sábado, 6 de junio de 2015

CAPITULO 35




― ¡Clarisse!


El gritó reverberó por todo el local, de eso estaba segura Paula. Una mano le extendió del otro lado de la cortina del probador una prenda dorada.


― Aquí tienes. ― contestó Clarisse alegre.


― Clarisse, devuélveme mi ropa. ¡Ya! ― El tono de Paula mostraba enfado. Se tapó sus pechos con ambos brazos metiendo las manos entre sus axilas. Sin embargo, Clarisse siguió agitando el vestido del otro lado ignorando las protestas de Paula.


― Deja de hacer berrinches como una niña pequeña. Ahora pruébate esto. Es esto, o saldrás desnuda. Es raro encontrar a mujeres de tu altura.


Paula le arrebató la prenda y comprobó que era el vestido que habían visto a su llegada y le dio vueltas. Era solo pedazos de tela pequeños y grandes, pero pedazos al fin ¿Por qué en el maniquí se veía con más tela?


Se lo empezó a poner de mala gana cuando Clarisse le comentó sutilmente que esos vestidos no se podían poner con sujetador, así que le sugirió que se lo quitase. Paula no era una mojigata, pero le molestaba que le tomaran el pelo así. Si alguien a veía con esa ropa moriría en ese momento. 


Se quitó el sujetador y volvió a colocarse la falda del vestido sobre su cabeza y buscando a cada cosa su lugar.


― Oh si, claro. Gracias por decir “Es raro encontrar gigantas como tu” ― dijo mientras sacaba la cabeza por un hueco que resultó ser el de los brazos. Con razón le había costado tanto trabajo. Suspiró cansada y miró del otro lado de la tela ― Clarisse, necesito ayuda.


Clarisse corrió la cortina y entró, antes de hacer o decir algo Paula la miró desafiante.


― Si te ríes, te dejo sin dientes.


Clarisse levantó las manos y negó con su cabeza.


― Cariño, aquí estoy de tu parte.


― Ajá, y yo soy la Reina Isabel de Inglaterra.


Clarisse la sacó de su enredadera y con tres simples movimientos le acomodó los tirantes.


Cuando Paula se miró al espejo, no tenía idea de quién era la mujer que estaba ahí. Era ella, pero a la vez, era tan distinta. Era un vestido largo, que se arrastraba y que en la cadera apretaba con una fajilla doblada, por delante era discreto, con un cuello recto que iba de hombro a hombro, recatado, pero por detrás, era demasiado. La espalda tenía un escote de lazo en forma de X, donde Paula había metido la cabeza erróneamente, y que llevaba hasta donde terminaba la cintura, un poco más abajo y se le vería la línea del trasero.


Clarisse se colocó a su lado y la abrazó.


― Mira lo que tenías escondido. ¡Pero que espalda, y que hombros! Yo mataría por uno así. Con dos hijos, bueno, el cuerpo no es lo mismo. ― dijo poniendo una mano sobre la cadera. ― Así que sal y deja que le demos el visto bueno.


La tomó de la mano pero Paula se resistió.


― Ya me lo puse. Devuélveme mi ropa Clarisse.


Clarisse se encogió de hombros, sonrió y salió.


― Si la quieres, ven por ella.


Echando aire por la cabeza, Paula asomó la cabeza detrás de la cortina. Clarisse estaba atendiendo a una mujer y entonces vio su ropa detrás de la caja, encimada sobre una silla. Pero a menos que tuviera genes del Hombre Elástico de “Los Cuatro Fantásticos”, jamás conseguiría su ropa sin salir de ahí.


Dejó caer la cabeza resignada, dejando que la cola de caballo de su cabello cajera. Era tan injusta la vida. Después salió sigilosamente del probador y caminó hasta la silla. 


Estaba tan cerca


― ¡Niñas, vengan un minuto! ― gritó Clarisse mirando a Paula ― Tienen que dar su opinión.


Sara y Janet se acercaron corriendo a verla y se quedaron calladas, después boquiabiertas.


― Wuauu… te ves increíble. ― dijo Sara.


― Sip, te ves guaperríma. ― confirmó Janet con su propio lenguaje.


Paula sentía sus mejillas calentándose segundo a segundo.


 Las otras mujeres se volvieron hacia donde ella y empezaron a cuchichear.


― ¿Qué palabra es guaperríma? ― preguntó Clarisse a su hija dándole una palmadita en la cabeza, provocando que Janet se sobara ― Por Dios Janet, en vez de mejorar ese vocabulario me sales con cada palabra.


― Hay má, ya no sigas.


― Los niños de hoy. ― Clarisse miró a Paula de la cabeza a los pies, y se detuvo en los pies. ― Esos zapatos no van con ese vestido.


Paula alzó un poco el vestido para mostrar unas botas negras de tacón pequeño. No, no iban con el vestido. Y el vestido no iba con ella.


― Bien, listo. Ya viste lo que querías. Ahora me cambio, me llevo los otros trajes. Esto… ― señaló el vestido con su mano ― se queda.


― Eso ― apuntó Clarisse ― Se va, junto con un par de zapatillas perfectas para ti. Cortesía de una amiga que está feliz de ver a una amiga.


― Clarisse, esto…


― Algún día me lo agradecerás.


Cuando Paula salió con Sara de la tienda seguía pensando en las palabras de Clarisse, y lo dudaba mucho. Augusto seguía en el mismo lugar de lo más entretenido con su revista de quien sabe que. Sara subió primero, con las cajas de ropa y después Paula se sentó en su lugar.


― ¿No que solo un rato? ― preguntó con sarcasmo Augusto.


― Tú no conoces a Clarisse.


― Pero si a todas las mujeres. ― dijo mientras metía la revista en la guantera.


Paula le dio la mirada glacial.


― Augusto, estoy sudada de tanto probarme trajes, me hicieron traerme uno que no quería y encima es un vestido, así que ahora mismo, no quieres jugar bromas conmigo, ¿Entendido?


Paula observó la manzana de Adán de la garganta de Augusto bajar lentamente.


― Ok, ok. Nos vamos.


― Eso esta mejor.






CAPITULO 34





― Lean, tengo que ir de compras.


Leandro giro el cuello tan lento que Paula pensó que vería una representación de la chica Blair en la película de “El Exorcista”. Sofocó la risa con un carraspeado y siguió seria. 


Era casi la hora para ir a buscar a Sara, y no quería retrasarse.


― ¿¿Disculpa?? ― Leandro dejó que la “a” sonara más tiempo.


Paula le golpeó la espalda, con más fuerza de la necesaria. 


Aún se estaba cobrando lo de Alfonso fuera de la casa. Pero después de un par de gritos y dimes y diretes, todo había vuelto a la normalidad.


― Oh vamos, no te hagas el gracioso. Tengo que ir a comprar un traje para el trabajo. No es como si fuera a comprarme un baby doll o algo por el estilo.


Leandro la miró de arriba a abajo y después se rascó la barbilla pensativamente.


― Mmm…. Sería lindo verte con uno puesto.


Paula soltó un bufido pero le siguió el juego.


― Sí bueno, cuando el infierno se congele, te enviaré una invitación para el desfile de invierno.


― Uno puede soñar. ¿Por cuanto tiempo?


Paula hizo un cálculo mental. Si su vieja amiga era tan parlanchina como hacía años, entonces no podría salir tan rápido.


― Solo un par de horas.


― ¿No que solo vas por un traje?


Paula se fue hacia la puerta.


― Regreso en dos horas. No mates a nadie mientras tanto.


Salieron de la mansión y fuero al colegio por Sara. La pequeña sonrió cuando los vio, y empezaron su pequeña rutina. Tomó su mochila y la llevó al auto, y después encendieron la radio. Le dijo que harían una parada y Sara asintió gustosa. Entre ratos miraba por el espejo retrovisor. 


¿Cuándo se había empezado a llevar tan bien con ella? 


Recordó a Pedro, pidiendo su ayuda, y su mirada. Se pasó la lengua para humedecer sus labios, después se frotó el puente de la nariz. Este trabajo no estaba resultando para nada fácil.


― Hemos llegado. ― anunció Augusto.


Paula abrió los ojos y vio el escaparate de la tienda. Se preguntó si había hecho bien en ir allí. Pero ya habían llegado, así que ya no había vuelta de hoja.


― Gracias Augusto. ¿Entras?


Augusto miró la tienda y después a Paula, después sacó una revista de la guantera.


― No gracias. Mi novia me hace pasar por esto cada vez que salimos. Si puedo evitarlo, lo haré.


Paula y Sara rieron de la broma.


― Vale, regresamos en un rato. Vamos Sara.


Antes de salir pudo oír a Augusto susurrar un “Ya quisiera que fuera un rato”, pero no dijo nada. Ayudó a Sara a salir del auto y dejó que ella caminara hacia la “Boutique Gemma” primero. La puerta se abrió y sonó una leva campanilla. 


Buscó rápidamente algo que emitiera peligro en la tienda pero no vio ni sintió nada.


― ¡Paula!


Se encogió de hombros, mientras cerraba los ojos y trataba de comprobar que sus oídos funcionaban correctamente después de aquél grito ensordecedor y empezó a girar lentamente.


― Hola Clarisse.


Su amiga vestía ese día una falda recta pegada en un tono gris metálico y una blusa blanca con volantes en el cuello de color perla. Su cabello lo llevaba suelto pero colocado de un modo que se veía salido de una revista. A pesar no de ser tan alta, Clarisse amaba sus tacones que le daban centímetros extras. Por su rubia cabellera, ese lunar característico de Clarisse, bien podía ser una doble de Marilyn Monroe. Caminó hacia ellas, extendiendo sus brazos.


― Sabía que vendrías. Verás las cosas que haré. Tengo unos nuevos modelos que con tu figura…


Paula alzó la mano para parar a Clarisse tanto en su discurso como en su caminar. A este paso ya la vería incluso con vestido de novia y de maternidad. Sintió un escalofrío pero lo dejó pasar.


― Espera, no es para ninguna cita. Solo quiero un traje. Pantalón y chaqueta negra, a la medida. Y un par de blusas blancas de botones. Formal.


― Sigues igual de práctica que siempre. ― se quejó Clarisse. Después saltó sobre Paula y la envolvió en un enorme abrazo. Entonces reparó en Sara y se inclinó hacia ella ― Hola pequeña, tú debes de ser Sara.


Paula se encogió de hombros ante Sara, como disculpándose por su vieja amiga. Sara sonrió tímidamente y extendió su delgada manita.


― Mucho gusto señora Montgomery. Soy Sara Alfonso.


Clarisse hizo un gesto dramático y se colocó las manos en el pecho.


― ¡Hay dios! Parece una damita. ― Se levantó y miró a Paula ― Ojala mi Janet fuera así. Es toda una rebelde. ¿La conoces verdad?


Sara asintió. Todo mundo conocía a Janet. Pero que la conociera no significaba que fueran amigas.


― ¿Me pregunto a quién se parecerá? ― dijo Paula a tono de broma, recordando a Clarisse en sus tiempos de colegio.


Clarisse sonrió y se quitó una arruga invisible en su ropa.


― Tú no digas nada. Ahora soy una mujer respetable. Y tú pequeña, cualquier cosa que oigas, se queda aquí.


Sara sonrió y asintió.


― Bueno, que te parece este. ― Caminó hacia un maniquí donde estaba un vestido largo de color oro con algún material que lo hacía brillar, pero que era muy elegante. Era bonito, pero no era lo que ella buscaba.


Tomó aire y pensando en cómo decirle a su amiga que eso no era para ella. Caminó y la tomó de los hombros.


― Clarisse, es por trabajo, no por otra cosa. Es para es la cena de mañana. Y necesito un traje nuevo. Estoy de servicio no voy a pasear.


La rubia se recargó contra el maniquí, meditando.


― Oh cierto, cierto. Matt y yo iremos también.


― Sí, pero tú si estas invitada, y has pagado diez grandes por el platillo cada uno. Yo voy a cuidar el… ― Se detuvo a tiempo para mirar a Sara y ver que esta la miraba también, esperando a ver que decía. Paula inhaló y dejó salir el aire ― el Señor Alfonso.


Clarisse alzó y bajó las cejas lujuriosamente.


― Uy... Te cambiaría ese trabajo encantada.


― ¡Clarisse! ― le regañó Paula y miró a Sara, pero esta estaba sonriendo junto con Clarisse. Las otras clientas, por lo visto, estaban acostumbradas a Clarisse y su locura, que ni se inmutaban ante sus comentarios.


― Si claro, como si fueras a dejar a Matt.


Paula recordó al chaparrito y gordito niño del colegio. Clarisse debía de amarlo mucho, pero así era Clarisse. No veía nada del exterior, puro interior.


― Buen punto.


― Bien. Vamos…


La campanilla sonó nuevamente y Paula se giró poniendo a Sara detrás de ella. Una versión en miniatura de Clarisse, cuando joven estaba frente a ella, aunque su cabello era más oscuro que el de su madre, era obvio de quién era hija.


― Oh mira, esta es Janet. ― Clarisse fue hacia su hija, se colocó detrás de ella, con sus manos en sus hombros ― Janet, te presento a una vieja amiga, Paula Chaves ― Después miró a Sara ― A Sara, creo que ya la conoces, va contigo en la escuela.


Gracias al cielo Janet no dijo nada de ella, pensó Sara. 


Ambas sonrieron. Janet saludó con un cortó “Hey”, haciendo que su madre alzara los ojos al cielo.


― Janet, entretén a Sara. Yo ayudaré a Paula a encontrar algo para ella.


Paula se lo pensó en dejar sola a Sara, no por su seguridad, sino porque se veía que Janet y ella no se conocían en lo más mínimo. Pero no podía protegerla de todo.


― Sara, por favor no salga, ¿sí?


Sara asintió y Paula se fue arrastrada por una ola de moda llamada Clarisse.


Ambas niñas se quedaron en silencio. Janet tampoco se había cambiado de ropa así que llevaba el uniforme del colegio, pero contario a Sara que lo tenía en su lugar y sin tantas arrugas, Janet ya no llevaba el chaleco y la camisa blanca la llevaba fuera de la falda y las calcetas y
zapatos negros los había sustituido por unos tenis blancos sport juveniles. Janet era unos centímetros más alta que Sara, y a pesar de que era rubia, no era del mismo tono platinado que Sara.


Janet se acercó y miró hacia donde iban las mujeres mayores.


― ¿Es tu guardaespaldas?


Sara la miró incrédula. Estaba hablando con ella. Sara movió su cabeza asintiendo, incapaz de decir una palabra.


― ¿Lleva una pistola?


Sara volvió a quedarse atónita y miró a Paul. Sabía que Paula era una guardaespaldas, peo nunca la había visto de esa manera, hasta ese día. Para ella Paula era sólo Paula.


― Creo que sí.


― ¿La has usado alguna vez?


― No, claro que no. ― contestó Sara súbitamente escandalizada de poder tener en sus manos un arma de fuego tan peligrosa.


― Hay, que aguafiestas.


Janet se quiso morder la lengua. A veces decía cosas sin pensarlo y hería a la gente, como en ese momento. Las facciones de Sara reflejaban vergüenza.


― Vamos quita esa cara de pena. Mamá me dejó a tu cargo. ― Le hizo un ademán hacia el sillón en forma de riñón que había en medio de la sala ― Ven, sentémonos ahí.


Se sentaron sin decir nada, mientras los segundos pasaban. 


Sara se empezaba a sentir cada vez más incómoda. Veía a la señora Montgomery ir de un lado a otro con trajes, y a Paula regresándolos a su lugar. Miró de reojo a Janet y vio que tenía unos audífonos blancos, siguió el cable y llegó a un iPod rosado metálico. Miró a Paula nuevamente, y pensó que ella haría algún comentario para romper el hielo, como el que había hecho en la cocina el primer día que llegó a su casa.


Suspiró y contó hasta diez. Luego otros diez más. Después unos ocho y se decidió.


― ¿Qué escuchas?


Pensó que Janet no la había escuchado porque no contestaba nada, pero entonces Janet se quitó los audífonos lentamente y la miró.


― Música. Mi papá me acaba de reglar este iPod. ― le extendió el artefacto y Sara quedó admirándolo unos momentos ― Le pedí un Palm último modelo y me dio esto. Que le puedo hacer. Ahora escucho “Time is runnig out” de Muse. ― Entonces Janet extendió un audífono hacia Sara ― ¿Quieres escuchar? Conociendo a mi mamá, tu amiga no se irá ahora.


Sara lo tomó lentamente y se lo colocó. Dejaron que la canción terminara mientras seguían en silencio. Entonces empezó un tema suave, de violín. Un gran cambio de la canción anterior. Janet apagó rápidamente el iPod.


― ¿Vivaldi? ― preguntó Sara. Se sabía todas esas canciones de memoria.


Janet la miró impresionada. Eran pocas personas las que podían distinguir a un compositor de otro.


― ¿Tocas?


― El violín no.


― Vale, pues no digas nada, a nadie, jamás de los jamases.


― ¿Y por qué no puedo decir nada a nadie?


Janet volteó sus ojos en blanco, como si fuera a explicar una complicada fórmula de física.


― Porque eso no es súper. No es de onda. Sólo los nerd tocan eso. Me mirarían raro.


Sara asintió.


― Vaya, pues yo toco el piano. Así que soy una nerd.


― ¿En serio? ― preguntó Janet incrédula entonces buscó en su repertorio musical, y después le tendió nuevamente el audio a Sara ― Veamos, ¿Cuál es esta?


Sara esperó un par de segundos y después se quitó el audífono.


― Concierto en A menor, Vivaldi.


― Vaya, pensé que era la única metida en estas cosas. Yo siempre he querido tocar el piano, pero se me da mejor el violín. ― Cambio la canción y ambas se colocaron uno en cada oreja. ― ¿Qué opinas…?



* * * * *


Paula miró a las niñas sentadas, escuchando algo. Sentía un poco de pena por haber dejado sola a Sara, pero ella tenía que aprender a deshacerse de esa timidez excesiva. 


Después miró sin nada de compasión a su amiga, que le extendía caras camisas de seda y satén. Clarisse al parecer aún no entendía lo que ella buscaba.


Al final Clarisse aceptó con unas prendas y mandó a Paula a un vestidor para cambiarse, exigiéndole que saliera para darle el visto bueno. El primer traje no le gustó a ambas. 


Paula no tenía un súper cuerpo, era del tipo atlética. Delgada pero sin esas curvas exuberantes que los diseñadores creían que tenía toda mujer. Todo lo poco que tenía estaba en su sitio, pero aquél pantalón negro de pinzas y abultado en la cadera la hacía parecer un bufón de la corte de la edad media. “No” fue la respuesta de ambas. Pasaron al siguiente traje y Paula asintió. Lo de ella, profesional, formal, nada sensual. Un traje al fin y al cabo. Pero Clarisse no pareció pensar lo mismo.


― Es muy…


― ¿Práctico? ― le ayudó Paula pero no era lo que Clarisse necesitaba. Agitó la mano buscando la palabra y después chasqueó los dedos.


― Masculino.


― Vaya, lo que mi ego necesitaba. Gracias Clarisse.


― Deja de quejarte y vamos a cambiarte.


Paula regresó al vestido, se empezó a quitar la ropa, estaba solo en sujetador, bragas y zapatos cuando se dio cuenta de que no estaba su ropa.






CAPITULO 33






Cada diez minutos Pedro asomaba su cabeza por la ventana, esperando oír el ruido del motor en la entrada de su casa, y ver a Paula. Desde el día del beso, esa frialdad con la que lo trataba lo estaba poniendo al vilo de sus emociones. 


Enojado, ansioso, molesto, incómodo, y excitado. Lo último era una reacción directa de todo lo demás. No había esperado que un simple beso lo hubiera encendido de esa manera, y ahora, ese alejamiento de ambos lo estaba molestando. Antes de eso, se habían empezado a llevar bien, pero si había avanzado dos pasos, después del beso había retrocedido tres y había quedado peor que al comienzo.


Tocaron la puerta y se sentó rápidamente en su asiento y volvió a los papeles.


― Hola muchacho.


Miguel entró en estancia y se fue a sentar al sillón que había en la oficina, sacó un puro de su saco.


― Miguel, ¿Qué sucede?


― ¿Tienes fuego?


Pedro se paró y le acercó el encendedor del escritorio. No fumaba, pero algunos de sus conocidos sí, así que siempre mantenía uno cerca.


― No creo que hayas venido para que te encendiera tu puro ni por mi hermosa cara.


― No, ni por lo uno, ni por todos los diablos por lo segundo.


― ¿Entonces?


Miguel tomó una calada de su cigarro, e inspeccionó a su pupilo. Veía en él grandes cosas, y muchas más, con el tiempo, pero no podía dejar que las cosas se estropearán.


― La cena es mañana. ― Vio en la mirada de Pedro que entendió lo que quería decir ― ¿Has hablado con Paula?


― No, lo he estado retrasando.


― ¿Y cuanto más lo piensas retrasar?


― Hablaré con ella Miguel, lo haré.


Lo miró por unos segundos sin decir nada, después soltó un suave suspiro de resignación y asintió. Sabía que lo haría.


― ¿Sales de viaje pasado mañana?


― Así es. ¿Vendrás?


― A Sacramento y San Diego, no. Te veré en San Francisco. ― Se dio la vuelta pero al llegar a la puerta se detuvo. Lo llamó como si estuviera pensando en hacer o no la pregunta. ― ¿Sucedió algo entre Paula y tu?


Pedro se puso en alerta, tratando de disimular su rigidez.


― ¿Qué quieres decir?


― Pues es que los noto tensos. Más que lo usual.


― Alucinaciones tuyas.


Miguel jugó con el cigarro y después hizo un gesto.


― Sí quizás. Bueno, habla con ella.


Salió dejando a Pedro con sus ideas. Tenía tantas en la cabeza, cosas que no debería de tener en esos momentos, cuando su campaña estaba en pleno apogeo. Pero ahora tenía a Sara, a Paula, a Sara con Paula. Media hora después, el ruido de unas llantas y de un motor rugiendo lo devolvieron al presente, no se molestó en acercarse a la ventana, y salió de su despacho. Vio a Jaime caminando hacia el segundo piso y le preguntó por Paula. Le informó que estaba con Mariana, y siguió subiendo. Pedro sonrió, sabía que Jaime aun no toleraba a Paula del todo.


La encontró sentada en la mesa junto con Mary, tomando un gran vaso de limonada y platicando como viejas amigas. Saludó a Mariana y después la miró a ella, pero Paula seguía concentrada en su vaso. La llamó por su nombre y fue así, como Paula lo volteó a mirar.


― ¿Sucede algo?


― Necesito hablar contigo en privado.


Paula no tenía ganas de hablar en privado con él, pero era el jefe, y no quería hacer escenas frente a Mary. Salieron por la puerta trasera y caminaron un par de pasos, alejándose de ahí


― ¿Qué pasa?


― Nada, es sólo que mañana es el baile de caridad.


Pedro observó a Paula fruncir el ceño.


― Lo sé, Viviana me pasó el itinerario. ¿Qué es lo que pasa?


― Tu padre estará presente también.


Paula reaccionó rápidamente. ¿Así que de eso se trataba?


― Soy conciente de ello. ― declaró en un tono frío. Estaba enojada. Odiaba que siempre regresaran al mismo punto ― Pero no voy a verlo a él, sino a cuidar tu espalda. Ese es mi trabajo.


― Lo sé, es sólo que… Bueno, rayos, estaba tomando en consideración tus sentimientos. Sé que no te gusta verlo. Y después de lo de las fotos…


Paula se quedó esperando a ver que más decía Pedro, pero no agregó más. Sabía porqué se había callado. Había sido el mismo día en que se habían besado.


― Gracias, pero no hay mucho que pensar. Usted entra, yo lo cubro, y eso es todo


― ¿Sabes que te lo pondrá difícil verdad?


― Claro que lo sé Es mi padre, y desgraciadamente, lo conozco.


Se quedaron callados unos segundos. 


Entonces Pedro entendió que tenía que arreglar las cosas. 


Esos incómodos momentos le estaban poniendo los pelos de punta.


― Paula, sobre lo del otro día…


Paula alzó la mano, sin dejarle terminar.


― Fue un error. Uno que ambos jamás volveremos a cometer. ― Alzó las manos, más para poner distancia entre ambos ― Yo estaba emocionalmente perturbada y lo… bueno, ya sabe.


― Espera, fui yo….


― Pero no tiene caso hablar de ello porque no volverá a pasar. Fue un error. ― Paula vio ahí una oportunidad para recobrar la vieja amistad, si es que habían tenido alguna ― Vamos Alfonso, quita esa cara, no es que te vaya a demandar por acoso sexual.


Trató de hacer una broma, pero cuando lo dijo se arrepintió de haberlo dicho.


― Realmente apreciaría que no fuera así. ― contestó serio Pedro.


Paul estiró los brazos al cielo, estirando cada hueso y músculo de su cuerpo. Después empezó a caminar, para dar una vuelta por la casa. Pedro la siguió.


― ¿Y de que va la cena? Me refiero, que para que obra de caridad está destinado el dinero. ― agregó al ver la cara de confusión de Pedro.


― Para el centro de cancerología de Los Ángeles. La compra de un nuevo escáner de MRI.


Paula asintió satisfecha pero después suspiró.


― Cobran miles de dólares por una comida que ni te llena, y que al final acabas con hambre del demonio. Encima, al final de la noche, la mitad del dinero se va a donde dicen, y la otra mitad, al bolsillo de los organizadores. Es solo una estafa.


― ¿Y entonces que propondrías tu?


Paula se detuvo. La voz de Pedro le decía que se lo estaba preguntado en serio.


― ¿Yo? ― preguntó con burla ― Yo no soy la candidata que tiene que agradar a todo el mundo.


― ¿Entonces por qué te quejas si no vas a hacer nada para cambiarlo? Contrario a ti, yo deseo eso, un cambio.


Paula alzó una sola ceja, y puso su peso sobre un lado de su cadera.


― Calma Alfonso, es sólo un comentario.


Pedro empezó a negar con la cabeza.


― No, no es eso. Sé que muchas personas tienen la misma idea que tú. Pero yo lo veo de esta manera. No soy tan rico, pero tampoco soy pobre.


― Eso puedo verlo. ― interrumpió Paula pero la mirada de Pedro le dijo todo. Alzó las manos en redención. ― Está bien, me callo.


Pedro curvó ligeramente sus labios y volvió a la marcha con Paula.


― Odio ver en las noticias las desgracias del mundo. Robo, asesinato, violación, muerte. Podría dar todo mi dinero para buenas causas, evitar el hambre de algún país, pero ¿Cuánto tiempo les duraría? ― Paula sintió su mirada y la buscó ― ¿Un mes? ¿Seis? ¿Un año? ¿Y luego qué? Regresar a la vida de miseria de siempre. O bien, puedo usar esto ― Alzó su dedo índice y señaló su cabeza. ― Y hacer que personas ricas e instituciones poderosas inviertan en causas que justas. Una nueva escuela dejaría más cosas, trabajo y ecuación para generaciones futuras. ― Alzó los hombros como si no importase ― Si tengo que sufrir por una cena que consiste en tres verduras y un pedazo de carne a cambio de que una hija, una hermana, una madre, pueda salvarse de ser víctima de algo tan terrible como el cáncer bien vale pena.


Paula se quedó callada. Recordó que la esposa de Alfonso había muerto de cáncer. Quizás había hecho un comentario fuera de lugar, y sin embargo, había salido airoso. Sin duda, era un buen orador.


― Tienes mi voto Alfonso. ― dijo sonriendo.


Pedro rompió a las risas, y siguieron caminando.


― Genial, ahora sólo me faltan otros miles de votos más para poder ganar.


― Si sigues hablando así, creo que bien puedes hacerlo. Eres muy bueno.


― Si, pero no en todo. ― Pedro la miró. Se arriesgaba mucho, pero no tenía con quien más hablar, y que entendiera del tema. Suspiró y soltó la bomba ― Hablé con Robin


A Paula le llevó un par de segundo entender a quién se refería Entonces por la seriedad de su rostro, entendió. Robin Gilmore, la psicóloga de Sara. Le dio una pequeña sonrisa que era más un apretón de labios.


― ¿Por teléfono? ¿Cuándo?


Pedro sacudió su cabeza lentamente, y se pasó la mano por su cabello.


― Permíteme corregir. Fui a ver a Robin y hablé con ella. ― Al ver que Paula dilataba los ojos agregó rápidamente ― Fue hace un par de días mientras tú ibas a recoger a Sara al colegio.


― ¡¿Leandro te dejó salir?!


Pedro tuvo la vergüenza de sonrojarse como un niño que estaba a punto de sufrir una regañiza.


― Leandro me acompañó.


Paula se quedó boquiabierta. Después empezó a caminar de lado a lado.


― Vaya cuerpo de seguridad. ― después caminó como una pantera y golpeó a Pedro con el dedo en el pecho ― Y tú… Vaya con ustedes dos. Par de…. ― puso los ojos en blancos y gimió. Después empezó a caminar a zancadas ― ¡Y a ese idiota! ¡Le voy a dar una buena paliza!


Caminó y se detuvo en la nada. Entonces Pedro alzó la mirada a donde ella observaba y vio una cámara de seguridad. Después volvió su atención a Paula quien levantó la mano izquierda e hizo un gesto de chuchillo rebanando el cuello y sus labios decían en silencio “Estás muerto”. Si hubiera estado en otra situación le habría parecido gracioso, pero ahora tenía otras cosas en mente.


Se acercó a Paula y la tomó de la mano-cuchillo.


― Deja a Leandro fuera de esto. ¿Porque no me dijiste que Sara lloraba siempre que iba a la consulta?


Paula miró la mano, y se soltó con delicadeza. No era lo mismo un roce o un golpe de amigos, que un toque íntimo como esto. Después tragó saliva y miró a todos lados.


― Esto no es para hablarlo aquí. Vamos.


Paula iba delante y Pedro la siguió. Entraron en unos de los salones de la casa, en el pequeño gimnasio que había ahí. Esperó a que Pedro entrara y corrió la cortina para que nadie los viera.


― ¿Y bien? ― preguntó Pedro.


Paula caminó hasta una bicicleta estática y se recargó en ella mientras entrelazaba los brazos. Pedro por su parte, se quedó en la escaladora y se quedó a su lado. En esos momentos ambos necesitaban espacio.


― Ella me lo pidió. ― confesó Paula ― Es una niña, pero tiene una voluntad de hierro.


Pensando en todas las veces en que Paula habría visto a su hija llorar, y quedándose callada. Pero no podía culparla, porque ahí el único culpable era él.


― Sara es tan delicada… como su madre. No sé como… ― Pedro no sabía qué decir o como hablar. Miró a Paula ― ¿Sabes como me sentí cuando Robin me dijo que yo era el culpable de que Sara llorase todas las visitas?


Paula se irguió y bajó las manos. Algo así había estado pensando desde que la doctora le hubiera hecho el comentario aquél día en el despacho. Al principio se había sentido enfada con él, recordando sus propias penas con su padre. Pero su padre jamás había tenido la mirada que Pedro tenía en esos momentos.


La de la profunda tristeza y soledad. El amaba a su hija, sólo que no sabía como mostrarlo.


Pedro bajó la cabeza, avergonzado, esperando poder calmarse.


Mientras Paula lo miraba sin saber que hacer.¿Qué podía decir ella? Ella solo tenía malas experiencias de su infancia. 


Así, suspiró resignada y se acercó a él, lentamente. Levantó la mano pero la cerró en el aire. Estaba mal, pero que rayos. 


Apretó sus labios con fuerza, y lo tocó delicadamente del hombro, dejando su mano ahí, quieta, y esperó a que Pedro siguiera hablando.


― Y lo que me hace sentir peor es que siempre lo he sabido. Que no he sido un buen padre. Pero cuando mi esposa murió Sara era una bebé. Prácticamente, mi madre, Mariana, y la señora Perkins la han criado, y yo solo he sido una figura externa. Un nombre, una palabra. ¿Sabes lo que es eso?


Paula sentía un nudo en su garganta, en su estómago y en todos lados. No sabía porqué pero tenía unas inmensas ganas de llorar. Ella sólo sabía estar del otro lado, el saber que no tenía un padre que se preocupase por ella, pero al menos, por algunos años tuvo a su madre. En cuanto a Sara…


Ambos se miraron en silencio, con sus miradas entrelazadas. Pedro la tomó de las manos.


― Ayúdame ― susurró.


― ¿Qué? ¿A qué?


― A acercarme a Sara.


Paula se quedó sin palabras. No entendía nada.


― ¿De qué estas hablando? No sabría como.


Pedro la tomó de una sola mano y la llevó a la silla para las pesas, la sentó y él se quedó de pie.


― Sara te ha tomado mas cariño a ti, que llevas aquí un par de semanas, que a mi, su padre de toda la vida.


― No se nada de niños. ― dijo Paula por decir.


― Pues se te han dado bien.


― ¡Jaaaa! ― Paula soltó una risa llena de sarcasmo. ― Es que no me ha visto con otros niños. ― Y era cierto. Con los niños, no era tan buena. Sara y el pequeño Samuel eran las únicas excepciones.


― Sara es todo lo que tengo, pero tampoco puedo dejar todo esto. Sé que es mi vocación, sé que puedo hacer algún cambio, pero también quiero hacer un cambio en mi hogar. Con mi hija. Tú has logrado acercarte a ella de un modo que yo no. Y quiero que me ayudes.


― Pero yo no sé cómo.


― Paula…


Él no agregó más después de su nombre, pero Paula sabía que detrás de ello había toda una súplica. Se estaba abriendo a ella, una extraña, y para pedirle no cualquier favor. Y ella le había tomado tanto cariño a Sara. Si había algún modo de evitar todos esos martes y jueves de sufrimiento cuando veía a Sara salir toda llorosa, lo haría.


Exhaló largo rato y asintió lentamente.


― Bueno, veré que puedo hacer. Pero esto no saldrá por obra del espíritu Santo ni haré todo el trabajo. Tiene que poner todo de tu parte. No es como si mueva mi varita mágica y Sara caiga a tus pies. Tienes que ganártela.


― Así será.


Paula sonrió. Sabía que lo haría.


― Bien, ahora, ¿necesita a Augusto de regreso inmediatamente?


Pedro frunció el ceño.


― No, ¿Por qué?


― Necesito hacer un stop antes de regresar a la Mansión.


Pedro dio su permiso.


― Bien, entonces vámonos. ― caminó hasta la puerta, pero Pedro la detuvo tomándola del codo.


― Paula.


Ella lo miró y tragó con dificultad.


― Gracias. ― dijo mientras cerraba la distancia entre ellos y la abrazaba. Después, le dio un fugaz beso en su cabellera.



― Si, bueno… lo que sea.


Y salió antes de que Pedro dijera o hiciera otra cosa. No quería que viera la perfecta imitación de tomate que su cara era en esos momentos.