sábado, 13 de junio de 2015

CAPITULO 58





Carlos se había quedado más tiempo, platicando con Pedro sobre como proceder en el interés que los medios tendrían al enterarse de que medio departamento de policías había estado en la Casa Alfonso. Habían hablado y discutido miles de formas. Miguel había llegado también, y había ido directo a preguntar por como estaba Nadia. A todos les pareció normal, porque eran amigos, pero a Paula no le pasó desapercibido el gesto. Mientras, ella y Leandro habían mantenido una conferencia a puertas cerradas con Alex. 


Esta le había prometido investigar a fondo todo lo que pudiera, y cuando Paula le confesó su teoría, debido a las insistencias de Leandro, Alex le había confesado que ella también pensaba aquello, así que hasta tener algo concreto, mantendrían aquella información entre ellos tres, pero con la condición de estar alertas.


A las diez y media de la noche la policía había hablado para avisar que la camioneta había sido encontrada, olvidada en Santa Bárbara. La placa coincidía, pero no habían encontrado nada por el momento. Además, la camioneta había sido reportada como robada sólo un día atrás. Aquello puso la piel de gallina a Paula. Quien quiera que fuera el maestro de aquel asalto, sabía perfectamente que ellas saldrían aquél día con la mínima protección. Sólo habían esperado el momento.


Eran pasadas de la media noche, cuando Paula y Pedro entraron en la cocina, cansados mentalmente de haber liado con todo aquello. Todos estaban ya dormidos y en sus habitaciones, sólo quedaban ellos despiertos. 


Pedro pidió a Paula que se sentara y le colocó una taza con café enfrente. Después se sentó en una silla, simplemente mirándose. Paula tomó un sorbo y entrecerró los ojos al ver la mirada de Pedro.


― ¿Qué pasa?


― ¿Leandro sabe lo nuestro verdad?


― ¿Qué? ¿Cómo lo…? ― con la guardia baja, Pedro le había sacado la verdad. Cambio de sorprendida a enfadada ― Jugaste sucio, Alfonso.


― Lo sé. Pero me imaginé eso, porque fue el único que me miró a mí, en vez de a ti, cuando la policía te empezó a interrogar y te pusiste nerviosa.


Paula no había pensando que sus sentimientos habían sido tan evidentes.


― Lo siento, sé que debí decírtelo, pero… ― “pero soy tan egoísta que quise tenerte para mí unos días más”― Pero no puedo dejar que Leandro se vaya. No quiero que tengas que escoger ni nada. Ni mucho menos con lo sucedido hoy.


― Te entiendo.


― ¿Lo haces en verdad? ― preguntó Paula después de un rato.


Pedro volvió a llevarse la taza humeante a sus labios. Sabía que Leandro estaría cuestionándolos, a ella, a él, a ambos, pero sí el hubiera estado en la situación de Paula…


― Yo habría hecho lo mismo.


Le dio una sonrisa de complicidad y gratitud. Ella había esperado otra confrontación, pera quería protegerlos a ambos. A Leandro y a él. Se inclinó y estiró su mano sobre la mesa para tomar su mano, jugando con ella. Paula sentía el calor subir por su cuerpo. Pero recordó algo que le tenía en mente.


― Pedro, ¿alguien más sabía que íbamos a ir a Rodeo? ― preguntó con sutileza, como si fuera una pregunta casual. Sintió las caricias detenerse, pero no soltó su mano.


― Sólo a Carlos. ― volvió a renovar sus caricias ― A él le pareció una buena idea, aunque le hubiera gustado que un reportero las siguiera, para mostrar “el momento de las mujeres Alfonso”. Pero después el sólo se contestó que a la gente no le gustaría ver que se gastan fortunas en ropa.


―- ¿Sólo a él?


― Sí. ¿Por qué? ― Pedro tenía ahora el ceño fruncido y la frente arrugada. Estaba empezando a sospechar.


― Sólo por curiosidad... ― Paula le dio una falsa sonrisa. Si tenía que sospechar de alguien ese sería Carlos. Sabía toda la agenda de Pedro, conocía sus pasos, y bien decía el dicho de “Mantén a tus amigos cerca, y a tus enemigos aún más cerca”. Y Dios sabía que odiaba al rastrero ese que la miraba con repulsión, como si fuera una pordiosera. Pero aquello sería dejarse llevar por su propia opinión y no por la razón. Paula no le dio tiempo de responder ― ¿Cómo está Sara?


No le pasó por alto que ella quería cambiar de tema, y la verdad, es que ni él quería hablar de Leandro y lo sucedido. 


Cruzó sus largas piernas una sobre la otra.


― ¿Qué pasó en Rodeo?


― ¿Qué quieres decir?


Pedro se encogió los hombros.


― Honestamente, pensé que Sara iba a estar más turbada, como la vez pasada. Pero actúa como si nada ― hizo una pausa y corrigió ― Bueno, no así de despreocupada, más bien, no sé, creo que se siente segura. Además, me acaba de pedir que busque en la guía de televisión si van a pasar “Pretty Woman”. Y que si no, que “por fa”, ― enfatizó con tono de niña de nueve años ― se la compre.


Con los codos en la mesa y la taza alzada, Paula tuvo que dejarla rápidamente para taparse la boca y ahogar la risa. Le daría otro enorme regalo a Maite por aquello.


― Digamos que le dieron un poco de cultura general.


― Mi hija viendo esa película, no lo puedo creer ― resopló Pedro.


Paula adoraba esa actitud de padre sobre protector. Se le formaban arruguitas en los ojos, y sus ojos brillaban divertidamente.


― Puedes verla con ella.


― Esa película es para mujeres. ― contestó indignado de la sola suposición de verla.


Ahora fue el turno de Paula de cruzar las piernas. Colocó un brazo en el respaldo de la silla y se frotó la barbilla.


― Porque tengo el presentimiento de que quieres pedirme algo.


― ¿Te importaría… verla con ella? Como supervisión. ― explicó rápidamente ― Es una niña, y esa película, bueno, trata de mujeres de la vida alegre… y con escenas…


― ¡Pedro! Te has sonrojado. ― Al saber que estaban solos, se aventuró en tomarle la mano y él le devolvió el apretón, jugando con sus pulgares.


― No le veo la gracia.


― Sara tiene nueve años, próximamente diez. Creo que ya sabe por lo menos, que los bebés no los trae la cigüeña. ― De repente, tuvo una epifanía ― Tengo una idea mejor.



* * * * * * * * *


― ¿Una pijamada? ¿En serio? ― Sara soltó sobre Pedro y lo abrazó de las piernas, que era hasta donde ella llegaba y habló mientras daba pequeños saltitos ― ¡Oh papi, gracias, gracias, gracias!


Mariana y Nadia sonreían al ver la alegría abordar el rostro de la niña. Jaime por otro lado, estaba escondido detrás de su periódico. Pedro miraba a Paula pidiendo ayuda, pero ella sólo sonreía y parecía deleitarse con la escena. Sara estaba con su uniforme de la escuela, lista para irse al colegio. Le había dicho que si hacían la pijamada un día antes de la comida, Sara tendría amigas con las cuales pasarse el día y no aburrirse. Además, era seguro, que los padres de algunas irían al almuerzo y así matarían dos pájaros de un tiro.


Pero no quería quedarse con todo el crédito


― En realidad…


Paula se acercó a ellos.


― ¡Perfecto! Sara, ― la niña la miró sin soltar a su padre ― Debes avisarme quienes van a venir, sólo para comprobar. Y que a todas las traiga alguien de confianza.


Sara asentía y asentía de su poder dar crédito a la sorpresa.


― Oh si, claro, claro. Yo… avisaré a Janet. Haré una lista con ella.


― Perfecto, nos vamos entonces.


Paula se terminó su malteada de fresa (Sara había pedido fresa, en vez de chocolate, así que a ella también le habían dado malteada de fresa), y se encaminó a la puerta. Llevaba la mochila de Sara en una mano y en la otra, mantenía abierta la puerta de la cocina, para salir.


Sara se despidió de todos en la cocina, caminó hacia Paula, pero en el último segundo, se giró y corrió a su padre, abrazándolo fuertemente. Pedro vio sus ojos cerrados, tranquilamente. Recordó aquél lejano día en que había sentido celos del abrazo que su hija le había dado a Paula. Ahora, el también recibía uno.


― Te quiero, papi ― susurró Sara, y se largó corriendo, dejando a todos atónitos.


Paula le sonrió como sólo ella podía hacerlo y cerró la puerta.


Dejaron a Sara en el colegio, quien salió disparada hacia su grupo de amigas, pero regresó porque se le había olvidado su maleta. Se despidió de Paula, y corrió para encontrarse con Janet y las demás nuevamente, y entre pláticas se dirigieron al salón.


Su celular sonó en ese momento. Vio el nombre de “Larry DeVitto” en la pantalla del móvil y abrió la tapa rápidamente.


 Quizás tenía una nueva noticia sobre lo de su madre.


― ¡Larry! ¿Qué pasa? ¿Alguna novedad?


― Si, pero no creo que te guste.


Paula frunció el ceño. Odiaba esas palabras. De un tiempo para acá, lo único que tenía eran solamente malas noticias.


 Exceptuando claro, la entrevista con Robin, que había dejado por los suelos al Dr. Randall. De ahí en fuera, todo apestaba.


― ¿Qué pasó?


― ¿Te acuerdas del forense? ¿El que me dijiste que investigara?


Paula le había pasado el nombre a Larry junto con las demás notas que había hecho. Ella también había investigado, pero sabía que las fuentes de Larry serían mejores que las suyas.


― ¿Lo encontraste?


― Falleció hace un par de años de un derrame cerebral.


Curvando los labios, Paula, suspiró.


― Vaya, eso pones las cosas más difíciles.


― Eso no es todo.


Ahora sí, eso llamó la atención de Paula.


― ¿Qué pasa?


Pudo sentir la tensión al otro lado de la línea. Si estuviera frente a Larry lo zarandearía para que hablara de una buena vez. Al fin oyó ― He hecho que mis fuentes buscaran algo más acerca del forense, y resulta que a parte de tu madre salió otro nombre de un conocido tuyo que él dictó carta de defunción.


Paula miró hacia la nada extrañada.


― ¿Otro? Pero sino no conozco… ― La voz se le quebró, al sentir un frío recorrer todo su cuerpo. Se colocó una mano una en la cabeza, porque sintió que el aire le faltaba y se desmaya en cualquier momento.


Colgó a Larry, no podía seguir oyendo más. Corrió al auto y azotó la puerta tras de sí. El chofer se la quedó mirando de hito a hito.


― Augusto, vamos a Pasadena. ¡Ahora!


Llegaron en menos de veinte minutos. Augusto no dijo nada, no peguntó, y Paula agradeció infinitamente eso. Saltó del auto y le rugió a Augusto que la esperara. Corrió a la puerta y tocó y apretó el timbre varias veces. Oyó a Marla avisar que ya iban y que dejaran de tocar. La esposa de Jorge abrió la puerta y la miró sorprendida.


― Pau, ¡qué milagro! Sí hubieras avisado, habríamos puesto otro plato para desayunar.


― ¿Está Jorge?


Marla la miró como si viera a un extraterrestre.


― Paula, estás blanca. ¿Estás enferma? ― le colocó una mano en la frente, pero Paula la tomó de la muñeca. Sabía como debía de estar, o al menos se lo imaginaba.


― Marla, te juro que después te lo explico. Ahora me urge hablar con Jorge.


Su amiga se abrió y dejó que entrara, aún sin entender y señaló hacia el pasillo.


― Está en el cuarto de Samuel, cambiándolo.


Sin decir nada más, Paula fue hacia la habitación que sabía estaba destinada para el pequeño Samuel, con Marla pisándole los talones. Jorge estaba de espaldas poniéndole talco en las nalguitas del bebé. Paula vio al bebé y su corazón se oprimió. Jorge sintió su presencia y se dio la vuelta.


―Pau, c… ― Se interrumpió al observarla mejor ― ¿Qué te pasa?


― Necesito hablar a solas contigo.


Jorge la observó bien y después asintió.


― Marla, toma al bebé.


Dejando al bebé a cargo de su madre, Jorge salió de la habitación y cerró la puerta detrás de sí.


― ¿Qué pasa? Me estas espantando. ― hablaba en susurros.


Paula no tenía tiempo para explicar. Tenía que comprobar unas cosas.


― ¿Tienes los papeles de defunción de tu padre?


― ¿Qué? ¿A qué viene todo eso?


― Solo dime si los tienes.


― Claro que sí. Están en mi oficina. ― Se adelantó y caminaron hacia el pequeño cuarto que la hacía de oficina, sala de lectura y juegos. Fue directo a su escritorio donde estaba la computadora y se hincó para abrir el último cajón y empezó a rebuscar. Se levantó al cabo de unos minutos, y le tendió unas hojas a Paula ― Ahora dime que rayos está pasando.


Paula sentía las manos sudar pero prácticamente le arrebató los papeles a Jorge. Empezó a buscar algo, sintiendo el pánico dominar cada célula de su cuerpo.


― ¿Le practicaron autopsia a tu padre? ― preguntó mientras buscaba.


― Pues la verdad es que no. Fue un ataque al corazón, los doctores así lo dijeron, y mamá pidió que se respetara el cuerpo de papá. Ya sabes.


“No hubo autopsia”. Aquella frase resonaba constantemente en su cabeza. Tal y como lo había sospechado, como en el caso de su madre. Y entonces lo encontró. Al final de la hoja, con nombre y firma.


Stan R. Elkins. Médico Forense.


Sintió la ancha mano de Jorge apresarle un brazo y aquello hizo que desviara la atención de los papeles.


― Y ahora me dirás que rayos está pasando.


¿Cómo podía explicárselo?, pensó Paula. Aquello saltaba de lo inverosímil. ¿Cuál era la probabilidad de que el mismo médico atendiera ambos casos? Una en miles. Pero quizás era casualidad.


“¿De verdad lo crees?”


La voz interior le roía el pecho. No podía pensar en aquello. 


Agitó su cabeza de un lado a otro.


― Lo siento, pero no puedo hablar de ello.


Quiso salir de la habitación, pero Jorge se aferró a ella.


― Y una mierda, Paula, no me vengas con esas cosas. Es de mi padre quien estamos hablando.


Paula apretó los papeles. Ella mejor que nadie sabía de quien estaban hablando. Y por ello tenía miedo de confesar algo de lo que pudiera arrepentirse después.


― Lo sé, y por eso, te pido que me des tiempo para ordenar unas cosas. ― al ver la cara de Jorge, insistió aún más ― Si son sólo alucinaciones mías, no quiero alarmarte. Dame tiempo, por favor.


Supo que había ganado cuando el agarre de Jorge fue perdiendo fuerza hasta que la soltó.


― Júrame que me dirás de que va todo esto.


― Lo haré a su debido tiempo.


― Vale, pero ten cuidado, por favor. ― tomó su barbilla entre sus dedos y le obligó a que lo mirase ― No me gusta ver esa expresión en tu rostro. La última vez que la vi fue hace mucho tiempo.


Sí, Paula también sabía eso.


Y estaba empezando a creer por causa de la misma persona.


― Lo sé, gracias Jorge. ― Apretó su mano y le dio un beso en la mejilla, sofocando las ganas de llorar. Aquello no podía estar pasándoles a ellos. Volvió a mirarlo y trató de darle una sonrisa ― Te veo pasado mañana, ¿irás verdad?


― Y perderme una comida gratis, ni muerto.


Paula sonrió y salió de la casa sin despedirse de Marla ni el bebé. Jorge la observó marcharse desde la ventana. Llevaba conociéndola de muchos años, y a veces, sentía que incluso desde mucho antes. Y sabía que algo andaba mal. Tomó su celular y marcó, esperando respuestas. Cuando colgó, se dejó caer en el sillón, pasmado y sin saber que decir. En vez de respuestas, había encontrado más preguntas, y la única que le podía responder, se negaba a hablar.








3 comentarios:

  1. Me encanta esta novela, cada vez me atrapa más!!

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  2. Que historia mas buena, me tiene atrapada, los cap son demasiado cortos , cuanta intriga y que mal bicho el papá de Pau dios mio

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  3. Wowwwwwwwww, qué intensos los caps de hoy, espectaculares. Cada vez más interesante esta historia, súper atrapante Carme.

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