domingo, 7 de junio de 2015

CAPITULO 38




La noche era tranquila. Paula alzó la mirada para poder deleitarse por unos segundos de la belleza del cielo, y poder refrescar su cabeza del enfado. La Barbie Californiana había hablado para decir que tenían que pasar por ella hasta las nueve de la noche y así llegar a la Cena antes de las nueve y media. Había dicho, según Augusto quién había oído la conversación por altavoz, que “llegar tarde era lo más fashion, porque así serían la sensación”. Paula frunció el ceño, tratando de olvidar. ¿Fashion? ¿Qué rayos tenía que ver eso con la seguridad y los itinerarios? Odiaba a la gente impuntual.


No había estrellas en el manto azul de la noche, pero si una luna menguante preciosa en color amarillo. Los árboles, setos y la maleza de la casa le daban casi un lugar de ensueño. Podría disfrutar de eso por años. Sin su padre, sin preocupaciones, sin nada más que esa exquisita tranquilidad. Volvió a fruncir el ceño cuando un par de zapatos irrumpieron el silencio del tacón con el frío mármol dando pisadas.


― Paula.


Ella no se giró, sino que absorbió por uno segundos esa voz y el olor de colonia de hombre que el viento le llevaba. Cuando la volvió a llamar por su nombre se dio que ya estaba bien de soñar despierta.


― Lo siento, estaba… pensando.


Apenas pudo terminar la frase correctamente. Una cosa era ver a un hombre en traje de gala en una revista, periódico, o lo que fuera. Ver a uno así en la vida real, no era nada parecido. Noventa kilos de tetosterona exudando de ese cuerpo, casi las podía ver.


Pedro llevaba un traje de pantalón negro que realzaba su altura y sus largas piernas. Llevaba un camisa blanca plisada en el medio y encima un chalequito negro corto. Seguido de un saco de color claro, pero no era blanco, tal vez ostión o algo así. Llevaba pajarita negra en el cuello un poco curvada pero no por ello le restaba presencia. Dio un paso hacia ella batallando con los gemelos de plata y cristales que trataba de cerrar en el puño francés de su camisa, y gracias a ello no era conciente del escrutinio de la mirada de Paula.


Se quedaron mirando fijamente una fracción de segundos pero Pedro desvió rápidamente la mirada hacia sus puños. 


Paula había conocido hombres guapos, que sabían que su hermosura esa su base y lo explotaban al máximo. Pero Pedro ni siquiera era conciente de ello. Parecía más preocupado peleando con los broches que pensando en su aparición.


― Yo… Viviana… ― Hablaba mientras trataba de abrochar los gemelos por quinta vez ― ya habló… que… ¡Joder estás cosas no se pueden abrochar así!


Paula curvó la boca ligeramente. Los hombres eran tan primitivos. Podía quitarse el saco y abrochárselos o simplemente pedir ayuda. Paula optó por la segunda opción y se acercó a él, tomándolo del brazo sin decir nada y ordenándole en silencio que lo mantuviera fijo. Paula abrochó los tres gemelos de su mano derecha y se fue a por lo de la izquierda.


― Listo, y ahora esto.


No lo miró solo alzó las manos y le acomodó la pajarita para que quedara bien alineada. Y entonces estuvo a punto de alisar su saco para quitar las pelusas como había hecho con Samuel y entonces se dio cuenta de lo que estaba haciendo… con su jefe.


― Bien, vamos.


Sin esperar respuesta Paula se fue hacia el auto mientras llamaba a Augusto por el auricular. Sonrió al recordar la cara de niño en navidad de Augusto cuando le había dado su auricular y le había explicado como ponérselo. Todo había estado bien hasta que le había preguntado si podía llevar un arma.


Entonces le había dado la mirada. Y asunto resulto.


Por su parte ella llevaba a Lou en la cartuchera como niña buena, y una pequeña navaja en la bota. Claro, no le diría a Augusto del arma que llevaba oculta entre los sillones de la limusina. Tenía que ir preparada para todo, sin asustar a nadie y ser una versión de Rambo femenina con carrilleras de fuego y metralletas y ese estúpido pañuelo rojo. No puedo evitar reírse.


― ¿Dé que te ríes?


Pedro. Paula se había olvidado por completo de él. Se giró y medio sonrió.


― Nada, sólo cosas. Vamos que no queremos que la pr… ― Paula se calló súbitamente. Con Augusto era un juego, pero con Pedro no. ― Que la Señorita Kaplan se quede esperando


― Ibas a decir algo más.


Paula alzó las palmas pidiendo paz.


― No tengo idea de que estás hablando.


Él no dijo nada, y siguieron hasta el auto. Augusto ya estaba ahí, esperándolos y al ver a Pedro abrió las puertas de la limusina. Paula esperó a que se subiera y después, Augusto y ella fueron a sus asientos delanteros. Paula casi había llorado al ver el completo y gran equipo de limusina que Alfonso utilizaba para esas ocasiones. No era ni larga ni llamativa, pero si muy segura. Cuando Paula había visto el logotipo del Cadillac había silbado y Augusto había salido orgulloso del auto y lo había modelado.


Después entre ambos habían pasado a darle una inspección, entre neumáticos, vidrios, motor, panel de control, Constaba de solo dos puertas, y una zona de separación entre ambas para minibar y asientos. James Bond estaría orgulloso de auto. Y gracias al cielo, ventanas gruesas para así no escuchar al pajarraco de Viviana tratando de conquistar a Alfonso.


Les tomó quince minutos llegar a la casa de Viviana ubicada en la zona norte. Tanto ella como Augusto se bajaron para ir a recibirla aunque ninguno lo hizo con mucho entusiasmo, pero Augusto era más profesional que ella y no mostró ninguna reacción. Paula había barrido la zona antes de que Augusto dejara salir a Alfonso, ya segura de que no había peligro.


En la puerta giratoria salió una Viviana-Kennedy-Clinton-Kaplan en todo su esplendor. Llevaba un vestido straple en forma de corazón, entallado a su delgada figura hasta la cadera y lleno de volantes y olanes al final, que le recordaba casi a los vestidos españoles. Justo donde empezaban los vuelos tenía un broche que Paula casi pudo apostar eran diamantes. Jesús, ahora tendría que cuidar a dos en vez de uno. La tela era de color negro lo que realzaba la tez blanca pálida de Viviana, y como llevaba el pelo agarrado en un laborioso peinado y unos aretes largos, su cuello parecía de cisne. Incluso tenía ese aire de sofisticada que combinaba con todo.


Llego hasta Alfonso y lo abrazó, compartiendo besos en ambas mejillas. Como llevaba carmín rojo en los labios se quedó con la mano en la mejilla limpiando las marcas que había dejado en su mejilla izquierda.


― Estás hermosa, Vivi.


Paula se negó a hacer un mal comentario, un mal pensamiento, pero le molestó que le dijera que se veía bien. Y lo que más le molestó era que tenía razón. Buscase por donde le buscas, Paula tenía que aceptar que Viviana se veía muy bien.


― Oh Pedro, gracias. Tú estás como siempre está noche. ― dijo Barbie con su voz melosa, que provocó en Paula unos deseos de vomitar. Después de todo el encanto se perdía cuando abría la boca. Que bueno. ― Aunque estoy un poco molesta porque llegan tarde. Te hablé hace una media hora. ― dijo con un puchero nada sexy en la cara.


Paula frunció el ceño, no había entendió la última frase. Era por culpa de ella que iban tarde, ¿no? Entonces dirigió su mirada hacia Paula y cambió de pose, tomando a Alfonso del brazo y casi enredándose a él como una víbora


― Buenas noches Paula. Hoy te ves tan formal.


Después de ducharse Paula se había decido por el traje gris que había comprado con Clarisse. Era un traje de dos piezas gris de rayas, debajo una blusa de cuello redondo de algodón sencilla, sus zapatos de tacón bajo negros y para esa ocasión se había dejado el cabello suelto que como lo tenía cortado en capas le llegaba un poco más abajo del hombro y con volumen. Pero si fueran a competir en un desfile de modas, era obvio quien se llevaba la medalla de oro.


― Usted se ve espléndida esta noche, Señorita Kaplan ― observó los ojos de Viviana brillar ante el cumplido. Por lo visto le encantaban. ― Tenemos que irnos


Esperó a que ambos emprendieran la marcha, y Augusto seguía esperándolos en la puerta. Viviana entró primero y era casi merecía una ovación al ver como lograba meter todo ese vestido en el coche. Después Pedro entró sin siquiera mirarla. La estaba ignorando y no entendía por qué. Y le molestaba que le doliera esa indiferencia. Suspiró al ver que Augusto cerraba la puerta.


Veinte malditos largos minutos y al cabo de una hora y cuarenta y cinco minutos de retraso, llegaron a su destino. 


Paula casi se había volteado y disparado al oír el incansable parloteo de Viviana hablando de quién estaría en la cena, sus notas y cuanta cosa. Le había dado a Augusto una señal de que subiera el vidrio para poder ahorrarse el dolor de cabeza, pero Pedro les había pedido que no lo subiera, aunque más bien había sido una orden. Dado que llegaban tarde, no estaba la hilera de autos que esperaban su turno, así que Augusto los dejó justo en la alfombra roja. Había un montón de gente por todos lados, formados detrás de los listones de seguridad. También había cámaras, fotógrafos, prensa de la radio, periódicos y televisión. Le dedicó dos segundos de sus pensamientos al desaparecido Larry. Ya daría con él.


― Empieza el espectáculo. ― musitó Paula cuando Augusto apagó el motor del auto y bajó para abrir la puerta.


Pedro salió primero y empezó a saludar para después extender su mano y ayudar a Viviana a salir. Después ambos hicieron una pose de película, muy sonrientes ambos. Augusto cerró la puerta y le dio un guiño a Paula deseándole suerte. Solo asintió y empezó a caminar detrás de ellos vigilante. Pedro llevaba a su acompañante muy bien agarrada de la cintura y respondieron un par de preguntas. 


Siguieron pasando y posando para diferentes cámaras hasta que una reportera se dirigió a Paula.


― Señorita Chaves, Srta. Chaves, ― Paula se giró hacia donde la llamaban en un acto de reflejos. Era una muchacha joven de pelo rubio cenizo y llevaba unos lentes de montura enorme negras. ― ¿Es verdad lo que ha salido en el periódico del Times L.A.? ¿Acerca de la misteriosa muerte de su madre?


Ella se quedó sorprendida. Jamás se le ocurrió que la prensa se fuera a echar sobre ella esa noche.


― Sin comentarios.


Pero la rubia no se dejó amedrentar.


― ¿Es cierto que la relación entre su padre y usted sufrió un revés el día en que su madre murió?


― Sin comentarios.


― ¿Acaso no es cierto después de la muerte de su madre la declararon emocionalmente inestable y que años después, tuvo un accidente del que nadie sabe nada?


Y con eso los demás reporteros se aventaron sobre de ella. Sintió los flashes pegar contra su cara, captando su cara de desconcierto. ¿Cómo se había enterado de ello? Sólo Leandro sabía de ese episodio y estaba más que segura que él no había hablado. Esta vez contestar y decir el sin comentarios de manera indiferente le había costado todo su autocontrol. Otro reportero la llamó y luego otro, y otro, y todos estaban sobre de ella. Uno de ellos alzó la voz más alto y se oyó sobre los demás.


― ¿Por qué se ha negado a hacer declaraciones?


― No me he negado a nada ― “Idiota”, le faltó, pero ya estaba causando demasiado revuelo. Buscó con la mirada a la rubia que había empezado todo el jaleo, pero increíblemente, había desaparecido.


El reportero se metió entre el mar de gente hasta quedar en la valla de seguridad y mirarla.


― Pues nadie se ha podido acercar a usted, nos niegan las entrevistas.


Paula frunció el ceño. Ella jamás se había enterado de nada de entrevistas. A menos que…. Iba a contestar cuando Pedro se acercó a ella junto con Viviana y la tomó del brazo, ejerciendo presión.


― Tenemos que entrar. Un placer saludarlos a todos.


Y prácticamente la arrastró dentro del edificio hasta llevarla fuera de la vista de los reporteros y ya ahí Paula se deshizo del agarre de Alfonso. Viviaan se había quedado atrás caminando todo lo que le dejaba el vestido pero a Paula no le importaba un comino ella. Miró a Pedro con fiereza.


― ¿Has negado entrevistas en mi nombre? ― no alzó la voz, porque sabía donde estaban, pero aún así estaba muy enojada.


― Por Dios… pero que salvaje. ― dijo Viviana, mientras se arreglaba un mechón descarriado y la miraba con reproche.


Pedro no la miró, y siguió caminando, esperó a Viviana y la tomó del brazo, y caminaron hacia la puerta principal.


― Después hablamos de esto.


― ¿Pero quién coño te crees…?


Paula lo miró aturdida y después más encolerizada pero Pedro se giró tan rápido que no pudo reaccionar. La tomó de los hombros y la miró directamente, y habló con voz calmada pero con una nota imperativa.


― Paula, aquí no por favor. Por favor, después te lo explico. Además, tú también tienes muchas cosas que aclarar.


Respirando con fuerza, ella asintió. Pedro la soltó y volvió con Viviana, a medio trayecto del vestíbulo se encontraron con Miguel, sonriente.


― Pedro, ¿Por qué tan tarde? ― Pero quitó su sonrisa al ver las caras serias de Pedro y Paula, y mirando a Pedro hizo una señas hacia Paula ― ¿Qué les pasó?


― No la toques. Va a explotar. Casi puedes sentir su radio de furia.


Y era cierto, como si un campo de energía la rodeara, y te avisaba con cartel de neón brillante: Aléjate de mí.


― Paula, ¿Qué pasó?


Ella ni siquiera lo miró


― Si tú tienes algo que ver con lo de las entrevistas canceladas, me voy a enojar mucho Miguel. Y digo mucho. Pero hablaremos después, ahora a trabajar.


Paula cerró los ojos unos segundos, se acomodó la camisa mientras tanto y como si hubieran apretado un botón, el campo desapareció, y Paula quedó seria, pero no tan feroz como hacía unos instantes.


― Joder, tienes que enseñarme ese truco. ― contestó en broma Miguel.


Pedro no dijo nada. Entraron en la gran sala, donde la luz era tan intensa que parecía brillar. Entonces empezaron los saludos, Paula reconoció a varios senadores, congresistas, cantantes, artistas, de todo en esa sala. Ella se quedó en la orilla, siguiéndolo de cerca.


Pedro saludó y siguió con su papel, sintiendo a Viviana aferrándose a su mano que casi pensó que se la arrancaría.


 Aquella noche había estado llena de sorpresas. No solo Paula y las preguntas que había hecho esa mujer, que podía estar seguro, nunca había visto. Primero Sara, cuando había subido a despedirse de ella y desearle buenas noches como continuamente lo hacía cuando salía a algún lado. Julieta siempre le había dicho que siempre se tenía que despedir con un beso y sin enojos, porque la vida no estaba comprada y si algo pasaba, al menos te quedaría la paz mental de saber que esa persona sabía cuanto la amabas.


Había tocado la puerta, y cuando Sara había dado su permiso, había entrado en su habitación. Con su pijama de pantaloncillos de corazones y una blusa blanca, con un estampado de un corazón enorme rosado en el centro, la había encontrado viendo televisión, sentada en medio de su cama con dosel. Parecía una princesita rubia encerrada en su castillo, como las películas que sabía le gustaban tanto a Sara. Su cabello lo llevaba suelto, que caía todo en el lado derecho sobre su hombro. Increíble que Sara tuviera ocho años, y a punto de cumplir los nueve. En un abrir y cerrar de ojos su hija había crecido dejando esos pañales que no nunca había podido poner correctamente y ahora era la linda niña que tenía delante. Y próximamente tendría una adolescente en su casa, se recordó de las palabras de Paula y sus bromas. Hizo una cara de dolor, no quería perder a su princesa.


Sara lo miró con sus enormes ojos azules. Pedro se vio a si mismo en ese mar, y se sintió un extraño. Sintió un golpe en el estómago, su propia conciencia lo traicionaba. Quizás, se había negado a ver lo que tenía frente a sí, y es que jamás había puesto de su parte para conocerla.


― Sara, ya me voy.


Sara asintió y le dio una sonrisa infantil, pero ambos sabían que era falsa. Solo para calmar la tensión.


― Sí, papá.


Pedro lo trató un poco más.


― Mañana salgo de viaje, yo… he… ― ¿Por qué estaba tan nervioso? Pedro jamás había tenido problemas para hablar con Sara. Pero entonces una voz muy dentro de sí le recordó algo: el jamás hablaba con Sara. O al menos no había por una semana o más. ― Estaré fuera una semana o más, dependiendo de las visitas.


― Lo entiendo.


Con esas palabras, Sara parecía más un adulto que la niña que debería de ser. “Te voy a extrañar demasiado”, trató de decir, pero las palabras se quedaron atascadas en la garganta. No sabía como seguir, casi empezó a retroceder cuando Sara lo volvió a envolver en su mirada.


― ¿Papi? ― el tono era de miedo, temerosa, y a Pedro le partió el corazón ver que no se podía dirigir a él con confianza.


― Si nenita, ¿Qué pasa?


― ¿Te puedo pedir un favor?


― Claro que sí, mientras no sea algo peligroso. ¿Qué es?


― Es que yo… ― miró hacia la casa de Paula, que quedaba exactamente a la vista desde la ventana de Sara ― con Paula fuera de viaje, Coco se va a quedar muy solita. Creo que estaría mejor conmigo, pero la señora Perkins dice que tú no lo aprobarías, pero Paula me dijo que tenía que preguntártelo mejor a ti.


Pedro procesó tres cosas rápidamente, haciendo que su cerebro analizara las cosas. La primera, que la Señora Perkins le había negado la petición de Sara cuando era una simple cosita, tener a un gato por la casa. La segunda, que Paula lo ayudaba aún cuando no quería y la tercera y más importante, que Sara se lo pedía a él. No se podía acordar de la última vez que Sara le había pedido algo.


― Claro que si, Sara. ― Se acercó a ella hasta su cama y se recargó en uno de los mástiles de la cama. ― Creo que Coco y tú son unas amigas inseparables.


― La adoro, es mi compañera ― contestó Sara, ahora si, riendo con naturalidad.


En ese momento Pedro deseó darse contra el palo que tenía enfrente. ¿Por qué nunca se le había ocurrido regalarle una mascota? Su esposa había sido alérgica al pelo de animal, de cualquier tipo, por lo que nunca habían tenido mascotas, y cuando había muerto, no había pensando en ello y se había olvidado de la idea con los años. Ahora no podía ofrecerle una nueva mascota, porque era obvio que le había tomado mucho afecto a la gata de Paula.


“Habla con ella, hazlo”.


― Sara, si necesitas algo y estoy afuera, sabes que puedes hablarme en cualquier momento. No importa qué, o cuando sea. ¿Entendiste? ― Observó la cara de sorpresa de Sara. Era la primera vez que le decía eso. Se sentó en la cama, sintiéndose indefenso frente a una niña que era casi la tercera parte de él ― Y yo… yo te voy a extrañar mucho, cariño.


Las pequeñas gemas de Sara se empezaron a nublar y sonrió feliz, asintiendo.


― Yo igual papi.


― ¿Le puedes dar un abrazo a papá para la suerte esta noche?


Sara brincó hasta él, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello. Pedro enterró su cara en su pelo, tratando de componerse, porque en ese momento sentía unas enormes ganas de llorar. Y las ganas aumentaron más cuando Sara en su inocencia le dio un beso en la mejilla diciéndole que era para la suerte. Sabía que ambos se sentirían incómodos al verlo llorar.


― ¿Sabes qué? ― la soltó y la miró fijamente ― Ahora que lo recuerdo, Viviana dijo que tardaría un poco más, así que por que no vemos un rato la televisión.


― Se te va a arrugar el traje. ― dijo Sara, tan práctica como una esposa.


Pedro no estaba tan loco para despreciar una oportunidad como esa.


― Faltaba menos, deja me quito el saco.


Se lo había quitado y se había acostado en la cama con ella, y estuvieron hablando acerca de los dibujos animados que estaban viendo. Si Viviana lo había hecho esperar, él bien se podía tomar unos minutos con su hija. Entonces Sara había empezado a cabecear y por fin se había dormido.Pedro se quedó observándola, absorbiendo cada detalle en su cara, su nariz respingada, o su boca medio abierta o su dedo meñique derecho que lo movía a cada rato, como si estuviera soñando. Habían pasado años desde que había podido disfrutar de una vista como esa, quizás desde que Sara era aún pequeña.


Le había dado un beso en la mejilla y la había terminado de arropar.


― Buenas noches, mi pequeña princesa. ― Y había salido de su habitación.


El ruido volvió y sintió el apretón de Viviana.


― Pedro, te hice una pregunta.


Él la miró sin entender, después al Congresista Davis y su esposa y se sonrojó.


― Lo siento, estaba pensando en mi hija y su mascota.


La Señora Davis, una mujer de alrededor de sesenta años, y pelo totalmente canoso sonrió feliz. Pedro sabía que era madre de tres, y abuela de cinco niños. Empezaron a hablar de los niños y sus programas y cambiaron impresiones acerca de los programas y lugares para llevarlos a divertirse.


Por el rabillo del ojo, vio a Paula parada fuera del círculo, en posición de descanso, mirando atenta a todos lados. Ella había sido la segunda sorpresa. Si bien el traje le había sorprendido por que delineaba su cuerpo y la hacía ver más alta e impresionante de lo que ya era, fue su pelo suelto, una lluvia de caoba y tonos marrones que lo habían dejado sin palabras. Había deseado por unos segundos extender su mano y acariciar esa espesa cabellera pero se había controlado.


Ahora ambos estaban enojados. Ella con él, y él con ella.


Y esa noche, hablaría de muchas cosas.


Miró a la Señora Davis y sonrió, asintiendo y siguiendo con la plática.




5 comentarios:

  1. Muy buenos capitulos, de esta novela me encanta todo Carme , quiero maratón, siempre me quedo con ganas de leer mas !!!

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  2. Muy buenos capitulos, de esta novela me encanta todo Carme , quiero maratón, siempre me quedo con ganas de leer mas !!!

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  3. Muy buenos capitulos, de esta novela me encanta todo Carme , quiero maratón, siempre me quedo con ganas de leer mas !!!

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  4. Hermosos capítulos! Que bueno que Pedro esté avanzando con Sara!

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