miércoles, 10 de junio de 2015

CAPITULO 49




Paula y Pedro habían despedido a Octavio, agradeciéndole su trabajo y el de Mauricio y con la promesa de volver a verse en los próximos viajes. Sara había monopolizado a su abuela al grado de que el mismo Miguel se había quejado y se había ido a su casa.


Era más que evidente que Miguel quería algo más que una simple amistad con Nadia. Al menos para ella era evidente.


 Sus miradas, sus roces, su tono de voz, la baba invisible que soltaba al verla. Se preguntó porque Miguel no habría ido por más, pero desechó hacérsela personalmente. Ella no debía de meterse donde no le llamaban, y mucho menos involucrarse más de lo que al parecer ya estaba. Y encima en relaciones amorosas.


“Debo estar loca”, pensó Paula.


Dobló hacia los altos muros de la casa, comprobando sólo porque sí, que las líneas de seguridad estaban bien y que no había nada nuevo. No vio nada fuera de lo común. Su radio sonó y contestó.


― ¿Qué pasa Lean?


― Larry ha llegado.


― Voy para allá. Dile que me espere en la casa de la piscina.


Pero se quedó parada unos segundos más. Desde el día anterior se preguntó si valía la pena revolver el pasado. Eso no le traería a su madre de vuelta, ni le evitaría las de vez en cuando pesadillas que la acorralaban en sus sueños sobre su desgraciada infancia.


Pero entonces los escasos recuerdos de su madre, sonriéndole, acariciándola gentilmente sin pedir nada a cambio. Odiaba hacerlo, pero siempre que recordaba algo de su pasado, tenía que tocarse esa cicatriz escondida entre su cabello. Era como si con eso se recordara si misma que todo había pasado, una manera para torturarse y saber que existía maldad en ese mundo más cerca de lo que uno pensaba.


Oyó una rama quebrarse a su espalda, y sintió una presencia a su espalda. Esperó hasta que se acercara y cuando sintió su mano cerca, la tomó entre las suyas y le dio una llave, y lo dejó recostado contra la pared llena de maleza.


― Joder Pedro, que no ves que casi te cargo.


La mejilla de Pedro estaba aplastada contra el cemento.


― Sí, ya lo vi. ― contestó con voz aplastada ― ¿Me devuelves mi brazo?


Lo soltó rápidamente y Pedro empezó a masajearse el brazo que ella había tenido detrás, en su espalda. Paula se tocó el puente de la nariz con el dedo índice y el pulgar.


― A veces me pregunto si naciste sin sentido común.


Pedro chascó la lengua.


― No tienes porque ser tan arisca. Estabas tocándote de nuevo.


Paula pasó rápidamente a la retaguardia.


― ¿Es un delito? ― preguntó con ironía y sarcasmo, pero Pedro no se dejó ahuyentar.


― Te tocabas la cicatriz que tienes.


Alzó la mano para tocarla, pero Paula se alejó, como un animal asustado y odió esa descripción a sí misma.


― No me gusta que me toquen ahí.


Él dejó caer la mano y asintió, después suspiró y metió ambas manos en sus pantalones.


― ¿Sobre que quería hablar?


Paula puro su mejor cara de póker.


― Ahora que estamos de regreso lo que pasó en San Francisco se debe quedar allá. ― agregó rápidamente ― Lo que pasó allá fue genial, pero no puede seguir.


La mirada de Pedro era sombría, inescudriñable.


― Fue más que genial.


― Pero tiene que…


―- Admítelo. ― Pedro uso su estatura una vez más para amedrentarla pero ella no se dejó. Alzó la mirada desafiante ― Di que fue más genial.


― ¿Esto es cosa de ego masculino o algo así?


― No, es que ambos lo deseamos. ― Pedro seguía avanzando hacia ella, lentamente, como un animal por su presa.


― No siempre tenemos lo que deseamos.


Él se detuvo y la estudió. Entonces el agregó lo que ella menos se esperaba.


― Supongamos por un momento, que podemos mantener en secreto las cosas.


Paula lo cortó con un gesto.


― No quiero ser tu prostituta personal. ― contestó con voz glacial.


Observó como Pedro se tensaba, su cuerpo quedó recto como una piedra, y Paula supo que lo había herido.


― Haré como si no he oído eso. ― fue lo único que pudo decir Pedro, pero apretaba los labios y hablaba entre dientes ― Te ofendes y me ofendes a mí. Esto nunca ha sido como tú lo acabas de describir.


― No estoy pidiendo tu opinión. Te estoy informando que por mi parte…


Pedro la lanzó ahora a ella contra la pared. Paula dijo primero que le pasó por la cabeza.


― Leandro nos puede ver por la cámara. ― Pero no era cierto. Las cámaras no llegaban a esa posición donde estaban ahora.


Él se colocó entre sus piernas, y usaba su cuerpo para mantenerla quieta. No podía usar la fuerza con Paula, porque sabía que en una pelea, el que acabaría con el trasero dolorido sería él. Pero si podía usar otra cosa.


La seducción.


― Cuando venía, vi a Leandro dirigirse a la cocina. El famoso pastel de Mariana le encantó y fue por más. ― agachó su cabeza para besar suavemente el arco del cuello de Paula. Sonrió al sentirla temblar y no por el frío precisamente. Ya no estaban en San Francisco.


― Vaya seguridad. ― Aunque había querido que su voz sonara firme, Pedro notó una nota de excitación.


― Estaría de acuerdo contigo, pero ahora lo agradezco. ― La siguió besando pero dejó de aplicar fuerza contra ella. Se alejó ― Mírame.


Paula no quería hacerlo. Si lo hacía acabaría accediendo a cometer cosas que eran un error. Pero la voz de Pedro era como música en ese momento, como el Flautista de Hamlin.


― Alfonso…


― Nada de Alfonso. Pedro. ― Fue por su barbilla, donde posó besos pecadores, después en sus pómulos, y luego en sus labios. ― Mírame Paula.


Ella lo hizo, a regañadientes de su propio sentido común. Lo poco que le quedaba le dio algo para qué luchar.


― Esto es jugar con fuego, Pedro.


― Adoro los juegos peligrosos. ― contestó él besándola, tentándola.


― Yo no. Me gusta la estabilidad. ― Al principio Paula había estado quieta, pero Pedro la seguía acariciando con su boca y con sus manos. Cuando se detuvo fue Paula la que fue por sus labios. Estaba loca, definitivamente. ― No puedo pensar cuando haces eso… ― Harta de los jueguecitos de Pedro, Paula lo tomó de su melena y lo obligó a besarla como su cuerpo clamaba a gritos. Sus lenguas jugaron y sus dientes chocaban por la necesidad abrumadora. Pedro tenía ambas manos posadas en la pared, y Paula entre la cárcel de carne. Ella fue la que interrumpió el beso, tomando una buena bocanada de aire ― Por dios, parecemos dos adolescentes en plena crisis hormonal.


― Así me haces sentir mujer. ― gimió Pedro, excitado, contra el pelo de Paula mientras frotaba su miembro erecto contra su muslo. Ambos gimieron, pero desde luego, Alfonso la pasaba aún peor.


― Pedro.


― Hasta que esto, esta pasión se acabe, entonces todo se acabará.


Sí, gimió la lujuria.


No, gritó desesperada la razón.


Pero no contestó.


― Hasta el día de las elecciones. Entonces tomaremos una decisión. ― dijo desesperado al ver que Paula no contestaba.


― No. ― Paula lo alejó de golpe y habló rápido ― Hasta el día de las elecciones se acaba todo. Ganes o pierdas, yo me voy. No volveré a renovar contrato.


Ya estaba. Lo había dicho. Al fin algo de razón.


La excitación de Pedro pareció mitigarse un poco, para mirarla escandalizado.


― ¿Pero de que diablos hablas?


― Estoy demasiado involucrada. No podría hacer mi trabajo bien. Incluso ahora estoy tentando al destino con esto. No sería ético y no me sentiría cómoda.


― No.


Paula alzó la mirada desafiante, y su perfil era el de alguien que sabía que cartas estaba jugando.


― Tómalo o déjalo, Alfonso. Es mi mejor oferta.


Una voz robotizada salió de la radio que Paula llevaba en el saco.


― Paula, Larry te está esperando, por si te olvidaste de él.


Ella sacó rápidamente el radio y apretó el botón para contestar.


― Ahora voy.


― ¿Has visto a Alfonso? Lo perdí en la cámara dos.


“Sí, está aquí conmigo, y nos estamos poniendo calientes como dos chiquillos en el baile de graduación”, pensó Paula. 


Pero desde luego, y absolutamente nunca le diría eso a Leandro


― Ya ha de estar dentro de la casa. Ha de haber entrado por la cocina.


― Vale, no tardes. Larry por lo que veo, tiene urgencia. Va por el segundo cigarrillo.


Ambos sonrieron en complicidad.


― Ya voy. ― Desconectó la radio por si las moscas. Si Leandro se enteraba, el 4 de Julio se quedaría corto con la furia de Leandro contra ella. Miró a Pedro directamente a los ojos ― ¿Cuál es tu respuesta?


Pedro lo tomó. Pero por dentro a estaba tramando una forma de que Paula no se le escapara. Una mujer como aquella no se encontraba dos veces en la vida. Todavía no podía esclarecer sus sentimientos, pero no podía dejarla ir ahora que la había encontrado. Paula asintió.


― Deja que me vaya. Espera unos segundos más, y vete por toda el muro hasta que llegues a la esquina. Cuando la cámara apunte hacia la casa, corre. Podrás entrar por la puerta de la cocina.


― Creo que necesitaré más que unos segundos ― contestó Pedro al sentir el tirón de su miembro aún excitado, y como un chiquillo se restregó contra Paula para que sintiera la evidencia de su ánimo provocado por sus besos.


― Cálmate depravado. ― dijo Paula y se salió de entre sus brazos con suma facilidad ― Ahora no.


Se acomodó el saco, pero antes de irse, se dio la vuelta para darle un último beso húmedo a Pedro. Al menos con eso podría esperar hasta su próximo encuentro.


Ya después pagaría por sus pecados en el infierno.


Tardó un poco más, tratando de calmarse. Sabía cómo estaba su cara, sonrojada y sus labios hinchados. Ojala que Larry estuviera en su mundo que no se fijara en ella.


Encontró a Larry en la entrada de la casita, acostado en una de las tumbonas. Vestía unos pantalones grises que le quedaban grandes, y lo hacían ver aún más chaparro y una camisa con un escandaloso estampado hawaiano. Nadie podría creer que era editor jefe de unos de los periódicos más importantes de la zona. A su lado había un montón de papeles colocados en una columna.


― Larry… Jesús, ¿Qué es todo esto?


Larry DeVitto se paró rápidamente y apagó su tercer cigarro.


― Informes. He buscado cosas. Antecedentes de Lowell, algún dato que sirva.


Paula abrió la puerta de la casita y se hincó para ayudarlo con un poco de papeles.


― Parece que asaltaste una biblioteca.


Entraron a la casa, y Paula dejó caer las carpetas en la mesa, y cuando cayeron estas dejaron salir una nube excesiva de polvo provocando que ambos tosieran. Larry fue el que más tosió con ganas. Paula le ofreció algo de beber y Larry aceptó una Coca Cola. Cuando Paula se la sirvió, se sentaron en la mesa.


― Pensé que sería mejor tenerlo aquí. Mi oficina ya no es segura. ― al ver la mirada interrogadora de Paula, agregó ― Alguien trató de entrar en ella la semana pasada.


― ¿Sabes quien fue?


― Ni idea. El L.A.P.D lo está comprobando, pero te puedo decir que en mis veintinueve años como reportero, jamás habían tratado de irrumpir en algunas de mis oficinas.


Larry no dijo nada, pero estaba implícito su suposición.


― ¿Crees que tiene que ver con lo de mi madre?


― Es mi primera teoría. Sí.


Paula frunció el ceño investigadora.


― ¿Hay otras?


― Una. Pero no creo que mi colección de chicas playboy de treinta años sea algo que alguien pueda querer.


Paula cerró los ojos y esperó a que se calmara.


― Dios Larry.


El viejo rabo verde se empezó a reír. Paula sabía que era mentira. Lo podía ver. Pero no quería que ella se tensara con las cosas.


― Por cierto, me llegaron rumores de que conociste a Apple.


― ¿A quien?


― A Apple. ― Pero Paula no tenía idea de quien hablaba ― Te diré: rubia despampanante, pero con una mirada de halcón, Inteligente, y que sabe jugar sus cartas, de unos ojos azules hermosos, pero fríos como el hielo, y con un pecho… ― alzó las manos para ponerlas medio metro alejadas del suyo para ilustrarle a Paula de quién hablaba.


― Vale, ya capté. ― Su cerebro se prendió y lo miró completamente sorprendida ― ¿La reportera de San Francisco se llama Apple?


Larry asintió y prendió otro cigarrillo. Paula empezaba a preocuparse por Larry. Fumaba demasiado. Cuando apagó el encendedor y aspiró la primera calada, contestó.


― Sí, una gran reportera. Que no te asombre el nombre. Su hermano gemelo se llama Macintosh.


― Sus padres debieron ser grandes aficionados a las computadoras


― No tienes idea.


Paula recordó a la rubia pechugona que le había hecho la vida imposible en San Francisco.


Bien, no tan imposible, pero si le había dado lata.


― Pues sí, la conocí por allá. ¿Quién te lo dijo?


― Ella misma, me habló hoy en la mañana. Quiere saber todo sobre tu supuesta ― alzó los dedos para hacer como comillas ― investigación, y presiente que yo se algo.


― ¿Corazonada de reporteros?


― Se podría decir.


― ¿Qué te crees que soy? ¿El jodido Santa Claus regalando cosas? Esta es mi entrevista.


Paula sonrió y bebieron sus refrescos. Larry buscó una carpeta en específico y se la tendió sobre la mesa a Paula.


― Este es el expediente que se tiene de Lowell. Todos los datos técnicos los puedes comprobar aquí, pero quiero saber los que no está aquí. Y tú eres la clave. ― dijo señalándola.


Paula respiró y empezó a recordar.


― Lowell llegó a trabajar con Rafael cuando tenía cinco años. La verdad me daba miedo, había algo en su mirada que te hacía querer huir en dirección contraria. ― recordó al hombre tosco, con la cara llena de cicatrices, quizás de un sarampión. ― Mi madre y yo le temíamos. Con el paso de los años, se convirtió en el segundo al mando. Todo lo que Rafael hacía, él ya lo tenía preparado. Ninguno salía sin el otro. Vivía en una casa propia, dentro de la propiedad, pero fuera de la mansión. Si mi madre y él cruzaron cien palabras en esos años de trabajo fue quizás mucho.


― No es poco común que quien menos lo esperas se este tirando a tu esposa. ― Larry sintió un escalofrío al ver la mirada de Paula ― No estoy diciendo que tu madre… ya sabes.


Pero ella era aún muy sensible en ese asunto.


― Lowell y mamá nunca estaban en la misma habitación. Ella podía esconderle muchas cosas a la gente, ― como la verdadera naturaleza de su padre y actuar siempre como la mujer feliz que le habían obligado a ser ― pero no a mí. Si ella hubiera tenido algo que ver con Lowell yo lo habría sabido.






CAPITULO 48






Cuando la verja se abrió Paula casi llora de felicidad. Casi.


Estar de regreso en su ciudad, el aire contaminado con su smog, el tráfico, las palabras fuertes y sonantes durante el embotellamiento… Adoraba Los Ángeles.


Cuando Augusto había aparecido con el coche en el aeropuerto se alegró tanto de verlo que lo abrazó, pero después al sentir las miradas de los demás, se había separado y se había alisado la chaqueta tratando de controlar el rubor que había bañado sus mejillas en aquel momento. Se había girado hacia Octavio, quien se había ofrecido para viajar con ellos y controlar un poco a la prensa que los había seguido y por si las dudas. Esa había sido la versión que le había dado a Pedro. Lo que en realidad no le había dicho es que había sido ella la que se lo había pedido explícitamente. Después de la llamada de Alex, no quería dejar nada al azar.


Miró por el espejo retrovisor hacia el Sedán en el que venían Pedro y Nadia con Augusto y Octavio. Ella iba delante, en el auto con Miguel manejando y tratando de oír su insesable plática.


El auto estaba llegando a la entrada y sintió un raro cosquilleo. Ahora que estaba en la Mansión, de vuelta, lo suyo con Pedro tenía que acabar. Le había venido dando vueltas a aquello durante el vuelo, y había llegado a esa conclusión. No podía seguir, y mucho menos, con Leandro ahí.


 Si el se enteraba… no podía pensar en ello.


El auto se detuvo y Paula bajó primero aspirando el aire mañanero del lugar, mientras que Miguel salía del auto para esperar al siguiente.


― Hogar dulce, hogar. ¿No es así? ― comentó Miguel.
Antes de que ella pudiera contestarle, Sara apareció en lo alto de la escalera con Coco en las manos.


― ¡Paula!


Salió corriendo y fue hacia Paula y prácticamente la tacleó con un abrazo, como un jugador de futbol americano. Paula sonrió, y le devolvió el abrazo, y ambas compartieron por unos segundos un momento especial.


― Coco se portó muy bien.


El otro auto entró en la visión y llegó hasta ellos desacelerando. Paula asintió y miró a todos lados.


― No lo dudo. De seguro la consentiste tanto que ahora no querrá hacerme caso en nada.


Paula vio a Jaime y Mariana parados en la entrada de la gran casa, con expresiones entre sorpresa y desconcierto. 


Entonces entendió que Sara la había ido a saludar a ella. 


Augusto apenas se estaba estacionando cuando Sara soltó a Paula y fue hacia el carro, de donde Pedro salió sin esperara que Augusto le abriese.


― Hola papi. ― Sara fue y lo saludó con un beso.


Pedro no se resistió y la alzó en brazos para darle un gran abrazo y beso a su pequeña. Las pláticas nocturnas que había tenido con su hija en tan solo esos pocos días, lo había acercado más que en los últimos años.


― Hola pequeña. Te traje un regalo. ― Le tendió la pequeña bolsa que llevaba en la mano. Sonrió al ver la mueca de su hija ― Vamos, es tradición.


La dejó en el piso y Sara sacó una bola de nieve y también sonrió. Tenía razón, era tradición. Buena o mala, lo era.


― Gracias Papá.


Pedro miró de reojo hacia atrás. Su madre se había escondido como una niña de tres años en el asiento trasero. 


Quería darle una sorpresa a Sara.


― Y hay otra, pero tienes que cerrar los ojos.


Sara la miró escéptica, alzó una ceja, que Pedro le recordó un poco a las miradas que Paula le hacía, y esperó. Sara juntó las cejas pero cerró los ojos y relajó su expresión. 


Pedro le hizo señas a su madre para que saliera y a los demás para que mantuvieran la sorpresa. Nadia salió del auto y se acercó a su pequeña nieta, y le dio un beso en la mejilla.


Sara volvió a fruncir el ceño pero entonces olió el perfume de lilas y lavanda. Abrió los ojos tan rápido y gritó de alegría.


― ¡Abuela!


Todos se soltaron a las risas al ver a Sara brincar sobre su abuela y que esta, a pesar de su edad, la alzara y le diera vueltas.


― Mi princesa, ¿Cómo estas?


― Muy bien, tengo una gatita. ― Miró a Paula quien tenía a Coco entre las manos ― Bueno, no es mía, es de Paula, pero yo la he cuidado mientras ha estado de viaje. Y tengo una amiga en la escuela, se llama Janet, es un poco rara, pero nos llevamos bien. Aunque si…


La letanía de Sara siguió y siguió. Nadia saludó a Jaime y a Mariana pero sin dejar de oír a Sara y asentir. Sin duda la amaba tanto como a su hijo, pensó Paula. Augusto ya estaba bajando las maletas y con la ayuda de Jaime, las llevaban dentro de la casa. Miguel los siguió pero dijo que no se quedaría mucho tiempo. Paula habló con Octavio y este aceptó quedarse a comer antes de regresar en el siguiente vuelo a casa. Mariana se llevó al hombre hasta su cocina mientras que Pedro y ella se quedaron atrás esperando a que los demás desaparecieran. Cuando estuvieron solos, a pesar de las voces lejanas, sabía que nadie los veía. Paula lo miró con seriedad.


― Tenemos que hablar.


Pedro fijó su mirada en ella, estudiándola.


― ¿Ahora?


Paula lo pensó mejor. Tenía que elaborar un discurso. Algo. 


Y Tenía que ver a Leandro.


― No, primero tengo que hacer unas cosas y después hablaremos.


Ambos asintieron y tomaron caminos apuestos, pero por unos segundos Pedro rozó a Paula suavemente. Fuera a propósito o de manera accidental, el cuerpo de Paula reaccionó como si mil voltios recorrieran su cuerpo.


Y aquello no le gustó para nada.


Salió y tomó el camino hacia donde Leandro, Necesita verlo.


 Lo encontró recostado en su posición que al parecer era su favorita: manos detrás de su cabeza, pies alzados, sobre los controles, y la silla un poco inclinada, meciéndose.


― Vaya, como trabajas. ― el sarcasmo era evidente.
Leandro abrió los ojos y sonrió.


― La gloria de todo hombre, ¿verdad?


Paula sonrió mientras entraba de lleno al lugar.


― Claro. Y el sueño de toda mujer


― Bienvenida nena.


Paula se alzó sobre sus talones


― Sabes que… ― después alzó los ojos al cielo y se dejó caer en el borde de la mesa ― Dios, para que me molesto. ¿Alguna nueva?


Leandro se sentó correctamente y tomó un folder que estaba cerca de su mano, como si lo hubiera estado leyendo.


― Pues solo que Alex mandó el informe de este hombre. Ya lo leí y son casi treinta hojas de mucha mierda detrás de ese hombre. ― dijo mientras agitaba el folder y se lo tendía.


Paula asintió y lo tomó.


Empezó a leer a grandes rasgos. Cargo tras cargo, se iban acumulando. Dejó de contarlos después de cincuenta, y la lista seguía. Se detuvo a la hoja dieciséis y miró prudentemente a Leandro.


― Esto no me gusta nada.


― A mi tampoco. ¿Cómo pudo Alfonso hacerse enemigo de ese tipo?


Ella también había estado pensado en aquello. Pero había descartado idea tras idea. Pedro era un personaje público pero no había escándalo detrás de su vida. Y sus enemigos eran a lo mucho una gripa o que se quemara por sol.


― Aún no está confirmado que él haya sido el…. ― al ver la mirada de Leandro se rindió. ― Vale, vale, tienes razón. Alex no nos habría avisado si no lo fuera.


― Pero no quieres creerlo.


No, no quería. Por dos razones.


La primera, que no tenía idea de qué podría haber hecho Alfonso para hacerlo enojar y que la tomase contra Sara. O si lo habían contratado, ¿quién, y por qué?


La segunda, que si ese hombre volvía a querer hacerle daño a alguien de esa familia…


― Un enemigo como este no le conviene a él. O a Sara.
Leandro le lanzó una mirada recriminatoria,.― No te involucres Paula.


Paula se levantó cansada de aquello. Era verdad, y por ser verdad, le molestaba.


― ¡Oh vamos Lean, no me vengas con esa mierda! ― Se quedó de espaldas a él y luego se calmó y lo miró con mas sensatez ― Esta bien, ya se que quieres decir, pero es que me preocupa. Si trata de hacer algo y no estamos a la mano, alguien puede resultar herido.


Y ella jamás se perdonaría por si algo así sucedía.


― Tranquila, la pequeña tiene un buen gancho y esa mirada de Bambi ya no me engaña.


Aquél comentario alivió un poco la tensión que había habido, y Paula sonrió.


― ¿Como van los entrenamientos?


― Pues bien. Siento no haberte dicho nada, pero es a veces…


Paula recordó el fervor con el que Sara le había pedido que no le dijera nada a su padre sobre las visitas a la psicóloga.


― Si lo sé.


― Es buena, a decir verdad. ― volvió a tomar su pose favorita ― Pensé que se iba a poner a llorar el primer día, cuando la tiré en la alfombra.


Paula se alarmó al pensar en la fuerza con la que Leandro la habría lanzado o si había dañado a Sara.


― Lean…


― Tranquila nena, tuve cuidado. Así de bruto como me ves, se manejar a una dama. ― Paula rezongó pero Leandro continuó ― Como te decía, la muy… muy… tramposa el otro día me hizo creer que le había dado un buen golpe y puso su carita de sufrida y me dio un buen golpe en la espinilla, una mordida y me tumbó.


Paula se empezó a carcajear. No pudo evitarlo. La simple escena era de lo más divertida. Una pequeña derribando a un hombre de casi dos metros.


― ¿En serio?


Leandro posó sus dedos en sus labios y los besó.


― Lo juro por dios. Mocosa esta.


Pero Paula detectó que había un cariño implícito en sus palabras. El también se estaba encariñando con ella.


― Parece ser que haz hecho una amiguita.


Leandro quitó su cara de ensuño y la reemplazo por una de macho.


― Claro, y ahora lo que sigue es que juguemos al té, ella y su osito Snoopy.


― Tiene un oso que se llama Snoopy.


Leandro se puso rojo como la escarlata y empezó a toser, evitando la mirada de Paula.


― Bueno, creo que lo oí por ahí, no sé…


A pesar de que disfrutaba verlo fuera de su elemento, Paula no era tan mala.


― A veces no eres tan bruto como pareces Lean.


Él siguió mirando las cámaras ocultando su sonrojo que se estaba desvaneciendo.


― Deja esa voz dulce de Caperucita. ― totalmente recuperado, la miró ― ¿Algún problema en el viaje?


Paula estuvo a punto de dejar que sus sentimientos la delataran.


Porque lo primero que había pensando era en la gran noche de sexo que había tenido con Pedro Alfonso. O la de la noche anterior. O sus besos. O la mirada que la derretía.


Se odió a si misma por ocultar eso. Se sentía… fuera de sí.


Sin embargo, se encontró a si misma respondiendo tranquilamente.


― Ninguno.


― Ok. ― Leandro se lo tragó y siguió ― Por aquí todo tranquilo también. Salvo el fax de Alex, todo claro como el agua.


― Vale, entonces te dejo. Tengo que hablar con Larry de algunas cosas.


Se levantó pero Leandro la llamó por su nombre. Paula se giró para mirarlo.


― Supe que la prensa de San Francisco fue por ti.


Ella asintió cansada.


― Era de esperarse.


Él había leído todo.


― Los manejaste muy bien.


Paula no supo que decir.


― Gracias. Nos vemos luego Lean.