domingo, 14 de junio de 2015
CAPITULO 60
La prensa y los medios se batían en un duelo de cámaras y micrófonos para tener acceso a la gente que llegaba.
― ¡Senador Anderson!… ¡Senador! ― Un hombre ya entrado en años, se volteó hacia la periodista ― ¿Qué opina de esta nueva forma de recaudar fondos, Senador?
― Que debió de ocurrírseme hace mucho tiempo. ― contestó sonriendo y haciendo que todos sonrieran. Saludó a la prensa y los demás y entró al Parque Griffith.
Contra todo pronóstico, y a pesar de que la prensa había estado detrás de los Alfonso, luego de su paseo en Rodeo, parecían haberlo olvidado todo con tal de ser partícipes de la comida de campaña del candidato Pedro Alfonso.
Cuando Paula le había platicado su idea, Pedro se había reído, pero luego lo había pensado mejor. Algo nuevo, innovador, y que desde luego iba con su política de no derrochar, aunque por el estado de cuentas que le había llegado de las compras de Rodeo, no estaba al cien por cien con la política, pero ver a Sara corriendo de una lado a otro con otras niñas lo hizo inmensamente feliz. Miró a su hija a lo lejos, ese día vestía un pantalón capri azul marino y una blusa blanca inmaculada que dejaba descubierto sus pequeños brazos delgados. Su cabello lo llevaba en una coleta baja y llevaba unos zapatitos que parecían encantarle.
Desde la salida con Paula, había cambiado sus vestidos vaporosos por ropa adecuada para una niña de su edad. De un día a otro su hija había crecido.
No, se corrigió. Él no la había visto crecer. Ese era el cambio. Pero ahora no se perdía ningún momento. La pijamada había sido mejor de lo que había esperado, pero Jaime si que había sufrido, llevando helado y galletas a las niñas. Después más helado y comida. Después pastillas para el dolor de estómago. Mariana y Paula habían saboreado verlo yendo de un lado a otro, fuera de su elemento de tranquilidad.
Con las elecciones tan cerca, la tensión a veces lo abordaba por horas, pero no tanto como otras veces. Tenía a Sara, por primera vez en su vida, y la disfrutaba cada momento. Tenía a su madre, que lo mandaba a dormir como si tuviera cinco años y fuera un niño, cuando veía que pasaba todo el día en la oficina o no pegaba un ojo. Y por sobre todo, tenía a Paula, a escondidas (odiaba esa parte), pero la tenía. Reían, se abrazaban, hacían el amor, y platicaban de todo lo que podían platicar. Entre esas pláticas, ella le había relatado su idea de su comida.
― ¿Y por qué no rentas un parque? Hay muchísimos en Los Ángeles. Pueden asar carnes y hacer hamburguesas al carbón, que son cien veces más llenadora que esa comida de pollito que te dan siempre. Además, puedes socializar mejor con tus patrocinadores, y si es dado, con el pueblo mismo. La seguridad claro, será un poco extrema, pero valdría la pena. Además, así verían al gran padre y hombre de familia que eres.
Lo había pensando toda la noche, y al día siguiente le había dado su idea a Viviana, y después a Carlos, y habían aceptado. El había sugerido que escogieran el Parque Griffith, considerado una de los 100 monumentos más importantes de California. Además, tenía un aprecio especial a ese parque. Era donde Paula y él iban a correr la mayoría de las veces, y disfrutaban de su tranquilidad y soledad juntos, pero eso sí que no se lo dijo a ninguno de los dos asesores de campaña.
Era un parque enorme ubicado en el vecindario de Los Feliz.
Tenía una extensión de 17 kilómetros cuadrados. A pesar de los incendios que había atravesado, habían logrado reconstruirlo y embellecerlo. Carlos por su parte, había accedido alabando el buen gusto de Pedro en la elección, aunque Carlos, siempre práctico, pensó en las atracciones que tenía el parque y que ahorrarían dinero si se iban a otro parque. El parque Griffith contaba con el zoológico de Los Ángeles, el Teatro Griego, el Observatorio Griffith y el planetario, el Museo del Oeste de América podían ver el anuncio de Hollywood desde lo alto del parque, la Fuente Memorial “William Mulholland”, y demasiadas cosas. Paula había dado en el clavo, pero aquello había quedado entre ellos dos. Si Carlos se enteraba, seguro no le haría tanta risa.
Vio a Octavio y a Mauricio a lo lejos. Leandro también estaba allí, junto con otros hombres y mujeres que iban “disfrazados” de ciudadanos corrientes. Todos ellos elegidos y recomendados por amigos de Paula y Leandro, y todos trabajando en conjunto con la seguridad del parque mismo.
― Alfonso.
Pedro se giró hacia el hombre maduro que lo hablaba. El Senador Anderson era un gran activista de obras de caridad, y era conocido por su actitud conservadora y buen juicio.
Jamás se le había involucrado en un escándalo, y había sido un gran amigo del padre de Pedro, hasta su muerte. El hombre ya lucía su pelo plateado y las arrugas surcaban su rostro, pero tenía una vitalidad intrínseca de su alma.
Pedro le tendió la mano y el hombre se la estrechó con fuerza. Justo como Pedro había esperado.
― Senador Anderson.
― Muchacho, déjame decirte que haz hecho una excelente elección. ― dijo alzando la mano derecha que llevaba una cerveza y señaló alrededor donde la gente reía, gritaba, y se pasaba un gran momento.
― Gracias Senador.
― Eres el chico del momento, no se te olvide. Además, mis nietas se lo están pasando muy bien. La tuya es un encanto
Pedro miro hacia las niñas, todas se habían reunido jugando, platicando. Vio a la hija de Clarisse y Matt Montgomery al lado de Sara, y a otro par de niñas yendo de una lado a otro, y a Leandro con un ojo de águila sobre ellas. Se preguntó donde estaría Paula, hacía casi media hora que no la veía por ningún lado. Volvió su atención al Senador.
― Tiene su genio, créame ― tal y como lo había demostrado al tener un altercado con la Sra. Perkins, quien ese día le había preparado un vestido blanco con azul y listones para la comida, que incluso Pedro se había sentido horrorizado al verlo. Sara siempre había sido tranquila, y quieta, pero ese día se había revelado, corriendo en su busca, y rogarle que le dejara usar la ropa que había comprado con Paula y la abuela. Pedro había mantenido una plática seria con la Sra. Perkins, y aunque se había dado cuenta de que no le había hecho gracia su orden, la había acatado. Es día llevaba pensando que quizás, era tiempo de jubilar a la Sra. Perkins…
― ¡¿Quien no lo tiene?! ― habló con ironía el hombre, después le pasó un brazo por los hombros ― Pero créeme Alfonso, cuando llegue a la adolescencia, entonces verás el verdadero genio de las mujeres.
Pedro sonrió y empezaron a hablar de la campaña.
Caminaron de un lado a otro, saludando a gente importante, accionistas, empresarios, todos, con había asistido con su familia, y todos vestían sus ropas más informales y cómodas, aunque eso sí, de marca. También encontraban a gente que se había animado a unirse a su comida, ciudadanos normales que estaban encantados de poder codearse con la “realeza”.
― Pedro, Anderson.
Miguel se acercó a ellos con Nadia a su lado. Ese día, al menos no vestía su ropa de incógnita, y vestía una falda otoñal y una blusa con estampado floral en color café, con zapatos planos. Miguel, por su parte, llevaba un pantalón gris y una camisa polo azul.
― Clauser, tiempo sin verte. ― dijo y lo saludó con un fuere abrazo varonil.
― No se me olvida que me ganaste el último hoyo, Anderson. Tienes que darme la revancha.
El senador se volvió hacia Nadia sonriente, le tomó la mano y le depositó un beso caballeresco.
― Nadia, tan hermosa como siempre.
La aludida soltó una risa y sus mejillas se sonrojaron.
― Eres un donjuán Edward, pero te lo paso.
Pedro notó que Miguel puso cara de haber comido algo descompuesto. Pero perdió la atención de la conversación cuando sintió la mirada intensa de alguien sobre sí. Volteó para mirar a Paula a varios metros de distancia, hablando con un agente de seguridad. Le sonrió y ella le devolvió el gesto. Luego volvió hacia el hombre con el que hablaba y él regresó con su conversación.
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