jueves, 4 de junio de 2015

CAPITULO 27





― No es necesario que vinieran.


Paula miró a Pedro, y a Miguel que iban en el asiento trasero y a Augusto conduciendo. Ella había pensado en ir sola, no con chófer y tener que cuidar a dos hombres más. Cuando había anunciado que iría a visitar a Leandro, ambos hombres habían saltado hacia ella como locos. No había entendido su desesperación. Miguel le había dicho a PedroPedro a Miguel y ambos estaban en el auto mucho antes que ella.


Jamás los comprendería, había pensado Paula mientras le daba la dirección de la mansión de Leandro a Augusto.


― Lo sé. Pero yo no tengo nada que hacer. Soy un viejo senil.


Paula soltó un bufido nada femenino.


― Sí claro, ni tú te lo crees.


― Niña, cuando tengas mi edad, sabrás lo que quiero decir.


― Aja. Bueno, tú tienes esa excusa, pero ¿Qué pasa con él? ― preguntó Ania señalando a Pedro.


― Yo quiero conocer a este hombre. Además, yo soy el que pidió esta entrevista.


Paula asintió, no hablaron más durante todo el camino. 


Descendieron de Wiltshire, pasando por East Los Ángeles, Paramount, y por fin, después llegaron a Orange. Y justo a tiempo, pensó mientras miraba su reloj de pulsera.


Llegaron alrededor de las cinco de la tarde, y para cuando Augusto bajó para abrir las puertas, Paula ya estaba sobre la banqueta. Paula caminó al lado de los hombres, sin cuidar sus espaldas, porque sabía que nadie los seguía, y porque estando en territorio sitiado por Leandro, era como un fuerte del siglo quince.


― ¿Cómo lo conociste? ― preguntó Pedro.


Paula miró la casa, despintada, vieja, y con los vidrios sucios. La puerta de miriñaque estaba torcida, y sabía que hacía ruidos chillones, pero era solo una alarma casera de Leandro. Una de las tantas que tenía esa casa pero que nadie sabía, a menos que supiera buscarlas.


― Leandro es amigo de un buen amigo, entonces, nos hicimos amigos. Pero no es sólo eso. Leandro me salvó el pescuezo una vez.


― ¿A la gran Paula Chaves? ― exclamó Miguel exagerando el tono de sorpresa.


Paula embistió sus manos dentro del pantalón.


― No. Le salvó el cuello a la gran tonta y joven Paula Hunder. ― Paul siguió caminado pensando en lo tonta que había sido cuando joven, y como Leandro había evitado que cometiera la mayor estupidez de su vida. Había sido el mismo Leandro el que le había sugerido que Paula Chaves naciera. Entonces miró a Pedro ― ¿No vas a preguntar qué pasó?


Deteniendo sus pasos, Pedro la miró. 


― ¿Me lo vas a contar? ― Paula sonrió. No, no lo haría, y él lo había sabido desde el comienzo ― ¿Ves? Me ahorré la pregunta.


Llegaron a la entrada, y Paula abrió primero la puerta de miriñaque, después tocó el vidrio de la puerta principal y esperaron. No tuvieron que esperar mucho, ya que pudo oír pasos acercándose hacia ellos.


― Vaya, vaya, ¿Pero qué tenemos aquí?


Paula se quedó aturdida por unos segundos. No había visto a Leandro en casi dos años, y después de su accidente se había mantenido al margen del trabajo. Y el hombre que tenía al frente revelaba el descuido de los años. Una mata de cabello espeso negro ondulado que le llegaba hasta los hombros, con un aspecto casi como si se acabase de levantar, con una barba de varios días. Pero cuando miró sus ojos supo que ahí estaba el Leandro que conocía. Los mismos ojos que hipnotizaban a las mujeres, de un azul pálido fascinante, que recordaba al mar de las islas caribeñas. Llevaba puestos un pantalón de chándal oscuro y una camisa sin mangas blanca y no calzaba nada en los pies. Tenía el tabique de la nariz torcida, según le había contado Jorge, por su propio puño cuando había tratado de coquetear con Marla, pero eso no afectaba en nada su magnetismo. Pensó fugazmente en Maite, pero lo desechó. Un hombre como el haría trizas a su amiga. Suspiró con alivio al ver que a pesar de su desaliñes, aun conservaba su buena forma, quizás no músculos marcados como tanque de guerra, pero si en buena forma. Ahora había que probarlo.


― Hola Leandro.


― Vaya, vaya, sí es la ahora famosa Paula Chaves. ― dijo en tono cantarín.


Paula le dio un golpe rápido en el brazo.


― Idiota, ¿lo leíste?


Leandro se recargó en el marco de la puerta con un brazo, a pesar de los años, Paula seguía igual. Pero la foto que había mostrado en el periódico le había revelado a una nueva mujer. Y después de la plática que había mantenido con Jorge, solo tenía una cosa clara. Quería verla.


― Claro, yo y todos los chicos. ― Paula quería morir en ese momento. Si por chicos se refería a todos los amigos que tenían en común, ya se podría dar por desaparecida después de ese trabajo. Leandro vio la cara de pánico de su amiga y siguió con la broma. ―. Incluso hablé a Jorge para preguntarle si era verdad esa cosa en el periódico. Y no fui el único. El pobre creo que desconectó el teléfono, o es eso, o le cortaron el cable por exceso de pago.


― Vamos, ni que fuera algo sorprendente.


― Es algo sorprendente. Paula ha roto el silencio. ¿Qué más puede ser sorprendente?


Paula se acercó hasta quedar cara a cara. Gracias a sus botas, Leandro y ella tenían la misma estatura.


― Un hombre que va a encontrarse muerto por su propia arma. ― susurró hablando por lo bajo.


Leandro golpeó su pierna con una mano dándose un palmazo y rompiéndose a reír.


― La misma Paula de siempre. Ven acá muñeca ― Leandro tomó a Paula y la estrechó contra su cuerpo musculoso.


Paula era poca de muestras de afecto, pero Leandro se había ganado su cariño y respeto como pocas personas lo podían ganar. Fue un pequeño carraspeado el que les recordó que no estaban solos y que esa, no era una visita social.


― Lo siento ― dijo Paula separándose de Leandro, y después llevando su cabeza de Leandro a Pedro. Por unos segundos creyó notar una ceja fruncida pero viajó la mirada de Pedro a Leandro nuevamente ― Ah sí, ellos son…


Leandro le ahorró las presentaciones.


― Pedro Alfonso, y Miguel Clauser.


― Vaya, mira Pedro, también nosotros somos famosos. ― gritó con júbilo Miguel.


Paula alzó la mirada al cielo, mientras Leandro se rascaba la cabeza.


― La verdad es que Jorge me avisó que ibas a darme una visita.


― Ese tonto…


― Ey, más respeto para el nuevo padre.


― ¿Has visto al bebé?


― Nop, no me he podido dar la vuelta. Pero si el pequeño chaval se parece a él, pobre niño. Ahora que si hubiera sido una niña igualita a Marla, ufff… Jorge habría tenido que ahuyentar a los hombres como domador de fieras. Pero no creo que estés aquí para que hablemos de bebés ¿Cierto, nena?


― No, no estamos aquí para eso. Y sabes que odio que me llames “nena”.


― Lo sé… nena. ― Leandro logró evadir el golpe de Paula, después se burló de ella ― Vengan, vamos al patio.


Los tres entraron. Paula le hizo señas a Augusto de que esperase en el auto, no fuera a ser que se lo desvalijaran en un abrir y cerrar de ojos, después de todo, no estaban en Beverley Hills. Miguel caminó al lado de Leandro atravesando todo el pasillo, mientras que ella y Pedro iban detrás. 


Cuando doblaron en una esquina, Pedro la tomó del brazo para que se detuviera quedando fuera de la vista de los otros dos. 


― ¿Cómo es que se llevan tan bien?


― ¿Disculpe? ― exclamó Paula mientras apartaba su mano del agarre de Pedro.


Pedro se decía a sí mismo, que tenía que saber que tan amigos eran. Nada le había sorprendido más que ver a aquel hombre abrazando a Paula, y más sorpresa aún, ver que ella aceptaba el contacto, mientras que cuando él la tocaba ella saltaba como si lo repudiase.


― No sé, la verdad no me sentiría nada cómodo contratando a alguien con el que usted ha mantenido cierta relación.


― ¡¿QUÉ?!


Pedro sabía de primera mano que mezclar negocios con placer no daba buenos resultados.


― Ya que si se llegan a tener malos entendidos, su trabajo no será el mismo.


Paula quería gritar y darle un par de golpes tipo Sandra Bullock en “Miss Simpatía”, para que se aplacase. Con el dedo índice empezó a golpear contra su pecho.


― Mira Alfonso, no es de tu incumbencia con quien duerma o deje de hacerlo. Este es un país libre, y para que te lo sepas, entre Leandro y yo jamás de los jamases ha habido algo. Nunca.. ― Pedro iba a abrir la boca pero Paula siguió. Ya lo había dejado hablar lo suficiente ― Me importa un bledo sus excusas. La próxima vez, creo que dejaremos estos temas por la paz. Leandro es bueno, y por lo que entendí cuando me contraste, quieres a lo mejor. Esto, Alfonso, es lo mejor.


Pedro quería de algún modo tratar de componer la metedura de pata que había hecho, pero la aparición de Leandro no se lo permitió.


― ¿Algún problema?


― Ninguno. ― contestó Paula, sin dejar de mirar a Pedro


Se acomodó su chaqueta y siguió con paso firme a Leandro al patio trasero.


Miguel ya estaba tumbado en una silla de playa, con los pies extendidos. Una rara combinación, pensó Paula. Un típico día de playa, para un hombre vestido de traje Armani tomando el sol.


― Oh chicos, esto es la vida. ― El ancho cuerpo de Miguel se amoldó a la tumbona.


Todos suspiraron, aguantando la risa, y fueron a unas sillas de plástico blancas. Nada que ver con la elegancia de la casa Alfonso, pero ni Pedro ni Miguel dijeron nada de ello.


― Bueno, ¿quién empieza? ― preguntó Leandro, abriendo una nevera y sacando una cerveza. Le ofreció una Pedro, pero la rechazó. A Paula ni se molestó porque sabía que no tomaba, pero Miguel aceptó gustosamente.


― Iré directo al grano Leandro. Quiero que trabajes conmigo.


Se oyó “Chssss” de la lata siendo abierta. Leandro tomó un sorbo lentamente.


― Eso ya lo he entendido, o no estarías aquí. Lo que quiero saber es ¿haciendo que exactamente?


El tiempo de negociar había empezado.


― Vigilancia de seguridad. Cámaras las 24 horas, mientras conseguimos a alguien más.


Reinó el silencio por una fracción de segundo, pero tanto Paula como los demás pudieron sentir que la animosidad con la que los había recibido Leandro había desaparecido.


― No. ― Sólo una palabra, dicho sólidamente.


Paula había esperado algo como eso. Se levantó del asiento y lo rodeó. No podía estar más tiempo sentada.


― Vamos Leandro, no puedes dejar ir una oportunidad como esta.


Leandro alzó los pies sobre un pequeño descanso que tenía cerca. Era su casa, así que a la mierda los modales. Sentía unas ganas enormes de aplastar la lata de cerveza, pero reprimió el impulso.


― Alguna vez fui el mejor en nuestro trabajo, y ahora me quieres ver reducido a un viejo patético que está echado en un asiento comiendo porquería y olisqueando su propios flatulencias. Lo siento pequeña, pero no gracias.


― Vamos, no lo pintes así.


― He dicho no, Paula. ― insistió con mayor énfasis Leandro.


Pedro sólo veía la pelota ir de un lado a otro, por hablar de algún modo, pero no entendía nada.


― ¿Qué tiene este trabajo que le desagrada tanto?
Paula respondió por Leandro.


― Que Leandro se burlaba de toda la gente que hacia es trabajo, y aceptarlo sería como aceptar que esta derrotado.


― ¿Porqué no puede regresar al campo de acción? ― volvió a preguntar Pedro.


― Por la pierna. ― contestaron Paula y Leandro al mismo tiempo.


Pedro dirigió de manera automática la mirada a ambas piernas del hombre, esperando encontrar algún defecto. Una prótesis o algo que se pasara, pero el hombre estaba bien. 


Cuando alzó la mirada se encontró con la de Leandro, y no fue necesario decir que opinaba.


― Una bala, una bendita bala justo en el tendón.


Paula se dio la vuelta y caminó un par de pasos.


― Leandro no puede correr sin que el músculo se le entuma. Estuvo así un par de años, pero nunca se lo trató. Ahora, ahí están las consecuencias. ― Se giró con violencia y se aferró al borde de la silla ― Sabes que no puedes hacer trabajo de campo, el doctor te lo dijo. Te estoy dando la oportunidad…


― ¿La oportunidad de que, Pau? ¿De hacerme ver de una vez por todas que estoy acabado?


Paula sintió que era como razonar contra la pared.


― De un trabajo digno. Nada de ir haciendo trabajos de medio tiempo. Leandro, quizás no puedas salir, correr, estar lleno de adrenalina, pero tienes un gran potencial.


― Si Jorge me hubiera dicho que venias para esto, ni siquiera te habría abierto la puerta.


― No es propio de ti huir de los problemas, Lea.


― Ni de ti, echar en cara las penas ajenas, Pau.


― ¡No eres un inválido por dios bendito! ― la paciencia de Paua estaba esfumándose.


Pedro se paró y la miró a ella primero, después al hombre que tan fácilmente descansaba, y a Miguel, que parecía estar echando una siesta.


― ¿Podrías dejarnos a solas unos minutos?


Paula entrecerró los ojos formando un par de rejillas.


― No creo que…


― Gracias Paula. Espera en el auto, por favor. Miguel y yo iremos en seguida.


Sin más, la había despachado. Paula salió echando pestes y diciendo de lo cabezotas que podían ser los hombres algunas veces. Llegó al auto y su temperamento no había aplacado en lo más mínimo, así que en vez de entrar al auto, se quedó afuera, apoyando la espalda contra la ventana, y los brazos en jarras. Augusto ni siquiera se acercó a ella, en cuanto la vio venir con ese paso de “quiero matar a alguien”, se hizo del ojo chiquito y siguió con su periódico. Ese alguien no iba a ser él.


Dieciséis minutos y treinta dos segundos después, según su reloj, los hombres salieron. Miguel incluso estiró sus brazos al cielo, como si acabara de levantarse de dormir. Pedro en cambio se dirigió hasta ella. Augusto apareció de la nada, abriendo la puerta trasera dejando que Miguel entrase primero. Pedro se quedó en la puerta.



― Empieza mañana. ― anunció Pedro.


― ¿Eh?


― Que su amigo O’Brien comienza a trabajar Mañana. ― contestó Pedro con el tono de “¿estas lucida o que?”.


― ¿Así, sin más? ― Paula miró la casa y deseó poder tener poderes supernaturales y que un tornado arrasara con la casa o que un rayo partiera en dos a Leandro ― Ese idiota me va a oír…


Iba a encaminarse a la casa, pero Pedro la tomó del codo, por segunda vez en el día.


― Mañana arreglan las cosas. Tengo que regresar a casa.


Pedro no dijo nada más, y se subió al auto dejando a Paula con la duda de que habrán hablado esos dos, y que cosa le podría haber dicho Pedro a Logan para convencerlo en aceptar el trabajo. Subió al auto sin más y después, emprendieron el camino de regreso a Wiltshire.





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