domingo, 7 de junio de 2015
CAPITULO 36
Llegaron a la casa y Sara ayudó a Paula a bajar las bolsas y dejarlas en su pieza. Estuvo con Coco un rato mientras que Paula guardaba las cajas. Cuando vio la que contenía el vestido, la metió en el fondo del clóset. Jamás saldría a la vista. Quizás cuando Marla volviera a su talla se lo podría regalar.
Después acompañó a Sara a la casa grande, y se molestó al ver la mirada reprobatoria de la señora Perkins. Paula la sostuvo y no la dejó de mirar hasta que se perdió en el piso superior. Se fue a la cocina donde Mariana estaba en plena faena con el guisado. Paula quiso ofrecer su ayuda, pero dado que solo sabía cocinar cosas que incluyeran meter en un microondas o fuera algo como fruta fresca, no servía para más. Media hora después Mariana anunció que la comida se serviría en quince minutos. Paula fue a cambiarse y cuando regresó se encontró con Sara en la entrada del comedor, vistiendo un vaporoso vestido negro con rosa y su cabellera rubia suelta, sujetada por una diadema negra.
A treinta y dos grados Paula se estaba muriendo de calor con una blusa simple, no imaginaba lo que sentiría Sara con ese vestido. Le dio pase y caminaron al comedor.
― Vi que Janet y tú se estaban llevando bien.
Sara asintió.
― Toca el violín. Jamás pensé que ella tocase el violín.
Paula sonrió. Matt había sido muy bueno con los instrumentos. Todo un geek, quizás sus hijos habían sacado eso de él, y no la incomprensibilidad auditiva de la madre.
― Pues ya somos dos.
Se sentaron en la mesa tomando el asiento que pudieran.
Pedro en la cabeza de la mesa, y para desgracia del día, Carlos y Viviana también se sentaron a comer con ellos. El primero a la izquierda de Alfonso y Viviana a un lado de este. Miguel se sentó a la derecha de Pedro y Sara, entre Miguel y Paula. Mariana sirvió la comida a la hora en punto y la plática empezó y como siempre la política era el tema. Paula sabía que ese era el trabajo de todos ellos, pero por Dios, ¿en la mesa de comida?
Entonces una brillante idea se le ocurrió. Casi pudo oír el sonido de las campanas como en las caricaturas.
― ¿Que te pareció la boutique, Sara? ― preguntó Paula con un tono de voz un poco más elevado de lo normal.
Las pláticas cesaron de repente. Todos mirando a Paula como si se hubiese vuelto loca. Sobre todo Sara, quién la miraba extrañada. Casi siempre se limitaban a comer en silencio, y escuchar a los demás, pero por cortesía tenía que contestar.
― Me gustó mucho. ― Tomó un sorbo de su agua. Ese día había dado un paso contra la timidez y pensó en arriesgarse por más ― ¿Conoces de hace mucho a la Señora Montgomery?
Paula sonrió feliz. Muy feliz. La tortuga Sara estaba saliendo de su caparazón.
― ¿A Clarisse? Si, estudiamos juntas. ― Recordar aquellos años juntos le provocaba un sentimiento de calidez ― Fuimos muy buenas amigas.
― Es un poco… diferente de las reuniones de padres.
― Sí, lo es.
Paula miró a Pedro esperando su participación, pero él seguí cortando la carne con los cubiertos. A veces ese hombre metía la pata hasta el fondo. Pero no quería ser tan obvia, y desgraciadamente atrajo la atención de alguien que no quería.
― ¿Boutique? ― intervino Viviana mirando hacia Paula. ― ¿Están hablando de la Boutique Gemma? ¿Y de su dueña Clarisse Montgomery?
Sara fue la que respondió en tono de defensa.
― Estudiaron juntas.
― ¿A Matthew Montgomery también lo conoces? ― preguntó Carlos, integrándose en la conversación. Alzó la copa de vino y se la llevó a los labios.
Paula lo miraba a través del frío cristal.
― Claro, Matt y yo también estudiamos juntos. Y su hija Janet va en la misma clase que Sara.
― ¿Son amigas, Sara? ― inquirió Pedro mirando fijamente a su hija.
Paula quiso darle de golpe en la espinilla. Esa voz, esa mirada y esa pregunta no era lo que había esperado de Pedro. Sintió a Sara tensarse y bajar la mirada a su plato.
― Yo… he…
― Janet y ella tocan instrumentos musicales. ― interfirió Paula rápidamente ― ¿Desde cuándo tocas el piano Sara?
― Desde los tres años.
Paula abrió los ojos sorprendida. En verdad sorprendida.
― Wuau, ¡es genial! Yo siempre traté de tocarlo ― alzó las manos ― pero mis dedos son demasiado lentos para eso. ― Tenía que buscar que el tema de plática siguiera neutro. Miró al único miembro que o había hablado y se mantenía concentrado en su platillo de comida, devorando el filete de carne ― Miguel, ¿tú tocas algún instrumento?
El tenedor que llevaba un pedazo de carne a su boca se quedó suspendido en el aire.
― Sí ― contestó tragando el pedazo de carne, tomó agua para bajar la comida y suspiró ― Pues ahora que lo dices, se me da muy bien la armónica. Aunque la cantada no se me da nada mal.
Sara y Paula se rieron entre ellas.
― Oh vaya, eso quisiera verlo. Pavarotti en acción.
― Oye, no estoy tan gordo que él. ― exclamó indignado Miguel y después acarició su pequeña panza escondida debajo del traje ― Estoy frondoso, ¿a que sí pequeña? ― se inclinó hacia Sara y le guiñó un ojo., provocando risas por parte de Sara.
Paula se tragó sus ganas de golpear a Pedro. Estaba desperdiciando una muy buena oportunidad de hablar con Sara. Podía alabar la habilidad de su hija, decidió darle un segundo apoyo. Volvió su atención a Sara nuevamente.
― Me entere por Clarisse que van a hacer un concurso de talento musical, deberías de inscribirte. ― le animó Paula dándole un golpe amistoso con el codo
Sara jugó con su cabello.
― No, la verdad no se me da muy bien el público.
― Sara, tienes que hacerlo. ― dijo Pedro imperativamente, viajando su mirada entre su hija y su plato.
― ¿Papá?
― Claro, tienes que inscribirte. Sé que ganarás. Además son solo un par de personas.
Paula deseó poder dejar caer la cabeza sobre sus hombros.
Pedro estaba arruinando todo. Sara dejó de sonreír y sintió su tensión en la forma en que apretaba los cubiertos.
― Yo… lo haré, papá.
Paula detectó el tonó de su voz. No era el dulce “Papá” que una niña decía, sino aquel que decías obligada.
― No se trata de ganar, ― intervino Paula mirando primero a Sara y luego a todos los comensales ― sino de competir sanamente y poner todas tus ganas. También hay que saber ser un buen perdedor.
― ¡Por favor! ― exclamó Viviana ― Todo es acerca de ganar. Que cosa tan tonta dices Paula. Además, Sarita ganará, es la hija de su padre.
“Hay claro cariño, y tú eres rubia natural” quiso contestarle Paula, pero se mordió la lengua. Gracias al cielo Miguel intervino.
― ¿Y que tal te fue en la escuela? ― pregunto Miguel, cambiando de tema, paseando la mirada de Sara a Paula, guiñándole el ojo a esta y volviendo a Sara.
― Bien. ― murmuró Sara.
― ¿Qué tal la llevas con los maestros? ― insistió sacándole plática.
― Son buenos. Todos me caen bien.
― Oh, yo recuerdo mis días de estudiante. ― suspiró Miguel pensativo ― Tan bellos recuerdos. Era un holgazán y no hacía nada, y siempre me iba bien. La envidia de la escuela.
― Pues lo de haragán aun sigue. ― comentó Paula.
Todos estallaron a las risas. Entonces Viviana miró a Sara
― Sarita, ― decía su nombre con un tono empalagoso que provocaba ganas de vomitar en Paula ― quizás nos quieras contar que le gusta a los chicos hoy. ¿Tienes algún chico escondido por ahí?
― ¡No! ― contestaron. Sara gimiendo avergonzada y Pedro gritando horrorizado.
Paula pudo comprobar que ambos tenían muy buenos pulmones.
― Es una niña, Viviana. ¡Por dios! ― sentenció Pedro volviendo a su plato.
― Hay, Pedro, eres tan sobreprotector ― dijo Viviana con esa voz de comercial de L’Oreal y aleteado las pestañas a mil revoluciones por segundo.
Al final regresaron a lo de siempre. Todos en su mundo. Paula no quiso arriesgarse a un nuevo tema de conversación.
Varias horas después, Paula siguió con su rutina, comprobando la seguridad de la casa, y dando rondas.
Leandro y ella habían hablado acerca de perros guardianes, pero Paula lo había descartado. Necesitan un entrenamiento riguroso y además, con Sara en la casa, y gente entrando, no era muy buena idea. Dio una vuelta por la casa, y en el camino se encontró a Daniela y a Magdalena que regresaban de no sé donde. También se encontró con el odioso de Carlos que no dejaba de darle miradas amenazantes. Marcó para hablar con Larry y saber si había averiguado algo de lo sucedido con su madre, pero tenía dos días sin tener noticias de él.
Entrando la noche repasó el itinerario del día siguiente y del viaje con Leandro y Miguel. No quería que nada se le quedara sin revisar. Salió unas horas para visitar al lugar junto a Miguel. El teatro Kodak se quedaba corto con ese lugar. Era fantástico… y enorme. Por lo visto mucha gente iba a llegar a morirse de hambre.
Sin querer recordó las palabras de Pedro y como había defendido su posición. Sonrió pensativamente.
― ¿Preparada? ― preguntó Miguel mirando el lugar.
― Siempre Miguel, siempre.
Regresaron a la casa, rápidamente y cada quien se puso en sus cosas. Paula volvió a marcar a Larry y no lo encontró. Se estaba empezando a impacientar. Siendo editor de un periódico tan famoso como el suyo, de seguro no podía andar perdido así como así. Unos golpes en el vidrio de su puerta la pusieron en alerta. Coco medio levantó su cara, pero como no era algo que significara rascar la panza, se volvió a dormir.
Corrió la cortina y no se sorprendió de ver a Pedro. Paula abrió la puerta dejándolo entrar después salió para comprobar si alguien estaba afuera, y cerró.
― ¿Y?
Pedro estaba con la camisa arremangada y un poco despeinando, como si se hubiese pasado la mano por el cabello muchas veces. Su cara mostraba preocupación e incertidumbre. Y Paula sabía que no era por las elecciones.
― ¿Estuve fatal, no es así?
Paula fue por dos latas de Coca-Colas al refrigerador. Le tendió una a Pedro y ella se quedó con la otra. Fue al sillón individual y se sentó subiendo las piernas en la mesa de centro. Lo bueno es que Alfonso no era tan quisquilloso como Jaime.
― No tanto, pero ese grito… ― abrió la lata y tomó un sorbo largo ― Debes de aprender a modular tu voz con Sara. Es una niña, no uno de tus subordinados, además los niños a su edad hoy en día ya tienen algún chico que les gusta.
― ¿Mi hija? ¡Tiene nueve años! ― Ambos se quedaron mirando y después sonrieron agradablemente ― ¡Dios! Estoy viejo para esto
Pedro hizo una mueca dramática que les hizo carcajear a ambos.
― ¡Oh vamos! Cuando llegue a lo adolescencia, ¡prepárate! ― dijo Paula siguiendo con la broma.
Pedro arqueó una ceja.
― ¿No que no sabes nada de niños?
― Nop, pero fui una vez joven, sabes.
― Eso no es de mucha ayuda.
Paula alzó la lata y brindó a lo lejos con Pedro.
― Además, debes de aprender a usar las palabras correctas. Cuando le dije a Sara que se podía inscribirse en el concurso, ella tenía que tomar la decisión, ver si se atrevía. Pero cuando tu hablaste dijiste “tiene”, ― alzó el dedo ― Sara no tiene ni debe de hacer nada, ella lo hará si quiere, que es muy diferente.
Al decir esas palabras Paula se sintió mortalmente vieja. Como una anciana dando un consejo a un niño de cinco años. Su madre había tratado de hacerlas cumplir, pero su padre había sido otra cosa.
Pedro miró la actitud
― ¿Te impusieron muchos deberes?
En otro momento Paula no habría contestado o habría evadido la pregunta con otra. Pero Pedro se había sincerado con ella, hablando de su debilidad, de Sara. Ella quería compartir la misma confianza con él.
― Depende. Mi madre no era tan exigente. Sí, quería que todo saliera todo bien, ¿quién no? Pero Rafael exigía demasiado. Exigía la perfección. Siempre nos exhibía como sus trofeos. Lindas muñecas sin cerebro que tenía al alcance de su mano. ― Paula iba a tomar un sorbo de su lata pero se quedó a medio camino. Alfonso tenía la mirada pérdida, cabizbajo, y con un sexto sentido Paula interpretó sus pensamientos ― No Alfonso, Jamás te he comparado con mi Padre de esa manera. Sé que quieres a Sara. Lo puedo ver, todo el mundo lo puede ver. Es sólo que te falta práctica en demostrarlo.
― ¿No sirvo de padre, no es así?
Sólo fueron unos segundos, pero Paula sintió cierta calidez en su mirada cuando Pedro lo miró con sus tiernos ojos marrones. La boca se le secó de momento y tomó otro sorbo esquivando su mirada. Después lo volvió a mirar y le dio una breve sonrisa.
― Estas aprendiendo, eso es un buen comienzo.
Ese, pensó Paula, era el mejor comienzo, y se acabó su refresco.
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