Carlos se había quedado más tiempo, platicando con Pedro sobre como proceder en el interés que los medios tendrían al enterarse de que medio departamento de policías había estado en la Casa Alfonso. Habían hablado y discutido miles de formas. Miguel había llegado también, y había ido directo a preguntar por como estaba Nadia. A todos les pareció normal, porque eran amigos, pero a Paula no le pasó desapercibido el gesto. Mientras, ella y Leandro habían mantenido una conferencia a puertas cerradas con Alex.
Esta le había prometido investigar a fondo todo lo que pudiera, y cuando Paula le confesó su teoría, debido a las insistencias de Leandro, Alex le había confesado que ella también pensaba aquello, así que hasta tener algo concreto, mantendrían aquella información entre ellos tres, pero con la condición de estar alertas.
A las diez y media de la noche la policía había hablado para avisar que la camioneta había sido encontrada, olvidada en Santa Bárbara. La placa coincidía, pero no habían encontrado nada por el momento. Además, la camioneta había sido reportada como robada sólo un día atrás. Aquello puso la piel de gallina a Paula. Quien quiera que fuera el maestro de aquel asalto, sabía perfectamente que ellas saldrían aquél día con la mínima protección. Sólo habían esperado el momento.
Eran pasadas de la media noche, cuando Paula y Pedro entraron en la cocina, cansados mentalmente de haber liado con todo aquello. Todos estaban ya dormidos y en sus habitaciones, sólo quedaban ellos despiertos.
Pedro pidió a Paula que se sentara y le colocó una taza con café enfrente. Después se sentó en una silla, simplemente mirándose. Paula tomó un sorbo y entrecerró los ojos al ver la mirada de Pedro.
― ¿Qué pasa?
― ¿Leandro sabe lo nuestro verdad?
― ¿Qué? ¿Cómo lo…? ― con la guardia baja, Pedro le había sacado la verdad. Cambio de sorprendida a enfadada ― Jugaste sucio, Alfonso.
― Lo sé. Pero me imaginé eso, porque fue el único que me miró a mí, en vez de a ti, cuando la policía te empezó a interrogar y te pusiste nerviosa.
Paula no había pensando que sus sentimientos habían sido tan evidentes.
― Lo siento, sé que debí decírtelo, pero… ― “pero soy tan egoísta que quise tenerte para mí unos días más”― Pero no puedo dejar que Leandro se vaya. No quiero que tengas que escoger ni nada. Ni mucho menos con lo sucedido hoy.
― Te entiendo.
― ¿Lo haces en verdad? ― preguntó Paula después de un rato.
Pedro volvió a llevarse la taza humeante a sus labios. Sabía que Leandro estaría cuestionándolos, a ella, a él, a ambos, pero sí el hubiera estado en la situación de Paula…
― Yo habría hecho lo mismo.
Le dio una sonrisa de complicidad y gratitud. Ella había esperado otra confrontación, pera quería protegerlos a ambos. A Leandro y a él. Se inclinó y estiró su mano sobre la mesa para tomar su mano, jugando con ella. Paula sentía el calor subir por su cuerpo. Pero recordó algo que le tenía en mente.
― Pedro, ¿alguien más sabía que íbamos a ir a Rodeo? ― preguntó con sutileza, como si fuera una pregunta casual. Sintió las caricias detenerse, pero no soltó su mano.
― Sólo a Carlos. ― volvió a renovar sus caricias ― A él le pareció una buena idea, aunque le hubiera gustado que un reportero las siguiera, para mostrar “el momento de las mujeres Alfonso”. Pero después el sólo se contestó que a la gente no le gustaría ver que se gastan fortunas en ropa.
―- ¿Sólo a él?
― Sí. ¿Por qué? ― Pedro tenía ahora el ceño fruncido y la frente arrugada. Estaba empezando a sospechar.
― Sólo por curiosidad... ― Paula le dio una falsa sonrisa. Si tenía que sospechar de alguien ese sería Carlos. Sabía toda la agenda de Pedro, conocía sus pasos, y bien decía el dicho de “Mantén a tus amigos cerca, y a tus enemigos aún más cerca”. Y Dios sabía que odiaba al rastrero ese que la miraba con repulsión, como si fuera una pordiosera. Pero aquello sería dejarse llevar por su propia opinión y no por la razón. Paula no le dio tiempo de responder ― ¿Cómo está Sara?
No le pasó por alto que ella quería cambiar de tema, y la verdad, es que ni él quería hablar de Leandro y lo sucedido.
Cruzó sus largas piernas una sobre la otra.
― ¿Qué pasó en Rodeo?
― ¿Qué quieres decir?
Pedro se encogió los hombros.
― Honestamente, pensé que Sara iba a estar más turbada, como la vez pasada. Pero actúa como si nada ― hizo una pausa y corrigió ― Bueno, no así de despreocupada, más bien, no sé, creo que se siente segura. Además, me acaba de pedir que busque en la guía de televisión si van a pasar “Pretty Woman”. Y que si no, que “por fa”, ― enfatizó con tono de niña de nueve años ― se la compre.
Con los codos en la mesa y la taza alzada, Paula tuvo que dejarla rápidamente para taparse la boca y ahogar la risa. Le daría otro enorme regalo a Maite por aquello.
― Digamos que le dieron un poco de cultura general.
― Mi hija viendo esa película, no lo puedo creer ― resopló Pedro.
Paula adoraba esa actitud de padre sobre protector. Se le formaban arruguitas en los ojos, y sus ojos brillaban divertidamente.
― Puedes verla con ella.
― Esa película es para mujeres. ― contestó indignado de la sola suposición de verla.
Ahora fue el turno de Paula de cruzar las piernas. Colocó un brazo en el respaldo de la silla y se frotó la barbilla.
― Porque tengo el presentimiento de que quieres pedirme algo.
― ¿Te importaría… verla con ella? Como supervisión. ― explicó rápidamente ― Es una niña, y esa película, bueno, trata de mujeres de la vida alegre… y con escenas…
― ¡Pedro! Te has sonrojado. ― Al saber que estaban solos, se aventuró en tomarle la mano y él le devolvió el apretón, jugando con sus pulgares.
― No le veo la gracia.
― Sara tiene nueve años, próximamente diez. Creo que ya sabe por lo menos, que los bebés no los trae la cigüeña. ― De repente, tuvo una epifanía ― Tengo una idea mejor.
* * * * * * * * *
― ¿Una pijamada? ¿En serio? ― Sara soltó sobre Pedro y lo abrazó de las piernas, que era hasta donde ella llegaba y habló mientras daba pequeños saltitos ― ¡Oh papi, gracias, gracias, gracias!
Mariana y Nadia sonreían al ver la alegría abordar el rostro de la niña. Jaime por otro lado, estaba escondido detrás de su periódico. Pedro miraba a Paula pidiendo ayuda, pero ella sólo sonreía y parecía deleitarse con la escena. Sara estaba con su uniforme de la escuela, lista para irse al colegio. Le había dicho que si hacían la pijamada un día antes de la comida, Sara tendría amigas con las cuales pasarse el día y no aburrirse. Además, era seguro, que los padres de algunas irían al almuerzo y así matarían dos pájaros de un tiro.
Pero no quería quedarse con todo el crédito
― En realidad…
Paula se acercó a ellos.
― ¡Perfecto! Sara, ― la niña la miró sin soltar a su padre ― Debes avisarme quienes van a venir, sólo para comprobar. Y que a todas las traiga alguien de confianza.
Sara asentía y asentía de su poder dar crédito a la sorpresa.
― Oh si, claro, claro. Yo… avisaré a Janet. Haré una lista con ella.
― Perfecto, nos vamos entonces.
Paula se terminó su malteada de fresa (Sara había pedido fresa, en vez de chocolate, así que a ella también le habían dado malteada de fresa), y se encaminó a la puerta. Llevaba la mochila de Sara en una mano y en la otra, mantenía abierta la puerta de la cocina, para salir.
Sara se despidió de todos en la cocina, caminó hacia Paula, pero en el último segundo, se giró y corrió a su padre, abrazándolo fuertemente. Pedro vio sus ojos cerrados, tranquilamente. Recordó aquél lejano día en que había sentido celos del abrazo que su hija le había dado a Paula. Ahora, el también recibía uno.
― Te quiero, papi ― susurró Sara, y se largó corriendo, dejando a todos atónitos.
Paula le sonrió como sólo ella podía hacerlo y cerró la puerta.
Dejaron a Sara en el colegio, quien salió disparada hacia su grupo de amigas, pero regresó porque se le había olvidado su maleta. Se despidió de Paula, y corrió para encontrarse con Janet y las demás nuevamente, y entre pláticas se dirigieron al salón.
Su celular sonó en ese momento. Vio el nombre de “Larry DeVitto” en la pantalla del móvil y abrió la tapa rápidamente.
Quizás tenía una nueva noticia sobre lo de su madre.
― ¡Larry! ¿Qué pasa? ¿Alguna novedad?
― Si, pero no creo que te guste.
Paula frunció el ceño. Odiaba esas palabras. De un tiempo para acá, lo único que tenía eran solamente malas noticias.
Exceptuando claro, la entrevista con Robin, que había dejado por los suelos al Dr. Randall. De ahí en fuera, todo apestaba.
― ¿Qué pasó?
― ¿Te acuerdas del forense? ¿El que me dijiste que investigara?
Paula le había pasado el nombre a Larry junto con las demás notas que había hecho. Ella también había investigado, pero sabía que las fuentes de Larry serían mejores que las suyas.
― ¿Lo encontraste?
― Falleció hace un par de años de un derrame cerebral.
Curvando los labios, Paula, suspiró.
― Vaya, eso pones las cosas más difíciles.
― Eso no es todo.
Ahora sí, eso llamó la atención de Paula.
― ¿Qué pasa?
Pudo sentir la tensión al otro lado de la línea. Si estuviera frente a Larry lo zarandearía para que hablara de una buena vez. Al fin oyó ― He hecho que mis fuentes buscaran algo más acerca del forense, y resulta que a parte de tu madre salió otro nombre de un conocido tuyo que él dictó carta de defunción.
Paula miró hacia la nada extrañada.
― ¿Otro? Pero sino no conozco… ― La voz se le quebró, al sentir un frío recorrer todo su cuerpo. Se colocó una mano una en la cabeza, porque sintió que el aire le faltaba y se desmaya en cualquier momento.
Colgó a Larry, no podía seguir oyendo más. Corrió al auto y azotó la puerta tras de sí. El chofer se la quedó mirando de hito a hito.
― Augusto, vamos a Pasadena. ¡Ahora!
Llegaron en menos de veinte minutos. Augusto no dijo nada, no peguntó, y Paula agradeció infinitamente eso. Saltó del auto y le rugió a Augusto que la esperara. Corrió a la puerta y tocó y apretó el timbre varias veces. Oyó a Marla avisar que ya iban y que dejaran de tocar. La esposa de Jorge abrió la puerta y la miró sorprendida.
― Pau, ¡qué milagro! Sí hubieras avisado, habríamos puesto otro plato para desayunar.
― ¿Está Jorge?
Marla la miró como si viera a un extraterrestre.
― Paula, estás blanca. ¿Estás enferma? ― le colocó una mano en la frente, pero Paula la tomó de la muñeca. Sabía como debía de estar, o al menos se lo imaginaba.
― Marla, te juro que después te lo explico. Ahora me urge hablar con Jorge.
Su amiga se abrió y dejó que entrara, aún sin entender y señaló hacia el pasillo.
― Está en el cuarto de Samuel, cambiándolo.
Sin decir nada más, Paula fue hacia la habitación que sabía estaba destinada para el pequeño Samuel, con Marla pisándole los talones. Jorge estaba de espaldas poniéndole talco en las nalguitas del bebé. Paula vio al bebé y su corazón se oprimió. Jorge sintió su presencia y se dio la vuelta.
―Pau, c… ― Se interrumpió al observarla mejor ― ¿Qué te pasa?
― Necesito hablar a solas contigo.
Jorge la observó bien y después asintió.
― Marla, toma al bebé.
Dejando al bebé a cargo de su madre, Jorge salió de la habitación y cerró la puerta detrás de sí.
― ¿Qué pasa? Me estas espantando. ― hablaba en susurros.
Paula no tenía tiempo para explicar. Tenía que comprobar unas cosas.
― ¿Tienes los papeles de defunción de tu padre?
― ¿Qué? ¿A qué viene todo eso?
― Solo dime si los tienes.
― Claro que sí. Están en mi oficina. ― Se adelantó y caminaron hacia el pequeño cuarto que la hacía de oficina, sala de lectura y juegos. Fue directo a su escritorio donde estaba la computadora y se hincó para abrir el último cajón y empezó a rebuscar. Se levantó al cabo de unos minutos, y le tendió unas hojas a Paula ― Ahora dime que rayos está pasando.
Paula sentía las manos sudar pero prácticamente le arrebató los papeles a Jorge. Empezó a buscar algo, sintiendo el pánico dominar cada célula de su cuerpo.
― ¿Le practicaron autopsia a tu padre? ― preguntó mientras buscaba.
― Pues la verdad es que no. Fue un ataque al corazón, los doctores así lo dijeron, y mamá pidió que se respetara el cuerpo de papá. Ya sabes.
“No hubo autopsia”. Aquella frase resonaba constantemente en su cabeza. Tal y como lo había sospechado, como en el caso de su madre. Y entonces lo encontró. Al final de la hoja, con nombre y firma.
Stan R. Elkins. Médico Forense.
Sintió la ancha mano de Jorge apresarle un brazo y aquello hizo que desviara la atención de los papeles.
― Y ahora me dirás que rayos está pasando.
¿Cómo podía explicárselo?, pensó Paula. Aquello saltaba de lo inverosímil. ¿Cuál era la probabilidad de que el mismo médico atendiera ambos casos? Una en miles. Pero quizás era casualidad.
“¿De verdad lo crees?”
La voz interior le roía el pecho. No podía pensar en aquello.
Agitó su cabeza de un lado a otro.
― Lo siento, pero no puedo hablar de ello.
Quiso salir de la habitación, pero Jorge se aferró a ella.
― Y una mierda, Paula, no me vengas con esas cosas. Es de mi padre quien estamos hablando.
Paula apretó los papeles. Ella mejor que nadie sabía de quien estaban hablando. Y por ello tenía miedo de confesar algo de lo que pudiera arrepentirse después.
― Lo sé, y por eso, te pido que me des tiempo para ordenar unas cosas. ― al ver la cara de Jorge, insistió aún más ― Si son sólo alucinaciones mías, no quiero alarmarte. Dame tiempo, por favor.
Supo que había ganado cuando el agarre de Jorge fue perdiendo fuerza hasta que la soltó.
― Júrame que me dirás de que va todo esto.
― Lo haré a su debido tiempo.
― Vale, pero ten cuidado, por favor. ― tomó su barbilla entre sus dedos y le obligó a que lo mirase ― No me gusta ver esa expresión en tu rostro. La última vez que la vi fue hace mucho tiempo.
Sí, Paula también sabía eso.
Y estaba empezando a creer por causa de la misma persona.
― Lo sé, gracias Jorge. ― Apretó su mano y le dio un beso en la mejilla, sofocando las ganas de llorar. Aquello no podía estar pasándoles a ellos. Volvió a mirarlo y trató de darle una sonrisa ― Te veo pasado mañana, ¿irás verdad?
― Y perderme una comida gratis, ni muerto.
Paula sonrió y salió de la casa sin despedirse de Marla ni el bebé. Jorge la observó marcharse desde la ventana. Llevaba conociéndola de muchos años, y a veces, sentía que incluso desde mucho antes. Y sabía que algo andaba mal. Tomó su celular y marcó, esperando respuestas. Cuando colgó, se dejó caer en el sillón, pasmado y sin saber que decir. En vez de respuestas, había encontrado más preguntas, y la única que le podía responder, se negaba a hablar.
La puerta de su habitación se abrió y se encontró a Paula en el umbral de ella.
― Sara, nos vamos de compras.
Sara la miró sin entender nada. Paula sería una de las últimas personas en las que estaría interesada en la moda.
Se vestía bien, pero no la veía comprando Versace o Carolina Herrera. Era más del tipo “Me queda, me gusta, me lo llevo, y si tiene tres del mismo, mejor”, como decía Janet que había mujeres que llegaban a la tienda de su madre.
― ¿Compras? ¿Nosotras?
Paula sonrió ante la pregunta de Sara. Sabía mejor que nadie que aquella sería la última palabra que alguien esperaría saliera de sus labios. Ni ella misma entendía como se había dejado embaucar en todo esto.
― En realidad, es día de chicas. ― Se acercó a la cama de Sara, donde tenía desperdigados libros y a Coco encima. Hizo a un lado unas libretas y se sentó ― Veras, la comida de tu padre es en tres días mañana, y creo que necesitas ropa acorde a ella.
Sara alzó a Coco de su cama para ponerla entre sus piernas y acariciarla.
― Aún no sé como Carlos y Viviana no dieron el grito en el cielo al saber de esa idea de papá.
Paula apretó los labios.
― Yo tampoco, pero, eso nos sirve para salir. ― Ella necesitaba unos momentos fuera de la casa para pensar. Y esa era una buena excusa. Se levantó y le dio un palmadita en la rodilla ― Tu abuela vendrá con nosotras, al igual que Clarisse junto con Janet y he invitado a una amiga mía para que nos acompañara.
En arrebato había invitado a Maite a las compras. Cuando le dijo a dónde iba y con quien, se anotó antes de que Paula le extendiera la invitación oficial. Sara se bajó de la cama y le dio un beso a Coco antes de ponerla de nuevo en la cama.
― ¿Vamos a ir a comprar con la Sra. Montgomery?
― No pequeña. Algo aún mejor. Cámbiate y te espero abajo. Clarisse vendrá por nosotras. Y Sara… ― hizo una pausa al ver su atuendo, normal para ella, en vestidos fru fru, que a Paula le hacían sudar frío ― Ponte lo más discreto que tengas. Por favor.
Sara le dio una cálida sonrisa y se fue a cambiar. Paula bajó las escaleras calmada y agitada. El día anterior había llamado a Clarisse para pedirle de favor que le buscara un traje acorde a la comida de Alfonso, y lo siguiente que supo es que habían quedado para salir de compras. Ah, no, pero si ella tenía que sufrir ese día, se llevaría a cuanto víctima pudiera ser posible. Nadia había aceptado encantada, y cuando Paula le había dicho que irían de incógnitas, Nadia le había dado un guiño y le había dicho que la vería cuando fueran a partir. Parecía que el misterio le encantaba a todas las mujeres.
Todas estaban emocionadas, mientras que ella se estaba preparando psicológicamente para horas y horas de tortura llamada compras. Curvó sus labios, cansada. Si fueran a ver una exposición de autos, iría de lo más encantada: motores, asientos, nuevos modelos… No sabía que veían de grandioso en ir de compras, cuando lo único que tenías que escoger era una blusa, un pantalón, ropa interior decente, y se acabó.
Una voz masculina la sacó de sus pensamientos.
― ¿Ya están listas?
Paula se dio la vuelta para enfrentarse a Pedro. Ese día vestía un traje oscuro, que hacía resaltar su castaña cabellera y sus ojos chocolatosos que le hacían desfallecer las piernas… cuando estaban solos. Habían ido a un temprano desayuno con un congresista y luego a su casa de campaña, donde sus voluntarios lo recibieron encantados. Había estado un par de minutos con Ramiro, saludando gente, y se habían regresado a la casa, para terminar los preparativos para su propia fiesta.
Desde el día en que había abierto su alma ante él había encontrado placentero cada momento que compartían, ya fuera escondidos o como aquellos.
― Sí Alfonso, tranquilo.
Pedro se acercó hacia ella, pero mantuvo una distancia discreta.
― Me gustaría que llevaras a Augusto y a Leandro.
Alzando los ojos al cielo, Paula sonrió y le dio unas palmadas con la mano derecha.
― Mira Mamá Ganso, ― tuvo que morderse el labio para no reírse de Pedro, al verlo arquear una ceja ― yo iré con ella. Tu madre irá con nosotros. ¿Qué más puedes pedir? ― Además, vamos puras mujeres. Con Leandro y Augusto pensaran que somos familia de los Onassis o algo así, con guardias por todos lados. O peor, se quedaran mirando a ambos y a nosotras nos ignorarán.
― No tiene gracia. Me preocupo por ust… ― Al ver la mirada de advertencia de Paula, Pedro cambio la última palabra ― por ellas.
― Decididamente, tienes que romper el cordón umbilical, Alfonso.
― Apenas lo acabo de atar, así que no las dejaré ir tan fácil.
No hablaba sólo de Sara. A pesar de que ninguno de los dos había hablado de amor o promesas, ambos sabían que son especial el uno para el otro, y ambos sabían que todo lo bueno tiene un fin. Mantuvieron la mirada fija y se perdieron en su propio mundo de silencio y palabras no dichas.
La radio sonó, haciendo sobresaltar a ambos.
― ¿Qué pasa?
― Clarisse Montgomery está en la puerta. ― contestó Leandro al otro lado, desde su base con tono cortante.
― Déjala entrar. Gracias Lean.
Leandro no contestó nada. Desde el día del enfrentamiento se había mostrado osco con ella, reacio a escucharla y la había evitado como la peste. Paula lo había dejado por la paz después de tres días de andar detrás de él. Lo único que le había pedido fue que no dijera nada a nadie (eso incluía a Pedro), y Leandro le había contestado con un resoplido y nada más.
― Es en serio. ― insistió Paula, recordando la conversación anterior ― No es necesario, además, Leandro y yo ― dijo alzando la radio ― estamos un poco distantes.
― Eso te iba a preguntar, el otro día le dí los buenos días y me contestó fríamente. ¿Qué le pasa?
Paula se mordió la lengua para no contestarle la verdad. No quería echar mas leña al fuego.
― Tiene su mes, por eso está así. ― contestó alzando la mano, quitándole importancia y mirando hacia las escaleras, esperando que Sara y Nadia bajaran pronto.
Pedro había aprendido a leer más allá de las expresiones de Paula. Risa fingida, gestos con manos, miradas esquivas…
― ¿Qué no me estás diciendo?
Ella se hizo la ofendida.
― Nada.
― Ya me lo dirás. Bueno, yo me iré a hablar con Carlos para ver que todo esté preparado para la “gran fiesta”.
― ¿Estás seguro de esto, Alfonso?
Cuando ella le había compartido su idea, había sido más un juego que otra cosa. No había esperado a que Pedro se la tomara en serio.
― Es muy tarde para arrepentirme, ¿no lo crees?. No tienes idea de la cantidad de llamadas que Daniela y Magdalena han tenido que contestar preguntando si era en serio mi invitación. Algunos ya han confirmado su asistencia. Así que ― alzó los hombros y suspiró ― sólo nos queda esperar.
Paula asintió afirmativa y pensativamente.
― Estoy lista. ― dijo una vocecilla.
Ambos se giraron para ver a Sara con un vestido (cosa que Paula iba a cambiar) de corte al busto, estampado. Parecía flotar con la ropa.
― ¿Ya nos vamos? ― preguntó al llegar ante los adultos.
― Sólo esperamos a tu abuela. Clarisse ya ha de estar afuera.
Una voz más madura habló entonces.
― Entonces larguémonos.
Nadia vestía con unos pantalones capri en tono naranja y una sudadera amarilla, con unos tenis Converse de cuadros, una boina a juego con los tenis. Los tres se quedaron sin palabras al verla bajar tan decidida de las encelaras.
― ¡Madre! ― exclamó Pedro, el primero en reaccionar.
Nadia llegó ante ellos y dio una lenta vuelta sobre su eje, después caminó hacia Pedro y le cerró la boca.
― ¡Oh vamos, que no sabes que tu madre es una mujer también! ― miró a las dos mujeres ― Este de mi hijo, a veces es tan conservador.
― Abuela, te ves genial.
― ¿Verdad que sí, cariño? ― dijo dando otra vuelta ― Y cuando regresemos, veras que tú también te verás súper. ― termino Nadia con usando un tono de chica de quince años.
Paula soltó una carcajada que después la ahogó en un carraspeo al ver que todos la miraron. El timbre sonó y Sara fue rápidamente a abrir la puerta. Janet estaba en la entrada y desde lo lejos pudo ver a Clarisse y a Maite afuera del auto esperando.
― ¿Sabes de que va esto? ― preguntó Sara aún en la puerta, mirando a su abuela y a Paula.
― Ni idea, pero mi mamá me pidió que me pusiera la ropa menos formal que tuviera. ― Iba vestida con unos jeans de mezclilla y una blusa estampada y tenis y una gorra. Señaló hacia el auto ― Mírala a ella, parece una adolescente.
Paula, quien había oído la conversación, miró a Clarisse.
Efectivamente, vestía unos pantalones a la cadera apretados negros y una blusa rosada fosforescente y su pelo alzado en un coleta. Maite en cambio vestía una falda gitana a la cadera también, y un top café. Genial, llamen al manicomio, pensó Paula.
Sara y Nadia salieron a saludar y presentarse. Al menos Clarisse no había traído su Jaguar rojo y había echo caso de Paula y llevaba una camioneta cerrada Blazer. Hizo un gesto al pensar en la tarde que le esperaba. Sara y Nadia ni se despidieron de Pedro, ya estaba en el auto.
― Bueno Alfonso, nos vemos en un par de horas.
― Paula, por favor, cuida…
Ella alzó las manos, calmándolo.
― Lo haré Alfonso, tranquilo.
Pedro miraba el auto lleno de hormonas y mujeres. Después miró a Paula, la única voz de la razón.
― En realidad te iba a pedir que cuidaras a Sara de las locuras de mi madre.
Cerrando los ojos y agitando la cabeza lentamente, Paula le dio una sonrisa. Deseaba despedirse con un beso, pero no podía. En vez de eso, le guiñó el ojo.
― Nos vemos más tarde.
Cuando Paula llegó al auto, todas estaban acomodas esperándola. Le habían reservado el asiento de copiloto y se abrochó el cinturón de seguridad.
― Bien, niñas. Nos vamos. Despídanse.
Todas saludaron a Pedro, que seguía aún en la puerta.
Leandro las dejó salir de la residencia y se giró hacia su vieja amiga.
― Muchas gracias, Clarisse, y gracias por pasar por Maite.
En la parte de atrás, la plática estaba animada, las dos adultas y las dos niñas, platicando de quien sabe que. Clarisse le extendió la mano.
― Al contrario, es un placer. Y tu amiga me cae muy bien.
Paula había temido algo así.
― Si claro, ambas están locas de remate.
― Oí mi nombre ― dijo Maite, asomando la cabeza entre los asientos delanteros. ― Vamos Pau, será toda una experiencia. ― contestó feliz.
― Sí claro, miren como me divierto. ― contestó con sarcasmo ― Yo sólo quería pedir la talla de Sara y comprarle algo cómodo para la comida. Voy con esta ― señala a Clarisse ― y me meto en todo este lío.
― Eh… ― Sara se acercó hacia donde estaban todas las mujeres ― ¿A dónde vamos?
― ¡Rodeo Drive, baby! ― gritaron tres mujeres excitadas.
Clarisse prendió el estéreo del auto y fue en busca la canción acorde a esa salida. Roy Orbison empezó a sonar a todo volumen dentro del coche,
― “Pretty Woman, walking down the street, Pretty Woman, the kind I like to meet, Pretty woman, I don’t…”
Paula y Sara compartieron una mirada de sorpresa, cuando todas las mujeres del auto, empezaron a contar como si estuvieran en un concierto en vivo. Observó a Sara encogerse de hombros y empezar a tararear la melodía.
Traidora, pensó Paula sonriendo al verla feliz. Después miró al grupo de mujeres alocadas cantando la famosa banda sonora de la película. Nada más acorde para la ocasión.
Llegaron a Rodeo Drive, alrededor del medio día. Clarisse parecía estar como pez en el agua y se conocía las calles como la palma de su mano. Dejaron el auto en un estacionamiento cercano y todas salieron y empezaron en la primera manzana. Parecían más un grupo de amigas y familiares que iban de compras. ¡Excelente!, pensó Paula. Al menos nadie intentaría curiosear con ellas.
Rodeo Drive era un área de más o menos tres manzanas en Berverly Hills. No sabían muy bien de donde provenía el nombre pero a nadie le importaba la historia de ello. Sólo les interesaban las tiendas de lujo que había en las calles. Paula aprendió los nuevos nombres de la tortura: Bulgari, Cartier, Chanel, Dior, Dolce & Gabbana, Georgio Armani, Gucci, Harry Winston, Louis Vuitton, Prada, Ralph Lauren, Tiffany & Co., Valentino, Versace, y la lista seguía y seguía. Las mujeres mayores estaban encantadas yendo de un lado a otro. Las más pequeñas, fascinadas de todo lo que vendían, y hechizadas de ver a las mujeres mayores divertirse como niñas. Paula, por su parte, aún no encontraba el placer de comprar y comprar cosas tan caras, y seguramente, jamás lo encontraría.
A petición de May y Sara, quien parecía jamás haber visitado la zona, dieron una vuelta por Hollywood Boulevard. Se encontraron con falsas Marilyn Monroe, Charles Chaplin, Terminator, princesas de Disney, y Sara y Janet parecían tan radiantes, tomándose fotos con cada actor que veían pasar.
Llegaron a la esquina del área sur del Boulevard, donde se había filmado la película “Pretty Woman, que resultaba ser una de las favoritas de Maite. Relató la escena con lujo de detalle, contestando a cada pregunta de Sara, y Paula tuvo que taparle la boca y darle un codazo cuando había empezado a ser tan explícita. Pedro la mataría si se enteraba de lo que May le platicaba a su hija.
Encontraron centros comerciales y parecían no terminar.
Entraban a una y ya parecían estar en otra. Pero al ver la cara de felicidad de Sara supo que el día había valido la pena. Recordó la niña tímida y temerosa que había conocido meses atrás, y sintió su corazón agitarse. Sonreía y gritaba y reía como cualquier niña debería de hacerlo. Con Clarisse como asesora de modas, y Janet para dar su punto de vista infantil, le había comprado casi todo un guardarropa a Sara que consistían en blusas, pantalones de todos colores y texturas, accesorios. Nadia había pagado una parte, y la Tarjeta Dorada de Pedro lo demás.
Aunque no podía negar que había hecho sus propias compras. Había entrado a la sección de lencería, aprovechando el despiste de todas las demás, pero la vergüenza había podido con ella. En su vida, se pondría una cosa tan escandalosa como las que veía en los maniquís. En vez de eso, y pensando en la película-ídolo de May, se compró una corbata. Si no mal recordaba, a Julia Roberts le había servido mejor que un body. Sin embargo, cuando había comprado la corbata, había sentido la mirada de alguien sobre ella.
Era la misma sensación que había tenido anteriormente.
Justo como lo sucedido en San Francisco. Había buscado discretamente al causante de esa sensación de incomodidad, pero no había dado con nadie. Desde ese momento, se había puesto en alerta.
Eran ya las cinco de la tarde cuando por fin (Paula casi grita a los cielos, completamente aliviada) todas estaban cansadas, se detuvieron a comer en Koreatown, y después, regresaban a la residencia totalmente exhaustas.
Paula miró el espejo retrovisor. Todas iban enfrascadas en la plática, recordando lo sucedido ese día, pero Paula iba alerta al camino. Tenía una mala corazonada, una camioneta negra de vidrios oscuros parecía seguirlas, pero no quería alarmar a las demás. Quizás iban a doblar en la siguiente esquina. Les dio dos cuadras más, pero seguían detrás de ellas. Y eso ya no le gustó. Tocó la rodilla de Clarisse, llamando discretamente su atención.
― Clarisse, dobla en la calle que sigue.
― ¿Qué sucede? ― Paula no dijo nada, sólo agitó su cabeza negativamente. Clarisse llevó su mirada instintivamente hacia el espejo ― ¿Nos siguen?
La plática en la parte trasera se fue apagando y Paula sintió la tensión reinar en el auto.
― Sólo sigue conduciendo, y luego te diré. ― Miró por donde estaban, aún faltaba para llegar a la Mansión. Buscó mentalmente un lugar donde… chaqueó los dedos.― Al doblar aquí, hay una autostop de helados. Mientras pedimos algunos vamos a cambiar de asientos, sin bajarnos del auto. ― se giró hacia las mujeres en la parte de atrás ― No pasa nada, es sólo por precaución. ― Su mirada se enfocó en la de Sara. ― Todo está bien, no nos pasará nada, ¿vale?
Sara asintió afirmativamente, y tomó la mano de Janet.
Llegaron al autostop y aunque un poco aturdidas, todas empezaron a pedir. La dependienta se quedó un poco extrañada al ver que Paula y Clarisse cambiaban de asiento, pero no dijo nada. Doce minutos después, cada una servida con sus respectivos dulce, Paula emprendió la marcha de regreso, pero ahora tomó un camino aledaño. La camioneta había desaparecido, pero Paula no se confiaba de ello.
Clarisse empezó a entablar plática, un poco forzada, para evitar que cayeran en pánico, Maite y Nadia le siguieron rápidamente la corriente. Dos manzanas más adelante la camioneta negra volvió a aparecer. Empezó a desacelerar, y vio que la camioneta lo hizo también. Eso a Paula ya le empezó a oler mal.
― Ajústense los cinturones por favor. ― aunque por su tono, no era una petición.
Paula apretó el acelerador hasta el fondo y oyó el rechinar de las llantas. Mientras, sacó el celular de su chamarra y le pidió a Clarisse que marcara el 5, que era la clave de marcación rápida de Leandro. Cuando la llamada entró, Clarisse le extendió el teléfono al oído, mientras ella conducía esquivando coches y señales.
― Lean, no puedo hablar… Alguien está detrás de nosotras. No… No sé quien es y no quiero averiguarlo ahora. Estamos en Koreatown, en calle Olympic Oeste, voy a entrar en
Wiltshire Boulevard en aproximadamente diez minutos. Por favor, en cuanto te marque, abres el portón sin esperar.
Colgó y salió disparada. La camioneta la seguía acortando la distancia. Rogaba al cielo que no se soltaran a disparar, porque entonces no sabría que hacer. Dio vueltas en U y algunas prohibidas, milagrosamente ningún policía los había detenido. Cuando vio la casa cerca, pidió a Clarisse que marcara a Leandro y colgara, después observó que la camioneta había desaparecido. Paula llegó justo al segundo en que Leandro terminaba de abrir la reja, y dos segundos después, la cerraba.
Paula se estacionó en la entrada de la casa, donde Pedro, Jaime y Mariana los esperan.
― ¿Qué pasó? ― rugió Pedro al ver las caras pálidas de casi todas las mujeres. Una a una fueron saliendo.
Paula descendió del auto pero no fue hacia Pedro, sino hacia Leadro, que venía corriendo del cuarto de cámaras
― Leandro, no nos siguió, ¿verdad?
Leandro negó con la cabeza.
― Enfoqué la cámara de seguridad del lado donde venían hacia ti. No vi nada.
Paula se abstuvo de contestar con graserías. Volvió hacia las mujeres y se acercó hacia su pequeña.
― Sara, ¿estás bien?
Ella asintió. Pedro la tomó del brazo, medio furioso, medio asustado.
― ¿Qué rayos pasó ahí afuera?
― Tenemos que llamar a la policía. Entonces te lo contaré.
Mariana los había llevado a todos a la cocina para preparar café, té, y malteadas y que se calmaran. Antes de entrar, Paula pidió en silencio a Pedro que esperara.
― Lo siento. ― había susurrado Paula, antes de que no tuviera oportunidad esa noche.
― ¿Qué rayos sientes?
― Si hubiera hecho caso a tu sugerencia, nada de esto habría pasado. No debí…
Pedro la tomó con fuerza de los brazos.
― Paula, están a salvo. Todas.
― Tenemos que hablar a la policía ahora.
― Lo sé. Llamaré a Carlos para que se encargue de esto.
Mientras Pedro hablaba a Carlos, ella se dedicó a llamar al Departamento de Policía de Los Ángeles. Quince minutos después, las sirenas llenaron la zona, Leandro fue conciente de a quien iba dejando pasar a la fortaleza. Los uniformados llenaron la casa, haciendo preguntas. Las placas de LAPD estaban por todas partes.
Pedro estuvo a su lado cuando oyó su declaración, y para fortuna de todos, Paula había podido ver las placas de la camioneta. Los guardias la apuntaron y prometieron mantenerlos avisados. Uno de ellos, a petición de Alfonso, se encargó de llevar a May a su casa, y colocarle vigilancia preventiva por unos días. Matt, el esposo de Clarisse llegó por ella y por Janet entrada la noche. El pobre hombre había llegado hecho un manojo de nervios y había revisado a ambas de pies a cabeza. Después había saludado a Pedro y a Paula. Con el detective a cargo de la investigación, Paula y Pedro habían tenido que confesar el atentado truncado que habían hecho meses atrás con Sara. Paula había compartido un poco de la información que había obtenido de Alex, pero no todo, porque no quería que eso se escapara a la prensa.
Leandro la encontró en la cocina, escondida con sus pensamientos, tomando un gran vaso con agua helada.
― ¿Estas bien?
― Sí, estoy bien. ― Y dio otro trago al agua.
― No lo pareces.
Paula se la acabó de dos golpes y dejó el vaso en la encimera. Cerró los ojos y susurró más para ella que para Leandro.
― No pasó nada. No pasó nada. No pasó nada…
― Ojala te creyeras tus palabras. ― contestó con sarcasmo.
Abrió los ojos y le dirigió una mirada gélida a Leandro.
― Leandro, déjame en paz.
La miró con detenimiento. Por lo bien que la conocía, sabía que algo estaba pasando y no había dicho nada.
― ¿Qué tienes rondando por la cabeza, mujercita?
― Nada.
― Paula… ― insistió con tono demandante.
Paula se dio la vuelta y se recargó contra la puerta del refrigerador, entrelazó sus brazos y miró hacia abajo.
― Nadie sabía que íbamos a salir. Nadie nos siguió en todo el camino en Rodeo Drive. Nos estaban esperando en Rodeo Drive. ― comentó Paula enfatizando la palabra “En”.
Leandro alzó una ceja, y se sobó el cuello.
― ¿Tienes idea de lo que estas queriendo decir?
Paula asintió.
― Que tenemos un topo en la casa