viernes, 12 de junio de 2015

CAPITULO 53





Durante el resto del día, Paula estuvo abstraída. No pudo seguir la conversación de Sara al regresar de la escuela y se sintió mal, ya que la pequeña parecía entusiasmada como nunca por la escuela, sus amigas, sus libros, los animales. 


Pero Paula simplemente no podía prestarle atención. 


Simplemente le respondía con “ajá”, “¿En serio?”, “Creo que sí”. Augusto si se había dado cuenta de su falta de atención, pero no dijo nada. Sara, absorta en su mundo de felicidad, gracias al cielo, no.


En el almuerzo, también estuvo distante. Pedro se dio cuenta de ello, y le lanzó miradas interrogativas, pero Paula le dio a entender que después. Incluso Carlos le preguntó si estaba bien, y Paula se sorprendió por su interés en ella.


Después de haberle dado la noticia a Larry, éste le pidió que no dijera nada más. Que platicarían después con calma. En su ataque de adrenalina, Paula había olvidado que Larry tenía una rata en su propia casa.


Terminaron de comer, Paula se levantó para irse con Sara, pero Pedro le llamó, pidiéndole que fuera a su oficina para hablar de la visita de Alex. A pesar de que ella no quería, se vería mal que se negara a hablar con el jefe. En cuanto entró, Pedro cerró la puerta y la tomó de las manos.


― ¿Qué te pasa? ¿Ha ocurrido algo con Alex?


Paula aún estaba absorta con lo que había descubierto.


― Sí, no.


― Decídete, por favor. ― pidió Pedro con mirada escrupulosa


Ella suspiró hondamente, ordenando sus pensamientos.


― No, porque no tiene nada que ver con Sara. No tenemos manera de atrapar al tipo.


Pedro asintió pero sabía que había algo más. Su instinto de tiburón se lo decía.


― ¿Y lo otro?


La observó hacer una mueca con los labios, se soltó del agarre de Pedro, y después contestó


― Tiene que ver con lo de mi madre.


― ¿Qué pasó?


En un impulso se llevó la mano a la cabeza pero la bajó de súbito al ver la mirada de Pedro. Se estaba poniendo nerviosa, atrapada, y no le gustaba.


― Ahora no puedo decírtelo. Tengo que comprobar unas cosas. ― caminó hacia la puerta pero Pedro la tomó de la mano, deteniéndola.


― Paula.


― Lo mejor será que no vengas esta noche. Necesito estar sola.


Esa era una razón. La otra era que se estaba haciendo adicta sus abrazos, y ahora mismo, uno suyo le confortaría demasiado. Pero si dejaba que la abrazase, indicaría una debilidad en ella, que después podría ser manipulada.


― ¿Estás bien?


Ella asintió y se soltó nuevamente.


― Tengo muchas cosas que pensar. Nos vemos Alfonso.


Salió sin esperar respuesta, dejando a Pedro inquieto. Ella caminó hasta su casa, donde Sara la esperaba, cambiada con unas mallas que Leandro le había conseguido para entrenar. Ahora Leandro y Sara eran muy buenos amigos, pero siempre que Paula entraba en la estancia, Lean volvía a ser de hierro. Paula no podía evitar sonreír ante el dulce gesto de Leandro.


Sara le había contado que al principio se había sentido incómoda con las mallas, pero que después le habían encantado. Ahora no las quería soltar, pero si a Sra. Perkins la llegara a ver con ellas daría el grito en el cielo, le avisaría a su padre, y se enteraría de lo que habían estado haciendo a sus espaldas. Nadie quería eso por el momento.


Sara sonrió y bajó a Coco de su regazo, cosa que a la gata consentida le molestó mucho, y se fue a recostar a su balcón favorito.


― Paula, ¿papá sospecha algo?


Paula sonrió al ver el preocupado rostro de Sara, se sentó con ella y le tocó el hombro.


― Nada de nada. Tranquila Sara. ― Su mirada voló a los papeles apresados en las carpetas. Se levantó y fue hasta ellas, para crear un muro entre Sara y aquello. ― Sara, hoy no me siento bien. ¿Te parece si dejamos tu entrenamiento para mañana?


Sara la estudió unos segundos. Paula se veía pálida, y un poco distante. Como si no fuera Paula. Quizás estaba en los días de su mes. La maestra del colegio les había empezado a dar una plática de chicas, había dicho. Janet y ella no habían dejado de sonreír, pero conforme le iba explicando la maestra más y más, ambas habían quedado mudas. Vaya, había cosas en que las mujeres en verdad pasaban mal. Pobre Paula. Se levantó del mueble y le sonrió.


― No te preocupes Paula. Claro que sí, me cambio y me voy… Paula ¿Me puedo llevar a Coco? Para que no te moleste ― Paula asintió y Sara fue por Coco para acunarla en sus brazos. Ya había doblado a la habitación de invitados, donde ella dejaba su ropa de niña formal pero se regresó ― Toma mucho líquido Paula, mi maestra dice que eso alivia. O té de manzanilla.


Sintiéndose como todo un adulto, Sara se dio la vuelta y se fue.


Paula se quedó sin palabras, porque no había entendido nada de lo que Sara le había querido decir. Aunque sí necesitaba tomar algo. Un buen trago quizás haría que sus neuronas se pusieran a trabajar, y la sacara de ese limbo donde andaba. Tomó las hojas y se las llevó a su habitación.


 Oyó a Sara salir de la casa minutos después, y agradeció el silencio del lugar.


Aunque había insectos haciendo ruido, Paula estaba sola. Se sentó en el piso de cuarto y desperdigó las fotos e informes que tenía. Con lo de Alex, ahora quería revisar las cosas con más atención. Si se le había escapado eso, quien sabe cuantas cosas más se le habían pasado. Cogió una hoja y empezó a anotar cosas, algunas sin sentido, pero siguió haciéndolo. Cuando llegó al reporte forense, en que se declaraba la identificación y defunción de Lowell y su madre, lo leyó una, y dos veces, y tres veces. Había algo ahí. El nombre del forense.


Stan R. Elkins.


Anotó el nombre del doctor que había declarado la defunción, le pediría a Larry que investigara más de él. Su nombre le sonaba de algo, pero no daba con quién. Así se pasó la tarde. El sol se escondió y la luna salió pero Paula no se dio cuenta de ello. Fue el ruido de su ventana abriéndose que la sacó de sus pensamientos. Se volteó rápidamente para ver a Pedro colocando ambos pies dentro de su cuarto y cerrando la ventana de la habitación.


― ¿Qué haces aquí? Te dije que hoy no. ― miró hacia el reloj al lado de su cama.


¡Eran casi la una de la mañana!


Pedro no le hizo el más mínimo caso a su queja y caminó hasta ella.


― Necesitas hablar. Y yo estoy aquí para escucharte. ― Se detuvo al ver los papeles tirados, las fotos del accidente regadas… la miró a los ojos. ― ¿Qué te dijo Alex?


Paula hizo un ademán de levantarse. Pedro le tendió la mano y Paula, después de uno segundos la tomó, y ambos se sentaron en la orilla de la cama.


― ¿Recuerdas las fotos del accidente de mi madre? ― empezó Paula ― Alex encontró una de ellas. Con solo verla, me preguntó que si estaba investigando un caso de explosión. Cuando le pregunté el por qué pensaba eso, ella me empezó a explicar cómo se puede identificar los casos de explosiones por bomba o materiales corrosivos. ― Miró hacia Pedro abatida ― ¿Lo entiendes Pedro? ¿Lo entiendes ahora?


Pedro le rozó la mejilla con el dorso de la mano.


― Paula…


Ella hizo a un lado la cara.


― Todo este tiempo, eso ha estado enfrente de mí. Sabía que había algo ahí. ― Se dio un golpe en la frente con la mano ― Dios, quiero darme contra la pared.


Pedro la tomó de la barbilla para mirarla.


― Odiaría que hicieras eso. Adoro tu cabeza tal como está. ― sin mas, la tomó de las manos y la empezó a arrastrar a sus brazos ― Ven acá.


― No estoy de humor para tener sexo.


En cuanto soltó las palabras se mordió la lengua. Aquello había sido demasiado, y Paula lo sabía. Sintió el cuerpo de Pedro tensarse, y la tensión en el ambiente aumentó.


Pedro la soltó y dejó caer sus brazos, se alejó de ella y en ese gesto Paula sintió un enorme vacío. Cerró las manos en un puño para evitar tomarlo y pedirle que no se alejara.


― Lo único que quería era abrazarte. ― Pedro hablaba entre dientes, un gesto que sólo hacía cuando estaba en verdad muy, pero muy enojado. ― En ciertas culturas eso se toma como forma de apoyo, como consuelo. Pero parece que estás tan reacia a todo, que te niegas un momento de debilidad. Veo que esta noche no soy bienvenido.


― Pedro, espera.


Pero Pedro no oyó, salió de la ventana tal y como había entrado, dejando a Paula nuevamente sola. Pero esta vez, esa soledad no tuvo el mismo efecto en Paula. Sentía su pecho encogerse, y un cosquilleo por sus manos y piel. 


Caminó por el cuarto, de una pared a otra, pensando.


Se había pasado.


Lo sabía, lo sabía, pero así era siempre que alguien quería consolarla. Rara vez dejaba que alguien fuera testigo de sus momentos de debilidad, porque como cualquier persona, podía usar esos momentos en su contra.


“Pero Pedro es diferente”


Como siempre, estaba esa vocecilla que atormentaba sus pensamientos. Pero ahora todas las voces decían lo mismo.


― Idiota ― se dijo a sí misma Paula.


Empezó a recoger los papeles del piso y los acomodó en el buró al lado de su cama. Vio su ropa y que no se había cambiado en todo el día, genial. Encima iría olorosa. Fue a darse una ducha rápida y se cambió con una ropa negra, para utilizarlo como camuflaje. Apagó la luz de la habitación y de la lámpara, y salió de la casa. Genial, una vez más, tenía ganas de reír frente a la ironía del asunto. Huyendo de las cámaras como una criminal.


Miró la cámara de seguridad y vio su posición. Esperó hasta que mirara al lado contrario de donde estaba ella y contó seis segundos. Luego salió corriendo. Llegó a la entrada de la cocina, y contra sus principios, truncó la cerradura y entró en la estancia. Cerró la puerta tras de sí y caminó de puntillas hacia la escalera que daba al segundo piso.


Se detuvo y se metió en la oficina de Pedro cuando oyó unas pisadas acercarse. Corrió y aguantó la respiración. Vio por la rendija que había dejado, a Jaime en piyamas con un paraguas gigante mirando por donde ella había estado. No sabía si reírse por su vestimenta o por su súper arma de defensa. Tuvo que taparse la boca para no echarse a reír.


Espero unos minutos, después de que Jaime había regresado a su habitación. Cuando vio que no había moros en la costa, fue hasta las escaleras y se dirigió hasta la habitación de Pedro. Abrió la puerta y se metió rápidamente, después se agachó y recargó las palmas de sus manos sobre las rodillas. La estancia estaba oscura, pero la tenue luz de la lámpara de mesa se prendió y vio a Pedro acostado en su cama, con el pecho descubierto, y lo demás, tapado por una sábana.


― Joder, casi me encuentro a Jaime en el pasillo, ¿es que nunca duerme?


Pedro la miraba sin saber que pensar. Luego decidió contestar.


― A veces tiene mal sueño.


― O quizás es un robot ― Se irguió y agregó  pensativamente ― aunque el mayordomo de Batman nunca descansaba. Casi siempre estaba despierto ayudándolo en la Baticueva.


Pedro salió de debajo de las sábanas y se sentó en la cama.


― ¿Batman? ¿Baticueva? ― Se levantó y se acercó a ella para posar la mano en su frente, midiendo su temperatura ― ¿Te sientes bien?


― No me hagas caso. ― contestó Paula agitando la cabeza. Suspiró y lo miró ― Lo siento.


Pedro bajó la mano y la devolvió la mirada.


― Ya estamos de nuevo con “lo siento”.


Con la mirada llena de indignación e irritación, Paula se echó para atrás.


― Bueno, pues si poca cosa te parece mi disculpa no me debería de haber molestado.


Y se enojó más al ver que Pedro sonreía, estaba a punto de darle un buen golpe cuando Pedro la abrazó y la besó. No fue un beso tierno, sino un beso de amantes, lleno de fuego y de deseo. Era el trabajo de un artista deleitándose con su obra maestra, admirando cada ángulo. Pasados unos minutos, Pedro se separó, y oyó a Paula suspirar.


― ¿Ya estamos mejor?


Ella asintió y parpadeó un par de veces para recomponerse. Pedro la llevó a la cama y se sentaron, entonces Paula le empezó a platicar lo sucedido.


― Estoy confundida, Pedro. Estoy alegre, en verdad, por lo que he descubierto acerca del accidente. Bueno, lo que Alex descubrió. Pero no me está gustando por donde están yendo las cosas. ¿Y si…?


― ¿Y si que?


Era la idea que Paula llevaba dando vueltas todo el día. Su única teoría, y su maldición. Tomó un respiró y compartió sus peores temores.


― ¿Y si Rafael tiene algo que ver?


Pedro la abrazó, pasándole una mano por la espalda, acariciándola.


― Es una grave afirmación.


Ella misma sabía eso. No tenía pruebas de nada, pero su madre no tenía más enemigos que ella misma, y su supuesto amor por su padre.


― No sabes de lo que es capaz Rafael, Pedro.


― ¿Y tú sí?


Claro que sí. Tenía pesadillas de ello. Tenía cicatrices de ello.


― De primera mano.


Pedro esperó a que ella continuara, pero no agregó nada más. Entendió que una vez más, Paula daba por terminada la conversación con respecto a ese tema. Jugó con sus manos, y después con su pelo húmedo, que llevaba suelto.


― Por cierto, me debes esa gran idea de cena.


― Ah, es cierto. ― Paula lo miró, y a la luz de esa simple lámpara, se veía tan hermoso. No guapo, porque por desgracia lo era, sino hermoso. De una manera que le paralizaba el corazón y le hacía temblar. Sonrió con picardía ― Pero te va a salir caro.


― ¿Qué tan caro? ― preguntó Pedro arqueando una ceja.


Paula le respondió con la misma mirada.


― Quítate los pantalones, Casanova.


Vio la mirada en el rostro de Pedro, de sorpresa y excitación. Se preguntó cual de los dos ganaría la batalla.


― ¿Estas segura?


― Bueno, quieres mi súper idea para tu cena de gala, ¿no es así? Entonces empieza. ― le tocó el elástico del pantalón de pijama de seda. Pero antes de ir por más, él tomo su mano y la detuvo.


― Paula, no quiero ver esto como un pago por lo que pasó en tu casa.


― ¿Sexo por compasión?


― Algo así. Hasta hoy te habías negado a venir a mi habitación.


Paula cerró su mano, y miró entonces toda la estancia. A simple vista era un cuarto normal, común y corriente, pero había algo más.


― Tenías que tocar ese tema.


― ¿Qué pasa?


Paula se quiso parar, pero Pedro la tomó con fuerza. Lo miró y miró el lugar.


― Este lugar es de tu esposa y tuyo. Yo… ― Pues si ya estaba ahí, tenía que decirlo. ― Yo me siento como una intrusa. Por eso me negaba a venir a tu habitación.


― ¿Y ahora?


Vio su mirada, sus ojos cafés salpicados con gotas verdes y miel. Ambos estaban vivos, y juntos. Y a la mierda todo lo demás.


― Estoy aquí no.


Pedro asintió.


― Sí, estás aquí.


Por un beso, muchas naciones fueron destruidas. Troya, por ejemplo. Pero a Paula no le importaba oír la voz de la razón cuando los labios de Pedro la devoraban o cuando sus manos se deleitaban con su cuerpo. La recostó en la cama lentamente y se colocó encima de ella, pero sin dejar de caer su cuerpo. Besó sus labios, su nariz, su barbilla. Accedió a la curva de su hombro y después subió para morderle el lóbulo de la oreja. Había descubierto que era una zona muy sensible en su cuerpo, y a Pedro le encanta torturarla ahí. 


Mientras, con sus manos, empezó a subirle la camiseta por el pecho y sólo hasta que Paula sintió la desesperación, se separó del contacto de Pedro y se quitó los pantalones. No llevaba ninguna prenda interior, porque había salido a las carreras de la casa. Se quitó los zapatos del pie, primero uno y luego otro, sin desamarrarlos luego tomó el rostro de Pedro entre sus manos, y lo besó con ansias.


Hubo un momento, sólo un frágil momento en que ambos se miraron, en el que sus mirada dijeron lo que sus labios no podían. Paula sintió un nudo en la garganta, un escalofrío recorrer toda su espalda. Cerró los ojos y fue por más.


Bajó las manos hacía la cinturilla del pantalón de Pedro y lo ayudó a desnudarse, y él le devolvió el favor. Después la llevó hasta el centro de la enorme cama y siguió besándola.



Con extrema ternura, Pedro admiró el cuerpo de Paula
Lo sintió bajar, depositando besos en sus pechos, donde jugo un rato, después en su tripa, y entonces… se detuvo.


― Paula, ¿Qué son estas cicatrices?


Abrió los ojos y se quedó aterrada. Se había olvidado por completo de la luz encendida. Sintió su pulso acelerarse, no quería hablar de ello, quería taparse, esconder esas cosas. 


No quería que nada entorpeciera su momento con Pedro


Por donde estaba Pedro estaba viendo la cicatriz diagonal en el vientre bajo, cerca de su matriz. Había más heridas, más pequeñas e invisibles a simple vista. Agradeció por ello.


Se levantó sobre sus codos y lo miró fijamente.


― Me operaron de pequeña. ― Lo cual no era del todo una mentira. ― Pedro siguió mirando, sus dedos rozaron la rosada línea que entorpecía su cuerpo. Ella no quería que él tocara eso. Le tomó de la mano ― Pedro, te necesito dentro de mí, no haciéndome un examen médico. ― se levantó y se colocó a horcajadas de él, obligándolo a sentarse sobre sus rodillas. Paula se colocó fácilmente sobre su cuerpo, con las manos alrededor de su cuello ― Por favor, por favor…


Sus ruegos parecieron activar algo en Pedro. Sus labios estaba cerca, y en esa posición, Pedro tenía acceso a sus senos cómodamente. Paula enclavó una mano entre sus cuerpos y lo colocó justo en el lugar en donde lo necesitaba. 


Centímetro a centímetro, fue introduciéndose en su cuerpo, haciéndola gemir. Ella le ayudó, colocando sus piernas alrededor de sus caderas, y encorvó su espalda en una implorando atención. Pedro no tardó mucho en entender el mensaje de Paula y bajó sus labios para succionar sus pezones y jugar con ellos Paula se olvidó de todo por unos maravillosos minutos. Del pasado y del presente. De sus cicatrices y de la explosión. Sólo existía Pedro.


Alcanzaron el clímax al mismo tiempo, en un beso devorador, ahogando sus gritos del placer. Se quedaron unos segundos sin decir nada, Paula sencillamente lo abrazó, y él la mantuvo pegada a su cuerpo. Sus respiraciones eran agitadas, y sus cuerpos, pringados de sudor, exigieron un duelo de tranquilidad.


Pedro se dejó caer en la cama, con ella encima. Ella jugó con los vellos de su pecho, y su cerebro empezó a trabajar. 


Después de hacer el amor, hablaban de cosas tontas, o sin sentido. Pero ahora, ambos deseaban saber cosas del otro, pero tenían miedo de preguntar. Fue Pedro quien se atrevió a preguntar primero.


― ¿Qué piensas?


Paula detuvo el juego de sus dedos, y dejó su mano apoyada en su pecho, no hizo ningún movimiento de retirarse para mirarlo. No tenía el valor para hacerlo en ese momento.


― Háblame de ella.


No había necesidad de aclarar sobre a quién se refería Paula. Esperó sentir la incomodad de hablar de su difunta esposa con Paula, como le pasaba con la prensa o alguien más, incluso con su madre, pero no sintió eso con ella. Al contrario, se alegró de poder hablar de ello.


― Julieta era una chica dulce. Creo que siempre la veré como esa dulce jovencita que mis padres me presentaron en aquella comida. ― cerró sus ojos unos segundos y la recordó. Aunque no tenía que esforzarse demasiado. Sara era la viva imagen de ella. Por alguna razón, necesitaba el contacto de Paula, así que le acarició la espalda lentamente ― Sus padres eran grandes amigos de los míos, así que nos conocíamos desde niños. Era como en las películas, un amor infantil que dura a pesar de los años. Crecimos, nos casamos, tuvimos a Sara, y entonces…


Pedro se calló. Era duro recordar esa parte de su vida.


― Ella enfermó. ― terminó Paula por él, obteniendo su afirmación.


― Le diagnosticaron leucemia. Intentamos de todo: quimio, radiación, pastillas, cirugía. Esta última fue nuestra oportunidad, el transplante de médula. Pero Julieta rechazó el donador a los pocos días. Entonces los doctores nos dieron otra opción. Un donante casi cien por cien compatible.


Sí lo que Paula sabía de esa enfermedad era cierto, sólo una persona podía ser la razón.


― Sara.


― No quiso saber de ninguna opción que involucrara poner la vida de Sara en peligro. Cuando ella nació, era tan pequeña, tan frágil, y a veces, un poco enfermiza. Sus defensas eran bajas, y aunque los doctores nos dijeron que las probabilidades de que Sara sufriera alguna complicación eran poca, Julieta se negó rotundamente. Seguimos peleando, pero al final, el cáncer pudo con ella. Su único consuelo fue que pudo ver a Sara crecer un par de años.


Paula pensó en esa mujer. Había tenido la fortuna de ser la esposa de Pedro, la madre de Sara, alguien importante en la vida de esas dos personas que se estaban convirtiendo en personas trascendentales en la vida de ella.


Pensó en su sacrificio. Pudo salvarse, a costa de su hija, pero prefirió morir. ¿Había amor más grande que ese? 


Perderse toda una vida de risas y alegría compartida con su hija… Cerró los ojos, y en silencio rezó una plegaria por aquella gran mujer.


Se levantó sobre el pecho de Pedro y fijó sus castaños ojos en los suyos.


― Lo siento.


Pedro le dio una triste sonrisa que suspendió su corazón unas fracciones de segundo


― Yo también.


La abrazó porque necesitaba su calor, y ella el de él, y se dejaron ir en las profundidades del olvido.






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