domingo, 31 de mayo de 2015
CAPITULO 13
― Señorita Chaves.
Paula se dio la vuelta para ver a Pedro. Seguía con la misma ropa del día, y se veía cansado. Pero ella no estaba para sentir compasión por él.
― ¿Por qué me contrató? ― la pregunta fue echa en un tono directo. Sin titubeos.
Pedro se había esperado esa pregunta. Esa tarde había sido ofendida y entendía su recelo. No era una chica tonta. Metida en un mundo de mentiras y peleas, Paula Chaves sabía que su contratación podría tener fines oscuros. Pero no con él. Se metió ambas manos dentro de los bolsillos del pantalón sin desviar su mirada.
― Creo que ya he contestado a esa pregunta muchas veces. Pero bueno, ahí voy de nuevo. Porque es la mejor.
Paula resopló ante su respuesta y dio una risa sarcástica.
― En serio, ¿Quiere saber porque soy la mejor?
Pedro se quedó en silencio. Por alguna extraña razón, esto no se trataba solamente de lo que había sucedido con Carlos. Aquí había más.
― Soy la mejor, porque trabajo con ahínco, me gusta lo que hago, y me gusta que las personas para las que trabajo sepan que desde que me contrataron algunas cosas por obvias razones van a cambiar. ― Paula hablaba con emoción, no gritaba, aunque le faltaba poco. Sus manos se movían demostrando su frustración ― Este no es un trabajo fácil. No pido tampoco un premio por ello, pero… este es un campo de hombres. Y me ha costado mucho llegar a donde estoy. Sobre todo, cargando con una familia tan distinguida como la mía. Pero soy malditamente buena en mi trabajo. No necesito un folder que me diga que lo soy. Yo lo sé. Pero no he llegado a ser la mejor por ser la hija de Rafael Hunder. He llegado a ser lo que soy, por que soy Paula Chaves.
Para cuando Paula terminó de hablar, respiraba agitadamente. Se dio la vuelta, y se pasó la mano por el cabello. Se había dejado llevar por el momento, y había acabado dando un discurso. De enfadada había pasado apenada.
― Sobre lo que pasó en la tarde, lo siento mucho. Carlos también lo siente.
Se quedó de espaldas escuchando las disculpas. Se oían sinceras. Enterró las manos ahora en sus vaqueros mientras suspiraba.
― ¿Sabe porque no me gusta trabajar permanentemente con alguien? ― Dejó pasar unos segundos antes de continuar ― Porque siempre pasa lo mismo, ignoran nuestros consejos, las instrucciones que damos, se niegan a escuchar y cuando algo malo sucede, es nuestra culpa.
― ¿Y eso quiere decir que…?
― Que siga al pie de la letra todos los consejos, y por dios, bendito, usar el sentido común. No lo hago para regodearme de algo, sino porque para eso me ha contratado. Me contrató por mi experiencia. Al menos eso creo.
― Pero si no me ha dicho ningún consejo en todo el día. ― Se defendió Pedro. Craso error.
Paula se dio la vuelta, sintiendo como la vena de su frente vibraba, y le dio a Pedro una mirada que echaba furia.
― ¿Y de que cree usted que quería platicar en todo el día? ― gritó Paula ― ¿Sobre el clima? ¿Sobre cómo me ha ido en el día?
Pedro se sintió como un niño regañado. Era el primer día de Paula. Era evidente que tendría que haber previsto algo así. Ella tenía razón, tenían que haber evaluado muchas cosas, y ella había pedido hablar con él desde la mañana.
― Lo siento.
Paula se miraba como la mala de la película. Estaba gritando y el disculpándose. Dos veces. ¿Sería así siempre?
― Mire, usted es un buen… ― Tío no era la palabra adecuada para dirigirse a su cliente ―… Hombre, pero tiene que hacer caso. Para empezar, ¿a que hombre con un poco de sentido de supervivencia se le ocurre largase a correr con todo lo que ha pasado?
Pedro se estaba cansando de sus arrebatos y que lo hiciera ver como un hombre tonto. Se pasó la mano por su quijada, pensando en una respuesta.
― Mire, sé que le molesta…
― ¿Como rayos no me va a molestar? ¿Es que desea que se lo carguen o que? ― Paula entrelazó los brazos en su pecho, y bajó la voz. Estaba exaltándose otra vez ― Además, su casa es un caos, entra y salen a su antojo. No hay seguridad aquí. No tiene cámaras de vigilancia. O un sistema equipado. Incluso estoy dudando de si los autos tienen seguros.
― No quiero vivir en un fuerte, o peor, en una cárcel.
― No estoy haciendo de esto una cárcel. Son las medidas mínimas de seguridad que tiene que tener. Por usted, y por su hija.
Tocar el tema de Sara era sagrado para Pedro. Él bien podría ponerse en riesgo. Muchas campañas políticas conllevaban a acarrear múltiples enemigos. Luchaba por sus ideales, pero ante todo, vivía por su hija.
― ¿Por qué no nos sentamos?
Paula notó que su acento había descendido, con una nota leve de sentimiento. No vio sillas por ningún lado, pero sí unas tumbonas, y se fueron a sentar en ellas. Quedaron frente a frente, en silencio.
― Tiene razón en todo, y sin embargo, también voy a exponer mi punto.
― Adelante.
― Estoy en medio de una siniestra campaña, no duermo bien, no como bien, y me mantengo a base de café. No puedo estar en todas las cosas a la vez, no soy omnipresente. Por lo tanto, usted no puede esperar que al momento en que usted diga “Necesitamos hablar”, yo deje todo y vaya corriendo. Si usted quiere hacer algo, hágalo. Si es la mejor es porque toma también buenas decisiones. Reformaciones y esas cosas, no me molestan. Reconozco que esto es algo que debí de haber pensado, pero lo dejé. Ese fue mi error. Aquí es dónde yo me disculpo por esto. Mi opción es que si necesita urgentemente algo, consúltelo con Miguel y al final del día, cuando todo esté calmado, podremos platicar de ellos en tranquilidad.
― Me parece una opción aceptable. ― acordó Paula ― Pero sobre eso de marcharse en las…
― Y sobre lo irme a correr, lo hago con la firme intención de quien quiera que estuvo detrás de lo Sara, vea que no tengo miedo.
Paula había esperado gritos, pelea, no la brutal sinceridad de Pedro. Eso la había dejado indefensa. Muy pocas personas se ganaban el respeto de Paula, pero aquél hombre que estaba ante ella, se lo estaba ganando.
― Y yo lamento no haber pensado en que su tiempo en verdad es oro en estos momentos.
Se quedaron mirando el uno al otro, y desviaron la mirada a ambos lados.
― Entonces tenemos que llegar a ciertos acuerdos, ¿le parece? ― sugirió Pedro. Se acostó sobre el asiento, y colocó sus brazos detrás de su cabeza. ― Pedrocerró los ojos, pensando en lo mucho que le costaba recordar el último día que se había tomado unos minutos para descansar.
― Me parece bien.
― ¿Mis caminatas? ― preguntó Pedro.
Paula miró a su jefe, descansando. Vale, él había hablado con ella. Y ella tampoco podía llegar y cambiar todo de un día para otro. Ambos tenían que ceder.
― Iré con usted, así no las cancelará. Pero cambiaremos los caminos. Un día por Wiltshire, otro por Boulevard Hill, y así. ¿Acepta?
― Me parece bien.
Ahora le tocaba a ella.
― ¿Las cámaras de seguridad?
― Me parecen bien, siempre y cuando no estén en todos los rincones de la casa. Mi privacidad es muy sagrada para mí.
También lo hago por Sara. No quiero que vea la casa como una penitenciaría.
― Claro que no, me encargaré de ello mañana. También habrá que podar la hiedra. Eso es un buen camuflaje para personas no deseadas. Y las bardas traseras tendrán que ser más alta.
La boca de Pedro se curvó sutilmente. Esto parecía una pista de lucha, donde cada uno daba un asalto.
― ¿Sabe que sería usted una excelente abogada? Puede que quizás pueda entrar en esa carrera.
― No, a mi me gusta mucho lo que hago.
― ¿Cómo se convirtió en guardaespaldas? Quiero decir, ¿qué la motivo a ello?
Lo primero que Paula pensó fue en Samuel. Él la había motivado a ello. Y después pensó en su padre y su ánimo cambió.
Aún con los ojos cerrados, Pedro pudo percibir el cambio en el ambiente. Prefirió mantener los ojos cerrados, y hacer como que no se había dado cuenta de nada.
― Prefiero no hablar de ello.
Pedro pensó que había mucho más guardo detrás de esas palabras, pero no siguió por esa línea y cambio de tema.
― ¿Y que hay de que mi casa es un caos?
Paula soltó una sonrisilla. Caos había sido una exageración para describir la Mansión Alfonso, aunque se acercaba un poco.
― Sé que todos son conocidos, pero de ahora en adelante, me gustaría que cuando alguien vaya a venir, se notifique. Necesita un equipo de seguridad. Si bien soy buena, no soy Dios. Además, son dos personas. Usted y Sara. Creo que debería contratar por lo menos a un par de hombres más. Alguien específico que se dedique exclusivamente a vigilar las cámaras.
― ¿Alguna recomendación?
― Por el momento, ninguna. ― Paula podría proponer a Jorge, pero con el bebé en casa, dudaba mucho que se quisiera separar de él ― Augusto podría ser mientras tanto, en tanto no salga a algún lugar.
― Me parece bien. Bueno ― Pedro abrió los ojos y se giró para mirarla ― ahora viene un pequeño favor para todos.
Paula alzó una ceja y esperó.
― ¿Qué clase de favor?
― Sé que esto no le va a gustar, así que la decisión que tome la voy a respetar. Pero antes quiero exponer mis razones. Carlos y Miguel comentaron en la tarde acerca de su papel en mi campaña, y aunque les dejé muy claro que usted sólo hará para lo que se contrató, tocaron un punto imprescindible. Cuando llegue a oídos de la prensa, por no decir de… ― Iba a decir “su padre”, pero al ver la mirada incómoda de Paula decidió cambiarlo ― De mi adversario de que usted trabaja para mí, las teorías no se harán esperar. Y aunque yo sé, y mis allegados también, de que usted no es ningún chivo expiatorio, pero desgraciadamente el resto del mundo no.
― Creo que ya sé por donde va.
― Así que ambos sugirieron hacer un tipo de reportaje acerca de usted, o si no quiere el reportaje, al menos una nota revisada por usted, claro está. Al final, la decisión es de usted.
Paula, aún sentada, se reclinó en la tumbona, y cruzó las piernas.
― Haré esa nota, bajo dos condiciones.
― Usted dirá.
― Primero, que Miguel me asista en ello, que sea con él con quien tenga que tratar ― el abuelito le caía muy bien a Paula, todo lo contrario a los otros dos. ― Todo lo que sea.
Pedro no tenía problema con ello, pero a la vez… Bueno, no, no podría ser. Miguel podría ser su padre. ¡No! Su abuelo.
De cualquier forma, él hablaría con Miguel. Si bien Paula era una adulta, vivía bajo su techo y se sentía responsable de ella.
― Y la segunda…
Había pensado en eso toda el día. Y ahora Paula tenía la oportunidad de obtener lo que quería.
― Me gustaría mudarme a esta casa. ― dijo señalando con la cabeza el pequeño cuarto que había junto a la alberca.
― ¿Aquí? ― preguntó sorprendido ― ¿Qué tiene de malo la habitación en la residencia? Si desea que se cambie algo, sólo dígalo.
Paula rápidamente negó con la cabeza y las manos.
― No, para nada. Es genial. Pero me sentiría más cómoda teniendo mi propio espacio. Pregunté y sé que esta casa nadie la utiliza. Ahora que si es mucha molestia…
― Oh, no, para nada. Pero tendrá que esperar a mañana y el servicio haga la limpieza del lugar.
― Me parece bien.
Pedro se levantó del asiento.
― ¿Vamos?
― ¿Ir a dónde?—la propuesta de Pedro la había pillado por sorpresa.
Pedro se extraño de su pregunta y señaló la casa.
― Pues a dentro de la casa. A menos que se quiera quedar aquí más tiempo
― Oh, no ― Paula se levantó, y en silencio, acompañó a Pedro dentro de la casa.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario