sábado, 6 de junio de 2015

CAPITULO 33






Cada diez minutos Pedro asomaba su cabeza por la ventana, esperando oír el ruido del motor en la entrada de su casa, y ver a Paula. Desde el día del beso, esa frialdad con la que lo trataba lo estaba poniendo al vilo de sus emociones. 


Enojado, ansioso, molesto, incómodo, y excitado. Lo último era una reacción directa de todo lo demás. No había esperado que un simple beso lo hubiera encendido de esa manera, y ahora, ese alejamiento de ambos lo estaba molestando. Antes de eso, se habían empezado a llevar bien, pero si había avanzado dos pasos, después del beso había retrocedido tres y había quedado peor que al comienzo.


Tocaron la puerta y se sentó rápidamente en su asiento y volvió a los papeles.


― Hola muchacho.


Miguel entró en estancia y se fue a sentar al sillón que había en la oficina, sacó un puro de su saco.


― Miguel, ¿Qué sucede?


― ¿Tienes fuego?


Pedro se paró y le acercó el encendedor del escritorio. No fumaba, pero algunos de sus conocidos sí, así que siempre mantenía uno cerca.


― No creo que hayas venido para que te encendiera tu puro ni por mi hermosa cara.


― No, ni por lo uno, ni por todos los diablos por lo segundo.


― ¿Entonces?


Miguel tomó una calada de su cigarro, e inspeccionó a su pupilo. Veía en él grandes cosas, y muchas más, con el tiempo, pero no podía dejar que las cosas se estropearán.


― La cena es mañana. ― Vio en la mirada de Pedro que entendió lo que quería decir ― ¿Has hablado con Paula?


― No, lo he estado retrasando.


― ¿Y cuanto más lo piensas retrasar?


― Hablaré con ella Miguel, lo haré.


Lo miró por unos segundos sin decir nada, después soltó un suave suspiro de resignación y asintió. Sabía que lo haría.


― ¿Sales de viaje pasado mañana?


― Así es. ¿Vendrás?


― A Sacramento y San Diego, no. Te veré en San Francisco. ― Se dio la vuelta pero al llegar a la puerta se detuvo. Lo llamó como si estuviera pensando en hacer o no la pregunta. ― ¿Sucedió algo entre Paula y tu?


Pedro se puso en alerta, tratando de disimular su rigidez.


― ¿Qué quieres decir?


― Pues es que los noto tensos. Más que lo usual.


― Alucinaciones tuyas.


Miguel jugó con el cigarro y después hizo un gesto.


― Sí quizás. Bueno, habla con ella.


Salió dejando a Pedro con sus ideas. Tenía tantas en la cabeza, cosas que no debería de tener en esos momentos, cuando su campaña estaba en pleno apogeo. Pero ahora tenía a Sara, a Paula, a Sara con Paula. Media hora después, el ruido de unas llantas y de un motor rugiendo lo devolvieron al presente, no se molestó en acercarse a la ventana, y salió de su despacho. Vio a Jaime caminando hacia el segundo piso y le preguntó por Paula. Le informó que estaba con Mariana, y siguió subiendo. Pedro sonrió, sabía que Jaime aun no toleraba a Paula del todo.


La encontró sentada en la mesa junto con Mary, tomando un gran vaso de limonada y platicando como viejas amigas. Saludó a Mariana y después la miró a ella, pero Paula seguía concentrada en su vaso. La llamó por su nombre y fue así, como Paula lo volteó a mirar.


― ¿Sucede algo?


― Necesito hablar contigo en privado.


Paula no tenía ganas de hablar en privado con él, pero era el jefe, y no quería hacer escenas frente a Mary. Salieron por la puerta trasera y caminaron un par de pasos, alejándose de ahí


― ¿Qué pasa?


― Nada, es sólo que mañana es el baile de caridad.


Pedro observó a Paula fruncir el ceño.


― Lo sé, Viviana me pasó el itinerario. ¿Qué es lo que pasa?


― Tu padre estará presente también.


Paula reaccionó rápidamente. ¿Así que de eso se trataba?


― Soy conciente de ello. ― declaró en un tono frío. Estaba enojada. Odiaba que siempre regresaran al mismo punto ― Pero no voy a verlo a él, sino a cuidar tu espalda. Ese es mi trabajo.


― Lo sé, es sólo que… Bueno, rayos, estaba tomando en consideración tus sentimientos. Sé que no te gusta verlo. Y después de lo de las fotos…


Paula se quedó esperando a ver que más decía Pedro, pero no agregó más. Sabía porqué se había callado. Había sido el mismo día en que se habían besado.


― Gracias, pero no hay mucho que pensar. Usted entra, yo lo cubro, y eso es todo


― ¿Sabes que te lo pondrá difícil verdad?


― Claro que lo sé Es mi padre, y desgraciadamente, lo conozco.


Se quedaron callados unos segundos. 


Entonces Pedro entendió que tenía que arreglar las cosas. 


Esos incómodos momentos le estaban poniendo los pelos de punta.


― Paula, sobre lo del otro día…


Paula alzó la mano, sin dejarle terminar.


― Fue un error. Uno que ambos jamás volveremos a cometer. ― Alzó las manos, más para poner distancia entre ambos ― Yo estaba emocionalmente perturbada y lo… bueno, ya sabe.


― Espera, fui yo….


― Pero no tiene caso hablar de ello porque no volverá a pasar. Fue un error. ― Paula vio ahí una oportunidad para recobrar la vieja amistad, si es que habían tenido alguna ― Vamos Alfonso, quita esa cara, no es que te vaya a demandar por acoso sexual.


Trató de hacer una broma, pero cuando lo dijo se arrepintió de haberlo dicho.


― Realmente apreciaría que no fuera así. ― contestó serio Pedro.


Paul estiró los brazos al cielo, estirando cada hueso y músculo de su cuerpo. Después empezó a caminar, para dar una vuelta por la casa. Pedro la siguió.


― ¿Y de que va la cena? Me refiero, que para que obra de caridad está destinado el dinero. ― agregó al ver la cara de confusión de Pedro.


― Para el centro de cancerología de Los Ángeles. La compra de un nuevo escáner de MRI.


Paula asintió satisfecha pero después suspiró.


― Cobran miles de dólares por una comida que ni te llena, y que al final acabas con hambre del demonio. Encima, al final de la noche, la mitad del dinero se va a donde dicen, y la otra mitad, al bolsillo de los organizadores. Es solo una estafa.


― ¿Y entonces que propondrías tu?


Paula se detuvo. La voz de Pedro le decía que se lo estaba preguntado en serio.


― ¿Yo? ― preguntó con burla ― Yo no soy la candidata que tiene que agradar a todo el mundo.


― ¿Entonces por qué te quejas si no vas a hacer nada para cambiarlo? Contrario a ti, yo deseo eso, un cambio.


Paula alzó una sola ceja, y puso su peso sobre un lado de su cadera.


― Calma Alfonso, es sólo un comentario.


Pedro empezó a negar con la cabeza.


― No, no es eso. Sé que muchas personas tienen la misma idea que tú. Pero yo lo veo de esta manera. No soy tan rico, pero tampoco soy pobre.


― Eso puedo verlo. ― interrumpió Paula pero la mirada de Pedro le dijo todo. Alzó las manos en redención. ― Está bien, me callo.


Pedro curvó ligeramente sus labios y volvió a la marcha con Paula.


― Odio ver en las noticias las desgracias del mundo. Robo, asesinato, violación, muerte. Podría dar todo mi dinero para buenas causas, evitar el hambre de algún país, pero ¿Cuánto tiempo les duraría? ― Paula sintió su mirada y la buscó ― ¿Un mes? ¿Seis? ¿Un año? ¿Y luego qué? Regresar a la vida de miseria de siempre. O bien, puedo usar esto ― Alzó su dedo índice y señaló su cabeza. ― Y hacer que personas ricas e instituciones poderosas inviertan en causas que justas. Una nueva escuela dejaría más cosas, trabajo y ecuación para generaciones futuras. ― Alzó los hombros como si no importase ― Si tengo que sufrir por una cena que consiste en tres verduras y un pedazo de carne a cambio de que una hija, una hermana, una madre, pueda salvarse de ser víctima de algo tan terrible como el cáncer bien vale pena.


Paula se quedó callada. Recordó que la esposa de Alfonso había muerto de cáncer. Quizás había hecho un comentario fuera de lugar, y sin embargo, había salido airoso. Sin duda, era un buen orador.


― Tienes mi voto Alfonso. ― dijo sonriendo.


Pedro rompió a las risas, y siguieron caminando.


― Genial, ahora sólo me faltan otros miles de votos más para poder ganar.


― Si sigues hablando así, creo que bien puedes hacerlo. Eres muy bueno.


― Si, pero no en todo. ― Pedro la miró. Se arriesgaba mucho, pero no tenía con quien más hablar, y que entendiera del tema. Suspiró y soltó la bomba ― Hablé con Robin


A Paula le llevó un par de segundo entender a quién se refería Entonces por la seriedad de su rostro, entendió. Robin Gilmore, la psicóloga de Sara. Le dio una pequeña sonrisa que era más un apretón de labios.


― ¿Por teléfono? ¿Cuándo?


Pedro sacudió su cabeza lentamente, y se pasó la mano por su cabello.


― Permíteme corregir. Fui a ver a Robin y hablé con ella. ― Al ver que Paula dilataba los ojos agregó rápidamente ― Fue hace un par de días mientras tú ibas a recoger a Sara al colegio.


― ¡¿Leandro te dejó salir?!


Pedro tuvo la vergüenza de sonrojarse como un niño que estaba a punto de sufrir una regañiza.


― Leandro me acompañó.


Paula se quedó boquiabierta. Después empezó a caminar de lado a lado.


― Vaya cuerpo de seguridad. ― después caminó como una pantera y golpeó a Pedro con el dedo en el pecho ― Y tú… Vaya con ustedes dos. Par de…. ― puso los ojos en blancos y gimió. Después empezó a caminar a zancadas ― ¡Y a ese idiota! ¡Le voy a dar una buena paliza!


Caminó y se detuvo en la nada. Entonces Pedro alzó la mirada a donde ella observaba y vio una cámara de seguridad. Después volvió su atención a Paula quien levantó la mano izquierda e hizo un gesto de chuchillo rebanando el cuello y sus labios decían en silencio “Estás muerto”. Si hubiera estado en otra situación le habría parecido gracioso, pero ahora tenía otras cosas en mente.


Se acercó a Paula y la tomó de la mano-cuchillo.


― Deja a Leandro fuera de esto. ¿Porque no me dijiste que Sara lloraba siempre que iba a la consulta?


Paula miró la mano, y se soltó con delicadeza. No era lo mismo un roce o un golpe de amigos, que un toque íntimo como esto. Después tragó saliva y miró a todos lados.


― Esto no es para hablarlo aquí. Vamos.


Paula iba delante y Pedro la siguió. Entraron en unos de los salones de la casa, en el pequeño gimnasio que había ahí. Esperó a que Pedro entrara y corrió la cortina para que nadie los viera.


― ¿Y bien? ― preguntó Pedro.


Paula caminó hasta una bicicleta estática y se recargó en ella mientras entrelazaba los brazos. Pedro por su parte, se quedó en la escaladora y se quedó a su lado. En esos momentos ambos necesitaban espacio.


― Ella me lo pidió. ― confesó Paula ― Es una niña, pero tiene una voluntad de hierro.


Pensando en todas las veces en que Paula habría visto a su hija llorar, y quedándose callada. Pero no podía culparla, porque ahí el único culpable era él.


― Sara es tan delicada… como su madre. No sé como… ― Pedro no sabía qué decir o como hablar. Miró a Paula ― ¿Sabes como me sentí cuando Robin me dijo que yo era el culpable de que Sara llorase todas las visitas?


Paula se irguió y bajó las manos. Algo así había estado pensando desde que la doctora le hubiera hecho el comentario aquél día en el despacho. Al principio se había sentido enfada con él, recordando sus propias penas con su padre. Pero su padre jamás había tenido la mirada que Pedro tenía en esos momentos.


La de la profunda tristeza y soledad. El amaba a su hija, sólo que no sabía como mostrarlo.


Pedro bajó la cabeza, avergonzado, esperando poder calmarse.


Mientras Paula lo miraba sin saber que hacer.¿Qué podía decir ella? Ella solo tenía malas experiencias de su infancia. 


Así, suspiró resignada y se acercó a él, lentamente. Levantó la mano pero la cerró en el aire. Estaba mal, pero que rayos. 


Apretó sus labios con fuerza, y lo tocó delicadamente del hombro, dejando su mano ahí, quieta, y esperó a que Pedro siguiera hablando.


― Y lo que me hace sentir peor es que siempre lo he sabido. Que no he sido un buen padre. Pero cuando mi esposa murió Sara era una bebé. Prácticamente, mi madre, Mariana, y la señora Perkins la han criado, y yo solo he sido una figura externa. Un nombre, una palabra. ¿Sabes lo que es eso?


Paula sentía un nudo en su garganta, en su estómago y en todos lados. No sabía porqué pero tenía unas inmensas ganas de llorar. Ella sólo sabía estar del otro lado, el saber que no tenía un padre que se preocupase por ella, pero al menos, por algunos años tuvo a su madre. En cuanto a Sara…


Ambos se miraron en silencio, con sus miradas entrelazadas. Pedro la tomó de las manos.


― Ayúdame ― susurró.


― ¿Qué? ¿A qué?


― A acercarme a Sara.


Paula se quedó sin palabras. No entendía nada.


― ¿De qué estas hablando? No sabría como.


Pedro la tomó de una sola mano y la llevó a la silla para las pesas, la sentó y él se quedó de pie.


― Sara te ha tomado mas cariño a ti, que llevas aquí un par de semanas, que a mi, su padre de toda la vida.


― No se nada de niños. ― dijo Paula por decir.


― Pues se te han dado bien.


― ¡Jaaaa! ― Paula soltó una risa llena de sarcasmo. ― Es que no me ha visto con otros niños. ― Y era cierto. Con los niños, no era tan buena. Sara y el pequeño Samuel eran las únicas excepciones.


― Sara es todo lo que tengo, pero tampoco puedo dejar todo esto. Sé que es mi vocación, sé que puedo hacer algún cambio, pero también quiero hacer un cambio en mi hogar. Con mi hija. Tú has logrado acercarte a ella de un modo que yo no. Y quiero que me ayudes.


― Pero yo no sé cómo.


― Paula…


Él no agregó más después de su nombre, pero Paula sabía que detrás de ello había toda una súplica. Se estaba abriendo a ella, una extraña, y para pedirle no cualquier favor. Y ella le había tomado tanto cariño a Sara. Si había algún modo de evitar todos esos martes y jueves de sufrimiento cuando veía a Sara salir toda llorosa, lo haría.


Exhaló largo rato y asintió lentamente.


― Bueno, veré que puedo hacer. Pero esto no saldrá por obra del espíritu Santo ni haré todo el trabajo. Tiene que poner todo de tu parte. No es como si mueva mi varita mágica y Sara caiga a tus pies. Tienes que ganártela.


― Así será.


Paula sonrió. Sabía que lo haría.


― Bien, ahora, ¿necesita a Augusto de regreso inmediatamente?


Pedro frunció el ceño.


― No, ¿Por qué?


― Necesito hacer un stop antes de regresar a la Mansión.


Pedro dio su permiso.


― Bien, entonces vámonos. ― caminó hasta la puerta, pero Pedro la detuvo tomándola del codo.


― Paula.


Ella lo miró y tragó con dificultad.


― Gracias. ― dijo mientras cerraba la distancia entre ellos y la abrazaba. Después, le dio un fugaz beso en su cabellera.



― Si, bueno… lo que sea.


Y salió antes de que Pedro dijera o hiciera otra cosa. No quería que viera la perfecta imitación de tomate que su cara era en esos momentos.








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