domingo, 7 de junio de 2015
CAPITULO 38
La noche era tranquila. Paula alzó la mirada para poder deleitarse por unos segundos de la belleza del cielo, y poder refrescar su cabeza del enfado. La Barbie Californiana había hablado para decir que tenían que pasar por ella hasta las nueve de la noche y así llegar a la Cena antes de las nueve y media. Había dicho, según Augusto quién había oído la conversación por altavoz, que “llegar tarde era lo más fashion, porque así serían la sensación”. Paula frunció el ceño, tratando de olvidar. ¿Fashion? ¿Qué rayos tenía que ver eso con la seguridad y los itinerarios? Odiaba a la gente impuntual.
No había estrellas en el manto azul de la noche, pero si una luna menguante preciosa en color amarillo. Los árboles, setos y la maleza de la casa le daban casi un lugar de ensueño. Podría disfrutar de eso por años. Sin su padre, sin preocupaciones, sin nada más que esa exquisita tranquilidad. Volvió a fruncir el ceño cuando un par de zapatos irrumpieron el silencio del tacón con el frío mármol dando pisadas.
― Paula.
Ella no se giró, sino que absorbió por uno segundos esa voz y el olor de colonia de hombre que el viento le llevaba. Cuando la volvió a llamar por su nombre se dio que ya estaba bien de soñar despierta.
― Lo siento, estaba… pensando.
Apenas pudo terminar la frase correctamente. Una cosa era ver a un hombre en traje de gala en una revista, periódico, o lo que fuera. Ver a uno así en la vida real, no era nada parecido. Noventa kilos de tetosterona exudando de ese cuerpo, casi las podía ver.
Pedro llevaba un traje de pantalón negro que realzaba su altura y sus largas piernas. Llevaba un camisa blanca plisada en el medio y encima un chalequito negro corto. Seguido de un saco de color claro, pero no era blanco, tal vez ostión o algo así. Llevaba pajarita negra en el cuello un poco curvada pero no por ello le restaba presencia. Dio un paso hacia ella batallando con los gemelos de plata y cristales que trataba de cerrar en el puño francés de su camisa, y gracias a ello no era conciente del escrutinio de la mirada de Paula.
Se quedaron mirando fijamente una fracción de segundos pero Pedro desvió rápidamente la mirada hacia sus puños.
Paula había conocido hombres guapos, que sabían que su hermosura esa su base y lo explotaban al máximo. Pero Pedro ni siquiera era conciente de ello. Parecía más preocupado peleando con los broches que pensando en su aparición.
― Yo… Viviana… ― Hablaba mientras trataba de abrochar los gemelos por quinta vez ― ya habló… que… ¡Joder estás cosas no se pueden abrochar así!
Paula curvó la boca ligeramente. Los hombres eran tan primitivos. Podía quitarse el saco y abrochárselos o simplemente pedir ayuda. Paula optó por la segunda opción y se acercó a él, tomándolo del brazo sin decir nada y ordenándole en silencio que lo mantuviera fijo. Paula abrochó los tres gemelos de su mano derecha y se fue a por lo de la izquierda.
― Listo, y ahora esto.
No lo miró solo alzó las manos y le acomodó la pajarita para que quedara bien alineada. Y entonces estuvo a punto de alisar su saco para quitar las pelusas como había hecho con Samuel y entonces se dio cuenta de lo que estaba haciendo… con su jefe.
― Bien, vamos.
Sin esperar respuesta Paula se fue hacia el auto mientras llamaba a Augusto por el auricular. Sonrió al recordar la cara de niño en navidad de Augusto cuando le había dado su auricular y le había explicado como ponérselo. Todo había estado bien hasta que le había preguntado si podía llevar un arma.
Entonces le había dado la mirada. Y asunto resulto.
Por su parte ella llevaba a Lou en la cartuchera como niña buena, y una pequeña navaja en la bota. Claro, no le diría a Augusto del arma que llevaba oculta entre los sillones de la limusina. Tenía que ir preparada para todo, sin asustar a nadie y ser una versión de Rambo femenina con carrilleras de fuego y metralletas y ese estúpido pañuelo rojo. No puedo evitar reírse.
― ¿Dé que te ríes?
Pedro. Paula se había olvidado por completo de él. Se giró y medio sonrió.
― Nada, sólo cosas. Vamos que no queremos que la pr… ― Paula se calló súbitamente. Con Augusto era un juego, pero con Pedro no. ― Que la Señorita Kaplan se quede esperando
― Ibas a decir algo más.
Paula alzó las palmas pidiendo paz.
― No tengo idea de que estás hablando.
Él no dijo nada, y siguieron hasta el auto. Augusto ya estaba ahí, esperándolos y al ver a Pedro abrió las puertas de la limusina. Paula esperó a que se subiera y después, Augusto y ella fueron a sus asientos delanteros. Paula casi había llorado al ver el completo y gran equipo de limusina que Alfonso utilizaba para esas ocasiones. No era ni larga ni llamativa, pero si muy segura. Cuando Paula había visto el logotipo del Cadillac había silbado y Augusto había salido orgulloso del auto y lo había modelado.
Después entre ambos habían pasado a darle una inspección, entre neumáticos, vidrios, motor, panel de control, Constaba de solo dos puertas, y una zona de separación entre ambas para minibar y asientos. James Bond estaría orgulloso de auto. Y gracias al cielo, ventanas gruesas para así no escuchar al pajarraco de Viviana tratando de conquistar a Alfonso.
Les tomó quince minutos llegar a la casa de Viviana ubicada en la zona norte. Tanto ella como Augusto se bajaron para ir a recibirla aunque ninguno lo hizo con mucho entusiasmo, pero Augusto era más profesional que ella y no mostró ninguna reacción. Paula había barrido la zona antes de que Augusto dejara salir a Alfonso, ya segura de que no había peligro.
En la puerta giratoria salió una Viviana-Kennedy-Clinton-Kaplan en todo su esplendor. Llevaba un vestido straple en forma de corazón, entallado a su delgada figura hasta la cadera y lleno de volantes y olanes al final, que le recordaba casi a los vestidos españoles. Justo donde empezaban los vuelos tenía un broche que Paula casi pudo apostar eran diamantes. Jesús, ahora tendría que cuidar a dos en vez de uno. La tela era de color negro lo que realzaba la tez blanca pálida de Viviana, y como llevaba el pelo agarrado en un laborioso peinado y unos aretes largos, su cuello parecía de cisne. Incluso tenía ese aire de sofisticada que combinaba con todo.
Llego hasta Alfonso y lo abrazó, compartiendo besos en ambas mejillas. Como llevaba carmín rojo en los labios se quedó con la mano en la mejilla limpiando las marcas que había dejado en su mejilla izquierda.
― Estás hermosa, Vivi.
Paula se negó a hacer un mal comentario, un mal pensamiento, pero le molestó que le dijera que se veía bien. Y lo que más le molestó era que tenía razón. Buscase por donde le buscas, Paula tenía que aceptar que Viviana se veía muy bien.
― Oh Pedro, gracias. Tú estás como siempre está noche. ― dijo Barbie con su voz melosa, que provocó en Paula unos deseos de vomitar. Después de todo el encanto se perdía cuando abría la boca. Que bueno. ― Aunque estoy un poco molesta porque llegan tarde. Te hablé hace una media hora. ― dijo con un puchero nada sexy en la cara.
Paula frunció el ceño, no había entendió la última frase. Era por culpa de ella que iban tarde, ¿no? Entonces dirigió su mirada hacia Paula y cambió de pose, tomando a Alfonso del brazo y casi enredándose a él como una víbora
― Buenas noches Paula. Hoy te ves tan formal.
Después de ducharse Paula se había decido por el traje gris que había comprado con Clarisse. Era un traje de dos piezas gris de rayas, debajo una blusa de cuello redondo de algodón sencilla, sus zapatos de tacón bajo negros y para esa ocasión se había dejado el cabello suelto que como lo tenía cortado en capas le llegaba un poco más abajo del hombro y con volumen. Pero si fueran a competir en un desfile de modas, era obvio quien se llevaba la medalla de oro.
― Usted se ve espléndida esta noche, Señorita Kaplan ― observó los ojos de Viviana brillar ante el cumplido. Por lo visto le encantaban. ― Tenemos que irnos
Esperó a que ambos emprendieran la marcha, y Augusto seguía esperándolos en la puerta. Viviana entró primero y era casi merecía una ovación al ver como lograba meter todo ese vestido en el coche. Después Pedro entró sin siquiera mirarla. La estaba ignorando y no entendía por qué. Y le molestaba que le doliera esa indiferencia. Suspiró al ver que Augusto cerraba la puerta.
Veinte malditos largos minutos y al cabo de una hora y cuarenta y cinco minutos de retraso, llegaron a su destino.
Paula casi se había volteado y disparado al oír el incansable parloteo de Viviana hablando de quién estaría en la cena, sus notas y cuanta cosa. Le había dado a Augusto una señal de que subiera el vidrio para poder ahorrarse el dolor de cabeza, pero Pedro les había pedido que no lo subiera, aunque más bien había sido una orden. Dado que llegaban tarde, no estaba la hilera de autos que esperaban su turno, así que Augusto los dejó justo en la alfombra roja. Había un montón de gente por todos lados, formados detrás de los listones de seguridad. También había cámaras, fotógrafos, prensa de la radio, periódicos y televisión. Le dedicó dos segundos de sus pensamientos al desaparecido Larry. Ya daría con él.
― Empieza el espectáculo. ― musitó Paula cuando Augusto apagó el motor del auto y bajó para abrir la puerta.
Pedro salió primero y empezó a saludar para después extender su mano y ayudar a Viviana a salir. Después ambos hicieron una pose de película, muy sonrientes ambos. Augusto cerró la puerta y le dio un guiño a Paula deseándole suerte. Solo asintió y empezó a caminar detrás de ellos vigilante. Pedro llevaba a su acompañante muy bien agarrada de la cintura y respondieron un par de preguntas.
Siguieron pasando y posando para diferentes cámaras hasta que una reportera se dirigió a Paula.
― Señorita Chaves, Srta. Chaves, ― Paula se giró hacia donde la llamaban en un acto de reflejos. Era una muchacha joven de pelo rubio cenizo y llevaba unos lentes de montura enorme negras. ― ¿Es verdad lo que ha salido en el periódico del Times L.A.? ¿Acerca de la misteriosa muerte de su madre?
Ella se quedó sorprendida. Jamás se le ocurrió que la prensa se fuera a echar sobre ella esa noche.
― Sin comentarios.
Pero la rubia no se dejó amedrentar.
― ¿Es cierto que la relación entre su padre y usted sufrió un revés el día en que su madre murió?
― Sin comentarios.
― ¿Acaso no es cierto después de la muerte de su madre la declararon emocionalmente inestable y que años después, tuvo un accidente del que nadie sabe nada?
Y con eso los demás reporteros se aventaron sobre de ella. Sintió los flashes pegar contra su cara, captando su cara de desconcierto. ¿Cómo se había enterado de ello? Sólo Leandro sabía de ese episodio y estaba más que segura que él no había hablado. Esta vez contestar y decir el sin comentarios de manera indiferente le había costado todo su autocontrol. Otro reportero la llamó y luego otro, y otro, y todos estaban sobre de ella. Uno de ellos alzó la voz más alto y se oyó sobre los demás.
― ¿Por qué se ha negado a hacer declaraciones?
― No me he negado a nada ― “Idiota”, le faltó, pero ya estaba causando demasiado revuelo. Buscó con la mirada a la rubia que había empezado todo el jaleo, pero increíblemente, había desaparecido.
El reportero se metió entre el mar de gente hasta quedar en la valla de seguridad y mirarla.
― Pues nadie se ha podido acercar a usted, nos niegan las entrevistas.
Paula frunció el ceño. Ella jamás se había enterado de nada de entrevistas. A menos que…. Iba a contestar cuando Pedro se acercó a ella junto con Viviana y la tomó del brazo, ejerciendo presión.
― Tenemos que entrar. Un placer saludarlos a todos.
Y prácticamente la arrastró dentro del edificio hasta llevarla fuera de la vista de los reporteros y ya ahí Paula se deshizo del agarre de Alfonso. Viviaan se había quedado atrás caminando todo lo que le dejaba el vestido pero a Paula no le importaba un comino ella. Miró a Pedro con fiereza.
― ¿Has negado entrevistas en mi nombre? ― no alzó la voz, porque sabía donde estaban, pero aún así estaba muy enojada.
― Por Dios… pero que salvaje. ― dijo Viviana, mientras se arreglaba un mechón descarriado y la miraba con reproche.
Pedro no la miró, y siguió caminando, esperó a Viviana y la tomó del brazo, y caminaron hacia la puerta principal.
― Después hablamos de esto.
― ¿Pero quién coño te crees…?
Paula lo miró aturdida y después más encolerizada pero Pedro se giró tan rápido que no pudo reaccionar. La tomó de los hombros y la miró directamente, y habló con voz calmada pero con una nota imperativa.
― Paula, aquí no por favor. Por favor, después te lo explico. Además, tú también tienes muchas cosas que aclarar.
Respirando con fuerza, ella asintió. Pedro la soltó y volvió con Viviana, a medio trayecto del vestíbulo se encontraron con Miguel, sonriente.
― Pedro, ¿Por qué tan tarde? ― Pero quitó su sonrisa al ver las caras serias de Pedro y Paula, y mirando a Pedro hizo una señas hacia Paula ― ¿Qué les pasó?
― No la toques. Va a explotar. Casi puedes sentir su radio de furia.
Y era cierto, como si un campo de energía la rodeara, y te avisaba con cartel de neón brillante: Aléjate de mí.
― Paula, ¿Qué pasó?
Ella ni siquiera lo miró
― Si tú tienes algo que ver con lo de las entrevistas canceladas, me voy a enojar mucho Miguel. Y digo mucho. Pero hablaremos después, ahora a trabajar.
Paula cerró los ojos unos segundos, se acomodó la camisa mientras tanto y como si hubieran apretado un botón, el campo desapareció, y Paula quedó seria, pero no tan feroz como hacía unos instantes.
― Joder, tienes que enseñarme ese truco. ― contestó en broma Miguel.
Pedro no dijo nada. Entraron en la gran sala, donde la luz era tan intensa que parecía brillar. Entonces empezaron los saludos, Paula reconoció a varios senadores, congresistas, cantantes, artistas, de todo en esa sala. Ella se quedó en la orilla, siguiéndolo de cerca.
Pedro saludó y siguió con su papel, sintiendo a Viviana aferrándose a su mano que casi pensó que se la arrancaría.
Aquella noche había estado llena de sorpresas. No solo Paula y las preguntas que había hecho esa mujer, que podía estar seguro, nunca había visto. Primero Sara, cuando había subido a despedirse de ella y desearle buenas noches como continuamente lo hacía cuando salía a algún lado. Julieta siempre le había dicho que siempre se tenía que despedir con un beso y sin enojos, porque la vida no estaba comprada y si algo pasaba, al menos te quedaría la paz mental de saber que esa persona sabía cuanto la amabas.
Había tocado la puerta, y cuando Sara había dado su permiso, había entrado en su habitación. Con su pijama de pantaloncillos de corazones y una blusa blanca, con un estampado de un corazón enorme rosado en el centro, la había encontrado viendo televisión, sentada en medio de su cama con dosel. Parecía una princesita rubia encerrada en su castillo, como las películas que sabía le gustaban tanto a Sara. Su cabello lo llevaba suelto, que caía todo en el lado derecho sobre su hombro. Increíble que Sara tuviera ocho años, y a punto de cumplir los nueve. En un abrir y cerrar de ojos su hija había crecido dejando esos pañales que no nunca había podido poner correctamente y ahora era la linda niña que tenía delante. Y próximamente tendría una adolescente en su casa, se recordó de las palabras de Paula y sus bromas. Hizo una cara de dolor, no quería perder a su princesa.
Sara lo miró con sus enormes ojos azules. Pedro se vio a si mismo en ese mar, y se sintió un extraño. Sintió un golpe en el estómago, su propia conciencia lo traicionaba. Quizás, se había negado a ver lo que tenía frente a sí, y es que jamás había puesto de su parte para conocerla.
― Sara, ya me voy.
Sara asintió y le dio una sonrisa infantil, pero ambos sabían que era falsa. Solo para calmar la tensión.
― Sí, papá.
Pedro lo trató un poco más.
― Mañana salgo de viaje, yo… he… ― ¿Por qué estaba tan nervioso? Pedro jamás había tenido problemas para hablar con Sara. Pero entonces una voz muy dentro de sí le recordó algo: el jamás hablaba con Sara. O al menos no había por una semana o más. ― Estaré fuera una semana o más, dependiendo de las visitas.
― Lo entiendo.
Con esas palabras, Sara parecía más un adulto que la niña que debería de ser. “Te voy a extrañar demasiado”, trató de decir, pero las palabras se quedaron atascadas en la garganta. No sabía como seguir, casi empezó a retroceder cuando Sara lo volvió a envolver en su mirada.
― ¿Papi? ― el tono era de miedo, temerosa, y a Pedro le partió el corazón ver que no se podía dirigir a él con confianza.
― Si nenita, ¿Qué pasa?
― ¿Te puedo pedir un favor?
― Claro que sí, mientras no sea algo peligroso. ¿Qué es?
― Es que yo… ― miró hacia la casa de Paula, que quedaba exactamente a la vista desde la ventana de Sara ― con Paula fuera de viaje, Coco se va a quedar muy solita. Creo que estaría mejor conmigo, pero la señora Perkins dice que tú no lo aprobarías, pero Paula me dijo que tenía que preguntártelo mejor a ti.
Pedro procesó tres cosas rápidamente, haciendo que su cerebro analizara las cosas. La primera, que la Señora Perkins le había negado la petición de Sara cuando era una simple cosita, tener a un gato por la casa. La segunda, que Paula lo ayudaba aún cuando no quería y la tercera y más importante, que Sara se lo pedía a él. No se podía acordar de la última vez que Sara le había pedido algo.
― Claro que si, Sara. ― Se acercó a ella hasta su cama y se recargó en uno de los mástiles de la cama. ― Creo que Coco y tú son unas amigas inseparables.
― La adoro, es mi compañera ― contestó Sara, ahora si, riendo con naturalidad.
En ese momento Pedro deseó darse contra el palo que tenía enfrente. ¿Por qué nunca se le había ocurrido regalarle una mascota? Su esposa había sido alérgica al pelo de animal, de cualquier tipo, por lo que nunca habían tenido mascotas, y cuando había muerto, no había pensando en ello y se había olvidado de la idea con los años. Ahora no podía ofrecerle una nueva mascota, porque era obvio que le había tomado mucho afecto a la gata de Paula.
“Habla con ella, hazlo”.
― Sara, si necesitas algo y estoy afuera, sabes que puedes hablarme en cualquier momento. No importa qué, o cuando sea. ¿Entendiste? ― Observó la cara de sorpresa de Sara. Era la primera vez que le decía eso. Se sentó en la cama, sintiéndose indefenso frente a una niña que era casi la tercera parte de él ― Y yo… yo te voy a extrañar mucho, cariño.
Las pequeñas gemas de Sara se empezaron a nublar y sonrió feliz, asintiendo.
― Yo igual papi.
― ¿Le puedes dar un abrazo a papá para la suerte esta noche?
Sara brincó hasta él, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello. Pedro enterró su cara en su pelo, tratando de componerse, porque en ese momento sentía unas enormes ganas de llorar. Y las ganas aumentaron más cuando Sara en su inocencia le dio un beso en la mejilla diciéndole que era para la suerte. Sabía que ambos se sentirían incómodos al verlo llorar.
― ¿Sabes qué? ― la soltó y la miró fijamente ― Ahora que lo recuerdo, Viviana dijo que tardaría un poco más, así que por que no vemos un rato la televisión.
― Se te va a arrugar el traje. ― dijo Sara, tan práctica como una esposa.
Pedro no estaba tan loco para despreciar una oportunidad como esa.
― Faltaba menos, deja me quito el saco.
Se lo había quitado y se había acostado en la cama con ella, y estuvieron hablando acerca de los dibujos animados que estaban viendo. Si Viviana lo había hecho esperar, él bien se podía tomar unos minutos con su hija. Entonces Sara había empezado a cabecear y por fin se había dormido.Pedro se quedó observándola, absorbiendo cada detalle en su cara, su nariz respingada, o su boca medio abierta o su dedo meñique derecho que lo movía a cada rato, como si estuviera soñando. Habían pasado años desde que había podido disfrutar de una vista como esa, quizás desde que Sara era aún pequeña.
Le había dado un beso en la mejilla y la había terminado de arropar.
― Buenas noches, mi pequeña princesa. ― Y había salido de su habitación.
El ruido volvió y sintió el apretón de Viviana.
― Pedro, te hice una pregunta.
Él la miró sin entender, después al Congresista Davis y su esposa y se sonrojó.
― Lo siento, estaba pensando en mi hija y su mascota.
La Señora Davis, una mujer de alrededor de sesenta años, y pelo totalmente canoso sonrió feliz. Pedro sabía que era madre de tres, y abuela de cinco niños. Empezaron a hablar de los niños y sus programas y cambiaron impresiones acerca de los programas y lugares para llevarlos a divertirse.
Por el rabillo del ojo, vio a Paula parada fuera del círculo, en posición de descanso, mirando atenta a todos lados. Ella había sido la segunda sorpresa. Si bien el traje le había sorprendido por que delineaba su cuerpo y la hacía ver más alta e impresionante de lo que ya era, fue su pelo suelto, una lluvia de caoba y tonos marrones que lo habían dejado sin palabras. Había deseado por unos segundos extender su mano y acariciar esa espesa cabellera pero se había controlado.
Ahora ambos estaban enojados. Ella con él, y él con ella.
Y esa noche, hablaría de muchas cosas.
Miró a la Señora Davis y sonrió, asintiendo y siguiendo con la plática.
CAPITULO 37
― Augusto, vamos a repasar todo de nuevo.
Augusto hizo un gesto de cansancio pero al ver la mirada de Paula se compuso y se sentó derecho. Estaban en su casa, viendo un mapa de la ciudad, donde tenía varías líneas trazadas con diferentes colores. Augusto alzó la mano y la colocó un dedo señalando el lugar donde estaban en ese momento.
― Salimos a las ocho. Tomaremos Santa Mónica Blvd., ― con su dedo empezó a hacer un recorrido por la línea azul que tenía el mapa ― después doblaré en Hollywood Fwy, y entraremos al Centro, pasaremos el Ayuntamiento. Luego la Calle 1 Norte y después finalmente, paremos en 1 Street East y al Centro Nacional para la Preservación de la Democracia
Paula se aguantó la risa al ver a Augusto hacer un saludo de bandera y poner su mano en su corazón.
― ¿Luego?
― Augusto, o sea yo, ― dijo mientras se autoseñalaba ― se irá a refugiar al estacionamiento, donde de seguro me encontraré a mi amigo Albert, el chofer del congresista Stevens, y… ― Augusto sintió un escalofrío recorrer al ver la mirada de Paula y esa única ceja alzarse, ― Pero que desde luego no saludaré ni entablaré plática alguna, sino que me quedaré en el auto, cuidándolo con mi vida.
Paula sonrió. No pudo evitarlo.
― Me encanta tu humor, Augusto, ¿y después?
― Esperaré a tu llamado, nos vendremos, tomando una ruta diferente, nos vendremos por ― y volvió al mapa, pero ahora siguiendo la ruta verde ― Wiltshire, cosa que considero tonta, porque nos hacemos el doble de tiempo.
Habían discutido eso durante varios minutos.
― Augusto, si algo nos llegase a pasar, esa calle nos puede salvar la vida. Después de todo, has estado esperado a utilizar tus vueltas en U y acelerar ¿no? Además estas otras rutas ― y señalo las rotas en rojo y naranja ― nos servirán para evacuar rápido. Y llegar a estos puntos ― El primero era una estación de policía con muy buena seguridad, y el otro era la casa, pero bordeándola.
Augusto se acarició la barbilla, pensativo.
― Si lo pones así…
Tomó el mapa y lo dobló, tendiéndoselo a Augusto.
― ¿Vas por la limosina ahora?
― Sí, y sí la chocaré cuidadosamente. Cada pedazo de ella.
Había agregado al ver que Paula lo iba a interrumpir.
― Ten cuidado Augusto.
― Nos vemos en un rato.
Ya sola Paula miró la sala, se fue a la ventana donde Coco estaba tirada y se sentó en el balcón colocándosela en sus piernas y después acariciándola. Tenía tantas cosas en la cabeza, esa cena, el viaje Express por todo California, el dejar sola Sara durante el viaje, a Pedro con su hija y su campaña, a su padre que sabía tramaba algo, la muerte de su madre y la repentina desaparición de Larry.
Se pasó una mano por la cara, fatigada. A veces deseaba estar en su casa, sin hacer nada, sin preocuparse de nada, Pero después se reía de sus propios pensamientos. No podía estar sentada cinco minutos seguidos. Ser un florero no era su vida. Bajó la cabeza hacia Coco e intensificó las caricias. La iba a extrañar. Con todos los sucesos ocurridos y los recuerdos aun vigentes, Coco era un pedacito que le recordaba que por un tiempo había sido feliz.
Miró el cielo azul por la ventana pensando ahora en Jorge, Marla y el pequeño Samuel. Entonces su mente viajó a los recuerdos de Samuel Padre. Había sido guardaespaldas de su padre por varios años, pero cuando la muerte de su madre había cambiado todo, y su padre se había vuelto violento con ella, él la había protegido. Y eso le había costado su trabajo. Pero le había dejado a Paula un gran consejo. El fuerte llega hasta donde el cobarde quiere. Y ella había dejado de ser una cobarde.
Dejó de mimar a Coco y su mano viajó a su cabello justo en donde estaba la cicatriz. La tocó y la tocó casi jugando con ella. Llevaba días tratando de recordar más cosas esa noche, incluso había empezado a tener pesadillas cortas en la noche. Y siempre era lo mismo. Su madre en la puerta del despacho de Rafael, después mirándola y haciéndole señas de que se callara, se acercaba a ella y la Paula joven empezaba a tener miedo y miraba de nuevo y no era su madre sino su padre quien iba por ella, luego la oscuridad. Y después nada.
No lograba obtener algo más.
Justo cuando había cumplido la mayoría de edad, había salido de aquella prisión con nada más que sus papeles importantes, una vieja mochila, Beauchamp en una mano y en la otra, la libertad. Había buscado a todos los Samuel Torres que había encontrado en el directorio. Y después de cuatro fracasos, en la quinta casa, había dado con él. Y desde aquél día, una nueva vida había empezado.
― ¿Un centavo por tus pensamientos?
Paula bajó la mano de golpe y esta calló sobre Coco que maulló enojada y saltó a la cocina.
― Auch, pobrecita. En verdad estabas concentrada si te espanté.
Leandro estaba parado frente a ella. Lean también había sido parte de esa nueva vida, y había tenido un papel muy importante. Sin querer profirió un hondo suspiro.
― Vaya, ¿y ese suspiro?
Paula se levantó y sacudió su pantalón. Tenía un par de horas para cambiarse y prepararse para la cena.
― Ese suspiro es de qué te tengo que soportar. Y mis pensamientos no valen un centavo.
― Sí, sí, sí, lo que digas.
Leandro fue hacia la cocina y abrió el refrigerador sacando una lata de refresco.
― Sírvete ― susurró Paula sarcástica.
Estuvieron unos minutos en silencio. Paula estaba esperando a ver cuanto tiempo tardaba en hablar.
― ¿Y bien?
― ¿Y bien que?
― ¿Lista?
Por alguna razón Paula sabía que se refería a la cena, pero a la hablaba de otra cosa.
― Pues claro, ¿qué te crees que soy, nueva?
― La misma Pau de siempre.
Paula le dio un golpe en el brazo… fuertemente.
― Odio que me llames Pau.
― Marla te llama así.
― Si, pero es Marla.
Leandro se limpió una lágrima falsa y agregó con voz llorosa.
― Me siento herido.
― Si claro, tú y tu pobre corazón lloraran toda la noche.
Después ninguno de los dos dijo nada más. Paula esperó a que se terminara el refresco.
― ¿Sabes que lo verás, no es así?
Así que eso era, pensó Paula. Al parecer todo el mundo pensaba que su padre y ella no se podían ver ni en pintura. Pues sí, era verdad, pero no por ello saltaría en cuanto lo viera.
― Si Lean, lo sé. ― dijo cansada ― No es la primera vez que lo veo, y no será la ultima. Al menos hasta que muera. Así que tranquilo, me controlaré.
― Tratará de sacarte de sus casillas.
Ella también lo había pensando. Había sacado sus propias conclusiones después de hablar con Pedro el día anterior.
― No he dejado de pensar en eso. Después del reportaje de Larry, se que lo hará, será su forma de vengarse. Me acorralará hasta que explote, desacreditándome y haciéndome la mala de la película.
― Vaya, te las sabes todas
― Viví con él demasiado tiempo. ― más del que le habría gustado a ella, pero no iba decir eso ― Sé cuales son sus cartas. Y con eso jugaré.
― Me siento tan orgulloso de mi chica.
― Tu chica mis… no tengo eso, pero no soy tu chica.
Leandro tiró la cabeza hacia atrás, y dejó salir una sonora carcajada. Después se levantó del asiento poniendo terreno entre ellos. Dejó la lata en la mesa y entrelazó las manos, poniendo los ojos como cervatillo y aleteando las pestañas.
― “Lean, eres lo máximo… ― dijo con una imitación bastante mala de chica ― eres un héroe. Gracias por salvarme. Yo…”
Paula saltó del sofá y fue detrás de él, pero había una mesa que los separaba.
― ¡Cállate!
― Oh vamos, qué es un juego entre amigos.
Paula lo rodeó por un lado pero el salía por el otro.
― No cuando me tomas el pelo de esa manera. Tenía 19 años, era una chiquilla por dios.
― Pero besabas bien.
Se fueron hacia los sillones y se iban escondiendo entre ellos.
― Te voy tirar esos dientes y arruinar esa cara bonita.
― Un besito… ― repetía una y otra vez Leandro alzando el pico como caballo.
Paula en un impulso saltó hasta él, pero Lean ya había calculado el golpe y la había atrapado colocándola entre sus brazos con su espalda pegada a su pecho y ambos forcejeando.
― Suéltame idiota que te voy…
― Uno, anda. Ya me diste uno, ¿qué es otro?
― Te juro que…
Un carraspeado los dejó quietos y miraron hacia la puerta que estaba abierta, y Pedro con una cara recta estaba en el umbral.
― ¿Están ocupados?
― Pedro… ― fue sólo un susurro, una vocecilla, pero se sentía como una niña atrapada haciendo algo malo.
Leandro la soltó lentamente y Paula se separó, después arreglarían las cosas. Se alisó la blusa y su cabello un poco alborotado. Pedro los seguía mirando reprobatoriamente y su mirada tenía algo más. Era fuego dorado en esos momentos. Estaba enojado. Genial, ahora cargaría con un malhumorado.
Con una mano en el pantalón y la otra en el picaporte de la puerta, Pedro entró y se acercó un poco a ellos.
― Creo señor O’Brien que se le contrató para vigilar la casa, no para andar jugando con la guardaespaldas
Leandro se puso recto y su voz era un línea de acústica. Sin sentimientos ni remordimientos. Solo contestó.
― Lo siento señor. No volverá a pasar
― Sólo estábamos…
― Me han informado que quería verme ― interrumpió Pedro sin dejarla hablar. ― sí es así, podemos empezar rápido. Tengo cosas que hacer.
Salió de la casa, dándole a entender que la siguiera. Eso molestó a Paula, ¿cómo se atreví a tratarla de esa manera?
― Vale ― le dio un golpe a Leandro en la cabeza ― La próxima vez compórtate.
― Parece enojado.
Paula seguía mirando la puerta sin creerse lo que había pasado.
― Si, pero no entiendo por qué. Ha de ser bipolar el hombre.
― tomó una bocanada de aire y lo miró ― A veces es una buena persona, pero otras, parece que llegaron los ovnis y cambiaron de personalidad. ― Leandro no la miraba sino que seguía con los ojos fijos en la puerta ― ¿Qué piensas?
― Algo que no me está gustando. Pero no creo… No. ― se contestó a sí mismo y después empezó a reír. ― Cuídate, ¿vale?
― Si papá.
― Vete, antes de que nos corra. Yo aun no junto para mi semana de salario.
― Idiota. Nos vemos.
Ambos salieron rápidamente, Leandro se fue a su central de inteligencia como el mismo lo llamaba y ella se echó a caminar hacía la casa grande. Entró por la puerta trasera y se encontró con Mariana, quien estaba mirando la televisión en su novela favorita.
― Algo le pasó a Pedro. ― dijo Mariana sin apartar la vista del televisor.
― ¿Ah sí?
Mariana Sally Field se metió un pedazo de fruta a la boca y siguió mirando su programa. Paula se preguntó como supo que era ella pero lo dejó pasar.
― Vale, lo voy a ver su despacho.
Nada más al entrar en la estancia sintió la tensión en el ambiente. Alfonso estaba de espaldas a ella, mirando por la ventana que daba a su casa.
― Parece que se estaba divirtiendo.
Fue un golpe en seco. Ni holas ni nada. Ni siquiera se volteó para verla al hablar. Paula deseó tomar un libro y lanzárselo.
Pero sería poco.
― Pues si, la verdad es que si me estaba divirtiendo. La casa está segura, y ambos sólo establos platicando.
Pedro dejó caer la cortina y se dio la vuelta para encararla.
― Eso no fue lo que vi.
Abrió y cerró las manos con fuerza. Paula se estaba cansando de eso.
― Lo que vio fue a dos viejos amigos tomándose el pelo uno al otro.
― Pues a mi me pareció otra cosa. Además, si la casa es tan segura ahora, ¿Por qué lo contratamos?
Ah, eso sí se que no, pensó Paula. Si estaba tratando de insinuar lo que creía que estaba haciendo, su trato de amistad estaba pendiendo de un hilo muy pero muy delgado.
― Salimos de viaje mañana. Nos vamos por una semana, y Sara, Jaime, Mariana y todos se quedan. Yo voy a cuidar su trasero, pero ¿Quién se quedará aquí? ― hizo una pausa esperando respuesta. Dejó que la idea entrara en esa cabeza hueca ― Leandro es excelente. Yo aprendí de él, y también Leandro es mi amigo. Las dos cosas vienen juntas y separadas. Juntas, porque para mí, un amigo es algo importante, no sólo un objeto, y separadas porque a pesar de lo que vio, nos tomamos el trabajo en serio. Si tan poco le preocupa dejar la casa desprotegida, con Sara aquí, vaya y despida a Leandro.
El silencio reinó. Ambos se quedaron mirando fijamente, midiéndose el uno al otro, con cada segundo que pasaba, Paula alzaba aún más su cabeza, manteniendo la cabeza erguida. Al cuerno con Pedro, pensó, ella no había hecho nada malo.
Fue Pedro en primero en desviar la mirada. Bajó la cabeza y con una mano empezó a jugar con la mesa, dándole pequeños golpes.
― Lo siento.
Paula estaba empezando a hartarse de esos lo siento. Era bipolar, eso era. Dejó salir un aire y se dio la vuelta.
― Augusto fue por el auto. Regresa en una media hora más o menos. Salimos a las ocho.
― Paula, hay un cambio de planes.
Cambio de planes. Paula odiaba los imprevistos de última hora. Tenía todo programado y no le gustaban los avisos de último momento.
― ¿Y ahora que?
― Viviana va a ir a la cena con nosotros.
Genial, justo lo que faltaba.
Que la rubita estuviera en la cena. Recordó las palabras de Clarisse, acerca de Viviana detrás de Pedro, queriendo ser la futura esposa del senador. Quizás algún día, incluso, Primera Dama. Pues a ella le daba igual, pensó Paula. No es como si le importara. Ella estaba ahí por trabajo.
“No te involucres” era el lema, y lo haría cumplir.
Le dio su mejor sonrisa falsa, tanto que se le entumieron los pómulos de ellos.
― Vaya, pues bien.
Pedro vislumbró por unos segundos algo en su mirada pero no supo que fue. Después de encontrarlos a ella y a Leandro en la casa de la alberca hablando de besos y jugando se había sentido molesto, enojado, insultado, y sí, celoso. Cosa que no tenía sentido, porque entre ellos dos no había nada.
Pero entonces, ¿Por qué tenía la imperiosa necesidad de excusarse con ella?
― Carlos pensó que era mejor que no apareciera solo. Además Viviana sabe mezclarse en estas cenas.
Era una cena de caridad, pero también era un lugar para atraer más contribuyentes a la campaña de Alfonso. Paula entendía eso, pero no por ello le agradaba la idea de llevar a Viviana en el asiento de atrás.
― Pues qué bien. Bueno, nos vemos Alfonso, salimos a las ocho.
Salió de prisa de la habitación y caminó aceleradamente fuera de la casa. Ya fuera de la casa, alentó el paso y se fue pensativa hacia su casita. ¿Por qué se había sentido herida al escuchar que Viviana si sabía mezclarse?
Porque en cierta forma sabía que no era tan femenina como Viviana, ni sabía “mezclarse” como ella. No, Paula no quería una vida así. Había huido de una similar y no regresaría a lo mismo. Sin embargo, una maldita vocecilla no la dejaba en paz, que le hacía preguntar a Paula si entre ellos no había algo más.
Metiendo las manos en las bolsas de su chamarra, Paula siguió caminado sin mirar la vía, pensando en todo. Viviana era hermosa, inteligente, refinada y educada, creada como una máquina para esa vida. Paula no la veía jugando en la arena, ni diciendo groserías, ni golpeando gentes, ni… bueno, en resumidas, no era Paula.
Se detuvo ante una cámara de seguridad y alzó los pulgares hacia arriba, indicándole a Leandro que todo estaba bien. Incluso le dio una sonrisa. A este paso acabaría con cintas pegadas en los cachetes por culpa de esas sonrisas tan falsas como el césped que pisaba.
Llegó a la casa, e iba directamente a su dormitorio para empezar a arreglarse. Entonces un maullido de Coco la detuvo y su sexto sentido le índico que había alguien más.
Puso la mano en su pistola a punto de sacarla cuando vio a Sara hincada jugando con el gato.
Paula casi se da un golpe en el pecho para calmar su corazón. Había estado a punto de espantar a Sara, por segunda vez. Se acercó a ella, y le tocó el hombro.
― Sara, ¿Qué haces aquí?
La niña empezó a hacerle más caricias a Coco y después la miró.
― Vine a ver a Coco. ¿Te la vas a llevar mañana?
― No, claro que no. ― Aunque ella quisiera, no podía cuidarla. Entonces se le ocurrió una idea ― En realidad te iba a pedir que te la quedaras.
Los ojos de la niña brillaron como dos zafiros.
― ¿Puedo?
― Claro, la niñera de Coco ha renunciado recientemente y no creo que acepte otra vez. ― Recordar a Maite con su cara hinchada, no, no iba a volver a aceptar ― Coco es demasiado mimada. Pero… te la tendrás que llevar a la casa grande. No quiero que durante mi ausencia vengas aquí sola.
― ¿Puede dormir conmigo?
― Creo que si. Habrá que habla con tu padre y decirle
― Oh…
Eso fue lo único que dijo, pero su cara expresaba más cosas. Había dejado caer los hombros y sus ojos habían perdido ese brillo.
― ¿Por qué esa cara?
― Papá es a veces… ― Sara seguía buscando la palabra para definir a su padre. Malo no era, pero tampoco tierno.
Paula también pensaba lo mismo. No había manera de definir a Alfonso. Su puso en cuclillas justo al nivel de Sara.
― Pues no sabrás que dirá hasta que le preguntes ¿no? Puedes imaginarte mil respuestas, pero al final tu padre te dará la suya, porque tú no eres tu padre, y no piensas como él.
― Se lo pediré.
Paula sonrió, y movida por un impulso, le dio un pequeño toque en la nariz.
― Así me gusta. Sabes que salimos de viaje mañana, ¿no es así?
La pequeña asintió tocándose la nariz.
― Si, te voy a extrañar.
Aquella confesión proveniente de una niña de ocho años la dejó desarmada. Sentía la necesidad de protegerla, pero no por dinero. Sara se había convertido en uno de los suyos. Sintió un escozor en sus ojos, lo que hizo que se pusiera de pie súbitamente.
― Yo igual. Anda a tu casa. Nos vemos en una semana.
Espero a que Sara se fuera y la viera entrar en la puerta lateral de la casa grande. No pudo evitar sonreír y empezó a bailar su cabeza.
Entonces fue a su recámara y sacó su ropa. El día apenas comenzaba.
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