domingo, 14 de junio de 2015

CAPITULO 59





Cruzaron la verja de la residencia una hora más tarde de lo habitual. No habían llegado a estacionarse cuando Pedro salió de la nada y la detuvo en el coche.


Augusto se disculpó y se fue huyendo a la cocina.


― Larry me habló, dijo que estaba preocupado por ti. Te marqué y no contestaste.


Paula llevaba los papeles en la mano y se aferraba a ellos como un salvavidas. En otro momento Paula lo habría despachado y se habría largado a su habitación y enfrentarse a eso ella sola. Pero ahora, no podía hacerlo.


― Vamos a tu despacho. Hablaré con Larry en altavoz y tú puedes escuchar.


Entraron en la oficina y cerraron las puertas. Paula le explicó a Larry lo que tenían los papeles. Pedro le había tomado la mano un momento y le había dado un fuerte apretón, signo de su apoyo. Hablaron por varios minutos, evaluando la situación. Larry le contestó acerca de los avances que tenía con las fotos del accidente de su madre, pero Paula ahora tenía una muerte más que cargar. Samuel había sido el padre que jamás había tenido. La había amado por sobre todas las cosas, sin pedir nada a cambio. Solo le había dado. Su prematura muerte cinco años atrás les había caído de sorpresa a todos. Ahora algunas piezas parecían acomodarse, pero no de la manera que Paula hubiera querido. Casi al finalizar la llamada, cuando Larry le había sugerido que una vez que tuvieran pruebas para abrir la investigación de nuevo, dejarían las cosas en manos de las autoridades.


Paula había saltado contra el escritorio.


― Juro por Dios, que si esta muerte no fue natural, no habrá cielo, mar, o tierra que me detenga en cobrar venganza.


Y lo peor era, que ella tenía un solo nombre para el artífice de todo aquello.


Su padre.


Pero la cuestión era comprobarlo.



* * * * * * *


―…Y es por ello, ¡que California es para los californianos!
La gente se soltó a gritar. Rafael alzó las manos, saboreando la dulce y próxima victoria. Saludó a la gente que estaba cerca, y sentía los apretones de la pobre gente ilusa, que deseaba un mejor futuro. Pobres tontos, pensó Rafael.


Siguió saludando, mientras pensaba en la gran metida de pata que había hecho dos días atrás, con Paula y las mujeres. Se había dejado llevar por sus impulsos, y no había pensado. Había dado la orden y sus amigos la habían seguido. Pero no había contado con la astucia de Paula, la ineptitud de los hombres contratados, ni la reacción de la prensa. En vez de causar una mala impresión, ahora todo mundo estaba pendiente de Alfonso y eso había hecho que su popularidad hubiera subido dos puntos más cerca de él. 


Para colmo de males, la cuestión con Randall le había salido por la culata. Había querido desprestigiar a Paula, y su carta se había quemado. La Dra. Robin Gilmore, respetada terapeuta y psicóloga la había defendido a capa y espada, dejándolo a él en ridículo.


Ensanchó más la sonrisa, harto de aquello. Deseaba poder llegar a su casa, tomar un vaso de whiskey y quizás llamar a una de las chicas de Guillermo. Estaba de humor para una visita privada.


Vio por el rabillo a John acercarse, y le dio la espalda al público, hablándole al oído. Oyó lo que dijo y sus movimientos de saludos se detuvieron unos segundos, pero volvió a retomar con fuerza el saludo y se carcajeó, como si John hubiera dicho una broma.


― Y ahora mis queridos californianos, espero contar con su voto en las próximas elecciones. Gracias a todos por venir.


Siguió saludando pero salió rápidamente por detrás de la tarima. Caminó con fuerza sintiendo a sus guardaespaldas y a John detrás de él. Esperó hasta que estuvieran en la sala de juntas del hotel donde estaba dando su conferencia.


― ¿Quién te informó? ― preguntó Rafael caminando de un lado a otro.


― El señor D.


― ¡Maldito Larry! ¡Porque no dejó las cosas en paz!


― Y eso no es todo.


― ¿Es que hay más? ― gritó Rafael, pero John se quedó quieto, sin temer.


― Su hija ha ido a ver al hijo de Samuel Torres. Creemos que ha encontrado lo que buscaba.


― ¡Joder! Estoy rodeado de ineptos.


Se sentó en el sillón de la sala, pasándose la mano por su tersa cabellera. Entonces una voz, muy en su interior le habló.


“Concéntrate. Serénate. No cometas el mismo error dos veces”.


Lo sucedido en Rodeo no se podía repetir. Respiró con calma, calmando el rugido de la sangre en sus oídos. Las cosas aún no estaban perdidas, pero al paso en que Paula iba con su supuesta investigación, encontraría las cosas más rápido de lo que cantara un gallo. Tenía que deshacerse de ella. Pronto. Pero si lo iba a hacer sería con calma y paciencia.


Muerto el mal, acaban los problemas.


La parte derecha de sus labios se curvaron hacia arriba, y la tensión abandonó su cuerpo. Empezó a reír y luego a carcajearse. John lo observaba con una expresión insondable. Rafael se dio un golpe en la pierna y se levantó.


― Bien, tengo un plan.





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