domingo, 31 de mayo de 2015

CAPITULO 14





Su despertador sonó a las cinco y media de la mañana. Se levantó tranquila, aunque un poco ansiosa. Se sentía rara durmiendo en esa gran cama, mullida cuando ella caía en su sofá-cama de tres piezas largo, o su cama que aunque no era tan firme, no se hundía en cada vuelta. Se levantó y fue hacia el baño y tomó la ropa que había buscado la noche anterior, para no desempacar toda su maleta, dado que se iba a mudar a la casa de la piscina. Miró su atuendo: un par de mallas negras oscuras, y un top negro, escondido debajo de una sudadera gris. Sus tenis Nike favoritos ya estaban al pie de su cama. Se cambió y se amarró su cabellera en una cola alta.


Mientras se pasaba la mano por su cabeza cepillando su cabello, para atar los mechones, sintió la cicatriz que tenía en el lado derecho. Así era todos los días, siempre que la tocaba revivía por sólo una fracción de segundo, todo su vida. Volvió a poner los pies a la tierra, y se aseguró de que ninguna hebra de su melena quedara fuera de lugar. Odiaba peinarse, y volver a pasar los dedos por su cabello. Esa tortura era suficiente una vez al día.


Eran las seis menos diez cuando estuvo completamente lista. Miró alrededor, esperando no olvidarse nada. Tocó su Beretta, colocada en la parte trasera de su pantalón, tomó una pequeña varita doblada, y una vez segura de que todo estaba bien, cerró la puerta.


Caminó hacia el gran recibidor circular, y al momento en que ella estaba llegando, Pedro estaba terminado de bajar por las escaleras.


― Buenos días, Sr. Alfonso. ― Paula fue la primera en hablar.


― Es Pedro. ― pidió, llegando por fin hasta donde estaba ella.


― Me siento mejor hablándole de usted.


Pedro no respondió a ello, y fue hacia la cocina, con Paula pisándole los talones. Sirvió vasos de agua, primero uno a ella y después el suyo.


― No podemos irnos sin tomar algo.


Paula agradeció el vaso, y lo tomó y se lo acabó despacio.


― ¿Qué camino tomó ayer?


― Wiltshire Boulevard.


― En ese caso, si le parece bien, podremos ir al McArthur Park.


― Está bien. Ningún problema.


Salieron de la casa, y sin esperarlo, observó como Pedro caminaba hacia la cochera.


― ¿Va a conducir?


El se volteó a mirarla extrañado. Parecía sorprendida.


― Claro, no despertaría a Augusto a menos que fuera algo importante. Yo sé manejar, así que… ― levantó los hombros, como si eso respondiera todo.


― Espere.


Se tiró al piso y abrió la varita que llevaba en la mano. Era un pequeño espejo flexible que le permitía ver las instalaciones de los autos. El día anterior le había enseñado a Augusto como utilizarlo y cerciorarse de que no había nada extraño pegado al auto. Cuando se vio que no había nada fuera de lo normal, se levantó del piso y se sacudió el polvo, después dobló la varita.


― ¿No hay bomba? ― preguntó Pedro sonriendo.


Paula lo miró con cara de pocos amigos.


― No es gracioso.


La sonrisa de Pedro desapareció rápidamente e incluso por un fugaz momento Paula pareció verlo sonrojarse.


― Lo siento.


Paula se colocó rápidamente a un costado del caro Mercedes, y abrió la puerta del copiloto. Observó satisfecha que Pedro no había hecho gesto alguno en ir a abrirle la puerta. Eso le alegro mucho, tontamente, pero le alegro. 


Pedro después sacó un control remoto y apretó el botón para abrir la reja de la entrada. El viaje fue hecho en silencio. Ella no sabía de que hablar, y de todos modos, ella no había ido para hacerle compañía. Cuando llegaron al parque, bajaron y fueron hacia la discreta ladera por la que ya había gente corriendo y haciendo ejercicio. El amanecer estaba apunto de empezar.


El cielo estaba cambiando su tono grisáceo por un color azul pálido y rosado. Gracias al cielo estaban en verano. Finales de Junio era una temporada excelente en California. El calor insoportable había desaparecido, y aún faltaba para el frío del invierno. Sólo les llegaba una suave brisa que acariciaba sus rostros, como si fueran hojas de los grandes árboles. El Parque McArthur era pequeño, pero a Paula le agradaba. 


Conocía casi todos los parques del estado. May y ella salían algunas veces a caminar, o cuando ella llevaba a Coco. 


Pensó en su linda gata, al cuidado de su mejor amiga. Ojala Maite no tuviese problemas con ella.


Hicieron calentamiento en silencio, y entonces, Pedro empezó a trotar. Ella lo siguió, colocándose detrás de él. Estuvieron así durante un par de minutos, cuando entonces el se detuvo abruptamente, y ella, en reflejo, miró alrededor buscando una causa. Se sorprendió verlo voltearse para enfrentarla.


― ¿Sucede algo?


― Odio saber que vengo con usted, y que viene detrás de mí. ¿Por qué no se coloca a mi lado?


Paula estaba anonada. Eso era nuevo. Como simple acto inconsciente se había colocado detrás de él, guardando, puesto que siempre lo hacía. Tomándola por sorpresa, al oír su pregunta, sintió sus mejillas ruborizarse. Y odió eso.


― Es la costumbre. ― Pero no hizo ningún movimiento.


― Bueno, pues a mi me gustaría que conmigo se acostumbrara a correr a mi lado. Lo siento, pero no me siento nada caballeroso corriendo delante de usted. ― Paula alzó una ceja inquisitivamente ― Y no, no es machismo. ― Agregó rápidamente Pedro. ― Es sólo que no me gusta. Por favor.


Vale, contra eso, Paula no podía pelear. Él se lo había pedido por favor.


― Está bien.


Dio un paso adelante y estuvo hombro a hombro con él. 


Pedro sonrió, y empezaron a correr. Empezaron trotando alrededor de quince minutos, para después acelerar el paso, y correr en toda la extensión de la palabra. Ambos no dijeron una palabra durante toda la caminata, y sólo corrieron. Era increíble ver el acoplamiento de Paula con él. Sí doblaba hacia un lado, ella lo seguía sin mostrarse turbada o confundida. Pedro se consideraba un buen atleta, y le agradó ver que Paula seguír su ritmo sin quejarse, mientras inhalaba por la nariz y exhalaba por la boca.


Para cuando terminaron el ejercicio, el alba estaba pasando y ya había salido el sol. Pedro le hizo un gesto de que habían acabado, y ella fue reduciendo su velocidad, hasta que los dos se detuvieron.


Caminaron hacia en el auto, Pedro abrió solo la cajuela y sacó dos botellas de agua. Le tendió una a Paula, y ella lo tomó. Después sacó dos toallas y le dio una a su acompañante. Se quedaron recargados contra la acera del auto.


― ¿Verá lo de las cámaras hoy? ― preguntó Pedro tomando un sorbo de agua y limpiándose el sudor.


― Sí. Después de dejar a Sara en el colegio, me gustaría que Augusto me llevase a ello. ― Rápidamente agregó ― Claro, si es que no lo necesita hoy.


Pedro se pasó la toalla por la frente y después se la dejó colgando de los hombros.


― No, no lo necesito, lo que me recuerda que haré que Vivi le de una copia de mi agenda del mes. ― Se limpió unas gotas de agua con el dorso de la mano ― Así sabrá si tenemos algún evento.


Paula sonrió. Al parecer después de todo, si se estaban comunicando.


― Gracias. Por cierto, creo que es necesario contratar a alguien para vigilancia permanente en la casa. Lo estuve pensando anoche, y Augusto tiene suficiente trabajo. Necesita a alguien que se encargue exclusivamente de ello.


Entraron al auto, y Pedro prendió el motor, que rugió con potencia, y emprendieron el regreso a la residencia. Mientras Pedro cambiaba las velocidades del auto, agregó.


― Me gustaría que usted se encargara de ello. Conoce a la gente, y sabrá elegir. Y sobre las reformas de la casa que mencionó, Jaime estará pendiente de ello.


― Está bien.


― El sueldo, los horarios, todo lo que usted considere. Confío en que hará una buena elección. Cualquier cosa, que yo no pueda atender en ese momento, Miguel tiene toda mi aprobación y permiso con respecto al tema del vigilante ― Paula asintió. Se detuvieron en un semáforo, y entonces el se giró hacia ella ― ¿Lista para su reportaje?


Paula se removió incómoda en el asiento. Eso, también había sido culpa de su mala noche.


― Sobre ello…


Pedro enmarcó sus cejas oscuras, y la miró detenidamente.


― ¿Ha cambiado de opinión? ― No había reproche en su voz, sino más bien, una nota de curiosidad.


― No, sólo quería pedirle un favor.


― ¿No fueron suficientes las condiciones de ayer?


― Lo de ayer fueron condiciones, esto es un favor personal.


Pedro no conocía del todo a Paula, pero podía intuir que no era la clase de persona que le gustase pedir favores.


― Adelante.


― Quisiera que no me pregunten nada sobre mi madre. ― Ella no podría soportar hablar sobre ello, y menos, para que miles de personas se deleitaran leyendo eso en una revista o periódico o lo que fuese. Había límites.


La luz del semáforo cambió y Pedro emprendió la marcha nuevamente. Le dio un leve vistazo. Quería preguntar porque ese ensimismamiento, pero no tenía derecho a hacerlo. Por ahora.


― Claro. Aunque es conciente de que harán una mención de ella. ― Quería marcar lo obvio, para que no le tomara por sorpresa o lo acusara de faltar a su palabra.


― Sí, pero me gustaría que me preguntase sobre ella lo menos posible ― Cuando su madre había muerto había comenzado el verdadero infierno. Reporteros, prensa, televisión, todos querían saber si los rumores acerca de Sofia Hunder, antes Chaves, eran ciertos.


Pedro asintió. Sabía el porque de ese recelo, todo mundo sabía los rumores que estaban detrás del accidente automovilístico de la esposa de Rafael Hunder, y podía imaginar lo que Paula pensaba de ello. Además, quien mejor que él, para saber cuando la delgada línea de la privacidad era violada.


― Lo que usted diga.


Al llegar a la residencia, el sol ya estaba alumbrando y podía ver que ya había movimiento en la casa. Seguramente Mariana ya debía de estar en la cocina haciendo el desayuno. 


Entraron al garaje y dejaron el auto, y después vino el incómodo silencio.


― Bueno, nos veremos después. ― dijo Paula rápidamente y dispuso a caminar hacia la casa. La puerta más cercana era la de la cocina, y empezó a marchar hacia ella.


― Paula… ― ella se detuvo. Por alguna extraña razón, oír su nombre salir de los labios de él, le producía un temblor que le recorría todo el cuerpo. Se volteó para mirarlo ― ¿Estás segura sobre mudarte a la casa de la piscina?


Paula se lo había pensado, y al menos esa, era la idea más coherente que había tenido en ese par de días.


― Sí.


Pedro llegó hasta ella, y le dio a entender que caminarían juntos.


― Bueno, en ese caso, esta noche ya estará instalada en ella.


― Siento mucho que esté causando molestias.


― Para nada.


Entraron a la cocina, donde efectivamente Mariana estaba ya buscando los ingredientes para su desayuno. Paula, que era muy buena con el lenguaje corporal, observó que Mary se había sorprendido al verlos juntos, pero había ocultado su asombro. Alfr… Jaime, estaba sentado en el mismo lugar de ayer, y sólo dio los buenos días. Pedro se despidió rápidamente, y se marchó hacia su habitación. Ania se quedó y entonces, para su horror, advirtió que Mary tenía ya varias zanahorias en el lavabo listas para hacer un jugo. 


Pobre Sara.


― ¿Sabes Mar? Ayer me gustó mucho ese licuado que me diste. ¿Sería posible que me hiciera uno igual?


No era una mentira del todo, en verdad que le había gustado el licuado. Claro, que no llegaba a su café de Starbucks, pero no importaba.


Jaime bajó su periódico y la miró fijamente. Paula no le devolvió la mirada, y sólo sonrió a Mary. Ella le devolvió la sonrisa, aunque un poco turbada.


― Claro. Con mucho gusto. Aunque si lo prefiere puedo hacer un jugo de zanahorias ― señaló las umbelíferas y Paula negó.


Si no podía tomar su café, por Dios, que no iba a tomar esa cosa.


― No, esa malteada está bien. Además, soy alérgica a las zanahorias. ― ¿Pero que estaba haciendo? Se preguntó. Mintiendo, respondió otra voz. ― Bueno, hecha en jugo, y en otras formas. ¿Raro, verdad?


Siguió sonriendo, pero ahora para evitar sentirse una tonta. Mary le dio una sonrisa cálida, y le dio unos golpecitos en el brazo.


― No te preocupes. Vete a cambiar, que cuando regreses tendrás tu desayuno.


Paula asintió, y cuando por fin estuvo fuera de la vista, suspiró aliviada.






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