miércoles, 10 de junio de 2015
CAPITULO 48
Cuando la verja se abrió Paula casi llora de felicidad. Casi.
Estar de regreso en su ciudad, el aire contaminado con su smog, el tráfico, las palabras fuertes y sonantes durante el embotellamiento… Adoraba Los Ángeles.
Cuando Augusto había aparecido con el coche en el aeropuerto se alegró tanto de verlo que lo abrazó, pero después al sentir las miradas de los demás, se había separado y se había alisado la chaqueta tratando de controlar el rubor que había bañado sus mejillas en aquel momento. Se había girado hacia Octavio, quien se había ofrecido para viajar con ellos y controlar un poco a la prensa que los había seguido y por si las dudas. Esa había sido la versión que le había dado a Pedro. Lo que en realidad no le había dicho es que había sido ella la que se lo había pedido explícitamente. Después de la llamada de Alex, no quería dejar nada al azar.
Miró por el espejo retrovisor hacia el Sedán en el que venían Pedro y Nadia con Augusto y Octavio. Ella iba delante, en el auto con Miguel manejando y tratando de oír su insesable plática.
El auto estaba llegando a la entrada y sintió un raro cosquilleo. Ahora que estaba en la Mansión, de vuelta, lo suyo con Pedro tenía que acabar. Le había venido dando vueltas a aquello durante el vuelo, y había llegado a esa conclusión. No podía seguir, y mucho menos, con Leandro ahí.
Si el se enteraba… no podía pensar en ello.
El auto se detuvo y Paula bajó primero aspirando el aire mañanero del lugar, mientras que Miguel salía del auto para esperar al siguiente.
― Hogar dulce, hogar. ¿No es así? ― comentó Miguel.
Antes de que ella pudiera contestarle, Sara apareció en lo alto de la escalera con Coco en las manos.
― ¡Paula!
Salió corriendo y fue hacia Paula y prácticamente la tacleó con un abrazo, como un jugador de futbol americano. Paula sonrió, y le devolvió el abrazo, y ambas compartieron por unos segundos un momento especial.
― Coco se portó muy bien.
El otro auto entró en la visión y llegó hasta ellos desacelerando. Paula asintió y miró a todos lados.
― No lo dudo. De seguro la consentiste tanto que ahora no querrá hacerme caso en nada.
Paula vio a Jaime y Mariana parados en la entrada de la gran casa, con expresiones entre sorpresa y desconcierto.
Entonces entendió que Sara la había ido a saludar a ella.
Augusto apenas se estaba estacionando cuando Sara soltó a Paula y fue hacia el carro, de donde Pedro salió sin esperara que Augusto le abriese.
― Hola papi. ― Sara fue y lo saludó con un beso.
Pedro no se resistió y la alzó en brazos para darle un gran abrazo y beso a su pequeña. Las pláticas nocturnas que había tenido con su hija en tan solo esos pocos días, lo había acercado más que en los últimos años.
― Hola pequeña. Te traje un regalo. ― Le tendió la pequeña bolsa que llevaba en la mano. Sonrió al ver la mueca de su hija ― Vamos, es tradición.
La dejó en el piso y Sara sacó una bola de nieve y también sonrió. Tenía razón, era tradición. Buena o mala, lo era.
― Gracias Papá.
Pedro miró de reojo hacia atrás. Su madre se había escondido como una niña de tres años en el asiento trasero.
Quería darle una sorpresa a Sara.
― Y hay otra, pero tienes que cerrar los ojos.
Sara la miró escéptica, alzó una ceja, que Pedro le recordó un poco a las miradas que Paula le hacía, y esperó. Sara juntó las cejas pero cerró los ojos y relajó su expresión.
Pedro le hizo señas a su madre para que saliera y a los demás para que mantuvieran la sorpresa. Nadia salió del auto y se acercó a su pequeña nieta, y le dio un beso en la mejilla.
Sara volvió a fruncir el ceño pero entonces olió el perfume de lilas y lavanda. Abrió los ojos tan rápido y gritó de alegría.
― ¡Abuela!
Todos se soltaron a las risas al ver a Sara brincar sobre su abuela y que esta, a pesar de su edad, la alzara y le diera vueltas.
― Mi princesa, ¿Cómo estas?
― Muy bien, tengo una gatita. ― Miró a Paula quien tenía a Coco entre las manos ― Bueno, no es mía, es de Paula, pero yo la he cuidado mientras ha estado de viaje. Y tengo una amiga en la escuela, se llama Janet, es un poco rara, pero nos llevamos bien. Aunque si…
La letanía de Sara siguió y siguió. Nadia saludó a Jaime y a Mariana pero sin dejar de oír a Sara y asentir. Sin duda la amaba tanto como a su hijo, pensó Paula. Augusto ya estaba bajando las maletas y con la ayuda de Jaime, las llevaban dentro de la casa. Miguel los siguió pero dijo que no se quedaría mucho tiempo. Paula habló con Octavio y este aceptó quedarse a comer antes de regresar en el siguiente vuelo a casa. Mariana se llevó al hombre hasta su cocina mientras que Pedro y ella se quedaron atrás esperando a que los demás desaparecieran. Cuando estuvieron solos, a pesar de las voces lejanas, sabía que nadie los veía. Paula lo miró con seriedad.
― Tenemos que hablar.
Pedro fijó su mirada en ella, estudiándola.
― ¿Ahora?
Paula lo pensó mejor. Tenía que elaborar un discurso. Algo.
Y Tenía que ver a Leandro.
― No, primero tengo que hacer unas cosas y después hablaremos.
Ambos asintieron y tomaron caminos apuestos, pero por unos segundos Pedro rozó a Paula suavemente. Fuera a propósito o de manera accidental, el cuerpo de Paula reaccionó como si mil voltios recorrieran su cuerpo.
Y aquello no le gustó para nada.
Salió y tomó el camino hacia donde Leandro, Necesita verlo.
Lo encontró recostado en su posición que al parecer era su favorita: manos detrás de su cabeza, pies alzados, sobre los controles, y la silla un poco inclinada, meciéndose.
― Vaya, como trabajas. ― el sarcasmo era evidente.
Leandro abrió los ojos y sonrió.
― La gloria de todo hombre, ¿verdad?
Paula sonrió mientras entraba de lleno al lugar.
― Claro. Y el sueño de toda mujer
― Bienvenida nena.
Paula se alzó sobre sus talones
― Sabes que… ― después alzó los ojos al cielo y se dejó caer en el borde de la mesa ― Dios, para que me molesto. ¿Alguna nueva?
Leandro se sentó correctamente y tomó un folder que estaba cerca de su mano, como si lo hubiera estado leyendo.
― Pues solo que Alex mandó el informe de este hombre. Ya lo leí y son casi treinta hojas de mucha mierda detrás de ese hombre. ― dijo mientras agitaba el folder y se lo tendía.
Paula asintió y lo tomó.
Empezó a leer a grandes rasgos. Cargo tras cargo, se iban acumulando. Dejó de contarlos después de cincuenta, y la lista seguía. Se detuvo a la hoja dieciséis y miró prudentemente a Leandro.
― Esto no me gusta nada.
― A mi tampoco. ¿Cómo pudo Alfonso hacerse enemigo de ese tipo?
Ella también había estado pensado en aquello. Pero había descartado idea tras idea. Pedro era un personaje público pero no había escándalo detrás de su vida. Y sus enemigos eran a lo mucho una gripa o que se quemara por sol.
― Aún no está confirmado que él haya sido el…. ― al ver la mirada de Leandro se rindió. ― Vale, vale, tienes razón. Alex no nos habría avisado si no lo fuera.
― Pero no quieres creerlo.
No, no quería. Por dos razones.
La primera, que no tenía idea de qué podría haber hecho Alfonso para hacerlo enojar y que la tomase contra Sara. O si lo habían contratado, ¿quién, y por qué?
La segunda, que si ese hombre volvía a querer hacerle daño a alguien de esa familia…
― Un enemigo como este no le conviene a él. O a Sara.
Leandro le lanzó una mirada recriminatoria,.― No te involucres Paula.
Paula se levantó cansada de aquello. Era verdad, y por ser verdad, le molestaba.
― ¡Oh vamos Lean, no me vengas con esa mierda! ― Se quedó de espaldas a él y luego se calmó y lo miró con mas sensatez ― Esta bien, ya se que quieres decir, pero es que me preocupa. Si trata de hacer algo y no estamos a la mano, alguien puede resultar herido.
Y ella jamás se perdonaría por si algo así sucedía.
― Tranquila, la pequeña tiene un buen gancho y esa mirada de Bambi ya no me engaña.
Aquél comentario alivió un poco la tensión que había habido, y Paula sonrió.
― ¿Como van los entrenamientos?
― Pues bien. Siento no haberte dicho nada, pero es a veces…
Paula recordó el fervor con el que Sara le había pedido que no le dijera nada a su padre sobre las visitas a la psicóloga.
― Si lo sé.
― Es buena, a decir verdad. ― volvió a tomar su pose favorita ― Pensé que se iba a poner a llorar el primer día, cuando la tiré en la alfombra.
Paula se alarmó al pensar en la fuerza con la que Leandro la habría lanzado o si había dañado a Sara.
― Lean…
― Tranquila nena, tuve cuidado. Así de bruto como me ves, se manejar a una dama. ― Paula rezongó pero Leandro continuó ― Como te decía, la muy… muy… tramposa el otro día me hizo creer que le había dado un buen golpe y puso su carita de sufrida y me dio un buen golpe en la espinilla, una mordida y me tumbó.
Paula se empezó a carcajear. No pudo evitarlo. La simple escena era de lo más divertida. Una pequeña derribando a un hombre de casi dos metros.
― ¿En serio?
Leandro posó sus dedos en sus labios y los besó.
― Lo juro por dios. Mocosa esta.
Pero Paula detectó que había un cariño implícito en sus palabras. El también se estaba encariñando con ella.
― Parece ser que haz hecho una amiguita.
Leandro quitó su cara de ensuño y la reemplazo por una de macho.
― Claro, y ahora lo que sigue es que juguemos al té, ella y su osito Snoopy.
― Tiene un oso que se llama Snoopy.
Leandro se puso rojo como la escarlata y empezó a toser, evitando la mirada de Paula.
― Bueno, creo que lo oí por ahí, no sé…
A pesar de que disfrutaba verlo fuera de su elemento, Paula no era tan mala.
― A veces no eres tan bruto como pareces Lean.
Él siguió mirando las cámaras ocultando su sonrojo que se estaba desvaneciendo.
― Deja esa voz dulce de Caperucita. ― totalmente recuperado, la miró ― ¿Algún problema en el viaje?
Paula estuvo a punto de dejar que sus sentimientos la delataran.
Porque lo primero que había pensando era en la gran noche de sexo que había tenido con Pedro Alfonso. O la de la noche anterior. O sus besos. O la mirada que la derretía.
Se odió a si misma por ocultar eso. Se sentía… fuera de sí.
Sin embargo, se encontró a si misma respondiendo tranquilamente.
― Ninguno.
― Ok. ― Leandro se lo tragó y siguió ― Por aquí todo tranquilo también. Salvo el fax de Alex, todo claro como el agua.
― Vale, entonces te dejo. Tengo que hablar con Larry de algunas cosas.
Se levantó pero Leandro la llamó por su nombre. Paula se giró para mirarlo.
― Supe que la prensa de San Francisco fue por ti.
Ella asintió cansada.
― Era de esperarse.
Él había leído todo.
― Los manejaste muy bien.
Paula no supo que decir.
― Gracias. Nos vemos luego Lean.
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