miércoles, 27 de mayo de 2015
CAPITULO 2
A las cinco de la tarde en punto, Paula estaba frente a la gran mansión de la familia Alfonso. Sonrió.
Se había pasado el resto del día, desde la visita del abuelito, a investigar algo más sobre aquel hombre. Lo conocía de nombre, claro que sí. Era el hombre que se interponía a la reelección de su amoroso padre, pensó con ironía. Pero sólo eso. Había hecho un par de llamadas con conocidos, y Dios gracias, al Internet y lo que pudo obtener. Se sorprendió ver que había muchas novelas rosas interesados en él.
Cuando había observado su fotografía en el monitor de su computadora, no pudo negar que tenía lo que las mujeres superficiales llamarían atractivo.Pedro Alfonso. Tenía
treinta ocho años, y era viudo desde hacía cinco años. Su esposa había muerto de una rara enfermedad terminal a los treinta años. Un hijo del matrimonio. Era alto, y eso, era decir mucho de ella, ya que ella medía un metro ochenta. Él por lo menos le llevaba diez centímetros más o quizás más. Sus rasgos hispanos eran claros. Mientras que el padre había sido rubio de ojos azules, él era todo lo contrarió. Tenía una tez de piel aceitunada, y sus ojos eran de un tono marrón.
Había visto que trabajaba su cuerpo, y no pudo evitar pensar en vanidad. Era simple vanidad.
También había notado que tenía doble ascendencia. Su padre había sido el congresista Antonio Alfonso II, y venían de una larga familia política. Por otro lado, la madre, aún viva, era inmigrante mexicana. La boda con el Senador la había hecho ciudadana americana. Nadia Ramírez aún vivía en California, y era una fuerte activista de la campaña de su hijo.
Por otro lado, el candidato usaba los apellidos cuando les convenía. Una de sus fuentes le había proporcionado cierta información que la había hecho pensar. El apellido Alfonso le había abierto muchas puertas. Y cuando le convino usó el apellido Ramírez para congratularse con la comunidad hispana. Su política, hasta donde sabía, tenía fuerte hincapié en la obtención de ciudadanías legales a inmigrantes extranjeros. Y en ese caso, en los barrios pobres, era conocido como Pedro Ramírez.
Política, pensó Paula, solo es para ratas.
Llamó por el interfono, y miró a la cámara de seguridad.
― ¿Desea algo? ― Preguntó la voz al otro lado.
― Tengo una cita con el Sr. Alfonso. Soy Paula Chaves.
― Adelante
Y se oyó como la reja se abría.
Paula se quedó quieta unos segundos observando la verja abrirse. Vaya, pensó, en verdad que tenían problemas de seguridad. Ni siquiera le había pedido que enseñara una identificación. Ajustó su chamarra, y siguió caminando. Sus botas de tacón se oían dando repiqueteos en cada paso.
Llevaba puesto una simple blusa sin mangas de color amarillo crudo, y un pantalón de mezclilla. El clima de los Ángeles no dejaba para más. A cada paso que daba, iba inspeccionando la zona, enumerando cada detalle de ella.
Bardas bajas, mucha naturaleza, un juego de niños muy cerca de la reja… Paula suspiró. Este tío en verdad estaba en problemas. O era muy confiado, o era el idiota más grande del universo. Llegó a la casa y le abrieron la puerta inmediatamente. Un mayordomo la atendió.
― Muy buenas tardes señorita Chaves. Permítame tomar… ― Se detuvo al ver la chamarra de mezclilla de Paula ― Su abrigo.
Paula quiso sonreír. Desde luego, el pobre hombre no estaba acostumbrado a ver muchas chamarras de mezclilla.
― Está bien. Me gusta donde está.
El mayordomo ni se inmutó ante su comentario. Paula miró alrededor del recibidor. Tenían estilo. De eso no había duda.
― Por favor sígame Señorita Chaves.
Paula siguió al pobre hombre a la sala.
― Espere aquí, el Sr. Alfonso la atenderá de inmediato.
Paula no tuvo tiempo de decir nada. El hombre ya había cerrado la puerta. Admiró la sala de estar. Tenía muy buenas adquisiciones. Porcelana china, cuadros de artistas famosos: Frida Kahlo, Diego Rivera, artistas mexicanos. Y por lo visto, una larga biblioteca. Le recordó mucho a la que alguna vez fue su casa.
Frunció los labios. Ya con eso no le gustaba. Se pegó un cabezazo mentalmente. ¿Qué rayos hacía ahí? Debería de salir de ahí corriendo. Sí, sería lo mejor. Antes de que llegara el candidato. Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la puerta, cuando ésta, súbitamente se abrió.
― Está aquí.
Pedro Alfonso estaba en el umbral de la puerta. Vestido de manera casual, daba un aire completamente diferente al que había visto en la foto. Se veía más joven de lo que era.
Llevaba puesto un pantalón sastre de color beige, una camisa azul claro de mangas, y encima un polo color crema.
Pedro se acercó a ella y le tendió la mano. Paula la aceptó y no estuvo preparada para lo que pasó a continuación. Un cosquilleo que comenzó en su mano, y viajó hasta su espina se desenvolvió por todo su cuerpo. Soltó la mano rápidamente. Paula se enderezó y metió ambas manos en los bolsillos de su chamarra. Vio que él, por el contrario no había sentido nada. Mejor, pensó Paula.
― Soy Pedro Alf… ― Pedro estaba apunto de comenzar el discurso de siempre, pero se detuvo. Estaba seguro de que ella ya tenia idea de quién era él ― Bueno, creo que sabe quien soy. Pero puede llamarme Pedro.
― Mucho gusto, Sr. Alfonso― contestó Paula, haciendo caso omiso de la sugerencia del hombre.
― ¿El que haya venido quiere decir que ha cambiado de opinión con lo que le dijo a mi secretario? ― preguntó Pedro yendo directo al grano.
― ¿Él es su secretario? ― preguntó incrédula Paula. El abuelito se veía simpático, pero desde luego, no se veía como secretario de nadie.
― Chófer, secretario, chef, amigo, y a veces, también la hace de madre y nana. ― dijo en tono de burla, después se sentó, e invitó con el gesto a Paula para hacer lo mismo ― Miguel lo hace de todo.
Paula arrugó la frente. ¿El abuelito se llamaba Miguel? Había esperado otro nombre como Samuel, el tío Samuel, o Alfredo, pero no Miguel.
― Ya veo.
― ¿Entonces? ― insistió Pedro ― ¿Acepta?
― Si llegara a aceptar, ― inició Paula, pero después se detuvo ― cosa que no he afirmado aún, muchas cosas cambiarían aquí. Todo, a decir verdad. Nuevas formas de seguridad, remodelación en la casa, cambios de hábito…
― ¿Todo eso?
― Todo eso… y más ― agregó Paula con una sonrisa.
― ¿Pero entonces va a aceptar?
― Puedo ser honesta, y hacerle una pregunta, Sr. Alfonso.
― Sólo si me llama por mi nombre, Pedro, o Pepe, el que guste
― La pregunta es. ¿Sabe quien soy?
“Chica lista”, pensó Pedro. Y no sólo por ir directo al grano, sino porque no había cedido del todo a tutearlo. Se había dirigido a él como usted, pero sin ser tan formal. Pedro sonrió.
― Claro, la mejor guardaespaldas que tenemos es este lado de la costa.
― ¿Y? ― insistió Paula.
― Y… la hija de mi contrincante en las próximas elecciones.
― Lo cual quiere decir ¿Por qué estoy aquí?
Pedro miró a la chica con nuevos ojos. Quería poner las cartas en la mesa. Un nuevo respeto se formo hacia ella.
― Si está pensando en lo que creo que está pensando, déjeme decirle que la respuesta es no. ― Tomó una nueva posición en el asiento ― La hemos buscado, porque usted es la mejor en lo que hace. Al igual que yo. Y sus referencias la preceden. No la estoy contratando por quién es su padre. La he investigado, claro. Usted lo esperaba. Y por lo que hemos visto, la relación con su padre no es para nada… paternal. Así que no creo que usted, en ese aspecto, pueda ayudarnos de mucho. La estoy contratando porque ha sido ampliamente recomendada. Y yo sólo quiero lo mejor para mi hija.
― ¿Su hija? ― Paula se puso atenta. Había leído que había un hijo del matrimonio, pero no que fuera una niña. Después de todo, no había hecho tan buen trabajo.
Observó como la mirada del Pedro se tornaba oscura y dura. Sin duda, había pasado algo que lo había dejado con secuelas.
― Hace una semana, cuando Sara iba a la escuela, un grupo de hombres encapuchados trataron de asaltarlos. Gracias a Dios, Augusto hizo su trabajo rápidamente, y lograron perderlos. Pero estaba más que claro que su objetivo era mi hija.
“Y he aquí, lo que pasa cuando eres político”, pensó Paula.
Siempre van tras los más débiles. Sin embargo, era una profesional. Repasó mentalmente si había escuchado algo del suceso, pero no le vino nada a la cabeza.
― En los medios no salió nada ― susurró Paula.
― No quisimos que saliera.
― ¿Tiene enemigos, Sr. Alfonso? ― Aunque Paula ya sabía la respuesta. Y claro está, sabía quien encabezaba el número uno en la lista: Su padre.
― Esto es política, Señorita Chaves. Sé que tengo enemigos por todas partes. Pero jamás pensé que pudieran hacer algo así.
La puerta se abrió súbitamente. Paula se puso en alerta rápidamente, Incluso estuvo apunto de ir por su arma, que estaba escondida. Reflejos. Y en algunos momentos eran malos amigos. Como en ese caso, cuando podría haber asustado a una niña con una pistola apuntándole directamente a la cabeza.
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