El fotógrafo miró con fascinación lo que veía ante sus ojos. Pedro Alfonso, el candidato conservador, padre modelo, y todas las virtudes de un santo tenía una jodida aventura con su guardaespaldas.
Se apresuró a tomar más fotos, su dedo apretaba repetidamente el botón. Se podía gastar ese carrete encantado. Mañana sería un hombre rico. Alfonso la tenía agarrada de la cintura y la apisonaba contra su cuerpo como si en ello se le fuera el alma
― Sigan así chicos, sigan así… ― canturreó Malcom.
Los vio partir y desaparecer en una de las bellezas automovilísticas de Alfonso y alzó su cámara como si de una lanza se tratase.
Ahora solo tenía que encontrar al mejor postor para aquella maravilla. Se subió a su moto y se largó saboreando la fortuna del mañana.
* * * * * * * *
Paul había sonreído y se había marchado a la casita. Entró y se encontró a Coco en su sillón favorito. Eso quería decir que Sara estaba tocando piano, practicando para su concurso. Sólo en esas horas y cuando entrenaba con ella, es que dejaba a Coco en su casa.
Pero la calma que Pedro había creado en ella, se evaporó cuando Leandro entró en la casa sin tocar.
― ¿Qué pasó en San Francisco?
Paula se quedó blanca. En mente y en todo. ¿Cómo se había enterado Leandro? Se tardó en recobrar, pero lo intentó.
― ¿De qué hablas?
― No te hagas. Sé que algo pasó. Entre Alfonso y tú.
― ¡Oh vamos Lean, estas alucinando! ― Paul se fue al refrigerador, para poner distancia entre ellos. Si alguien podía oler la mentira, era Leandro O’Brien.
La tomó del codo con fuerza. Paula se trató de zafar pero Leandro la tenía fuertemente sujeta.
― Paula, mírame y dime por Dios bendito que no te estas acosando con él.
― Vamos Lean…
El rostro de Leandro se trasformó en granito.
― Los vi en la cámara de seguridad hoy en la mañana. Así que dime la verdad, y no intentes mentirme Paula.
Paula quedó lívida. Se había olvidado de las cámaras en la mañana. Había dejado que su ira la dominase y ahora pagaba las consecuencias de no pensar con la cabeza clara.
Había dejado que Pedro le acariciara como sólo un amante haría. ¡Dios, alguien más podría haberlos visto! Inspiró con fuerza.
― Leandro, esto no es de tu incumbencia.
Lean la soltó con fuerza y se alejó de ella rápidamente, cepillándose su cabello con sus dedos.
― ¡Oh mierda! ¡Maldición! ¡Joder! ¡La que …!
― ¡Ya es suficiente, Leandro! ― gritó Paula, harta de oír las obscenidades de Leandro. Ella se sabía algunas peores, pero saber que iban dirigidas para ella, no le agrada mucho.
― Paula, ¿pero que tienes en la cabeza?
Paula arqueó la ceja.
― ¿Puedo contestar?
― No bromees. Esto es serio. Eres desde luego una gran mujer, pero él no es para ti. Juraste que jamás regresarías a esta vida, la vida de tu padre.
Ella lo sabía mejor que nadie. No se estaba haciendo ilusiones. Ella ya le había puesto fin a la relación. Sólo que no era hoy ni mañana.
― No estoy regresado. Capturamos a los atacantes de Sara, y después de las elecciones abandono a Alfonso como debe ser. Ya está.
― ¡Oh joder!
― Leandro, ¡odio que te pongas en ese plan! ¡No es como si me fuera a casar!
― ¡Paula!
― ¿¡QUEEEEEEE!? ― gritó cansada de escuchar a Leandro gritarle.
― ¿Es qué no lo ves? ― la tomó de los hombros y le dio una fuerte sacudida. ― ¡Eso puede nublar tus sentidos! Si te encuentras en algún aprieto, la razón no dictara tus acciones será tu corazón y ese te puede llevar a muchos problemas.
Paula alzó los brazos y se quitó de encima lo de su viejo amigo.
― Leandro, lo pones como si nos fueran a atacar mañana mismo.
― Tú no lo sabes. Pero te lo estoy diciendo desde ahora. Termina con esto antes de que se te vaya de las manos. ― se dio la vuelta y se fue, a pesar de los gritos de Paula.
Se apoyó en una silla y se sentó en ella. Las cosas estaban cayendo una por una. ¿Qué más faltaba por caer? Y aún así…
Caminó hasta su recámara y buscó ropa para ducharse y cambiarse. Durante la ducha pensó en lo demás.
Y aún así, se sentía demasiado egoísta para contárselo a Pedro esa noche. Porque ella era lo suficientemente egoísta para pedir sólo una noche más con él, entonces cortaría los lazos.
Pedro llegó a la hora de siempre, como Casanova en su cita con su chica del día. Sólo que su chica del día era la misma de siempre. No se dijeron nada, y con la luz tenue de la lámpara del buró, Pedro le hizo el amor. Pero esta vez fue diferente. Él era siempre el que empezaba las caricias, los besos, todo, pero esta vez, fue ella quien rozaba su mejilla, quien depositaba cálidos besos en sus labios, en sus ojos, en su barbilla. Quien se aferraba a él con cada célula de su cuerpo. Esa noche dejó que los sentimientos salieran a la luz, y al llegar al orgasmo lloró. Dejó que las lágrimas se resbalaran una vez más. Pedro le había besado el recorrido plateado de las lágrimas.
Sólo se abstuvo de algo.
De gritar en el éxtasis, que lo amaba.
Aquél sería su secreto. Pero podría contarle otras cosas.
Cosas que necesitaba sacar. Robin tenía razón, había personas que la podían entender, que la comprenderían.
Sólo tenía hablar.
Pedro la tenía abrazada, con su cuerpo amoldando al suyo, y su pecho sirviendo de soporte para su espalda, su mentón ahuecando en la curva de su cuello mientras que con una mano la frotaba lentamente su brazo.
Quizás no era el momento, o quizás era el momento indicado. Pero Paula quería… necesitaba hablar.
― No estuve en el funeral porque estaba en el hospital.
Pedro detuvo las caricias, sorprendido de que Paula fuera a hablar de aquello. Le dio un beso en el hombro desnudo y la abrazo.
― ¿Qué pasó?
Paula cerró los ojos, e inhaló, pidiendo a una fuerza divina fuerzas para lo que venía.
― Rafael encontró a mi madre oyéndolo platicar de algo o con alguien, no recuerdo bien. Ella gritó y ambos se pusieron a pelear. ― la imagen apareció ante sí como si la hubiera invocado ― No era la primera vez que los oía pelear, pero si la primera vez que los veía hacerlo ― Con los ojos cerrados podía ver a Rafael dándole cachetadas y puñetazos a su madre. ― Mi madre gritaba de dolor, pero también de rabia. Ambas nos miramos, y entonces empezó a defenderse. Mientras ninguno de los criados se acercó a ayudarla. Eso me enojo aun más, así que me aventé sobre de él. Era una simple niña flacucha niña, así que con un manotazo me empujó y fui a parar contra la pared, y me golpeé, pero eso no evitó que regresara una vez más. Le caí sobre la espalda y le mordí la oreja y luego la mano cuando se la llevo para quitarme. Eso lo enojó Me empujó con tanta fuerza esta vez que fui a dar contra una de las estanterías del corredor ― Apretó los ojos ante el recuerdo. Era sólo un recuerdo pero le hacía daño, tanto como si lo reviviera en carne propia. ― Me golpee contra la orilla del mueble y me seccioné la cabeza. ― Paula se llevó la mano a la cabeza. Sus dedos se encontraron con los de Pedro. Y ella dejó que él la tocara. ― De ahí esa cicatriz. Pero el mueble empezó a tambalear y no pude reaccionar para moverme. ― Abrió los ojos de golpe. Quizás así hablar de ello fuera menos doloroso. Pedro la jaló a su pecho, envolviéndola, pero Paula no quería verlo aún. ― Todo el mueble me callo encima, debajo de la tercera costilla y hacia abajo me cubrió por completo y lo último que oí fue el grito de mi madre. Algunos vidrios se enterraron en mi cuerpo como esta marca, ― tomó la otra mano de Pedro y la llevó a la cicatriz que él había descubierto el día anterior. Los dedos de Pedro la rozaban con dulzura, como si temiera romperla o hacerle daño. Eso hacía que Paula quisiera llorar. ― Algunas heridas se han curado pero han dejado secuelas aun peor. ― Y aquí venía la peor parte.
Se giro sobre su eje y se acomodó entre sus brazos para mirarlo directamente a los ojos ― No puedo tener hijos Pedro.
El aire pareció escasear en la habitación. O al menos eso fue lo que Paula sintió.
― Paula…
Pero ella alzó la mano para evitar que la interrumpiera.
― No quiero tu consuelo, ¿entiendes? Solo te estoy explicando las cosas. El mueble y un gran pedazo de vidrio se me enterraron en el vientre, dejando inconciente, y con una hemorragia interna que se formo en mi útero. Me hicieron cirugía rápido y me salve.
Un breve resumen de lo que había pasado. Pero no era tan breve el dolor que había infringido en ella. Pedro la arrastró hacia él, queriendo protegerla de todo, pero en estos meses había aprendido a conocer a Paula y sabía que ella jamás se lo permitiría, al menos no en forma tan explícita.
― Nadie sabe nada de esto ― fue lo único que pudo decir.
― ¿Acaso crees que Rafael dejara que todo mundo se entere de que no es el padre y esposo abnegado que dice ser? ― preguntó Paula con ironía, pero ambos sabían la respuesta. ― Te mentí dejándote creer que tomaba anticonceptivos. Lo siento. ― susurró ella avergonzada y escondió su mirada unos segundos.
Pedro la tomó del mentón y le alzó el rostro.
― Me gustaría que no lo hubieras hecho, pero agradezco que lo hagas ahora.
Paula mojó sus propios labios. Tenía que seguir hablando.
Necesitaba hacerlo.
― Fue terrible, Pedro. Cuando desperté, estaba llena de cables, monitores, IV’s, con máscara de oxígeno, sin saber donde estaba, y sin nadie conocido alrededor. Pedía que me llevaran con madre, pero no decía nada. Solo me miraban y no… no decía…
Paula tomó aire para poder evitar soltarse a llorar. Pedro la obligó a encararlo, pero ella no dejó que la condujera y siguió con la mirada agachada.
― Paula, no es necesario que me lo cuentes. Vamos a dormir.
― No. ― contestó al tiempo que agitaba la cabeza de un lado a otro, respirando. ―- Tengo que sacarlo… de aquí, porque duele tanto.
Acostados y desnudos, Pedro la tomó de los brazos. Dejó que ella ocultara su rostro contra su cuello.
― ¿Cuánto tiempo estuviste ahí?
― Tres semanas. ― Paula hablaba en un tono bajo, sólo audible para sus oídos ― Cuando salí de ahí, por fin me dijeron porque mi madre no me había visitado.
Paula no siguió pero él sabía que seguía en ese relato.
Recordando su plática pasada, le devolvió sus palabras desde el fondo de su alma. Ambos habían sentido la perdida de un ser querido de la manera más dura.
― Lo siento tanto.
Sintió su cuello mojarse y no era precisamente por el sudor.
La acarició suavemente, deseando poder curar sus heridas, pero siguió esperando.
― Me expulsaron una vez de la escuela. ― Pedro no contestó y Paula siguió ― Un niño del que ahora ni siquiera me acuerdo de su nombre, porque no fue el único, pero si el primero que me habló a la cara, me gritó en el patio del Colegio, que mi madre había sido una zorra y que estaba ardiendo en el infierno. Salté sobre él y lo dejé noqueado. La directora Carmichael avisó a Rafael y estuve expulsada una semana. Aunque los padres del estúpido niño querían que me expulsaran de por vida, Rafael no podía dejar que sucediera. Por él, siempre por él. ― Paula se limpió las lágrimas y lo volvió a mirar. ― Aquél día me gané una golpiza como ninguna. ― Sintió a Pedro atiesarse contra ella pero Paula le pidió que no le interrumpiera ― Aprovechó los días que me habían expulsado para desquitarse y que las marcas desaparecieran en esa semana. Pero esa noche fue diferente. Con la muerte de Lowell, Rafael tuvo que contratar nuevo personal. Entre ellos contrató al padre de Jorge, Samuel Torres. Cuando me vio toda amoratada, se puso furioso, porque decía que un padre, si bien, algunas veces tenía que alzar el puño con sus hijos, no era nunca la mejor vía para hacerlos entrar en razón.
Paula recordó el rostro curtido de Samuel. La vida lo había tratado duramente, hijo de inmigrantes latinos, se había forjado una vida en América. Podía recordar sus ojos cálidos, su mirada preocupado en todo mundo, sus manos ásperas, sus dedos callosos. Dejó que otra lágrima se derramara ― Samuel me dio algo que nadie jamás, ni siquiera mi madre me pudo dar. Me dio confianza en mi misma. Me dio clases de defensa personal, y aprendí todo lo que pude. Después de esa paliza, Rafael me dejó en paz y yo me aparté de su camino. Samuel mientras tanto, me fue ayudando y me fui encariñando con él. Sin embargo, a la par, Rafael y yo nos fuimos distanciando hasta convertirnos en extraños. Sólo acudía a mí cuando necesitaba a su pequeña hija desolada para alguna obra o cena. Después, volvía a mi mundo, uno donde él no pertenecía.
>>La segunda golpiza que me dejó muy mal, fue el día en que le grité, porque había llevado a su amante a la casa. Sabía que tenía mujeres por todo el país, las sirvientas hablaban de ello y yo desde luego no estaba sorda. Pero aquella noche llevó a una de las tantas que siguieron a la casa, al cuarto de mi madre, a profanar su memoria.
“Me siento una intrusa”
Recordó las palabras de Paula, y ahora vio un nuevo sentido en sus palabras.
― Entonces le grité y se fue sobre mí, y me encerró en mi cuarto, después de varios golpes me dejó casi inconciente. Todos oían lo que pasaba en esa casa, pero si querían conservar su trabajo, nadie veía nada, nadie oía nada. ― soltó un rápido suspiro ― Pero Samuel fue a defenderme, Le dio un buen puñetazo a Rafael que lo lanzó contra la pared. Lo despidió, obviamente. Pero la lucha de Samuel no acabó ahí. Sé que llevó una queja a servicios infantiles.
― No hicieron nada, ¿verdad?
― No, ― Paula suspiró cansada ― ¿Cómo podía ser posible que el gran Rafael Hunder golpeara a su única hija hasta dejarla inconsciente?
>> Con el pasar de los años, Rafael dejó de pegarme, pero cerca de la graduación de la preparatoria, cuando le había dicho que no tenía intenciones de estudiar Derecho como él se volvió a ir por mí, pero esa vez, ya no tenía miedo. Le alcé la mano y le devolví el golpe. Se quedó quieto y me dejó en paz. Desde aquél día supe que tenía los días contados. Por eso, cuando cumplí la mayoría de edad, salí por fin de esa cárcel, solo con Beauchamp.
Pedro recordó la primera entrevista, la que había tenido con Larry. Ella había hablado de Beauchamp con tanto amor. Ahora entendía por qué.
― Era lo único que podía llevarme. ― la voz de Paula era ahora ronca ― Nada de lo que había en esa casa, me pertenecía. Al menos, no todo. Me dolió dejar las figuras de porcelana de mi madre, sus rosales, o el columpio que teníamos en el patio. Pero me llevaba algo mejor. ― Al ver la mirada interrogadora de Pedro agregó con una sonrisa juguetona ― Mis inmortales recuerdos, que vivirían conmigo para siempre.
>> Busqué a Samuel y di con él. Su esposa, su hijo y él me cobijaron como una más en su familia, sin pedirme nada a cambio. Después de muchos años, volví a sentirme segura. Cuando pensé en mi futuro, Samuel, quien no tenía ninguna obligación, me ofreció su ayuda para estudiar lo que quisiera. Y lo hice. Me hice guardaespaldas a pesar de sus quejas y las de Jorge. Aunque a Leandro lo acallé luego de darle una buena golpiza por decirme nena.
Pedro y ella sonrieron. Imaginar al gran Leandro siendo pateado por una chiquilla habría sido algo digno de ver.
>> Conocí a Leandro, porque era el mejor amigo de Jorge. Iban juntos a la academia de policía. Y entonces Rafael llegó para arruinar las cosas. Cuando se enteró de que me había ido, me buscó y cuando dio conmigo me exigió que regresara. Cuando me negué, estuvo a punto de ir por mi, pero todos los Torres, incluso Jenn y Leandro que andaba ahí, me protegieron. Ese sentimiento de saber que cuentas con alguien a pesar de las cosas malas, fue toda una revelación. Rafael se fue pero con la promesa de que iba a regresar. Y regresó.
Paula cerró los ojos, húmedos, rociados de agua salada.
Aspiró con dificultad, ya que su nariz no le dejaba respirar bien. Aquel era el último recuerdo, y el peor. El que había marcado cambios y más cambios.
― Un muchacho de la academia me empezó a seguir, y entablar relación conmigo. Yo me sentía feliz, porque hasta esa fecha jamás había tenido alguna atracción con el sexo puesto. Era toda una trampa. Un día habíamos quedado para salir, y acepté extasiada. Pero en realidad trabaja para Rafael, y él junto con otros dos tipos trataron de llevarme pero me opuse resistencia. Entonces ahí es donde entra Leandro. Ni Samuel ni nadie confiaban en el muchacho, así que mandaron a Leandro a seguirnos. Si todo salía bien esa noche, podríamos volver a salir nuevamente sin guardaespaldas, y yo jamás me habría enterado. Pero me enteré y eso me salvó la vida.
>> El chico me llevó a un callejón y junto con los otros, salidos de la nada, trataron de subirme a una camioneta. Entonces Leandro apareció y ambos empezamos a pelear contra ellos. Uno de los hombres sacó un arma e iba a dispararle a Leandro que estaba de espaldas, así que fui contra él. Él o yo, no sé quien apretó el gatillo, y el arma se disparó en su brazo. Todos se alarmaron, las luces de los departamentos aledaños se encendieron y se dieron cuenta de que habían fracasado.
Aquella noche, al llegar a casa, aún presa de la euforia, le había dado su primer beso a Leandro, pero eso no se lo diría a Pedro. Había cosas que una mujer tenía que mantener para sí misma, pensó Paula.
― Samuel y yo fuimos a ver a Rafael al día siguiente, diciéndole que teníamos pruebas para vincularlo con lo sucedió la noche anterior. A cambio del silencio de todos, el me debería de dejar en paz, y manejar su propio desastre sin involucrarnos.
― ¿Aceptó? ― preguntó sorprendido.
― Tenía que hacerlo. Las pruebas eran muy buenas. Los amigos de Samuel le habían hecho algunos favores y tenía fotos comprometedoras de él con los atacantes. Esa noche, Leandro platicando conmigo, me sugirió que cambiara de nombre. Siempre que diera el nombre Hunder, algunas puertas se me abrirían inmediatamente, pero no era lo que yo quería. Yo quería paz. Entonces desde aquel día, Paula Hunder murió. Tomé el apellido de soltera de mi madre y nació Paula Chaves.
Aquel día, recordó Paula, se había sentido libre de ataduras.
Poco a poco se fueron olvidando de Paula Hunder y dejaron de verla como una princesa. La fueron aceptando hasta que se formó su propia fama.
Pedro no decía nada, y aquello le ponía nerviosa. Sonaba tan inverosímil, pero aquella había sido su vida hasta el último detalle. Entonces él empezó a levantarse y acercarse a ella lentamente, hasta que la recostó contra la almohada y él estuvo sobre de ella. Lánguidamente, fue acercando su rostro al suyo y le dio un tierno beso. Este era diferente a los pasados, suave, sutil, con la pasión escondida detrás del telón.
Paula lo aceptó, ahogando su último deseo.
Que él la amara con locura.
Pero no podía pedírselo. No cuando ella misma retenía esas palabras, que jamás podrían ser dichas.
― Gracias. ― susurró Pedro contra sus labios al terminar de besarla.
Ella lo miró sin entender.
― ¿Por qué? ¡Yo debería de darte las gracias a ti por escucharme! Gracias Pedro.
Él sacudió la cabeza afirmativamente.
― Lo sé, por eso te doy las gracias. Porque sé por todo lo que has pasado, no puedes confiar fácilmente, y el hecho de que me lo cuentes todo esto a mí, aún sabiendo la situación en la que estamos… ― suspiró ― Gracias, Paula.
Ella no contestó. En vez de decir algo que pudiera lamentar, le devolvió los besos, mezclados con lágrimas, pero a él pareció no importarle. Estaba agradecida de haber conocido a Pedro Alfonso.
Y profundamente triste por el final que se acercaba.
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