lunes, 1 de junio de 2015

CAPITULO 16





Un hombre pequeño y regordete los estaba esperando en la sala. Al verlos, se levantó del sillón en que había estado descansando y Paula comprobó que el hombre debía de medir cuando mucho un metro sesenta. Observó que la parte delantera de su cabello había desaparecido casi por completo mientras que la parte trasera era larga y terminaba con pequeños rizos, una extraña combinación. Llevaba unos lentes con montura muy gruesa, que le recordaban a los que Clark Kent utilizaba para ocultar su identidad secreta. Pero ahí acababan las similitudes entre los dos periodistas. El hombre parecía más bien una versión californiana de Danny DeVito, con un bigote tipo Charles Chaplin. ¿Ese era su contacto con el Times L.A.? Se preguntó Paula a sí misma. 


¡Dios! La que se le venía encima.


El hombre se acercó primero a Miguel y se saludaron dándose palmadas en la espalda


― Miguel, mi amigo, ¿Cómo estas?


― Fuerte como un roble, Larry. Todavía voy para otros años más.


Ambos hombres se rieron. Soltó a Miguel y fue con Pedro y repitió el saludo.


― Muchacho, siempre un placer verte.


Bueno, Paula pensó que podía ser un muchacho comparado con el tal Larry. Debía de tener alrededor de los sesenta años, pero aún así, tenía una chispa en su mirada que lo hacía ver con la vitalidad de un joven de quince. Entonces miró a Paula y Pedro la tomó delicadamente del codo.


― Permíteme presentarte a nuestra estrella del momento, Paula Chaves.


Vale, el tío era pequeño, pero lo que le faltaba de estatura lo tenía en lujuria. El viejito era un libidinoso. La recorrió con la mirada deteniendo por un par de segundos en sus pechos e incluso tuvo la desfachatez de mirarle de reojo el trasero. Paula sintió temblar la vena en su frente.


Diez, nueve, ocho…. Respira, se dijo.


― He oído hablar mucho de ti muchacha. Eres casi una leyenda entre tu gente.


Se dieron los apretones de mano.


― Encantada.


Miguel empezó a aplaudir.


― Vamos, vamos. Tenemos que trabajar.


― ¿Por donde vas a empezar Larry? ― preguntó Pedro.


Larry indicó con un gesto hacia el lado delantero de la casa.


― Queremos unas fotos en el patio delantero y algunas más en la casa. Ya mandé a Víctor para acomodar la cámara. Ese chico tiene el toque. ― Volvió a mirar a Paula ― ¿Tienes otra ropa? ¿Algo más formal?


Paula se quedó procesando sus palabras. Ella era un guardaespaldas, una trabajadora de seguridad privada, no una bendita modelo que le tenían que decir mueve tu trasero para acá y para allá.


― ¿Disculpe?


Larry la miraba como si dudara de su inteligencia para seguir la conversación.


― Verás, en la televisión y periódicos todo es apariencia. Darás un aire más formal si cambiamos esa chamarra de mezclilla por un saco. Con este trapo pareces más una estudiante de universidad que una mujer de que trabaja en seguridad privada.


Oh, bendito viejo…., Paula ya estaba pensando en sacar su pistola y si no podía dispararle, atontarlo con la culata del revolver. Eso la haría enormemente feliz.


― No me voy a cambiar. Esta soy yo. ― Y recorrió las manos a su ropa ― No vine a agradarle al público. Odio los trajes, y solo me los pongo para eventos. Este trabajo no es tan formal.


Miguel y Pedro se quedaron callados, observándolos como si estuvieran en un ring, peleando. Nadie le decía no a Larry
― Mira jovencita, veo que eres nueva en esto. ― Se acercó a Paula y le entendió el dedo índice y le señaló con el dedo índice ― Te daré un consejo y tómalo como un favor. Es gratis. Ahora trabajas para Pedro Alfonso, ― Miró al susodicho que estaba en silencio sepulcral ― Un hombre que busca la senaduría de todo un estado. Además, tu padre es su contrincante y esto lo sabe media ciudad o lo sabrá de ahora en adelante. Se especularán muchas cosas. Si te tomamos una foto vestida así, muchos dudarán de tu eficiencia… ― Y antes de que Paula pudiera hablar alzó una mano ― Ahora representas a un hombre y toda su filosofía, ya no eres sólo tú. Necesitamos seriedad, y aunque esa ropa que llevas te sienta bien, no viene con la filosofía de Alfonso. ¿Capase?


Todos se quedaron en silencio. Paula miraba a Larry, Larry miraba a Paula y Pedro y Miguel los miraban a ambos. Paula fue entrecerrando sus ojos y Larry siguió su gesto. La mirada de ambos se convirtió en una delgada línea en sus rostros. 


Al final fue Paula la que exhaló con aires de derrota.


― ¡Bien! ― gritó ― Denme un par de minutos, me iré a cambiar. Pero sólo me cambiaré de traje. Maquillaje y accesorios está fuera de discusión.


Se fue echando humo y perdiéndose rumbo a su habitación.


Miguel fue el que se acercó y golpeó la espalda de Larry.


― Veo que no has perdido el don viejo amigo.


Larry seguí mirando por donde Paula había desaparecido.


― Es fuerte. Me agrada.


Pedro no pudo evitarlo y partió a las risas.


― Me gustaría decir que el sentimiento es mutuo, pero creo que a Paula le llevará más tiempo aprender a “quererte”, viejo.


Larry tomó del brazo a Pedro.


― Vamos al patio, y por Dios, dime que Mariana hizo esos bocadillos de pollo que tanto me gustan.


Miguel empezó a negar por lo bajo y Pedro soltó una risa.


― Tu estómago será tu perdición.


En el patio un joven moreno ya tenía armada la escenografía para la entrevista. Habían escogido la pequeña salita de acero blanca debajo de un gran árbol. Elegante, pero no tan formal. Mariana y Jaime llegaron unos segundos después con una bandeja llena de bocadillos y Larry empezó a adular su gran mano en la cocina haciendo que Mary se sonrojara visiblemente, mientras que Jaime sólo ponía los ojos en blanco.


― Nada de maní, ¿verdad hermosa?


― Claro que no. Después de aquella tarde, me cercioro que lo que tú comas no tenga maní.


Todos se empezaron a reír. Durante una cena benéfica en casa de Pedro hacia mucho tiempo, Larry, en un acto de gula, había probado unas galletas de crema y nuez, pero se le olvidó preguntar si contenía maní. Se había hinchado el doble de su tamaño y habían tenido que ir a parar al hospital.


Cuando Mariana se fue, retomaron la conversación, ahora sobre el evento más próximo, que era la inauguración del Centro Médico de Cancerología de Los Ángeles.


― Creo que esa noche será sumamente importante ― comentó Miguel.


Ambos hombres asintieron.


― Todos lo creemos. ― contestó Larry, y le dio una calada a su segundo cigarro del día y después miró a Pedro ― Los sondeos muestran que por ahora estás en la cabeza pero por muy poca diferencia.


― Lo sé Larry. ― Pedro sabía muy bien las estadísticas. Viviana, Carlos y Ramiro se pasaban la mayor parte del día recordádselo.


Larry alzo las manos defendiéndose.


― No está de más recordártelo.


― Bueno, aquí estoy.


Paula apareció detrás de los ventanales con un traje negro de dos piezas. El pantalón estaba hecho a la medida, y las pinzas remarcaban sus curvas definidas, antes ocultas entra la ropa de colegiala. Los pantalones caían en tubo hasta sus zapatos, negros. El saco era negro igual, y llegaba hasta poco más bajo de su cintura. Debajo de él, abierto, llevaba una camisa blanca, manga larga, exceso del cual salía de las muñequeras del saco. Llevaba un solo botón abierto. Su cabello estaba perfectamente atado en una coleta de caballo media, sin ningún mechón fuera. Y al mirarla al rostro, se veía enfadada. Mortal, recta, firme… y gloriosa.


Eso fue lo que pensó Pedro cuando la vio. Ella parecía ajena al cambio que había ejercido un par de ropas. Con el ceño fruncido, se veía como una mujer dispuesta a saltar sobre cualquiera que la incitara. Se preguntó donde rayos tendría metidas sus armas si esa ropa le quedaba tan perfecta.


― Excelente. ― exclamó Larry levantándose de su asiento y caminando hacia ella ― Justo lo que necesitábamos. ― Colocó una mano en su mentó, analizándola. Entonces estiró la mano para tocar su coleta ― Aunque tal vez si se suelta el cabello…


Como un rayo, Paula tomó la mano de Larry entre la suya con fuerza.


― Usted dice algo más, y juro que esto queda aquí.


Frotándose la muñeca, Larry la miró primero a ella, y después a Víctor.


― Empecemos.


Le tomaron unas fotos pero por más que le pedían a Paula que se relajara, estaba más tiesa que el hielo. Larry decidió dejar de gastar carretes y la miró sin muchos ánimos como si fuera una causa perdida.


― Vayamos mejor a la parte de las preguntas.


Miguel escogió ese momento para salir debido a una llamada, dejando al resto ocupando los asientos. Larry colocó una pequeña grabadora en la mesa y le apretó el botón de grabar.


― Esto es sólo para no tomar notas. Hay que aprovechar la tecnología. Bueno Paula, hay muchas cosas que sé de ti, pero quiero saber cosas que pocos saben, pero iremos lento. ¿Desde hace cuanto que trabaja como guardaespaldas?


Paula sintió como si un flashbacks llegara de la nada. Podía recordar a Samuel ofreciéndole una carrera en Ciencias, en Medicina, y cuando ella había elegido su destino.


― Oficialmente, ocho años. Pero el entrenamiento lo tengo desde hace once. ― Sin contar los años que había entrenado junto a Samuel y Jorge.


Larry fue preparando el terreno. Hacía preguntas tontas, y aburridas, banales. Estuvieron así un par de minutos cuando vino la pregunta que estaba esperando.


― Su padre, el Senador Hunder, ¿Qué opina respecto a su carrera?


Paula trató de ahogar su gemido de burla. Como si no lo supieran. Era un secreto a voces que Rafael no estaba de acuerdo con el trabajo de su hija y a que ella no le importase en lo absoluto su opinión.


― Sin comentarios.


― ¿Qué opina de la candidatura de su padre? ¿Velan por los mismos intereses?


Le habían preguntado tantas veces lo mismo que ya hasta tenía la respuesta bien elaborada.


― El Senador y yo casi no mantenemos contacto. En cuanto a su política, por lo que sé, el voto es secreto. Prefiero mantener mis afinidades políticas así.


Y entonces vino la pregunta que le asestó como un golpe directo al estómago.


― Su madre murió cuando tenía nueve años, ¿cómo fue perder a su madre a esa edad?


Paula le dirigió una mirada a Pedro cargada de enfado.


― Sin comentarios.


― ¿La extraña? ― Larry seguí insistiendo sobre ello.


― Sin comentarios ― fue la respuesta de Paula.


Larry encendió su tercer cigarro y esperó unos segundos. 


Entonces se acercó a ella y le preguntó.


― ¿Qué opina acerca de los rumores que corrieron entorno a su muerte? ¿El hecho de que Sofia Hunder murió huyendo con su amante?


A pesar de la brisa veraniega, en la terraza de la casa Marshall la temperatura bajó hasta parecer el duro invierno de California. Todos se quedaron quietos. Incluso en el ambiente se pudo percibir un frío aire correr alrededor de ellos. Nadie se movía esperando la reacción de Paula. 


Miguel regresó en ese momento, apareciendo con un vaso en la mano sonriente.


― Ya regre… ― Miró a todos los presentes y frunció el ceño ― ¿Pero qué pasa aquí?


Paula se levantó lentamente de su asiento calculando cada movimiento. Era mejor irse antes de que fuera a parar a una penitenciaría por matar a sangre fría a una imitación corriente de “El Pingüino”.


― Detenga esa cosa ahora mismo. ― Al ver que Larry no se movía y seguí fumando su cigarro como si nada, Paula tomó la grabadora y la detuvo con un seco golpe y alzó su mano derecha, extendiendo su dedo índice. ― Accedí a este chiste porque ellos ― y señaló a Miguel y a Pedro, y cuando miró a este último no pudo evitar sentirse traicionada ― Me prometieron que no hablaríamos de esto. Si sigue por ese camino, todo esto se acaba aquí y ahora.


Pedro se acercó a su viejo amigo, interponiéndose entre Paula y Larry.


― Larry, creo que habíamos dejado claro esto.


― Víctor, déjanos solos.


El joven fotógrafo salió huyendo de la escena, aliviado de poder evitar la pena de presenciar la batalla que venía a continuación. Paula miró al muchacho desaparecer y dio un paso para seguir el mismo camino.


― Yo también me retiro. La entrevista ha terminado.


Larry ni se levantó pero su voz era firme.


― Tú, niña, siéntate. Ahora.


Paula se detuvo y lo miró escandalizada. El hombre había ofendido la memoria de su madre y aún así tenía el descaro de darle órdenes.


― Cuando tu madre murió, yo ya trabajaba en el Times. ― Paula se quedó paralizada. ¿Qué rayos tenía que ver eso con todo? ― Recuerdo perfectamente todo el ajetreo que se armo a partir del accidente. Tu padre sacó ventaja de ello. Engañó a mucha gente con su papel de esposo abatido y engañado.


Sí, su padre había sido la víctima.


Sofia Hunder había abandonando a su fiel y amante esposo y a su adorada hija para huir con su amante, uno de los guardaespaldas que tenían en aquella época, pero habían perdido el control del auto en la carretera rumbo a México y murieron al instante. Paula se sabía la historia al derecho y al revés. Aún así no entendía que tenía que ver…


― Eso no es nada nuevo. Y no quiero…


Larry siguió hablando como si no la hubiera escuchado.


― Yo realicé la última entrevista a tu madre. ― anunció Larry.


Paula se quedó sin aire, no podía respirar no moverse. Aquél pequeño hombre, había conocido a su madre. Larry siguió jugando con su cigarro.


― Justo como estoy haciendo ahora contigo, estuve con ella dos días antes de que se fugara con su amante y muriese en ese accidente.


Paula lo vio todo en rojo y presa de la furia, se acercó amenazante al reportero pero Pedro se metió en su caminó y la tomó con fuerza de la cintura para detenerla.


― Ella jamás habría hecho algo así ― rugió Paula. Toda su vida había repetido esa afirmación como una vieja letanía. Quien no la comprendía por la buena, lo hacía por los golpes, pero ya no era la chiquilla controlada por las hormonas. Lou podía hacer su trabajo en un segundo ― Mi madre no huía con su amante, porque ella no tenía ninguno.


Pedro cogía con fuerza a Paula. Sentía sus músculos tensos y duros, como si se contuviera de saltar encima de Larry. 


Pedro había hablado con su amigo acerca de eso, y había esperado su compresión, pero por lo visto su amigo había hecho caso omiso a su petición. Mal asunto para todos. Mientras tanto, Larry apagó su cigarro estrujándolo contra la base del cenicero de cristal que había, después tomó la taza de café y se la llevó a sus labios.


― Yo te creo.


Nadie espera eso. Después de haber soltado la afirmación anterior, Paula no lo esperaba. Incluso relajó su cuerpo contra Pedro.


Larry tomó la tasa y dio un breve sorbo y volvió a mirarla cuando la dejó de nueva cuenta en la mesa.


― Ese día vi a tu madre, y tú, pequeña, estabas con ella. Llevabas puesto un lindo traje igual al de ella, e incluso llevaban puestas los mismos accesorios.― Larry sonrió al ver comprensión en la mirada de Paula ― ¿Lo recuerdas cierto? Era un traje muy hermoso parecido al de…


― El de Jackie Kennedy, en color lavanda, con un collar de perlas y el gorrito de Pillbox ― contestó Paula.


Claro que se acordaba. Su madre había sido un símbolo para las demás mujeres de California. De buena cuna, elegante, inteligente, conservadora, y una gran esposa y madre. “La mujer perfecta… para el candidato perfecto”. Ese era el último reportaje que habían hecho a Sofia. Y habían decidido honrar a una gran mujer de la política y se habían vestido de Jackie Kennedy. Pero después del accidente, la mujer modelo había sido olvidada y repudiada.


La última actuación de su madre la ultima sonrisa, la última vez que habían compartido momentos juntas. Era la última foto que tenía de ella. Incluso recordaba todos los detalles de ese día y los días posteriores. Tenía cicatrices de ello que lo hacían imposible olvidarse.


― Ese día conocí a una verdadera dama. ― continuó Larry ― Jamás pensé que ella se hubiera largado con ese tal Lowell. ― Paula sintió un escalofrío recorrer su cuerpo haciendo apretar su pecho. Aquel nombre había sido su calvario. ― Sí, también lo conocí. Era un ropero enorme y tosco, además, del perro faldero de tu padre.


Recuerdos olvidados volvieron a Paula. Esa era la mejor descripción para Lowell. Tosco, duro, temeroso, y faldero de su padre. El mismo hombre que decían había sido el amante de su madre. Todo mundo pensó y aceptó eso, al saber que ambos viajaban juntos rumbo a México. Pero no ella.


― Pero yo vi aquel día a una mujer que amaba a su familia. Por lo menos a su hija. ― Paula no sabía si echarse a llorar o derrumbarse. Sólo los brazos de Pedro en torno a su cuerpo la mantenían firme. ― Te miraba y no había más mundo para ella que tú. La mujer que conocí ese día jamás podría haber cometido tal insensatez como fugarse con un hombre al que repudiaba. Era claro que entre ella y Lowell había cierto recelo. Soy bueno leyendo a la gente, ― Larry recordó como brincaba de susto con la presencia del guardaespaldas y se odió por no haber hecho algo por ella ― y Sofia Hunder jamás mantuvo una relación con aquél hombre. Apostaría mi trabajo con ello.


Miguel miró a Pedro haciéndole señas de que soltara a Paula, pero Pedro las ignoró. Sentía la necesidad de confortarla, no podía ver su rostro pero las tensiones en su cuerpo eran palpables.


― ¿Por qué me esta diciendo todo esto?


Era la misma pregunta que todos se estaban haciendo, pero sólo Paula pudo formularla.


― Yo traté de investigar el accidente. ― contestó Larry ― Pero siempre me topaba con las puertas cerradas. Mi jefe no quiso saber nada de ello, mis contactos se rehusaban a hablar de ello. Todo mundo aceptó los hechos. Ella había muerto en un accidente y fin de la discusión. Tu padre ganó las elecciones, y fin del asunto. ― Entonces Larry miró fijamente a Paula ― Pero ¿Por qué nadie quiso hacer una investigación de ello? ¿No es demasiado curioso que todos se mostraran cerrados a la noticia? Para mí, jamás quedó resuelto. Hoy, tú tienes la oportunidad de que todo cambie.


― ¿No será acaso que quiere tener su exclusiva y un reportaje que le brinde el salto a la fama?


Larry se echó a reír. La muchacha era inteligente, pero él ya sabía eso. Había pasado años investigándola, pendiente de todos los sucesos de aquella niña que había dejado todo para convertirse en la que estaba enfrente de él.


Podía recordarla, con su melena suelta castaña hasta el cuello, y su traje de dos piezas. Parecía una versión pequeña de una gran primera dama. Una princesita que había pasado horas y horas sonriendo con su madre, mientras él y sus compañeros realizaban la entrevista en la Mansión Hunder. Veinte años aquella niña sonriente había desaparecido para ver a una mujer, que en su mirada expresaba el dolor que había pasado todo ese tiempo.


El parecido con su madre era extraordinario. Casi se había sentido tontamente enamorado de Sofia, con sus dulces modales y su tersa voz. Paula tenía los mismos rasgos clásicos que ella, sus ojos rasgados y sus pómulos definidos. Pero mientras que Sofia había sido callada, reservada y conservadora, su hija era página de otro libro. Se veía en su presencia, en su mirada. Quizás había sido criada para ser una próxima esposa de político, tal como su madre, pero Paula Chaves había echado los dados y labrado su propio destino.


― Muy buena. No eres tonta. Eso lo pude ver desde ese día. Quizás en parte tengas razón. ¿Quién no daría su brazo izquierdo por tener las declaraciones de la oveja negra de la dinastía Hunder? ― El desde luego lo daría, pero eso iba más allá de una simple exclusiva. Si Paula accedía, podría platicarle de sus investigaciones… con el tiempo. ― Sin embargo, hay algo que me motiva a hacerlo. Y es la búsqueda de la verdad. No soy un simple reportero de cotilleos y chismes. Soy un profesional. Y tú, ― dijo, alzando su dedo índice ― tienes en tus manos hacer conocer que ella no era lo que todo mundo creyó que era. Ahora con tu padre queriendo la reelección, ¿no dudas que sacaran a relucir eso nuevamente? ¿Crees que podrás con ello de nuevo?


Paula recordó todos los años que estuvo en el colegio, las peleas que tuvo que encarar con cada persona que la llamaba “la hija de esa prostituta”, o que decía algo de su madre. Solo Samuel había podido ayudarla a seguir adelante. Peo incluso él había tenido que pagar un precio por ayudarla. Y a pesar de todo, ni él ni Jorge la abandonaron.


Trató de dar un paso hacia Larry pero Pedro la apretó a su cuerpo, volviendo a Paula a la realidad. Se había olvidado de su abrazo. Se miraron sin decir nada. Larry se encargó de romper el encanto del momento.


― Pedro, muchacho, creo que si ella quisiera matarme, lo habría hecho hace rato.


Pero Pedro no la soltaba. La seguía mirando.


― Paula… No tienes que hacerlo.


Paula pensó sólo unos segundos en sus palabras. Tenía razón, no tenía que hacerlo. Debía de hacerlo. Quizás había llegado el momento de dejar de huir de su pasado y encarar de una vez por todas a su padre. Posó sus manos con suave pero con firmeza sobre los brazos de Pedro y lo obligó a soltarla. Entonces caminó hacia la pequeña grabadora y la encendió apretando el botón de “grabar” y se sentó enfrente de Larry.


― Mi madre murió cundo tenía nueve años. ― Su voz era indescifrable. No había tono de tristeza o de dolor, pero tampoco de alegría o felicidad ― Estaba muy unida a ella.
Era una gran mujer. La mejor madre del mundo. Sólo le puedo decir que mi madre fue una gran mujer, y que amó demasiado. Su comida preferida era el chocolate y odiaba hacer ejercicio. Vivía por las causas nobles y jamás se dio por vencida cuando de recaudar fondos se trataba. Adoraba a “Beauchamp”…


Larry sonrió plácidamente, y sintió que por primera vez en toda la tarde, estaba progresando con respecto a la señorita Chaves.









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