miércoles, 10 de junio de 2015
CAPITULO 47
San Francisco se veía tan distante. Paula inhaló con fuerza aquel aire, tan diferente de su ciudad. Al fin regresaría a casa, y adiós San Francisco. Parada en el balcón, Paula rumiaba en las cosas que habían pasado ese día. Desde la aparición de Nadia hasta su pequeña entrevista. Parecía que la tranquilidad de su vida pasada estaba a años luz de distancia.
Volvió a recordar las preguntas de los reporteros y sus pensamientos se fueron ensombreciendo. Sin saber, se desató su castaña cabellera, y empezó a masajearse en donde tenía la cicatriz. Era como una niña pequeña que le decían “no te toques” y ella seguía tocándose. Pensó en su madre y en lo mucho que la echaba de menos. Sus recuerdos eran pocos y a veces vagos y con el pasar de los años, se volvían borrosos e inciertos. Pensó en las otras cicatrices que su cuerpo tenía.
Agradeció que la noche anterior Pedro no hubiera prendido la luz. No habría tenido estómago para contestarle sus preguntas. Pero cada vez que se bañaba o vestía las veía.
Pequeñas cicatrices que arruinaban su piel, y más aún, su vida.
Un recordatorio de lo que la vida le hacía a un niño…
Oyó la puerta corrediza del balcón abrirse y bajó la mano rápidamente. Sin voltearse, supo que era Pedro, porque su cuerpo había respondido al magnetismo del suyo.
Llegó hasta donde estaba ella y se quedó parado, mirando hacia la bahía, o al menos eso creía Paula. Después se dio la vuelta y se recargó en el balcón.
― Acabo de hablar con mi madre.
― Aja. ― Paula no sabía que otra cosa decir.
― Ya sabe quien eres.
Paula cerró los ojos solo un segundo. Jamás podría ser una desconocida. Siempre sería la hija de su padre. Los abrió y habló con voz cansada.
― Tarde o temprano lo acabaría sabiendo.
― Y me dijo muchas cosas interesantes.
― ¿En serio?
― Como que a pesar del enorme amor que el tenías a tu madre, no estuviste en el funeral. Al parecer todo el mundo preguntaba por ti, pero no apareciste hasta semanas después. Ella cree que por eso la prensa se mantiene tan escéptica contigo ― Se alzó en toda su estatura y se acercó a ella tomándola de la barbilla ― ¿Por qué no estuviste en el funeral?
Paula se consideraba a sí misma una mujer fuerte, independiente y sensata. Pero en ese momento, al ver la mirada de Pedro deseó poder contar con alguien… No. No con alguien. Con él. Sólo con él. Contarle todo.
¿Pero, de qué serviría? Dijo con amargura su otra voz interior. Lo pasado, pasado era.
Sin embargo habló desde el corazón.
― Pedro, hay cosas que no me gusta recordar.
Pedro le soltó la barbilla y le acomodó mechones detrás de su oreja que el viento revoloteaba. Empezó a jugar con uno que otro mechón, tratando de calmarse.
― En ese caso, sólo quiero que sepas, que si en algún momento desea hablar, siempre estaré para escucharte.
Paula apretó los labios y asintió. Pedro la siguió observando preguntándose a sí mismo porque estaba tan obsesionado con una mujer como aquella. Sin poder evitarlo, se empezó a inclinar sobre ella, pero Paula lo empujó educadamente, pero por dentro muerta de pánico y vergüenza. Miró a todos lados y después lo regañó con la mirada.
― Oye, alguien podría vernos.
― No lo creo. Estoy con mi guardaespaldas, ¿lo olvidas? Ella se encargará de que nadie nos moleste.
Paula alzó las cejas y después soltó una risa.
― ¿Tu madre se ha ido, verdad?
― Si tu pregunta es si estamos solos, la respuesta es sí. Y yo he muerto por hacer esto en todo el día.
Con o sin su permiso, se inclinó y fue por los labios de Paula. Estar al aire libre la tenía nerviosa, pero era diferente a todo lo que alguna vez había conocido. Sus labios devorándola, sus manos abrazándola y la brisa del agua, rodeándolos. Casi esperaba flotar como en los cuentos de hada.
Pedro siguió jugando con sus labios y Paula, enfrascada en las sensaciones que su boca le provocaba reaccionó tarde al sentir la mano de Pedro enredada entre su melena.
― Adoro… ― se interrumpió y empezó a frotar los dedos contra la pequeña casi indetectable, pero presente cicatriz.
Paula trató de alejarse, como acto de reflejo, pero Pedro la tomó de las manos con fuerza. ― ¿Qué te pasó aquí?
― Yo… fue una caída cuando pequeña. Era un diablo. ― era lo mismo que había dicho antes y a veces, hasta ella se lo creía.
― Es muy grande.
Paula hizo una mueca. Ella misma lo sabía. Había necesitado doce puntos. Las manos de Pedro la tocaban delicadamente pero con firmeza, inspeccionando la zona.
― Pedro, no me siento cómoda con que me estés toqueteando la cabeza. ― se quejó Paula claramente y Pedro dejó de examinarla pero no la soltó.
― ¿No te podría dar un trauma o algo así? En alguna revista leí acerca de traumas craneales que aparecen luego de años, o un quiste, o…
Paula sonrió. Pero después se puso seria. Era una de las pocas veces en que alguien ajeno a los suyos se preocupa por ella. ¿Por qué él?
― Pedro ― volvió a llamarlo para atraer su entera atención ― Pedro, estoy bien. Es sólo una cicatriz.
― ¿Segura?
No.
― Claro que sí. Y me acabo de acordar que tu guardaespaldas me dejó el recado de avisarte que se tomaba la noche libre. Al parecer hay una sorpresa esperándote en la habitación de huéspedes.
Eso llamó por completo la atención de Pedro.
― ¿Una castaña con unos ojos color avellana que me derriten?
― No. Pero si nos vamos ahora, lo habrá.
Y en la oscuridad, cuando Pedro le hizo el amor, Paula se olvidó de sus fantasmas solo por esa noche.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario