lunes, 1 de junio de 2015
CAPITULO 18
Durante todo el camino, Paula permaneció callada, y agradeció el que Augusto no quisiera hacer plática. Tenía muchas cosas en la cabeza. Se estaba empezando a preguntar si no había caído en las redes de Larry y había cometido un error. Se sentía tentada a regresar y tomar la cinta y romperla. Pero por otra parte, sentía algo indescriptible. Aunque jamás había creído que su madre era la amante de Lowell, había pasado más de veinte años aceptando que todos los demás lo creyesen. Nunca hizo algo para esclarecer los hechos. Sólo se había quedado como una espectadora más. Y se odió a si misma por ello.
Pero ahora quería, necesitaba saber.
Cuando Larry había sacado el tema, había vuelto a ser la chiquilla que se agarraba a golpes a quien hubiera tocado esa cuestión. Y cuando Pedro se había interpuesto… En otras circunstancias le habría roto el brazo a quien se hubiera a tomarla de esa manera, pero dada la situación, estaba agradecida infinitamente. Y cuando Larry había revelado todo lo demás, el brazo de Pedro era lo único que la había mantenido de pie.
Echó su cabeza contra el asiento y acarició el puente de su nariz con leves masajes. Tenía que dejar de pensar en esas cosas. Vio entonces las grandes murallas del Trinity Collage y dejó de pensar.
Entraron al recinto y cuando Augusto se estacionó, Paula descendió del auto y justo cuando entraba a la estancia, apareció Sara en la puerta de la escuela, alzando su cabeza buscando algo.
― Sara.
La pequeña la volteó a ver y en su mirada Paula entendió que no la reconocía. No se había cambiado la ropa de la entrevista, habría sido una pérdida de tiempo. Sara caminó lentamente hacia ella y la miró de los pies a la cabeza, haciendo sentir incómoda a Paula.
― Wuau… pareces otra con esa ropa. Te ves guapísima.
Paula extendió la mano y le quitó su mochila, para colocarla sobre su hombro.
― Si bueno… no te acostumbres. Mañana regresaré a mis ropas de pobre cenicienta.
Paula oyó el leve suspiro proveniente de Sara.
― Estoy segura de que a Alfred le encantaría que te quedarás así. Tus chamarras de mezclilla le causan un dolor de…
Sara se tapó la boca con ambas manos haciendo un ruido estrepitoso. Paula alzó la ceja hasta casi juntarlas con la línea del cabello y se aguantó las ganas de echarse a reír.
― ¿Pero qué fue eso? ¿Acaso fue una broma?
Sara agitó violentamente su cabeza de un lado a otro negando. Paula no pudo evitarlo por más tiempo y echó su cabeza hacia atrás y soltó carcajada tras carcajada.
Augusto las esperaba y frunció el ceño al ver a una tan alegre como la otra avergonzada.
Durante el trayecto, para aliviar las tensiones, Paula buscó alguna estación de música, y encontró una decente, de música de los ochentas y noventas. Una estaba terminando y segundos después, Bon Jovi con “It’s my life” empezó a resonar por las bocinas del auto. Augusto iba marcando los bajos con sus dedos sobre el volante, Paula susurraba las letras de la canción. Entonces Paula notó que la rigidez de Sara en el asiento trasero fue desapareciendo, moviendo rítmicamente su cabeza y sus pies que volaban en el asiento. Cuando el coro llegó fue Sara la que se estiró para subir el volumen del estéreo, y empezar a cantar. Augusto se quedó anonado y Paula optó por lo más sano: Cantar.
El regreso fue aun más corto, y sin darse cuenta, ya estaban de nuevo en la residencia. Aún cuando llegaron a la casa, Paula seguía sonriendo. La pequeña le había alegrado la tarde. Una vez estacionado el auto, Paula ayudó a Sara a bajar del auto, ahorrándole el trabajo a Augusto.
― Entonces, ¿crees que Jaime no me mirará con la ceja alzada si visto así?
Sara enrojeció hasta la punta del pelo, y Paula notó que sus orejas eran las primeras en enrojecerse. Interesante.
― No quise decir que Jaime… ― empezó Sara pero Paula le dio un golpecito en sus hombros.
― Vamos pequeña ― La animó Paula ― Era una broma.
Caminaron hasta la entrada de la casa, donde Alfred/Jaime las esperaba en el recibidor y por su mirada, era claro que se había quedado sorprendido al verla y entonces Paula recordó que él no había visto tan “arreglada”. Paula le dio la maleta de Sara y cuando Jaime se dio la vuelta, Paula rodó los ojos hasta Sara y alzó una ceja. Sara se rompió a las carcajadas junto con Paula y Jaime las miró de nueva cuenta. Las dos se carcajearon con fuerza está vez. Al final Paula se estaba limpiando las pequeñas lágrimas que las risas habían provocado.
Sí, después de todo, podía ser un buen día.
Larry se quedó a comer pero su fotógrafo desapareció misteriosamente. Mientras tanto, Paula ya había pasado el presupuesto de las cámaras a Miguel y éste había dado el visto bueno. Miguel a su vez, le había informado que al día siguiente empezarían con las obras en los muros traseros.
Paula se sintió satisfecha, incluso pudo entablar una plática decente con Larry sin querer sacar a Lou fuera de su funda.
Sara se había mantenido al margen de la plática, y Paula sintió un poco de pena. No sabía si tenía amigas, y ella sabía lo que era estar recluida en un lugar donde no tenías un amigo con quien charlar, pero por más que trataba de ingresarla en la conversación, Sara se retraía más. Era como si estuviera conforme con estar en un segundo plano.
Carlos y Viviana se quedaron también a comer y ahí, Paula no pudo objetar. Hablaban de campañas y campañas, y si bien Paula entendía que de eso vivían, habían otras cosas que platicar en la mesa. Ah, claro, también pudo observar el fruncido ceño de Carlos cuando vio que ella iba a comer en la mesa principal con todos ellos. Pero fue tan rápido que quizás los demás no lo vieron, pero ella sí que lo vio.
Agradeció cuando la tortura terminó. Se sintió observada entre segundos. Sentada entre Miguel y Sara, no era tan malo como tener a Carlos y a Larry enfrente de ella. Era como si esperaran que en cualquier momento tomara el suculento bistec entre las manos y lo comenzara a arrancar con los dientes, y se limpiara con la mano o con el mantel, o eructase en la mesa. Por dios, tenía modales.
Viviana le dio al cabo de unos minutos un par hojas, con las actividades de esa semana, los horarios, lugares y direcciones de donde irían. Por lo que leyó rápidamente, esa semana solo se tenía que encargar de Sara y dos eventos de Pedro. Suspiró agradecida. Pero cuando miró a Viviana y esta sacó un par de folios repletos, que pesaban casi cinco kilos, se quedó en shock.
― ¿Esto es todo lo que harán en el año?
Viviana la había mirado incrédula y después había agregado con un tono burlesco.
― No te ilusiones. Son las actividades de las próximas dos semanas sin contar esta. Y están sujetas a cambios.
Paula había examinado los papeles y comprendió que tenía mucho trabajo por hacer, quiso mirar más a fondo los papeles pero consultó su reloj de pulsera y comprobó que la cita con la psicóloga de Sara estaba próxima, así que decidió dejar tanto la lectura como mudanza para lo último.
Se encontró con una Sara pulcramente arreglada, llevaba un vestido de mangas cortas abultadas de color azul marino y un listón color blanco alrededor de su cintura y atado en un gran moño en la parte posterior. Se quedó horrorizada al ver que utilizaba calcetines con unos zapatos blancos de tacón bajo. ¿Es que acaso todavía se seguía utilizando esa ropa para niñas? Paula recordó que su madre jamás le había hecho pasar tal dolor. Pero al ver el retraimiento de Sara, cambió rápidamente su expresión y le dijo que Augusto ya las estaba esperando en la entrada. Una vez dentro del auto, Paula observó por el espejo retrovisor que Sara volvía a encogerse en el asiento. Cuando habían regresado de la escuela ese día, ella se había soltado y había olvidado su temor, pero no hacía falta ser un genio para imaginarse el porque de su temor. Cada vez que visitaba a la psicóloga recordaba que tan cerca había estado del peligro.
Hizo un repaso mental de lo que había leído de la agenda de Sara y las notas que le había dado Viviana.
― ¿Cuántas sesiones llevas con la doctora Gilmore? ― Ya sabía la respuesta, pero quería hacer conversación.
Sara alzó la cabeza y miró hacía el espejo y se encontró con la mirada de Paula. Era un imán que le hacía no poder mirar a otro lado. Sus ojos la obligaban a mirarla y hablar. Era una mirada poderosa, pero no se sentía tan asustada como cuando miraba a su padre. Era esa mirada, la que siempre rehuía.
― Con la de hoy, cinco.
Hizo dos preguntas más y decidió callarse. Cada pregunta ponía más tensa y nerviosa a Sara. Treinta y cinco minutos después, llegaron al consultorio privado de la doctora Gilmore, ubicado en el centro de Los Ángeles. Augusto hizo unas maniobras impresionantes para estacionar el auto en un espacio mega reducido. Le preguntó entonces a Augusto si regresaría por ellas, pero éste contestó negativamente y le informó que igual que las otras veces, él tenía que esperar por Sara. Paula no objetó y bajaron del auto. Ayudó a Sara a bajar también y entraron al edificio para caminar al elevador y subir al piso cuatro. Cuando llegaron, Paula inspeccionó y caminaron hacia la puerta que tenía una leyenda con el nombre de la doctora. Paula tocó con los nudillos tres veces y se oyó un ruido de pasos caminando hacia ellos.
Los recibió una radiante sonrisa. Era lo primero que podía ver, después observó a la dueña de ella: su cabello era oscuro, casi negro, y tenía unos ojos un poco saltones y se notaban pequeños bultos debajo de ellos. Su nariz era redonda y gruesa, y aunque debajo de un traje sastre color verde botella que estilizaba su figura, debido a su pequeña altura, se veía llenita. Pero todo eso, quedaba opacado por su sonrisa y el brillo de su mirada. Era una sonrisa que de alguna manera, te llegaba al cuerpo, no era una sonrisa estudiada, o fingida. Paula observó las leves arruguitas que se producían en sus ojos por sonreír. Aquella mujer era feliz.
No había duda de ello.
― Tu padre me dijo que vendrías acompañada ― habló dirigiéndose primero a Sara y después miró a Paula y extendió su mano ― Soy la doctora Robin Gilmore. Encantada.
Paula saludó a la doctora, pero su atención había regresado a Sara, que no se veía nada tranquila. Se dieron los saludos cordiales, y como ella no estaba para hacer relaciones sociales, miró a Sara y se agachó para estar a su altura,.
― Te espero aquí afuera.
Regreso con Augusto, que estaba en la salita ubicada fuera de la oficina. Habían plantas y velas aromáticas que en seguida creaban un ambiente relajado. Paula y Augusto empezaron a platicar de cosas cotidianas, y cuando la plática se fue apagando, Paula tomó el periódico del día de hoy, mientras que Augusto se enfrascó en una revista de deportes. Empezó a hojearlo sin ganas hasta que reparó en el título: L.A. Times. No se pudo resistir y empezó a hojearlo con detenimiento, quizás se encontraría a Larry dando alguna noticia de pacotilla. Eso la haría sentirse mejor. Pero no, no se sintió mejor. En ningún reportaje estaba su nombre, sino fue hasta que llegó a la primera página y encontró con el curriculum del periódico y en la primera línea en letras negras se leía: “Editor Jefe: Larry King”. Enfada y molesta, dejó el periódico en la mesa.
La tarde se le iba a hacer eterna. Miró a hacía Augusto para tratar de entablar nuevamente una charla, pero se encontró a un hombre enfrascado en la revista. Augusto había desaparecido. Se acomodó y sin ganas dejó caer la cabeza hacia atrás en el sillón. Mejor se ponía a contar ovejas, quizás así, el tiempo pasara más rápido.
― Una oveja, dos ovejas, tres ovejas…
Que aburrido era no hacer nada.
CAPITULO 17
Las preguntas volaron y volaron. Incluso el ambiente se sintió relajado.Paula observó que Larry había decido llegar a tierra neutral en la entrevista y había dejado los temas hirientes a un lado. Paula se descubrió a si misma hablando en voz alta como no lo hacía en años, acerca de su madre.
Siempre había reprimido esa parte, y no por vergüenza, sino porque siempre acaba a los golpes o hiriendo a alguien.
Habían tenido un par de interrupciones, como cuando Carlos había pedido a Pedro que regresase a su trabajo, obteniendo de este una respuesta nada caballerosa y logrando que Carlos se fuera echando humo. Paula se alegró por eso bello momento. El hombre aún no le pasaba.
Después había llegado Viviana, y esa había ganado, consiguiendo que Pedro se marchara.
No supo porqué pero le molestó que fuera Viviana quien hubiera conseguido que se fuese. Aún así, agradeció la presencia de Miguel.
― ¿Quiere hacer una declaración oficial acerca de los misterios que envuelven la muerte de su madre?
El tío era listo, eso tuvo que concedérselo, pensó Paula.
Había hecho la pregunta con delicadeza y profesionalidad en vez de abordarla como lo había hecho antes, además, remarcó la palabra “oficial”, dándole a entender que eso, sí se publicaría y que ahora todo dependía de ella.
― Hace años, cuando mi madre murió, era sólo una niña que no podía decir ni opinar nada. Pero hoy soy una mujer adulta que puede hacer cara a la verdad. Por mi parte, ella jamás tuvo una aventura con nadie.
“Oh cielos, primera plana, allá vamos”, pensó Larry.
― Entonces, ¿Qué relación cree que existió entre Sr. C. D. Lowell y ella para hacerlos partir a México juntos?
― Ninguna. Y me encargaré de demostrarlo. Me encargaré de limpiar el nombre de mi madre.
Larry dibujó una sonrisa en su rostro de satisfacción. La entrevista había ido más que bien, aunque le hacía falta su foto. Cuando Paula Chaves posaba para la cámara parecía un poste de luz: tiesa.
Mariana entró entonces preguntando si Larry y compañía se quedarían a almorzar. Larry aceptó y Paula vio que sus ojos brillaban como si le acabasen de dar un regalo de navidad.
Miró su reloj y vio que habían acabado justo a tiempo. Dado el tráfico que se encontrarían, llegarían a buena hora para recoger a Sara.
― Si me disculpan, tengo que irme. Sara sale en una hora.
Se despidieron y Paula salió en busca de Augusto. Miguel esperó a que ella estuviera fuera del campo de audición y miró con reproche a su viejo amigo.
― ¿Qué rayos pasó esta tarde?
Larry apagó la grabadora y la miró como si fuera el mismo premio Pulitzer: con admiración, clamor, y expectante de lo que traería después. Sacó el pequeño casete de la grabadora y lo empezó a girar.
― Esto, amigo, es de las mejores exclusivas que he tenido en mi vida.
Miguel se sentó enfrente de él, justo donde Paula había estado sentada minutos antes.
― Creo que Pedro y yo dejamos claro que todo tema acerca Sofia se iba a quedar a un lado. Esto era sólo para amenizar al enemigo y al público, hablar de la nueva guarda. No para que tú sacaras provecho de esto.
Larry dejó de jugar con la cinta y la encerró en su gordo puño, alzó un dedo y le aclaró un par de cosas.
― Miguel, tienes que ser conciente de que aún siendo tu amigo, un viejo, viejo amigo, soy antes que nada, un maldito reportero, que solo respira noticias y noticias.
Dejándose caer sobre el respaldo del asiento, Miguel miró fijamente a Larry.
― ¿Eso te lo dijo tu segunda esposa?
Larry se echó a reír, y el ambiente se relajó.
― La tercera. La segunda dijo que era un mal nacido hijo de perra tacaño. ― Alzó los hombros como si no le importara ― Un abrigo de Ming, ¡por favor! Con eso podría pagar una nueva casa.
― No quiero saber lo que dijo la primera.
Larry sacó su cajetilla de cigarros y prendió uno.
― Que no quería seguir casada con un hombre que tenía una erección leyendo un periódico que viendo a su esposa desnuda.
Miguel se tapó los oídos, en broma.
― Dije “no quiero saber” ― Se quitó las manos ― Y no quería. Pero no cambies de tema, ¿Qué fue todo esto Larry?
― No te mentiré. Esto ― y volvió a enseñar la cinta ― Es un paso a la fama. Pero… ― alzó la voz para que Miguel no que le interrumpiese ― no es sólo eso. Ven acá. Cuando intenté investigar ese “accidente” como todos lo llaman, nadie, absolutamente nadie quería leer algo de eso. Dime, pues, ¿Qué medio de comunicación deja escapar una oportunidad como esa?
Larry había tratado de ir por ese lado de la noticia. Y se había dado con topes. Su olfato de reportero le había dicho que ahí, había algo, algo que querían esconder. Y ahora, después de muchos años, podía indagar. Se sentía tontamente en deuda con una mujer que sólo había visto una vez. Pero aquella mujer lo había marcado.
― La chica me cae bien. No quiero que salga lastimada. ― Las palabras de Miguel lo trajeron de vuelta a la realidad.
― Aunque no lo parezca a mí también me cae bien. Es sólo que estoy haciendo apuestas por ella.
Miguel empezó a bailar su cabeza de un lado a otro
― Larry, Larry, Larry… ― Cantó Miguel.
― Vamos Miguel. Yo te pasé toda la información que querías de ella. Lo mínimo que me debes es esta preciosa reunión.
― Vamos adentro. Estoy seguro de que Mariana tendrá algo para entretener ese demonio que llamas apetito.
Larry se levantó y lo miró seriamente.
― No juegues con mi estómago, Miguel.
Entraron a la casa olvidándose de que horas antes, Larry había estado apunto de perder su cabeza.
CAPITULO 16
Un hombre pequeño y regordete los estaba esperando en la sala. Al verlos, se levantó del sillón en que había estado descansando y Paula comprobó que el hombre debía de medir cuando mucho un metro sesenta. Observó que la parte delantera de su cabello había desaparecido casi por completo mientras que la parte trasera era larga y terminaba con pequeños rizos, una extraña combinación. Llevaba unos lentes con montura muy gruesa, que le recordaban a los que Clark Kent utilizaba para ocultar su identidad secreta. Pero ahí acababan las similitudes entre los dos periodistas. El hombre parecía más bien una versión californiana de Danny DeVito, con un bigote tipo Charles Chaplin. ¿Ese era su contacto con el Times L.A.? Se preguntó Paula a sí misma.
¡Dios! La que se le venía encima.
El hombre se acercó primero a Miguel y se saludaron dándose palmadas en la espalda
― Miguel, mi amigo, ¿Cómo estas?
― Fuerte como un roble, Larry. Todavía voy para otros años más.
Ambos hombres se rieron. Soltó a Miguel y fue con Pedro y repitió el saludo.
― Muchacho, siempre un placer verte.
Bueno, Paula pensó que podía ser un muchacho comparado con el tal Larry. Debía de tener alrededor de los sesenta años, pero aún así, tenía una chispa en su mirada que lo hacía ver con la vitalidad de un joven de quince. Entonces miró a Paula y Pedro la tomó delicadamente del codo.
― Permíteme presentarte a nuestra estrella del momento, Paula Chaves.
Vale, el tío era pequeño, pero lo que le faltaba de estatura lo tenía en lujuria. El viejito era un libidinoso. La recorrió con la mirada deteniendo por un par de segundos en sus pechos e incluso tuvo la desfachatez de mirarle de reojo el trasero. Paula sintió temblar la vena en su frente.
Diez, nueve, ocho…. Respira, se dijo.
― He oído hablar mucho de ti muchacha. Eres casi una leyenda entre tu gente.
Se dieron los apretones de mano.
― Encantada.
Miguel empezó a aplaudir.
― Vamos, vamos. Tenemos que trabajar.
― ¿Por donde vas a empezar Larry? ― preguntó Pedro.
Larry indicó con un gesto hacia el lado delantero de la casa.
― Queremos unas fotos en el patio delantero y algunas más en la casa. Ya mandé a Víctor para acomodar la cámara. Ese chico tiene el toque. ― Volvió a mirar a Paula ― ¿Tienes otra ropa? ¿Algo más formal?
Paula se quedó procesando sus palabras. Ella era un guardaespaldas, una trabajadora de seguridad privada, no una bendita modelo que le tenían que decir mueve tu trasero para acá y para allá.
― ¿Disculpe?
Larry la miraba como si dudara de su inteligencia para seguir la conversación.
― Verás, en la televisión y periódicos todo es apariencia. Darás un aire más formal si cambiamos esa chamarra de mezclilla por un saco. Con este trapo pareces más una estudiante de universidad que una mujer de que trabaja en seguridad privada.
Oh, bendito viejo…., Paula ya estaba pensando en sacar su pistola y si no podía dispararle, atontarlo con la culata del revolver. Eso la haría enormemente feliz.
― No me voy a cambiar. Esta soy yo. ― Y recorrió las manos a su ropa ― No vine a agradarle al público. Odio los trajes, y solo me los pongo para eventos. Este trabajo no es tan formal.
Miguel y Pedro se quedaron callados, observándolos como si estuvieran en un ring, peleando. Nadie le decía no a Larry
― Mira jovencita, veo que eres nueva en esto. ― Se acercó a Paula y le entendió el dedo índice y le señaló con el dedo índice ― Te daré un consejo y tómalo como un favor. Es gratis. Ahora trabajas para Pedro Alfonso, ― Miró al susodicho que estaba en silencio sepulcral ― Un hombre que busca la senaduría de todo un estado. Además, tu padre es su contrincante y esto lo sabe media ciudad o lo sabrá de ahora en adelante. Se especularán muchas cosas. Si te tomamos una foto vestida así, muchos dudarán de tu eficiencia… ― Y antes de que Paula pudiera hablar alzó una mano ― Ahora representas a un hombre y toda su filosofía, ya no eres sólo tú. Necesitamos seriedad, y aunque esa ropa que llevas te sienta bien, no viene con la filosofía de Alfonso. ¿Capase?
Todos se quedaron en silencio. Paula miraba a Larry, Larry miraba a Paula y Pedro y Miguel los miraban a ambos. Paula fue entrecerrando sus ojos y Larry siguió su gesto. La mirada de ambos se convirtió en una delgada línea en sus rostros.
Al final fue Paula la que exhaló con aires de derrota.
― ¡Bien! ― gritó ― Denme un par de minutos, me iré a cambiar. Pero sólo me cambiaré de traje. Maquillaje y accesorios está fuera de discusión.
Se fue echando humo y perdiéndose rumbo a su habitación.
Miguel fue el que se acercó y golpeó la espalda de Larry.
― Veo que no has perdido el don viejo amigo.
Larry seguí mirando por donde Paula había desaparecido.
― Es fuerte. Me agrada.
Pedro no pudo evitarlo y partió a las risas.
― Me gustaría decir que el sentimiento es mutuo, pero creo que a Paula le llevará más tiempo aprender a “quererte”, viejo.
Larry tomó del brazo a Pedro.
― Vamos al patio, y por Dios, dime que Mariana hizo esos bocadillos de pollo que tanto me gustan.
Miguel empezó a negar por lo bajo y Pedro soltó una risa.
― Tu estómago será tu perdición.
En el patio un joven moreno ya tenía armada la escenografía para la entrevista. Habían escogido la pequeña salita de acero blanca debajo de un gran árbol. Elegante, pero no tan formal. Mariana y Jaime llegaron unos segundos después con una bandeja llena de bocadillos y Larry empezó a adular su gran mano en la cocina haciendo que Mary se sonrojara visiblemente, mientras que Jaime sólo ponía los ojos en blanco.
― Nada de maní, ¿verdad hermosa?
― Claro que no. Después de aquella tarde, me cercioro que lo que tú comas no tenga maní.
Todos se empezaron a reír. Durante una cena benéfica en casa de Pedro hacia mucho tiempo, Larry, en un acto de gula, había probado unas galletas de crema y nuez, pero se le olvidó preguntar si contenía maní. Se había hinchado el doble de su tamaño y habían tenido que ir a parar al hospital.
Cuando Mariana se fue, retomaron la conversación, ahora sobre el evento más próximo, que era la inauguración del Centro Médico de Cancerología de Los Ángeles.
― Creo que esa noche será sumamente importante ― comentó Miguel.
Ambos hombres asintieron.
― Todos lo creemos. ― contestó Larry, y le dio una calada a su segundo cigarro del día y después miró a Pedro ― Los sondeos muestran que por ahora estás en la cabeza pero por muy poca diferencia.
― Lo sé Larry. ― Pedro sabía muy bien las estadísticas. Viviana, Carlos y Ramiro se pasaban la mayor parte del día recordádselo.
Larry alzo las manos defendiéndose.
― No está de más recordártelo.
― Bueno, aquí estoy.
Paula apareció detrás de los ventanales con un traje negro de dos piezas. El pantalón estaba hecho a la medida, y las pinzas remarcaban sus curvas definidas, antes ocultas entra la ropa de colegiala. Los pantalones caían en tubo hasta sus zapatos, negros. El saco era negro igual, y llegaba hasta poco más bajo de su cintura. Debajo de él, abierto, llevaba una camisa blanca, manga larga, exceso del cual salía de las muñequeras del saco. Llevaba un solo botón abierto. Su cabello estaba perfectamente atado en una coleta de caballo media, sin ningún mechón fuera. Y al mirarla al rostro, se veía enfadada. Mortal, recta, firme… y gloriosa.
Eso fue lo que pensó Pedro cuando la vio. Ella parecía ajena al cambio que había ejercido un par de ropas. Con el ceño fruncido, se veía como una mujer dispuesta a saltar sobre cualquiera que la incitara. Se preguntó donde rayos tendría metidas sus armas si esa ropa le quedaba tan perfecta.
― Excelente. ― exclamó Larry levantándose de su asiento y caminando hacia ella ― Justo lo que necesitábamos. ― Colocó una mano en su mentó, analizándola. Entonces estiró la mano para tocar su coleta ― Aunque tal vez si se suelta el cabello…
Como un rayo, Paula tomó la mano de Larry entre la suya con fuerza.
― Usted dice algo más, y juro que esto queda aquí.
Frotándose la muñeca, Larry la miró primero a ella, y después a Víctor.
― Empecemos.
Le tomaron unas fotos pero por más que le pedían a Paula que se relajara, estaba más tiesa que el hielo. Larry decidió dejar de gastar carretes y la miró sin muchos ánimos como si fuera una causa perdida.
― Vayamos mejor a la parte de las preguntas.
Miguel escogió ese momento para salir debido a una llamada, dejando al resto ocupando los asientos. Larry colocó una pequeña grabadora en la mesa y le apretó el botón de grabar.
― Esto es sólo para no tomar notas. Hay que aprovechar la tecnología. Bueno Paula, hay muchas cosas que sé de ti, pero quiero saber cosas que pocos saben, pero iremos lento. ¿Desde hace cuanto que trabaja como guardaespaldas?
Paula sintió como si un flashbacks llegara de la nada. Podía recordar a Samuel ofreciéndole una carrera en Ciencias, en Medicina, y cuando ella había elegido su destino.
― Oficialmente, ocho años. Pero el entrenamiento lo tengo desde hace once. ― Sin contar los años que había entrenado junto a Samuel y Jorge.
Larry fue preparando el terreno. Hacía preguntas tontas, y aburridas, banales. Estuvieron así un par de minutos cuando vino la pregunta que estaba esperando.
― Su padre, el Senador Hunder, ¿Qué opina respecto a su carrera?
Paula trató de ahogar su gemido de burla. Como si no lo supieran. Era un secreto a voces que Rafael no estaba de acuerdo con el trabajo de su hija y a que ella no le importase en lo absoluto su opinión.
― Sin comentarios.
― ¿Qué opina de la candidatura de su padre? ¿Velan por los mismos intereses?
Le habían preguntado tantas veces lo mismo que ya hasta tenía la respuesta bien elaborada.
― El Senador y yo casi no mantenemos contacto. En cuanto a su política, por lo que sé, el voto es secreto. Prefiero mantener mis afinidades políticas así.
Y entonces vino la pregunta que le asestó como un golpe directo al estómago.
― Su madre murió cuando tenía nueve años, ¿cómo fue perder a su madre a esa edad?
Paula le dirigió una mirada a Pedro cargada de enfado.
― Sin comentarios.
― ¿La extraña? ― Larry seguí insistiendo sobre ello.
― Sin comentarios ― fue la respuesta de Paula.
Larry encendió su tercer cigarro y esperó unos segundos.
Entonces se acercó a ella y le preguntó.
― ¿Qué opina acerca de los rumores que corrieron entorno a su muerte? ¿El hecho de que Sofia Hunder murió huyendo con su amante?
A pesar de la brisa veraniega, en la terraza de la casa Marshall la temperatura bajó hasta parecer el duro invierno de California. Todos se quedaron quietos. Incluso en el ambiente se pudo percibir un frío aire correr alrededor de ellos. Nadie se movía esperando la reacción de Paula.
Miguel regresó en ese momento, apareciendo con un vaso en la mano sonriente.
― Ya regre… ― Miró a todos los presentes y frunció el ceño ― ¿Pero qué pasa aquí?
Paula se levantó lentamente de su asiento calculando cada movimiento. Era mejor irse antes de que fuera a parar a una penitenciaría por matar a sangre fría a una imitación corriente de “El Pingüino”.
― Detenga esa cosa ahora mismo. ― Al ver que Larry no se movía y seguí fumando su cigarro como si nada, Paula tomó la grabadora y la detuvo con un seco golpe y alzó su mano derecha, extendiendo su dedo índice. ― Accedí a este chiste porque ellos ― y señaló a Miguel y a Pedro, y cuando miró a este último no pudo evitar sentirse traicionada ― Me prometieron que no hablaríamos de esto. Si sigue por ese camino, todo esto se acaba aquí y ahora.
Pedro se acercó a su viejo amigo, interponiéndose entre Paula y Larry.
― Larry, creo que habíamos dejado claro esto.
― Víctor, déjanos solos.
El joven fotógrafo salió huyendo de la escena, aliviado de poder evitar la pena de presenciar la batalla que venía a continuación. Paula miró al muchacho desaparecer y dio un paso para seguir el mismo camino.
― Yo también me retiro. La entrevista ha terminado.
Larry ni se levantó pero su voz era firme.
― Tú, niña, siéntate. Ahora.
Paula se detuvo y lo miró escandalizada. El hombre había ofendido la memoria de su madre y aún así tenía el descaro de darle órdenes.
― Cuando tu madre murió, yo ya trabajaba en el Times. ― Paula se quedó paralizada. ¿Qué rayos tenía que ver eso con todo? ― Recuerdo perfectamente todo el ajetreo que se armo a partir del accidente. Tu padre sacó ventaja de ello. Engañó a mucha gente con su papel de esposo abatido y engañado.
Sí, su padre había sido la víctima.
Sofia Hunder había abandonando a su fiel y amante esposo y a su adorada hija para huir con su amante, uno de los guardaespaldas que tenían en aquella época, pero habían perdido el control del auto en la carretera rumbo a México y murieron al instante. Paula se sabía la historia al derecho y al revés. Aún así no entendía que tenía que ver…
― Eso no es nada nuevo. Y no quiero…
Larry siguió hablando como si no la hubiera escuchado.
― Yo realicé la última entrevista a tu madre. ― anunció Larry.
Paula se quedó sin aire, no podía respirar no moverse. Aquél pequeño hombre, había conocido a su madre. Larry siguió jugando con su cigarro.
― Justo como estoy haciendo ahora contigo, estuve con ella dos días antes de que se fugara con su amante y muriese en ese accidente.
Paula lo vio todo en rojo y presa de la furia, se acercó amenazante al reportero pero Pedro se metió en su caminó y la tomó con fuerza de la cintura para detenerla.
― Ella jamás habría hecho algo así ― rugió Paula. Toda su vida había repetido esa afirmación como una vieja letanía. Quien no la comprendía por la buena, lo hacía por los golpes, pero ya no era la chiquilla controlada por las hormonas. Lou podía hacer su trabajo en un segundo ― Mi madre no huía con su amante, porque ella no tenía ninguno.
Pedro cogía con fuerza a Paula. Sentía sus músculos tensos y duros, como si se contuviera de saltar encima de Larry.
Pedro había hablado con su amigo acerca de eso, y había esperado su compresión, pero por lo visto su amigo había hecho caso omiso a su petición. Mal asunto para todos. Mientras tanto, Larry apagó su cigarro estrujándolo contra la base del cenicero de cristal que había, después tomó la taza de café y se la llevó a sus labios.
― Yo te creo.
Nadie espera eso. Después de haber soltado la afirmación anterior, Paula no lo esperaba. Incluso relajó su cuerpo contra Pedro.
Larry tomó la tasa y dio un breve sorbo y volvió a mirarla cuando la dejó de nueva cuenta en la mesa.
― Ese día vi a tu madre, y tú, pequeña, estabas con ella. Llevabas puesto un lindo traje igual al de ella, e incluso llevaban puestas los mismos accesorios.― Larry sonrió al ver comprensión en la mirada de Paula ― ¿Lo recuerdas cierto? Era un traje muy hermoso parecido al de…
― El de Jackie Kennedy, en color lavanda, con un collar de perlas y el gorrito de Pillbox ― contestó Paula.
Claro que se acordaba. Su madre había sido un símbolo para las demás mujeres de California. De buena cuna, elegante, inteligente, conservadora, y una gran esposa y madre. “La mujer perfecta… para el candidato perfecto”. Ese era el último reportaje que habían hecho a Sofia. Y habían decidido honrar a una gran mujer de la política y se habían vestido de Jackie Kennedy. Pero después del accidente, la mujer modelo había sido olvidada y repudiada.
La última actuación de su madre la ultima sonrisa, la última vez que habían compartido momentos juntas. Era la última foto que tenía de ella. Incluso recordaba todos los detalles de ese día y los días posteriores. Tenía cicatrices de ello que lo hacían imposible olvidarse.
― Ese día conocí a una verdadera dama. ― continuó Larry ― Jamás pensé que ella se hubiera largado con ese tal Lowell. ― Paula sintió un escalofrío recorrer su cuerpo haciendo apretar su pecho. Aquel nombre había sido su calvario. ― Sí, también lo conocí. Era un ropero enorme y tosco, además, del perro faldero de tu padre.
Recuerdos olvidados volvieron a Paula. Esa era la mejor descripción para Lowell. Tosco, duro, temeroso, y faldero de su padre. El mismo hombre que decían había sido el amante de su madre. Todo mundo pensó y aceptó eso, al saber que ambos viajaban juntos rumbo a México. Pero no ella.
― Pero yo vi aquel día a una mujer que amaba a su familia. Por lo menos a su hija. ― Paula no sabía si echarse a llorar o derrumbarse. Sólo los brazos de Pedro en torno a su cuerpo la mantenían firme. ― Te miraba y no había más mundo para ella que tú. La mujer que conocí ese día jamás podría haber cometido tal insensatez como fugarse con un hombre al que repudiaba. Era claro que entre ella y Lowell había cierto recelo. Soy bueno leyendo a la gente, ― Larry recordó como brincaba de susto con la presencia del guardaespaldas y se odió por no haber hecho algo por ella ― y Sofia Hunder jamás mantuvo una relación con aquél hombre. Apostaría mi trabajo con ello.
Miguel miró a Pedro haciéndole señas de que soltara a Paula, pero Pedro las ignoró. Sentía la necesidad de confortarla, no podía ver su rostro pero las tensiones en su cuerpo eran palpables.
― ¿Por qué me esta diciendo todo esto?
Era la misma pregunta que todos se estaban haciendo, pero sólo Paula pudo formularla.
― Yo traté de investigar el accidente. ― contestó Larry ― Pero siempre me topaba con las puertas cerradas. Mi jefe no quiso saber nada de ello, mis contactos se rehusaban a hablar de ello. Todo mundo aceptó los hechos. Ella había muerto en un accidente y fin de la discusión. Tu padre ganó las elecciones, y fin del asunto. ― Entonces Larry miró fijamente a Paula ― Pero ¿Por qué nadie quiso hacer una investigación de ello? ¿No es demasiado curioso que todos se mostraran cerrados a la noticia? Para mí, jamás quedó resuelto. Hoy, tú tienes la oportunidad de que todo cambie.
― ¿No será acaso que quiere tener su exclusiva y un reportaje que le brinde el salto a la fama?
Larry se echó a reír. La muchacha era inteligente, pero él ya sabía eso. Había pasado años investigándola, pendiente de todos los sucesos de aquella niña que había dejado todo para convertirse en la que estaba enfrente de él.
Podía recordarla, con su melena suelta castaña hasta el cuello, y su traje de dos piezas. Parecía una versión pequeña de una gran primera dama. Una princesita que había pasado horas y horas sonriendo con su madre, mientras él y sus compañeros realizaban la entrevista en la Mansión Hunder. Veinte años aquella niña sonriente había desaparecido para ver a una mujer, que en su mirada expresaba el dolor que había pasado todo ese tiempo.
El parecido con su madre era extraordinario. Casi se había sentido tontamente enamorado de Sofia, con sus dulces modales y su tersa voz. Paula tenía los mismos rasgos clásicos que ella, sus ojos rasgados y sus pómulos definidos. Pero mientras que Sofia había sido callada, reservada y conservadora, su hija era página de otro libro. Se veía en su presencia, en su mirada. Quizás había sido criada para ser una próxima esposa de político, tal como su madre, pero Paula Chaves había echado los dados y labrado su propio destino.
― Muy buena. No eres tonta. Eso lo pude ver desde ese día. Quizás en parte tengas razón. ¿Quién no daría su brazo izquierdo por tener las declaraciones de la oveja negra de la dinastía Hunder? ― El desde luego lo daría, pero eso iba más allá de una simple exclusiva. Si Paula accedía, podría platicarle de sus investigaciones… con el tiempo. ― Sin embargo, hay algo que me motiva a hacerlo. Y es la búsqueda de la verdad. No soy un simple reportero de cotilleos y chismes. Soy un profesional. Y tú, ― dijo, alzando su dedo índice ― tienes en tus manos hacer conocer que ella no era lo que todo mundo creyó que era. Ahora con tu padre queriendo la reelección, ¿no dudas que sacaran a relucir eso nuevamente? ¿Crees que podrás con ello de nuevo?
Paula recordó todos los años que estuvo en el colegio, las peleas que tuvo que encarar con cada persona que la llamaba “la hija de esa prostituta”, o que decía algo de su madre. Solo Samuel había podido ayudarla a seguir adelante. Peo incluso él había tenido que pagar un precio por ayudarla. Y a pesar de todo, ni él ni Jorge la abandonaron.
Trató de dar un paso hacia Larry pero Pedro la apretó a su cuerpo, volviendo a Paula a la realidad. Se había olvidado de su abrazo. Se miraron sin decir nada. Larry se encargó de romper el encanto del momento.
― Pedro, muchacho, creo que si ella quisiera matarme, lo habría hecho hace rato.
Pero Pedro no la soltaba. La seguía mirando.
― Paula… No tienes que hacerlo.
Paula pensó sólo unos segundos en sus palabras. Tenía razón, no tenía que hacerlo. Debía de hacerlo. Quizás había llegado el momento de dejar de huir de su pasado y encarar de una vez por todas a su padre. Posó sus manos con suave pero con firmeza sobre los brazos de Pedro y lo obligó a soltarla. Entonces caminó hacia la pequeña grabadora y la encendió apretando el botón de “grabar” y se sentó enfrente de Larry.
― Mi madre murió cundo tenía nueve años. ― Su voz era indescifrable. No había tono de tristeza o de dolor, pero tampoco de alegría o felicidad ― Estaba muy unida a ella.
Era una gran mujer. La mejor madre del mundo. Sólo le puedo decir que mi madre fue una gran mujer, y que amó demasiado. Su comida preferida era el chocolate y odiaba hacer ejercicio. Vivía por las causas nobles y jamás se dio por vencida cuando de recaudar fondos se trataba. Adoraba a “Beauchamp”…
Larry sonrió plácidamente, y sintió que por primera vez en toda la tarde, estaba progresando con respecto a la señorita Chaves.
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