miércoles, 27 de mayo de 2015
CAPITULO 3
― ¿Papi?
Paula supuso que la pequeña era la hija del Sr. Alfonso.
Sara, había dicho él. La pequeña tenía, según sus informes, ocho años. Pero no sabía que era niña. Sólo había visto, hijo del matrimonio. Observó con detenimiento que la niña debería de poseer los caracteres de su madre, pues era rubia, aunque de un tono oscuro, y su tez era blanca. Parecía una de aquellas muñecas de porcelana que su madre había acostumbrado a comprar cuando ella era pequeña.
Pedro se agachó hasta la altura de su hija, y la tomó de sus pequeños brazos.
― Sara, estoy reunido
― Lo siento. ― Miró a Paula, y está notó que la niña se sonrojaba. Volvió a mirar a su padre ― Es sólo que…
― Sara, después.
― Pero papi… ― insistió la niña.
Entonces el la puerta apareció una mujer, algo mayor, enfundada en uno de esos vestidos “conservadores”, de falda y chaqueta azul marino. Paula se persignó mentalmente, rogando a Dios jamás usar algo así.
― Discúlpeme Sr. Alfonso. La niña salió corriendo que no tuve tiempo de… ― iba a decir algo, pero se arrepintió en el último segundo. Se paró en forma recta, con las manos entrelazadas ― Lo siento.
― Está bien, Señora Perkins.
― Pero papi, no…
― Sara, vete con la señora Perkins. Yo subiré a verte en cuanto termine la conversación.
La niña, sin nada más que decir, agachó la cabeza derrotada, y salió de la habitación. La Señora Perkins le había dado la mano a Sara, pero la niña no lo había tomado.
Paula sólo fue una espectadora en todo momento. Pero al ver salir a la niña, sintió que su corazón se estaba partiendo en pequeñas piezas. Observó cada paso que Sara daba en cámara lenta, y para cuando alzó la vista, en vez de una niña rubia, vio a una castaña. Y entonces la niña desapareció detrás de las puertas.
― Lo siento. A veces Sara entra así. Lamento la interrupción, ¿en que nos quedamos?
La voz del Sr. Alfonso trajo a Paula de vuelta a realidad.
― ¿Porque la corrió? Ella solo quería hablar con usted. ― Para cuando Paula dejó salir la expresión, ya había sido tarde. Solamente lo había dejado salir.
Ella, que tenía por regla de oro, jamás, jamás inmiscuirse personalmente con sus clientes, había hecho ese comentario.
Observó como el Sr. Alfonso se ponía tan tenso como una cuerda de violín. También notó que estaba tomándose su tiempo para contestarle.
― No permito que critique mi forma de educar a mi hija.
― Si algo sé sobre como son los de su clase, es sobre como educan a sus hijos. Ella solo quería platicar con usted. Y usted estaba muy ocupado para ella.
― No le permito… ― pero Paula siguió hablando. Si ya la había jodido, que le costaba joderla totalmente.
― Estoy casi segura de que no pasa mucho tiempo con ella. Y cuando está en casa, casi no la ve. Estoy segura que ni siquiera sabe el nombre del profesor de su hija, o su mejor amiga, o si tiene algún miedo o alergia. Ella está relegada a los cuidados de extraños. Quizás tienen años con usted, pero son extraños. Algunas veces, ella sólo quiere estar con su padre.
― ¿Lo dice por experiencia propia? ― atacó rápidamente Pedro.
Paula sintió como si un puñal hubiese sido clavado en su pecho. Y no era por el comentario en sí, sino por los recuerdos que en esa oración había.
― Sí. ― contestó con la cabeza alta, retándolo a que dijera algo más.
Pedro vio, por un fugaz momento el cambio en la mirada de la Srita. Chaves. Había sido fugaz, pero lo había visto. Dolor. Sufrimiento. Pena. Se sintió una escoria al haber dejado que su ira lo dominase, a él que siempre se jactaba de ser una persona controlada.
― Lo siento, no debí hacer esa clase de comentario.
Paula alzó los hombros, y alzó la mano dejándole ver que superficialmente, no le había importado.
― No tiene importancia. Todos saben que mi padre y yo no nos llevamos bien. Como dijo usted… no tenemos ese vínculo paternal. Y yo también necesito disculparme. Mi comentario fue del todo inapropiado, y para nada profesional.
― ¿Bueno, acepta? ― preguntó él, olvidando lo sucedido, como si no hubiese ocurrido nada.
Paula lo sopesó varias veces. Ella había ido por curiosidad.
Más que nada, para conocer personalmente al hombre al que le daría su voto. Porque de algo estaba segura, era que a su padre no se lo daría. Y de la curiosidad, ahí estaba.
Pero entonces recordó a la pequeña niña. Instintivamente miró hacia la puerta, cerrada ahora, y pensó en lo triste que ella debería de estar.
Por segunda vez la puerta se abrió, pero no fue la pequeña, sino el abuelito el que entró.
― Vaya, ya está aquí, señorita Chaves.
― Hola.
El abuelito se acercó a ella, sin saludar a su “candidato”. Al parecer éste estaba acostumbrado a ello, y ni se inmutó.
― Creo que no nos presentamos hoy en la mañana. ― ofreció su mano y Paula la tomó. El abuelito saludaba con fuerza ― Soy Miguel Clauser. Pero para todos, Miguel a secas.
Paula sonrió. A pesar de su edad, el señor se veía que poseía un gran sentido del humor.
― ¿Que te trae por aquí Miguel? ― preguntó Pedro, sentándose en una de los sillones y subiendo una pierna sobre la otra.
― ¿Que? ― Se giró sorprendido Miguel ― ¿No puedo venir a hacer una visita de cortesía, a mi candidato preferido, y amigo de muchos años y…?
― Si, córtale. Ella no ha dado respuesta, si es lo que viniste a saber.
Miguel se giró rápidamente hacia Paula.
― Pero señorita Chaves. ¿Por qué no? Estamos pidiendo que haga algo por amor a su nación.
― Amo a mi nación. ― contestó Paula.
― Vale, eso no debí de usarlo. ¿Que le parece, porque tendrá una gran paga en este trabajo?
― Eso no me llama mucho la atención ― contestó alzando los hombros.
― Sí, eso veo.
Paula en verdad que se sintió ofendida, y no pudo evitar preguntar.
― ¿Qué se supone que quiere decir? ― Paula vio que su vestimenta no era lo que dictaba el último grito de la moda. Pero ella se sentía cómoda, y eso era lo que importaba. ¿Además, que no sabía el abuelito que al mostrar todas esas joyas y pieles y guardarropa andando, era la causa de muchos robos, asaltos y secuestros?
― Pues que es evidente. ― ¿Evidente? El abuelito la estaba cargando lo suficiente como sacar su arma ― Ha trabajado con grandes personajes, por dios bendito, incluso con un Presidente.
― Sólo fueron dos años. ― Y nada gratos, a decir verdad, pensó Paula. Cada año le había costado la paciencia que jamás pensó tener.
― Si, pero son dos años más de los que nadie ha tenido. Y sin embargo, se que no es una compradora compulsiva. Tiene sus cuentas al corriente. No posee un coche, pero si su piso. Aunque no lo tiene amueblado. De eso hace cinco años. No hace viajes esporádicos, y procura ahorrar. Valora su trabajo.
― Si, bueno, creo que la investigación la han hecho a fondo.
― Teníamos que hacerlo. Entonces, ¿acepta?
Vale, después se podría descargar con el abuelo. Perdón, Miguel.
A continuación miró a su alrededor. Ella odiaba eso. Había huido de ese tipo de vida. Y sólo había ido por curiosidad. “La curiosidad mató al gato”, recordó sabiamente. Y por lo visto, su curiosidad la había jodido a ella, porque se vio diciendo:
― Acepto.
Pedro no dijo nada. La mujer no se veía del todo segura, y sin embargo, había aceptado. Miguel, por el contrario, aplaudió su respuesta.
― ¡Perfecto! ― sonreía de oreja a oreja ― ¿Y cuándo se puede mudar?
― ¿¿Qué?? ― preguntaron en un grito al unísono Pedro y Paula.
― Obvio. ― dijo Miguel, espantado por la respuesta de ambos. Señaló a Paula ― Su trabajo es de veinticuatro horas. Usted será la encargada principal de seguridad, pero si siente que necesitamos contratar a alguien más, si siente que hay necesidad de ello, háganoslos saber. Pero que queremos que sea lo mínimo posible. No queremos que la prense piense que nos estamos volviendo locos y paranoicos, y eso que aún no ganamos. Pero tiene que quedarse aquí. Corrección, vivir aquí.
― Jamás me quedo a dormir en las casas de los clientes.
― Lo hizo con el Presidente Gates.
― ¡Era el Presidente! ― dijo Paula, enfatizando la palabra con P ― Y yo era parte del Servicio Secreto. Teníamos que quedarnos ahí. Y no era algo permanente. Nos rotábamos las estancias.
― Pues esto es casi lo mismo, sólo que a escala pequeña.
― Insisto, No me quedo a dormir.
El hecho de quedarse a dormir en casa del cliente, no era nada bueno para Paula. Eso hacía que las cosas se volvieran más… intimas. Bueno, no intimas, pero si cercanas. Y después, al protegerlos, inmiscuiría sentimientos que no debería.
― Según he investigado, eso se debe a que, sus trabajos son de dos días. Una cena, un cóctel, una gala. Tres días como máximo. Nosotros queremos tiempo completo hasta las elecciones, y después de ellas, veremos su contrato. Y estamos a meses de ese día.
― ¿Es usted insistente, verdad?
― Como no tiene idea ― le contestó Pedro, quien sólo había estado observando la negociación. ― Y yo que usted, aceptaría de una vez. Es un viejo duro de roer.
― Eso saldrá más caro de lo normal. ― dijo Paula, esperando ver alguna muestra de recelo por parte de los hombres. Pero no observó ninguna. Muy al contrario, el abue… Miguel, estaba sonriendo.
― Contamos con ello.
― ¿Y que tendría que hacer? Específicamente. Por lo que he entendido, serían los dos, y no sólo a uno al que tendría que vigilar.
― Sara, en estos momentos es nuestra prioridad. Queremos que vaya con ella a la escuela, y de regreso. Esto solo se hará en las primeras semanas, para mostrarle que es seguro. Queremos que entrene al chofer para futuras emergencias que se puedan presentar ― Paula observó como la mirada del Sr. Alfonso se oscurecía. Al parecer, recordar lo que había pasado con su hija, aún lo tenía desconcertado. El abue… Miguel, en cambio, siguió con su discurso. ― Si el Sr. Alfonso tiene una cena, un debate, una rueda de prensa, un evento, lo que sea, usted también tendrá que ir, en calidad de su guardaespaldas. Aunque mayormente estamos trabajando en la casa de campaña. O aquí en la casa, donde tenemos nuestra propia oficina.
Cuando estemos en casa, usted puede tomarse el día libre.
Los detalles mínimos los iremos resolviendo con el tiempo.
¿Alguna duda?
― Ninguna.
― Perfecto. ¿Cuando comenzamos?
Paula empezó a hacer un repaso mental de todo lo que tendría que dejar preparado antes de mudarse temporalmente. Tendría que pedirle a May que cuidase su apartamento. Cancelaría el cable. No vería la televisión.
Aunque la reconexión saldría cara, pero que más daba. Sólo habría un pequeño problema: Coco. Tendría una larga plática con May sobre ello.
― Mañana a primera hora me instalaré aquí. Y comenzaré mi trabajo. ¿A que hora entra la niña a la escuela?
― A las ocho, y su nombre es Sara ― contestó Pedro.
― Entonces estaré aquí a las siete. Y si eso es todo, me retiro. ― Sara. Era un bonito nombre. Pero ella no trataba con nombres. Al ver que ambos hombres iban a moverse de sus lugares, Paula agregó ― No se molestes, sé donde está la salida.
― Una cosa más. ― Paulaa se dio la vuelta para mirar a su futuro jefe… y cliente, que se había levantado de su asiento y estaba a unos escasos metros lejos de ella ― Yo no me meteré en su vida, así que espero lo mismo de usted.
Paula no se molestó en contestar. Sólo le dio una breve sonrisa y asintió. Se dio la vuelta, y caminó hacia la salida.
Miguel se quedó en silencio hasta que oyó la puerta del la casa cerrarse. Después miró a Pedro, con una mirada extraña.
― ¿Que rayos fue eso? ― preguntó Miguel.
Pedro por el contrario, estaba absorto en la mujer que acaba de contratar. Bueno, que Miguel acababa de contratar. Tenía la ligera impresión de que traería problemas, en vez de evitarlos o resolverlos. Uno de esos problemas, había sido claro, el que su miembro hubiera escogido ese día para darle la bienvenida a la Señorita Chaves. Al parecer, se había puesto muy alegre. Al entrar en la habitación, se había olvidado de su nombre. Había visto su foto, pero ninguna foto le hacía justicia a su belleza. Lo cual, en sí era extraño.
Una mujer como ella debería de ser modelo, no guardaespaldas. Alta, erguida, justo en medio de la sala, se había visto totalmente encantadora. Y cuando le había dado la mano, le había costado una fuerza sobrehumana no reaccionar. Había sido sólo un roce, pero lo había afectado en escalas monumentales. Por eso, se había pasado toda la entrevista sentado. Genial.
― ¡Hola! ― Le dijo Miguel lentamente plantándose enfrente de él, y pasando una mano sobre sus ojos. ― ¿Estás aquí? Te hice una pregunta.
― ¿Y fue…? ― ¡Maldición! Se había olvidado de Miguel.
― ¿Que rayos fue eso?
― ¿Que rayos fue qué? ― contestó Pedro, yendo hacia su propia oficina. La que alguna vez, había sido de su padre.
― Eso de “Tú no te metas en vida, o te haré pagar”. ― contestó sarcásticamente Miguel.
― Eres un exagerado Miguel, y sólo dejamos claros nuestros puntos.
― Adolescentes. ― Suspiró Miguel. Una vez que entraron en su oficina, Pedro se fue por su taza de café. Era lo único que lo mantenía activo. Miguel se acomodó en una de las sillas enfrente de su escritorio y preguntó ― ¿Y que piensas? ¿Nos servirá?
Pedro no lo miró. Se acercó a la ventana de su oficina, y vio que Paula ya no estaba por ninguna parte. Había salido ágilmente, sin hacer ruido. Tomó un sorbo de café.
― Si tu pregunta es si nos servirá como guardaespaldas, espero que sí, después de todo, me has hablado miles de veces sus vastas recomendaciones. Y me tomo muy en serio la seguridad de Sara. ― Miró a Miguel, y se sentó en su escritorio ― Ahora, que si me preguntas si nos servirá para averiguar algo sobre el padre, creo que te dejé bien claro que no apoyaba esa parte. No voy a ganar las elecciones de esa manera. Y no, no creo. Al parecer, no se llevan bien, pero aunque no se lleven bien, no creo que sea la clase de mujer que tenga una rabia reprimida.
― Chico, todas las mujeres tienen rabia reprimida.
― Si tú, experto de mujeres te llaman.
― Bueno, hasta ahora ninguna se ha quejado ― dijo Miguel acariciándose un bigote invisible. Pedro sólo pudo reírse.
― Viejo rabo verde. Con razón jamás te casaste, un viejo libidinoso como tú no podría conformarse con una sola mujer.
― Oye chico, respeta a tus mayores. Que porque haya sido el mejor amigo de tu padre no me puedes hablar así.
― Bla, bla, bla. Lo que tú digas, viejo libidinoso.
― Los jóvenes de ahora no respetan a nadie. ― Contestó más para sí que para Pedro. Se paró y se fue a servir una copa ― ¿Ya llegaron los hermanos Chip y Dale?
Esa era la broma personal de Miguel, hacia sus dos directores de campaña. Que no tenían nada que ver con la famosa serie de Dibujos animados, aunque Miguel afirmaba que ellos se parecían a las célebres ardillas.
― Carlos y Ramiro no han llegado aún.
― Mejor. A veces son una hostia, si quieres que te lo diga ― Alzó la mano al ver que Pedro ya estaba dispuesto a protestar con él ― Pero… soy el primero en admitir que son buenos, muy buenos. ¿Ya tienes frase para el slogan?
― Miles, y honestamente, ninguna me convence. Todas suenan tan… plásticas.
― Si buscas honestidad al cien por ciento, muchacho, te hubieras buscado otra profesión.
― Mira quien lo dice, San Miguel. ― Entonces se acordó de Sara. ¡Diablos! Le había dicho que la iría a ver en cuanto se fuera Paula ― ¿Me esperas un momento? Tengo que hablar con Sara.
CAPITULO 2
A las cinco de la tarde en punto, Paula estaba frente a la gran mansión de la familia Alfonso. Sonrió.
Se había pasado el resto del día, desde la visita del abuelito, a investigar algo más sobre aquel hombre. Lo conocía de nombre, claro que sí. Era el hombre que se interponía a la reelección de su amoroso padre, pensó con ironía. Pero sólo eso. Había hecho un par de llamadas con conocidos, y Dios gracias, al Internet y lo que pudo obtener. Se sorprendió ver que había muchas novelas rosas interesados en él.
Cuando había observado su fotografía en el monitor de su computadora, no pudo negar que tenía lo que las mujeres superficiales llamarían atractivo.Pedro Alfonso. Tenía
treinta ocho años, y era viudo desde hacía cinco años. Su esposa había muerto de una rara enfermedad terminal a los treinta años. Un hijo del matrimonio. Era alto, y eso, era decir mucho de ella, ya que ella medía un metro ochenta. Él por lo menos le llevaba diez centímetros más o quizás más. Sus rasgos hispanos eran claros. Mientras que el padre había sido rubio de ojos azules, él era todo lo contrarió. Tenía una tez de piel aceitunada, y sus ojos eran de un tono marrón.
Había visto que trabajaba su cuerpo, y no pudo evitar pensar en vanidad. Era simple vanidad.
También había notado que tenía doble ascendencia. Su padre había sido el congresista Antonio Alfonso II, y venían de una larga familia política. Por otro lado, la madre, aún viva, era inmigrante mexicana. La boda con el Senador la había hecho ciudadana americana. Nadia Ramírez aún vivía en California, y era una fuerte activista de la campaña de su hijo.
Por otro lado, el candidato usaba los apellidos cuando les convenía. Una de sus fuentes le había proporcionado cierta información que la había hecho pensar. El apellido Alfonso le había abierto muchas puertas. Y cuando le convino usó el apellido Ramírez para congratularse con la comunidad hispana. Su política, hasta donde sabía, tenía fuerte hincapié en la obtención de ciudadanías legales a inmigrantes extranjeros. Y en ese caso, en los barrios pobres, era conocido como Pedro Ramírez.
Política, pensó Paula, solo es para ratas.
Llamó por el interfono, y miró a la cámara de seguridad.
― ¿Desea algo? ― Preguntó la voz al otro lado.
― Tengo una cita con el Sr. Alfonso. Soy Paula Chaves.
― Adelante
Y se oyó como la reja se abría.
Paula se quedó quieta unos segundos observando la verja abrirse. Vaya, pensó, en verdad que tenían problemas de seguridad. Ni siquiera le había pedido que enseñara una identificación. Ajustó su chamarra, y siguió caminando. Sus botas de tacón se oían dando repiqueteos en cada paso.
Llevaba puesto una simple blusa sin mangas de color amarillo crudo, y un pantalón de mezclilla. El clima de los Ángeles no dejaba para más. A cada paso que daba, iba inspeccionando la zona, enumerando cada detalle de ella.
Bardas bajas, mucha naturaleza, un juego de niños muy cerca de la reja… Paula suspiró. Este tío en verdad estaba en problemas. O era muy confiado, o era el idiota más grande del universo. Llegó a la casa y le abrieron la puerta inmediatamente. Un mayordomo la atendió.
― Muy buenas tardes señorita Chaves. Permítame tomar… ― Se detuvo al ver la chamarra de mezclilla de Paula ― Su abrigo.
Paula quiso sonreír. Desde luego, el pobre hombre no estaba acostumbrado a ver muchas chamarras de mezclilla.
― Está bien. Me gusta donde está.
El mayordomo ni se inmutó ante su comentario. Paula miró alrededor del recibidor. Tenían estilo. De eso no había duda.
― Por favor sígame Señorita Chaves.
Paula siguió al pobre hombre a la sala.
― Espere aquí, el Sr. Alfonso la atenderá de inmediato.
Paula no tuvo tiempo de decir nada. El hombre ya había cerrado la puerta. Admiró la sala de estar. Tenía muy buenas adquisiciones. Porcelana china, cuadros de artistas famosos: Frida Kahlo, Diego Rivera, artistas mexicanos. Y por lo visto, una larga biblioteca. Le recordó mucho a la que alguna vez fue su casa.
Frunció los labios. Ya con eso no le gustaba. Se pegó un cabezazo mentalmente. ¿Qué rayos hacía ahí? Debería de salir de ahí corriendo. Sí, sería lo mejor. Antes de que llegara el candidato. Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la puerta, cuando ésta, súbitamente se abrió.
― Está aquí.
Pedro Alfonso estaba en el umbral de la puerta. Vestido de manera casual, daba un aire completamente diferente al que había visto en la foto. Se veía más joven de lo que era.
Llevaba puesto un pantalón sastre de color beige, una camisa azul claro de mangas, y encima un polo color crema.
Pedro se acercó a ella y le tendió la mano. Paula la aceptó y no estuvo preparada para lo que pasó a continuación. Un cosquilleo que comenzó en su mano, y viajó hasta su espina se desenvolvió por todo su cuerpo. Soltó la mano rápidamente. Paula se enderezó y metió ambas manos en los bolsillos de su chamarra. Vio que él, por el contrario no había sentido nada. Mejor, pensó Paula.
― Soy Pedro Alf… ― Pedro estaba apunto de comenzar el discurso de siempre, pero se detuvo. Estaba seguro de que ella ya tenia idea de quién era él ― Bueno, creo que sabe quien soy. Pero puede llamarme Pedro.
― Mucho gusto, Sr. Alfonso― contestó Paula, haciendo caso omiso de la sugerencia del hombre.
― ¿El que haya venido quiere decir que ha cambiado de opinión con lo que le dijo a mi secretario? ― preguntó Pedro yendo directo al grano.
― ¿Él es su secretario? ― preguntó incrédula Paula. El abuelito se veía simpático, pero desde luego, no se veía como secretario de nadie.
― Chófer, secretario, chef, amigo, y a veces, también la hace de madre y nana. ― dijo en tono de burla, después se sentó, e invitó con el gesto a Paula para hacer lo mismo ― Miguel lo hace de todo.
Paula arrugó la frente. ¿El abuelito se llamaba Miguel? Había esperado otro nombre como Samuel, el tío Samuel, o Alfredo, pero no Miguel.
― Ya veo.
― ¿Entonces? ― insistió Pedro ― ¿Acepta?
― Si llegara a aceptar, ― inició Paula, pero después se detuvo ― cosa que no he afirmado aún, muchas cosas cambiarían aquí. Todo, a decir verdad. Nuevas formas de seguridad, remodelación en la casa, cambios de hábito…
― ¿Todo eso?
― Todo eso… y más ― agregó Paula con una sonrisa.
― ¿Pero entonces va a aceptar?
― Puedo ser honesta, y hacerle una pregunta, Sr. Alfonso.
― Sólo si me llama por mi nombre, Pedro, o Pepe, el que guste
― La pregunta es. ¿Sabe quien soy?
“Chica lista”, pensó Pedro. Y no sólo por ir directo al grano, sino porque no había cedido del todo a tutearlo. Se había dirigido a él como usted, pero sin ser tan formal. Pedro sonrió.
― Claro, la mejor guardaespaldas que tenemos es este lado de la costa.
― ¿Y? ― insistió Paula.
― Y… la hija de mi contrincante en las próximas elecciones.
― Lo cual quiere decir ¿Por qué estoy aquí?
Pedro miró a la chica con nuevos ojos. Quería poner las cartas en la mesa. Un nuevo respeto se formo hacia ella.
― Si está pensando en lo que creo que está pensando, déjeme decirle que la respuesta es no. ― Tomó una nueva posición en el asiento ― La hemos buscado, porque usted es la mejor en lo que hace. Al igual que yo. Y sus referencias la preceden. No la estoy contratando por quién es su padre. La he investigado, claro. Usted lo esperaba. Y por lo que hemos visto, la relación con su padre no es para nada… paternal. Así que no creo que usted, en ese aspecto, pueda ayudarnos de mucho. La estoy contratando porque ha sido ampliamente recomendada. Y yo sólo quiero lo mejor para mi hija.
― ¿Su hija? ― Paula se puso atenta. Había leído que había un hijo del matrimonio, pero no que fuera una niña. Después de todo, no había hecho tan buen trabajo.
Observó como la mirada del Pedro se tornaba oscura y dura. Sin duda, había pasado algo que lo había dejado con secuelas.
― Hace una semana, cuando Sara iba a la escuela, un grupo de hombres encapuchados trataron de asaltarlos. Gracias a Dios, Augusto hizo su trabajo rápidamente, y lograron perderlos. Pero estaba más que claro que su objetivo era mi hija.
“Y he aquí, lo que pasa cuando eres político”, pensó Paula.
Siempre van tras los más débiles. Sin embargo, era una profesional. Repasó mentalmente si había escuchado algo del suceso, pero no le vino nada a la cabeza.
― En los medios no salió nada ― susurró Paula.
― No quisimos que saliera.
― ¿Tiene enemigos, Sr. Alfonso? ― Aunque Paula ya sabía la respuesta. Y claro está, sabía quien encabezaba el número uno en la lista: Su padre.
― Esto es política, Señorita Chaves. Sé que tengo enemigos por todas partes. Pero jamás pensé que pudieran hacer algo así.
La puerta se abrió súbitamente. Paula se puso en alerta rápidamente, Incluso estuvo apunto de ir por su arma, que estaba escondida. Reflejos. Y en algunos momentos eran malos amigos. Como en ese caso, cuando podría haber asustado a una niña con una pistola apuntándole directamente a la cabeza.
CAPITULO 1
Paula se limpió el sudor con el antebrazo. Llevaba dos horas entrenando, tenía su cuerpo sudado y adolorido. Mechones de pelo cobrizo se le estaban pegando al rostro, pero no podía parar. Cada golpe que le daba al saco de boxeo, cada golpe la liberaba de la furia que sentía bullir en su interior.
Necesitaba estar exhausta, cansada hasta el límite. Eso le haría sentirse bien. No le permitiría pensar. Golpeó el saco con fuerza. Más fuerte. Sus nudillos le escocían por no tener puestos los guantes de boxeo, pero no le importaba.
Tiró un gancho al hígado. Siempre se ponía volátil cuando se encontraba con su padre. Y esa no era la excepción. Debido a ese encuentro no había podido pegar ojo la noche anterior.
Había aceptado el trabajo en el último segundo, para sustituir a Jorge, su mejor amigo, que se había tenido que ir al hospital porque su esposa se había puesto de parto, y no conocía a nadie que lo pudiera sustituir así de rápido.
Paula se había puesto feliz con la noticia del alumbramiento de Marla. Y había aceptado el trabajo sin preguntar. Ella sólo había llegado, había informado el contratiempo de Jorge, y había enseñado sus credenciales. Nadie había rechistado.
Ahora su apellido era conocido. Y no por el apellido de su padre, sino el Chaves.
Mala elección.
Le había costado todo su autocontrol soportar sus miradas.
Ella lo había ignorado toda la noche. Su cliente ni siquiera se había molestado en decirle de que iba. Pero eso se lo ganaba ella por no preguntarle a Jorge de que se trataba el asunto. ¡Maldición! Golpeó con fuerza el saco, tanto que pensó que estaba apunto de romperse la mano. Y cual fue su sorpresa al encontrarse con que la mesa principal estaba su padre. Sentado en primera fila.
Ella se había recolocado sus gafas oscuras y había jugado con el auricular, dejando al cliente en la mesa, y después, tomando el lugar que le correspondía, al final, junto con los demás guardaespaldas, y del servicio secreto. Lo único que había notado por parte de su padre ante su presencia, había sido ver su mandíbula tensarse. Después, había mostrado un rostro insondable. Ella siguió su ejemplo, e hizo lo mismo.
Paula había sido conciente de que todos los demás agentes estaban cuchicheando sobre ella y su padre. Después de todo, era un tema conocido el que la hija del Senador Rafael Hunder fuera una de los mejores guardaespaldas del estado de California.
Lanzó ahora una patada voladora con fuerza, seguida de un par de golpes con los puños.
Al final de la velada, el maldito se las había arreglado para hablar con ella. Sus jodidos guaruras se habían interpuesto en su camino, y él había aprovechado para acercársele y tomarla del brazo con fuerza.
― Deja de estar jugando a esto, Paula. Compórtate como lo que eres, mi hija.
Paula había respirado profundamente. Ella, con sus manos, y con la experiencia que tenía, había podido hacerle mucho daño. Pero no lo había hecho, y no porque no lo deseara, sino porque había tenido a cuatro gigantes a su alrededor, y encima, no había querido dar un espectáculo en la cena.
― Tengo que regresar a trabajar ― le había contestado fríamente Paula, mientras se había desprendido de su agarre, y después había agregado con tono de mofa ― Perdón, quise decir, a jugar.
― No me hartes Paula.
― Jamás haría eso, Senador Hunder. ― Y antes de marcharse, había añadido ― ¡Oh! Y no espere contar con mi voto, Senador.
Lo odiaba. Lo adiaba con toda su alma.
Eso había sido la noche anterior. Y no había podido dormir nada. Había traído consigo fantasmas del pasado. Siempre que lo veía, los fantasmas regresaban. Y siempre que los fantasmas regresaban, jamás dormía. Recordar todo era muy doloroso. Demasiado dolor, tanto, que a veces se preguntaba como había podido sobrevivir.
Tan concentrada estaba que había bajado la guardia, y se había percatado de que ya no estaba sola. Con diestros movimientos, había dado la vuelta al saco y había sacado su pistola de debajo de la toalla que estaba en el piso.
― ¿Señorita Chaves he de suponer? ― Paula no pasó por alto el tono cómico que el hombre había utilizado y siguió apuntándole. Siempre carga con ella su Beretta 92. Y esa linda nena, era la que estaba apuntando al hombre que estaba frente a ella.
― ¿Quien lo pregunta?
― ¡Vengo en son de paz! ― dijo alzando las manos con sorna ― Soy de los buenos.
Paula alzó una ceja.
― Todos dicen eso. Yo lo decidiré por mi misma. ¿Cómo rayos entró aquí?
Paula vivía en un edificio de cinco pisos, y en cada piso habían dos departamentos. Era un edifico viejo, y en realidad cada piso parecía una enorme bodega. Pero a Paula le había gustado mucho. No podía quejarse de él. Vivir en Los Ángeles no era barato, pero claro, tampoco tan caro. Y ahora mismo estaban en la azotea del edificio, donde había instalado un pequeño gimnasio. Y dónde absolutamente nadie la iba a molestar.
― Toqué repetidas veces en su apartamento. Estaba apunto de irme, cuando su vecina me dijo que los más probable es que estuviera aquí.
― ¿Bajita, de cabello cobrizo, y una sonrisa que deslumbra?
― Oh, sí. ¡Ella misma! ― contestó el hombre.
― May, date por muerta. ― susurró Paula, y sin bajar la pistola le hizo señas al hombre para caminara a uno de las cajas ― ¿Y que desea?
― Contratar sus servicios. ― Paula pesó la situación y decidió bajar su Beretta. El tío no se veía para nada mortal. Parecía más bien un típico abuelito. Se agachó por su botella de agua y la destapó, y empezó a tomar de ella, recargándose en el poste que sostenía al saco. El contacto del agua fría contra sus manos le provocó un leve dolor, pero hizo caso omiso a él.
― En este momento estoy de año sabático.
― Anoche trabajó.
Genial, había sido investigada. Era claro que el tipo había hecho su trabajo.
― Un caso especial.
― Se le pagará la suma que pida.
Paula frunció el ceño. Era raro que estuvieran dispuestos a pagar lo que el agente pidiese. Siempre había más de ellos dispuestos a cobrar menos. A menos que el futuro cliente estuviera en verdaderos problemas, y buscara al mejor.
Y ella, era la mejor.
Tomó un gran sorbo de agua, y se limpió la boca con su brazo.
― ¿Puedo preguntar para quién tendría que trabajar? En caso de que decida aceptar, cosa que todavía no hago ― aclaró lentamente Paula.
― Para Pedro Alfonso.
Paula no dijo nada. Por todos los infiernos, ella jamás aceptaría el trabajo.
― Lo siento, ha malgastado su tiempo en venir aquí.
Paula se paró y empezó a recoger sus llaves y su móvil, así como su toalla.
― Si me diera tiempo, le podría explicar que…
― Resulta que no quiero dárselo ― contestó fríamente Paula, caminando hacia el hombre quien ahora obstruía la puerta ― Con permiso.
― Nada pierde en ir a conocerlo, Señorita Chaves. Le esperamos esta tarde en la casa. ¿A las 5 le viene bien? Aquí le dejo la tarjeta ― sacó una tarjeta de presentación y se la tendió. Paula la tomó. No debía de hacerlo, pero no quería ser tan grosera.
― ¿Qué le hace pensar que iré?
― No lo sé. Simple curiosidad quizás.
Y el hombre se fue dejando a Paula sola, viendo la pequeña tarjeta.
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