viernes, 12 de junio de 2015

CAPITULO 54




Pero la calma no duró demasiado. Dos días después de la visita de Paula al dormitorio de Pedro, en primera plana de uno de los periódicos que llegaban a la Mansión Alfonso apareció lo siguiente:


“Psiquiatra de la familia, confirma incapacidad mental de Paula Hunder”


― ¿Te das cuenta de lo que supone esto? ― gritó Carlos y lanzó el periódico al sillón donde antes había estado sentado, y como una fiera enjaulada, empezó a caminar de un lado a otro. ― Nuestros votos se irán a pique. Te tendrán en tela de juicio por haber contratado a una loca para tu seguridad. Pensarán: “Si contrata a esa, quién sabe lo que hará si llegara a ganar”.


― En primera Paula no es ninguna loca, y en segunda, sé como solucionarlo.


― ¿Claro, y como será eso?


Pedro recordó el rostro de Paula al ver el periódico al regresar de correr. Desde que habían entrado en la cocina, Jaime y Mariana habían estado tensos y lanzándose miradas. Cuando Paula preguntó que sucedía, fue Jaime el que le había tendido el pedazo de papel. Vio el rostro de Paula cambiar de su cara sonrojada por el ajetreo de la caminata, a un blanco pálido, y luego a un rojo de rabia. Se había acercado detrás de ella para leer el periódico y se había quedado de piedra. Paula había salido de la casa echa una furia para evitar gritar obscenidades con Mariana y Jaime adentro. La alcanzó poco antes de llegar a su casa.


― Es un maldito hijo de perra… ― las blasfemias de Paula habían seguido y seguido.


Él le había obligado a encararse.


― Tranquilízate.


Ella se había parado en seco y lo había mirado como si estuviera hablando en chino.


― ¡¿Qué me tranquilice?!― había gritado y después había señalado por donde había venido ― ¡¿Es que no haz leído lo que ponen ahí?! Prácticamente me llaman loca.


― Pues ahora no estás actuando razonablemente, Paula.


Ella lo había observó impacientada, Pero se había calmado, su respiración y su mirada habían vuelto a la normalidad. Le había dado aquella mirada que sólo Paula podía dar.


― Te estás ganando una buena patada en el trasero Alfonso.


― Sí, luego me la das y estaré encantado. ― le había contestado ― Pero primero, ¿Quién crees que fue?


Ella había alzado los brazos al cielo


― ¿Quién mas puede ser? El hijo de puta de Rafael. ¡Ah, pero me va a oír el…!


La había tomado de la mano y la había obligado a tranquilizarse de nuevo. Cuando la tuvo donde quería pasó a la siguiente pregunta.


― Bien, ahora,¿Quién es Randall?


Cómo la había tenido agarrada de las manos había sentido la tensión dominar su cuerpo. Había bajado su mirada avergonzada y luego había levantado su rostro con expresión insondable.


― Esta bien, sí. Fue mi psicólogo, luego de lo de mi madre. ― Se soltó y volvió a alterarse ― Pero no estaba tan alterada al grado como lo describe. Ese viejo retorcido, le haré papilla.


― ¿Qué es cierto y que no? ― había preguntado.


Pero ya sabía la respuesta. El silencio de Paula era tan característico de ella. La había mirado y luego se había escondido de él. Pedro se había sentido herido por su rechazo a su ayuda, pero lo había dejado pasar.


― Vale, veo que esto es duro para ti. ― Se había acercado a ella más de lo debido, y con le había acariciado la mejilla, pensando en una solución, que gracias al cielo, se le había ocurrido pronto. ― Le diremos a Robin que te ayude.


Ella se había puesto recelosa al primer segundo de oír su propuesta. Ahora entendía su desconfianza con los doctores.


― No tengo porque responderle.


― Si quieres que todo vuelva a ser como antes, tienes que tener algo que te apoye. Robin es una de las mejores en su campo. Y sé que nos querrá ayudar.


A mala gana, Paula había aceptado la opción de Pedro. Miró a Carlos quien esperaba una respuesta.


― Paula irá a ver a Robin. Ella misma me habló. Quiere ayudar.


― ¿La Dra. Gilmore te habló para brindarte ayuda con Paula?


A él también le había extrañado. Había recibido la llamada de Robin, cuando Paula había salido a dejar a Sara al colegio. Después de unos minutos había hecho una cita para ella aquella misma tarde.


― Sí.


Carlos había reído burlonamente, apoyándose en la espalda de la silla, para después alzar ambas manos al cielo.


― ¡Eso es porque esta chalada! Lo que deberíamos de hacer es correrla. El otro tipo parece ser mejor. ― Pedro entendió que hablaba de Leandro ― Callado, y eficiente. Pero esta mujer solo nos ha traído problemas.


Y el que se avecinaría si la prensa se llagase a enterar de lo suyo con Paula. Aunque técnicamente no había nada malo, ya que ambos eran solteros, jóvenes. Pero la prensa lo pondría de un modo que los haría parecer habitantes de Sodoma.


Lo que menos necesitaba en esos momentos era a Carlos dándole lata. Con su conciencia tenía más que suficiente.


― Carlos, cállate.


Raras veces le hablaba de manera tan fría a su amigo, pero había veces en que lo sacaba de quicio. Esa, era una de ellas. Le agregaba un extra el hecho de que hablara tan mal de Paula. Pero si la defendía, Carlos empezaría a sospechar y su amigo no tenía un pelo de tonto.


Decidió cambiar de tema.


― ¿Te contó Viviana lo de mi idea para mi cena de gala?


Carlos se sentó. No salía de una y estaba en otra. Se dejó caer en uno de los muebles abatido.


― ¿Estás seguro?


Paula le había comentado su idea. Al principio ambos se habían reído, pero después Pedro lo había pensando detenidamente. La idea era más que buena. Innovadora, y fresca. Y todo gracias a Paula, cosa que desde luego, no se lo diría a Carlos.


― Vaya, si no me estás gritando es porque al parecer te llama la atención.


Carlos alzó los hombros, como si no fuera nada del otro mundo.


― He de confesar que no es nada de mi gusto, sin embargo tiene encanto. Podrás convivir con la gente, con mucha, los medios acapararían la zona, y será genial.


― Sí, me alegra que te guste. ― contestó Pedro con un tono evidente de sarcasmo.


― Tenemos que ver el día y el lugar. Pero creo que nos irá bien. ¿Has pensando…?


La puerta de su despacho se abrió sin previo aviso, dando contra la pared. Nadia entró como torbellino a la habitación, y golpeó con ambas manos el escritorio de su hijo.


― ¿Donde esta Paula?


― Buenos días mamá.


― Acabo de ver el periódico luego de que Jaime me lo ocultara. ¿Qué cree que soy? ¿Una anciana que no aguanta estas noticias?


Carlos y Pedro intercambiaron una mirada, pero fue su hijo quien respondió.


― Creo que Jaime no lo hizo con ese afán, mamá.


― Como sea, después de que Mariana lo amenazó me lo dio. La pobre.


― ¿Estas de su lado? ― preguntó Carlos sorprendido. 


Había creído a Nadia con mejor carácter para juzgar a las personas.


― Hay que ver lo que dice ese periódico para ver que es una tontería. ― Su madre se cruzó de brazos ― Para quienes no conocen a Paula, quizás lo puedan pensar de esa manera, pero no. No he conocido a nadie en sus cabales como esa chica.


― Vaya. ― contestaron ambos hombres en unísono.


― ¿Le darás tu apoyo verdad? ― preguntó mirando directamente hacía Pedro.


― Sí, la verdad es que ya hemos pensando en algo. ― le dio una mirada de advertencia a Carlos de que no fuera a abrir su bocota y decirle a su madre lo que pensaba de Paula. Estaba casi seguro que le daría una reprimienda como a un niño de cinco años.


― ¿Dónde está ahora?


Pedro sabía donde estaba y recordó la última vez que Paula había estado haciendo eso. Casi había disparado a su madre.


― Mamá, te recomiendo que la dejes sola unos segundos. ― Ni el se quería acercar a ella. Paula estaba en verdad enfadada, como nunca la había visto. Se había metido en el mini gimnasio de su casa, y había ido por todo. Además, recordando el cómo ella y su madre se habían conocido no le inspiraba mucho ― Está… desestresándose.


― O sea que está dándole una paliza a un pobre saco de boxeo en vez de al idiota que escribió eso. ― Su madre asintió y después agregó ― Sólo porque existe algo llamado ley y luego algo llamado cárcel, evitan que vaya por ese loco yo misma.


Pedro sonrió.


― Ve a desayunar madre, estoy seguro de que Paula hablará después contigo.


Nadia salió y ambos hombres volvieron a su plática. Ambos, también, con muchas cosas en la cabeza, y ninguna de ellas, el trabajo.


Aquel día Paula también tuvo que cancelar sus clases con Sara. Ella tenía una cita a la que desde luego no quería ir, pero después de mucho pensarlo, había accedido. Culpable hasta demostrar lo contrario. Eso era lo que pasaba. Que todos los que no sabían como estaban las cosas, la declararían culpable.


Tenía demasiadas armas contra Rafael pero eso se la llevaría a ella entre las piernas. En su caso, lo hecho, hecho estaba. No había vuelta atrás, y sólo haría que la prensa cayera sobre ella como una jauría de perros queriendo su hueso. Larry también le había brindado su apoyo, Pero eso no evitaba que la parte tranquila de su pasado estuviera siendo invadida. May y Jorge tenían a la prensa detrás de ellos, cosa que a ella le molestaba de manera sobrehumana, pero a ellos parecía no importarle en lo más mínimo. Al contrario, habían llamado al móvil diciendo que contaban con ella para lo que fuera.


Era tarde cuando el taxi la dejó en la oficina de Robin. 


Después de su regreso de San Francisco, Robin le había dado de alta a Sara, y habían dejado de ir. Pero ahora era ella la paciente.


Genial.


Llegó hasta su oficina y tocó la puerta. Robin le abrió a los pocos segundos. Llevaba un traje blanco de chaqueta con unos zapatos de tacón bajo también blancos. Su cabellera la llevaba suelta, y llevaba un collar de perlas alrededor de su cuello. Paula tuvo que admitir que se veía muy bonita.


― Bienvenida Paula. ― dijo Robin y le dejó la entrada libre para que ella entrase.


Paula estaba nerviosa. Se quedó en la mitad de la sala, fuera de su hábitat.


― Gracias Dra. Gilmore. En verdad lamento las molestias. ― dijo alzando las manos.


Entonces la bajó.


Siempre que estaba nerviosa, usaba muchas gesticulaciones. Aborrecía sentirse nerviosa, pero estar en ese lugar le provocaba impulsos de salir corriendo. Y acaba de llegar.


― Llámame Robin, y no te preocupes. ― hizo un gesto para que se sentara. Ella fue a una silla, pero no a la de su escritorio, sino a un lado de la de Paula ― En cuanto vi el periódico, llamé a Pedro para ofrecer mi ayuda.


Sí, Pedro le había dicho aquello, pero había algo que no lo quedaba claro.


― ¿Por qué?


― ¿Por qué que? ― preguntó Robin arqueando una ceja.


― ¿Por qué llamó a Pedro en cuanto leyó el periódico?
Robin curvó una esquina de sus labios.


― Por que te conozco. Quizás no tan a fondo como otras personas, pero te conozco. Lo que dice ese periódico es sólo una sarta de mentiras. He visto como te preocupas por Sara, y la persona que describen en esas líneas no eres tú.


Con un choque de sentimientos, no supo que decir salvo:
― Gracias.


― Sin embargo…


Paula se puso alerta en seguida.


― ¿Qué pasa?


― Hay cosas que necesitamos hablar.


Con un suspiro se resignó, ella odiaba hablar. Y más de su vida.


― ¿La va a ser de psicóloga conmigo en serio?


― ¿Ha eso has venido, no es así? ― le indicó a Paula que se acostara en un sofá cama estilo isabelino. Pidió a Paula que se relajara y que cerrara los ojos, escuchando sólo el sonido de su voz ― Quiero que me hables de tres recuerdos que tengas. Pero cada uno acerca de infancia, juventud, madurez respectivamente. Lo primero que se te venga a la cabeza.


Con los ojos cerrados, Paula habló de los tres recuerdos que Robin pidió. El primero era del día de la muerte de su madre. Detalló lo que había pasado en la mañana, lo felices que estaban, y de la pelea de sus padres. Había estado a punto de hablar de su accidente, pero al final, decidió callarlo. Y no fue lo único que calló. Porque el primer recuerdo que le vino de su juventud, fue cuando había disparado accidentalmente a aquel hombre que le había tratado de hacerle daño. Había hecho una pausa, y decidió contarle a Robin acerca del día en que había llegado con los Torres. Sin embargo, su voz se cortó al final, al recordar a Samuel. Y también el tercer recuerdo, lo cambió, porque lo primero en lo que pensó fue en Pedro y Sara. Ambos se habían convertido en una parte de su vida, algo que no debía de haber pasado, pero que había sucedido. Así que el último recuerdo lo había cambiado por el de un trabajo que había tenido en Nueva York,


― Ahora, respira lentamente Paula, y abre tus ojos.


Ella lo hizo y fue abriéndolos lentamente. Robin estaba descansando todo su cuerpo en uno de los brazos de la silla, con sus piernas cruzadas. La miraba, y Paula sintió un leve cosquilleo recorrer su cuerpo. En su mirada había algo que le hacía sentir incómoda. Desnuda. Frágil.


― Sabes, es algo curioso.


― ¿El qué? ― preguntó Paula arqueando ambas cejas.


― El que la mente humana hace ― vio que Paula no entendía nada y se acomodó mejor en su silla. ― Es un misterio, y muchos psicólogos quieren entender el comportamiento del cerebro humano, saber si sigue algún patrón o es alguna cosa aleatoria. Pero es increíble que cuando uno crece, y quiere recordar cosas del pasado, casi el ochenta por ciento de los recuerdos que encontramos en este viaje atrás, sean los más dolorosos.


Paula se puso a la defensiva. No quería hablar.


― Los que le conté no fueron…


― Puedes intentar mentirme, pero tu rostro no puede. Sé que antes de hablar, recordaste cosas dolorosas. Todavía no nos conocemos, así que no te presionaré para que me cuentes de ello. Y quita ese ceño, te quedarán arrugas ― contestó sonriendo ― No soy adivina, pero cuando estuviste acostada con los ojos cerrados, lo vi. Entonces, serás sincera y me dirás por lo menos si eran recuerdos penosos.


― No todos. ― contestó Paula en un susurro. Se levantó y se sentó en el sillón ― ¿Eso quiere decir que nos gusta sufrir?


Robin negó.


― No. A nadie le gusta. Lo que sucede es que el dolor, es un sentimiento muy fuerte. ― alzó la mano derecha ― La ira, la depresión, la angustia, y toda esa gama de sentimientos, perduran por más tiempo. ― Paula pensó en su último recuerdo, en Sara y en Pedro. Aquello no entraba en esa explicación. Robin curvó los labios y suspiró ― Sí, tenemos recuerdos lindos, pero a veces son pequeños flashes. O verdaderos momentos de felicidad. Paula, sé que es un paso grande, pero me gustaría que me hablaras de tu niñez y de tus padres.


Paula contó los segundos. Empezó hablando lentamente, dejando salir palabra por palabra con dificultad. Habló de su madre, de los pocos y memorables recuerdos que tenía de su padre. Robin no le interrumpió en ningún momento, la dejó hablar. Entonces Paula se vio contándole sobre el verdadero matrimonio de sus padres, lo que la cámara ni la prensa sabía. De cómo Rafael la golpeaba y ella no decía nada, y de cómo ella se había tenido que quedar quieta, sin poder hacer nada.


Cansada de hablar de esos recuerdos, Paula habló de cuando se había marchado de la casa, de los Torres, y de los pocos amigos que tenía. Detuvo la conversación hasta que sintió la garganta secarse. Robin se dio cuenta y se levantó para servirle un vaso con agua. Se lo tendió y volvió a su posición inicial.


― ¿Cómo son tus relaciones sentimentales?


Aquello puso en alerta rápidamente a Paula.


― Oiga, vine a hablar para salvar mi pellejo de lo que dice el periódico, no ha darle una platica de mi vida detallada, Oprah.


― Esquiva, reacia a contestar, ¿Alguna vez te has enamorado?


Su estúpido cerebro hormonal visualizó una imagen. Tan clara, tan nítida, que parecía tan real.


― No. ― contestó sacudiendo la cabeza, tanto para su respuesta, como sacar aquella imagen de su cerebro.


― ¿Segura?


― Oiga Doc, creo que si me hubiera enamorado, sería la primera en saberlo.


Robin dejó salir una pequeña carcajada.


― Créeme, sería las ultima en saberlo. Las mujeres fuertes son las más duras de caer.


― El amor destruye a las personas que aman. ― Y eso había hecho con su madre.Paula lo había visto.


― Interesante definición.


― El amor destruyó a mi madre.


― Lo veo.


― Usted no ve nada. ― gritó Paula enojada de su actitud. ― Ella le perdonaba todo a Rafael, Su salidas, sus infidelidades, sus golpes, sus palabras hirientes. Todo porque lo amaba. ― gimió con ironía.


― Paula, eso no era amor.


― Lo sé, pero aún así, eso la mató. Cuando ella se dio cuenta de todo, fue demasiado tarde. Rafael la manipulaba con eso. Le pedía perdón y todo quedaba olvidado. Utilizaba ese amor para hacer de ella lo que quisiera.


― Recuerdas el matrimonio de tus padres, y la definición de ellos de amor, a pesar de que conociste y conoces matrimonios felices, porque eso te sirve de escudo contra los demás. Sí alguien se quiere acercar demasiado a ti, saltas, huyes, o te escondes. No de manera física, pero si de manera emocional, porque viste lo que el amor le hizo a tu madre.


― ¿Qué tiene que ver todo esto con el reportaje? ― se levantó y caminó por la sala ― ¡Yo sólo quiero que declare que estoy bien! Y punto.


― Porque no estas bien. ― Paula se dio la vuelta como una fiera herida, sin poder creer lo que había oído. Robin no se intimidó ― No estoy hablando de tus capacidades. No he conocido a nadie tan maduro como tú. Pero esa es tu cruz. Tuviste que aprender a crecer más rápido que cualquiera. A defenderte muy joven. A crear este caparazón. Después de la muerte de tu madre, todo cambió. Te volviste arisca, fuiste alejándote de tus amigos ― Paula pensó en Clarisse con amargura. Sí, la había alejado ― Por tus antecedentes, sé que eres poca de confiar en a gente, y en gente que en verdad confías, son tan contadas, como los dedos de mis manos. ― extendió ambas palmas. Le pidió a Paula que se sentara y ella lo hizo ― Además, creas una coraza, para que nadie pueda hacerte daño. Las primeras personas que te tenían que brindar amor, confianza, un hogar fueron las primeras que te traicionaron. Mientras otros recibían palabras dulces y abrazos, tú recibías un constante daño físico y mental.


Paula bajó la cabeza avergonzada y enojada. Su mente pensó en Rafael, en las noches antes y después de la muerte de su madre. Sintió sus labios temblar, pero no iba a derramar ninguna lágrima por él.


― Otros te abandonaron, quizás no por voluntad propia, pero te abandonaron. Y tú aun no superas esa parte.


Ahora pensó en su madre y en Samuel, y sí, no había sido por su voluntad, pero se habían ido. Ahora sabía que su madre había sido asesinada, y encontraría a quien lo hubiera hecho así se llevara al diablo entre las piernas. Después pensó en Samuel, y en su ataque al corazón, tan joven, tan lleno de vida, y la vida misma se lo había llevado. Sus ojos se llenaron de lágrimas y aspiró con fuerza.


― Están muertos. ― susurró Paula.


― ¿Y? ― insistió Robin. Tenía que hacer que Paula sacara todo lo que llevaba encerrado dentro de sí.


― Me duele, porque ninguno de ellos me llevó consigo.


― ¿Querías morir?


Paula la miró, sus ojos peleaban por retener las lágrimas, como presas.


Perdió la batalla.


― No, no quiero morir. Pero quisiera estar con ellos. ― Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas burlándose, trazando caminos plateados. Aspiró por la nariz y se limpió ― Ella debió de llevarme consigo. Él debió de dejar que lo acompañara. Si quizás…


― Y ahí es donde te equivocas. El quizás no existe, Paula. ― posó una mano sobre la de ella, y agradeció que no la rechazara. Necesitaba tanto consuelo, pero se negaba a recibirlo. Tenía mucho que hacer ― Una vez marcados el camino de la vida, no puedes regresar por él. Lo único que se puede hacer es vivir bajo las consecuencias y seguir adelante. Pero quiero que pienses que a pesar de todo esto, existen personas que se preocupan por ti. Algunos distantes, otros demuestran sus afectos, algunos de la manera más inocente, otros con demasiada pasión, pero siempre habrá alguien. Sólo tienes que darle la oportunidad de que ellos puedan entrar a tu corazón, Paula.


Ahora mismo, pensó Paula, un abrazo de Pedro sería el cielo mismo.






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