martes, 2 de junio de 2015
CAPITULO 20
Sólo cinco minutos más. Paula miró su reloj por enésima vez y zapateó con su pie derecho. Nunca le habían gustado los loqueros, o psicólogos, como se habían llamar, después de haber dejado de contar ovejas por el número mil doscientos y algo, había hecho tablas de multiplicar mentalmente, y había intentado sin éxito por cuarta vez que Augusto dijera más de dos palabras coherentes, pero el tipo estaba sumergido en su revista. Y entonces recordó porqué no le gustaban los loqueros.
Cuando su madre había muerto, la habían obligado a ir con uno. Una sesión había sido suficiente. Según el doctor, Paula era una niña muy imaginaria, resentida, propensa a episodios de cólera, y que mentía para que todo mundo le hiciera caso, necesitaba ser el centro de atención. Eso fue lo que su padre le había dicho después de platicar con su psicólogo y que ella le confiara que su padre la había golpeado y le había enseñado la evidencia. El doctor le había dicho que eran “amigos” y ella había creído en él.
Amigos su trasero, pensó Paula. El maldito la había delatado y se había tomado las cosas a broma. Y ella había pagado caro esa visita. Su padre la había amenazado con no contarle a nadie lo que había pasado esa noche, y había prohibido las visitas al doctor. Ella no se había quejado. Fue una de las pocas veces que estuvo de acuerdo con su padre. Sólo Samuel había sido su verdadera ayuda. Sólo él y nadie más.
El ruido de la puerta abriéndose le despertó de sus pensamientos. Primero vio a la doctora Gilmore y cuando se movió para despejar la entrada, entonces vio a Sara. Aún con su cabeza agachada, tenía los ojos rojos y su naricita respingada irritada y llevaba un pañuelo en su mano izquierda. Paula la miró horrorizada sin saber que decir, así que caminó hacia ella y la tomó de los brazos.
― Sara, ¿te encuentras bien? ― colocó una mano sobre su frente para ver si estaba enferma, pero en vez de caliente, la encontró fría y sudorosa.
― Quiero irme a casa. ― Su petición sonó en un pequeño susurro. Paula apenas la pudo escucharla porque Sara evitaba mirarla.
― Sara, ¿Qué te pasó? ― Paula miró con cara de pocos amigos a la doctora y volvió a mirar a la niña ― Sara…
― Nada. ― contestó la pequeña ― Por favor, Paula. Sólo quiero irme a casa.
Paula se puso de pie y con la mirada le dio a Augusto la orden de acercarse a ellas.
― Sara, quédate unos segundos con Augusto. Yo voy a hablar con la Doctora Gilmore un momento.
No le hizo ninguna petición a la doctora sino que la hizo retroceder y se encerró con ella. Esperó a cerrar la puerta y se encaró con la mujer...
― ¿Que pasó con Sara? ¿Que le hizo? ― Si bien no era un grito, su tono de voz era elevado, pero Paula necesitaba saber.
Robin ni siquiera se inmutó con la reacción de Paula.
― La niña está más dañada de lo que pensé. ― contestó calmadamente ― A Sara le está costando tiempo sobrellevar su situación.
― ¿Sobrellevar la situación? Pero hoy observé que su temor a estar dentro de los autos ha disminuido.
Al menos cuando habían regresado del colegio a la mansión, pero cuando habían viajado de ahí, para el consultorio, había sido otro cuento. Robin caminó hacia su escritorio y se sentó detrás de él.
― No puedo hablar de mi paciente con usted, tanto porque no es su familia como porque no es ético.
Paula tenía unas enormes ganas de tomar a la mujer y darle de golpes contra la pared.
― Sí, pues yo lamento decirle, que sea lo que sea que le ha dicho a esa pobre niña, la ha dejado toda llorosa y yo estoy contratada para velar por su seguridad. Y eso incluye su seguridad mental.
Paula no supo de donde salieron esas palabras.
― En verdad lo siento. Pero es parte del proceso de superar.
Al ver que no iba a agregar nada más,Paula entendió que era una causa perdida. Apretó los puños con fuerza y se dio la vuelta con rapidez.
― Espere… ― Paula se detuvo y la miró. Robin estudió la mirada de la mujer, y se sintió intrigada por lo que había detrás de ella. Pero no era su paciente ― Por favor, recuérdele al Señor Alfonso que tiene una visita pendiente conmigo. Quiero hablar con él, es por el bien de su hija, y sé que aunque está en campaña, su hija debe ser más importante en estos momentos.
Paula no contestó nada. Se giró y volvió a su camino. Cuando salió vio que Sara ya estaba más calmada, pero ella no se sentía tan relajada.
― Vamos Sara. Tenemos que regresar.
Durante el trayecto, Paula se preguntó cuantas veces Sara había salido así de ese consultorio. Augusto no se había mostrado sorprendido, pero no podía tomarlo contra él.
Como todo hombre se sentía incómodo en situaciones así.
Pues ella también. No sabía que rayos hacer para hacer sentir mejor a Sara.
Quizás en esos momentos, May sería de gran ayuda.
Platicarían de sus sentimientos, un gran abrazo de familia, y esas chorradas New Age que le gustaba leer. Ella cuando se encontraba fuera de sus cabales lo único que hacía era…
― Augusto, por favor, detente en la próxima esquina, dobla hacia la derecha y detente en la siguiente tienda.
Augusto la miró sin entender una sola palabra, pero cumplió su petición. Si algo tenía Paula era un buen sentido de orientación y ubicación, el mejor de Los Ángeles. Augusto detuvo el auto y los miró a ambas.
― Espérenme aquí ― y sin esperar respuesta salió del auto.
Tres minutos más tarde y después de que Abraham Lincoln le guiñara el ojo al muchacho que atendía el negocio, dado que George Washington solo obtuvo un reverendo bufido, Paula regresó al auto más tranquila y feliz.
Extendió su cargamento.
― Una “Icee” de sabor limón para nuestro querido chofer, que dado que viene manejando, no podemos permitir que se le caiga un trozo en el traje. ― Le dio a Augusto una paleta que venía dentro de una bolsa lo que evitaba precisamente lo que había dicho. Si se llegase a caer la paleta, Augusto podría perder el control del auto, y no quería más malas noticias por ese día. Giró hacia Sara y le extendió su cono ― Y para nuestra linda pasajera, un helado doble de chocolate con chispas galleta, bañado con cubierta de chocolote y ralladura de coco.
Sara se quedó como una estatua. No sabía que hacer o decir. Hacía tiempo que no comía un helado, sólo los extraños y escasos yogures que Mariana le daba y sabían extraño.
― ¿No me digas que no te gusta el chocolate? ¡A todo el mundo le gusta el chocolate! Vamos, tómalo.
Sara miró la radiante sonrisa de Paula y estiró su mano para tomar el cono de helado.
― Yo… gracias. ― Lo saboreó y cerró los ojos automáticamente. Sintió como sus pupilas gustativas se contraían con semejante sabor. Sabía delicioso. Abrió los ojos y miró a Paula que comía de un botecito blanco ― ¿Y tú qué te compraste?
Paula enseñó su vaso.
― Un rico helado de yogurt doble de fresa y mango con cubierta de sirope. ― exclamó feliz Paula, exagerando su estado de ánimo.
Sara sonrió, no pudo evitarlo. Extendió su cono ya empezado hacia Paula.
― ¿Te la cambio?
Paula escondió su recipiente, alejándolo de ella.
― Ni por todo el oro del mundo. ― Miró a Augusto y observó que este estaba casi acabándose la paleta. ― Ahora, regresemos.
Augusto emprendió el caminó de regreso, y para animar más el ambiente Paula se estiró hacia el estéreo, pero antes de prenderlo, miró a Sara.
― ¿Música?
Sara se lamió el rastro de helado que sintió en su labio superior. Paula no estaba resultado ser nada de lo que había esperado. Asintió sonrientemente.
― Música.
Un accidente fuera del centro de L.A, hizo que llegaran a la morada más tarde de lo esperado. Lo que a Paula le extrañó fue que nadie les hubiera marcado para averiguar su paradero. Ni Pedro, ni Miguel, ni nadie. Paula se preguntó si era porque ellos sabían que Sara estaba con ella, o porque nadie había reparado en ellos. Con un nudo en el estómago, Paula temió que fuera por lo segundo.
Por el espejo miró a Sara, que ya se había calmado, luego del pequeño ataque de nervios cuando Augusto se había detenido abruptamente por el tráfico y Sara se había puesto molesta. Paula estaba empezando a calmarla y decirle que no era nadie detrás de ellos, pero Sara estaba molesta limpiándose un poco de helado que se había caído en su precioso vestido.Paula no supo si reír o llorar.
Para cuando llegaron, el sol ya se estaba ocultado en el horizonte, y sólo se veían los tonos morados y lilas en el cielo. Paula y Sara entraron, pero en vez de Jaime esperando por ellas, era la Señora Perkins quien estaba en la puerta y en cuanto vio a Sara abrió los ojos como dos platos extendidos.
― Pero Sara, ¿qué ha pasado con tu vestido?
Paula intercedió por ella rápidamente.
― No es su culpa, Augusto…
― No estoy hablando con usted, señorita. Sara sabe que toda dama tiene que estar pulcramente bien vestida. La apariencia importa.
― Es una niña, por Dios bendito, no una…
― Cuando le pida algún consejo sobre cómo cuidar y educar a una niña, entonces la escucharé atentamente. Hasta ese entonces, permita que siga con mi trabajo. He estado con ella desde que nació, así que creo que sé de qué hablo.
Tomó a Sara de la mano y la jaló con determinación hacia las escaleras, pero se quedó de piedra al ver que Sara se soltaba de su agarre para regresar con Paula. Corrió hacia ella y con sus delgados brazos la rodeo por la cintura, apoyando su cabeza en su vientre.
― Gracias Paula. ―- Y antes de que Paula pudiera contestar algo, Sara ya había salido corriendo hacia alas escaleras y las fue subiendo de dos en dos.
Ahora fue el turno de Paula de quedarse de una pieza. No podía moverse. Sara la había tomado desprevenida, y tan rápido como había sido ese abrazo, se había acabado. Lo que no entendía era ese extraño sentimiento que recorría su cuerpo. Dejó salir un leve suspiro y fue hacia la cocina a ver a Mary.
Pedro se mantuvo en las sombras del pasillo escondido.
Regresaba de la casa de la piscina para ver si ya todo estaba dispuesto para el traslado de Paula, y entonces oyó el ruido del auto estacionándose y regresó a la casa para avisarle a su guarda de que todo estaba listo. Pero ver a su hija, a su propia hija abrazando a una extraña había podido con Pedro. Sara jamás lo abrazaba de esa manera, no lo miraba de la manera que había mirado a Paula, ni le había hablado con aquél tono de voz.
¿Desde cuándo se había convertido en un extraño para su hija?
Siempre que Sara y él estaban en la misma habitación, su hija se escondía de él. Cuando Julieta había muerto, Sara tenía sólo tres años, era un bebé, y él no sabía nada de bebés. Gracias a su madre y a la señora Perkins es que había logrado salir adelante con Sara. Pero Paula había logrado en dos días lo que él no había conseguido en años: una sonrisa verdadera y un abrazo de su propia pequeña.
Se quedó donde estaba, tratando de calmar la incertidumbre que le acogía.
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