sábado, 6 de junio de 2015

CAPITULO 35




― ¡Clarisse!


El gritó reverberó por todo el local, de eso estaba segura Paula. Una mano le extendió del otro lado de la cortina del probador una prenda dorada.


― Aquí tienes. ― contestó Clarisse alegre.


― Clarisse, devuélveme mi ropa. ¡Ya! ― El tono de Paula mostraba enfado. Se tapó sus pechos con ambos brazos metiendo las manos entre sus axilas. Sin embargo, Clarisse siguió agitando el vestido del otro lado ignorando las protestas de Paula.


― Deja de hacer berrinches como una niña pequeña. Ahora pruébate esto. Es esto, o saldrás desnuda. Es raro encontrar a mujeres de tu altura.


Paula le arrebató la prenda y comprobó que era el vestido que habían visto a su llegada y le dio vueltas. Era solo pedazos de tela pequeños y grandes, pero pedazos al fin ¿Por qué en el maniquí se veía con más tela?


Se lo empezó a poner de mala gana cuando Clarisse le comentó sutilmente que esos vestidos no se podían poner con sujetador, así que le sugirió que se lo quitase. Paula no era una mojigata, pero le molestaba que le tomaran el pelo así. Si alguien a veía con esa ropa moriría en ese momento. 


Se quitó el sujetador y volvió a colocarse la falda del vestido sobre su cabeza y buscando a cada cosa su lugar.


― Oh si, claro. Gracias por decir “Es raro encontrar gigantas como tu” ― dijo mientras sacaba la cabeza por un hueco que resultó ser el de los brazos. Con razón le había costado tanto trabajo. Suspiró cansada y miró del otro lado de la tela ― Clarisse, necesito ayuda.


Clarisse corrió la cortina y entró, antes de hacer o decir algo Paula la miró desafiante.


― Si te ríes, te dejo sin dientes.


Clarisse levantó las manos y negó con su cabeza.


― Cariño, aquí estoy de tu parte.


― Ajá, y yo soy la Reina Isabel de Inglaterra.


Clarisse la sacó de su enredadera y con tres simples movimientos le acomodó los tirantes.


Cuando Paula se miró al espejo, no tenía idea de quién era la mujer que estaba ahí. Era ella, pero a la vez, era tan distinta. Era un vestido largo, que se arrastraba y que en la cadera apretaba con una fajilla doblada, por delante era discreto, con un cuello recto que iba de hombro a hombro, recatado, pero por detrás, era demasiado. La espalda tenía un escote de lazo en forma de X, donde Paula había metido la cabeza erróneamente, y que llevaba hasta donde terminaba la cintura, un poco más abajo y se le vería la línea del trasero.


Clarisse se colocó a su lado y la abrazó.


― Mira lo que tenías escondido. ¡Pero que espalda, y que hombros! Yo mataría por uno así. Con dos hijos, bueno, el cuerpo no es lo mismo. ― dijo poniendo una mano sobre la cadera. ― Así que sal y deja que le demos el visto bueno.


La tomó de la mano pero Paula se resistió.


― Ya me lo puse. Devuélveme mi ropa Clarisse.


Clarisse se encogió de hombros, sonrió y salió.


― Si la quieres, ven por ella.


Echando aire por la cabeza, Paula asomó la cabeza detrás de la cortina. Clarisse estaba atendiendo a una mujer y entonces vio su ropa detrás de la caja, encimada sobre una silla. Pero a menos que tuviera genes del Hombre Elástico de “Los Cuatro Fantásticos”, jamás conseguiría su ropa sin salir de ahí.


Dejó caer la cabeza resignada, dejando que la cola de caballo de su cabello cajera. Era tan injusta la vida. Después salió sigilosamente del probador y caminó hasta la silla. 


Estaba tan cerca


― ¡Niñas, vengan un minuto! ― gritó Clarisse mirando a Paula ― Tienen que dar su opinión.


Sara y Janet se acercaron corriendo a verla y se quedaron calladas, después boquiabiertas.


― Wuauu… te ves increíble. ― dijo Sara.


― Sip, te ves guaperríma. ― confirmó Janet con su propio lenguaje.


Paula sentía sus mejillas calentándose segundo a segundo.


 Las otras mujeres se volvieron hacia donde ella y empezaron a cuchichear.


― ¿Qué palabra es guaperríma? ― preguntó Clarisse a su hija dándole una palmadita en la cabeza, provocando que Janet se sobara ― Por Dios Janet, en vez de mejorar ese vocabulario me sales con cada palabra.


― Hay má, ya no sigas.


― Los niños de hoy. ― Clarisse miró a Paula de la cabeza a los pies, y se detuvo en los pies. ― Esos zapatos no van con ese vestido.


Paula alzó un poco el vestido para mostrar unas botas negras de tacón pequeño. No, no iban con el vestido. Y el vestido no iba con ella.


― Bien, listo. Ya viste lo que querías. Ahora me cambio, me llevo los otros trajes. Esto… ― señaló el vestido con su mano ― se queda.


― Eso ― apuntó Clarisse ― Se va, junto con un par de zapatillas perfectas para ti. Cortesía de una amiga que está feliz de ver a una amiga.


― Clarisse, esto…


― Algún día me lo agradecerás.


Cuando Paula salió con Sara de la tienda seguía pensando en las palabras de Clarisse, y lo dudaba mucho. Augusto seguía en el mismo lugar de lo más entretenido con su revista de quien sabe que. Sara subió primero, con las cajas de ropa y después Paula se sentó en su lugar.


― ¿No que solo un rato? ― preguntó con sarcasmo Augusto.


― Tú no conoces a Clarisse.


― Pero si a todas las mujeres. ― dijo mientras metía la revista en la guantera.


Paula le dio la mirada glacial.


― Augusto, estoy sudada de tanto probarme trajes, me hicieron traerme uno que no quería y encima es un vestido, así que ahora mismo, no quieres jugar bromas conmigo, ¿Entendido?


Paula observó la manzana de Adán de la garganta de Augusto bajar lentamente.


― Ok, ok. Nos vamos.


― Eso esta mejor.






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