lunes, 8 de junio de 2015
CAPITULO 39
Paula se había mantenido al margen, de pie cerca de la mesa de Alfonso. El discurso de agradecimientos al recibir el cheque por una suma desorbitada lo había dado una mujer que había sufrido en carne propia dos brotes de cáncer de mamá en tres años, y a la cual le habían tenido que realizar una mastectomía en ambos seños. La mujer había hablado con la cabeza alta, sin voz de lástima ni pidiendo nada. Era una luchadora. Lo que más le había sorprendido a Paula era que cuando la mujer había terminado de hablar, era que Pedro se había parado de su asiento y había sido en primero en aplaudir y ovacionar a la mujer. Algunos le siguieron y se levantaron y pronto todos estaban de pie.
Incluido su padre.
Lo había divisado desde que había llegado, como una presa poniendo en alerta sus sentidos por la presencia del depredador. Y gracias al cielo, estaba en el otro extremo de la mesa de Alfonso. No es que fuera una cobarde, se dijo Paula, es sólo que podría hacer algo de lo que se arrepintiera. Vio rostros conocidos entre los guardaespaldas, viejos amigos de trabajo, todos se saludaban con un leve asentimiento de cabeza.
Aunque nadie le prestaba atención a una simple guardaespaldas. Pero el problema era que ella no era un simple guardaespaldas, sino la hija del hombre que estaba al otro lado del salón. Y eso atraía miradas, algunas discretas y otras no tanto. Pero Paula mantenía la barbilla alta, no tenía absolutamente nada de que avergonzarse.
Los platillos ya habían terminado de ser servidos y Paula no se espantó al ver la pequeña porción que les servían a los comensales. Al parecer era la única que había tenido una excelente cena, cortesía de Mariana. La banda estaba tocando una balada y varias parejas se habían parado para abrir el baile, y para molestia de Paula, Pedro y Viviana habían sido de los primeros. No sabía decidirse por qué era lo más irritante, si por la mirada de Pedro o por la sonrisa de Barbie boba de Viviana. Fuera cualquiera de esas, la presencia de un cuerpo cerca de ella la puso en alerta, y abrió los ojos asombrada de ver ante sí a la persona que había estado buscando toda una semana
― ¿Larry?
― Hola nena. ― Larry tiritó al ver la mirada de Paula. Alzó la copa que llevaba en la mano, calmándola ― Vale, corrección. Hola Paula.
Paula apretó las manos. Aparecía así como así y no decía nada.
― ¿Dónde te has metido? ¡Te he dejado miles de mensajes! ― dijo en un grito ahogado, tratando de no alzar la voz y atraer las miradas.
Larry tomó un sorbo de su whiskey en las rocas y a Paula le llegó el olor a cigarro. Ambos volvieron la mirada
― Sí, y Beck me los ha pasado todos.
― ¿Entonces? ¿Por qué no me has contestado?
Larry miró a todos lados sonriendo y saludando. Todos sabían que él había sido el que la había entrevistado y el que estuvieran juntos sólo le hacía que todos empezaran a comentar. Paula dio sonrisas condescendientes y Larry siguió saludando a los demás, y después miró a Paula sin perder la sonrisa pero su tono era inalterable.
― Ahora mismo no podemos hablar. Pásate mañana.
― Mañana salgo de viaje con Alfonso y regreso a lo mucho en dos semanas.
― Entonces cuando regreses.
Paula lo observó por unos segundos, evitaba mirarla, pero cuando lo hacía, era una nube de dudas y cosas que se moría por decir.
― Tienes algo, lo veo en tu mirada. ¿Qué es?
― No lo sé. Por eso necesito más tiempo. No apresures las cosas, todo a su tiempo.
El tono de voz de Larry le irritó. Pero se tenía que calmar. Observó que Alfonso había dejado de bailar e iba caminado entre las mesas, saludando y platicando.
― Cuando regrese hablaremos.
No esperó una respuesta y se movió a una distancia discreta observando en silencio. A su padre lo había perdido de vista en cuanto había llegado Larry y ahora no lo veía por ningún lado. Vio a Miguel sonriendo a carcajadas con un grupo pequeño. El pillo le estaba echando la mirada a una señora que parecía corresponderle. No puedo evitar sonreír, le caía bien a pesar de ser político. Vio una mancha negra por el rabillo derecho y vio a Viviana desaparecer hacia el baño de mujeres. A esa sí, no la tenía que seguir, pensó Paula. Su objetivo estaba en otro lado. A ella bien le podían dar un susto por… pues por ser ella. Lo que era nada lógico pero con Viviana la lógica no entraba en juego.
Pedro se empezó a mover y ella lo siguió y lo siguió… hasta que vio hacia donde se dirigía. Estaba acostumbrado a ello, pero por una extraña razón se ruborizó sintiéndose una colegiala. Lo siguió a una distancia prudente, pero cuando iba a doblar hacia él pasillo del baño, se giró para encararla.
― ¿En realidad tienes que seguirme hasta acá?
Paula odió el calor que embargaba sus mejillas, pero hizo su mejor esfuerzo para ocultarlo, carraspeando y mirándolo a los ojos.
― No voy a entrar, pero sí… bueno… sí pasa algo, sólo grita.
― ¿Si me peleo con el cierre me iras a rescatar?
Paula agrandó los ojos escandalizada y después miró a todos lados esperando que nadie, nadie, hubiera oído eso.
― Eres un idiota ― dijo en un susurro. Entonces vio a Miguel y lo agarró del hombro para ponerlo frente a él ― Acompáñalo, no se lo vaya a tragar la taza del baño.
Pedro no contestó, se dio la vuelta y Paula empujó a Miguel para que lo acompañase. Ella se dio la vuelta y que alejó un poco de ahí. Cinco pasos más allá vio un rostro conocido.
― Juan Pablo.
El hombre que estaba de espaldas se dio la vuelta para mirarla. Iba vestido de traje, pero en comparación con los otros, llevaba una corbata de rayas. Alto, rubio y de cuerpo musculoso, Juan Pablo había trabajado con ella en el Servicio Secreto y había causado muchos suspiros entre las secretarias, pero llevaba años casado con su esposa Genny, y jamás vio a una mujer que no fuera ella. Era unos años más grande que Leandro y un hombre muy decidido. Paula y él se habían llevado bien hasta que ella había dejado el trabajo y se había regresado a Los Ángeles, dejando Washington por la paz. El hombre dio un brinco y Paula lo saludó, peor notó que estaba tenso.
― ¿Qué haces aquí? Lo último que supe es que seguías con el Servicio Secreto.
Juan Pablo miró detrás de Paula y trató de regalarle una sonrisa, pero le salió más una mueca.
― No, trabajo independiente. A mi edad y con mi fama, gano bien.
Paula le dio una brillante sonrisa y asintió.
― ¿Y los niños? ¿No me digas que te mudaste a California?
― Sí, nos mudamos todos. Los niños están bien, creciendo. Yo…
― ¿Para quién trabajas ahora?
― Carlos, veo que conoces a mi hija.
La sonrisa que Paula había mantenido se borró en un abrir y cerrar de ojos. Esa voz. Paula se odió a si misma por sentir un escalofrío recorrer su espalda. Dio unos pasos atrás y se dio la vuelta para verlo.
― Senador.
Un hombre salió del pasillo posando la mirada en el ellos unos segundos. Rafael extendió los brazos hacia ella.
― Vamos pequeña, ¿Por qué no le das un abrazo a tu padre?
Dejó que el hombre pasara, si esperaba ver un espectáculo se quedaría con las ganas. Mientras, Paula mantuvo una actitud insondable. Oyó los pasos alejarse y doblar y rogó, porque Pedro saliera lo más pronto posible para largarse de ahí.
― No gracias. Prefiero abrazar ratas de alcantarilla antes que a ti.
Quizás podía engañar a los demás, pero a ella ya no. Debajo de esa calma y quietud sabía que bullía una rabia y ferocidad, pero Rafael jamás se comportaría de manera indecente o poco conservadora en un lugar público. Sin embargo, en la comodidad de su casa, era otra cosa. La mirada en los ojos de Rafael era fuego, una hoguera que se estaba desatando pero Paula se mantuvo firme.
― Me gustaría charlar contigo.
― En estos momentos me encuentro trabajando, si gusta, podemos hacer una cita.
Fue un leve movimiento, un tic, pero Paula lo logró vislumbrar. Aparecieron leves arruguitas en los rabillos de sus ojos. Estaba perdiendo la paciencia.
Rafael miró a la mujer que tenía delante de sí, y no podía creer que era la misma niña tímida de hacía años. Tampoco podía creer que aquella mujer tuviera sus genes. O quizás sí, después de todo era una luchadora.
― No me tientes Paula. No te gustaría verme enojado.
Paula soltó una risa sin ganas, un soplo de amargura. Aquél hombre era tan cínico.
― Honestamente, ya lo he visto, y no creo que a sus electores les agrade saber como es usted en esos momentos.
Paula esperó el siguiente movimiento. Pero sólo se carcajeó en su cara. Ella permaneció quieta, desconcertada. No era común de su padre no devolver el golpe.
― ¿Qué te pareció la bienvenida? ― Al ver que Paula no entendía aún la pregunta, agregó ― No creo que quieras esa fama siguiéndote pero…
La reportera. Las preguntas. Y la súbita desaparición de la mujer. Se había enterado de su problema. Sin pensarlo, sus pies se movieron acercándose a él.
― Eres un…
Pero no se pudo acercar más. Juan Pablo se interpuso entre ellos. A pesar de que tenían la misma altura, Juan Pablo era casi el doble de peso que Paula, pero eso a ella no le importó.
― No creo que quieras hacer nada, Paula. No aquí, piensa.
Paula se calmó. La advertencia de Juan Pablo le cayó como un balde de agua fría. El estaba buscando alterarla. Se lo había dicho Leandro, tenía que serenarse. Se alejó, porque tenía que poner tierra entre su padre y ella. En vez de seguirle el juego a su padre miró a su viejo amigo.
― Una vez fuimos amigos, así que te daré un consejo. Aléjate de él. ― Y señaló a su padre sin dejar de mirar a Juan Pablo ― Todo lo que toca se pudre.
Fue ahora Rafael quien se acercó a ella, pero quedó detrás de la espalda de Juan Pablo.
― Mocosa insolente. Algún día…
― Senador Hunder ― Pedro se plantó entre Paula y los hombres, poniéndola detrás de su cuerpo. ― Un placer volver a verlo. Creo que está acaparando a mi querida guardaespaldas.
Y tomó a Paula de los hombros. Ella se iba a deshacer del agarre pero Pedro la apretó con más fuerza y se quedó quieta.
― Nos tenemos que ir, mañana salimos de viaje.
― No sé para que te molestas muchacho.
― Que gane el mejor Senador.
Se dio la vuelta con Paula a su lado y Miguel detrás de ellos.
Doblaron en el pasillo y ya fuera de la vista de Rafael, Paula se alejó de Pedro mirándolo ultrajada. Él ni se inmutó sino que pasó de ella y miró a Miguel.
― Creo que ha sido todo por esta noche. Voy por Viviana y nos vamos. ― Y para insulto de Paula, agregó ― Cuídala Miguel, regreso en unos segundos.
Ella se quedó boquiabierta.
― ¿Cuídala Miguel? ¿Pero que se cree? ― gruño mientras lo observaba perderse entre la multitud y hablarle al oído a Viviana. La rubia frunció el ceño y la vio que iba protestar pero al ver la cara de Pedro, cosa que Paula no podía hacer, dejó de protestar y empezaron a despedirse del público.
― Ese hombre, el guarda de tu padre, parecía que se iba a ir encima.
Paula dejó de mirar a Pedro para fijar su mirada en su niñera de barba blanca.
― ¿Quien? ¿Juan Pablo?
Miguel alzó las cejas sorprendido. Por el cuadro que habían visto Pedro y él, el hombre no parecía ser amigo de Paula.
Había observado como el cuerpo de Pedro se había puesto rígido y sin poder detenerlo, ya se había puesto en marcha y se había interpuesto entre el hombre y Paula. Miguel pensó que ese gesto había sido interesante.
― ¿Lo conoces? Porque por como te miraba, parecía que eras Medusa y él Perseo.
― Juan Pablo no me haría nada. Y el hecho de que sea mujer, no quiere decir que sea indefensa. Puedo con el claramente.
― Pues a Pedro no le pareció eso.
Dejando a un lado a Pedro, Paula volvió su atención hacia Miguel.
― Pues si no le parece al niño bonito, podemos terminar con esto.
― ¿Es eso lo que quieres? ¿Rendirte?
Paula dejó caer la cabeza avergonzada. Estaba haciendo una escena y el enojo la estaba haciendo comportarse como una niña berrinchuda. No pudo contestarle a Miguel, y se sintió mal, porque su padre había logrado, una vez más, sacarla de sus casillas. Paula se pasó una mano por la garganta sintiendo la resequedad invadir su cueva. Pedro y Viviana llegaron casi corriendo y sin más, Pedro se fue sin despedirse de Miguel.
Paula los siguió detrás, sin acercarse demasiado. Ahora podía sentir el radio de furia de Pedro y entendía porque estaba molesto. Ella lo había dejado en vergüenza. Llamó a Augusto por el auricular y le avisó que los esperase en la puerta. Salieron y afortunadamente ya no se encontraba nadie afuera. Augusto estaba ya estacionado y esperándolos de pie en la puerta de los pasajeros. No dijo nada, simplemente esperó a que Viviana entrase primero. Pedro se quedó de pie, se volvió para ver a Paula.
No dijeron nada, y por primera vez, Paula se vio bajando primero la mirada.
Escuchó el golpe de la puerta al cerrarse y caminó hasta la puerta del copiloto. Se sintió mal consigo misma. Había dejado que los nervios se apoderaran de la situación.
Siempre la provocaba y aunque se sabía todas sus tácticas, siempre caía. Su padre jugaba demasiado bien. El sentimiento no mejoró cuando Pedro subió la ventana que separaba a los pasajeros de la parte del conductor. Paula se quedó callada y no dijo nada.
Llegaron al edificio de Viviana, donde Augusto se estacionó enfrente. El portero se encontraba todavía trabajando. Paula le hizo señas a Augusto de que no se bajara, ella se tragaría su orgullo esa noche. Bajo del auto y la brisa fría le golpeó, a pesar de tener el saco sintió un frío recorrer su cuerpo, pero cada vez que se acercaba a la puerta, no sabía si era por el viento o por la mirada de Pedro. Le abrió la puerta, pero él no dijo nada, sólo salió y ayudó a Viviana a salir del auto.
―… aún sigo sin comprender por qué salimos así. Faltaba por lo menos otra hora para que pudiéramos retirarnos.
A Pedro le estaba cansando el monólogo de Viviana, siempre se había encontrado cómodo con ella, pero esa noche, en ese momento, quería que desapareciera. Esa noche había sido todo un choque de emociones. Sara, Paula, Viviana, Rafael…
Cuando había salido del baño, y había visto a ese hombre enfrentándose con Paula, algo se había apoderado de él, y lo había movido para interponerse. Sabía malditamente que ella se podía cuidar muy bien sola, joder, incluso era mil veces mejor que él en cuestiones de defensa, pero no le había gustado para nada verla amenazada, ni por su padre ni por ese hombre.
Y ahí radicaba el problema final de la velada. Que le estaba empezando a importar demasiado y que eso estaba afectando su sano juicio.
― ¡Pedro! ¡No me estas escuchando!
Pedro pensó en taparse los oídos, pero aquello sería descortés.
― Lo siento Vivi, me siento muy cansado. Además, mañana salimos de viaje. ― Fijó su mirada en Paula, quien se había mantenido callada ― Subiré a acompañar a Viviana y regreso. No es necesario que me acompañes.
― Tengo…
― Espera en el lobby entonces. Cinco minutos.
Viviana caminó de muy mala gana, y le dirigió una breve mirada a Chaves. Estaba segura de que esa noche se había echado a perder por su culpa. Desde que habían llegado, había esperado un gran espectáculo en la alfombra roja, y sí, habían dado un espectáculo, pero no el que ella habría querido. Subieron al elevador y Viviana decidió jugar su última carta. Se suponía que esta tenía que ser su noche.
― Lo siento tanto Pedro, soy una insensible. Con el viaje, y todo lo demás.
Pedro le pasó un brazo por los hombros, mirando los pisos pasar.
― Tranquila Viviana, todo está bien.
― Lamento que tenga que estar solo en Valle ― siguió ― Ramiro y yo llegaremos después. Tenemos que dejar instrucciones antes de partir.
― Lo sé Viviana y lamento mucho que te vea hasta dentro de dos días.
Llegaron a su piso, y Pedro dejó salir primero a Viviana. Ella sacó de su mini bolso sus llaves y Pedro ya estaba preparando su discurso de buenas noches, cuando la pregunta de Viviana lo sorprendió.
― ¿Alguna vez piensas en casarte de nuevo?
Él observó sus inmensos ojos azules, expectantes de su respuesta. Pedro no había pensando en ello. Después de Julieta, jamás…
La imagen de Paula, absorta en la escalinata de su casa, aquella noche, entró en su cabeza. Había pensado que era hombre de una sola mujer, pero con Paula sentía aquella calentura de hormonas en apogeo. O quizás era la abstinencia.
― No lo había pensado Vivi.
Viviana se quedó en la puerta, poniendo su mirada de mujer-ayuda-a-la-mano, pero Pedro parecía tener la cabeza en otro lado.
― Pues deberías, Sara necesita una madre, y tú, alguien con quien platicar, con quien reír, alguien que esté a tu lado.
De nuevo el rostro clásico de Paula apareció, riendo con Sara, o de su hija abrazándola. De ellos corriendo todas las mañanas, platicando de cosas tan insulsas, o de aquel eterno beso que había comenzado la más terrible penitencia de su cuerpo por las noches. ¿Y si la abstinencia hacia que tuviera esa obsesión por Paula?, se preguntó. Ella era la primera mujer que besaba después de años de celibato.
Miró los labios carmesí de Viviana. Era guapa, más que guapa, hermosísima. Capaz de poner a cualquier hombre de rodillas, pero en él no despertaba pasión alguna.
― Sabes que siempre podrás contar conmigo, Pedro.
La mano de Viviana viajó al cuello del saco de Pedro, atrayéndolo. La primera reacción de él fue negarse y alejarse, pero una vocecilla le preguntó si esa no era una oportunidad para averiguar si lo que necesitaba era a una mujer en general, o si la que había despertado su libido sólo era Paula. Tenia que probarlo, tenía que saber si lo que había sucedido con Paula era por su falta de relaciones. Se acercó a Viviana y la besó.
Pasaron los segundos y aunque Viviana hacía la mayoría del trabajo, Pedro ya tenía su respuesta. La tomó de los hombros y se separó de ella.
― Lo siento Viviana, esto no debió de pasar.
Pero Viviana se acercó más a él, entrelazando una mano detrás de su nuca.
― No Pedro, así tenía que ser.
Ambos se quedaron en silencio, mirándose fijamente, tan absortos que no vieron la puerta de incendios cerrarse.
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