domingo, 7 de junio de 2015

CAPITULO 37





― Augusto, vamos a repasar todo de nuevo.


Augusto hizo un gesto de cansancio pero al ver la mirada de Paula se compuso y se sentó derecho. Estaban en su casa, viendo un mapa de la ciudad, donde tenía varías líneas trazadas con diferentes colores. Augusto alzó la mano y la colocó un dedo señalando el lugar donde estaban en ese momento.


― Salimos a las ocho. Tomaremos Santa Mónica Blvd., ― con su dedo empezó a hacer un recorrido por la línea azul que tenía el mapa ― después doblaré en Hollywood Fwy, y entraremos al Centro, pasaremos el Ayuntamiento. Luego la Calle 1 Norte y después finalmente, paremos en 1 Street East y al Centro Nacional para la Preservación de la Democracia


Paula se aguantó la risa al ver a Augusto hacer un saludo de bandera y poner su mano en su corazón.


― ¿Luego?


― Augusto, o sea yo, ― dijo mientras se autoseñalaba ― se irá a refugiar al estacionamiento, donde de seguro me encontraré a mi amigo Albert, el chofer del congresista Stevens, y… ― Augusto sintió un escalofrío recorrer al ver la mirada de Paula y esa única ceja alzarse, ― Pero que desde luego no saludaré ni entablaré plática alguna, sino que me quedaré en el auto, cuidándolo con mi vida.


Paula sonrió. No pudo evitarlo.


― Me encanta tu humor, Augusto, ¿y después?


― Esperaré a tu llamado, nos vendremos, tomando una ruta diferente, nos vendremos por ― y volvió al mapa, pero ahora siguiendo la ruta verde ― Wiltshire, cosa que considero tonta, porque nos hacemos el doble de tiempo.


Habían discutido eso durante varios minutos.


― Augusto, si algo nos llegase a pasar, esa calle nos puede salvar la vida. Después de todo, has estado esperado a utilizar tus vueltas en U y acelerar ¿no? Además estas otras rutas ― y señalo las rotas en rojo y naranja ― nos servirán para evacuar rápido. Y llegar a estos puntos ― El primero era una estación de policía con muy buena seguridad, y el otro era la casa, pero bordeándola.


Augusto se acarició la barbilla, pensativo.


― Si lo pones así…


Tomó el mapa y lo dobló, tendiéndoselo a Augusto.


― ¿Vas por la limosina ahora?


― Sí, y sí la chocaré cuidadosamente. Cada pedazo de ella.


Había agregado al ver que Paula lo iba a interrumpir.


― Ten cuidado Augusto.


― Nos vemos en un rato.


Ya sola Paula miró la sala, se fue a la ventana donde Coco estaba tirada y se sentó en el balcón colocándosela en sus piernas y después acariciándola. Tenía tantas cosas en la cabeza, esa cena, el viaje Express por todo California, el dejar sola Sara durante el viaje, a Pedro con su hija y su campaña, a su padre que sabía tramaba algo, la muerte de su madre y la repentina desaparición de Larry.


Se pasó una mano por la cara, fatigada. A veces deseaba estar en su casa, sin hacer nada, sin preocuparse de nada, Pero después se reía de sus propios pensamientos. No podía estar sentada cinco minutos seguidos. Ser un florero no era su vida. Bajó la cabeza hacia Coco e intensificó las caricias. La iba a extrañar. Con todos los sucesos ocurridos y los recuerdos aun vigentes, Coco era un pedacito que le recordaba que por un tiempo había sido feliz.


Miró el cielo azul por la ventana pensando ahora en Jorge, Marla y el pequeño Samuel. Entonces su mente viajó a los recuerdos de Samuel Padre. Había sido guardaespaldas de su padre por varios años, pero cuando la muerte de su madre había cambiado todo, y su padre se había vuelto violento con ella, él la había protegido. Y eso le había costado su trabajo. Pero le había dejado a Paula un gran consejo. El fuerte llega hasta donde el cobarde quiere. Y ella había dejado de ser una cobarde.


Dejó de mimar a Coco y su mano viajó a su cabello justo en donde estaba la cicatriz. La tocó y la tocó casi jugando con ella. Llevaba días tratando de recordar más cosas esa noche, incluso había empezado a tener pesadillas cortas en la noche. Y siempre era lo mismo. Su madre en la puerta del despacho de Rafael, después mirándola y haciéndole señas de que se callara, se acercaba a ella y la Paula joven empezaba a tener miedo y miraba de nuevo y no era su madre sino su padre quien iba por ella, luego la oscuridad. Y después nada.


 No lograba obtener algo más.


Justo cuando había cumplido la mayoría de edad, había salido de aquella prisión con nada más que sus papeles importantes, una vieja mochila, Beauchamp en una mano y en la otra, la libertad. Había buscado a todos los Samuel Torres que había encontrado en el directorio. Y después de cuatro fracasos, en la quinta casa, había dado con él. Y desde aquél día, una nueva vida había empezado.


― ¿Un centavo por tus pensamientos?


Paula bajó la mano de golpe y esta calló sobre Coco que maulló enojada y saltó a la cocina.


― Auch, pobrecita. En verdad estabas concentrada si te espanté.


Leandro estaba parado frente a ella. Lean también había sido parte de esa nueva vida, y había tenido un papel muy importante. Sin querer profirió un hondo suspiro.


― Vaya, ¿y ese suspiro?


Paula se levantó y sacudió su pantalón. Tenía un par de horas para cambiarse y prepararse para la cena.


― Ese suspiro es de qué te tengo que soportar. Y mis pensamientos no valen un centavo.


― Sí, sí, sí, lo que digas.


Leandro fue hacia la cocina y abrió el refrigerador sacando una lata de refresco.


― Sírvete ― susurró Paula sarcástica.


Estuvieron unos minutos en silencio. Paula estaba esperando a ver cuanto tiempo tardaba en hablar.


― ¿Y bien?


― ¿Y bien que?


― ¿Lista?


Por alguna razón Paula sabía que se refería a la cena, pero a la hablaba de otra cosa.


― Pues claro, ¿qué te crees que soy, nueva?


― La misma Pau de siempre.


Paula le dio un golpe en el brazo… fuertemente.


― Odio que me llames Pau.


― Marla te llama así.


― Si, pero es Marla.


Leandro se limpió una lágrima falsa y agregó con voz llorosa.


― Me siento herido.


― Si claro, tú y tu pobre corazón lloraran toda la noche.


Después ninguno de los dos dijo nada más. Paula esperó a que se terminara el refresco.


― ¿Sabes que lo verás, no es así?


Así que eso era, pensó Paula. Al parecer todo el mundo pensaba que su padre y ella no se podían ver ni en pintura. Pues sí, era verdad, pero no por ello saltaría en cuanto lo viera.


― Si Lean, lo sé. ― dijo cansada ― No es la primera vez que lo veo, y no será la ultima. Al menos hasta que muera. Así que tranquilo, me controlaré.


― Tratará de sacarte de sus casillas.


Ella también lo había pensando. Había sacado sus propias conclusiones después de hablar con Pedro el día anterior.


― No he dejado de pensar en eso. Después del reportaje de Larry, se que lo hará, será su forma de vengarse. Me acorralará hasta que explote, desacreditándome y haciéndome la mala de la película.


― Vaya, te las sabes todas


― Viví con él demasiado tiempo. ― más del que le habría gustado a ella, pero no iba decir eso ― Sé cuales son sus cartas. Y con eso jugaré.


― Me siento tan orgulloso de mi chica.


― Tu chica mis… no tengo eso, pero no soy tu chica.


Leandro tiró la cabeza hacia atrás, y dejó salir una sonora carcajada. Después se levantó del asiento poniendo terreno entre ellos. Dejó la lata en la mesa y entrelazó las manos, poniendo los ojos como cervatillo y aleteando las pestañas.


― “Lean, eres lo máximo… ― dijo con una imitación bastante mala de chica ― eres un héroe. Gracias por salvarme. Yo…”


Paula saltó del sofá y fue detrás de él, pero había una mesa que los separaba.


― ¡Cállate!


― Oh vamos, qué es un juego entre amigos.


Paula lo rodeó por un lado pero el salía por el otro.


― No cuando me tomas el pelo de esa manera. Tenía 19 años, era una chiquilla por dios.


― Pero besabas bien.


Se fueron hacia los sillones y se iban escondiendo entre ellos.


― Te voy tirar esos dientes y arruinar esa cara bonita.


― Un besito… ― repetía una y otra vez Leandro alzando el pico como caballo.


Paula en un impulso saltó hasta él, pero Lean ya había calculado el golpe y la había atrapado colocándola entre sus brazos con su espalda pegada a su pecho y ambos forcejeando.


― Suéltame idiota que te voy…


― Uno, anda. Ya me diste uno, ¿qué es otro?


― Te juro que…


Un carraspeado los dejó quietos y miraron hacia la puerta que estaba abierta, y Pedro con una cara recta estaba en el umbral.


― ¿Están ocupados?


― Pedro… ― fue sólo un susurro, una vocecilla, pero se sentía como una niña atrapada haciendo algo malo.


Leandro la soltó lentamente y Paula se separó, después arreglarían las cosas. Se alisó la blusa y su cabello un poco alborotado. Pedro los seguía mirando reprobatoriamente y su mirada tenía algo más. Era fuego dorado en esos momentos. Estaba enojado. Genial, ahora cargaría con un malhumorado.


Con una mano en el pantalón y la otra en el picaporte de la puerta, Pedro entró y se acercó un poco a ellos.


― Creo señor O’Brien que se le contrató para vigilar la casa, no para andar jugando con la guardaespaldas


Leandro se puso recto y su voz era un línea de acústica. Sin sentimientos ni remordimientos. Solo contestó.


― Lo siento señor. No volverá a pasar


― Sólo estábamos…


― Me han informado que quería verme ― interrumpió Pedro sin dejarla hablar. ― sí es así, podemos empezar rápido. Tengo cosas que hacer.


Salió de la casa, dándole a entender que la siguiera. Eso molestó a Paula, ¿cómo se atreví a tratarla de esa manera?


― Vale ― le dio un golpe a Leandro en la cabeza ― La próxima vez compórtate.


― Parece enojado.


Paula seguía mirando la puerta sin creerse lo que había pasado.


― Si, pero no entiendo por qué. Ha de ser bipolar el hombre.
 ― tomó una bocanada de aire y lo miró ― A veces es una buena persona, pero otras, parece que llegaron los ovnis y cambiaron de personalidad. ― Leandro no la miraba sino que seguía con los ojos fijos en la puerta ― ¿Qué piensas?


― Algo que no me está gustando. Pero no creo… No. ― se contestó a sí mismo y después empezó a reír. ― Cuídate, ¿vale?


― Si papá.


― Vete, antes de que nos corra. Yo aun no junto para mi semana de salario.


― Idiota. Nos vemos.


Ambos salieron rápidamente, Leandro se fue a su central de inteligencia como el mismo lo llamaba y ella se echó a caminar hacía la casa grande. Entró por la puerta trasera y se encontró con Mariana, quien estaba mirando la televisión en su novela favorita.


― Algo le pasó a Pedro. ― dijo Mariana sin apartar la vista del televisor.


― ¿Ah sí?


Mariana Sally Field se metió un pedazo de fruta a la boca y siguió mirando su programa. Paula se preguntó como supo que era ella pero lo dejó pasar.


― Vale, lo voy a ver su despacho.


Nada más al entrar en la estancia sintió la tensión en el ambiente. Alfonso estaba de espaldas a ella, mirando por la ventana que daba a su casa.


― Parece que se estaba divirtiendo.


Fue un golpe en seco. Ni holas ni nada. Ni siquiera se volteó para verla al hablar. Paula deseó tomar un libro y lanzárselo. 


Pero sería poco.


― Pues si, la verdad es que si me estaba divirtiendo. La casa está segura, y ambos sólo establos platicando.


Pedro dejó caer la cortina y se dio la vuelta para encararla.


― Eso no fue lo que vi.


Abrió y cerró las manos con fuerza. Paula se estaba cansando de eso.


― Lo que vio fue a dos viejos amigos tomándose el pelo uno al otro.


― Pues a mi me pareció otra cosa. Además, si la casa es tan segura ahora, ¿Por qué lo contratamos?


Ah, eso sí se que no, pensó Paula. Si estaba tratando de insinuar lo que creía que estaba haciendo, su trato de amistad estaba pendiendo de un hilo muy pero muy delgado.


― Salimos de viaje mañana. Nos vamos por una semana, y Sara, Jaime, Mariana y todos se quedan. Yo voy a cuidar su trasero, pero ¿Quién se quedará aquí? ― hizo una pausa esperando respuesta. Dejó que la idea entrara en esa cabeza hueca ― Leandro es excelente. Yo aprendí de él, y también Leandro es mi amigo. Las dos cosas vienen juntas y separadas. Juntas, porque para mí, un amigo es algo importante, no sólo un objeto, y separadas porque a pesar de lo que vio, nos tomamos el trabajo en serio. Si tan poco le preocupa dejar la casa desprotegida, con Sara aquí, vaya y despida a Leandro.


El silencio reinó. Ambos se quedaron mirando fijamente, midiéndose el uno al otro, con cada segundo que pasaba, Paula alzaba aún más su cabeza, manteniendo la cabeza erguida. Al cuerno con Pedro, pensó, ella no había hecho nada malo.


Fue Pedro en primero en desviar la mirada. Bajó la cabeza y con una mano empezó a jugar con la mesa, dándole pequeños golpes.


― Lo siento.


Paula estaba empezando a hartarse de esos lo siento. Era bipolar, eso era. Dejó salir un aire y se dio la vuelta.


― Augusto fue por el auto. Regresa en una media hora más o menos. Salimos a las ocho.


― Paula, hay un cambio de planes.


Cambio de planes. Paula odiaba los imprevistos de última hora. Tenía todo programado y no le gustaban los avisos de último momento.


― ¿Y ahora que?


― Viviana va a ir a la cena con nosotros.


Genial, justo lo que faltaba.


Que la rubita estuviera en la cena. Recordó las palabras de Clarisse, acerca de Viviana detrás de Pedro, queriendo ser la futura esposa del senador. Quizás algún día, incluso, Primera Dama. Pues a ella le daba igual, pensó Paula. No es como si le importara. Ella estaba ahí por trabajo.


“No te involucres” era el lema, y lo haría cumplir.


Le dio su mejor sonrisa falsa, tanto que se le entumieron los pómulos de ellos.


― Vaya, pues bien.


Pedro vislumbró por unos segundos algo en su mirada pero no supo que fue. Después de encontrarlos a ella y a Leandro en la casa de la alberca hablando de besos y jugando se había sentido molesto, enojado, insultado, y sí, celoso. Cosa que no tenía sentido, porque entre ellos dos no había nada.
Pero entonces, ¿Por qué tenía la imperiosa necesidad de excusarse con ella?


― Carlos pensó que era mejor que no apareciera solo. Además Viviana sabe mezclarse en estas cenas.


Era una cena de caridad, pero también era un lugar para atraer más contribuyentes a la campaña de Alfonso. Paula entendía eso, pero no por ello le agradaba la idea de llevar a Viviana en el asiento de atrás.


― Pues qué bien. Bueno, nos vemos Alfonso, salimos a las ocho.


Salió de prisa de la habitación y caminó aceleradamente fuera de la casa. Ya fuera de la casa, alentó el paso y se fue pensativa hacia su casita. ¿Por qué se había sentido herida al escuchar que Viviana si sabía mezclarse?


Porque en cierta forma sabía que no era tan femenina como Viviana, ni sabía “mezclarse” como ella. No, Paula no quería una vida así. Había huido de una similar y no regresaría a lo mismo. Sin embargo, una maldita vocecilla no la dejaba en paz, que le hacía preguntar a Paula si entre ellos no había algo más.


Metiendo las manos en las bolsas de su chamarra, Paula siguió caminado sin mirar la vía, pensando en todo. Viviana era hermosa, inteligente, refinada y educada, creada como una máquina para esa vida. Paula no la veía jugando en la arena, ni diciendo groserías, ni golpeando gentes, ni… bueno, en resumidas, no era Paula.


Se detuvo ante una cámara de seguridad y alzó los pulgares hacia arriba, indicándole a Leandro que todo estaba bien. Incluso le dio una sonrisa. A este paso acabaría con cintas pegadas en los cachetes por culpa de esas sonrisas tan falsas como el césped que pisaba.


Llegó a la casa, e iba directamente a su dormitorio para empezar a arreglarse. Entonces un maullido de Coco la detuvo y su sexto sentido le índico que había alguien más. 


Puso la mano en su pistola a punto de sacarla cuando vio a Sara hincada jugando con el gato.


Paula casi se da un golpe en el pecho para calmar su corazón. Había estado a punto de espantar a Sara, por segunda vez. Se acercó a ella, y le tocó el hombro.


― Sara, ¿Qué haces aquí?


La niña empezó a hacerle más caricias a Coco y después la miró.


― Vine a ver a Coco. ¿Te la vas a llevar mañana?


― No, claro que no. ― Aunque ella quisiera, no podía cuidarla. Entonces se le ocurrió una idea ― En realidad te iba a pedir que te la quedaras.


Los ojos de la niña brillaron como dos zafiros.


― ¿Puedo?


― Claro, la niñera de Coco ha renunciado recientemente y no creo que acepte otra vez. ― Recordar a Maite con su cara hinchada, no, no iba a volver a aceptar ― Coco es demasiado mimada. Pero… te la tendrás que llevar a la casa grande. No quiero que durante mi ausencia vengas aquí sola.


― ¿Puede dormir conmigo?


― Creo que si. Habrá que habla con tu padre y decirle


― Oh…


Eso fue lo único que dijo, pero su cara expresaba más cosas. Había dejado caer los hombros y sus ojos habían perdido ese brillo.


― ¿Por qué esa cara?


― Papá es a veces… ― Sara seguía buscando la palabra para definir a su padre. Malo no era, pero tampoco tierno.
Paula también pensaba lo mismo. No había manera de definir a Alfonso. Su puso en cuclillas justo al nivel de Sara.


― Pues no sabrás que dirá hasta que le preguntes ¿no? Puedes imaginarte mil respuestas, pero al final tu padre te dará la suya, porque tú no eres tu padre, y no piensas como él.


― Se lo pediré.


Paula sonrió, y movida por un impulso, le dio un pequeño toque en la nariz.


― Así me gusta. Sabes que salimos de viaje mañana, ¿no es así?


La pequeña asintió tocándose la nariz.


― Si, te voy a extrañar.


Aquella confesión proveniente de una niña de ocho años la dejó desarmada. Sentía la necesidad de protegerla, pero no por dinero. Sara se había convertido en uno de los suyos. Sintió un escozor en sus ojos, lo que hizo que se pusiera de pie súbitamente.


― Yo igual. Anda a tu casa. Nos vemos en una semana.


Espero a que Sara se fuera y la viera entrar en la puerta lateral de la casa grande. No pudo evitar sonreír y empezó a bailar su cabeza.


Entonces fue a su recámara y sacó su ropa. El día apenas comenzaba.






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