ella nació, era tan pequeña, tan frágil, y a veces, un poco enfermiza. Sus defensas eran bajas, y aunque los doctores nos dijeron que las probabilidades de que Sara sufriera alguna complicación eran poca, Julieta se negó rotundamente. Seguimos peleando, pero al final, el cáncer pudo con ella. Su único consuelo fue que pudo ver a Sara crecer un par de años.


Paula pensó en esa mujer. Había tenido la fortuna de ser la esposa de Pedro, la madre de Sara, alguien importante en la vida de esas dos personas que se estaban convirtiendo en personas trascendentales en la vida de ella.


Pensó en su sacrificio. Pudo salvarse, a costa de su hija, pero prefirió morir. ¿Había amor más grande que ese? 


Perderse toda una vida de risas y alegría compartida con su hija… Cerró los ojos, y en silencio rezó una plegaria por aquella gran mujer.


Se levantó sobre el pecho de Pedro y fijó sus castaños ojos en los suyos.


― Lo siento.


Pedro le dio una triste sonrisa que suspendió su corazón unas fracciones de segundo


― Yo también.


La abrazó porque necesitaba su calor, y ella el de él, y se dejaron ir en las profundidades del olvido.