miércoles, 27 de mayo de 2015
PROLOGO
― He dicho que no.
Pedro Alfonso maldijo por todo lo alto. Por nada del mundo iba a aceptar la estúpida idea de su amigo Miguel.
Un guardaespaldas, jamás. Bufó sólo de la idea de ello. Y menos aún, una mujer. Miguel por el contrario estaba calmado.
Pedro se levantó de su escritorio y se fue hacia la ventana, mientras que Miguel se relajaba en su asiento. A sus treinta ocho años, Pedro jamás había necesitado una niñera, y no empezaría ahora. Sabía quien era en ese momento, y lo que representaba, pero eso no le daba derecho a Miguel de meterse así en su vida.
Tenía años trabajando con Miguel de manera oficial, pero se conocían de años atrás, ya que había sido amigo íntimo de su padre. A veces le parecían siglos, y el bastardo parecía que había vendido su alma al diablo. Su pelo oscuro estaba bañado por canas, las cuales, Pedro estaba seguro que no habían aumentado para nada en los años que se conocían.
― Tienes que escucharme muchacho ― Pedro sonrió, Miguel siempre le decía muchacho a pesar de que ya estaba a punto de cumplir los cuarenta ― Estás próximo a ser Senador de los Estados Unidos. ¡Tienes que cuidar tú maldito trasero! Y si no lo haces tú, lo hará alguien por ti. Y que mejor que un guardaespaldas ― Hizo una pausa dramática para después agregar ― Además, ¿ya te olvidaste de lo que pasó con Sara?
Pedro se quedó callado. Maldición, odiaba recordarlo. Pero lo hacía a cada momento. Cuando se había enterado de eso, había estado en su oficina, y había sentido la mayor impotencia del mundo. Su hija había sufrido un intento de secuestro, pero gracias al chofer, habían logrado escapar y salir ilesos. Augusto había tenido un entrenamiento previo para esos casos, y gracias al cielo, lo había hecho bien. Pero Sara… Sara se había puesto muy nerviosa, y se había encerrado en sí misma. La terapia con la psicóloga no había ayudado de mucho. Y él, honestamente, no sabía que hacer.
Y es para ella para quien había buscado el mejor guardaespaldas. Pero para ella, no para él.
Sin embargo, Miguel no había opinado lo mismo.
― Es para ella Miguel, no para mí ― declaró Pedro.
― Muchacho, esto ha sido una señal. No es solo por Sara por quien van. Esto quiere decir que te están prestando atención. Y han visto que eres una amenaza para ellos. Además, ¡No eres cualquier maldito candidato a senador! Eres EL candidato a senador que está velando por los derechos de los inmigrantes. La comunidad hispana te adora y se sienten conectados contigo. Y eso, es precisamente por lo que los izquierdistas se van a ir por encima de ti.
― ¿Ahora son izquierdistas? ― preguntó con sorna Pedro, sin darse la vuelta.
― Izquierda, derecha, al centro… el chiste es que van a ir por ti, y no quiero que estés desprotegido
― ¿Pero por que una mujer? ― exclamó girándose con furia ― ¡Maldición!
― ¿No me salgas ahora con que eres un maldito misógino?
― Tengo una hija a la cual amo. Eso demuestra que no odio para a las mujeres. Es sólo que… ¿Qué sabemos de ella?
Miguel sonrió. Pedro por su parte, aguardó. Conocía todas las sonrisas de Miguel y esa, le decía que tenía algo entre manos.
Miguel abrió el primer folder que tenía entre sus manos, y empezó a leer.
― Tiene las mejores recomendaciones. Maneja todas las armas blancas con mucha destreza, el cuchillo y la navaja, pero su preferencia son las dagas. ¿Qué más? Varios tipos de armas de fuego, de todos los calibres. ― Empezó a enumerarle todos, mientras que Pedro se estaba haciendo una idea de la mujer. De seguro que sería la versión femenina de James Bond. ¿Pierce Brosman con tacones? Pedro sintió un escalofrío. Volvió a prestarle atención a Miguel ― Cinco disciplinas de defensa personal, incluidas el yoga. Eso no sé de que sirve, pero bueno… ― su amigo alzó los hombros ― Ha estado en esto desde hace más diez años. Y…
Pedro alzó la mirada.
― ¿Y?
― Es muy bonita, si quieres saber la verdad.
Miguel le lanzó la carpeta sobre el escritorio hacia él. Pedro fue por ella, y abrió el folder. En la primera página estaba una foto de la mujer en top, con una sudadera atada a su cintura, y un pants negro de lycra ajustada, corriendo. Llevaba puestos unos audífonos y su pelo lo llevaba atado a una coleta. Era de un color castaño rojizo muy hermoso. La foto había atrapado muy bien su ángulo.
Cerró la carpeta con fuerza. Vio que Miguel lo observaba con detenimiento. Maldición, se había abstraído pensando que se había olvidado de Miguel.
― ¡Oh, no, así menos! Esa mujer no aparenta tener más de veinte años. ¡Parece una colegiala, por dios bendito!
― Pues esa colegiala ya pasó de los treinta ― le informó Miguel señalando el folder.
― ¿Qué? ― preguntó sorprendido Pedro. En la foto se veía más joven.
― Así es. Y no sólo eso, estuvo a cargo de un presidente. Y varios congresistas. Incluso la reclutaron para el grupo de inteligencia, pero según mi fuente, se aburrió del trabajo de oficina. ― Miguel se miró las uñas, sonriendo. Ahí venía, Pedro lo presentía. Lo que hacía que Miguel sonriera ― ¿Y a que no adivinas quien es su padre?
― No tengo ni la más remota idea. ― dijo Pedro, con un tono de voz como si en realidad le hubiera dicho “No me interesa”.
― Rafael Hunder.
Pedro se dejó caer pesadamente sobre su sillón.
― ¡No me jodas! ― gritó. Siempre que estaba con Miguel, y sólo con él, dejaba que su amplio vocabulario fluyera por todo lo largo.
Miguel empezó a reír.
― Jamás se me ha pasado por la mente muchacho, ― Contestó entre carcajadas, respondiendo a la ultima frase de Pedro― Pero así es, esta linda señorita es hija de Rafael, quien resulta ser tu contrincante en estas elecciones. La chica se enroló con el apellido de su madre, Chaves. Según sé, ella y su padre no se llevan para nada bien. Tienen años sin hablarse. ¿Y que mejor que tener a la hija del enemigo bajo tu techo? Quizás pueda soltar alguna palabra, ya sabes, algún oscuro secreto sobre el padre que nos sirva de ayuda.
Así que de eso se trataba. Pedro miró a Miguel con firmeza.
― Vaya, así que es por esto que la quieres aquí.
― No... ― Pero al ver la mirada de Pedro, Miguel decidió hablar con la verdad ― Bueno, joder, sí. Esto es política, muchacho. Pero no sólo eso. Ella es la mejor. ¿Ves todo esto? ― dijo alzando el otro folder que había tenido en sus piernas. El folder era de tamaño considerable ― ¡Son cartas de recomendación! He hablado con todos por ahí, y todos me dan el mismo nombre. Paula Chaves.
Pedro abrió de nuevo el folder con la foto de la mujer. Paula Chaves. Paula.
Él le había pedido a Miguel que buscara al mejor guardaespaldas del estado para la seguridad de su hija. Y “él” resultó ser “ella”.
― Mierda ― gimió por lo bajo Pedro.
― Ni que lo digas, muchacho, ni que lo digas.
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