sábado, 6 de junio de 2015

CAPITULO 34





― Lean, tengo que ir de compras.


Leandro giro el cuello tan lento que Paula pensó que vería una representación de la chica Blair en la película de “El Exorcista”. Sofocó la risa con un carraspeado y siguió seria. 


Era casi la hora para ir a buscar a Sara, y no quería retrasarse.


― ¿¿Disculpa?? ― Leandro dejó que la “a” sonara más tiempo.


Paula le golpeó la espalda, con más fuerza de la necesaria. 


Aún se estaba cobrando lo de Alfonso fuera de la casa. Pero después de un par de gritos y dimes y diretes, todo había vuelto a la normalidad.


― Oh vamos, no te hagas el gracioso. Tengo que ir a comprar un traje para el trabajo. No es como si fuera a comprarme un baby doll o algo por el estilo.


Leandro la miró de arriba a abajo y después se rascó la barbilla pensativamente.


― Mmm…. Sería lindo verte con uno puesto.


Paula soltó un bufido pero le siguió el juego.


― Sí bueno, cuando el infierno se congele, te enviaré una invitación para el desfile de invierno.


― Uno puede soñar. ¿Por cuanto tiempo?


Paula hizo un cálculo mental. Si su vieja amiga era tan parlanchina como hacía años, entonces no podría salir tan rápido.


― Solo un par de horas.


― ¿No que solo vas por un traje?


Paula se fue hacia la puerta.


― Regreso en dos horas. No mates a nadie mientras tanto.


Salieron de la mansión y fuero al colegio por Sara. La pequeña sonrió cuando los vio, y empezaron su pequeña rutina. Tomó su mochila y la llevó al auto, y después encendieron la radio. Le dijo que harían una parada y Sara asintió gustosa. Entre ratos miraba por el espejo retrovisor. 


¿Cuándo se había empezado a llevar tan bien con ella? 


Recordó a Pedro, pidiendo su ayuda, y su mirada. Se pasó la lengua para humedecer sus labios, después se frotó el puente de la nariz. Este trabajo no estaba resultando para nada fácil.


― Hemos llegado. ― anunció Augusto.


Paula abrió los ojos y vio el escaparate de la tienda. Se preguntó si había hecho bien en ir allí. Pero ya habían llegado, así que ya no había vuelta de hoja.


― Gracias Augusto. ¿Entras?


Augusto miró la tienda y después a Paula, después sacó una revista de la guantera.


― No gracias. Mi novia me hace pasar por esto cada vez que salimos. Si puedo evitarlo, lo haré.


Paula y Sara rieron de la broma.


― Vale, regresamos en un rato. Vamos Sara.


Antes de salir pudo oír a Augusto susurrar un “Ya quisiera que fuera un rato”, pero no dijo nada. Ayudó a Sara a salir del auto y dejó que ella caminara hacia la “Boutique Gemma” primero. La puerta se abrió y sonó una leva campanilla. 


Buscó rápidamente algo que emitiera peligro en la tienda pero no vio ni sintió nada.


― ¡Paula!


Se encogió de hombros, mientras cerraba los ojos y trataba de comprobar que sus oídos funcionaban correctamente después de aquél grito ensordecedor y empezó a girar lentamente.


― Hola Clarisse.


Su amiga vestía ese día una falda recta pegada en un tono gris metálico y una blusa blanca con volantes en el cuello de color perla. Su cabello lo llevaba suelto pero colocado de un modo que se veía salido de una revista. A pesar no de ser tan alta, Clarisse amaba sus tacones que le daban centímetros extras. Por su rubia cabellera, ese lunar característico de Clarisse, bien podía ser una doble de Marilyn Monroe. Caminó hacia ellas, extendiendo sus brazos.


― Sabía que vendrías. Verás las cosas que haré. Tengo unos nuevos modelos que con tu figura…


Paula alzó la mano para parar a Clarisse tanto en su discurso como en su caminar. A este paso ya la vería incluso con vestido de novia y de maternidad. Sintió un escalofrío pero lo dejó pasar.


― Espera, no es para ninguna cita. Solo quiero un traje. Pantalón y chaqueta negra, a la medida. Y un par de blusas blancas de botones. Formal.


― Sigues igual de práctica que siempre. ― se quejó Clarisse. Después saltó sobre Paula y la envolvió en un enorme abrazo. Entonces reparó en Sara y se inclinó hacia ella ― Hola pequeña, tú debes de ser Sara.


Paula se encogió de hombros ante Sara, como disculpándose por su vieja amiga. Sara sonrió tímidamente y extendió su delgada manita.


― Mucho gusto señora Montgomery. Soy Sara Alfonso.


Clarisse hizo un gesto dramático y se colocó las manos en el pecho.


― ¡Hay dios! Parece una damita. ― Se levantó y miró a Paula ― Ojala mi Janet fuera así. Es toda una rebelde. ¿La conoces verdad?


Sara asintió. Todo mundo conocía a Janet. Pero que la conociera no significaba que fueran amigas.


― ¿Me pregunto a quién se parecerá? ― dijo Paula a tono de broma, recordando a Clarisse en sus tiempos de colegio.


Clarisse sonrió y se quitó una arruga invisible en su ropa.


― Tú no digas nada. Ahora soy una mujer respetable. Y tú pequeña, cualquier cosa que oigas, se queda aquí.


Sara sonrió y asintió.


― Bueno, que te parece este. ― Caminó hacia un maniquí donde estaba un vestido largo de color oro con algún material que lo hacía brillar, pero que era muy elegante. Era bonito, pero no era lo que ella buscaba.


Tomó aire y pensando en cómo decirle a su amiga que eso no era para ella. Caminó y la tomó de los hombros.


― Clarisse, es por trabajo, no por otra cosa. Es para es la cena de mañana. Y necesito un traje nuevo. Estoy de servicio no voy a pasear.


La rubia se recargó contra el maniquí, meditando.


― Oh cierto, cierto. Matt y yo iremos también.


― Sí, pero tú si estas invitada, y has pagado diez grandes por el platillo cada uno. Yo voy a cuidar el… ― Se detuvo a tiempo para mirar a Sara y ver que esta la miraba también, esperando a ver que decía. Paula inhaló y dejó salir el aire ― el Señor Alfonso.


Clarisse alzó y bajó las cejas lujuriosamente.


― Uy... Te cambiaría ese trabajo encantada.


― ¡Clarisse! ― le regañó Paula y miró a Sara, pero esta estaba sonriendo junto con Clarisse. Las otras clientas, por lo visto, estaban acostumbradas a Clarisse y su locura, que ni se inmutaban ante sus comentarios.


― Si claro, como si fueras a dejar a Matt.


Paula recordó al chaparrito y gordito niño del colegio. Clarisse debía de amarlo mucho, pero así era Clarisse. No veía nada del exterior, puro interior.


― Buen punto.


― Bien. Vamos…


La campanilla sonó nuevamente y Paula se giró poniendo a Sara detrás de ella. Una versión en miniatura de Clarisse, cuando joven estaba frente a ella, aunque su cabello era más oscuro que el de su madre, era obvio de quién era hija.


― Oh mira, esta es Janet. ― Clarisse fue hacia su hija, se colocó detrás de ella, con sus manos en sus hombros ― Janet, te presento a una vieja amiga, Paula Chaves ― Después miró a Sara ― A Sara, creo que ya la conoces, va contigo en la escuela.


Gracias al cielo Janet no dijo nada de ella, pensó Sara. 


Ambas sonrieron. Janet saludó con un cortó “Hey”, haciendo que su madre alzara los ojos al cielo.


― Janet, entretén a Sara. Yo ayudaré a Paula a encontrar algo para ella.


Paula se lo pensó en dejar sola a Sara, no por su seguridad, sino porque se veía que Janet y ella no se conocían en lo más mínimo. Pero no podía protegerla de todo.


― Sara, por favor no salga, ¿sí?


Sara asintió y Paula se fue arrastrada por una ola de moda llamada Clarisse.


Ambas niñas se quedaron en silencio. Janet tampoco se había cambiado de ropa así que llevaba el uniforme del colegio, pero contario a Sara que lo tenía en su lugar y sin tantas arrugas, Janet ya no llevaba el chaleco y la camisa blanca la llevaba fuera de la falda y las calcetas y
zapatos negros los había sustituido por unos tenis blancos sport juveniles. Janet era unos centímetros más alta que Sara, y a pesar de que era rubia, no era del mismo tono platinado que Sara.


Janet se acercó y miró hacia donde iban las mujeres mayores.


― ¿Es tu guardaespaldas?


Sara la miró incrédula. Estaba hablando con ella. Sara movió su cabeza asintiendo, incapaz de decir una palabra.


― ¿Lleva una pistola?


Sara volvió a quedarse atónita y miró a Paul. Sabía que Paula era una guardaespaldas, peo nunca la había visto de esa manera, hasta ese día. Para ella Paula era sólo Paula.


― Creo que sí.


― ¿La has usado alguna vez?


― No, claro que no. ― contestó Sara súbitamente escandalizada de poder tener en sus manos un arma de fuego tan peligrosa.


― Hay, que aguafiestas.


Janet se quiso morder la lengua. A veces decía cosas sin pensarlo y hería a la gente, como en ese momento. Las facciones de Sara reflejaban vergüenza.


― Vamos quita esa cara de pena. Mamá me dejó a tu cargo. ― Le hizo un ademán hacia el sillón en forma de riñón que había en medio de la sala ― Ven, sentémonos ahí.


Se sentaron sin decir nada, mientras los segundos pasaban. 


Sara se empezaba a sentir cada vez más incómoda. Veía a la señora Montgomery ir de un lado a otro con trajes, y a Paula regresándolos a su lugar. Miró de reojo a Janet y vio que tenía unos audífonos blancos, siguió el cable y llegó a un iPod rosado metálico. Miró a Paula nuevamente, y pensó que ella haría algún comentario para romper el hielo, como el que había hecho en la cocina el primer día que llegó a su casa.


Suspiró y contó hasta diez. Luego otros diez más. Después unos ocho y se decidió.


― ¿Qué escuchas?


Pensó que Janet no la había escuchado porque no contestaba nada, pero entonces Janet se quitó los audífonos lentamente y la miró.


― Música. Mi papá me acaba de reglar este iPod. ― le extendió el artefacto y Sara quedó admirándolo unos momentos ― Le pedí un Palm último modelo y me dio esto. Que le puedo hacer. Ahora escucho “Time is runnig out” de Muse. ― Entonces Janet extendió un audífono hacia Sara ― ¿Quieres escuchar? Conociendo a mi mamá, tu amiga no se irá ahora.


Sara lo tomó lentamente y se lo colocó. Dejaron que la canción terminara mientras seguían en silencio. Entonces empezó un tema suave, de violín. Un gran cambio de la canción anterior. Janet apagó rápidamente el iPod.


― ¿Vivaldi? ― preguntó Sara. Se sabía todas esas canciones de memoria.


Janet la miró impresionada. Eran pocas personas las que podían distinguir a un compositor de otro.


― ¿Tocas?


― El violín no.


― Vale, pues no digas nada, a nadie, jamás de los jamases.


― ¿Y por qué no puedo decir nada a nadie?


Janet volteó sus ojos en blanco, como si fuera a explicar una complicada fórmula de física.


― Porque eso no es súper. No es de onda. Sólo los nerd tocan eso. Me mirarían raro.


Sara asintió.


― Vaya, pues yo toco el piano. Así que soy una nerd.


― ¿En serio? ― preguntó Janet incrédula entonces buscó en su repertorio musical, y después le tendió nuevamente el audio a Sara ― Veamos, ¿Cuál es esta?


Sara esperó un par de segundos y después se quitó el audífono.


― Concierto en A menor, Vivaldi.


― Vaya, pensé que era la única metida en estas cosas. Yo siempre he querido tocar el piano, pero se me da mejor el violín. ― Cambio la canción y ambas se colocaron uno en cada oreja. ― ¿Qué opinas…?



* * * * *


Paula miró a las niñas sentadas, escuchando algo. Sentía un poco de pena por haber dejado sola a Sara, pero ella tenía que aprender a deshacerse de esa timidez excesiva. 


Después miró sin nada de compasión a su amiga, que le extendía caras camisas de seda y satén. Clarisse al parecer aún no entendía lo que ella buscaba.


Al final Clarisse aceptó con unas prendas y mandó a Paula a un vestidor para cambiarse, exigiéndole que saliera para darle el visto bueno. El primer traje no le gustó a ambas. 


Paula no tenía un súper cuerpo, era del tipo atlética. Delgada pero sin esas curvas exuberantes que los diseñadores creían que tenía toda mujer. Todo lo poco que tenía estaba en su sitio, pero aquél pantalón negro de pinzas y abultado en la cadera la hacía parecer un bufón de la corte de la edad media. “No” fue la respuesta de ambas. Pasaron al siguiente traje y Paula asintió. Lo de ella, profesional, formal, nada sensual. Un traje al fin y al cabo. Pero Clarisse no pareció pensar lo mismo.


― Es muy…


― ¿Práctico? ― le ayudó Paula pero no era lo que Clarisse necesitaba. Agitó la mano buscando la palabra y después chasqueó los dedos.


― Masculino.


― Vaya, lo que mi ego necesitaba. Gracias Clarisse.


― Deja de quejarte y vamos a cambiarte.


Paula regresó al vestido, se empezó a quitar la ropa, estaba solo en sujetador, bragas y zapatos cuando se dio cuenta de que no estaba su ropa.






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