sábado, 13 de junio de 2015

CAPITULO 57




La puerta de su habitación se abrió y se encontró a Paula en el umbral de ella.


― Sara, nos vamos de compras.


Sara la miró sin entender nada. Paula sería una de las últimas personas en las que estaría interesada en la moda.


 Se vestía bien, pero no la veía comprando Versace o Carolina Herrera. Era más del tipo “Me queda, me gusta, me lo llevo, y si tiene tres del mismo, mejor”, como decía Janet que había mujeres que llegaban a la tienda de su madre.


― ¿Compras? ¿Nosotras?


Paula sonrió ante la pregunta de Sara. Sabía mejor que nadie que aquella sería la última palabra que alguien esperaría saliera de sus labios. Ni ella misma entendía como se había dejado embaucar en todo esto.


― En realidad, es día de chicas. ― Se acercó a la cama de Sara, donde tenía desperdigados libros y a Coco encima. Hizo a un lado unas libretas y se sentó ― Veras, la comida de tu padre es en tres días mañana, y creo que necesitas ropa acorde a ella.


Sara alzó a Coco de su cama para ponerla entre sus piernas y acariciarla.


― Aún no sé como Carlos y Viviana no dieron el grito en el cielo al saber de esa idea de papá.


Paula apretó los labios.


― Yo tampoco, pero, eso nos sirve para salir. ― Ella necesitaba unos momentos fuera de la casa para pensar. Y esa era una buena excusa. Se levantó y le dio un palmadita en la rodilla ― Tu abuela vendrá con nosotras, al igual que Clarisse junto con Janet y he invitado a una amiga mía para que nos acompañara.


En arrebato había invitado a Maite a las compras. Cuando le dijo a dónde iba y con quien, se anotó antes de que Paula le extendiera la invitación oficial. Sara se bajó de la cama y le dio un beso a Coco antes de ponerla de nuevo en la cama.


― ¿Vamos a ir a comprar con la Sra. Montgomery?


― No pequeña. Algo aún mejor. Cámbiate y te espero abajo. Clarisse vendrá por nosotras. Y Sara… ― hizo una pausa al ver su atuendo, normal para ella, en vestidos fru fru, que a Paula le hacían sudar frío ― Ponte lo más discreto que tengas. Por favor.


Sara le dio una cálida sonrisa y se fue a cambiar. Paula bajó las escaleras calmada y agitada. El día anterior había llamado a Clarisse para pedirle de favor que le buscara un traje acorde a la comida de Alfonso, y lo siguiente que supo es que habían quedado para salir de compras. Ah, no, pero si ella tenía que sufrir ese día, se llevaría a cuanto víctima pudiera ser posible. Nadia había aceptado encantada, y cuando Paula le había dicho que irían de incógnitas, Nadia le había dado un guiño y le había dicho que la vería cuando fueran a partir. Parecía que el misterio le encantaba a todas las mujeres.


Todas estaban emocionadas, mientras que ella se estaba preparando psicológicamente para horas y horas de tortura llamada compras. Curvó sus labios, cansada. Si fueran a ver una exposición de autos, iría de lo más encantada: motores, asientos, nuevos modelos… No sabía que veían de grandioso en ir de compras, cuando lo único que tenías que escoger era una blusa, un pantalón, ropa interior decente, y se acabó.


Una voz masculina la sacó de sus pensamientos.


― ¿Ya están listas?


Paula se dio la vuelta para enfrentarse a Pedro. Ese día vestía un traje oscuro, que hacía resaltar su castaña cabellera y sus ojos chocolatosos que le hacían desfallecer las piernas… cuando estaban solos. Habían ido a un temprano desayuno con un congresista y luego a su casa de campaña, donde sus voluntarios lo recibieron encantados. Había estado un par de minutos con Ramiro, saludando gente, y se habían regresado a la casa, para terminar los preparativos para su propia fiesta.


Desde el día en que había abierto su alma ante él había encontrado placentero cada momento que compartían, ya fuera escondidos o como aquellos.


― Sí Alfonso, tranquilo.


Pedro se acercó hacia ella, pero mantuvo una distancia discreta.


― Me gustaría que llevaras a Augusto y a Leandro.


Alzando los ojos al cielo, Paula sonrió y le dio unas palmadas con la mano derecha.


― Mira Mamá Ganso, ― tuvo que morderse el labio para no reírse de Pedro, al verlo arquear una ceja ― yo iré con ella. Tu madre irá con nosotros. ¿Qué más puedes pedir? ― Además, vamos puras mujeres. Con Leandro y Augusto pensaran que somos familia de los Onassis o algo así, con guardias por todos lados. O peor, se quedaran mirando a ambos y a nosotras nos ignorarán.


― No tiene gracia. Me preocupo por ust… ― Al ver la mirada de advertencia de Paula, Pedro cambio la última palabra ― por ellas.


― Decididamente, tienes que romper el cordón umbilical, Alfonso.


― Apenas lo acabo de atar, así que no las dejaré ir tan fácil.


No hablaba sólo de Sara. A pesar de que ninguno de los dos había hablado de amor o promesas, ambos sabían que son especial el uno para el otro, y ambos sabían que todo lo bueno tiene un fin. Mantuvieron la mirada fija y se perdieron en su propio mundo de silencio y palabras no dichas.


La radio sonó, haciendo sobresaltar a ambos.


― ¿Qué pasa?


― Clarisse Montgomery está en la puerta. ― contestó Leandro al otro lado, desde su base con tono cortante.


― Déjala entrar. Gracias Lean.


Leandro no contestó nada. Desde el día del enfrentamiento se había mostrado osco con ella, reacio a escucharla y la había evitado como la peste. Paula lo había dejado por la paz después de tres días de andar detrás de él. Lo único que le había pedido fue que no dijera nada a nadie (eso incluía a Pedro), y Leandro le había contestado con un resoplido y nada más.


― Es en serio. ― insistió Paula, recordando la conversación anterior ― No es necesario, además, Leandro y yo ― dijo alzando la radio ― estamos un poco distantes.


― Eso te iba a preguntar, el otro día le dí los buenos días y me contestó fríamente. ¿Qué le pasa?


Paula se mordió la lengua para no contestarle la verdad. No quería echar mas leña al fuego.


― Tiene su mes, por eso está así. ― contestó alzando la mano, quitándole importancia y mirando hacia las escaleras, esperando que Sara y Nadia bajaran pronto.


Pedro había aprendido a leer más allá de las expresiones de Paula. Risa fingida, gestos con manos, miradas esquivas…


― ¿Qué no me estás diciendo?


Ella se hizo la ofendida.


― Nada.


― Ya me lo dirás. Bueno, yo me iré a hablar con Carlos para ver que todo esté preparado para la “gran fiesta”.


― ¿Estás seguro de esto, Alfonso?


Cuando ella le había compartido su idea, había sido más un juego que otra cosa. No había esperado a que Pedro se la tomara en serio.


― Es muy tarde para arrepentirme, ¿no lo crees?. No tienes idea de la cantidad de llamadas que Daniela y Magdalena han tenido que contestar preguntando si era en serio mi invitación. Algunos ya han confirmado su asistencia. Así que ― alzó los hombros y suspiró ― sólo nos queda esperar.


Paula asintió afirmativa y pensativamente.


― Estoy lista. ― dijo una vocecilla.


Ambos se giraron para ver a Sara con un vestido (cosa que Paula iba a cambiar) de corte al busto, estampado. Parecía flotar con la ropa.


― ¿Ya nos vamos? ― preguntó al llegar ante los adultos.


― Sólo esperamos a tu abuela. Clarisse ya ha de estar afuera.


Una voz más madura habló entonces.


― Entonces larguémonos.


Nadia vestía con unos pantalones capri en tono naranja y una sudadera amarilla, con unos tenis Converse de cuadros, una boina a juego con los tenis. Los tres se quedaron sin palabras al verla bajar tan decidida de las encelaras.


― ¡Madre! ― exclamó Pedro, el primero en reaccionar.


Nadia llegó ante ellos y dio una lenta vuelta sobre su eje, después caminó hacia Pedro y le cerró la boca.


― ¡Oh vamos, que no sabes que tu madre es una mujer también! ― miró a las dos mujeres ― Este de mi hijo, a veces es tan conservador.


― Abuela, te ves genial.


― ¿Verdad que sí, cariño? ― dijo dando otra vuelta ― Y cuando regresemos, veras que tú también te verás súper. ― termino Nadia con usando un tono de chica de quince años.


Paula soltó una carcajada que después la ahogó en un carraspeo al ver que todos la miraron. El timbre sonó y Sara fue rápidamente a abrir la puerta. Janet estaba en la entrada y desde lo lejos pudo ver a Clarisse y a Maite afuera del auto esperando.


― ¿Sabes de que va esto? ― preguntó Sara aún en la puerta, mirando a su abuela y a Paula.


― Ni idea, pero mi mamá me pidió que me pusiera la ropa menos formal que tuviera. ― Iba vestida con unos jeans de mezclilla y una blusa estampada y tenis y una gorra. Señaló hacia el auto ― Mírala a ella, parece una adolescente.


Paula, quien había oído la conversación, miró a Clarisse. 


Efectivamente, vestía unos pantalones a la cadera apretados negros y una blusa rosada fosforescente y su pelo alzado en un coleta. Maite en cambio vestía una falda gitana a la cadera también, y un top café. Genial, llamen al manicomio, pensó Paula.


Sara y Nadia salieron a saludar y presentarse. Al menos Clarisse no había traído su Jaguar rojo y había echo caso de Paula y llevaba una camioneta cerrada Blazer. Hizo un gesto al pensar en la tarde que le esperaba. Sara y Nadia ni se despidieron de Pedro, ya estaba en el auto.


― Bueno Alfonso, nos vemos en un par de horas.


― Paula, por favor, cuida…


Ella alzó las manos, calmándolo.


― Lo haré Alfonso, tranquilo.


Pedro miraba el auto lleno de hormonas y mujeres. Después miró a Paula, la única voz de la razón.


― En realidad te iba a pedir que cuidaras a Sara de las locuras de mi madre.


Cerrando los ojos y agitando la cabeza lentamente, Paula le dio una sonrisa. Deseaba despedirse con un beso, pero no podía. En vez de eso, le guiñó el ojo.


― Nos vemos más tarde.


Cuando Paula llegó al auto, todas estaban acomodas esperándola. Le habían reservado el asiento de copiloto y se abrochó el cinturón de seguridad.


― Bien, niñas. Nos vamos. Despídanse.


Todas saludaron a Pedro, que seguía aún en la puerta. 


Leandro las dejó salir de la residencia y se giró hacia su vieja amiga.


― Muchas gracias, Clarisse, y gracias por pasar por Maite.


En la parte de atrás, la plática estaba animada, las dos adultas y las dos niñas, platicando de quien sabe que. Clarisse le extendió la mano.


― Al contrario, es un placer. Y tu amiga me cae muy bien.


Paula había temido algo así.


― Si claro, ambas están locas de remate.


― Oí mi nombre ― dijo Maite, asomando la cabeza entre los asientos delanteros. ― Vamos Pau, será toda una experiencia. ― contestó feliz.


― Sí claro, miren como me divierto. ― contestó con sarcasmo ― Yo sólo quería pedir la talla de Sara y comprarle algo cómodo para la comida. Voy con esta ― señala a Clarisse ― y me meto en todo este lío.


― Eh… ― Sara se acercó hacia donde estaban todas las mujeres ― ¿A dónde vamos?


― ¡Rodeo Drive, baby! ― gritaron tres mujeres excitadas.


Clarisse prendió el estéreo del auto y fue en busca la canción acorde a esa salida. Roy Orbison empezó a sonar a todo volumen dentro del coche,


― “Pretty Woman, walking down the street, Pretty Woman, the kind I like to meet, Pretty woman, I don’t…”


Paula y Sara compartieron una mirada de sorpresa, cuando todas las mujeres del auto, empezaron a contar como si estuvieran en un concierto en vivo. Observó a Sara encogerse de hombros y empezar a tararear la melodía.


Traidora, pensó Paula sonriendo al verla feliz. Después miró al grupo de mujeres alocadas cantando la famosa banda sonora de la película. Nada más acorde para la ocasión.


Llegaron a Rodeo Drive, alrededor del medio día. Clarisse parecía estar como pez en el agua y se conocía las calles como la palma de su mano. Dejaron el auto en un estacionamiento cercano y todas salieron y empezaron en la primera manzana. Parecían más un grupo de amigas y familiares que iban de compras. ¡Excelente!, pensó Paula. Al menos nadie intentaría curiosear con ellas.


Rodeo Drive era un área de más o menos tres manzanas en Berverly Hills. No sabían muy bien de donde provenía el nombre pero a nadie le importaba la historia de ello. Sólo les interesaban las tiendas de lujo que había en las calles. Paula aprendió los nuevos nombres de la tortura: Bulgari, Cartier, Chanel, Dior, Dolce & Gabbana, Georgio Armani, Gucci, Harry Winston, Louis Vuitton, Prada, Ralph Lauren, Tiffany & Co., Valentino, Versace, y la lista seguía y seguía. Las mujeres mayores estaban encantadas yendo de un lado a otro. Las más pequeñas, fascinadas de todo lo que vendían, y hechizadas de ver a las mujeres mayores divertirse como niñas. Paula, por su parte, aún no encontraba el placer de comprar y comprar cosas tan caras, y seguramente, jamás lo encontraría.


A petición de May y Sara, quien parecía jamás haber visitado la zona, dieron una vuelta por Hollywood Boulevard. Se encontraron con falsas Marilyn Monroe, Charles Chaplin, Terminator, princesas de Disney, y Sara y Janet parecían tan radiantes, tomándose fotos con cada actor que veían pasar. 


Llegaron a la esquina del área sur del Boulevard, donde se había filmado la película “Pretty Woman, que resultaba ser una de las favoritas de Maite. Relató la escena con lujo de detalle, contestando a cada pregunta de Sara, y Paula tuvo que taparle la boca y darle un codazo cuando había empezado a ser tan explícita. Pedro la mataría si se enteraba de lo que May le platicaba a su hija.


Encontraron centros comerciales y parecían no terminar. 


Entraban a una y ya parecían estar en otra. Pero al ver la cara de felicidad de Sara supo que el día había valido la pena. Recordó la niña tímida y temerosa que había conocido meses atrás, y sintió su corazón agitarse. Sonreía y gritaba y reía como cualquier niña debería de hacerlo. Con Clarisse como asesora de modas, y Janet para dar su punto de vista infantil, le había comprado casi todo un guardarropa a Sara que consistían en blusas, pantalones de todos colores y texturas, accesorios. Nadia había pagado una parte, y la Tarjeta Dorada de Pedro lo demás.


Aunque no podía negar que había hecho sus propias compras. Había entrado a la sección de lencería, aprovechando el despiste de todas las demás, pero la vergüenza había podido con ella. En su vida, se pondría una cosa tan escandalosa como las que veía en los maniquís. En vez de eso, y pensando en la película-ídolo de May, se compró una corbata. Si no mal recordaba, a Julia Roberts le había servido mejor que un body. Sin embargo, cuando había comprado la corbata, había sentido la mirada de alguien sobre ella.


Era la misma sensación que había tenido anteriormente.


 Justo como lo sucedido en San Francisco. Había buscado discretamente al causante de esa sensación de incomodidad, pero no había dado con nadie. Desde ese momento, se había puesto en alerta.


Eran ya las cinco de la tarde cuando por fin (Paula casi grita a los cielos, completamente aliviada) todas estaban cansadas, se detuvieron a comer en Koreatown, y después, regresaban a la residencia totalmente exhaustas.


Paula miró el espejo retrovisor. Todas iban enfrascadas en la plática, recordando lo sucedido ese día, pero Paula iba alerta al camino. Tenía una mala corazonada, una camioneta negra de vidrios oscuros parecía seguirlas, pero no quería alarmar a las demás. Quizás iban a doblar en la siguiente esquina. Les dio dos cuadras más, pero seguían detrás de ellas. Y eso ya no le gustó. Tocó la rodilla de Clarisse, llamando discretamente su atención.


― Clarisse, dobla en la calle que sigue.


― ¿Qué sucede? ― Paula no dijo nada, sólo agitó su cabeza negativamente. Clarisse llevó su mirada instintivamente hacia el espejo ― ¿Nos siguen?


La plática en la parte trasera se fue apagando y Paula sintió la tensión reinar en el auto.


― Sólo sigue conduciendo, y luego te diré. ― Miró por donde estaban, aún faltaba para llegar a la Mansión. Buscó mentalmente un lugar donde… chaqueó los dedos.― Al doblar aquí, hay una autostop de helados. Mientras pedimos algunos vamos a cambiar de asientos, sin bajarnos del auto. ― se giró hacia las mujeres en la parte de atrás ― No pasa nada, es sólo por precaución. ― Su mirada se enfocó en la de Sara. ― Todo está bien, no nos pasará nada, ¿vale?


Sara asintió afirmativamente, y tomó la mano de Janet.


Llegaron al autostop y aunque un poco aturdidas, todas empezaron a pedir. La dependienta se quedó un poco extrañada al ver que Paula y Clarisse cambiaban de asiento, pero no dijo nada. Doce minutos después, cada una servida con sus respectivos dulce, Paula emprendió la marcha de regreso, pero ahora tomó un camino aledaño. La camioneta había desaparecido, pero Paula no se confiaba de ello.


Clarisse empezó a entablar plática, un poco forzada, para evitar que cayeran en pánico, Maite y Nadia le siguieron rápidamente la corriente. Dos manzanas más adelante la camioneta negra volvió a aparecer. Empezó a desacelerar, y vio que la camioneta lo hizo también. Eso a Paula ya le empezó a oler mal.


― Ajústense los cinturones por favor. ― aunque por su tono, no era una petición.


Paula apretó el acelerador hasta el fondo y oyó el rechinar de las llantas. Mientras, sacó el celular de su chamarra y le pidió a Clarisse que marcara el 5, que era la clave de marcación rápida de Leandro. Cuando la llamada entró, Clarisse le extendió el teléfono al oído, mientras ella conducía esquivando coches y señales.


― Lean, no puedo hablar… Alguien está detrás de nosotras. No… No sé quien es y no quiero averiguarlo ahora. Estamos en Koreatown, en calle Olympic Oeste, voy a entrar en
Wiltshire Boulevard en aproximadamente diez minutos. Por favor, en cuanto te marque, abres el portón sin esperar.


Colgó y salió disparada. La camioneta la seguía acortando la distancia. Rogaba al cielo que no se soltaran a disparar, porque entonces no sabría que hacer. Dio vueltas en U y algunas prohibidas, milagrosamente ningún policía los había detenido. Cuando vio la casa cerca, pidió a Clarisse que marcara a Leandro y colgara, después observó que la camioneta había desaparecido. Paula llegó justo al segundo en que Leandro terminaba de abrir la reja, y dos segundos después, la cerraba.


Paula se estacionó en la entrada de la casa, donde Pedro, Jaime y Mariana los esperan.


― ¿Qué pasó? ― rugió Pedro al ver las caras pálidas de casi todas las mujeres. Una a una fueron saliendo.


Paula descendió del auto pero no fue hacia Pedro, sino hacia Leadro, que venía corriendo del cuarto de cámaras
― Leandro, no nos siguió, ¿verdad?


Leandro negó con la cabeza.


― Enfoqué la cámara de seguridad del lado donde venían hacia ti. No vi nada.


Paula se abstuvo de contestar con graserías. Volvió hacia las mujeres y se acercó hacia su pequeña.


― Sara, ¿estás bien?


Ella asintió. Pedro la tomó del brazo, medio furioso, medio asustado.


― ¿Qué rayos pasó ahí afuera?


― Tenemos que llamar a la policía. Entonces te lo contaré.


Mariana los había llevado a todos a la cocina para preparar café, té, y malteadas y que se calmaran. Antes de entrar, Paula pidió en silencio a Pedro que esperara.


― Lo siento. ― había susurrado Paula, antes de que no tuviera oportunidad esa noche.


― ¿Qué rayos sientes?


― Si hubiera hecho caso a tu sugerencia, nada de esto habría pasado. No debí…


Pedro la tomó con fuerza de los brazos.


― Paula, están a salvo. Todas.


― Tenemos que hablar a la policía ahora.


― Lo sé. Llamaré a Carlos para que se encargue de esto.


Mientras Pedro hablaba a Carlos, ella se dedicó a llamar al Departamento de Policía de Los Ángeles. Quince minutos después, las sirenas llenaron la zona, Leandro fue conciente de a quien iba dejando pasar a la fortaleza. Los uniformados llenaron la casa, haciendo preguntas. Las placas de LAPD estaban por todas partes.


Pedro estuvo a su lado cuando oyó su declaración, y para fortuna de todos, Paula había podido ver las placas de la camioneta. Los guardias la apuntaron y prometieron mantenerlos avisados. Uno de ellos, a petición de Alfonso, se encargó de llevar a May a su casa, y colocarle vigilancia preventiva por unos días. Matt, el esposo de Clarisse llegó por ella y por Janet entrada la noche. El pobre hombre había llegado hecho un manojo de nervios y había revisado a ambas de pies a cabeza. Después había saludado a Pedro y a Paula. Con el detective a cargo de la investigación, Paula y Pedro habían tenido que confesar el atentado truncado que habían hecho meses atrás con Sara. Paula había compartido un poco de la información que había obtenido de Alex, pero no todo, porque no quería que eso se escapara a la prensa.
Leandro la encontró en la cocina, escondida con sus pensamientos, tomando un gran vaso con agua helada.


― ¿Estas bien?


― Sí, estoy bien. ― Y dio otro trago al agua.


― No lo pareces.


Paula se la acabó de dos golpes y dejó el vaso en la encimera. Cerró los ojos y susurró más para ella que para Leandro.


― No pasó nada. No pasó nada. No pasó nada…


― Ojala te creyeras tus palabras. ― contestó con sarcasmo.


Abrió los ojos y le dirigió una mirada gélida a Leandro.


― Leandro, déjame en paz.


La miró con detenimiento. Por lo bien que la conocía, sabía que algo estaba pasando y no había dicho nada.


― ¿Qué tienes rondando por la cabeza, mujercita?


― Nada.


― Paula… ― insistió con tono demandante.


Paula se dio la vuelta y se recargó contra la puerta del refrigerador, entrelazó sus brazos y miró hacia abajo.


― Nadie sabía que íbamos a salir. Nadie nos siguió en todo el camino en Rodeo Drive. Nos estaban esperando en Rodeo Drive. ― comentó Paula enfatizando la palabra “En”.


Leandro alzó una ceja, y se sobó el cuello.


― ¿Tienes idea de lo que estas queriendo decir?


Paula asintió.


― Que tenemos un topo en la casa






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