martes, 2 de junio de 2015

CAPITULO 21





Sara desapareció el resto de la tarde, y aunque Paula tenía unas enormes ganas de volver a verla, lo pensó mejor y sabiendo como era la Señora Perkins, concluyó que sólo le traería más problemas a la pequeña.


Estuvo platicando con Mary, buscó a Miguel pero le dijeron que se había tenido que ir. Paula sintió tristeza, pero Mariana animó la plática. Le contó de sus pequeñas anécdotas al servicio de la familia Alfonso, y de cómo había acabado trabajando con ellos. La madre de Mariana había sido una inmigrante española que había ido buscando un futuro mejor para ella y para su hija, pero el sueño americano nunca se hizo realidad. Por azares del destino conocieron al abuelo de Pedro, y desde entonces, su familia llevaba sirviendo a los Alfonso. El padre de Pedro le había dado la oportunidad a Mary de estudiar, o liberarla del compromiso de su familia, después de que su madre había fallecido, pero ella jamás habría cambiado todo eso por lo que tenía en esa casa. Adoraba cocinar y adoraba a los Alfonso, así de simple, había dicho Mary.


La plática siguió y siguió y no fue hasta que Jaime apareció en la cocina anunciando que la cena debería de servirse en media hora. Mary no había hecho nada aún, y se levantó rápidamente a cocinar. Jaime la miró y le preguntó con demasiada educación si no pensaba instalarse en su nueva casa, dadas las molestias que se habían tomado ese día. 


Paula estuvo apunto de responder que limpiar el polvo y airear la casa no eran demasiadas molestias, pero se mordió la lengua. Ella era una empleada, después de todo.


Le dijo que iría a su cuarto por su maleta, pero Jaime se adelantó diciendo que él la llevaría. James había dejado claro que el señor Alfonso había dado órdenes de dejarla instalada.


Jaime avanzó primero, y tomó la puerta corrediza y la desplazó corriendo también las cortinas nuevas que tapaban el campo de visión. Para cuando Paula cruzó el umbral de la puerta, se había quedado sin palabras. Entendió entonces esas “molestias” a las que Jaime se había referido.


La casa había sido completamente renovada. Cuando ella le había echado un vistazo el día anterior, tenía más el aspecto de una bodega, pero ahora, con las luces prendidas y las ventanas abiertas, dada más bien aires de una casa de playa. Tenía una cocina chica pero lujosa, que se dividía de la sala por un desuyanador grueso. Los sillones de la sala parecían incluso nuevos, el olor que desprendían era desapercibidle, incluso cuando habían aromatizado la casa. 


Después estaba la mesa de cuatro sillas, de madera y metal en forma cuadrada. Las orillas de la madera de la mesa eran de un color oscuro, pero el centro estaba formado por un cuadrado de vidrio transparente. Había un estante enorme donde había libros y un televisor instalado en medio. Ella había pensado que el lugar era algo pequeño, modesto, para cambiar el modo ostentoso de la habitación anterior, pero el tiro le había salido por la culata. Miró el sillón más grande y después a Jaime intrigada.


― ¿Ese sofá-cama es el más grande que tenían?


Jaime se quedó callado, tratando de aguantarse la risa. La muchacha en verdad estaba aturdida.


― Ese… ― señaló con la mirada al costoso sofá de cuero negro ― no es un sofá cama, señorita Chaves. La habitación está por aquí.


Paula siguió hipnotizada a Jaime hasta una habitación al fondo. Craso error. Ni la casa era pequeña, ni había podido huir del lujo. La habitación, aunque más sencilla que la anterior, no ocultaba su opulencia. Y no eran una, sino dos habitaciones las que tenía esa casa, y un baño conectada justo al final del pasillo.


Jaime entró a la habitación que estaba abierta, y dejó la bolsa de equipaje en la orilla de la cama.


― Espero que sea de su agrado.


¿De su agrado? Paula se lo quedó mirando de hito a hito.


― ¡Esto es demasiado!


― Si hay algo que desee cambiar, puede informarme y lo haré a la brevedad posible.


― ¿Puede llevarse todo y dejarme solo la cama y el refrigerador?


Ahora fue Jaime el consternado.


― Dije cambiar, señorita, no llevarme. El señor dejó indicaciones…


― Pero es que esto no es lo que pedí. Yo sólo quería un lugar para mí, reservado, no un penthouse. Esto está mejor equipado que mi…. ― Que mi casa, iba a decir Paula, pero se cortó en el último segundo. No quería dar a entender que vivía en la pobreza, y menos a Alfred, sirviente de Batman, que la veía con una ceja alzada. ― Cualquier lugar en los que he trabajado.


― Lamento mucho que no sea de su agrado señorita. Pero para eso, tendrá que hablar con el señor. Yo sólo he cumplido órdenes de hacerla sentir cómoda.


Bien, pensó Paula, ahora se sentía como una malagradecida.


― Mire, no es que me desagrade todo esto. Es sólo que yo soy una empleada aquí, como cualquiera, y esto ― y rodeo todo lo que había a su alrededor ― No creo que atiendan así a cada personal.


― El Joven es bueno con todos sus empleados ― enfatizó Jaime ― Pero creo señorita, que el Señor Alfonso la tiene catalogada en otro tipo de empleados.


― Pero sigue siendo demasiado sólo…


Jaime se dio la vuelta y salió de la habitación y pudo sentir a Paula detrás de él, pisándole los talones.


― Oiga, en serio, esto es demasiado.


Jaime se detuvo en la salita y colocó sus manos en la parte posterior de su cuerpo.


― Usted no es como Caroline, o Jess o Augusto, señorita. Usted está aquí para velar por la seguridad de las personas más importantes para nosotros. Creo que es la forma del Joven de expresar su gratitud al saber que si en algún momento pasara algo, contarían con usted. ― Caminó hasta la nevera y lo abrió mostrando el pequeño refrigerador abastecido ― y esta es la forma de Mariana de agradecerle su presencia. ― señaló entonces el mueble del televisor ― Augusto ayudó a meter los muebles, y acomodar, y Carol y Jess a limpiar. ¿Tengo que decirles que tienen que regresar las cosas y que todo el esfuerzo de esta tarde por hacerla sentir cómoda ha sido en vano?


Paula miró la casa nuevamente. Pudo imaginar a Mariana metiendo verduras y frutas en el refri, y a Augusto acarreando todas las cosas…


― Está bien. ― dijo muy a su pesar ― Por favor, no les cuente este episodio. No quiero que piensen…


― ¿De que episodio me habla? ― preguntó seriamente Jaime.


Paula no pudo evitarlo: sus labios se curvaron y sonrió abiertamente. Jaime algunas veces podía no ser tan estirado como pensaba.


― Gracias. En verdad…


― Pero por lo que más quiera, no vaya a poner sus pies encima de la mesa de centro. Es una reliquia. Y con los sillones, tenga cuidado que son de cuero. Y con la mesa…


Y otras veces, en verdad era una molestia. Paula exhaló profundamente y después dejó escapar una risilla, escarchando las indicaciones de Jaime.


Una hora después de escuchar la letanía de buenos modales de Jaime, Paula estaba saliendo de la ducha, y poniéndose unos cómodos pantalones de correr, y una camiseta negra enorme pero sumamente cómoda. Jaime le había dicho que la cena se servía a las ocho pero dada la agitación del día, podía excusarse por esa vez.


Paula abrió el refri y extrajo los ingredientes necesarios para poder hacerse un sándwich de jamón. Cuando terminó, admiró nuevamente la casa, y se sentó el mueble enfrente del televisor, tomó el mando y lo prendió. Lo apagó a los cinco segundos después. Una foto de su padre, y su slogan de “California, para los californianos” le dio ganas de vomitar. 


No sólo era un slogan racista sino de pésimo sentido del humor.


Se acabó la cena y pensó en puntos estratégicos para esconder sus armas, en la bolsa de Mary Poppins como a May le gustaba llamarla, llevaba no sólo sus ropas, sus accesorios y cosas complementarias, sino además, dos armas más aparte de Lou con municiones extras, una 40 Smith & Wesson, y una Magnum .22. En teoría, un guardaespaldas tenía ciertas limitaciones a la hora de portar armas, y más cuando trabajaba de manera independiente, pero gracias a sus contactos con el FBI y la CIA donde le habían ofrecido trabajo, esas limitaciones eran mínimas. Aún así, quería un lugar para esconder. Los hábitos no se perdían en un abrir y cerrar de ojos.


Miró el mueble y pensó en colocar a Smith ahí, pero después lo pensó mejor y miró a otro lugar. Entonces, alzó la mirada hacia el techo y observó detenidamente el ventilador blanco que estaba sobre ella. Si pegaba la funda de pistaba bien y no ponía el ventilador al máximo, ese era un buen lugar.


Pero lo malo era que aún de puntillas no le alcazaba. Era alta, pero el techo debía de estar por lo menos a más de tres metros. Pensó con sarcasmo en los ricos y su afición por tener techos que llegaran el cielo. Miró la mesa de centro unos segundos, pero la idea se desvaneció a los cinco segundos. Jaime había hablado en serio, nada de pies encima ni pararse sobre de él. Los sillones se veían tentadores, pero olían a nuevo, y no quiso pensar en si rasgaba la tapicería de cuero.


Fue a su habitación por la Smith, sacó su funda de velcro de la maleta, y le colocó un pedazo grande de cinta de doble vista que llevaba. Ahora sólo tenía que colocarla a cien metros de altura. Jaló entonces una de las sillas de la mesa, y se subió a ella. Se paró y estiró las manos y apenas si rozaba las aspas del aparato, así que con un esfuerzo se puso de puntas, pero se detuvo al momento, porque la silla empezó a tambalearse vertiginosamente. Abrió las piernas y colocó cada pie en un extremo diferente de la silla para poder hacer equilibrio. Entonces lo volvió a intentar. Se estiró y logró tocar el reverso de la veleta, pero quedaba muy a la orilla, entonces se hizo un poco más adelante… y se alzó más… un poco más para poder colocarla en donde quería.


Días más tarde, Paula llegaría a la conclusión de que su suerte no era la misma desde que los Alfonso habían entrado a su vida.


Logró colocar la pistola donde quería, y lanzó un grito de alegría, pero la silla no opinó lo mismo, y osciló sobre dos patas para quedar sobre una y entonces calló hacia atrás. 


Durante una fracción de segundo, Paula ya se había hecho la idea de disfrutar de un lindo golpe en la cadera o moretón por algún lado, pero no sintió nada.


Excepto unas fuertes manos alrededor de su cuerpo, y cuando abrió los ojos, se encontró con una mirada marrón brillando de furia.


― ¿Pero es qué intenta matarse? ― gritó Pedro sin soltarla.


Paula se perdió unos segundos en esa mirada. Su aliento raspaba su nariz, y sus labios estaban a milímetros de lo suyos. No eran finos, sino gruesos. Nunca había pensando en algunos labios de esa forma. Desde ese ángulo, los rasgos de Pedro eran impactantes.


Pedro no quería sonar tan severo, pero aquella mujer le había dado un susto de muerte. Verla tambalear de una simple silla y el sin saber como, sus reflejos se habían activado y había ido por ella. Con la ropa que llevaba puesta, notó que su mano podía rodear cómodamente su esbelto cuerpo, y empezó a relajar las manos, que antes la habían apresado como una jaula. Estaba tan cerca, y olía a fresco aire. Sin perfumes, sin colonias, sólo algún champú y ella. 


Miró sus encarnecidos labios y pensó que si bajaba su cabeza sólo unos pequeños grados, podría degustar de su sabor, y averiguar lo que le llevaba tanto tiempo dando vueltas por la cabeza esa mañana.


Pensó en todas las noches de soledad que había pasado desde la muerte de Julieta y de que ninguna mujer había logrado levantar ese aire de deseo en él. Y esa muchacha con unas simples mallas lo disparaba a la estratósfera. Su cuerpo empezaba a reaccionar al roce de sus curvas, al sentir sus pequeños pechos aplastados contra su torso…


¡Maldición!


“Mueve la cadera,Pedro, o te delatarás”, se reprendió a sí mismo, y entonces pudo salir de ese ensimismamiento en el que se había encontrado. Nada como quedar frente a alguien como un chico calenturiento de quince años.


Le costó todo su autocontrol para poder desviar su mirada.


― Le he hecho una pregunta.


Entonces Paula volvió a la vida y reparó en la situación en la que se encontraban. Estaba suspendida entre el piso y la mesa de centro que había movido para hacer campo a la silla. Su cabeza había estado a punto de tener un buen golpe con la orilla de la mesa y pensó que si Jaime hubiera entrado en vez de Pedro habría salvado a la mesa, o la habría llevado al hospital y a ella la habría dejado tirada en el piso.


Esa imagen se reprodujo en su mente y no pudo evitar soltar una carcajada.


― ¡Encima se ríe! ― Paula volvió a la realidad de nueva cuenta y miró a un Pedro muy enojado ― ¿Qué le da gracia? ¿Partirse el cuello?


Pedro la había empujado con su cuerpo hacia el sillón de dos piezas y habían caído sobre este, con Pedro encima de Paula. Tenía una pierna haciendo tierra y el cuerpo del Señor Alfonso entre sus piernas, y el primer pensamiento que tuvo fue que tenía las medidas exactas para un hombre como él. Ese mismo pensamiento le provocó un buen sonrojo del cuello a las orejas. Su boca distaba de un par de centímetros de la suya y su mirada era una tormenta de emociones.


― Lo siento. ― susurró Paula. Iba a decir algo más, pero Pedro le ganó.


― ¿Qué rayos hacía allá arriba? ― preguntó enojado. Paula observó que se le formaba unas leves arruguitas en las orillas de los ojos y como un pequeño hoyuelo en la barbilla en la parte derecha. ― ¿Es que el susto la dejó sin palabras?


¡Ah sí! Le había preguntado algo. Paula pensó en que decirle “Estoy escondiendo mis armas en lugares secretos” no sería lo apropiado. Además, dejaría de ser secreto.


― Estaba… estaba limpiando unas motas de polvo que vi. Cuando prendí el ventilador, me cayó un poco y quise limpiarlo.


Pedro entrecerró los ojos formando delgadas líneas.


― Se podría haber esperado a mañana y que Caroline lo hiciera, con una escalera.


El “escalera” fue dicho con mayor énfasis que las demás palabras. Ahora fu el turno de Paula de entrecerrar los ojos.


― No soy una inválida. Sé tomar un trapo y limpiar.


― ¿A costa de romperse el cuello?


Odiaba haberse sentido idiota, y odiaba que él pensara que era una tonta.


― Eso fue sólo un error de cálculo que no volverá a pasar. 
― Y antes de que Pedro siguiera con el regaño, Paula siguió ― ¿Señor Alfonso?


― ¿Qué? ― gritó Pedro.


― Puedo hacerle una observación muy personal…


Pedro se quedó sin respiración. Había esperado que la plática hiciera que su libido se esfumara, o por lo menos, que se mantuviera bajo control. Ahora si podía morir de vergüenza.


―… ¿Podría por favor moverse encima de mí? Me está aplastando las costillas y no es mi intención ir al hospital ahora.


Pedro saltó de encima de ella, y se puso en el extremo lejano del sillón. Se había olvidado de que la había arrojado contra el mueble y puesto todo su cuerpo contra el de ella.


― Lo siento.


― No se preocupe.


Paula se sentó en el mueble y se acomodó la ropa. Era algo tonto, pero estaba fuera de su entorno, no sólo era embarazoso que su jefe la hubiera rescatado de un simple golpe sino también era vergonzoso tener esos pensamientos precisamente de él.


― ¿Qué le traía por aquí? ― preguntó Paula mientras se levantaba del sofá e iba hacia la silla para volver a colocarla a su lugar.


Pedro agradeció a los cielos, por ahorrarle la pena de que Paula no viera en ese momento su estado. Se recompuso rápidamente y carraspeó una vez.


― Pase a comprobar que estés cómoda en el cuarto.


Paula se dio la vuelta y descansó su espalda contra la silla.


― Si, pero la verdad, debo decirle que es mucho. Yo pensé que era algo pequeño. No vi que fuera un mini castillo.


― Según sé su piso es más grande que esto.


Paula no se sorprendió de la noticia. Al parecer todos sabían mucho de ella.


― Sí, pero en mi piso… ― pensó en su piso, gris y con cajas. Llevaba años viviendo ahí y no había terminado de abrirlas todas. No tenía plantas, y su cama era un lindo sofá cama, comparado con eso, su piso era, bueno, no eran comparables ― No vamos a hablar de mi piso. A lo que voy es que una cama, y un baño habrían sido más que suficientes.


Pedro no hizo ningún movimiento, parecía como si no la hubiera escuchado. Hasta que habló.


― Además, también venía para pedirle disculpas por lo que pasó en la mañana con Larry.


Paula lo miró y volvió a bajar la cabeza.


― Oh.


¿Qué más podía decir?


― Miguel y yo hablamos con él, y le dejamos claro las cosas. Pero para alguien que está acostumbrado a hacer lo que quiere, creo que Larry hizo exactamente eso. Lamento mucho lo que pasó.


Paula lo volvió a mirar y se encontró con su mirada. Una mirada profunda que revelaba el más sincero arrepentimiento. Sí el estaba siendo sincero, ella también podía serlo. Desvió la mirada y pensó en la respuesta adecuada. Se había pasado todo el día pensado en ello también. Entonces empezó a negar con la cabeza.


― No, está bien.


Ahora fue el turno de Pedro de parecer sorprendido.


― ¿En serio?


― Bueno, he de confesar que en principio estaba pensando entre si pegarle un tiro entre las cejas, o buscarle una muerte dolorosa.


― Vaya, gracias.


Ambos rieron y se fueron relajando.


― Pero después lo pensé detentadamente y reflexioné. Si no me enfrentaba a esto ahora, lo tendría que hacer en otro momento. Soy la hija de mi padre, ― muy a su pesar pensó Paula, ― y pase lo que pase no lo puedo cambiar. Pero si puedo hacer otras cosas, como limpiar el nombre de mi madre. O algo aún mejor.


― ¿Y qué es?


― Pelear con los fantasmas del pasado, ganarles y olvidarme de ellos.


― ¿No sería más fácil olvidarse de ellos?


Paula pensó en su respuesta.


― En un principio si, pero a la larga, es lo peor. ― Al ver la mirada interrogativa de Pedro continuó ― Puedes vivir con ellos, hacerlos a un lado, pero siempre estarán presentes en tu vida, y si algo he visto en estos años es que cuando menos lo espera, estos fantasmas llegan y alteran todo.


Pedro se quedó pensado en las palabras de Paula, pensando en cuanta razón tenía de ello. Se le vino entonces a la cabeza la escena de su hija abrazándola y él escondido. Siempre había dejado a su hija a un lado, no porque no la amara, sino por que simplemente no sabía como lidiar con ella. Tan pequeña, tan frágil, tan importante para él. Había pensado erróneamente que no sus decisiones respecto a Sara habían sido las correctas, pero ahora se cuestionaba si en verdad lo habrían sido.


Se levantó cuidadosamente del mueble, cansado de todo el día. Miró a Paula y le dio una leve sonrisa.


― Una excelente filosofía. ― Dio un sonoro aplauso ― Bueno, viendo que está bien instalada, me paso a retirar.


Paula lo vio caminar hacia la puerta, pero no había pasado por alto esa luz en su mirada. Casi melancólica.


― Espere, ¿puedo hacer una pregunta?


― Adelante.


Paula esperó que no se lo tomara a mal, pero en verdad estaba intrigada con ello.


― La señora Perkins, ¿tiene mucho tiempo trabajando con usted?


Pedro frunció el ceño, pero aún así contestó.


― Ella fue la nodriza de mi esposa. Creo que eso dice mucho, no es así.


― Claro. ― Y era verdad, varias cosas empezaron a ajustarse en la mente de Paula.


― ¿Por qué lo pregunta?


Paula salió de sus pensamientos. Se moría de ganas de hablar con él de la Señora Perkins pero él le había dejado claro que cada quién se metería en su propia vida.


― Por nada en especial, solo curiosidad.


Como abogado, el instinto de Pedro le decía que había algo que ella ocultaba, pero por esa vez lo dejaría pasar.


― Cualquier cosa que pase, por favor informe a cualquiera. ¿Nos vemos mañana?


― ¿Eh?


― Para correr.


― Ah, claro, a la misma hora


Paula deslizó la puerta y lo observó marchar rumbo a la casa. Tenía muchas cosas que pensar esa noche.






CAPITULO 20




Sólo cinco minutos más. Paula miró su reloj por enésima vez y zapateó con su pie derecho. Nunca le habían gustado los loqueros, o psicólogos, como se habían llamar, después de haber dejado de contar ovejas por el número mil doscientos y algo, había hecho tablas de multiplicar mentalmente, y había intentado sin éxito por cuarta vez que Augusto dijera más de dos palabras coherentes, pero el tipo estaba sumergido en su revista. Y entonces recordó porqué no le gustaban los loqueros.


Cuando su madre había muerto, la habían obligado a ir con uno. Una sesión había sido suficiente. Según el doctor, Paula era una niña muy imaginaria, resentida, propensa a episodios de cólera, y que mentía para que todo mundo le hiciera caso, necesitaba ser el centro de atención. Eso fue lo que su padre le había dicho después de platicar con su psicólogo y que ella le confiara que su padre la había golpeado y le había enseñado la evidencia. El doctor le había dicho que eran “amigos” y ella había creído en él. 


Amigos su trasero, pensó Paula. El maldito la había delatado y se había tomado las cosas a broma. Y ella había pagado caro esa visita. Su padre la había amenazado con no contarle a nadie lo que había pasado esa noche, y había prohibido las visitas al doctor. Ella no se había quejado. Fue una de las pocas veces que estuvo de acuerdo con su padre. Sólo Samuel había sido su verdadera ayuda. Sólo él y nadie más.


El ruido de la puerta abriéndose le despertó de sus pensamientos. Primero vio a la doctora Gilmore y cuando se movió para despejar la entrada, entonces vio a Sara. Aún con su cabeza agachada, tenía los ojos rojos y su naricita respingada irritada y llevaba un pañuelo en su mano izquierda. Paula la miró horrorizada sin saber que decir, así que caminó hacia ella y la tomó de los brazos.


― Sara, ¿te encuentras bien? ― colocó una mano sobre su frente para ver si estaba enferma, pero en vez de caliente, la encontró fría y sudorosa.


― Quiero irme a casa. ― Su petición sonó en un pequeño susurro. Paula apenas la pudo escucharla porque Sara evitaba mirarla.


― Sara, ¿Qué te pasó? ― Paula miró con cara de pocos amigos a la doctora y volvió a mirar a la niña ― Sara…


― Nada. ― contestó la pequeña ― Por favor, Paula. Sólo quiero irme a casa.


Paula se puso de pie y con la mirada le dio a Augusto la orden de acercarse a ellas.


― Sara, quédate unos segundos con Augusto. Yo voy a hablar con la Doctora Gilmore un momento.


No le hizo ninguna petición a la doctora sino que la hizo retroceder y se encerró con ella. Esperó a cerrar la puerta y se encaró con la mujer...


― ¿Que pasó con Sara? ¿Que le hizo? ― Si bien no era un grito, su tono de voz era elevado, pero Paula necesitaba saber.


Robin ni siquiera se inmutó con la reacción de Paula.


― La niña está más dañada de lo que pensé. ― contestó calmadamente ― A Sara le está costando tiempo sobrellevar su situación.


― ¿Sobrellevar la situación? Pero hoy observé que su temor a estar dentro de los autos ha disminuido.


Al menos cuando habían regresado del colegio a la mansión, pero cuando habían viajado de ahí, para el consultorio, había sido otro cuento. Robin caminó hacia su escritorio y se sentó detrás de él.


― No puedo hablar de mi paciente con usted, tanto porque no es su familia como porque no es ético.


Paula tenía unas enormes ganas de tomar a la mujer y darle de golpes contra la pared.


― Sí, pues yo lamento decirle, que sea lo que sea que le ha dicho a esa pobre niña, la ha dejado toda llorosa y yo estoy contratada para velar por su seguridad. Y eso incluye su seguridad mental.


Paula no supo de donde salieron esas palabras.


― En verdad lo siento. Pero es parte del proceso de superar.


Al ver que no iba a agregar nada más,Paula entendió que era una causa perdida. Apretó los puños con fuerza y se dio la vuelta con rapidez.


― Espere… ― Paula se detuvo y la miró. Robin estudió la mirada de la mujer, y se sintió intrigada por lo que había detrás de ella. Pero no era su paciente ― Por favor, recuérdele al Señor Alfonso que tiene una visita pendiente conmigo. Quiero hablar con él, es por el bien de su hija, y sé que aunque está en campaña, su hija debe ser más importante en estos momentos.


Paula no contestó nada. Se giró y volvió a su camino. Cuando salió vio que Sara ya estaba más calmada, pero ella no se sentía tan relajada.


― Vamos Sara. Tenemos que regresar.


Durante el trayecto, Paula se preguntó cuantas veces Sara había salido así de ese consultorio. Augusto no se había mostrado sorprendido, pero no podía tomarlo contra él. 


Como todo hombre se sentía incómodo en situaciones así. 


Pues ella también. No sabía que rayos hacer para hacer sentir mejor a Sara.


Quizás en esos momentos, May sería de gran ayuda. 


Platicarían de sus sentimientos, un gran abrazo de familia, y esas chorradas New Age que le gustaba leer. Ella cuando se encontraba fuera de sus cabales lo único que hacía era…


― Augusto, por favor, detente en la próxima esquina, dobla hacia la derecha y detente en la siguiente tienda.


Augusto la miró sin entender una sola palabra, pero cumplió su petición. Si algo tenía Paula era un buen sentido de orientación y ubicación, el mejor de Los Ángeles. Augusto detuvo el auto y los miró a ambas.


― Espérenme aquí ― y sin esperar respuesta salió del auto.


Tres minutos más tarde y después de que Abraham Lincoln le guiñara el ojo al muchacho que atendía el negocio, dado que George Washington solo obtuvo un reverendo bufido, Paula regresó al auto más tranquila y feliz.


Extendió su cargamento.


― Una “Icee” de sabor limón para nuestro querido chofer, que dado que viene manejando, no podemos permitir que se le caiga un trozo en el traje. ― Le dio a Augusto una paleta que venía dentro de una bolsa lo que evitaba precisamente lo que había dicho. Si se llegase a caer la paleta, Augusto podría perder el control del auto, y no quería más malas noticias por ese día. Giró hacia Sara y le extendió su cono ― Y para nuestra linda pasajera, un helado doble de chocolate con chispas galleta, bañado con cubierta de chocolote y ralladura de coco.


Sara se quedó como una estatua. No sabía que hacer o decir. Hacía tiempo que no comía un helado, sólo los extraños y escasos yogures que Mariana le daba y sabían extraño.


― ¿No me digas que no te gusta el chocolate? ¡A todo el mundo le gusta el chocolate! Vamos, tómalo.


Sara miró la radiante sonrisa de Paula y estiró su mano para tomar el cono de helado.


― Yo… gracias. ― Lo saboreó y cerró los ojos automáticamente. Sintió como sus pupilas gustativas se contraían con semejante sabor. Sabía delicioso. Abrió los ojos y miró a Paula que comía de un botecito blanco ― ¿Y tú qué te compraste?


Paula enseñó su vaso.


― Un rico helado de yogurt doble de fresa y mango con cubierta de sirope. ― exclamó feliz Paula, exagerando su estado de ánimo.


Sara sonrió, no pudo evitarlo. Extendió su cono ya empezado hacia Paula.


― ¿Te la cambio?


Paula escondió su recipiente, alejándolo de ella.


― Ni por todo el oro del mundo. ― Miró a Augusto y observó que este estaba casi acabándose la paleta. ― Ahora, regresemos.


Augusto emprendió el caminó de regreso, y para animar más el ambiente Paula se estiró hacia el estéreo, pero antes de prenderlo, miró a Sara.


― ¿Música?


Sara se lamió el rastro de helado que sintió en su labio superior. Paula no estaba resultado ser nada de lo que había esperado. Asintió sonrientemente.


― Música.


Un accidente fuera del centro de L.A, hizo que llegaran a la morada más tarde de lo esperado. Lo que a Paula le extrañó fue que nadie les hubiera marcado para averiguar su paradero. Ni Pedro, ni Miguel, ni nadie. Paula se preguntó si era porque ellos sabían que Sara estaba con ella, o porque nadie había reparado en ellos. Con un nudo en el estómago, Paula temió que fuera por lo segundo.


Por el espejo miró a Sara, que ya se había calmado, luego del pequeño ataque de nervios cuando Augusto se había detenido abruptamente por el tráfico y Sara se había puesto molesta. Paula estaba empezando a calmarla y decirle que no era nadie detrás de ellos, pero Sara estaba molesta limpiándose un poco de helado que se había caído en su precioso vestido.Paula no supo si reír o llorar.


Para cuando llegaron, el sol ya se estaba ocultado en el horizonte, y sólo se veían los tonos morados y lilas en el cielo. Paula y Sara entraron, pero en vez de Jaime esperando por ellas, era la Señora Perkins quien estaba en la puerta y en cuanto vio a Sara abrió los ojos como dos platos extendidos.


― Pero Sara, ¿qué ha pasado con tu vestido?


Paula intercedió por ella rápidamente.


― No es su culpa, Augusto…


― No estoy hablando con usted, señorita. Sara sabe que toda dama tiene que estar pulcramente bien vestida. La apariencia importa.


― Es una niña, por Dios bendito, no una…


― Cuando le pida algún consejo sobre cómo cuidar y educar a una niña, entonces la escucharé atentamente. Hasta ese entonces, permita que siga con mi trabajo. He estado con ella desde que nació, así que creo que sé de qué hablo.


Tomó a Sara de la mano y la jaló con determinación hacia las escaleras, pero se quedó de piedra al ver que Sara se soltaba de su agarre para regresar con Paula. Corrió hacia ella y con sus delgados brazos la rodeo por la cintura, apoyando su cabeza en su vientre.


― Gracias Paula. ―- Y antes de que Paula pudiera contestar algo, Sara ya había salido corriendo hacia alas escaleras y las fue subiendo de dos en dos.


Ahora fue el turno de Paula de quedarse de una pieza. No podía moverse. Sara la había tomado desprevenida, y tan rápido como había sido ese abrazo, se había acabado. Lo que no entendía era ese extraño sentimiento que recorría su cuerpo. Dejó salir un leve suspiro y fue hacia la cocina a ver a Mary.


Pedro se mantuvo en las sombras del pasillo escondido. 


Regresaba de la casa de la piscina para ver si ya todo estaba dispuesto para el traslado de Paula, y entonces oyó el ruido del auto estacionándose y regresó a la casa para avisarle a su guarda de que todo estaba listo. Pero ver a su hija, a su propia hija abrazando a una extraña había podido con Pedro. Sara jamás lo abrazaba de esa manera, no lo miraba de la manera que había mirado a Paula, ni le había hablado con aquél tono de voz.


¿Desde cuándo se había convertido en un extraño para su hija?


Siempre que Sara y él estaban en la misma habitación, su hija se escondía de él. Cuando Julieta había muerto, Sara tenía sólo tres años, era un bebé, y él no sabía nada de bebés. Gracias a su madre y a la señora Perkins es que había logrado salir adelante con Sara. Pero Paula había logrado en dos días lo que él no había conseguido en años: una sonrisa verdadera y un abrazo de su propia pequeña.


Se quedó donde estaba, tratando de calmar la incertidumbre que le acogía.






CAPITULO 19






― Daría lo que fuera por no hacer nada.


Fue un leve susurro que Pedro emitió más para sí mismo. 


Se recostó contra su silla de cuero, y apoyó sus fuertes manos en las orejas del mismo. Estaba cansado. Carlos le daba papeles, Viviana le daba más papeles y Ramiro le seguía dando papeles. Tenía llamadas con senadores y patrocinadores de su campaña pendientes, invitaciones a las cuales tenía que confirmar… miles de cosas que hacer. Y sabía que podía dejarlas en manos de los demás, Viviana, Carlos y todos ellos estaban ahí para hacer eso, pero por alguna razón Pedro no quería perderse nada. Era su campaña, era su elección, era todo “su”.


Cuando se preguntaba porque hacía todo eso, sólo tenía que mirar la foto de su padre, que colgaba en su despacho. Había sido un gran hombre, que vivió por sus ideales. Él sólo esperaba ser la mitad de lo que él había sido.


Cerró los ojos y pensó en lo sucedido esa tarde. Larry se había escapado de su discurso, pero Miguel le había dicho que había hablado con él. Cuando se había comunicado con su amigo, le había explicado las condiciones de la entrevista, pero por lo visto al viejo Larry le habían entrado por un oído y salido por el otro. Podía recordar la mirada de Paula, enfurecida por que sus peticiones no habían sido hechas. 


Alzó su mano derecha y la miró ensimismado. Había detenido a Paula de puro milagro, evitando que se fuera sobre Larry. Su cintura había parecido tan estrecha y flacucha que sintió las costillas a través del traje. Y sin embargo, había sentido un calor encender su cuerpo.


No podía negarlo. Pero tampoco sabía que hacer con ello. 


Sólo llevaba dos días en su casa y ya estaba poniendo su mundo de cabeza. Su lado racional le decía que se debía a que llevaba mucho tiempo sin acostarse con una mujer. 


Cuando le habían detectado el cáncer a Julieta habían cesado de tener relaciones. Y después de su muerte, no había pensado en ello. Pero el lado más racional le dijo que no tenía porque echar llamas como un adolescente por una mujer que portaba una pistola como si fuera un lindo collar de diamantes. Había visto a muchas mujeres, y algunas incluso se le habían insinuado, pero no le habían llamado la atención en lo más mínimo.


Si le contara esto a Miguel, le diría que tenía un picor que rascar. Y por ello jamás hablaría de Miguel sobre eso. Paula no era cualquier “rascada”. Era su empleada, su inquilina, su guardaespaldas… También era suya.


¿Suya? ¿De donde había venido esa idea?


― Pedro, ― Viviana entró en la habitación ― Tenemos que dejar esto ya listo. ― Le tendió unos papeles ― Estos quieren que se firmen, y estos otros, que los leas, y opines de ello.


Pedro los miró sin ganas y pensó con dolor. “Adiós cinco minutos”.