martes, 2 de junio de 2015
CAPITULO 19
― Daría lo que fuera por no hacer nada.
Fue un leve susurro que Pedro emitió más para sí mismo.
Se recostó contra su silla de cuero, y apoyó sus fuertes manos en las orejas del mismo. Estaba cansado. Carlos le daba papeles, Viviana le daba más papeles y Ramiro le seguía dando papeles. Tenía llamadas con senadores y patrocinadores de su campaña pendientes, invitaciones a las cuales tenía que confirmar… miles de cosas que hacer. Y sabía que podía dejarlas en manos de los demás, Viviana, Carlos y todos ellos estaban ahí para hacer eso, pero por alguna razón Pedro no quería perderse nada. Era su campaña, era su elección, era todo “su”.
Cuando se preguntaba porque hacía todo eso, sólo tenía que mirar la foto de su padre, que colgaba en su despacho. Había sido un gran hombre, que vivió por sus ideales. Él sólo esperaba ser la mitad de lo que él había sido.
Cerró los ojos y pensó en lo sucedido esa tarde. Larry se había escapado de su discurso, pero Miguel le había dicho que había hablado con él. Cuando se había comunicado con su amigo, le había explicado las condiciones de la entrevista, pero por lo visto al viejo Larry le habían entrado por un oído y salido por el otro. Podía recordar la mirada de Paula, enfurecida por que sus peticiones no habían sido hechas.
Alzó su mano derecha y la miró ensimismado. Había detenido a Paula de puro milagro, evitando que se fuera sobre Larry. Su cintura había parecido tan estrecha y flacucha que sintió las costillas a través del traje. Y sin embargo, había sentido un calor encender su cuerpo.
No podía negarlo. Pero tampoco sabía que hacer con ello.
Sólo llevaba dos días en su casa y ya estaba poniendo su mundo de cabeza. Su lado racional le decía que se debía a que llevaba mucho tiempo sin acostarse con una mujer.
Cuando le habían detectado el cáncer a Julieta habían cesado de tener relaciones. Y después de su muerte, no había pensado en ello. Pero el lado más racional le dijo que no tenía porque echar llamas como un adolescente por una mujer que portaba una pistola como si fuera un lindo collar de diamantes. Había visto a muchas mujeres, y algunas incluso se le habían insinuado, pero no le habían llamado la atención en lo más mínimo.
Si le contara esto a Miguel, le diría que tenía un picor que rascar. Y por ello jamás hablaría de Miguel sobre eso. Paula no era cualquier “rascada”. Era su empleada, su inquilina, su guardaespaldas… También era suya.
¿Suya? ¿De donde había venido esa idea?
― Pedro, ― Viviana entró en la habitación ― Tenemos que dejar esto ya listo. ― Le tendió unos papeles ― Estos quieren que se firmen, y estos otros, que los leas, y opines de ello.
Pedro los miró sin ganas y pensó con dolor. “Adiós cinco minutos”.
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