miércoles, 27 de mayo de 2015

CAPITULO 1






Paula se limpió el sudor con el antebrazo. Llevaba dos horas entrenando, tenía su cuerpo sudado y adolorido. Mechones de pelo cobrizo se le estaban pegando al rostro, pero no podía parar. Cada golpe que le daba al saco de boxeo, cada golpe la liberaba de la furia que sentía bullir en su interior. 


Necesitaba estar exhausta, cansada hasta el límite. Eso le haría sentirse bien. No le permitiría pensar. Golpeó el saco con fuerza. Más fuerte. Sus nudillos le escocían por no tener puestos los guantes de boxeo, pero no le importaba.


Tiró un gancho al hígado. Siempre se ponía volátil cuando se encontraba con su padre. Y esa no era la excepción. Debido a ese encuentro no había podido pegar ojo la noche anterior. 


Había aceptado el trabajo en el último segundo, para sustituir a Jorge, su mejor amigo, que se había tenido que ir al hospital porque su esposa se había puesto de parto, y no conocía a nadie que lo pudiera sustituir así de rápido.


Paula se había puesto feliz con la noticia del alumbramiento de Marla. Y había aceptado el trabajo sin preguntar. Ella sólo había llegado, había informado el contratiempo de Jorge, y había enseñado sus credenciales. Nadie había rechistado. 


Ahora su apellido era conocido. Y no por el apellido de su padre, sino el Chaves.


Mala elección.


Le había costado todo su autocontrol soportar sus miradas. 


Ella lo había ignorado toda la noche. Su cliente ni siquiera se había molestado en decirle de que iba. Pero eso se lo ganaba ella por no preguntarle a Jorge de que se trataba el asunto. ¡Maldición! Golpeó con fuerza el saco, tanto que pensó que estaba apunto de romperse la mano. Y cual fue su sorpresa al encontrarse con que la mesa principal estaba su padre. Sentado en primera fila.


Ella se había recolocado sus gafas oscuras y había jugado con el auricular, dejando al cliente en la mesa, y después, tomando el lugar que le correspondía, al final, junto con los demás guardaespaldas, y del servicio secreto. Lo único que había notado por parte de su padre ante su presencia, había sido ver su mandíbula tensarse. Después, había mostrado un rostro insondable. Ella siguió su ejemplo, e hizo lo mismo. 


Paula había sido conciente de que todos los demás agentes estaban cuchicheando sobre ella y su padre. Después de todo, era un tema conocido el que la hija del Senador Rafael Hunder fuera una de los mejores guardaespaldas del estado de California.


Lanzó ahora una patada voladora con fuerza, seguida de un par de golpes con los puños.


Al final de la velada, el maldito se las había arreglado para hablar con ella. Sus jodidos guaruras se habían interpuesto en su camino, y él había aprovechado para acercársele y tomarla del brazo con fuerza.


― Deja de estar jugando a esto, Paula. Compórtate como lo que eres, mi hija.


Paula había respirado profundamente. Ella, con sus manos, y con la experiencia que tenía, había podido hacerle mucho daño. Pero no lo había hecho, y no porque no lo deseara, sino porque había tenido a cuatro gigantes a su alrededor, y encima, no había querido dar un espectáculo en la cena.


― Tengo que regresar a trabajar ― le había contestado fríamente Paula, mientras se había desprendido de su agarre, y después había agregado con tono de mofa ― Perdón, quise decir, a jugar.


― No me hartes Paula.


― Jamás haría eso, Senador Hunder. ― Y antes de marcharse, había añadido ― ¡Oh! Y no espere contar con mi voto, Senador.


Lo odiaba. Lo adiaba con toda su alma.


Eso había sido la noche anterior. Y no había podido dormir nada. Había traído consigo fantasmas del pasado. Siempre que lo veía, los fantasmas regresaban. Y siempre que los fantasmas regresaban, jamás dormía. Recordar todo era muy doloroso. Demasiado dolor, tanto, que a veces se preguntaba como había podido sobrevivir.


Tan concentrada estaba que había bajado la guardia, y se había percatado de que ya no estaba sola. Con diestros movimientos, había dado la vuelta al saco y había sacado su pistola de debajo de la toalla que estaba en el piso.


― ¿Señorita Chaves he de suponer? ― Paula no pasó por alto el tono cómico que el hombre había utilizado y siguió apuntándole. Siempre carga con ella su Beretta 92. Y esa linda nena, era la que estaba apuntando al hombre que estaba frente a ella.


― ¿Quien lo pregunta?


― ¡Vengo en son de paz! ― dijo alzando las manos con sorna ― Soy de los buenos.


Paula alzó una ceja.


― Todos dicen eso. Yo lo decidiré por mi misma. ¿Cómo rayos entró aquí?


Paula vivía en un edificio de cinco pisos, y en cada piso habían dos departamentos. Era un edifico viejo, y en realidad cada piso parecía una enorme bodega. Pero a Paula le había gustado mucho. No podía quejarse de él. Vivir en Los Ángeles no era barato, pero claro, tampoco tan caro. Y ahora mismo estaban en la azotea del edificio, donde había instalado un pequeño gimnasio. Y dónde absolutamente nadie la iba a molestar.


― Toqué repetidas veces en su apartamento. Estaba apunto de irme, cuando su vecina me dijo que los más probable es que estuviera aquí.


― ¿Bajita, de cabello cobrizo, y una sonrisa que deslumbra?


― Oh, sí. ¡Ella misma! ― contestó el hombre.


― May, date por muerta. ― susurró Paula, y sin bajar la pistola le hizo señas al hombre para caminara a uno de las cajas ― ¿Y que desea?


― Contratar sus servicios. ― Paula pesó la situación y decidió bajar su Beretta. El tío no se veía para nada mortal. Parecía más bien un típico abuelito. Se agachó por su botella de agua y la destapó, y empezó a tomar de ella, recargándose en el poste que sostenía al saco. El contacto del agua fría contra sus manos le provocó un leve dolor, pero hizo caso omiso a él.


― En este momento estoy de año sabático.


― Anoche trabajó.


Genial, había sido investigada. Era claro que el tipo había hecho su trabajo.


― Un caso especial.


― Se le pagará la suma que pida.


Paula frunció el ceño. Era raro que estuvieran dispuestos a pagar lo que el agente pidiese. Siempre había más de ellos dispuestos a cobrar menos. A menos que el futuro cliente estuviera en verdaderos problemas, y buscara al mejor.


Y ella, era la mejor.


Tomó un gran sorbo de agua, y se limpió la boca con su brazo.


― ¿Puedo preguntar para quién tendría que trabajar? En caso de que decida aceptar, cosa que todavía no hago ― aclaró lentamente Paula.


― Para Pedro Alfonso.


Paula no dijo nada. Por todos los infiernos, ella jamás aceptaría el trabajo.


― Lo siento, ha malgastado su tiempo en venir aquí.


Paula se paró y empezó a recoger sus llaves y su móvil, así como su toalla.


― Si me diera tiempo, le podría explicar que…


― Resulta que no quiero dárselo ― contestó fríamente Paula, caminando hacia el hombre quien ahora obstruía la puerta ― Con permiso.


― Nada pierde en ir a conocerlo, Señorita Chaves. Le esperamos esta tarde en la casa. ¿A las 5 le viene bien? Aquí le dejo la tarjeta ― sacó una tarjeta de presentación y se la tendió. Paula la tomó. No debía de hacerlo, pero no quería ser tan grosera.


― ¿Qué le hace pensar que iré?


― No lo sé. Simple curiosidad quizás.


Y el hombre se fue dejando a Paula sola, viendo la pequeña tarjeta.









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