jueves, 4 de junio de 2015

CAPITULO 29




― Ya regresamos.


Pedro alzó la cabeza para mirar a Paula, parada frente a él. 


No la había visto acercarse ni siquiera había oído tocar la puerta o que ésta se abriese. Miró su reloj, era poco pasado de la seis.


― ¿Cómo fue la consulta con Robin?


Paula pensó en la cara de Sara al salir de la “consulta”. No pudo evitar soltar un suspiro de tristeza.


― Digamos que no tan bien como esperaba.


Pedro se puso alerta en un segundo.


― ¿Le pasó algo a Sara?


Recordando a la pequeña Sara llorosa, saliendo del consultorio, Paula sabía que algo le pasaba a Sara. La pregunta era ¿qué?


― Sí, no. No sé. ― contestó confundida y luego empezó a caminar de un lado a otro ― Creo que debería de ir a visitar a la Doctora Gilmore.


― ¿Qué está pasando que no me quieres decir? ― insistió Pedro.


Las palabras de Leandro volvían a sonar en su cabeza, como si tuviera un megáfono insertado en el cerebro. Pero al carajo con Lean, ella ya estaba involucrada con esa pequeña.


― No sé que es lo que está pasando. Eso es lo que pasa. Sara tiene algo, pero no tiene nada que ver con el atentado. Por lo que creo que debería de ir a visitar a la Doctora Gilmore.


Pedro había recibido el mensaje de Robin pidiéndole una cita, pero con lo apretado que estaba su horario, y viendo que Sara estaba bien, no había pensando en adelantarla, pero con las palabras de Paula, sabía que tenía que hacerlo.


― Me pondré en contacto con ella para la próxima semana.


Paula sonrió felizmente complacida.


― Y ahora, necesito salir por un par de horas.


― ¿A dónde vas?


Paula enarcó una ceja altiva, suspiró y siguió hablando.


― Leandro se queda, ya le avisé que salgo. Lo que quiero es que me diga que no va a salir, y no va a dejar que nadie entre sin previa visita. Eso es todo.


― Está bien, ¿puedo preguntar a donde va?


― Necesito hablar con Larry.


Pedro se alejó de la mesa y se recargó contra el respaldo de su enorme silla.


― Es por lo de tu madre, ¿no es así?


Paula asintió, caminó hasta quedar de su lado del escritorio y se recargó contra la orilla del mismo. Pedro la observó atónito. Nadie se acercaba de esa manera a él, e invadía su espacio así. Le vino a la mente esa serie de los noventas, de “La Niñera”, acosando al Sr. Sheffield. Pero Paula no era Fran Fine en lo absoluto. No usaba aquellas minifaldas, jamás tenía el pelo suelto, no se llevaba bien con Jaime, aunque Sara por otro lado la adoraba.


― Tengo el presentimiento de que él sabe algo más, algo que yo no sé. Y lo que dije el día de la entrevista fue en serio, voy a averiguar lo que le pasó.


― Augusto te puede llevar.


Paula también había pensado en eso, pero lo desechó luego.


― No, no quiero llevarlo. No sé cuanto voy a tardar, y no sería justo tenerlo esperando por mí afuera, sin hacer nada.


― ¿Y como piensas ir?


―- Sé usar el trasporte público, ¿sabes? Antes de tener un chófer privado las 24 horas.


Paula y Pedro sonrieron ante la broma esnobista.


― Me sentiría más cómodo que fueras con Augusto, pero cómo sé que no lo harás, por lo menos toma alguno de los autos del garaje prestado.


― ¿Me puedo llevar el California?


Pedro abrió los ojos sorprendido.


― Vaya, vaya, vaya. Sabes de autos.


Por el tono con que lo dijo, Paula no lo tomó como un cumplido.


― Que tenga… ― Pero se detuvo a tiempo. Decir “un par de pechos” a tu jefe, no era ni profesional ni correcto. Algunas veces repreguntaba donde estaban sus modales ― Que sea mujer no quiere decir que no sepa. ― Puso sus voz en un tono meloso de niña consentida ― Entonces, ¿me lo llevo?


― No abuses, Paula.


― Ya, y yo que pensé que nos estamos llevando tan bien.


Ambos se quedaron callados unos segundos, solamente mirándose fijamente. Las bromas se habían acabado y el ambiente se estaba cargando de otra sensación. El golpe que sonó de la puerta abriéndose y la sonora voz de Miguel rompió el encanto.


― ¡Aquí estas! Sara te está buscando, quiere saber si le puede dar de comer a Coco.


Paula se separó del escritorio lo más rápido que pudo y asintió. Pedro por su parte, se acomodó la ropa que llevaba y carraspeó.


― Las llaves están en la caja al lado derecho de la puerta, y por favor, ten cuidado con el auto.


― Gracias. Nos vemos Miguel.


Paula encontró a Sara, sorprendida de ver que la Sra. Perkins no estaba dando de gritos detrás de ella. Le indicó a Sara donde estaban las cosas de Coco y las dejó solas en su casa. Se quedó unos segundos disfrutando de la risa infantil.


Oh, que hermosa era inocencia.


Fue al garaje y se decidió por el BMW, después de todo, nadie saldría, y si pasaba algo que ojala y no, podía comprar las piezas en cualquier refaccionaría. Si se llevaba el Ferrari, lo dudaba. Vio la hilera de autos, y cuando tomó carretera hacia el centro de Los Ángeles, se seguía preguntado como un hombre que tenía tantos autos y tan bien gusto no tenía un maldito Bentley en su propio mini museo de carros. Llegó a las oficinas del Times en tiempo record. Sabía que ya era muy tarde, pero no había dado con Larry en todo el día. 


Habían montones de cubículos esparcidos por todos lados, y gente trabajando de un lado para el otro. Por lo visto, ella no era la única con una trabajo de veinticuatro-siete- Preguntó por la oficina de Larry y cuando dio con ella, no se sorprendió de ver a una secretaria pechugona y rubia atendiendo.


― Disculpe, ¿se encuentra el Sr. King?


― Sí, pero esta ocupado. ― Le levantó el dedo para que esperase un par de segundos, constató una llamada y después volvió con ella ― Si me deja su recado, haré que se ponga en contacto a la brevedad posible.


― En verdad necesito hablar con él.


EL teléfono empezó a sonar de nuevo. Vio que la chica movía los dedos a una velocidad increíble. Vale, era una rubia pechugona, pero no era tonta. Entonces decidió hacer un cambio de planes.


― Dígale que Paula Hunder está aquí.


La mujer colgó de golpe el teléfono, la miro de nuevo y después abrió los ojos como platos extendidos. Asintió y fue en busca, se imaginó Paula, de Larry. Tres minutos después, salió Larry, vestido con una camisa marga larga enrollada hasta los codos y la corbata floja. Abrió la puerta de su oficina dejándole espacio a Paula para entrar, después cerró la puerta y se fue detrás de su escritorio.


― Creí que Ania Hunder estaba desaparecida.


Paula alzó los hombros.


― Bueno, vuelve de vez en cuando. Sabía que así me atenderías más rápido, y la tipa del escritorio no me haría pasar por la letanía de preguntas sociales.


― ¿Y que puedo hacer por ti?


― Quiero que me ayudes a averiguar lo que pasó el día que mi madre murió.


Larry no dijo nada. Había esperado ese día mucho tiempo. Y al fin tenía a Paula frente a ella. Al fin había captado su mensaje.


― Es algo muy fuerte, necesito un cigarro. ― Abrió el cajón de en medio y sacó una cajetilla. Le ofreció a Paula uno, pero ella negó.


― ¿No crees que fumas mucho? ― preguntó Paula al ver el cenicero repleto de colillas de cigarros.


Larry inhaló una buena bocanada de aire y después sacó una cortina de humo.


― Que va, a mi edad es como el mismo aire. Lo necesitas.


― Otro con la edad… ― susurró Paula recordando las palabras de Miguel.


― ¿Eh?


― Nada. ― Paula acercó su silla al escritorio y posó sus manos sobre el frío metal ― Sé que tú tienes información del accidente, y presiento que sabes cosas que yo no, y eso no me gusta. Pero también sé que por una exclusiva como esta, serías capaz de vender tu alma al diablo.


― ¿Mi alma?


― ¿No?


― Pero claro que no. Sería capaz de vender mi alma y la de mis tres ex-esposas por ello.


― Eso ya me suena más a ti.


Larry sonrió y fue hacia un archivero viejo de color negro. Sacó un poco de papeles, y después una llave. Entonces Paula entendió que era un compartimento secreto el que tenía ahí. Después Larry apareció un grueso fajo de hojas y papeles. Se sentó sin quitarle la vista de encima a los papeles


― He guardado esto por años, ¿sabes? Tal vez porque fue mi primer reportaje, o tal vez, porque un pedazo de mi aún es honorable, y quiere saber la verdad. Al final, ambos buscamos lo mismo: saber que pasó.


Le tendió el folder a Paula y cuando ella extendió su mano, notó con horror que estaba temblando. Cerró la mano y fue por las hojas.


Vio el folder del que salían retazos de papel, algunas dobladas, entonces se armó de valor, y lo abrió.


Nada en toda su vida la habría preparado para lo que vio. 


Las escenas del accidente, un auto desechó lleno de cenizas y tierra. Pasó a la siguiente foto y gimió con dolor saliendo directamente desde su corazón. La foto estaba en un ángulo de cuarenta y cinc grados, enfocando así los asientos delanteros y lo que quedaba de los cuerpos.


― ¡Dios mío!


Larry se paro al ver el rostro de Paula ponerse tan pálido como si hubiera visto un fantasma. Entonces supo porqué se había puesto así.


― ¿No habías visto fotos del accidente?


Paula seguía viendo la última foto y no quería seguir adelante. Sintió unas terribles ganas de vomitar y gritar. Empezó a sentir sus ojos escocer, así que empezó a parpadear con fuerza para alejar las lágrimas.


― No, yo…


Sintió la mano de Larry en su espalda y la otra arrebatándole el folder. Paula ni siquiera saltó por el toque.


― Vamos respira ― Pidió Larry y después gritó a su secretaria, quien apareció rápidamente ― Beck, trae un vaso con agua por favor. ¡AHORA!


El tiempo pareció perder su sentido, porque cuando Paula alzó la cabeza, Larry le tendía un vaso con agua fría.


― Gracias. ― lo tomó de golpe sin atreverse a respirar, esperando a que las ganas de devolver se fueran.


― Lo siento, pensé que habáis visto el reporte del accidente. Por eso te lo dí tan fácilmente.


Paula dejó el vaso en el escritorio y se levantó del asiento, no podía estar quieta. Sentía una especie de vértigo recorriendo su cuerpo en esos momentos.


― Lo único que leí fue la hoja en la que decían que mi madre y otro cuerpo mas identificado como C. D. Lowell, murieron en accidente automovilístico, pero eso que acabo de ver no fue un choque.


― ¿Sólo eso? ― chilló Larry para después querer tirarse de los pocos pelos que tenía. La habían mantenido en la oscuridad muchos años. Tocó el folder y volvió a mirar a Paula ― En esta carpeta, esta todo, reportajes después del suceso, entrevistas, los índices de las cintas que tenemos grabadas en archivo, recortes de periódico de los pocos reportajes que siguieron con la investigación, y…


― ¿Qué no me estás diciendo? ― interrumpió Paula. Se estaba hartando de jugar al gato y al ratón.


― No hicieron autopsia a los cuerpos.


― Pero…


― Tu padre pidió que no. Mas bien ordenó que no. Era su máximo deseo. Según oí, sus palabras habían sido “Tiene que descansar en paz, a pesar de todo, es la madre de mi hija”. O algo así.


Paula siguió caminando. Sentía un cosquilleo en sus piernas, como si estuvieran a punto de ceder ante su peso y caerse ahí mismo, pero no podía sentarse. Necesitaba moverse. Necesitaba pensar.


― ¿Pero tendría que ser un procedimiento necesario, no es así?


― Debería, así es. Pero con alguien con la influencia de tu padre, y con el suceso declarado como un accidente, no hubo problemas en negarle su deseo al viudo.


Las entrañas de Paula le decían que había algo más ahí. Era de carácter riguroso que se hiciera una autopsia. Tenía que leer todo ese folder.


― ¿Que recuerdas de ese día?


― No mucho. Yo… ― levantó la mano y se la llevó a la cicatriz oculta de manera instintiva ― Recuerdo a mamá muy motivada en la mañana. Creo que teníamos una cena al día siguiente, y yo asistirá con ella. Fue a la oficina de Rafael y después… ― Paula se detuvo.


― ¿Después?


Después obtuvo la cicatriz que tenía en su cabeza, pero eso no se lo diría a Larry. No todavía.


― Mire, aun no lo conozco lo sufriente como para confesarle todo. Iremos un paso a la vez. ― Tomó la carpeta con fuerza ― ¿Me puedo llevar esto?


― ¿Esta segura?


― Absolutamente.


Larry le dio permiso.


― Claro. Cualquier cosa que averigüe, te mantendré informada. Y espero que cuando recuerdes algo, me avises también.


― Touché.


Después salió de la oficina sin más, casi como huyendo y protegiendo los papeles contra su cuerpo. Larry no dijo nada, sólo la observó salir y perderse de vista. Habría que estar ciego para ver cuanto había afectado a Paula saber todo eso. Llamó a Beck y le pidió que la comunicara al número 3 de marcación rápida.


― ¿Pedro?... ― Miró el lugar por donde Paula había salido segundos antes ― Creo mi amigo, que he metido la pata.











CAPITULO 28





Leandro empezó al día siguiente tal y como Pedro le había dicho. Llegó justo en el momento que Pedro y Paula estaba arribando después de correr. Observaron que se había afeitado y el pelo lo llevaba peinado hacia atrás. 


Contrario a Paula, Leandro era muy formal con la ropa, y llevaba un traje gris oscuro y una camisa blanca, en conjunto con una corbata roja de rayas negras. Paula recordó tiempo atrás cuando siendo una joven se había sentido atraída y enamorada de Leandro. Ahora, sentía lo mismo que cuando veía a Jorge, o sea, un sentimiento de hermandad y nada más. Y como todo hermano,Paula le dio la bienvenida.


Cuando bajaron del auto, Pedro saludó formalmente a Leandro, mientras que Paula extendió los brazos, y Leandro, extrañado, había ido a su encuentro, no esperando el reverendo golpe en el hígado que le había dado Paula. Pedro se había quedado mudo del shock, mientras que Leandro estaba mudo, pero porque estaba sin aire.


― Esto es por haberme corrido ayer, para que la próxima lo pienses.


― También me da gusto verte, nena.


Pedro pensó con clamor que Paula era una mujer de armas tomar. Recordó las palabras de Miguel sobre las mujeres y la ira reprimida. Dios amparase al hombre que estuviera frente a Paula cuando en verdad estuviera enojada.


Una vez duchados, se habían encontrado en la cocina para desayunar. Leandro había observado todo en silencio. Paula había regresado con su atuendo típico de todos los años, pantalones de mezclilla, una camisa de rayas y encima su para siempre fiel chamarra de mezclilla. Pedro en cambio, había bajado con unos pantalones de vestir color crema, zapatos cafés, y una camisa polo de color amarillo crudo.


 Después conoció a la hija de Alfonso, y tenía que admitir, era una damita muy interesante. Un poco callada pero notó con interés que cuando miraba a Paula veía sus ojos brillar de admiración.


En la gran barra, Paula y Sara desayunaban. Habían colocado a Leandro a su lado, mientras que el otro hombre que le habían presentado, Jaime, se había sentado en la mesa redonda de cristal junto a Alfonso.


También observó que tenía ante si a una Paula nueva y desconocida. Platicaba con la cocinera, Mariana, como viejas amigas, y con Sara como si estuviera hablando con Maite. El otro mayordomo, Jaime, no había despegado la mirada de su periódico, pero Leandro sabía que estaba atento a toda la conversación que se llevaba a cabo en esa cocina. Alfonso había sido el único que se había mantenido al margen, callado, dando leves sonrisas, pero nunca intervino en la plática. Casi había tirado la taza de café cuando vio a Paula tomar un enorme vaso metálico de espumoso batido de chocolate.


― ¿Paula Chaves tomando eso? ― le había susurrando Leandro al oído para que sólo ella lo escuchase ―. Que me aspen, pero tengo que verte tomarlo.


Se había ganado un golpe en la espinilla y casi derrama por segunda vez su deliciosa taza de café colombiano. El tal Alfonso si sabía dar la bienvenida, había pensado Lea, oliendo el dulce aroma de la infusión.


Paula lo puso al corriente en un abrir y cerrar de ojos, y eso era algo que Paula agradecía, no le gustaba trabajar con gente a la que tuviera que explicarle todo con peras y manzanas. Habían concluido que necesitaban a otro hombre para los turnos, y de eso Leandro se encargaría. Pedro no le había hecho mucha gracia seguir metiendo más gente en su casa, pero después de una plática con Paula, había aceptado.


Por primera vez en esa semana, Paula se había sentido segura de abandonar esa casa para ir a dejar a Sara, sabiendo que Leandro estaba ahí. Incluso había cantado una canción ochentena con Augusto y Sara camino a la escuela.


 Se habían despedido, y había regresado a la casa sin prisa alguna. Cuando llegó pensó en que tenía que hacer. Tenía que revisar la agenda de Pedro, recordaba un baile de caridad y algunos viajes fuera de los Ángeles. Si era así, se tenía que poner en contacto con la agencia de seguridad que Miguel y Pedro manejasen antes de que ella llegase. Se fue a encerrar a su casa, y observó con una sonrisa que Coco ya había tomado posesión de la ventana de la alberca y estaba estirada en toda su extensión sobre el balcón.


― Hola cariño, tomando el sol, ¿no es así?


Coco exigió un par de mimos y Paula se sentó cruzando las piernas y examinando los horarios. Pensó con sarcasmo que si la gente se enterase de lo aburrida que era la vida de un agente de seguridad no pensarían lo mismo de ellos. 


Después de las cosas que contaba Hollywood de ellos, ya nadie sabía la verdad. Y ahí estaba ella, pensando, analizando, sin ninguna gota de adrenalina corriendo por su cuerpo, ni jugando a encontrar un asesino. Tomó a Coco del cuerpo y se la llevó consigo al mueble donde se acomodaron ambas.


― Vaya aventura, ¿no es así Coco? ― Coco dio un maullido y se subió a su regazo pidiendo más caricias. Paula amaba a su gatita como pocas cosas en ese mundo. Y al paso en que su vida sentimental iba, ya se estaba viendo como una vieja solterona y su gata cómo única compañía.


Cerró los ojos y se vio con Coco en una mecedora, viendo “Magnolias de Acero” una y otra vez. De la nada, se le vino a la mente el recuerdo de que en aquél sillón donde se encontraba sentada, había sido el mismo donde Pedro Alfonso había estado prácticamente sobre ella y su rostro a escasos centímetros del de ella. ¿Qué hubiera pasado si hubiera acortado esa distancia? Desde aquel día se había preguntado si Pedro sería de esos hombres que besaban como si se le fuera la vida en el beso, o si era tierno y romántico.


Abrió los ojos de un golpe y se paró rápidamente, lanzando a Coco fuera de su cobijo. Su hija le lanzó un gruñido y desapareció de la habitación.


― ¡Lo siento!


Se dio unas fuertes palmadas en los cachetes alejando todo pensamiento que relacionase a Alfonso y su boca, y sus ojos y su cuerpo y su…


― ¡Paula, contrólate! ― se gritó a sí misma.


La radio de su celular le puso en alerta.


― Paula, puedes venir un momento por favor. ― Era Leandro.


Paula caminó a la pequeña habitación que habían ambientado como central de seguridad. Todos los monitores de seguridad y cámaras estaban controlados desde esa pequeña habitación.


― ¿Toda esa gente entra en esta casa?


Paula miró por las cámaras y sonrió. Fue presentadote a cada uno de los personajes desconocidos que iban llegando a la casa. Primero Carlos, luego Ramiro, Viviana y así sucesivamente, agregando lo poco que ella sabía de cada uno de ellos.


― ¿Son de fiar?


Paula miró de nuevo la pantalla.


― Pues para Alfonso y Miguel, lo son. ― Paula se recargó contra la consola de comandos y lo miró con los brazos cruzados ― ¿Te contó sobre lo que le pasó a Sara?


Leandro se deslizó en su silla de escritorio con ruedas y asintió.


― Sí, me lo contó todo. Eso es en parte, por lo que acepté.


Paula entrecerró los ojos y aguardó esperando a que Leandro continuara hablando, pero no dijo nada más.


― Y… ¿Me vas a decir como te convenció Alfonso de que aceptases?


Los ojos de Leandro se achicaron y sus labios se encorvaron dibujando una suave sonrisilla.


― Cariño, eso es cosa de hombres. ― Volvió a mirar la pantalla, cruzando sus brazos detrás de su nuca. ― Sobre el accidente de la pequeña Alfonso, ¿haz hablado con Alfonso de empezar una investigación sobre ello?


Paula buscó la otra silla, se acomodó en ella y alzó sus pies contra la pared.


― No, no le hecho. ― entrelazó sus manos sobre su pecho ― Este hombre sabe poner una línea entre su vida personal y su trabajo. ― Y era algo que Paula admiraría por completo si al menos le pusiera más atención a su hija, pero al menos, la mantenía segura ― Si alguien se entera de lo sucedido con Sara, la prensa caerá sobre él, pero no es eso lo que le importa, sino que también caerán sobre Sara. No puedo dejar que le pase algo a esa niña.


Leandro observó como las facciones de Paula se endurecían al pronunciar la ultima oración.


― Te estas involucrando. ― Y no era una pregunta.


Paula alzó la cabeza para mirarlo fijamente, sorprendida de tal afirmación.


― ¿Qué? Claro que no. ― se incorporó y se sentó recta.


― Vamos Pau, estás hablando conmigo, el tío al que le diste tu primer beso.


Paula lo odiaba siempre que sacaba a relucir esa parte. Al principio, cuando le había jugado esa broma, había querido que la tierra la tragase, pero ahora, quería que la tierra se lo tragase a él.


― ¿Jamás vas a olvidar eso, verdad? ― dijo Paula suspirando ― Te gusta ponerme en vergüenza.


― Es que eras una cría tan mona.


Paula le dio un ligero golpe en el hombro.


― Tengo treinta años Lean. Ya no soy una cría.


― Para mí siempre serás esa flacucha chica que apareció en casa de los Torres.


Habían pocas cosas que Paula podía recordar claramente pero él día en que Samuel y su esposa, Jenifer, la habían aceptado en la familia, era uno de esos pocos.


― Han pasado muchos años desde ese día, ¿no es así? ― contestó con nostalgia Paula.


― Lo que me regresa al punto original: no te involucres.


― Que no me… ― pero Leandro no la dejo continuar.


― Paula, te estuve observando esta mañana. Cuando estuvimos en esa cocina, vi lo que tenía que ver. La niña, sientes algo por ella, casi identificada. Y digo casi, porque al menos Alfonso no es como tu padre.


― ¿Media hora y ya puedes decir eso?


― Cariño, NADIE ― dijo Leandro haciendo énfasis en esa palabra ― es como Rafael.


De manera instintiva Paula se pasó la mano por su cabello justo en la cicatriz, después, viendo lo que estaba haciendo, hizo como si se estuviera acomodando un mechón.


― Dímelo a mí.


― Si algo pasa, si se repite el episodio de Sara, o algo con Alfonso, tienes que estas con la cabeza clara. Pensar con la razón y no con el corazón. Una mala decisión puede tener miles de consecuencias. ―Paula sabía que se venía a continuación. Leandro alzó un dedo y empezó ― Por eso, la política de todos es…


― Jamás te involucres con los clientes. ― terminó Paula y después empezó a asentir ― Lo sé Lean. Lo sé.


― Pues parece que lo estas olvidando pequeña.


La entrada de Miguel puso fin a la plática. Paula se despidió y los dejó a ambos platicando de cosas de “hombres”. 


Regresó a la casa, confirmó la visita con la doctora Gilmore. 


Al recordar como Sara había salido de ese consultorio ese día, Paula sentía un sabor amargo en la boca. Siguió viendo la lista interminable de cosas que hacer para la próxima semana, entonces reparó en el periódico del día anterior que estaba en la mesa, y trató de recordar si ella lo había dejado ahí. Miró a su alrededor pero vio que las cosas seguían en su lugar. No sentía ese escalofrío que le avisaba que algo estaba mal. Y para colmo de males, por lo que sabía, los gatos no podían hablar, así que Coco, quien estaba en su sillón, no le podría decir nada.


― Vaya gata que tengo.


Se acercó a la mesa y vio otra vez el reportaje del día anterior. Sus fotos, a Sara, a su madre, y a Rafael. Sacó la silla fuera de su lugar y se sentó sintiendo que había algo que tenía que ver, pero que no sabía que. Entorces en su cabeza sonó como un clic y recordó que era.


Era la plática que había mantenido con Larry.


De algún modo, Larry le había dado pistas para empezar a investigar sobre la muerte de su madre. Él sabía algo que ella no, y quería hablaron con ella, pero para eso, Paula tenía que ir detrás de él. No al revés. Fue rápidamente al teléfono y pidió a la operadora que le comunicara con el Times L. A. 


Después pidió que le comunicasen con Larry pero le informaron que había salido. Paula no quiso dejar mensaje y colgó. Pensó en lo que tenía que hacer ese día, quizás después de la visita a la psicóloga, podía ir a verlo.


Eran las cinco de la tarde cuando Augusto estaba estacionando frente al consultorio de la Doctora Gilmore.


― Encantada de verla de nuevo. Paula.


Paula se sintió un poco incómoda porque se dio cuenta de que la mujer en verdad estaba encantada de verla de nuevo. 


Eso era raro, y nuevo. Paula solamente respondió con cortesía.


― Igualmente Doctora Gilmore.


― Leí en el periódico de ayer que su padre es Rafael Hunder.


Paula se quedó quieta unos segundos. Sintió la mirada de Sara viajar de ella a la doctora. Paula tragó saliva lentamente y trató de poner su mejor cara.


― Así es, pero no nos hablamos mucho.


Robin no perdió su sonrisa, hizo que Sara entrara, pero antes de cerrar la puerta miró a Paula.


― Si en algún momento quiere hablar, mi puerta estará siempre abierta.


Paula recordó su vieja experiencia y empezó a negar lentamente.


― Gracias por la oferta, pero no gracias.


― La oferta sigue en pie.


Cerró entonces con delicadeza la puerta.


Paula miró el pedazo de madera procesada y después de pensar por unos momentos, volvió a aplicar la misma rutina de la vez anterior.Augusto se enfrascó en su revista de deportes, y ella en lo que tuviera a la mano. Empezó con una revista de moda, pero honestamente, si la veían, sabía que la moda no era lo suyo. Cuando vio un reportaje de un “Moda Verano-Otoño” y vio las cosas estrafalarias que había, aventó la revista a la mesa y se fue por otra cosa. Y entonces sus ojos brillaron cuando vio el título de una revista escondida entre el montón. “Car&Drive”. Corrió por ella y empezó a devorarla. Mientras que para Maite todos eran carros, y al menos sabía diferenciar un carro de un camión trailero, que si no sería el colmo, Paula sabía los modelos, agencias y todo lo que podía de autos. Fue ojeando hasta encontrar un ejemplar de su bebé. Si Paula tuviera otro tipo de trabajo, y otro tipo de vida, aquél auto sería suyo. Un Bentley BY 8.16 Hunaudieres. Cuando había revisado la mansión Alfonso, una de los lugares que había visitado primero había sido el garaje, y aunque se había encontrado con buenos autos, con cierta decepción había visto que Pedro no tenía un Bentley. Aunque tenía una buena dotación de autos. Entre ellos un BMW 760Li y un lujoso Edo Competition Ferrari California, incluso tenía un Jaguar XK150, pero eso no se compraba con un Bentley.


Al igual que la otra vez, los minutos se le hicieron eternos, y cuando por fin la puerta se abrió. Y al igual que la otra vez, Sara estaba todo roja y llorosa. Dio un primer paso impulsada por el coraje y la impotencia, pero entonces las palabras de Leandro empezaron a sonar en su cabeza. “No te involucres”. Era el lema de su trabajo. Y hasta que había empezado a trabajar con Alfonso, lo había llevado al pie de la letra. Abrió y cerró con fuerza ambas manos, y respiró para controlarse. Miró a la doctora y cuando estaba a punto de gritarle, vio la misma mirada que la otra vez, la tristeza y desolación. Eso fue lo que la frenó en el último momento.


Se inclinó hasta quedar al mismo nivel que Sara.


― ¿Estás bien? ― preguntó en voz baja y tranquila.


Sara asintió, pero eso no calmó para nada a Paula, aún así, inhaló profundamente.


― Bien, adelántate con Augusto. ― Después miró a este ― Espérenme en el vestíbulo, No salgan sin mí.


Augusto asintió y salió con Sara. Paula esperó hasta que ambos se fueran y miró a la doctora. Alzó los brazos pero los bajó de sopetón.


― Sé que hablamos de esto la vez pasada, pero es la segunda vez que Sara sale llorando de aquí ― “No te involucres”, eran las palabras de Leandro, también las de ella, pero… pero no podía dejar de hacerlo. ― Si no fuera porque veo en sus ojos que no disfruta de esto, le pondría un alto a esto. Así que por eso le pido, por favor, que me diga que tiene Sara.


Robin vio a Paula sin decir nada. Después de haber leído la nota del periódico se había sentido intrigada por aquella mujer. Siempre había tenido un buen criterio a la hora de juzgar a las personas y desde que había conocido a Paula, había sentido el mismo sentimiento que cuando había conocido a Sara Alfonso. Un dolor reprimido, pero contrario a Sara, por muchos años, y la noche anterior, pensando en ella, se había preguntado, ¿Cuánto tiempo le tomaría a Paula Chaves explotar?


― Para una mujer como tú, ― comenzó Robin ― sé que pedir las cosas por favor no es fácil, ni usual, pero Sara es mi paciente y no puedo hablar así como así de ella. No es ético ― Paula estaba a punto de argumentar algo pero Robin siguió ― Sin embargo, veo que te preocupas por ella, por su bienestar y por eso te puedo decir que no es lo que piensas.


Ahora fue el turno de Paula de quedarse desconcertada.


― No entiendo.


― Sara no llora por lo ocurrido hace semanas.


La mente de Paula tardó en procesar la confesión de Robin, y por más que trataba de entenderlo, no podía.


― ¿Pero entonces…?


― Algún día, tal vez, si Sara se atreve, te lo contará ella misma.


Paula asintió, entendiendo que la conversación había terminado.


― Gracias, nos vemos la próxima semana.


― La oferta sigue en pie. ― le recordó Robin antes de que Paula saliera hacia el elevador.


Paula sólo se permitió sonreírle y salió. Ya en el vestíbulo, Augusto y Sara se acercaron a ella. Sara había ido al baño a lavarse, ahora sólo se veían sus ojos irritados. Paula estiró su mano hacia Sara, y esta la tomó instintivamente. Le dio una cálida sonrisa y empezaron a caminar hacia el auto.


 Miró a Augusto que venía a su lado.


― Creo Augusto, que ya sabes a donde iremos antes de regresar a la Mansión, ¿verdad?


Augusto entendió la indirecta rápidamente y asintió felizmente.


― Vamos directo Paula.